Madrid, españa.

El CANON: Los Libros Históricos

Recursos Bíblicos Para Crecer

El CANON: Los Libros Históricos

 

Los Libros Históricos difieren en cuanto a su orden en las colecciones canónicas de judíos y cristianos. En las Escrituras judías *Josué, *Jueces, 1-2 *Samuel y 1-2 *Reyes se ganaron la designación de “Profetas Anteriores”, mientras que *Esdras–Nehemías y 1-2 *Crónicas fueron relegados a los “Escritos”, apareciendo en ese orden como los últimos cuatro libros de la Biblia Hebrea. Por su parte, el AT cristiano no clasifica estos libros como “proféticos”. En lugar de eso, los designa como “Libros Históricos” y los coloca después de Deuteronomio de acuerdo con el siguiente orden: Josué, Jueces, 1-2 Samuel, 1-2 Reyes, 1-2 Crónicas, Esdras y Nehemías. Los libros de Rut y Ester están dentro de los Libros Históricos del AT cristiano, detrás de Jueces y Nehemías, respectivamente.
Cualquier intento de abordar el canon y la canonización de los Libros Históricos de la Biblia Hebrea debe comenzar por la definición del término canon. Una vez abordado este asunto, el presente artículo repasa las pruebas primarias de la canonización de los Libros Históricos, desde el siglo V a.C. hasta el siglo VI A.D. Posteriormente presenta los puntos de vista recientes más importantes sobre la cuestión a la luz de la definición y repaso de las pruebas primarias, y por último hace una modesta propuesta sobre cómo alcanzaron los Libros Históricos un estatus canónico pleno.

1. Definición de Canon
2. Pruebas de la canonización de los Libros Históricos de la Biblia Hebrea
3. Estudios recientes sobre la canonización de la Biblia Hebrea
4. Los Libros Históricos desde su composición hasta el canon 1 y el canon 2: una hipótesis provisional

                   El canon de las escrituras


1. Definición de Canon

Los comparativistas que tratan la cuestión del canon entre distintas religiones nos ayudan en esta tarea. Este enfoque ha propuesto que el significado de canon oscila entre dos polos (Sheppard, 65–67). En un extremo del espectro, “canon 1” puede ser una señal de “una regla, estándar, ideal, norma o función o literatura autoritativas, sea oral o escrita”; en el otro extremo del espectro, “canon 2” se refiere a una “fijación temporal o permanente, estandarización, enumeración, listado, cronología, registro o catálogo de personas, lugares o cosas ejemplares o normativas” (incluidos los libros) (Sheppard, 64; para otros historiadores de la religión que han contribuido a esta definición bipartita de canon, véase J. Z. Smith; W. C. Smith; Graham). G. T. Sheppard (65–66) observa que el primer tipo de canon queda ejemplificado en fenómenos tales como la “deificación póstuma de Lao-Tsé” que se da en el taoísmo y los “dichos del Señor” que Justino Mártir consideró que poseían más autoridad que los textos escritos (Eusebio, Hist. Eccl. 3.39). Colecciones cerradas como el Pentateuco Samaritano personifican el segundo tipo de canon, y el texto masorético de la Biblia Hebrea podría tomarse como una expresión extrema de este tipo, ya que exhibe no sólo una colección cerrada, sino también un texto estandarizado.
Estas nos nociones de canon aportan un umbral mínimo para identificar algo como canon (canon 1), así como una definición maximalista del mismo (canon 2). Tal vez lo más importante sea que también establecen todo un campo de posibilidades de “canon” entre ellas (a semejanza del espectro entre “Escritura” y “canon” que define Barton, 55–75). Ambos tipos también se pueden tomar para demarcar el comienzo y el final de lo que algunos biblistas han denominado el “proceso canónico” o la “canonización” (Sanders). Juntos, canon 1 y canon 2 ofrecen un marco práctico para evaluar las pruebas del surgimiento de un canon de los Libros Históricos, para juzgar las perspectivas académicas contrapuestas que existen sobre esta cuestión y para construir una hipótesis nueva sobre el tema.


2. Pruebas de la canonización de los Libros Históricos de la Biblia Hebrea

Los pasajes que se suelen citar a menudo, en los que autores antiguos apunta a la existencia de un emergente canon tripartito, son poco relevantes para el tema que nos ocupa (Prólogo a Ben Sira; 4QMMT C 9–12; 2 Mac 2:13–14; Filón, Contempl. 3.25–28; Mos. 2.37–40; Lucas 24:44; Josefo, Ag. Ap. 1.37–43; 4 Esd 14:22–48; b. B. Bat. 14b–15a). Incluso si uno acepta el punto de vista de que tales referencias prueban la existencia de un canon tripartito ya en el siglo III o II a.C., la repetida aparición de la frase “los profetas” (o un lenguaje similar) no prueban nada con respecto a la inclusión o exclusión de los Libros Históricos. Las referencias al número de libros en cada una de las supuestas divisiones tampoco resultan útiles (e.g., sin llegar a nombrarlos, Josefo afirma que hay trece libros de los profetas, que escribieron desde “la muerte de Moisés hasta Artajerjes” [Ag. Ap. 1.37–43]; para distintos intentos de nombrar esos libros, véase VanderKam y Flint, 166–67). De hecho, teniendo en cuenta que J. Barton (35–55) ha demostrado que la designación “profetas” podía haber incluido todo lo que no era la Torá, nos vemos forzados a buscar herramientas menos afiladas para valorar el estatus de los Libros Históricos. Para poder tener las cosas más claras en cuanto a su viaje hacia el estatus de canon 2, nos fijamos en pruebas más sutiles de la canonización de los Libros Históricos: el testimonio de varios textos judíos y cristianos que muestran signos del proceso canónico.
2.1. La evidencia de los textos primarios. El siguiente estudio de las pruebas primarias presupone que los autores citan, vuelven a contar o interpretan un texto anterior porque lo consideraban, al menos en cierta medida, una “regla, estándar, ideal, norma” o “literatura… autoritativa” (canon 1). En caso contrario, debemos considerar que los autores simplemente ignorarían los textos a los que recurren, y que no se tomarían la molestia de citarlos como apoyo o de rebatir sus afirmaciones. Entre los textos primarios que ofrecen evidencias de este tipo sobre la aparición de un canon de los Libros Históricos se encuentran la propia Biblia Hebrea, la Septuaginta, los manuscritos del Mar Muerto, el NT, el canon rabínico y los escritos de autores cristianos primitivos.
2.1.1. La Biblia Hebrea.

La Biblia Hebrea aporta pruebas escasas, aunque importantes, sobre la aparición de un canon de los Libros Históricos. En primer lugar, 1-2 Crónicas demuestra que ya en el siglo IV a.C. los libros de Samuel a Reyes se habían convertido en suficientemente influyentes como para servir de incitación y fuente para un autor y los lectores (sobre la idea de que la historia que se narra en Samuel y Reyes era el Bezugspunkt para el Cronista, véase especialmente Willi; véase también Steins). Son pocos los que cuestionan la dependencia del Cronista de Samuel y Reyes, o que las repetidas referencias a “el libro de los reyes de Israel (y Judá)” (1 Cr 9:1; 2 Cr 16:11; 20:34; 25:26; 27:7; 28:26; 32:32; 35:27; 36:8) se refieren a los mismos libros bíblicos (véase Historia del Cronista). Así pues, vemos que incluso mientras iba tomando forma el contenido de la Biblia Hebrea, Samuel y Reyes ya habían comenzado a funcionar como canon 1, al menos en la medida en que eran lo suficientemente normativos como para provocar su propia renovación para una nueva época en 1-2 Crónicas. De hecho, no es necesario llegar tan lejos como hace G. Steins (507–17) cuando afirma que 1-2 Crónicas era una composición que “cerraba el canon” y que tenía como fin colocar el signo de exclamación a la historia que transcurría desde la creación hasta el exilio en la Biblia Hebrea, para apreciar el testimonio del Cronista sobre la aparición de Samuel y Reyes como material del canon 1.
La relación entre Esdras–Nehemías y 1-2 Crónicas, cualquiera que sea la naturaleza exacta de la misma, también se puede citar como prueba dentro de la Biblia Hebrea del carácter que bien pronto tuvieron los Libros Históricos de canon 1. Incluso si aceptamos la opinión actualmente dominante de que el autor o autores de 1-2 Crónicas y Esdras–Nehemías no eran los mismos, sigue ahí la cuestión de la estrecha relación temática entre los dos pares de libros (y el solapamiento entre 2 Cr 36:22–23 y Esd 1:1–3a) que hizo que una generación anterior planteara la existencia de un único autor para los cuatro libros y que ha animado al menos a un comentarista a hablar de una escuela de pensamiento del Cronista que produjo ambas colecciones de libros. Sin embargo, no es necesario postular una escuela de pensamiento permanente para explicar los fuertes vínculos temáticos entre 1-2 Crónicas y Esdras–Nehemías. Antes bien, podemos ver en la relación que existe entre ambas colecciones algo parecido a lo que se observa en la relación entre Samuel–Reyes y 1-2 Crónicas: el autor de la segunda colección, quienquiera que fuera, tenía el suficiente respeto hacia su predecesor como para emularlo, para concederle autoridad al ampliar su historia hacia el pasado (Crónicas) o hacia el futuro (Esdras-Nehemías). Por tanto, podemos encontrar pruebas dentro de la Biblia Hebrea no sólo del surgimiento de Samuel y Reyes como canon 1, sino también de 1-2 Crónicas y Esdras-Nehemías.
Hasta el momento hemos dejado a un lado los libros de Josué y Jueces, principalmente porque hay poco dentro de la Biblia Hebrea que sugiera que estos libros tuvieran siquiera la clase de influencia que acabamos de plantear para 1-2 Crónicas o Esdras-Nehemías, y mucho menos aún la de Samuel y Reyes. Se aprecian ecos de Josué y Jueces en libros posteriores de la Biblia Hebrea (e.g., 2 Cr 15:1–7 podría invocar una exhortación militar, del mismo modo que se invoca un eslogan parecido en Jos 1:7–9), pero estos difícilmente denotan la autoridad de la obra anterior sobre el autor de la obra posterior; estos ecos son demasiado débiles para elevar a Josué y Jueces al mismo estatus de canon 1 que atribuimos a Samuel y Reyes y, con menos convicción, a 1-2 Crónicas o Esdras–Nehemías.
2.1.2. La Septuaginta. La Septuaginta respalda aún más la suposición de que los Libros Históricos se desarrollaron en una fecha temprana como material de tipo canon 1, pero la transición hasta alcanzar el estatus de canon 2 llevó más tiempo.
Que los Libros Históricos continuaron cumpliendo los requisitos de “autoritativo”, “normativo” o “ideal” está claro por las palabras de un historiador judío del siglo II a.C. llamado Eupolemo, parte de cuya obra fue preservada literalmente en el registro de la historia de Alejandro Polyhistor de Eusebio (Eusebio, Praep. ev. 9.34). Si bien algunos encuentran motivos para rebatirlo, parece que Eupolemo cita 2 Crónicas 2:11 (siguiendo a los LXX) al escribir un relato apologético del intercambio epistolar entre Salomón e Hiram. Aunque también conocía y utilizaba el texto hebreo de Crónicas, aparentemente también pretendió apropiarse de la autoridad que se le atribuía al relato de Salomón del Cronista en la traducción griega, repitiendo al menos en una ocasión la ligeramente distinta versión de los LXX de Crónicas palabra por palabra. Esto da a entender que en pocos siglos la porción del Cronista de los Libros Históricos había pasado de ser una nueva composición a una que tenía caché no sólo en su versión original, sino también en su primera traducción. Si esto era así en el caso de Crónicas, podemos imaginar que lo era todavía más el caso de las porciones más antiguas de los Libros Históricos, Josué a 2 Reyes.
Dicho esto, la amplia evidencia de variabilidad textual entre los textos griegos de los Libros Históricos demuestra que no pasaron rápidamente del estatus de canon 1 al de canon 2. Una indicación de ello es la muy diversa disposición de los libros de Esdras y Nehemías en las traducciones griegas (véase 1-2 Esdras). Además, la versión de Josué de los LXX algunas veces es más breve y otras más larga que el texto hebreo, lo que sugiere una variabilidad o fluidez textual (que podría haber existido anteriormente entre las ediciones hebreas del libro). Entre los añadidos más significativos de la versión de Josué de los LXX se encuentra un pasaje situado a continuación de Josué 24:33, que explica cómo Israel, incluso después de refrendar la alianza con Dios, “adoró a Astarté y Astarot, y los dioses de las naciones de alrededor”, y que como resultado de ello Dios “los entregó en manos de Eglón, rey de Moab”. Basándose en elementos tomados de Josué 24:33; Jueces 2:6, 9, 11–14; 3:12, 14, este pasaje presenta eficazmente el patrón establecido de manera más elaborada por Jueces 2:11–23 y conduce a la historia de Aod que comienza en Jueces 3:12. Para algunos este añadido es secundario, una creación del traductor de la Septuaginta; para otros es un fragmento de una forma de Josué–Jueces que trataba los dos libros como uno solo y continuaba después del añadido con la historia de Aod. En otro caso de diferencia relevante en el libro de Josué, la traducción griega, reflejando los esfuerzos del traductor griego o bien de una traducción manuscrita hebrea no masorética, sitúa la construcción del altar en el Monte Ebal por Josué (Jos 8:30–35) detrás de Jos 9:1–2, de manera que la acción defensiva de los reyes en los últimos dos versículos sigue de forma más natural a la derrota de Hai y sus implicaciones en cuanto a la destreza militar de los israelitas.
También apuntan al esfuerzo del traductor griego o a la existencia de una tradición textual hebrea alternativa las importantes diferencias entre la versión masorética y la de los LXX de los libros de Samuel y Reyes. En concreto nos fijamos en la adición de un párrafo (compartido en gran medida con Josefo) entre 1 Samuel 10 y 11 que aclara los acontecimientos narrados en 1 Samuel 11, así como las sustanciales diferencias entre los dos relatos de la historia de David y Goliat (1 Sm 16–18). En cuanto a 1-2 Reyes (3–4 Reinos en los LXX), la principal variación entre los textos griego y hebreo radica en la *cronología de los reyes. Todos estos casos de variación textual indican dos cosas acerca del estatus “canónico” de los Libros Históricos en el paso de una era a otra: se les tenía en suficiente estima como para hacerlos acreedores de ser copiados de nuevo, traducidos y ajustados según las diversas sensibilidades (canon 1), pero todavía no habían arraigado tan firmemente entre los usuarios como para que su forma estuviera fijada y fuera inmutable (canon 2).
2.1.3. Los manuscritos del Mar Muerto. El descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto revolucionó el estudio de la Biblia Hebrea de innumerables maneras, y desde luego su impacto sobre la cuestión del canon no es la menor de ellas. Por lo tanto, no resulta sorprendente que los rollos añadan importantes conocimientos sobre la canonización de los Libros Históricos. En un estudio sobre las evidencias que aporta Qumrán en relación con el desarrollo del canon J. Trebolle sugiere que Josué, Jueces, 1-2 Samuel y 1-2 Reyes pertenecieron a un grupo de libros que fueron “copiados y preservados, transmitidos, compuestos y editados, traducidos, citados, ordenados, interpretados y autorizados de diferentes formas” a los “libros del Pentateuco, Isaías, Profetas Menores y Salmos, además de Job” (Trebolle, 383). Estas diferencias denotan que al menos Josué a 2 Reyes, si bien tenían cierto peso entre las personas relacionadas con los rollos y las comunidades judías (y después cristianas) en general, ejercieron mucha menos autoridad sobre los lectores de lo que hicieron el Pentateuco y los otros textos citados junto a él anteriormente, y desde luego no habían alcanzado el nivel de canon 2 en Qumrán.
En efecto, entre los manuscritos del Mar Muerto solamente encontramos dos copias de Josué, tres de Jueces, cuatro de Samuel, tres de Reyes, una de Esdras, ninguna de Nehemías y una de Crónicas. Además, se aprecian notables variaciones textuales entre las copias de Josué y Samuel encontradas en Qumrán, lo que no hace sino señalar con más fuerza que el valor que les asignaba el grupo a estos libros siguió siendo incierto. Y aparte de una cita de la profecía de Natán para David (2 Sm 7:11) en 4Q174 3:7, nunca se les citó mediante el uso de las típicas fórmulas empleadas para citar (e.g., “como está escrito”, “la Escritura dice”). Por lo que respecta a los usos interpretativos de estos libros en Qumran, mientras que el Pentateuco, Isaías, algunos Profetas Menores y algunos salmos fueron retomados en los singulares pesharim qumránicos, y Génesis fue objeto de un comentario en toda regla (4Q252), los Libros Históricos únicamente fueron reelaborados en forma de paráfrasis y Escrituras “reescritas” (4QSalmos de Josué [4Q378–379]; 4QVisión de Samuel [4Q160]; 6QApócrifo de Samuel–Reyes [6Q9]), géneros que en Qumrán, en ausencia de pesharim o comentarios sobre las mismas obras, podrían significar que la comunidad tenía la persistente sensación de que los libros “originales” todavía no eran tan sacrosantos como para merecer un comentario en lugar de una revisión por el bien de la interpretación. (Obsérvese que el carácter de los textos del “Pentateuco reelaborado” de Qumrán [4Q158; 4Q364–367] es tan distinto al de las formas “reescritas” de los Libros Históricos enumerados antes que no es posible establecer comparación alguna que pudiera debilitar el argumento recién expuesto). Por lo tanto, la evidencia de Qumrán también apunta a que a finales del siglo I A.D. Josué a 2 Reyes, 1-2 Crónicas y Esdras y Nehemías solamente habían avanzado ligeramente en su estatus de canon 1 y seguían estando muy lejos de alcanzar el nivel de canon 2.
2.1.4. El Nuevo Testamento. Si tuviéramos que medir la autoridad de los libros del AT por el uso que de ellos se hace en el NT, los Libros Históricos tendrían muy poco crédito. Aparte de las alusiones a los Libros Históricos que a menudo resultan difíciles de percibir (e.g., cf. 2 Sm 22:3 con Heb 2:13) o que se explican mejor como citas de las textos “primarios” en los que aparece la frase en la Biblia Hebrea (e.g., cf. Jos 22:5 y Dt 6:5 con Mt 22:37; Mc 12:30, 33; Lc 10:27), sólo hay dos citas directas de los Libros Históricos en el NT. Hebreos 1:5 utiliza 2 Samuel 7:14 (véase también Sal 2:7), la profecía hecha por Natán a David sobre la sucesión dinástica de Salomón, para confirmar la singularidad de Jesús. Y en Romanos 11:1–6 Pablo evoca el lastimero reconocimiento de Elías de que es la única alma fiel que queda y la respuesta de Dios de que ha preservado un remanente (1 Re 19:10, 14, 18) para argumentar que a través de Jesús Dios no había abandonado a Israel, sino que había salvado un remanente del pueblo por su gracia.
Otra referencia neotestamentaria a los Libros Históricos se piensa incluso que aporta pruebas tempranas del orden de los libros en las Escrituras judías. En Mateo 23:35 Jesús condena a los escribas y los fariseos, acusándolos de “toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar”. La última oración probablemente sea una referencia a 2 Crónicas 24:21, y el versículo se suele tomar como una indicación de la conciencia que tenía Jesús (o Mateo) de la existencia de un canon que abarcaba desde Génesis a 2 Crónicas, aunque esto difícilmente se pueda probar.
Citas aparte, resulta reveladora la dependencia de Lucas-Hechos de elementos de la *Historia deuteronomista. Por ejemplo, el frecuente uso de discursos para señalar puntos de inflexión en Lucas-Hechos se compara con las alocuciones que mantienen unida la Historia deuteronomista. Asimismo, las curaciones de Jesús ocasionalmente se alinean con algunas realizadas en la Historia deuteronomista (e.g., cf. 1 Re 17:17–24 con Lc 7:11–17; cf. Lc 4:24–25). Estas y otras simetrías sugieren que Lucas trató de hacerse eco, y por ende apoyarse en su autoridad, de las tradiciones historiográficas de la Historia deuteronomista. Así que para uno de los autores del NT, una porción de los Libros Históricos poseía una autoridad significativa, una característica del canon 1. Sin embargo, los ecos de Josué y Jueces no se advierten tan claramente en ninguna parte del NT, mientras que la influencia de 1-2 Crónicas y Esdras y Nehemías está prácticamente ausente.
2.1.5. Los rabinos. El testimonio rabínico aporta todavía más pruebas de que los Libros Históricos hacía tiempo que poseían las características propias del material del canon 1 antes de que llegaran al nivel de canon 2. Comenzando con el testimonio más reciente, b. B. Bat. 14b–15a dice: “Nuestros rabinos enseñaron que el orden de los profetas es Josué y Jueces, Samuel y Reyes, Jeremías y Ezequiel y los Doce”. La baraita también ofrece un orden para los libros que componen los Escritos en el que se coloca a Crónicas en último lugar, detrás de Esdras y Nehemías. Considerando que este pasaje se preocupa mucho de mencionar a los Profetas y los Escritos, pero da por sentado que el orden de la Torá ya se conoce, existen motivos para creer que las dos primeras colecciones solamente estaban alcanzando el estatus de canon 2 en esas fechas, esto es, finales del siglo VI A.D.
J. Lightstone observa, no obstante, que los textos rabínicos anteriores sí parecen presuponer la existencia de una colección tripartita. En la Misná, m. Roš Haš. 4:6 manda que se lean las Escrituras en una liturgia de Año Nuevo adicional, y lo hace de una manera que da a entender una colección tripartita. El pasaje de Tosefta, que por su naturaleza explica el texto de la Misná, también presupone una colección compuesta por tres partes (t. Roš Haš. 2:12–14), como hace también el correspondiente pasaje del Talmud de Jerusalén (y. Roš Haš. 4:7, 59c) (Lightstone, 180). Sin embargo, al igual que textos como el del prólogo a Ben Sira, ninguno de estos pasajes especifica cuáles son los libros que forman cada una de las divisiones, lo que nos obliga a nosotros a suponer que la división intermedia contenía los libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes, y que la tercera división ya incluía 1-2 Crónicas, aunque no estemos muy seguros de ello.
Al mismo tiempo, las disputas dentro de la Misná sobre la capacidad de Eclesiastés y Cantar de los Cantares de “convertir las manos en impuras” indican que se estaban tomando algunas decisiones en cuanto a qué obras poseían autoridad (m. Yad. 3:5b). Ahora bien, el hecho mismo de que existieran disputas también quiere decir que el asunto no estaba resuelto, y que la conversación que la conversación que finalmente produjo el material considerado como canon 2 todavía estaba en curso. Así pues, el testimonio rabínico en su conjunto da a entender que entre la época de la Misná y el Talmud de Babilonia los Libros Históricos siguieron estando entre el nivel de canon 1 y canon 2, llegando a alcanzar este último estatus en las postrimerías de ese período.
2.1.6. Los cristianos primitivos. Las pruebas de la canonización de los Libros Históricos por parte de los autores cristianos de la época posterior al NT no hacen sino añadir más peso a la tesis de que la transición del canon 1 al canon 2 se produjo de manera gradual. Aquí nos centramos únicamente en dos textos: uno del siglo II y el otro del siglo IV A.D.
El primer pasaje es de Melitón, obispo de Sardis durante el siglo II. En un fragmento conservado por Eusebio (Hist. eccl. 4.26.12–14), Melitón ofrece su lista de “los libros del Antiguo Testamento”. Después del Pentateuco enumera a “Josué [hijo de Nun], Jueces, Rut, cuatro de los Reyes, [y] dos de las Crónicas”. Esdras (el Esdras y Nehemías de la Biblia Hebrea) aparece en último lugar de la lista, detrás de “Isaías, Jeremías, los Doce en un solo libro, Daniel [y], Ezequiel”. Así que, si bien es innegable que Melitón cuenta todos los Libros Históricos como parte de su AT, le asigna a Esdras y Nehemías un orden extraño y sigue la tradición de algunas traducciones griegas de tratarlos como un solo libro (lo cual no es sorprendente). Por tanto, la inclusión de los Libros Históricos en la lista de Melitón significa que no sólo los consideró autoritativos, sino también pertenecientes a una colección definida. Conviene observar, en particular, que Melitón no denuncia adiciones a la colección, ni se preocupa de un texto fijado. Por consiguiente, en Melitón hallamos un paso decidido, aunque incompleto, hacia el canon 2.
La Carta Festiva de Atanasio de 367 A.D. ofrece una perspectiva posterior. Tras presentar el orden del Pentateuco, Atanasio añade: “Luego vienen Josué, Jueces y Rut; los cuatro libros de los Reyes, contados como dos; luego Crónicas, contando los dos como uno; y posteriormente 1 y 2 Esdras” (aquí, 1 y 2 Esdras son Esdras y Nehemías). La lista de Atanasio no deja lugar a dudas de que en su época el orden de los Libros Históricos estaba establecido tal y como los tenemos en el canon cristiano, pero al igual que en el caso del testimonio de Melitón, la lista de Atanasio no aporta indicios sobre el estado de fijación del texto de esos libros en Alejandría. Así pues, partiendo de esta evidencia podemos afirmar que, al menos en Alejandría, y tal vez más generalmente entre las comunidades cristianas, los Libros Históricos habían alcanzado cierto estatus de canon 2.
2.2. Resumen de las evidencias primarias. Apenas se hace necesario repetir que este repaso de las pruebas primarias demuestra que los Libros Históricos del AT recorrieron un largo camino hasta alcanzar el nivel de canon 1 y, finalmente, el de canon 2. La propia Biblia Hebrea deja constancia de que ya en el período persa algunos de los Libros Históricos se impusieron de tal modo a sus audiencias que llegaron a provocar la composición de otros Libros Históricos (de Samuel–Reyes a 1-2 Crónicas). También observamos pruebas de fuentes que relatan el desarrollo de la Biblia entre el período persa y el siglo VI A.D. de que los Libros Históricos siguieron siendo considerados como canon 1 durante mucho tiempo. Parece que no hubo muchas ganas de fijar su texto, asignarles un orden inmutable o declararlos obras cerradas y vinculantes.


3. Estudios recientes sobre la canonización de la Biblia Hebrea

Desafortunadamente, con algunas notables excepciones (e.g., Steins), los estudios recientes que se han ocupado de la canonización del AT no se han detenido concretamente en los Libros Históricos, de modo que tenemos que basarnos en enfoques generales sobre la cuestión. Existen dos perspectivas básicas sobre este asunto. Algunos, que definen el canon como canon 1 y se apoyan en gran medida en las referencias tempranas a un (supuesto) canon tripartito, defienden que la colección se determinó pronto. Otros, que definen el canon como canon 2 y dependen en gran parte de las pruebas vistas anteriormente, sostienen que la colección siguió estando abierta y en un estado fluido hasta principios de nuestra era. Ambos planteamientos tienen poco que ofrecer en cuanto a cómo lograron el nivel de canon 2 los Libros Históricos.
Entre los representantes del primer enfoque se encuentran S. Leiman, R. Beckwith, A. van der Kooij y, con especial referencia a 1-2 Crónicas, G. Steins. Los dos primeros afirman que la baraita en b. B. Bat. 14b–15a refleja la división y el orden de los libros bíblicos implícitos en la referencia “la ley, los profetas y los demás libros de nuestros antepasados” en el prólogo a Ben Sira. Además, Leiman toma 2 Macabeos 2:13–14 como evidencia de que mientras Nehemías canonizaba la Ley y los Profetas, Judas cerraba la colección de los Escritos. Beckwith se muestra más modesto, asignándole también el cierre de los Profetas a Judas en torno a 150 a.C. van der Kooij, que añade a Josefo (Ag. Ap. 1.37–43) y 4QMMT C 9–12 al combinado, coincide en gran medida con Leiman y Beckwith pero modifica sus postulados en tres aspectos clave. En primer lugar, aunque acepta que existió una colección de textos tripartida que ya estaba “definida” en 150 a.C., esta no era “definitiva”. Segundo, el texto de cualquier colección todavía no se había estandarizado. Tercero, el orden de esa colección tripartita no era el del judaísmo posterior, sino más bien el que encontramos en Josefo y su extensa colección de libros proféticos. Steins simplemente acepta la datación temprana de un canon tripartito propuesta por Leiman y Beckwith y mantiene que 1-2 Crónicas sirvió como un Abschlußphänomen para todo el canon.
Esta postura presenta dificultades. Aunque hay que aplaudir la resistencia de van der Kooij a utilizar el término definitivo, uno busca en vano la existencia de indicadores firmes de entre el siglo II a.C. y el siglo II A.D. de que la colección estuviera incluso “definida”, y ya no hablemos de “definitiva”. En efecto, los términos Profetas, Escritos u otros libros difícilmente sirven para establecer una colección definida, y en su lugar Barton (55–75) ha abogado de manera verosímil por la existencia de una división bipartita entre la Torá (Escritura) y “los profetas” (textos secundarios). Además, este enfoque fracasa a la hora de definir el canon de un modo tan general como lo hacen los comparativistas. De hecho, si Leiman, Beckwith y van der Kooij contemplaran la idea de un canon 1, su argumento podría resultar más persuasivo. Sin embargo, eso también entrañaría un mayor respeto por las evidencias que hemos repasado con anterioridad, así como una menor dependencia de los pasajes de un canon tripartito como prueba de que existió una colección “definida” en fecha tan temprana como el siglo II a.C. En cuanto a Steins, al venirse abajo la fecha temprana para la formación del canon propuesta por Leiman, Beckwith y van der Kooij, también lo hace su pretensión de que 1-2 Crónicas fueran un Abschlußphänomen.
Un ejemplo del segundo enfoque sobre el canon son las obras de J. Trebolle, E. Ulrich y J. VanderKam. Algo típico de este punto de vista son la predilección por el nivel de canon 2 y la atención prestada a la mayor parte, si no a todas, de las pruebas ya citadas. Por ejemplo, Ulrich sostiene que la idea de un canon fluido implícita en el canon 1 y 2 de Sheppard confunde innecesariamente la conversación. En vez de eso, defiende que el debate comience con el acuerdo de que el canon implica libros (no formas textuales concretas) que han sido incluidos en una lista cerrada como resultado del juicio reflexivo de los usuarios del libro. De igual manera, Trebolle y VanderKam parecen elaborar el canon a modo de canon 2. Al tratar sobre las señales de un canon en el corpus de Qumrán, VanderKam indica cuál es su postura al escribir: “Antes de 70 A.D. ningún cuerpo autorizado del que sepamos elaboró una lista de libros que fuera considerada como absolutamente autoritativa, una lista de la que nada se pudiera quitar y a la que nada se pudiera añadir” (VanderKam, 91 [cursiva añadida]). Trebolle repasa el proceso de copiado y preservación, transmisión, composición y edición, traducción, cita, ordenación, interpretación y autorización de los libros que se convirtieron en las Escrituras Hebreas y llega a la conclusión de que el Pentateuco, Isaías, los Profetas Menores y los Salmos formaron lo que él denomina “un canon dentro del canon” al menos hasta el final del siglo I A.D. Otros, incluyendo la mayoría de los Libros Históricos, también eran conocidos y utilizados, pero no de la misma forma que se usaba el “canon dentro del canon”. Pese a que el uso que hace Trebolle del término canon es lamentablemente impreciso, el sentido de su valoración es que la primera colección de libros que él cita ya era autoritativa muy pronto en el sentido del canon 1 de Sheppard, mientras que la segunda colección de obras (que incluye a la mayoría de los Libros Históricos) quedó muy atrás en cuanto a influencia; de hecho, las evidencias que maneja Trebolle parecen indicar que apenas se encontraban en el nivel de canon 1 hacia el final del período en el que centra su estudio.
Si bien el enfoque de Trebolle, Ulrich y VanderKam presta más atención a las pruebas que el de Leiman, Beckwith y van der Kooij al abordar la cuestión de cuándo alcanzaron un estatus canónico los Libros Históricos, no consigue explicar cómo llegaron esos libros al nivel de canon 1 y posteriormente pasaron al nivel de canon 2. Dado que Ulrich y VanderKam se atienen tan estrictamente al canon 2 de Sheppard como su idea del canon, se ocupan poco de la transición de canon 1 a canon 2, y el uso impreciso del término por parte de Trebolle y su interés fundamental en el período más temprano hacen que no se moleste en esbozar esa transición.

4. Los Libros Históricos desde su composición hasta el canon 1 y el canon 2: una hipótesis provisional.

La observación de Trebolle respecto a la temprana autoridad de la que gozaron el Pentateuco, Isaías, los Profetas Menores y Salmos parece estar bien fundada. Consigna pruebas convincentes para el estatus de canon 1 de estos libros en torno al cambio de era. Sin embargo también informa de que asimismo al menos algunos de los Libros Históricos eran conocidos y tenidos por fiables en ese período, si bien no hasta el punto del primer grupo de libros. Así que uno se pregunta qué fue lo que llevó a los Libros Históricos a entrar en la órbita de las obras más autoritativas, y cómo llegaron a poseer el estatus de canon 1 y, finalmente, de canon 2. Los puntos de vista de Barton (35–95) sobre la relación entre la Torá y “los profetas” se parecen algo a lo que sigue, aunque, influido por las investigaciones de Trebolle, particularmente discrepo en cuanto al alcance de la colección primaria de textos.
Ofrezco una hipótesis sencilla a la luz de las pruebas presentadas anteriormente. Inicialmente, los Libros Históricos cumplían dos roles subordinados a la colección central (el Pentateuco, Isaías, los Profetas Menores y Salmos) para dar apoyo al estatus de canon 1 de la colección central. Primeramente, completaban la historia nacional que había comenzado en el libro del Éxodo (y en cualquier caso, es probable que Josué a 2 Reyes ya estuvieran vinculados a Deuteronomio como la historia que ilustraba las afirmaciones teológicas de este último). En segundo lugar, aportaban el “trasfondo” histórico y narrativo de Isaías, los Profetas Menores y los Salmos: los oráculos que se encuentran en Isaías y en muchos de los Profetas Menores se entienden mejor si se toman en cuenta la historia de los reinos y los relatos de 1-2 Crónicas y Esdras–Nehemías (e.g., cf. Is 36–39 con 2 Re 18:13; 18:17–20:19; Hag y Zac 1–8 con Esd 5:1; 6:14); y muchos salmos atribuidos a David (y otros relacionados con él o con otros personajes y momentos de la historia de Israel en la tierra) se leen mejor conjuntamente con las historias narradas en los Libros Históricos (véase, e.g., Sal 51 y 2 Sm 11–12). Por lo que se refiere concretamente a 1-2 Crónicas, aparte de su insistencia en considerar su relevancia como cierre del canon, puede que el argumento de Steins de que la obra del Cronista tiene como fin adoptar y evocar toda la trayectoria narrativa de la Biblia Hebrea.
Las pruebas indican que la colección central de Trebolle muy pronto alcanzó el estatus de canon 1 y que poco tiempo después comenzó a iniciar su paso hacia el estatus de canon 2, quizás bajo la presión de obras adicionales y tradiciones interpretativas que afirmaban, y a la vez cuestionaban, su valor central. Por ejemplo, es posible que Jubileos y el Rollo del templo no fueran leídos solamente como una reescritura interpretativa favorable de porciones importantes del Pentateuco (o incluso como los “secretos” que Dios reveló únicamente a los iniciados [sobre esto véase Barton, 72–75]), sino también como desafíos a su estatus normativo. Del mismo modo, las múltiples colecciones de salmos de Qumrán apuntan a una relación igualmente interpretativa-competitiva entre tales colecciones. Este tipo de competición con y desarrollo de los elementos presentes en el “canon dentro de un canon” de Trebolle, sin duda no sólo aceleraron su transición al estatus de canon 2 sino que intensificaron la importancia de los Libros Históricos como obras auxiliares que podían ofrecer una legitimidad añadida al Pentateuco, Isaías, los Profetas Menores y los Salmos. Y mientras que los libros posteriores se enfrentaban a competidores, la mayoría de los Libros Históricos no tuvo que hacerlo. Por tanto, el impulso que llevó a la colección central hacia el estatus de canon 2 estaba mayormente ausente en el caso de los Libros Históricos. La última etapa en el trayecto de los Libros Históricos desde la condición de libros al estatus de canon 2 tal vez fuera simplemente la conclusión natural al establecimiento de la colección central como canon 2: cuando lo alcanzó, a los libros subordinados y secundarios se les concedió igualmente esta distinción—ya eran “definitivos” por defecto.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *