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EL BAUTISMO: Una perspectiva reformada. bautismo en agua

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EL BAUTISMO: Una perspectiva reformada. bautismo en agua

 

bautismo en agua

El Bautismo, una perspectiva reformada, bautismo en agua

 

 

EL BAUTISMO: SU SIGNIFICADO Y MODO

LAS VOCES DEL INMERSIONISMO SE escuchan por doquier. Muy pocas voces se levantan para oponerse. Resulta obvio que algunos inmersionistas hablan en demasía sobre el tema; pero es igualmente obvio que los que están en desacuerdo con ellos dicen muy poco. El teólogo bautista Strong afirma, “El mandato de bautizar es un mandato a sumergir”. Y algunos lexicógrafos contemporáneos estarían de acuerdo con él. Conant sostiene esta misma conclusión basado en el supuesto uso clásico de la palabra bautizar, al igual que los historiadores George Fisher y Philip Schaff, quienes concurren de la siguiente manera: “La inmersión era el modo ordinario para bautizar”,2 y también, “La forma usual para bautizar era por inmersión”. Incluso se cita, con mucho regodeo, a Juan Calvino, “Sin embargo la misma palabra bautizar significa sumergir; y es ciertísimo que la inmersión era la práctica de la iglesia antigua”.4 Los liberales casi universalmente afirman que la inmersión era el método cristiano original, y gran número de los conservadores concurren. Autores de toda índole dócilmente lo admiten, para luego con mucho esmero racionalizar sus propias prácticas inconsistentes al igual que las posturas doctrinales de sus denominaciones asegurándonos de que el modo del bautismo no es importante. A decir verdad, nos podrían acusar de impertinencia por oponernos a tan grande despliegue de erudición. ¿Será posible que tantos hombres de Dios y tantos libros valiosos se equivoquen? Sí. Y eso es precisamente lo que debo hacer, ya que creo que están completamente equivocados. Y además, contrario a la opinión de aquellos que mantienen que el modo es cosa insignificante, creo que tiene una importancia muy real. Los inmersionistas tienen razón cuando enfatizan en el modo y baso esta conclusión en dos hechos.

Primero, todas las cosas que se relacionan a la Palabra de Dios son importantes. Pero esto es especialmente cierto de los únicos dos sacramentos que nuestro Señor dejó a Su iglesia. Es obvio que a menos que los apóstoles hubieran usado ambos métodos, inmersión y aspersión, o el uno o el otro es el correcto. Si aspersión, debemos asperjar; si inmersión, debemos sumergir.

En segundo lugar, el modo no lo podemos separar del significado. Los sacramentos son simbólicos. Por lo tanto, si esto es cierto, el “modo” y el “símbolo” es la misma cosa. Nadie estaría de acuerdo con que se permitiera flexibilidad al discutir sobre el modo en que observamos el otro sacramento. Si por ejemplo disminuimos la intensidad de las luces en forma dramática y en un momento climático destapamos un pan y una botella de jugo de uva, a la vez iluminándolos para que toda la atención de la congregación quede enfocada sobre la escena, ¿constituiría ésto como una observancia de la Cena del Señor? ¿Cómo es posible que tal acción simbolice el cuerpo “quebrantado” o la sangre “derramada” de Cristo que a su vez nos es “dada”? La mera idea nos repugna; pero ¿por qué?, si el modo en el que observamos un sacramento no tiene importancia? El simbolismo que encierra el sacramento (que sí es importante) o es revelado (uno de los propósitos del sacramento) o es destruido gracias a un correcto o incorrecto modo de observar el sacramento. El modo no se puede divorciar del símbolo; y por consecuencia, tampoco el modo del significado.

Ya fuere la muerte, sepultura y resurreción (simbolismo de la inmersión) o fuere la llegada del Espíritu Santo a la vida del creyente, efectuando la limpieza del pecado y la unión con Cristo (simbolismo de la aspersión), la intención que Dios quiere comunicarnos mediante el bautismo es de importancia medular. Comunicaremos el significado correcto del bautismo sólo mediante el modo correcto del bautismo.

Las palabras “un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5) claramente indican que de la misma manera que sólo puede haber una fe cristiana y un solo Señor, así sólo puede haber un bautismo. Como consecuencia el significado es único y el modo es único.

Pero el problema estriba en determinar cuál es ese “único bautismo”. Se ha escrito literalmente millones de páginas y se ha dedicado muchísimas horas más al estudio de este tema, y sin embargo todavía existe confusión. Muchos se han agotado de su tarea y han declarado que dicho estudio es infructuoso, imposible o inútil. Han razonado diciendo que todo lo que se haya podido decir sobre el asunto se ha dicho, y eso sin resultado. ¿Por qué seguir añadiendo a los cuantiosos volúmenes que forran las estanterías de las bibliotecas? Mejores hombres han presentado el caso, y con todo, los de la postura contraria se han mantenido tenazmente en sus creencias. ¿Para qué? ¿Qué provecho tendremos de toda esta discusión?

Todo esto puede que sea cierto. Sin embargo muchos han abordado el problema desde un punto de vista erróneo. La verdad tiene que ser manifestada, replanteada y refinada hasta que finalmente logre su impacto. ¿Quién sabe? Quizás estemos en el momento propicio para reanudar este estudio.

CAPÍTULO I

EL SIGNIFICADO DE “BAPTIZO”

COMO ES COMÚN VERSE CONFRONTADO con largas discusiones, ensayos y hasta volúmenes con respecto al significado y el uso del término baptizo, nos será provechoso considerar detenidamente este método de llegar a una conclusión sobre el significado y el modo del bautismo. Nos transportan a través de las obras clásicas y patrísticas y allí nos muestran veintenas de pasajes que son citados con el fin de defender uno u otro punto de vista. Antes de poder leer ni la mitad de las 163 páginas de Baptizein de Conant se nos cruzan los ojos y comenzamos a dudar en cuanto al verdadero valor que pueda tener; pues ¿qué importancia tiene que conozcamos cómo Platón, Plutarco, Diodoro, Eurípides o Sófocles usaron el término? Lo que nosotros queremos saber es la manera en que los autores de la Escritura usaron la palabra. “Pero”, alguien dirá, “si se demuestra que en toda la era clásica antigua, en la Septuaginta, en los papiros de la época y en los autores patrísticos el término no tenía otro significado que “inmersión”, ¿no tendríamos que admitir que eso tiene mucho peso?” Mi respuesta tiene dos puntos:

En primer lugar si esto fuera cierto y aunque se pudiera tener cierta inclinación a aceptar como válido el argumento inmersionista, no se puede admitir ipso facto; pues cierto es que una palabra la cual en todas sus conexiones externas tiene cierto significado, al ser adaptada al uso de una ceremonia religiosa puede asumir nuevas connotaciones e incluso denotaciones hasta tal punto que su significado resulte muy diferente al original. Por consiguiente, al apropiarse esta palabra griega y pagana baptizo como un término que describe un sacramento cristiano, tiene que haber cambiado en cierta medida.

Pero no es verdad que la palabra signifique “inmersión” y solamente “inmersión”. Además de todo lo que el enorme volumen, Classic Baptism, de R. W. Dale ha demostrado, lo que dejó meridianamente claro para todos los tiempos es el asunto del uso extra-bíblico de la palabra baptizo. Aunque el término sí puede significar “inmersión”, Dale ha demostrado claramente que no es así usualmente y por supesto que no es el significado básico del término. De hecho, la palabra es bastante diversa, y consta de tan divergentes conceptos como lo son “sumir”, “verter”, “matizar”, “rociar”, “teñir”, entre muchos otros. Al resumir los resultados de su estudio exhaustivo en Classic Baptism, Dale escribe, “El uso, ese árbitro aprobado, se ha expresado libremente y, pienso, ha sido fiel en enseñar lo siguiente:

•      bapto, tingo y mojar (meter) son palabras que en sus respectivos idiomas representan, en general, las mismas ideas.

•      baptizo, mergo y sumir son palabras que en sus respectivos idiomas representan, en general, las mismas ideas.

Estas dos clases de palabras en esencia difieren la una de la otra. No se intercambian, ni son ordinariamente intercambiables, y mucho menos son idénticas.

Bapto y baptizo exhiben en su desarrollo un perfecto paralelismo.

bapto

baptizo

bapto; mojar (meter).

baptizo; SUMIR.

bapto; mojar en algún líquido colorante para obtener un efecto; TEÑIR.

baptizo; sumir o sumergir en un líquido por la influencia que se obtiene; AHOGAR.

bapto; causar un efecto utilizando la influencia particular de un material colorante (sin el acto de sumergir o meter); por ej.: rociar sangre; exprimir una fruta; contusionar o magullar con golpes.

baptizo; causar un efecto utilizando una influencia controladora (sin la condición de sumergir); por ej.: rociar un narcótico; verter agua sobre un hierro candente; beber un licor embriagante.

El perfecto paralelismo en el desarrollo de estas dos palabras, tal como se ha expuesto, demuestra claramente que la verdadera interpretación de ambas palabras ha sido asegurada.

La palabra bautismo encierra miríadas de significados y se ha ajustado a los casos más diversos: Agamenón fue bautizado; Baco fue bautizado; Cupido fue bautizado; Cleinias fue bautizado; Alejandro fue bautizado; Parthia fue bautizada; Otón fue bautizado; Caricles fue bautizado; y muchísimos más fueron bautizados; cada uno distinto del otro en cuanto a la naturaleza o el modo de su bautismo, o ambos.

Más fácil le sería a un ciego escoger un determinado color del espectro de colores, o un niño tendría menos dificultad sorteando el laberinto cretense, que “los siete sabios de Grecia” declarar la naturaleza o el modo de cualquier bautismo basándose en la mera ayuda de la palabra baptizo.

Por encima de las siguientes respuestas bautistas:

1.      Bautizar es sumergir y sumergir es bautizar. Baptist Confession of Faith (Confesión Bautista de Fe).

2.      Sumergir y nada más que sumergir a través de toda la literatura griega. Alexander Carson, LL. D., Baptist Board of Publication.

3.      Sumergir, sumir, zambullir, bañar, hundir, mojar. T. J. Conant, DD., Baptist Bible Union.

Propongo esta respuesta:

Cualquier cosa capaz de cambiar completamente el carácter, estado o condición de un objeto, tiene la capacidad de bautizar ese objeto: y mediante tal cambio de carácter, estado o condición logra, en efecto, bautizarlo.

Queda de parte del lector juzgar si estas conclusiones de Dale se justifican.En mí opinión, es imposible eludir la conclusión de que sí, de hecho, ha destruído de manera satisfactoria la muy alegada idea de que la palabra significa “inmersión” todo el tiempo. Charles Hodge dice, “las palabras bapto, baptizo y sus derivados se emplean con tal latitud de significado que se demuestra la postura de que no hay ninguna autorización ni razón para pretender que el mandamiento a bautizar sea un mandamiento a sumergir”. Suponiendo la veracidad de lo hasta ahora expuesto,9 podemos hacer a un lado en su totalidad la discusión sobre el empleo extra-bíblico del término e imponer los límites de este estudio a las Escrituras como tales. Aquí, y solamente aquí, descubriremos el verdadero significado y modo del bautismo cristiano.

Probablemente todos estarían de acuerdo con que la forma más acertada de comenzar un estudio del bautismo es el punto de origen del mismo. Es de extrañar que la mayoría de los libros que tratan sobre el tema no hacen esto. Si hubo un tiempo en que el bautismo no se practicaba, se concluye entonces que también hubo un momento en que se comenzó la práctica. ¿Existe una referencia de la Escritura que señale a la institución del rito? Afortunadamente, sí.

Algunos afirman que Juan el Bautista fue el que introdujo el bautismo. Otros (sobre la base de evidencia insuficiente) mantienen que el bautismo era una costumbre judía en la que por medio del acto de inmersión se iniciaba a los conversos gentiles, y que el bautismo cristiano es producto de esta costumbre.

La teoría que coloca a Juan el Bautista como el iniciador del rito es absurda. El título “el bautista” no puede ser interpretado como que Juan era el originador del bautismo; más bien apunta al hecho de que era un hombre ocupado primordialmente en ese trabajo. En el Nuevo Testamento no hay siquiera un atisbo que aluda a la institución de esta supuesta práctica “nueva”. Antes, el pueblo judío asume naturalmente que Juan es un profeta de Dios precisamente porque bautiza. Obsérvese la pregunta planteada por los representantes de los fariseos (esos cazadores de herejías con ojos de lince se hubieran lanzado inmediatamente sobre Juan por enseñar ritos nuevos, sin embargo ya estaban familiarizados con el bautismo y lo aceptaban). Después de que Juan negara ser el Mesías o Elías que había regresado a la tierra, le preguntaron, “¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?”. Con esta declaración los judíos indican claramente que el Antiguo Testamento predecía la llegada de una persona que bautizaría y que esta actividad en particular sería una de sus características distintivas. Esta interesante observación da pie a varias consideraciones importantes. Por ejemplo, si los profetas del Antiguo Testamento conocían sobre el bautismo, podemos plantear la pregunta: ¿En qué lugar se predice la inmersión de alguien por mano del Cristo o el profeta o Elías? No existe tal pasaje. No obstante sí encontramos profecías explícitas en las que la acción de rociar o verter se asocia clara y estrechamente ya sea con el Mesías venidero o con la era mesiánica. Isaías 52:15 lee así: “Empero él rociará muchas gentes: los reyes cerrarán sobre él sus bocas; porque verán lo que nunca les fue contado, y entenderán lo que jamás habían oído” (Reina Valera 1909). En Ezequiel 36:25 Dios declara, “Esparciré [en la era mesiánica] sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias”. Por ahora es suficiente notar que el judío veterotestamentario no sólo tenía conocimiento en cuanto a las actividades bautismales en conexión con el Mesías venidero, sino que también las esperaba. Esta expectativa y aceptación también demuestra que nuestro judío estaba lo suficientemente familiarizado con el concepto como para reconocerlo cuando hiciese su aparición. El que Juan no originó la ceremonia también resultaría aparente.

En segundo lugar y para contestar a los que mantienen que el bautismo por inmersión comenzó como un rito de iniciación para los convertidos al judaísmo, John Scott Johnson afirma lo siguiente:

No tenemos disponible ninguna evidencia que asegure que Juan o cualquier otro judío de la época conociera la inmersión como un rito bíblico. Se plantea que los judíos de aquella época practicaban la inmersión para con sus prosélitos, sin embargo, esta afirmación carece de evidencia histórica. Dios le dio instrucciones a Moisés sobre cómo se debía recibir a los prosélitos (era por medio de la circuncisión, “Mas si algún extranjero…quisiere celebrar la pascua…séale circuncidado todo varón”. Éxodo 12:48), y no existe evidencia histórica alguna que indique que los judíos añadieron a las directrices de Dios. Si alguna vez surgiera evidencia suficiente que pruebe que los esenios (se sostiene que ellos practicaban la inmersión) o cualquier otro cuerpo de los judíos practicaban semejante anomalía como la inmersión, que permitieran tal repudio de todo mandato y ejemplo bíblico relacionado a la purificación, tan sólo demostraría cuan lejos el pueblo escogido se había apartado y retrocedido de la obediencia a Dios. Dicha evidencia no constituiría prueba de que Juan, “lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre” (Lucas 1:15), seguía un procedimiento tan falto de precedente bíblico, y sin siquiera una sola palabra de explicación o justificación. Juan en ningún momento alega haber recibido revelación reclamándole a que se desviase en semejante manera de todos los relacionados mandatos y prácticas del Antiguo Testamento. Pero si Juan en efecto, fuera culpable de tal irregularidad, y si pudiera persuadir a los fariseos y los saduceos de semejante rareza, entonces el Señor Jesús, el Jehová del Antiguo Testamento, en el cumplimiento de “toda justicia” (Mateo 3:15), que es obediencia a la ley, se habría sometido a un procedimiento el cual no tenía mandamiento, ni estaba prefigurado y habría hecho caso omiso de Sus propias instrucciones detalladas a Moisés. La inmersión es extraña a la usanza bíblica; no la encontramos en ninguna parte del panorama bíblico.

El Dr. Johnson nos ha señalado que “se plantea que los judíos de aquella época practicaban la inmersión para con sus prosélitos; sin embargo, esta afirmación carece de evidencia histórica”. Él tiene toda la razón. Lo que no dice es que los judíos nunca utilizaron el bautismo como requisito para el rito de admisión de los conversos gentiles; más bien que los judíos de la época de Cristo (y anterior) no lo conocían. Además, afirma que no conocían la inmersión. No dice que no practicaban el “bautismo”. Es cierto que hay evidencia que demuestra que en una época posterior los judíos establecieron tres requisitos para la admisión de los prosélitos: la circuncisión, un sacrificio y el bautismo. Pero las fuentes de dicha evidencia son tardías y bien pudieran haber sido influenciadas por Juan el bautista o hasta por las prácticas cristianas. Nótese que aunque la inmersión como práctica pre-juanina y pre-cristiana se debe de descartar por falta de evidencia suficiente, Johnson también demuestra que aunque la práctica fuera pre-cristiana, resultaría ser una costumbre que no sólo carece del apoyo de las Escrituras, sino que también está en completa disconformidad con el modo bíblico del bautismo. Y así, estas dos objeciones quedan descartadas.

CAPÍTULO II

EL ORIGEN DEL BAUTISMO RITUAL*

HABIENDO DESECHADO LA IDEA DE que el bautismo se originó en una época judaica tardía como un rito divino introducido por Juan, o también como un invento humano requerido por lo judíos (o los esenios), debemos dirigir nuestra atención a los bautismos bíblicos más tempranos de los cuales tenemos datos.

El bautismo ritual es tan antiguo como lo es la ley. La ley está repleta de purificaciones ceremoniales. Y de hecho, éstas son bautismos. No debemos perder de vista este hecho. El bautismo de Juan no representaba nada nuevo para los judíos. Desde los días de Moisés habían conocido la ceremonia del bautismo. No puede caber duda sobre esta cuestión ya que el Nuevo Testamento hace referencia a las purificaciones del Antiguo Testamento y las denomina “bautismos”.

HEBREOS 9:10

La frase traducida como “comidas y bebidas, de diversas abluciones” en Hebreos 9:10 muchas veces la pasamos por alto sencillamente porque no nos detenemos a indagar el significado de la palabra ablución ya que no es de uso común en nuestro hablar diario. Ablución es la acción de purificarse por medio de agua, según lo dictamine la religión en cuestión. En el original, el autor de Hebreos utiliza la palabra baptismois, es decir, bautismos. En pocas palabras, el autor de Hebreos se refiere a “los diferentes tipos de bautismo” que requería la ley veterotestamentaria. Es de crucial importancia notar que la ley nunca exigió la inmersión, empero frecuentemente exigía “rociamientos”.

Y tampoco cabe duda sobre el modo de estos diferentes tipos de “bautismos”. El autor de Hebreos los describe plenamente en este mismo noveno capítulo (vv. 13, 19, 21). La siguiente comparación demuestra claramente que las tres instancias de bautismo que menciona se trataban inequívocamente de rociamientos:

NUEVO TESTAMENTO

ANTIGUO TESTAMENTO

Hebreos 9:13

Números 19:17–18

Hebreos 9:19

Éxodo 24:6, 8

Hebreos 9:21

Levítico 8:19; 16:14

Vemos que tanto en los pasajes del Antiguo Testamento como en los de Hebreos, estos bautismos fueron denominados como “rociamientos”. Es imposible refutar este argumento. Y aunque se tomara la decisión de arrancar el décimo versículo de su contexto (al cual está inseparablemente vinculado), con todo, no encontraríamos ninguna ley ceremonial en todo el Antiguo Testamento que exiga “diferentes tipos de inmersiones”. Sencillamente la ley desconoce la inmersión por completo, y por demás se puede decir que desconoce diferentes tipos de la misma.

Resulta, además, obvio que la frase “diferentes tipos de” señala al hecho de que no todos los bautismos del Antiguo Testamento eran de la misma clase. Por el contrario, las inmersiones, necesariamente, son todas iguales, pues ¿de qué modo puede una inmersión diferir de otra? Por otra parte, si es imposible encontrar siquiera un requisito para una clase de inmersión en toda la ley veterotestamentaria, ¿cuánto más será encontrar “varios tipos” de inmersión?

La cuestión que queremos enfatizar, sin embargo, es que en el Antiguo Testamento habían “diferentes clases” de bautismos. ¿En qué consistían las diferencias? El aspersionista no tiene ninguna dificultad en contestar esta pregunta. Meramente acepta el testimonio del Antiguo Testamento y la interpretación del mismo expuesta en Hebreos 9 de que estos bautismos eran variados: rociamientos con agua únicamente, rociamientos con agua y cenizas, rociamientos con aceite y rociamientos con sangre.

El inmersionista es incapaz de demostrar en qué consistían estas “diferentes clases de bautismo”. Ni siquiera puede demostrar que el Antiguo Testamento demande una inmersión. Lo que debe resultar evidente a todo lector imparcial es que no existe una explicación satisfactoria de este pasaje desde el punto de vista de la inmersión.

Quedan claro, entonces, los siguientes hechos: el bautismo de Juan no era nada nuevo. El bautismo se practicaba por lo menos tan temprano como en los días de Moisés (Hebreos lo afirma). El Antiguo Testamento en ninguna parte hace de la inmersión un requisito. No obstante, los bautismos en efecto, eran obligatorios y se llevaban a cabo mediante el rociamiento. Estos rociamientos eran “diversos” dependiendo del elemento con que eran administrados.

Resulta significativo que el bautismo bíblico, en su origen, se llevaba a cabo mediante la aspersión y no por inmersión. Por consiguiente, a menos que se descubra evidencia inequívoca de que se produjo un cambio en el modo del bautismo, nos vemos obligados a considerar que los bautismos que encontramos en otras referencias se llevaban a cabo de manera semejante. Lejos de registrar una alteración en cuanto al modo del bautismo, las Escrituras consistentemente vinculan los bautismos del Antiguo y Nuevo Testamentos y utilizan la misma palabra para describir a ambos.

JUAN 3:22–26

Después de esto, Jesús vino con sus discípulos a la tierra de Judea, y se quedó allí con ellos, y bautizaba. Juan también bautizaba en Enón, junto a Salim, porque allí había muchos riachuelos; y continuamente venía mucha gente para ser bautizados (porque Juan no había sido encarcelado aún). Entonces surgió una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación. Así que vinieron a Juan y le dijeron: ¡Ves Rabí!, que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, está bautizando, y todos vienen a él.

Por lo general este pasaje se considera como la fortaleza de los inmersionistas. Hay multitud de iglesias bautistas que se llaman “Enón”. De manera triunfante se declara que el versículo 23 resuelve por completo la cuestión del modo del bautismo. Si Juan tenía necesidad de “muchas aguas” para bautizar, sin duda alguna se sigue que bautizaba por inmersión. De lo contrario, ¿por qué necesitaba tanta? Sin embargo, no resulta ser un caso que no tiene vuelta de hoja como pudiera parecer a primera vista. La traducción de Helen Montgomery (la cual citamos más arriba) fue publicada por Judson Press, una casa publicadora bautista. Por consiguiente, no debe mostrar señales de estar prejuiciada en favor del aspersionista. Sin embargo, Montgomery se esmeró en su fidelidad al texto griego. Nótese el cambio en la frase que generalmente se traduce “muchas aguas”. Ella la traduce “muchos riachuelos”. El original dice “hudata polla”, que traducido literalmente significa “muchas aguas”. Esta expresión es hasta más indefinida que los “muchos riachuelos” de Montgomery. Y claro, su traducción certera de polla como “muchos”, no aporta al esclarecimiento de la cuestión.

Fíjense también en el término hudata. ¿Podemos determinar exactamente en qué consistían estas “aguas”? La opinión de Montgomery es que eran riachuelos, pero el contexto nos provee con información mucho más precisa. Si los bautistas que se congregan en una iglesia que se llama “Enón” sólo supieran el significado de esta palabra, tendrían que enfrentarse con un problema serio, ¡la palabra significa “manantiales” o “fuentes”! El Dr. William Hodges dice lo siguiente:

Enón, que es el plural de fuente o manantial, probablemente se llamó así por las muchas fuentes y manantiales que habían en el lugar. Y esto concuerda con la frase griega hudata polla; muchas aguas, muchas fuentes o manantiales, en lugar de mucha agua contenida en un solo cuerpo.

Christy escribe:

Desafortunadamente para aquellos que están acostumbrados a encontrar aquí la evidencia para sostener la inmersión, estos manantiales que fluyen como hilitos de agua a través de prados pantanosos hasta llegar al río Jordán ofrecen poco o ningún lugar en el cual llevar a cabo la práctica de la inmersión.

En realidad, si nos detenemos a reflexionar, el que Juan se hubiera alejado del río Jordán (que era la fuente más grande de agua en toda Palestina) con el fin de encontrar más agua en otros lugares resulta impensable. Sin embargo es muy interesante preguntarnos cuál fue la razón que indujo a Juan a dejar atrás el Jordán en este momento. Christy propone la siguiente idea:

El pensamiento que sin duda motivó a Juan a cambiar de lugar era el contraste del agua clara y fresca de estos “muchos manantiales” con el turbio y sucio torrente del Jordán “desbordado por todas sus orillas” como ocurría en esta época del año (Josué 3:15). Ésto, acompañado del requisito insistente de la ley de que se usara agua limpia para bautizar, nos lleva a una conclusión sencilla en cuanto a por qué Juan buscó el cambio de escena. Una vez más vemos que todas las dificultades se disipan sencillamente usando la traducción adecuada. Juan bautizaba en Enón, cerca de Salim, porque allí había mucha agua o muchos manantiales, y todavía los hay en estos tiempos, y eso es todo el asunto. A decir verdad, esto no compone prueba de nada exceptuando quizá que Juan se estaba esforzando en cumplir la ley que, como él bien conocía, exigía que “los rociara con agua limpia”.

Lo dicho hasta ahora es meramente para introducir la razón principal por la cual hacemos alusión a este pasaje. El propósito de este capítulo es descubrir si es posible determinar el modo del bautismo juanino. Una vez contestadas las objeciones que se puedan presentar con relación a Juan 3:22–26, es el momento de destacar el aspecto de mayor relevancia de dicho pasaje. Para comenzar, nótese como los términos “bautizar” y “purificar” se usan de manera intercambiable. El evangelista menciona que Juan bautizaba en Enón meramente como un telón de fondo para lo que dirá después. Mientras tomaba lugar esta actividad, sucedió un incidente que ocasionó una discusión muy informativa. El apóstol primeramente escribe que un judío y algunos de los discípulos de Juan se enfrascaron en una controversia con relación a la “purificación”. Seguidamente, el autor acerca al lector con el fin de que pueda escuchar la conversación. Y descubrimos, para gran sorpresa nuestra, que la discusión tocante a la purificación ¡concierne el bautismo! La discusión es acerca de Cristo y de cómo Él está “bautizando” y todos están acudiendo a Él. Sin lugar a duda, las dos palabras “purificación” y “bautismo” se equiparan tan naturalmente como Pablo lo hiciera con las palabras “anciano” y “obispo” en su carta a Tito. Cada cual tiene derecho a su opinión, pero al parecer, la “fortaleza” bautista de Juan 3 no sólo se ha derrumbado, sino que ha enfilado sus cañones sobre los defensores; porque ya hemos señalado que las “purificaciones” veterotestamentarias eran “rociamientos” (cf. Números 8:7 para saber el método). Sin embargo, por si acaso se requiere evidencia adicional, referimos al lector a los siguientes pasajes donde de manera uniforme a través de toda la ley, el método de purificación era mediante el rociamiento y nunca mediante la inmersión:

ANTIGUO TESTAMENTO

DESCRIPCIÓN

Levítico 14:6–7

en el caso de lepra.

Salmo 51:7

en el caso de David

Números 19:11–13

en el caso de contaminación con un cadáver

Levítico 13:44

en el caso de contaminación con la lepra.

Levítico 15:11 y 11:29–44

los fariseos usaban estos pasajes para enseñar que si antes no se lavaban, no comían. (Véase Marcos 7:3–4.) Se “bautizaban” las manos, etc.

Números 8:7

en el caso de la exipiación por los levitas.

Ezequiel 36:25–27

en el caso de la restauración de Israel.

Y nótese que en Hebreos 9, los “distintos tipos de bautismo” son denominados como purificaciones.

Además de todos estos pasajes que hacen referencia a rociamientos, hay todavía otro incidente de extrema importancia que demostrará de forma concluyente que el bautismo era un requisito de la ley y que Juan lo llevó a cabo sin el uso de la inmersión. Tan destacado es este evento que hemos reservado su estudio para el próximo capítulo.

CAPÍTULO III

EL BAUTISMO DE CRISTO

EL BAUTISMO DE NUESTRO SEÑOR Jesucristo demuestra aún más que el bautismo y la ley de Moisés estaban íntimamente relacionados.

Todavía no hemos tenido la ocasión de discutir la relación que hay entre los bautismos del Antiguo Testamento y el de Juan con el bautismo cristiano. Lo haremos más adelante; sin embargo, debemos tomar nota aquí de al menos un aspecto. El bautismo de Cristo no fue un “bautismo juanino”. Y aunque resulte sorprendente, tenemos muy buenas razones para hacer esta afirmación. Alguien podría objetar: “Pero, ¿no fue Juan el que bautizó a Cristo?”. No obstante, “Es una cosa ser bautizado por Juan, y cosa muy distinta es recibir el bautismo de Juan”. Esto es indudablemente cierto por las siguientes razones:

1.      El bautismo de Juan era para los pecadores. Cristo no era pecador. El bautismo de Juan representaba el arrepentimiento para el perdón de los pecados. Y Jesucristo ni podía arrepentirse ni podía recibir el perdón de los pecados.

2.      El bautismo de Juan tenía como propósito preparar el camino para el Señor mediante la preparación de un pueblo que estuviese listo para Él. Jesús no necesitaba de una preparación para recibirse a sí mismo. El hecho de que Juan no estaba dispuesto a bautizar a Jesús indica que Juan consideraba que era impropio que Jesús fuera clasificado con todos los demás que acudían a recibir su bautismo. Y sobre este punto Juan nunca cambió de parecer. Pero algo—algo que Cristo dijo—provocó en él un cambio de opinión tal que de buena gana bautizó al Señor. ¿Cuáles fueron estas palabras tan interesantes; y cuál es su significado?

MATEO 3:15

“Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia”.

Deuteronomio 6:25 nos dice que la “justicia” supone la obediencia a la ley. Cristo “nació bajo la ley”. Por lo tanto, lo que quiere decir es que se sometía al bautismo con el propósito de obedecer la ley del Antiguo Testamento. Pero, ¿cómo?

Cristo fue sometido a la ley de la circuncisión (Levítico 12:3 y Lucas 2:21); lo presentaron en el templo (Lucas 2:22–23); participó de la Pascua (Éxodo 34:23 y Lucas 2:42); observaba las fiestas judías que la ley mandaba (Marcos 14:12, Lucas 22:3, Juan 17:10); pero ¿cuál ley se proponía obedecer con su bautismo?

La ley veterotestamentaria que Jesús estaba obedeciendo en el momento de su bautismo se encuentra en Números 8:6–7: “Toma a los levitas…y purifícalos. Para purificarlos, rocíales agua expiatoria” (NVI). Los levitas eran sacerdotes. Jesucristo fue (y es) un sacerdote (Hebreos 3:1; 4:14; 5:5; 9:11); Él es nuestro sumo sacerdote para siempre. El bautismo de Cristo fue el acto ceremonial de Su ordenación al sacerdocio. Fue el rito que lo separó para ser un sacerdote y un ministro de las cosas santas.

Cualquier hombre que aspirara al sacerdocio tenía que reunir tres requisitos: primero, tenía que contar con 30 años (Números 4:3, 47. Por esto es que en Lucas 3:23 se registra la edad de Cristo como de 30 años.); en segundo lugar, tenía que tener un llamado de Dios tal como lo tenía Aarón, el primer sumo sacerdote (Éxodo 28:1. También Cristo fue llamado, Hebreos 5:4–10.); y en tercer lugar, debía ser rociado con agua (Números 8:6–7) por uno que ya era sacerdote (Juan era sacerdote habiendo heredado el oficio de su padre. Éxodo 29:9; Números 25:13; Lucas 1:5, 13). Cristo reconoció Su llamado, esperó hasta cumplir 30 años de edad y después vino a Juan “para cumplir toda justicia”, es decir, para cumplir la última demanda de la ley del Antiguo Testamento para con los sacerdotes antes de dar comienzo a su ministerio público.

Como evidencia del hecho de que Cristo se hizo un sacerdote mediante el bautismo de Juan señalamos que cuando Jesús purificó el templo (Mateo 21:12; Marcos 11:15), estaba haciendo ejercicio de su autoridad sacerdotal. Y cuando los judíos se acercaron y le preguntaron, “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿y quién te dio esta autoridad?” (Mateo 21:23; Marcos 11:28), Jesús les preguntó, citando el bautismo de Juan que Él había recibido, “¿De dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?”. Es obvio que en el pensamiento de Jesús hay una relación muy definida entre su “autoridad” sacerdotal y su “bautismo realizado por Juan”. Jesús afirma que si el bautismo de Juan era del cielo, y por supuesto que lo creía como tal, entonces en efecto había sido ordenado como sacerdote y poseía la autoridad de purificar el templo.

Aunque Rose no entra en una discusión exhaustiva en cuanto al orden del sacerdocio de Cristo, Christy ofrece más detalles:

A primera vista se podría pensar que existen dificultades no fáciles de superar con relación a la cuestión de ascendencia y linaje. El derecho de entrar al sacerdocio judío estaba estrictamente limitado a los descendientes de Aarón, y, como sabemos, Jesús no descendía de esa línea, ni siquiera la de Leví que se relacionaba tan íntimamente con la línea sacerdotal en el servicio del templo. No obstante la autoridad del Nuevo Testamento satisface e incluso supera esta dificultad de tal manera que no tenemos más remedio que recurrir a la admiración. Por medio de la autoridad del Antiguo Testamento (Salmo 110:4), aprendemos que Jesús no fue investido como sacerdote según el orden judaico o aarónico, más bien lo fue según el orden de Melquisedec, como un Sacerdote del mundo entero (Hebreos 5:6). De este modo vino a ser nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos 7:17–21); pero no con el fin de ser como los sacerdotes del templo “ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados” (esto lo vemos en Hebreos 10:11–12), sino que ofreció “una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados”. El propósito ampliado de Dios de extender la salvación al mundo gentil requería de un sacerdocio que rebasara las limitaciones del antiguo sacerdocio, al igual que un Sumo Sacerdote divino. Esta es la argumentación de la inspiración divina y no es posible negarla. Y sin embargo, al entrar en esa esfera más amplia comparada con la del sumo sacerdocio judío, Jesús no se eximió de las obligaciones impuestas sobre Él por la ley de los judíos. Pues esa ley era la ley de Dios, y Jesús, reconociendo siempre sus obligaciones bajo la ley, siempre fue solícito, como judío, en guardar cada detalle de la ley ceremonial dada a Israel, y esto durante toda su vida. La ley aún tenía vigencia y sólo quedaría abrogada después de que su espíritu saliera de su cuerpo quebrantado y maltrecho colgado del madero, que el velo del templo se rajara en dos y que pronunciara: “consumado es”. A lo largo de toda su vida y ministerio, Jesús declaró que su voluntad y propósito era el cumplimiento de la ley, y en esta instancia nos vemos obligados a creer que hizo lo propio en cada detalle de su bautismo, de este modo observando todos los requisitos.

Es interesante notar que “Melquisedec” significa “rey de justicia”. En el cumplimiento de toda justicia el Señor Jesús vino a ser un sacerdote más grande según el orden de Melquisedec.

Jesús tenía la autoridad de aplicarse a sí mismo el pasaje de Isaías 61:1–2 por la sencilla razón de que había sido ungido ritualmente (y claro está, ungido también internamente por el Espíritu que descendió sobre Él efectuando así un bautismo interno o real). ¿Cuándo fue ungido Jesús si no lo fue en su bautismo? Entonces, si el descenso del Espíritu Santo a Su vida en este ungimiento constituía el ungimiento verdadero (o interno), ¿no sería su bautismo (con lo cual estaba inseparablemente conectado) el símbolo de dicho ungimiento? Pero ¿en qué manera podría la inmersión ser simbólica de un “ungimiento”, o de la acción de “venir sobre alguien” o “descansar sobre alguien”? La sencilla verdad es que Jesucristo no fue bautizado por inmersión, más bien Juan lo ungió vertiendo o rociándolo con agua. Por consiguiente, Jesús fue nombrado a la obra mesiánica como “el Ungido” por Juan, el representante de Dios. Si Juan hubiera bautizado a Jesús por inmersión, entonces no sería el “Cristo” o el “Mesías” porque estos términos significan “el Ungido” en griego y hebreo respectivamente.

Finalmente, si fue por inmersión, entonces Jesús no “cumplió toda justicia”, ya que, como hemos visto, en todo el Antiguo Testamento no existía una sola demanda para la inmersión que Él tendría la obligación de obedecer.

Por lo tanto, es ciertísimo que (1) el bautismo de Jesús no pudo haber sido por inmersión, y (2) dicho bautismo se llevó a cabo mediante ungimiento.

CAPÍTULO IV

ESPÍRITU SANTO Y AGUA

Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.

Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.

Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron llenos del Espíritu Santo… Mas esto es lo dicho por el profeta Joel… Derramaré mi Espíritu… Dios ha derramado esto.

Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo.

FUERON JUAN EL BAUTISTA Y el Señor Jesucristo los que trazaron el contraste y la conexión entre el bautismo de agua y el bautismo del Espíritu Santo. Ambos están vinculados inseparablemente, sin embargo difieren. Aquí comienza a tomar forma la distinción entre el bautismo real34 y el ritual. Nadie puede poner en entredicho el hecho de que hay dos tipos de bautismo en las Escrituras, especialmente cuando los versículos previamente citados los distinguen tan claramente. No obstante, Efesios 4:4–5 afirma de forma enfática que no hay sino un bautismo. La única conclusión posible entonces es que son dos aspectos distintos de la misma cosa. La coincidencia con relación al modo nos demuestra que esta es precisamente la cuestión. El uno es el símbolo externo de la realidad interna que es el otro. Por lo tanto, tenemos el bautismo de agua (o ritual) y el bautismo del Espíritu (o real). El ritual tiene que simbolizar el que es real, de lo contrario deja de ser símbolo y no tendría sentido.

Si hablamos de bautismos destacados de la Escritura, tenemos por obligación que mencionar el que ocurrió en Pentecostés. Joel lo profetizó, Juan lo predijo, Cristo lo prometió y Lucas lo proclamó. A ningún otro bautismo se le dedica tanto espacio ni se le da tanta prominencia. Nos conviene por lo tanto que examinemos este evento como punto de partida para llegar a un entendimiento del bautismo cristiano y en especial porque no sólo es el primer bautismo cristiano, sino que este bautismo da comienzo al cristianismo.

El primer hecho, elocuente por demás, es que el magno evento que tomó lugar en Pentecostés fue un “bautismo”. Juan el Bautista lo calificó como un bautismo, Jesús lo calificó como un bautismo y Lucas lo calificó como un bautismo. De seguro no puede haber duda en cuanto a esto. Si la palabra baptizo siempre significa “inmersión” entonces en Pentecostés tiene que haber ocurrido una inmersión. Pero, ¿cómo es esto posible? A veces, como evidencia, se presenta Hechos 2:2, “el cual llenó toda la casa donde estaban sentados”. Se dice que los discípulos estaban inmersos en el Espíritu Santo que “llenaba toda la casa”. Pero eso no es lo que dice la Escritura. Esta afirmación se da antes de que el Espíritu Santo y las lenguas de fuego sean siquiera mencionados. Ni el Espíritu Santo ni el fuego puede ser el antecedente de aquello que llenó toda la casa. Lo único a lo cual la frase “el cual” se puede referir es a “el estruendo”. Fue el estruendo lo que llenó la casa; es decir, un sonido muy fuerte. Esto queda demostrado cuando se lee el resto del versículo dos: “Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual [o sea, el estruendo] llenó toda la casa donde estaban sentados”.

No sólo es evidente que Hechos 2 no enseña que el bautismo es por inmersión, sino que no hay pasaje en la Escritura que mejor detalle el modo por el cual se lleva a cabo un bautismo (como un derramamiento). Las lenguas de fuego “se asentaron” sobre ellos. El estruendo “vino” del cielo. Pedro se levantó y citando un pasaje del segundo capítulo de Joel, proclamó que el mismo se acababa de cumplir; un pasaje en el cual Joel específicamente declara que Dios “derramará” Su Espíritu. Más tarde en Hechos 11:15–16, Pedro, refiriéndose a este evento, dice que el Espíritu Santo “cayó” sobre ellos; y el apóstol es preciso en señalar que esta acción de “caer” equivale a un “bautismo”. Por si fuera poco, Lucas, en Hechos 2:33, utiliza la palabra “derramado” para describir el evento. No hay palabras más elocuentes. No hay nada en el texto que pueda inducirnos a concluir que el bautismo de Pentecostés fue por inmersión; por el contrario, todo indica que fue por aspersión. No obstante hay hombres que persisten en afirmar que “todo pasaje del Nuevo Testamento en el cual aparece esta palabra ya bien requiere o permite que se defina como “inmersión”.

Ahora, este suceso de Pentecostés revela la unidad del bautismo cristiano. Aquellos que primeramente han sido bautizados por el Espíritu, proceden a ser bautizados por agua. También vemos clara evidencia de esta unidad en la predicación del evangelio a los gentiles. En Pentecostés, Pedro utilizó la primera de las “llaves” del reino que Cristo le había entregado y abrió para los judíos la puerta del nuevo orden. Los capítulos diez y once del libro de los Hechos registran que con la segunda y última llave abrió las puertas del reino a los gentiles. Afortunadamente, Lucas nos narra este evento con palabras muy descriptivas:

Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo… Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús.

Después de que los gentiles recibieran el Espíritu Santo (quien cayó sobre ellos, y ellos lo recibieron—definitivamente no vemos aquí inmersión por ninguna parte), Pedro los bautizó con agua. El bautismo de agua era una imagen ritual del bautismo real del Espíritu Santo. No cabe duda de que cuando el Espíritu Santo cayó sobre ellos ocurrió un bautismo, porque Pedro lo dejó claro en Hechos 2:15–17 (ver cita en el comienzo del capítulo). De esta manera, las mismas Escrituras nos demuestran lo que simbolizaba el bautismo con agua. No simboliza muerte, sepultura y resurrección. No vemos nada de eso aquí. Más bien, el bautismo con agua simboliza el bautismo del Espíritu Santo. Ya que la Realidad (el Espíritu Santo) fue “derramado”, y “cayó sobre”, “vino sobre”, etc., el bautismo de agua (el ritual) tiene que ser cónsono. La inmersión no lo es. ¿Y qué será mejor para simbolizar el descenso del Espíritu Santo que el bautismo de agua por aspersión o rociamiento? Pues es precisamente así como se lleva a cabo cada caso de bautismo real y ritual en las Escrituras. La realidad y el símbolo son uniformes.

Por cierto, la afirmación de Pedro nos provee de mucha información: “¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?”. Esta afirmación implica que el agua les fue aplicada, no que fueron puestos debajo del agua. Por consiguiente, en los dos grandes derramamientos del Espíritu Santo—sobre los judíos y sobre los gentiles—las puertas del reino se abrieron de par en par para admitir al mundo entero. Estos fueron los bautismos básicos del cristianismo que sentaron la pauta para todo bautismo cristiano.

Tomando el caso del capítulo previo podemos añadir todavía más peso a la proposición de que el bautismo de agua y el del Espíritu son iguales. Jesucristo fue “ungido” en su bautismo y al mismo tiempo descendió el Espíritu Santo.

Finalmente, nótese como la profecía de Ezequiel 36:25–28 une ambos bautismos:

Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré un corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros… Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu… y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios.

No cabe duda de que esta profecía se refiere a los tiempos neotestamentarios ya que se cita en el Nuevo Testamento como tal (véase 2 Corintios 6:16; Hebreos 8:10). En este pasaje, el modo de bautismo se describe como “esparcir”. Rociar con agua limpia simboliza el derramamiento del Espíritu Santo quien será puesto “dentro” de nosotros. En el día de Pentecostés “todos fueron llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2:4).

De este modo la conexión vital establecida entre el Espíritu Santo y el bautismo por agua, al igual que las declaraciones explícitas con relación al modo, constituyen prueba suficiente para la siguiente declaración del Dr. Johnson:

Nuestros amigos inmersionistas no sólo ignoran las ilustraciones que provee la misma Biblia en cuanto al modo del bautismo, sino que tampoco hacen un intento de obtener una definición de baptizo partiendo de la Biblia.

CAPÍTULO V

EL BAUTISMO EN CRISTO

A ESTAS ALTURAS HA LLEGADO EL momento para que alguien objete de la siguiente manera: “Has seleccionado tus pasajes con mucho esmero; ni siquiera has mencionado Romanos 6 ni Colosenses 2. Y es de suponer ya que ambos pasajes enseñan la inmersión en términos inequívocos”.

Sin embargo esto no es cierto. Y este es el momento propicio de hacer una exégesis de estos textos; y lo hacemos de muy buena gana por el simple hecho de que enseñan una de las verdades más gloriosas de la Escritura —la doctrina de la unión mística con Cristo.

En primer lugar debemos observar que ambos pasajes omiten la palabra “agua”. Resulta imposible extraer siquiera una sola gota de agua del contexto de estos pasajes. Y si el supuesto de la teoría de la inmersión insiste de que no es necesario que los pasajes mencionen agua para probar que son bautismos por agua, tenemos razón para comentar:

Tal y como está, esta doctrina (es decir, sepultura por el bautismo en agua) tiene su base en dos pasajes de la Escritura que no sólo omiten la palabra agua, sino también toda expresión que pudiera sugerir el bautismo por agua.

Segundo, es imposible que el bautismo por agua produzca los resultados que se enumeran. Tanto Colosenses 2 como Romanos 6 tienen que ver con el problema general que presenta el pecado del creyente (se introduce el bautismo solamente como prueba de la tesis general). Romanos 6 nos enseña que aquellos que son bautizados en Cristo son bautizados en su muerte. El bautismo por agua no puede lograr esto. Los versículos del 4 al 6 exponen los efectos del bautismo. El único Poder que tiene la capacidad de lograr todos los beneficios que estos versículos mencionan es el mismo Espíritu Santo. Basta con considerar el bautismo en este pasaje como bautismo real, es decir, la llegada del Espíritu Santo a la vida de un hombre efectuando la regeneración, y como resultado todos los requisitos del pasaje encuentran solución. Las frases “circuncisión no hecha a mano” y “echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal” no pueden referirse al bautismo de agua. Únicamente el bautismo realizado por el Espíritu Santo de Dios puede lograr esto.

En tercer lugar la muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo no corresponden al simbolismo de la inmersión. Se dice que somos “bautizados en la muerte” en virtud de ser bautizados en Él. Sin embargo Cristo murió en una cruz. En ningún sentido puede la inmersión simbolizar la crucifixión. «La sepultura de Jesús fue como si hubieran colocado Su cuerpo en una habitación y cerrado la puerta. La inmersión de ningún modo simboliza tal sepultura». Y tampoco simboliza la resurrección de Cristo; “…el cuerpo resucitado del Salvador traspasó los lienzos de lino dejándolos enrollados y tal cual estaban. ¿Podría alguien pensar que esta manifestación misteriosa y gloriosa del poder de Dios sea remotamente evocada sacando a una persona del agua desarreglada, despeinada y chorreando”?

¿Qué, pues, significan estos pasajes? ¿Cómo debemos interpretarlos? Como respuesta, tenemos que introducir otros dos pasajes a la discusión: 1 Corintios 10 y 1 Corintios 12.

Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto.

Este evento no se trata de un bautismo ritual (de agua). Es más, el punto que resalta es que el agua nunca tocó a estos “padres”. Notemos dos cosas:

1.      Fueron bautizados “en Moisés”.

2.      Los que fueron bautizados definitivamente no son los que fueron sumergidos en el mar.

¿Qué significan las extraordinarias palabras “bautizados en Moisés”? Sería de más provecho que eliminemos primero lo que no pueden significar. Aunque muy a menudo este pasaje se distorsiona para que se entienda que los israelitas fueron bautizados en la nube y en el mar, la realidad es que el pasaje no significa eso. No obstante el Dr. Carson, un notable apologista bautista, escribe lo siguiente sobre el asunto:

Se dice que fueron bautizados. Por consiguiente en su travesía por el medio del mar tiene que haber algo que represente la forma externa y el propósito del bautismo cristiano… El descenso al mar; ser cubiertos por la nube; su salida en la otra orilla; todo asemeja el bautismo de los creyentes, de esta manera atestiguando su fe en Moisés como un salvador temporal y figurando la sepultura y resurrección de los cristianos. Los bautismos de Pentecostés y del Mar Rojo fueron bautismos en seco.

El Dr. Carson razona de la siguiente manera: Se dice que fueron bautizados. Por consiguiente, ya que la palabra bautizar significa inmersión, en este pasaje tenemos que encontrar una inmersión. Pero no se trata de una inmersión física; más bien atravesaron “sin mojarse los pies”. Entonces sólo falta una cosa; tiene que haber una manera de lograr que este evento “represente” una inmersión. Y el intento del Dr. Carson es así: el pueblo “fue cubierto por una nube”, presumimos que es como cuando uno es cubierto por agua en una inmersión; descendieron “al mar” (sobre lo cual 1 Corintios 10 no dice nada), como cuando uno es sumergido en el agua; y todos salieron al otro lado (de lo cual el pasaje no menciona nada —a no ser quizá, que la sencilla frase “pasaron el mar” se interprete así), como cuando uno sale a la superficie al finalizar una inmersión. Todo esto resulta muy ingenioso. Sin embargo la dificultad es sencillamente que el pasaje no dice que fueron bautizados en el mar y en la nube. Más bien la nube y el mar fueron los instrumentos que Dios utilizó con el fin de bautizar a “los padres” en Moisés. Dale comenta, “El error del Dr. Carson consiste en sustituir a la agencia en la cual se efectúa el bautismo por el bautismo efectuado”, y también, “el bautismo no es ‘la travesía’, más bien es la condición establecida en la relación de Israel a Moisés”.

Por lo tanto ¿qué significa esta peculiar expresión “bautizados en Moisés”? Y ¿cual es la enseñanza para nosotros con relación al verdadero significado y modo del bautismo?

El significado de la frase. Sea lo que sea, la frase “bautizados en Moisés” tiene que interpretarse de la misma manera que la frase “todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús” (Romanos 6:3). Y observamos la misma enseñanza dos capítulos más adelante en las palabras: “porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12:13). Cada uno de estos pasajes tiene algo en común. El factor evidente que los une es el extraordinario uso de la preposición eis (en). Al realizar un estudio de 1 Corintios 10 arrojaremos luz sobre los significados de esta palabra que encontramos en otros pasajes.

Dale escribe,

Las siguientes palabras de Pablo, “todos [es decir, nuestros padres (v. 1)] en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar”, son evidentemente una afirmación que tiene que ver con un resultado que se efectuó mediante la nube y el mar. Moisés también pronuncia una afirmación que tiene que ver con el resultado de la interposición divina mediante estas grandes agencias. Sus palabras son como siguen: “Y vio Israel aquel grande hecho que Jehová ejecutó contra los egipcios; y el pueblo temió a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés su siervo” (Éxodo 14:31).

¿Tienen alguna relación estos dos resúmenes de Moisés y Pablo? ¿Guardan relación el uno con el otro como afirmaciones sobre el resultado final de los mismos hechos? Y si es así, ¿concuerdan el uno con el otro?

Respondemos afirmativamente a estas preguntas y planteamos que Moisés en Éxodo 14:31 y Pablo en 1 Corintios 10:2 se refieren a los mismos hechos, establecen el resultado de dichos hechos y que ese resultado, en ambos casos, es el mismo pero expuesto con distinto lenguaje.

La palabra hebrea aman que encontramos en el pasaje citado (Éxodo 14:31) se traduce “creyeron”, y Gesenius la define de la siguiente manera: apoyar, permanecer, sostener— recostarse, construir sobre, afirmar, confiar, fiarse, creer.

Estos últimos, es decir, confiar, fiarse, creer, son significados secundarios que se derivan del significado primario y literal: apoyar, permanecer, sostener. De esta manera, ejercer control; sujetar completamente a una influencia, penetrante, dominante y asimilativo en su naturaleza; cambiar por completo una condición mediante dicha influencia pero sin envolvimiento; todos éstos son significados secundarios de la palabra baptizo que se derivan del significado primario y literal de sumergir; sumir en cualquier elemento sin una limitación de tiempo.

Ahora, esta palabra hebrea evidentemente nos enseña que los israelitas, quienes habían flaqueado y demostrado inestabilidad en cuanto a su relación con Moisés, ahora como resultado de los milagros que presenciaron, confiaban, se fiaban y creían en él con una confianza superada sólo por aquella que depositaban en el mismísimo y amado Jehová, y ya no albergaban dudas en cuanto a quién era Su ministro y representante. Es decir, se nos enseña que la condición moral y la relación de Israel hacia Moisés cambia radicalmente con el resultado de que él ejerce su control sobre ellos de manera completa.

Entonces, ¿qué nos enseña la palabra griega? Claramente lo siguiente: Los israelitas, por su incredulidad en la misión de Moisés, habían estado fuera de Moisés, y por consiguiente, más allá del control de su influencia. Ahora el pueblo, mediante los formidables milagros obrados por Jehová como atestiguación de dicha misión, se convence por completo de su origen divino y autoridad y se someten a ella; de esta manera dejando su posición fuera de Moisés y pasando a estar en Moisés y colocándose, en términos inequívocos, bajo el completo control de su influencia.

Y entre estos dos conceptos de origen diverso, es decir, apoyar firmemente y obedecer por completo a un hombre mediante una convicción profunda de su misión divina, y, entrar en un hombre con el resultado de ser dominado por, sujetado a, y animado con su espíritu. ¿cuál es la diferencia?

La palabra griega no es una traducción de la hebrea; no obstante el mismo Espíritu independiente, que habló tanto por Moisés como por Pablo, presenta la misma verdad sustancial utilizando frases muy divergentes en sus orígenes y en sus significados individuales. No tiene importancia indagar sobre cual de las dos es la afirmación más impresionante siempre y cuando ambas igualmente reivindiquen la verdad y las riquezas de sabiduría que permean todas las declaraciones de “los hombres santos de Dios que hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”.

Este sentido paralelo que se desarrolla en expresiones diversas se relaciona de manera sorprendente con otro hecho que tiene que ver con esta cuestión. Me refiero al hecho de que la traducción siríaca del Nuevo Testamento (de las más tempranas y mejores) traduce de modo uniforme la palabra baptizo con una palabra íntimamente relacionada (en sentido general) a la palabra hebrea que utiliza Moisés y que es representada con gran fidelidad por la palabra hebrea aman. Gesenius define esta última como sigue: permanecer, apoyar y mantenerse al lado de una persona, estar firme, estar alerta, pararse, establecer. El Dr. Murdoch, el traductor del Nuevo Testamento Siríaco, dice, “la palabra en siríaco que se utiliza para bautismo significa pararse, pararse firme, pararse erguido y estable como un pilar”. Resulta obvio que entre esta palabra siríaca que siempre se utiliza para baptizo (y significa pararse o mantenerse firme) y la palabra hebrea en Éxodo 14:31 (que significa apoyar, estar firme) por el cual Pablo sustituye baptizo, existe un elemento en común que permite su uso común para expresar la misma idea o una equivalente. Y es quizá aquí donde encontramos la explicación de ese elemento tan interesante de la traducción siríaca.

Establecemos la conclusión, por tanto, por el lenguaje que utiliza Moisés y por todas las otras consideraciones que el bautismo de Israel en Moisés expresa la SUJECIÓN TOTAL del pueblo al control de su influencia.

Dale no solamente ha hecho una correcta exégesis del pasaje, sino que también ha dado en el clavo sobre un punto importantísimo. Al demostrar como se efectúa esta “identificación” con Moisés, nos ilumina el significado de las frases “en Cristo” y también “en un cuerpo”. Estas también se tienen que interpretar de la misma manera, es decir: “identificados con Cristo”. El significado primario de baptizo es “sumir” o “unir”. De este modo, en el bautismo del Espíritu Santo, uno es unido o sumido en Cristo. Es del todo cierto que esta idea de unir a los padres en Moisés, mediante la cual se identifican con su líder, forma la base de Pablo para mencionar este “bautismo”. Su intención era demostrar que todos ellos, al igual que Moisés, recibieron todas las mismas bendiciones; sin embargo la mayoría de ellos, al contrario de Moisés, se rebelaron. Resulta muy natural que Pablo utilice la palabra baptizo para este evento dado que con su significado primario de “sumir” se demuestra que no solamente Moisés y los israelitas justos disfrutaban del privilegio de recibir estas bendiciones de parte de Dios, sin que todos (mediante su experiencia en común de la nube que les guiaba y les protegía y de su asombrosa liberación) fueron “unidos a” o “identificados con” Moisés. No encontramos nada sobre inmersión aquí, por mucho que uno se esfuerce en tratar de demostrar lo contrario. Ninguna teoría inmersionista puede explicar el significado de la frase “en Moisés”.

¿Qué nos enseña este pasaje con relación al significado y el modo del bautismo? En primer lugar el bautismo no es por inmersión (por lo menos en esta instancia). Segundo, el bautismo en esencia significa unión o identificación. (Es cierto en este pasaje y, suponemos, también en otros pasajes en las que encontramos usos similares, como por ejemplo Romanos 6.) En tercer lugar, hay dos clases de bautismo:

1.      Bautismo externo, es decir, de agua (bautismo ritual).

2.      Bautismo interno (bautismo real).

Finalmente, aquellos que fueron sumergidos en el agua (inmersión) no son los que fueron bautizados. Las huestes de faraón fueron las que se mojaron. Hasta Carson admite que este fue un bautismo “en seco”. En este sentido, este pasaje se asemeja a otro en el cual Pedro habla sobre Noé y el arca. En esa ocasión los que son unidos o identificados con Noé en el arca se salvan de la destrucción; los que se quedaron afuera se ahogaron. De manera similar, no debe ser tarea fácil para los inmersionistas explicar por qué las personas incorrectas fueron las que experimentaron la inmersión.

Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo (1 Corintios 12:13).

Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular (1 Corintios 12:27).

¿Qué relación guardan estos dos pasajes? 1 Corintios 12 nos enseña que el bautismo del Espíritu Santo coloca a los cristianos en el cuerpo de Cristo. No es que somos colocados en agua, sino que somos colocados en el cuerpo de Cristo. Esto armoniza perfectamente con Romanos 6:3: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?”. En ambos casos Cristo es el objetivo. Esta terminología concuerda exactamente con la expresión que encontramos sólo dos capítulos previos en la cual vemos que los padres fueron “bautizados en Moisés”. Al estudiar ese pasaje aprendimos que la frase “en Moisés” significa “unión” o “unirse” con Moisés. ¿Qué otro significado podría concordar mejor con estos otros tres pasajes?

Leamos Romanos 6 de esta manera y veamos si no tiene sentido: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido “unidos a” o “identificados con” Cristo Jesús, hemos sido (como resultado) “unidos a” o identificados con” su muerte?”. Tiene perfecto sentido. Por lo contrario, intentemos traducir utilizando la palabra inmersión: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido inmersos (es decir, “sumergidos en” y “luego sacados de”) en Cristo Jesús, hemos sido inmersos (es decir, “sumergidos en” y “luego sacados de”) en su muerte?” Lo anterior no tiene sentido en absoluto. Y obtenemos el mismo resultado absurdo cuando tratamos 1 Corintios 12:13 del mismo modo: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos inmersos (es decir, “sumergidos en” y luego “sacados de”) en un cuerpo”. Si la inmersión fuera verdad, los cristianos no serían unidos a Cristo, más bien serían sumergidos en Él para luego ser retirados. Por consiguiente, este símbolo erróneo no se ajusta al hecho. Bastará con una simple ilustración para clarificar el punto que Pablo establece en Romanos 6.

Si colocamos una habichuela dentro de un frasco, la habichuela entonces está “en el frasco”. Ahora, si colgamos el frasco de un árbol, ¿dónde está la habichuela? Está en el frasco y, por lo tanto, en el árbol. (Si la habichuela permanece en el frasco, irá a dondequiera vaya el frasco.) Ahora, enterremos el frasco. La habichuela también está enterrada en virtud de su posición “en el frasco”. Si lo desenterramos, también la habichuela queda desenterrada. Todo lo que sea verdad para el frasco también lo será para la habichuela que está dentro. El efecto del bautismo del Espíritu Santo es que el creyente está “unido” al cuerpo de Cristo, y el resultado de esto es que todo lo que Cristo experimenta, también el creyente lo experimenta. Es gracias a esta unión en Cristo que el creyente ha muerto, ha sido sepultado, ha resucitado y está sentado en los lugares celestiales con Cristo Jesús. Mediante esta identificación del creyente con Cristo podemos entender la frase tan frecuente de Pablo “en Cristo”. El creyente puede considerarse “muerto al pecado” y por consiguiente obedecer lo que dice Colosenses 3:1, 2 solamente al reconocer la verdad de esta doctrina.

Con el fin de demostrar a los cristianos que ya no deben vivir en pecado, Pablo, en Romanos 6 y Colosenses 2, selecciona un segmento (el que ilustra su planteamiento) de la experiencia total de Cristo. Nos dice de hecho: “¿No sabéis que todos los que hemos recibido diez centavos, hemos recibido tres centavos?”. Si hemos sido bautizados “en Cristo” (es decir, en la totalidad de Su experiencia), por consiguiente hemos sido bautizados en Su muerte, sepultura y resurrección (tres partes de esa experiencia). Si tienes la totalidad (bautismo en Cristo), tienes las partes (bautismo en la muerte, sepultura y resurrección de Cristo). Este es, en esencia, su argumento.

Antes de dar por terminado este capítulo, será de provecho analizar brevemente otro pasaje que fuera de esta interpretación resulta inteligible: 1 Pedro 3:20. En este fascinante pasaje Pedro mismo nos asegura que no tiene en mente el bautismo ritual (de agua): “el bautismo no consiste en la limpieza del cuerpo” (1 Pedro 3:21 nvi). Esto nos indica que se refiere al bautismo real, el del Espíritu Santo. La imposibilidad de encontrar una referencia a la inmersión (pues fue la raza de hombres perdida la que experimentó la inmersión) ya la hemos mencionado. Noé y su casa se salvaron. El bautismo, nos dice Pedro, nos salva de manera similar. ¿Pero cómo? La respuesta es “la resurrección de Jesucristo, quien subió al cielo y tomó su lugar a la derecha de Dios, y a quien están sometidos los ángeles, las autoridades y los poderes” (1 Pedro 3:21–22 nvi). ¿De qué manera puede el bautismo del Espíritu Santo, que corresponde a la salvación de Noé, ahora salvarnos mediante la resurrección de Cristo? Estando identificados con Cristo por medio del bautismo en Él, los cristianos suben con Él “al cielo” por encima de “ángeles, autoridades y poderes”, de la misma manera que Noé y su familia fueron levantados por encima del mundo de la humanidad perdida que pereció en las mismas aguas sobre las cuales flotaba el arca y los mantenía a salvo. Así como se salvaron aquellos que se identificaron con Noé, se salvan los que se identifican con Cristo.

Ha llegado la hora de hacer un resumen con el fin de repetir de manera sistemática lo que ya se ha planteado. Hay dos resultados del bautismo del Espíritu Santo: uno negativo y uno positivo.

CAPÍTULO VI

LIMPIEZA DE PECADO (PURIFICACIÓN)

EL PRIMER RESULTADO DEL BAUTISMO es negativo. A la vez que el Espíritu Santo entra en un hombre, lo limpia de pecado. Hay muchos pasajes que enseñan esta gran verdad. Por ejemplo, el bautismo de Juan se denominó como una “purificación”. Todas las abluciones ceremoniales del Antiguo Testamento que a su vez el Nuevo Testamento denomina como “bautismos”, simbolizaban la limpieza de pecado. Sin duda las palabras de Ezequiel 36 unen la venida del Espíritu Santo (y el ritual del bautismo ceremonial de rociar agua limpia) con la limpieza¾ “y seréis limpiados”. De hecho la teología de los bautismos veterotestamentarios tiene que ver mayormente, si no exclusivamente, con este aspecto negativo de la limpieza. Aunque 1 Corintios 10 habla de la “unión” con Moisés, lo cierto es que Pablo, que conocía y enseñaba las grandes verdades del bautismo neotestamentario calificándolo como “unión con Cristo”, sencillamente utiliza el incidente como una ilustración y lo interpreta basado en la totalidad de su teología cristiana. Por lo tanto, negativamente, un hombre es limpiado de su pecado por el Espíritu Santo (jurídicamente), y a diario también es limpiado de su pecado (en la realidad).

UNIÓN (O IDENTIFICACIÓN) CON CRISTO

Pero el historial del hombre que ha sido bautizado por el Espíritu Santo no es sólo negativo. La teología cristiana nos enseña el lado positivo correspondiente. En los libros celestiales a la vez que se borran todos los registros de pecados cometidos, allí se escribe (por así decirlo) todo el historial justo de Jesucristo con quien el creyente es identificado positivamente mediante el bautismo real. Además es injertado como una rama en la Vid verdadera fuera de la cual “nada puede hacer”. Su vida espiritual y su crecimiento se nutre diariamente mediante el contacto con su Señor resucitado. Estas verdades las encontramos en los pasajes que estudiamos en el último capítulo. Los siguientes diagramas ilustran lo que venimos enseñando:

UN BAUTISMO

Baptismo Real

Espíritu Santo

Se sentó sobre, vertido sobre, cayó sobre, descansó sobre, vino sobre, etc.

Baptismo Ritual

Bautismo con agua

Rociar y/o verter (derramar).

RESULTADOS DEL BAUTISMO

Resultado

Positivo

Purificación de pecado (jurídicamente y realmente; limpieza diaria).

Resultado

Negativo

Unión con Cristo (jurídicamente y realmente; crecer en gracia diariamente).

CAPÍTULO VII

OBJECIONES

LAS OBJECIONES SON INNUMERABLES y varían dependiendo de las opiniones, el conocimiento y los prejuicios. Por consiguiente nos limitaremos a discutir dos objeciones “estándar” que regularmente expresan los críticos de esta postura.

OBJECIÓN NO. 1: EL USO EQUÍVOCO DE ALGUNAS PREPOSICIONES

La controversia que algunas preposiciones han causado es injustificada. La primera de estas la encontramos en relación al bautismo de Jesús. Marcos 1:9–10 lee como sigue:

Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él.

Nótese las expresiones “en el Jordán”; “subía del agua”. Véase también la versión de Mateo: “Y Jesús…subió luego del agua”.

El segundo ejemplo en el cual las preposiciones causan problemas es el bautismo del eunuco etíope que encontramos en Hechos 8:38–39:

…y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco…

Cuando subieron del agua…

Algunos inmersionistas sostienen de manera dogmática que estas preposiciones implican que Cristo se metió “debajo del agua y que salió de debajo del agua”. Debemos rechazar este argumento inmediatamente. Ninguna de las preposiciones griegas utilizadas en estos pasajes conllevan el significado bajar debajo de o salir de debajo de. Esto, sin duda alguna, es otorgarle una interpretación demasiado amplia a ek, apo, eis, y en. Y aunque los más destacados escritores inmersionistas reconocen este hecho, insisten en pensar que como Cristo y el eunuco y Felipe todos se metieron en el agua y salieron del agua que de alguna manera esto da a entender la inmersión.

Respuesta. Esto no necesariamente supone inmersión. Sería de lo más natural (aun para el acto de rociar) que estuviesen de pie en el agua (calzados, como es de suponer, con sandalias).

Sin embargo no estamos del todo seguros que en efecto, se metieron “en” el agua, y que salieron “fuera del” agua. Es cierto que las palabras eis y ek significan “en” y “fuera de”; pero también tienen significados como “a”, “hacia”, o “hasta”, y “de”, “desde”, respectivamente. Y dada la evidencia, cabe muy poca duda de que se deben de traducir “a” y “de”. En el caso del bautismo de Cristo no se utiliza la preposición eis. La versión de Marcos utiliza ek, sin embargo en la de Mateo, apo. Y mientras ek significa “de” al igual que “fuera de”, apo nunca significa “fuera de”, sino sólo “de”. Por lo tanto, basado en las versiones paralelas, resulta ciertísimo que Marcos en este caso utiliza ek en el sentido de apo. De este modo Mateo y Marcos ambos quisieron decir que “se alejó de” el agua.

La misma respuesta aplica en el caso de Felipe y el eunuco. No obstante debemos añadir una observación: eis, que aparece en Hechos 8:38 puede significar “a”, “hacia”; ambos “bajaron hacia el o al agua”. Eis ocurre once veces en Hechos 8 y solamente una vez se traduce (lo más probable incorrectamente) “en” (v. 38).

OBJECIÓN NO. 2: LA INMERSIÓN ES EL MÉTODO DE BAUTISMO MÁS ANTIGUO EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA

Respuesta. Esta objeción descansa sobre un concepto errado en cuanto a la historia de la iglesia se refiere. El que comience la historia de la iglesia con el Nuevo Testamento no se atreverá a manifestar tal afirmación. Ya hemos ofrecido abundante evidencia de que la inmersión no sólo es totalmente extraña al Nuevo Testamento, sino que todo lo contrario, el único modo de bautizar era la aspersión. Johnson dice,

Admitimos que a partir del año 150 d. C. la Iglesia practicaba la inmersión para bautizar, no de manera exclusiva, pero sí era práctica común. Frecuentemente (por no decir, en general) la inmersión era triple, es decir, se sumergía tres veces en el nombre de la Trinidad, y el candidato estaba desnudo. No obstante admitir esto no es lo mismo que acusar a los Apóstoles de tales enseñanzas y prácticas.

Entre las doctrinas de la Iglesia entre 100 y 150 d. C. podemos encontrar las siguientes: “limpieza de pecados mediante las limosnas y la fe”; “los santos que son salvos por obras de justicia que ellos obraron”. Si la Iglesia primitiva enseñaba cosas como estas, no sigue que las mismas fueron enseñadas por los Apóstoles. Y la existencia de un modo de bautismo no bíblico que surge 50 años después de la muerte del último Apóstol no es prueba de que los Apóstoles lo enseñaran ni que practicaran una anomalía tal.

Notemos lo siguiente:

1.      El argumento que tiene como base la práctica de la Iglesia post-apostólica no es bíblico. La Biblia es nuestra única regla. Por lo tanto acudamos “a la ley y al testimonio” (Isaías 8:20).

2.      La práctica de bautizar por inmersión, en aquel entonces al igual que ahora, no tiene precedente bíblico. Por esta razón, porque es una desviación de la sencillez (y, en el caso de la Iglesia post-apostólica, de la decencia, ya que se bautizaba al candidato desnudo) de la práctica de los Apóstoles, debemos rechazarla.

3.      La argumentación del inmersionista de todas formas es inválida porque al igual que su acercamiento al significado de la palabra baptizo, también aquí, su argumento no parte de las Escrituras. En estos dos importantes puntos el inmersionista se queda fuera del cobijo de las Escrituras. Por consiguiente pierde toda seguridad bíblica y cae preso del error que es similar al del católico-romano quien coloca a la tradición en el mismo nivel que las Sagradas Escrituras. Esto no lo podemos permitir. Existe un solo Estándar de verdad, la Biblia.

CAPÍTULO VIII

OTROS EJEMPLOS QUE VIENEN AL CASO

HASTA AHORA MUY POCO O nada se ha dicho de ciertos pasajes que a menudo se han usado para argumentar fuertemente en contra de la teoría de la inmersión. Hemos considerado como primordiales los asuntos principales que nos llevaron hasta las conclusiones generales del capítulo siete. El caso ya ha sido expuesto, pero considero que estos pasajes merecen nuestra atención aunque su peso sea menor por el hecho de que “inferimos” las conclusiones derivadas de ellos.

EL BAUTISMO DE MILES DE PERSONAS

Hechos 2:41

“Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas”.

Hechos 4:4

“Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil.

En Pentecostés (y en los días que siguieron), como respuesta a la oración de nuestro Señor Jesucristo, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, miles de personas oyeron y creyeron el mensaje de la muerte y resurrección de Jesucristo. En Pentecostés tres mil personas se unieron a “el Camino” por medio del bautismo. En otro día poco después creyeron cinco mil hombres y se presume al menos cinco mil mujeres. En este caso no dice que fueron bautizados en un día; por lo tanto, es mejor limitar la discusión al bautismo ocurrido en Pentecostés.

Christy examina la situación de una manera razonable:

Al no haber en el registro ninguna indicación en cuanto a la forma de bautismo que se utilizó en esta ocasión, se presume de manera ciertísima que ante la ausencia de cualquier descripción definitiva, se habría empleado el modo usual entre los judíos. Nos referimos, como ya hemos visto, al método de larga tradición de rociar con agua. Aun así, para aquellos quienes están convencidos de antemano sobre un asunto, no hay conclusión que valga, a no ser que sea la favorecida. Resulta fácil creer de acuerdo a lo que se desea, y aparentemente para establecer la posibilidad de que se habría podido usar el método de la inmersión en esta instancia, se ha probado con lujo de detalle y considerable cálculo matemático que dicha práctica pudo haber tomado lugar dentro de los límites de tiempo que establece el Registro. Y se adjudica cierta cantidad de tiempo y cierta cantidad de minutos para cada persona no sea que el servicio se extienda más allá del tiempo que registra la Biblia. Todo esto bordea la ridiculez cuando consideramos que cualesquiera que hayan sido las posibilidades, lo cierto es que un evento como el que se supone no pudo haber ocurrido. Se supone, en el interés de la teoría inmersionista, que esta ceremonia tuvo lugar en o cerca del estanque de Salomón debido a que, por su localización y la cantidad necesaria de agua, era el único lugar viable para celebrar dicha ceremonia. El río Jordán, el lugar de preferencia de los defensores de la inmersión, se encuentra demasiado lejos para la presente ocasión. Con relación a este estanque, se dice que se alimentaba de aguas muy lejanas traídas vía acueducto, algunos dicen del Monte Libanus, y se vigilaba cuidadosamente por ser una de las principales fuentes de agua que suplía las necesidades de los habitantes quienes acudían al estanque para llenar sus vasijas para el uso doméstico y para beber. Los judíos no hubieran tolerado por un momento que una muchedumbre de tres mil personas se metiera en tropel en el estanque. Y hubiera sido menos tolerable aún porque la muchedumbre se componía de una secta que ya estaba mal vista por los líderes judíos. Estos guardaban muy celosamente sus prerrogativas y estaban muy prontos a valerse de cualquier forma de represión y, de hecho, estaban a punto de desencadenar una persecución sobre estos “fanáticos”; la cual sucedió no mucho después. Y por si fuera poco, todo esto hubiera tomado lugar bajo la vigilancia directa de un cuerpo de soldados romanos quienes estaban acuartelados en la Torre de Antonia. Esta torre dominaba esta sección de la ciudad y la tarea de los soldados era dispersar cualquier asamblea sospechosa y reprimir cualquier disturbio que se desatara entre un pueblo que más o menos era turbulento todo el tiempo. Una asamblea como esta de seguro hubiera captado la atención de los romanos quienes hubieran tomado cartas en el asunto. Es una contradicción violenta a todas las probabilidades del caso imaginar que pudo haber ocurrido un evento como el que aquí se asume.

Dale nos dice lo siguiente:

Si los enemigos del Señor Jesucristo quienes siete semanas antes habían sembrado Su cruz en el Calvario, y que en menos tiempo habían apresado, encarcelado y azotado a estos mismos hombres, ahora están listos para poner a su disposición los estanques de agua de la ciudad para la administración del rito distintivo de la muy odiada secta, aún así, queda por verse si Pedro y el pueblo estaban en condiciones para poder aprovecharse de esta extraordinaria cortesía extendida por los enemigos más acérrimos que el mundo jamás ha conocido.

En realidad el bautismo en un día de tres mil personas (al igual que Jesús y Juan quienes bautizaban a multitudes) se demuestra de manera muy sencilla si recordamos las palabras del salmista, “purifícame con hisopo”. Si se utilizó una ramita de hisopo, o una planta similar, se mojó con agua y se roció a toda la congregación en masa, ¿qué problemática puede quedar? Por el contrario, al afirmar el método de la inmersión, permanece toda la problemática vieja (que tantas veces se ha señalado).

EL BAUTISMO DEL EUNUCO

En vista de que el contexto es explícito en mencionar que viajaba por un camino desértico uno pensaría que el asunto queda resuelto.

El eunuco viajaba por una ruta que cruzaba el “Negeb”, una franja del desierto y una tierra despoblada situada al sur de Judea… Es un hecho irrefutable que aquí no había agua suficiente para una inmersión aun si esa hubiera sido su intención. Tengo plena conciencia de que algunos están más que dispuestos a suponer que ahí había un río para este propósito; no obstante, si lo había debió haber sido por un milagro y únicamente para esta ocasión, ya que ni antes ni después ha existido… Y es un hecho establecido de que hoy no se encuentra en esa región ningún río o riachuelo y tampoco existen datos geográficos de que jamás haya existido uno. La única agua que se pueda encontrar es la de un ocasional y pequeño manantial cuyo hilito de agua chorrea por un risco o por la ladera de una colina y forma un pequeño charco antes de perderse en la arena. La exclamación del eunuco (en el original) tina hudor, que significa, “un poco de agua”, demuestra su sorpresa ante el descubrimiento.

Debemos recordar que estaban en la época seca del año y por lo tanto, esta tierra desértica, normalmente carente de agua, lo era todavía más en este momento. Como prueba positiva del bautismo por aspersión las circunstancias de esta ocasión son contundentes.

EL BAUTISMO DE PABLO

El próximo bautismo que tomaremos en consideración es el del apóstol Pablo. En todos los relatos, el de Lucas y los de Pablo, encontramos que Ananías dice, “levántate y bautízate”; o la afirmación, “levantándose, fue bautizado” (véase Hechos 22:12–16 y 9:17–18). ¿Cómo es posible que Pablo se bautizara por inmersión si lo fue en el instante después de haberse levantado?

EL CARCELERO DE FILIPOS

Decir que la historia relatada en Hechos 16 permite la inmersión es una afirmación casi increíble. Observemos las circunstancias. Era medianoche y “en aquella misma hora” fueron bautizados. Hemos de suponer que Pablo y Silas salieron para ir a un río para poder sumergir al carcelero y toda su casa. ¡Una hora insólita! Es más, debemos recordar que Pablo y Silas habían sido azotados no muchas horas antes. Ponerse a practicar inmersiones hubiera sido una tarea enorme para dos hombres en tal condición y hora. Resulta mucho más verosímil que hubieran utilizado el modo de las Escrituras, es decir, la aspersión y que el carcelero hubiese sido bautizado con agua del mismo cuenco que contenía el agua que utilizó para lavar las heridas de los prisioneros.

No obstante algunos argumentan que el texto dice, “los sacó fuera”; y por lo tanto, dicen, todo esto ocurrió a la intemperie y el contexto permite suponer que salieron en busca de algún cuerpo de agua con el fin de poder sumergirse en él. Sin embargo lo anterior no es lo que significa estas palabras. El contexto establece claramente que Pablo y Silas estaban en el calabozo “de más adentro” y que el carcelero “se precipitó adentro”. Fue de ese calabozo “de más adentro” del cual el carcelero los sacó.

CONCLUSIÓN

La evidencia es concluyente. El significado del bautismo y su modo están claramente expuestos en las Escrituras; todo lo demás depende de aquellos quienes se preocupan de conocer y seguir la verdad.

No hay mucho más que se pueda decir. Lo más probable es que la mayoría de los lectores continuarán creyendo como siempre lo han hecho, pero para el hombre que posee una mente abierta, no abierta a todas las vanas disputas humanas, sino abierta a toda la Palabra de Dios, esta discusión puede que lo haga recapacitar. Tal hombre percibirá otro aspecto de la incomparable gracia de nuestro Dios, quien en Su amor, misericordia y sabiduría envió a Su Hijo a morir en el lugar de los suyos para que ellos pudiesen obtener vida eterna mediante aquel Ungimiento que viene del Padre. Mediante Su bautismo somos purificados del pecado e identificados con Cristo. Ser bautizado por el Espíritu significa que Dios Todopoderoso, el Espíritu Santo mora en ti, y Él es el único quien verdaderamente puede bautizar a una persona “en Cristo”.

APÉNDICE

¿ROCIAR O ASOMBRAR?

ÚLTIMAMENTE LA CONTENCIÓN DE ALGUNOS es que la palabra que se traduce “rociar” en Isaías 52:15 debería haberse traducido “asombrar”. Se dice que esta traducción se ajusta mejor al contexto y a la estructura del pasaje en el cual ni las funciones vicarias de Cristo ni Su oficio sacerdotal están contemplados (por lo menos en esta sección introductoria). Además, aquí encontramos un paralelismo hebreo que demanda la traducción más reciente. Él asombrará muchas naciones; los reyes cerrarán sus bocas ante él. Por otra parte como el significado original de la palabra traza una imagen de movimiento similar a una persona que chasquea los dedos, bien podría referirse al acto de rociar como el de asustar o asombrar.

A simple vista lo anterior parece bastante conclusivo. Pero una vez que examinamos más detenidamente el asunto nos damos cuenta de que en todas las otras 23 ocasiones en las que la palabra “nazah” se usa, invariablemente se traduce como “rociar” o “salpicar”. Observamos que el término se utiliza en tales expresiones como lo son rociar sangre, agua y aceite. Esta evidencia es contundente. Además en la ocasión en que aquellos hombres se acercaron a Juan el Bautista inquiriendo sobre el Cristo que vendría bautizando, tenían que haber tenido en mente algún texto (o textos) del Antiguo Testamento. ¿En qué otro lugar se pudo haber originado esta idea? Si se elimina este pasaje como una fuente de la cual pudieron haber adquirido esta información ¿en qué otro lugar del Antiguo Testamento encontrarían un pasaje así? Ningún otro pasaje del Antiguo Testamento asocia tan claramente el bautismo con la venida del Mesías.

No obstante hay que reconocer que la Septuaginta concuerda con la traducción más reciente. La misma dice así: houtos thaumasontai ethne polla ep’ auto. Resulta muy probable que esta nueva traducción tiene su base en la Septuaginta. Es posible que esta traducción incorrecta de la Septuaginta haya arrojado dudas en la mente de muchos. Tanto la Peshitta como la Vulgata traducen la palabra en cuestión como “rociar”.

Adams, J., & Flower, D. M. (2011). El Bautismo: Una perspectiva reformada. (M. Flower, Trad.) (1a ed., pp. 5–72). Guadalupe, Costa Rica: CLIR.

PELEA LA BUENA BATALLA
El Bautismo, Una Perspectiva Reformada
PELEA LA BUENA BATALLA
El Bautismo, Una Perspectiva Reformada
Es una guerra. A veces nos olvidamos de esto, pero no deberíamos. La Escritura nos enseña repetidamente que nosotros los cristianos somos combatientes en una guerra espiritual que está en desarrollo.
LAS VOCES DEL INMERSIONISMO SE escuchan por doquier. Muy pocas voces se levantan para oponerse. Resulta obvio que algunos inmersionistas hablan en demasía sobre el tema; pero es igualmente obvio que los que están en desacuerdo con ellos dicen muy poco. El teólogo bautista Strong afirma, “El mandato de bautizar es un mandato a sumergir”. Y algunos lexicógrafos contemporáneos estarían de acuerdo con él.
Harry L. Reeder III con Rod Gragg
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Guadalupe, Costa Rica: CLIR.

 

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