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Doctrinas Fundamentales. Los medios de la revelación de Dios…

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Volvemos a reimprimir este libro con la sentida oración de que pueda ser empleado con tanta bendición como en ocasiones anteriores, ya que muchos hermanos de España y América lo han usado para orientarse por las páginas de la Biblia y poder descubrir las grandes doctrinas contenidas en ella, pero diseminadas a lo largo de sus 66 libros y no muy fáciles de sistematizar a primera vista.
Como reimpresión que es, nos hemos limitado a cambiar solamente aquellas citas cuyo lenguaje aparece modificado por la revisión de 1960 en la versión de Reina y Valera, más adaptada a nuestra actual forma de hablar que la anterior.
Contamos con que nuestros lectores conocen el carácter sintético de los «Bosquejos», así como su fin didáctico dentro de la serie de Cursos de Estudio Bíblico (CEB), y esperamos la misma calurosa acogida que se dispensó a las anteriores tiradas.
Cuando estábamos a punto de entregar a la imprenta este «Prólogo», nos vimos sorprendidos por la partida de nuestro amado don Ernesto Trenchard, autor de este libro. Él ya está con el Señor, a quien tanto amaba, pero sus colaboradores seguimos adelante para que sus escritos continúen haciendo bien a muchos hermanos. Sabemos que esto es lo que él quería y alabamos al Señor por todo.

PRÓLOGO A LA QUINTA EDICIÓN

Para un creyente nuevo en la fe evangélica, es muy importante que empiece a leer y estudiar la Palabra de Dios, la Biblia. Y una parte de este estudio incluye un conocimiento de las doctrinas más fundamentales de la Biblia. Es necesario para el nuevo creyente—y también para el de muchos años—, que tenga un conocimiento de lo que la Palabra de Dios enseña sobre los temas doctrinales que emanan de la misma.
Bosquejos de Doctrina Fundamental es un libro ideal para este fin. Con unos capítulos cortos pero sustanciosos, el creyente encontrará en este libro una síntesis de las doctrinas más esenciales de la Biblia para su crecimiento espiritual. Después de adquirir este conocimiento, sin duda, querrá profundizar aún más en el estudio de la Palabra de Dios. Los demás libros de la serie «Cursos de Estudio Bíblico» (CEB) ayudarán al lector en este afán.
Publicaciones Portavoz Evangélico se complace en editar esta nueva edición, la quinta, de un libro que ha sido de tanta ayuda para tantas personas del mundo hispano. Con el tiempo, Publicaciones Portavoz Evangélico reeditará otros títulos de la serie CEB, además de editar unos nuevos títulos para la serie.
En esta quinta edición de Bosquejos de Doctrina Fundamental, hemos mejorado la presentación y tipografía, además de añadir al final del libro una Bibliografía Breve de otros libros que serán de provecho espiritual para el «principiante» en las cosas del Señor. Nuevas preguntas han sido incluidas al final de cada capítulo.
Confiamos que el Señor continúe bendiciendo este libro para el crecimiento espiritual y conocimiento del lector.

Enero, 1985

Capítulo 1
LA REVELACIÓN DE DIOS

I. La necesidad de una revelación

Zofar indicó la dificultad de que el hombre llegase a conocer a Dios en su pregunta a Job: «¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?» (Job 11:7). La mente carnal es incapaz de comprender a Dios. Las investigaciones científicas se limitan forzosamente a lo material, y los sabios carecen de datos para poder penetrar en el secreto de la realidad espiritual, que se esconde detrás de la «apariencia» de lo que se percibe por los sentidos. Ha de ser Dios mismo, pues, por su propia iniciativa, quien levante el velo. Esto es lo que quiere decir la palabra «Revelación»: «Descorrer un velo para poner de manifiesto lo que antes fue escondido.»

II. Los medios de la revelación de Dios

A. Por las obras de Dios en la naturaleza (Salmo 19:1–6; Romanos 1:20). En el versículo que se cita de Romanos, Pablo insiste en que los idólatras quedaban sin excusa, ya que Dios, desde el principio, había revelado «Su eterno poder y deidad» a los hombres, por medio de Sus obras en la creación. Lo que se puede deducir acerca de la existencia y la naturaleza de Dios por una consideración de Sus obras, con referencia especial al hombre, se llama la «teología natural». Por ejemplo, el hecho de que observamos un plan ordenado, tanto en los astros como en la célula orgánica más insignificante, delata la presencia del Gran Arquitecto. Esta revelación de Dios en Sus obras puede ser un principio de luz, pero no nos basta, pues no revela el amor de Dios ni señala ninguna provisión para la salvación del hombre pecador.
B. En la historia. Toda la historia de Israel en el Antiguo Testamento, y de la Iglesia en el Nuevo Testamento, es una revelación de Dios, quien se da a conocer por Su intervención en los asuntos de los hombres. «Mi Padre, hasta ahora, trabaja, y yo trabajo», dijo el Señor a los judíos (Jn. 5:17). Los salmistas y los profetas apelan constantemente a esta revelación de Dios para convencer a Israel de su pecado y para llamar al pueblo al camino de la obediencia y de la fe. Para los israelitas, Jehová era siempre el Dios que les había sacado de la esclavitud de Egipto. Estúdiense los Salmos 105 y 106, el primero de los cuales presenta la obra de Dios a favor de Su pueblo desde el punto de vista de Su propia fidelidad a Sus promesas, mientras que el segundo recapitula la misma historia para hacer resaltar la rebeldía del pueblo.
C. Por mensajeros divinamente inspirados. Éstos son los profetas del Antiguo Testamento, y los apóstoles del Nuevo Testamento. De su inspiración trataremos en el próximo estudio.
D. En Su Hijo (He. 1:1–3). Ésta es la revelación máxima y final que Dios ha dado de sí mismo. «Aquel Verbo», quien siempre había expresado el misterio de la deidad y había sido el Agente de la creación, «fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria …» (Jn. 1:14 y 18). Tanto el corazón como el pensamiento de Dios se manifiestan en un hombre y en las circunstancias de una vida humana. La revelación llega a su punto máximo en la Cruz y la Resurrección. Desde luego, todo esto se relaciona también con la historia, porque los Evangelios, además de ser Palabra inspirada, son también documentos históricos, de modo que la fe puede descansar con toda certidumbre sobre la Persona de Cristo que en ellos se presenta.
E. En la Biblia. La revelación en la historia y en el Hijo se da a conocer por medio de un Libro Escrito, la Palabra de Dios. Este tema es tan amplio que lo trataremos aparte en el tercer estudio.

III. La revelación subjetiva

A la revelación externa, por los medios señalados, ha de corresponder una revelación interna, que es obra del Espíritu Santo dentro de nosotros, quien la imprime en nuestro corazón. Las condiciones que transforman la revelación externa en la interna son el arrepentimiento y la fe. Léase Gálatas 1:16.

PREGUNTAS

1. ¿Qué quiere decir la palabra «revelación» en su sentido bíblico, y por qué es necesario que Dios tenga que actuar así?
2. ¿Cuáles son los distintos medios que emplea el Señor para revelarse a los hombres? (Cítense textos apropiados.)
3. En los capítulos 11 y 16 de Mateo, Cristo habla de dos importantes revelaciones que ha dado Su Padre. ¿Cuáles son?

Capítulo 2
LA INSPIRACIÓN DE LAS ESCRITURAS

I. Definición

«Toda la Escritura es inspirada por Dios …», declara Pablo (2 Ti. 3:16). La frase «inspirada por Dios» quiere decir que tiene el «soplo de Dios». De la forma en que este soplo divino dio vida a Adán, así también da valor y vida a escritos que, de otra manera, estarían muertos.

II. Inspiración de los mensajeros

A. Los profetas tenían la seguridad de que Dios hablaba por medio de ellos, y de que sus mensajes eran la «Palabra de Dios». Frases como «Habló Dios a Moisés …» se hallan constantemente a través de los libros del Éxodo al Deuteronomio. «Y fue a mí palabra de Jehová …», dice Ezequiel para introducir los oráculos del Señor; y hallamos frases análogas en Jeremías: «Palabra de Dios que fue a Jeremías profeta …» (Ez. 12:1, etc. Jer. 46:1, etc.). David también describe la manera en que la Palabra del Señor le vino, en 2 Samuel 23:2 y 3.
B. El Señor mismo llevaba las escrituras de los profetas en Su memoria y en Su corazón, y apelaba constantemente a ellas como autoridad máxima para la solución de las más graves cuestiones. De tal forma se enlaza la autoridad del Antiguo Testamento con la suya propia, que es imposible atacar las Escrituras sin ir contra la autoridad del VERBO ETERNO HECHO CARNE, quien vino del Cielo para declarar a Dios y dar a conocer tanto Su pensamiento como Su corazón de amor (Mr. 12:36, 14:27; Lc. 24:44; Jn. 5:39, 46, etc.).
C. Los apóstoles, escogidos por el Señor para proclamar con toda autoridad la doctrina cristiana, también apelaban constantemente a las profecías y demás escritos del Antiguo Testamento, y enseñaban que los autores eran inspirados por Dios (1 P. 1:10–12; 2 P. 1:19–21). Así que la inspiración y la divina autoridad del Antiguo Testamento forman parte de la «Fe que ha sido una vez dada a los santos» (Jud. 3).

III. Inspiración de los escritos

Los inspirados mensajes orales de los profetas se pusieron por escrito por mandato y providencia de Dios, así que los documentos también son inspirados, y son éstos que el Señor y los apóstoles tenían delante al hacer las declaraciones que hemos anotado. Hay una clara descripción de la manera en que los mensajes fueron escritos en Jeremías 36:1–2 y 32. También los libros históricos se relacionan con la autoridad de los profetas, según vemos en 1.° Samuel 10:25, 1.° Crónicas 29:29, etcétera.

IV. La inspiración del Nuevo Testamento

La fuente de toda autoridad y de toda verdad se halla en el VERBO ENCARNADO. Él comisionó a los apóstoles y les hizo depositarios de la verdad en cuanto a Su Persona, obra y enseñanza, de modo que su autoridad apostólica se deriva de la del Señor mismo. Les indicó que la revelación tenía que completarse y les prometió el Espíritu para guiarles a toda verdad. Así que, anticipadamente, garantizó la inspiración del Nuevo Testamento. Los apóstoles sabían que Dios hablaba por medio de ellos, y esperaban que los creyentes obedeciesen Sus mandatos (1 Co. 2:13; 1 P. 1:12; 2 Ts. 3:14; Jn. 14:26, 16:12 y 13, etc.).

V. El método de la inspiración

Éste no es mecánico, como quien escribe a máquina, sino vital, como el de un director de una orquesta que produce los efectos que quiere de la totalidad de ella, respetando siempre las dotes especiales de cada músico. Así, en las Escrituras, la personalidad del autor humano no se aniquila, y el Espíritu aprovecha el carácter y los conocimientos de cada uno, como también las circunstancias en las que los escritos se produjeron.

PREGUNTAS

1. Analícese 2.a Timoteo 3:15–17 y 2.a Pedro 1:21, indicando cómo ilustran y explican el concepto de la inspiración, tanto en cuanto a su procedencia y métodos como en cuanto a sus propósitos.
2. Apoyando su contestación con citas bíblicas, explique la importancia de las declaraciones del Verbo Encarnado en cuanto a la plena inspiración de las Escrituras, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo.

Capítulo 3
LA BIBLIA

I. Definición

La palabra «Biblia», según su etimología, o sea, su origen lingüístico, quiere decir «libros», en número plural, y se refería a los varios escritos que se reconocían como inspirados en la Iglesia primitiva. Pero el instinto de los creyentes les enseñó que esta colección de «libros» era única y especial, y llegaron a anteponer a la palabra el artículo femenino «la», y hablaron de «la Biblia» en número singular. En efecto, la Biblia es una divina biblioteca, que incluye libros de una gran diversidad de autores, quienes redactaron sus obras durante un período de aproximadamente mil quinientos años; pero, a la vez, es UN LIBRO, ya que, en su totalidad, se discierne una unidad que se deriva del Plan de Dios, quien dirigía los trabajos de los autores humanos por el impulso superior de su Espíritu.

II. Su propósito

A. La Biblia recoge y conserva, en forma escrita, la revelación que Dios ha dado de sí mismo en la historia y en la Persona de Su Hijo, haciendo posible su transmisión de una generación a otra.
B. La Biblia es la historia de la redención del hombre, que se lleva a cabo por la operación de la gracia de Dios a su favor.
C. Como consecuencia de lo antedicho: 1) no ha de considerarse como un libro científico, pues los hombres pueden investigar el mundo material por medios naturales; con todo, cuando la Biblia hace referencia a las obras de la naturaleza, el testimonio de la Palabra escrita no está en desacuerdo con los hechos de la ciencia. Las teorías humanas contradicen la Biblia con demasiada frecuencia, pero éstas pasan y la Palabra permanece. 2) Tampoco es un libro de historia en el sentido corriente de la palabra, ya que se interesa tan sólo en aquella parte de la actividad humana que tiene que ver con el plan de la redención.

III. Su composición

A. Los once primeros capítulos de la Biblia forman una grandiosa INTRODUCCIÓN a la historia del plan de la redención, que empieza a detallarse con el llamamiento de Abraham. No podríamos comprender lo demás de la Biblia sin esta introducción que abarca:

1. La creación.
2. La creación del hombre y su naturaleza en estado de inocencia.
3. La caída del hombre con sus funestos resultados para la raza.
4. El fracaso del hombre ante la revelación de Dios en la naturaleza y por medio de la conciencia.
5. Los juicios de Dios en el diluvio universal.

B. La formación y la preservación de Israel como instrumento de la revelación de Dios (Gn. 12 hasta el fin de Josué).
C. El fracaso del testimonio nacional de Israel, que motivó, sin embargo, múltiples manifestaciones del carácter y de la obra de Dios, especialmente en los mensajes de los profetas (Jueces a Malaquías).
D. La intervención de Dios en la Persona de Su Hijo (Mateo a Juan).
E. El descenso del Espíritu Santo, la predicación del Evangelio y la formación de la Iglesia (Hechos).
F. La doctrina cristiana, o sea, el significado de la Persona y de la Obra de Cristo, explicada por medio de cartas a las iglesias (Romanos a Judas).
G. La última crisis del mundo y la consumación de la obra de la redención (Apocalipsis).
Nótese cómo la primera creación y la pérdida del paraíso terrenal por el hombre se contrastan con la nueva creación y el paraíso recobrado para el hombre por la Obra del postrer Adán (Ap. caps. 21 y 22).

IV. La interpretación de la Biblia

Es fácil encontrar alimento espiritual en la Palabra, pero es muy difícil interpretar debida y exactamente todas las partes de la Biblia. Los grandes principios para tal interpretación se llaman la hermenéutica, y su aplicación a determinados pasajes se llama exégesis (poner en claro). Las normas más importantes son las siguientes:
A. En vista de que la Biblia es una unidad, es necesario adquirir un conocimiento general de su plan y de sus grandes principios, pues cada versículo ha de interpretarse a la luz de éstos.
B. Es necesario un conocimiento del fondo general de cada libro, y poder contestar preguntas como éstas: ¿Cuál es su género literario? (es decir, saber si se trata de historia, de biografía, de poesía, etc.). ¿En qué circunstancias se escribió? ¿Por qué? ¿A quiénes? ¿Con qué fin?
C. Es preciso el examen concienzudo del desarrollo del tema o del argumento en relación con el pasaje o el versículo que se estudia.

PREGUNTAS

1. ¿Le parece acertada la frase «Una biblioteca divina» como una descripción de la Biblia? ¿Por qué?
2. ¿Cuáles son los dos propósitos principales de la Biblia, y por qué hemos de insistir que no ha de considerarse como un libro de texto científico o histórico?
3. ¿Por qué es tan apropiado que el libro del Apocalipsis cierre el canon de las Sagradas Escrituras?

Capítulo 4
LA DEIDAD

I. La existencia de Dios

Las «pruebas» que aduce la teología natural como evidencia de la existencia de Dios son interesantes e importantes en su debido lugar, pero las Escrituras no argumentan nunca sobre esto, sino que dan por sentado el gran Hecho, y empiezan con la sublime declaración: «En el principio … DIOS …». Los hombres, limitados en sus conocimientos y en su capacidad, no disponen de medios para contestar adecuadamente a la pregunta: «¿Existe Dios?», y les conviene preguntar con humildad de corazón: «¿Ha hablado Dios?» Esto permite que Dios se revele, y la naturaleza de su revelación demuestra que es divina, y nos trae al corazón la profunda convicción de que Dios existe.

II. La naturaleza de Dios

El mismo Señor Jesús nos dio a conocer el hecho fundamental de la naturaleza de Dios al declarar a la mujer samaritana: «Dios es ESPÍRITU» (Jn. 4:24). Es decir, no está sujeto a lo material ni a lo temporal: elementos que hallan en él su origen. Cuando los escritores inspirados del Antiguo Testamento hablan del «brazo de Jehová», hemos de entender, desde luego, que emplean una figura material para ayudar a nuestra pobre y limitada comprensión, y que el «brazo» equivale a la poderosa operación de Dios, etcétera. Dios es ETERNO, sin principio ni fin, cuya explicación se halla sólo en su misma Persona, sin referencia a ninguna causa anterior: «Yo soy el que soy» (Ex. 3:14). Juan declara, además, que «Dios es LUZ» (1 Jn. 1:5), expresión que incluye todos los atributos de perfección moral, tales como la pureza, la santidad, la justicia, y todo en grado infinito. La mayor gloria de la revelación cristiana se halla en otra declaración del mismo apóstol: «Dios es AMOR» (1 Jn. 4:8 y 16), y el amor es la fuente y origen de toda Su obra de redención.
Dios es omnisciente porque nada se le esconde del pasado, presente o del porvenir, y omnipresente porque está en todas partes (Sal. 139:1–12; He. 4:13). También es omnipotente porque la operación de Su potencia no conoce límites externos a sí mismo; pero, desde luego, Dios ha de ser fiel a Su propia naturaleza, y no puede obrar arbitrariamente. Los hombres preguntan: «Si Dios es omnipotente, ¿por qué no interviene para impedir las guerras, los desastres, etc.?» La intervención directa de Dios en justicia supone el juicio sobre los rebeldes, y los mismos desastres permitidos son, a menudo, un medio de misericordia para quitar del hombre su confianza carnal y hacerle buscar el bien en Dios.

III. Dios es el Creador

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn. 1:1). «Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía» (He. 11:3; Ap. 4:11, etc.). Pudo haber empleado medios y métodos dentro de los cuales cabe algo de lo que dicen los científicos, pero lo esencial es que nada existe fuera de Él, y que tanto el mundo material inorgánico, como el mundo vegetal y animal son obra de Sus manos. El hombre (capítulo 5) fue una creación especial a la imagen de Dios, destinado a ser cabeza de la creación material.

IV. La providencia de Dios

Éste es un tema muy amplio, y dentro de estas notas no podemos adelantar más que unas ideas muy elementales sobre Él. Significa que Dios sostiene y gobierna el mundo que Él ha creado, y esto incluye las actividades de los hombres. Dios no es responsable del pecado, que se introdujo en este mundo por la mala elección de Adán (Ro. 5:12), pero ordena las consecuencias de las obras malvadas de los hombres para adelantar Su plan en orden al mundo (Hch. 2:23; 4:28; Sal. 135:6; Dn. 4:32; Jer. 27:5).

V. La Santa Trinidad

La palabra «Trinidad» no se halla en la Biblia, pero eso no quiere decir que sea un mero término teológico. Se deduce claramente de las Escrituras que Dios es UNO en esencia y sustancia, al par que existe en tres Personas distintas desde la Eternidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Hay un indicio de esta misteriosa «pluralidad en la unidad» en la palabra hebrea Elohim, traducida por «Dios» (Gn. 1:1, etc.), que es un sustantivo plural empleado con el verbo en singular. Pero hallamos el pleno desarrollo de la doctrina en las palabras del mismo Señor. Si consideramos Su discurso en el cenáculo (Jn. caps. 14 a 16) vemos que habla de «ir al Padre» y de «rogar al Padre», al mismo tiempo que declara a Felipe que cualquiera que le ha visto a Él ha visto al Padre también. Si a estas declaraciones añadimos la de Juan 10:30, vemos que hay igualdad de esencia con una distinción de Personas. En el mismo pasaje, Cristo anuncia la venida del Espíritu Santo en términos que subrayan tanto Su deidad como Su personalidad. La «fórmula bautismal» de Mateo 28:19 implica lo mismo, ya que hay un «Nombre», pero es el del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. De las personas del Hijo y del Espíritu Santo tendremos más que decir en otros estudios, pero es importante comprender desde ahora que esta «Trinidad en la unidad» no se inició con la encarnación, sino que existía desde toda la eternidad (Jn. 1:1; Gn. 1:2; etc.).

PREGUNTAS

1. ¿Qué queremos decir por los términos omnisciencia, omnipotencia y providencia de Dios? (Cite versículos apropiados para ilustrar su contestación.)
2. Por medio de textos sacados tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, demuestra que Dios, siendo Uno en esencia, existe en tres Personas.

Capítulo 5
EL HOMBRE Y EL PECADO

I. La creación

En la narración del Génesis, la creación del hombre se destaca como única y especial, ya que fue precedida por un consejo divino, con el anuncio de que el hombre había de poseer una personalidad que reflejara, en ciertos aspectos, la del Creador: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y señoree … en toda la tierra, y en todo animal …» (Gn. 1:26). En el relato más detallado del capítulo 2 se indica que el hombre se relaciona con el orden natural, ya que Dios le formó del polvo de la tierra, pero que su alma llegó a existir por un acto especial de Dios: «Y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Gn. 2:7).
La imagen no puede ser física, pues Dios es Espíritu, de modo que se refiere a la personalidad del hombre, que fue dotado de cualidades racionales y morales, que le distinguen del todo aun de los animales más desarrollados. Además de esto, los animales no pueden salir de los derroteros señalados por su instinto, pero el hombre está dotado de libre albedrío, pues Dios quería que Su criatura, corona de la creación, correspondiera libremente a Su amor por medio de la obediencia pronta y voluntaria.
El hombre completo se ve en las palabras de Pablo según se hallan en 1.a Tesalonicenses 5:23: «Y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.» Por medio del cuerpo el hombre hace contacto con su medio ambiente material; por su alma, asiento principal de su personalidad, es consciente de sí mismo y de los demás seres humanos; y por medio de su espíritu es capacitado para tener comunión con Dios. Su alta dignidad, según el propósito original de Dios, se destaca bien en el Salmo 8.

II. La caída

No sabemos cuánto tiempo disfrutaría el hombre del dominio de la naturaleza en plena inocencia y en comunión con Dios, pero las Escrituras pasan rápidamente a la narración de la caída. El hombre estaba creado para depender de Dios y para hacer Su voluntad, pero el diablo, con gran sutileza, señaló un camino alternativo: «[Vosotros] seréis como Dios …» Por su desobediencia, el hombre intentó hacer de sí mismo el centro del mundo, y este intento se refleja en el feroz egoísmo del hombre caído, que es la fuente y origen del pecado en la esfera humana. Al volver las espaldas a Dios, el hombre murió espiritualmente y el mundo se hundió en el caos del pecado y de la rebelión. La muerte física es la consecuencia inevitable de este estado espiritual.

III. El pecado

La palabra que más corrientemente se traduce por «pecado», en el texto griego, quiere decir «fallar» «ser incapaz de llegar a la meta». Juan dice que es «infracción de la ley» (1 Jn. 3:4), o sea, la rebeldía. Santiago ve en la concupiscencia (los malos deseos) el germen del pecado, que, en su desarrollo, produce la muerte (Stg. 1:14 y 15). Resumiendo, podemos decir que es todo movimiento de la voluntad humana en contra de la voluntad de Dios, sea consciente o inconsciente.

IV. El pecado original

Según las enseñanzas de Romanos 5:12–21, cuando Adán pecó toda la raza pecó con él, de forma que existe una raíz de pecado original en todo hijo de Adán, aun antes de que cometa actos concretos y voluntarios de pecado. Esta doctrina se halla implícita en toda la Biblia. Es como una funesta «ley de gravitación» que inclina a todo hombre hacia el pecado. Este estado pecaminoso se llama la depravación total y se expresa sin ambages en el texto: «No hay justo, ni aun uno … no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Ro. 3:10–12). Esto no quiere decir que no existan diferencias morales entre hombre y hombre, y sabemos que el hombre natural realiza algunas veces acciones generosas y nobles, pero indica claramente: 1) que todo lo humano, las «malas obras» y las «buenas obras», lleva el sello inconfundible del pecado, velada o abiertamente; y 2) que el germen de todo pecado está en todos los hombres y se desarrolla en circunstancias propicias.
Pero frente a Adán como cabeza de la raza perdida, el apóstol Pablo señala a Cristo como postrer Adán y Cabeza de una raza redimida por Su gran acto de obediencia en la Cruz. Nadie se perderá, pues, por ser hijo de Adán, sino por rechazar la redención que está en Cristo (Ro. 5:18 y 19; Jn. 3:18, 19, 35 y 36).

V. La culpabilidad del hombre y el juicio de Dios

El hombre normal es un ser responsable y se condena porque ama las tinieblas más que la luz. De ahí proceden la culpa y el castigo. Las profundas huellas del pecado no pueden borrarse sino por la obra de la Cruz, donde el Hombre representativo, quien era, además, el Señor de la gloria, fue hecho pecado por nosotros «para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co. 5:21). La identificación del hombre con su Salvador, por medio del arrepentimiento y la fe, le trae vida; pero aparte de este gran remedio de Dios, opera infaliblemente la ley: «Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará», sea en el tiempo, sea en la eternidad. Sólo Dios es el Juez justo, el Árbitro moral de Su universo, y a Él solo compete juzgar y aplicar la sentencia, que se pronunciará según las normas de la más perfecta justicia (Hch. 17:31; Ro. 2:6–16; 14:11 y 12; Ap. 11:15–18; 16:5 y 6; 20:11–15).

VI. El glorioso destino de los redimidos

Se tratará en el capítulo 21.

PREGUNTAS

1. ¿En qué consiste exactamente la imagen de Dios en el hombre? y ¿en qué sentido persiste aun después de la caída?
2. Distinga claramente entre el pecado y el pecado original, ilustrando su contestación con referencias bíblicas.
3. Explique la doctrina de la depravación total del hombre, citando varios textos que apoyan su contestación.

Capítulo 6
LA PERSONA DE CRISTO

I. El hecho histórico

El gran hecho histórico de la manifestación de Cristo es innegable, pues las investigaciones modernas han establecido el carácter histórico de los Evangelios y han dado al traste con la teoría de una «leyenda». ¿Qué explicación se ha de dar de esta VIDA que tanto descuella entre todas las figuras de la historia? Los materialistas, en su afán de negar una revelación sobrenatural, procuran hacer ver que Jesús era un hombre bueno, maravillosamente dotado de poderes espirituales y religiosos, pero hombre al fin. Esto es contrario a toda la evidencia, porque se presenta en los Evangelios, tanto en las palabras del Señor mismo como por la apreciación de quienes mejor le conocían, como Dios manifestado en carne. Si se hacía «Dios» cuando no lo era, entonces distaba mucho de ser un «hombre bueno» y no sería más que el mayor impostor de los siglos.
Nosotros, desde luego, aceptamos con humildad y fe el hecho de Cristo tal y conforme se nos presenta en los escritos sagrados, pero hemos de tener en cuenta que creyentes en todo tiempo han caído en errores sobre la persona de Cristo por no fijarse bien en todo lo que la palabra dice de Él. Comprendemos que siempre habrá una parte de este misterio que sólo Dios puede profundizar, según la declaración del Señor Jesús: «Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiere revelar» (Lc. 10:22). Pero eso no nos excusa de meditar en lo que se ha revelado, que se puede resumir de esta forma: «En cristo hay dos perfectas naturalezas, la divina y la humana, en una sola persona, Jesucristo Señor nuestro.» Algunos han subrayado Su divinidad a expensas de Su humanidad, y otros han caído en el error contrario. Es necesario, además, evitar a toda costa la idea de que Cristo fuese en parte Dios y en parte Hombre, ateniéndose a lo revelado, que manifiesta Su plena divinidad y Su perfecta, humanidad. Considérense bien los pasajes siguientes: Juan 1:1–4, 14 y 18; Colosenses 2:9; Hebreos 1:1–4; 1.a Juan 5:20 y Romanos 9:5.

II. La Encarnación

La divinidad y la humanidad se manifiestan prácticamente en toda la vida del Señor Jesucristo, pero la explicación de la vida se halla en el misterio de la Encarnación, o, mejor dicho, la vida y el relato bíblico del nacimiento se explican mutuamente, y lo uno sin lo otro sería incomprensible. Jesús nació de la bienaventurada virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo, según la preciosa anunciación del ángel Gabriel (Lc. 1:35). La humanidad que recibió de su madre fue real, pero libre de la mancha del pecado original. La unión del HIJO ETERNO con la humanidad así recibida es un misterio que sólo la mente de Dios alcanza. Necesariamente, el modo de manifestarse la divinidad era distinto en la vida humana que en la gloria del Cielo, pero su plenitud estaba siempre presente, y el poder divino se ejercía tantas veces como se requería para el cumplimiento de la voluntad de Su padre (Fil. 2:6–8).

III. La manifestación de la deidad

A. Declaraciones del Señor mismo. Nótense, entre otras muchas, las siguientes: «Antes que Abraham fuese YO SOY» (Jn. 8:58). «Yo y el padre uno somos» (Jn. 10:30). «El que me ha visto a mí ha visto al padre» (Jn. 14:9). La deidad del Señor se presenta especialmente en el Evangelio según San Juan, pero la enseñanza es igual en todos, como vemos por la declaración de Cristo ante el Sanedrín (Mr. 14:61 y 62).
B. La divinidad está implícita en las invitaciones evangélicas del Señor, ya que Él se ofrece a sí mismo como Fuente de paz, vida, perdón y salvación (Mt. 11:28; Jn. 5:40; 7:37; 14:6, etc.).
C. El testimonio de los evangelistas. Las narraciones de los testigos oculares de la vida de Jesús nos proveen abundante evidencia de Su divinidad: 1) Cristo admitió en varias ocasiones la adoración de los hombres (Lc. 5:8; Jn. 9:38; 20:28, etc.); y 2) los milagros evidencian el poder divino, ya que se distinguen de las grandes obras de los profetas y apóstoles por su espontaneidad y por la autoridad personal del Señor. Así, llamó a la vida a Su amigo Lázaro porque Él era, en Su Persona, «la resurrección y la vida» (Jn. 11:25, 40, 43 y 44). Por eso el Señor Jesús apeló a Sus obras como evidencia irrecusable de la calidad de Su Persona (Jn. 14:11; 15:24, etc.).

IV. La realidad de Su humanidad

Vemos muy claramente por el relato de los Evangelios que Jesús pasó por las experiencias normales de una vida humana, aparte del pecado. Nació de madre humana, creció en sabiduría y en edad; padecía hambre, sed y cansancio; comía y dormía. Se afligía y se gozaba en Su espíritu y en Su alma. Fue tentado del diablo, pero sin ceder a la tentación, y, como Siervo de Jehová, vivía una vida caracterizada por la oración y la fe, pues nunca empleó Su poder divino para eludir las consecuencias de Su humanidad. Por fin murió y fue sepultado. Su humanidad no cesó con la resurrección, sino que existe glorificada a la diestra de Dios: Hay «un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre» (1 Ti. 2:5; Lc. 24:37–40, etc.).

V. La importancia de la Encarnación

La doctrina de la Encarnación es piedra angular de la revelación cristiana, sobre la que se funda toda la obra de la Redención. Examinaremos su relación con la obra de la Cruz en estudios posteriores.

PREGUNTAS

1. Destáquense cinco declaraciones sobre el Verbo en Juan 1:1–14.
2. Si alguien le dijera que Jesucristo no es Dios, ¿en base a cuáles evidencias bíblicas le contestaría? (Apoye sus razones con textos bíblicos apropiados.)
3. Adúzcanse razones bíblicas para afirmar que la naturaleza humana del Señor Jesucristo era real y no ficticia.

Capítulo 7
LA PROPICIACIÓN Y LA EXPIACIÓN

I. Definiciones

Según el uso de los griegos, propiciación significaba «aplacar la ira y ganar el favor», generalmente de alguna divinidad que se suponía ofendida, por medio del sacrificio de los dones del adorador. El uso de expiación es parecido, ya que indica «borrar una culpa por medio de un sacrificio». La palabra «expiar» (o «hacer expiación»), que se emplea con tanta frecuencia en relación con los sacrificios levíticos, representa la voz hebrea kaphar que, en su sentido literal, es «cubrir». El significado es que Dios no «veía» las culpas a través de la sangre que le hablaba del sacrificio del Calvario. La tapa de oro que cubría el Arca del Pacto (Ex. 25:17–22) se llamaba «el propiciatorio», o sea, «aquello que cubría»; por la misma razón, pues, Jehová no veía las Tablas de la Ley que condenaban al pueblo sino a través de la sangre salpicada en el propiciatorio en el Día de las Expiaciones (Lv. cap. 16).
Para comprender mejor el sentido normal de la palabra «propiciar», podemos considerar la manera en que Jacob se afanó por aplacar la ira de su hermano ofendido, Esaú, por medio de presentes (Gn. 32:13–20). Mandó varios grupos de sus siervos por delante llevando una gran riqueza de ganado, y luego, hablando consigo mismo, dijo: «Apaciguaré su ira con el presente que va delante de mí, y después veré su rostro; quizá le seré acepto.» Había cometido la falta de robar la bendición paterna de su hermano, excitando así la ira de Esaú, y ahora quiere apaciguar su ira mediante presentes para granjearse el favor del hermano que pudo más que él.

II. La dificultad de la propiciación en la esfera espiritual

La ira de Esaú pasó pronto, y las divinidades de las gentes no son dioses, pero el Dios verdadero es un Dios de justicia absoluta e inflexible por Su misma naturaleza, de modo que Su justa ira en contra del pecador no puede aplacarse mediante los dones y los esfuerzos carnales del hombre. ¿Cómo, pues, puede ser propiciado? ¿Por qué medio se ha de expiar la culpa del hombre que tanto ofende a Su santidad? ¿Cómo se ha de satisfacer una justicia que es inflexible?

III. El medio

La solución del dilema se halla en la Cruz, donde la justicia de Dios se satisfizo y la fea mancha del pecado quedó borrada por la ofrenda de Cristo, hecha una sola vez (He. 9:28; Ro. 3:25, etc.). El Sacrificio es sumamente eficaz, y todo el concepto se eleva infinitamente por encima de las ideas equivocadas de las gentes, por las razones siguientes:
A. DIOS MISMO proveyó la ofrenda que el hombre era totalmente incapaz de buscar; es decir, el Dios contra quien habíamos pecado provee el medio de satisfacer Su propia justicia.
B. El sacrificio tiene valor infinito por el excelso valor de Dios-Hombre, quien «gustó la muerte por todos» (He. 1:2–4; 2:9).
C. Tal ofrenda pudo ofrecerse en justicia por cuanto Cristo era, a la vez, Dios y Hombre. No era un hombre entre muchos, sino EL HOMBRE por excelencia. El que había creado la humanidad en su perfección, la incorporó en Su divina Persona por el misterio de la Encarnación, llegando a ser el segundo y postrer Adán. Así pudo ser en toda la realidad el Hombre representativo, quien, sin mancha propia, se hizo responsable ante la justicia divina de los pecados de todos los hombres (He. 2:14; 2 Co. 5:21; 1 P. 2:22–24; Is. 53:4 y 5).
Téngase en cuenta que, cuando las Escrituras hablan de la propiciación y la redención por la SANGRE DE JESUCRISTO, quiere decir «la vida de Cristo, en su infinito valor, dada enteramente en expiación sobre el altar de la Cruz». El significado del sagrado símbolo se aclara mucho en el capítulo 17 de Levítico, especialmente en el versículo 11: «porque la vida de la carne en la sangre está, la cual os he dado para hacer expiación en el altar por vuestras almas; porque la sangre, en virtud de ser la vida, es la que hace expiación» (Versión Moderna). Por eso, «sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (He. 9:22).

IV. Su alcance

El apóstol Juan declara: «Y Él [Cristo] es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Jn. 2:2 con 4:10). De igual forma, el Bautista declara: «He aquí el Cordero de Dios que quita [en expiación] el pecado del mundo» (Jn. 1:29). Esto quiere decir que la justicia de Dios queda satisfecha por la ofrenda de la Cruz, en orden a todos los pecados del pasado, del presente y del porvenir. Desde luego, el alcance universal de la propiciación no indica que todas las almas han de ser salvas, sino que es posible que todas sean salvas si aceptan las condiciones del Evangelio: el arrepentimiento y la fe. Si resisten al Evangelio, se excluyen automáticamente de la salvación. Hay expresiones en el griego del Nuevo Testamento que indican que Cristo murió a favor de todos, pero en lugar de muchos, pues solamente los creyentes le reciben como su sustituto. La debida actitud del hombre pecador es la del publicano en el Templo, quien, con un hondo sentido de su necesidad, exclamó: «Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lc. 18:13).

PREGUNTAS

1. En el conjunto de las distintas doctrinas que integran la obra de Cristo—propiciación, expiación, justificación, reconciliación, redención, salvación, etc.—, ¿por qué es la más básica la propiciación?
2. ¿Cuáles son las razones que demuestran la eficacia del sacrificio de Cristo como el único medio de propiciar a Dios y satisfacer las demandas de Su justicia?
3. Cítense versículos que manifiestan que la obra propiciatoria de Cristo se aplica potencialmente a la totalidad de los hombres, pero sólo es efectiva para los creyentes.

Capítulo 8
LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE

I. Definición

La excelsa obra de la Cruz tiene múltiples facetas, y hemos de tener en cuenta que los grandes temas que estamos considerando en relación a ella revelan estas facetas a la medida de la comprensión de nuestra mente finita. La justificación por la fe—lema de la Reforma en el siglo XVI—presenta la obra de la Cruz desde el punto de vista jurídico, es decir: en relación con la santa Ley de Dios. El hombre pecador se presenta como un reo ante el alto tribunal de un Dios justo, y queda patente que ha quebrantado tanto la ley natural de la conciencia como la Ley claramente declarada en el Sinaí. El problema es éste: ¿Cómo puede Dios ser justo y el que justifica al pecador? La contestación se halla en la Cruz, y el creyente es declarado justo a los ojos de Dios. Esta declaración es la justificación por la fe.

II. La justicia divina

Como ya hemos visto en nuestro estudio de la Deidad, la justicia es un atributo de Dios, y el hombre no sabría nada de esta «rectitud» esencial aparte de la revelación que Dios ha dado de sí mismo (Is. 45:21; Ap. 15:3, 16:5, etc.).

III. La justicia exigida

Dios manifestó Su voluntad al hombre en estado de inocencia de una forma apropiada a su condición (Gn. 2:16 y 17) y, después de la Caída, no le dejó sin testimonio, sino que le habló por medio de la naturaleza y de la conciencia, siendo ésta la voz interna que acusa o excusa los actos del hombre (Ro. 2:14 y 15). Pero la plena manifestación de la voluntad de Dios para con los hombres fue dada en el Sinaí, donde Dios pronunció las diez palabras, y luego instruyó a Moisés con otros muchos preceptos complementarios. La Ley representa lo que Dios, en justicia, requiere de los hombres en las circunstancias actuales de la vida, y el mandamiento es siempre «santo y justo y bueno» (Ro. 7:12). Pero, bajo repetidas pruebas, se demostró que el hombre era incapaz de cumplir la justicia exigida por Dios, ya que su naturaleza pecaminosa siempre le arrastraba a la desobediencia. Una ley quebrantada no puede salvar a nadie, sino que condena inflexiblemente al infractor de ella. El que no la cumple, muere. Cuando Moisés, al ver que Israel había quebrantado la Ley en todos sus capítulos antes de recibirla en forma escrita, quebró las tablas de piedra al pie del Sinaí, señaló con ello, en forma simbólica, el fracaso del hombre ante las santas exigencias de la Ley divina (Ex. 32:19; Ro. 3:19; Gá. 3:10, etc.).

IV. La Ley cumplida y la justicia satisfecha

El Señor Jeuscristo, Hombre representativo, cumplió la Ley por medio de una vida perfecta. En el Calvario se colocó en el lugar del hombre pecador, en virtud de Su carácter representativo que ya hemos considerado, y agotó la sentencia de la Ley por Su muerte. Así, la justicia de Dios quedó satisfecha y la santa Ley fue honrada. Téngase en cuenta el valor infinito del sacrificio de la Cruz, que ya hemos apuntado bajo el tema de la propiciación (capítulo 7).

V. La justicia otorgada

En el Evangelio se revela una Justicia que Dios otorga al creyente, y éste es el gran tema de Romanos 1:16–5:21. El «corazón» del sublime asunto se halla en Romanos 3:21–6, versículos que deben analizarse con todo cuidado. En vista de que el hombre era incapaz de procurar la justicia mediante la obediencia a la Ley, Dios tomó la iniciativa por Su gracia, mandando a Su Hijo, quien satisfizo las exigencias de la Ley en el Calvario: «Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo …» (Ro. 3:21 y 22).

VI. La justicia recibida

El medio de conseguir la justicia otorgada por la gracia de Dios es la Fe, que, en el sentido bíblico, es la confianza total del hombre que, arrepentido de sus pecados, descansa en Cristo para la salvación de su alma. Sólo esta actitud del alma puede establecer contacto con Aquel que cumplió la Ley por nosotros para revestirnos de Su propia justicia (2 Co. 5:21). Cristo «nos ha sido hecho justificación» (1 Co. 1:30) y, recibiéndole a Él, tenemos la justificación, y no de otra manera. La fe hace posible que Dios nos impute (abone en cuenta) Su justicia, como en el caso de Abraham (Ro. 3:22, 26; 4:3, 5 y 22; Gá. 3:22–26, etc.). Somos justificados por la gracia de Dios, que es el origen de la bendición (Ro. 3:24); por la sangre, que es su base (Ro. 5:9), y por la fe, que es el medio (Ro. 5:1).

VII. La justicia manifestada

La justicia no es una mera declaración legal de nuestra nueva posición ante Dios, sino que es una obra vital, que supone nuestra unión espiritual con Cristo, de modo que la justicia recibida ha de producir sus frutos en nuestra vida (Fil. 1:11). Este tema se desarrollará bajo el epígrafe de la Santificación (capítulo 17).

PREGUNTAS

1. ¿Cuáles son las dos epístolas del apóstol Pablo que tratan más clara y detalladamente de la justificación por la fe? ¿En qué capítulos? ¿Qué quiere decir esta doctrina?
2. ¿Por cuáles medios pudo Dios justificar al pecador que ponga su fe en ÉL?
3. ¿Qué es la fe?

Capítulo 9
LA REDENCIÓN

I. Definición

Si analizamos el sentido de las principales voces griegas que se traducen por «redimir», «rescatar» o «redención», llegamos a esta definición del concepto: «Libertar a un esclavo o cautivo mediante el pago del precio del rescate.» Hemos de tener en cuenta que, cuando los evangelistas y apóstoles escribían el Nuevo Testamento bajo la guía del Espíritu Santo, la institución de la esclavitud estaba muy extendida por todo el imperio romano, y millones de seres humanos, apresados durante las campañas militares de Roma o nacidos de padres esclavos, gemían bajo este triste yugo. Algunos esclavos ocupaban puestos importantes en las casas de sus amos y otros podían ser más cultos que los mismos amos, pero ninguno podía disponer libremente de su persona. El profundo anhelo de todos ellos era ser redimidos, y algunas veces, fuese por sus propios esfuerzos en acumular el dinero necesario o fuese por la bondad de un bienhechor, les era posible llevar al templo el precio del rescate, y entonces, mediante un acta de liberación levantada por el sacerdote pagano, quedaban rescatados. Los autores sagrados dan un sentido espiritual a esta liberación, que ya se había indicado simbólicamente en el Antiguo Testamento, donde se habla de la «redención» del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto (Ex. 6:6; 15:16, etc.). El concepto se desarrolla mucho más en los Salmos y en el profeta Isaías, pero, desde luego, las indicaciones del Antiguo Testamento no pueden hacer otra cosa sino anticipar parcialmente, en símbolo y figura, la gran obra redentora de la Cruz.

II. La esclavitud espiritual

La esclavitud espiritual tiene su origen en la caída y el pecado del hombre—pues la verdadera libertad se halla sólo en la esfera de la voluntad de Dios—y afecta a todas la esferas de la vida. Nótense las siguientes formas de sujeción que se mencionan en los evangelios y las epístolas:
A. «Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo que todo aquel que hace pecado es esclavo del pecado» (Jn. 8:34). Se trataba de judíos orgullosos que se estimaban como libres por ser descendientes, según la carne, de Abraham; pero, de hecho, iban ciegamente donde les llevaba el impulso de su pecado no confesado: eran esclavos.
B. Pablo dice a Tito que Cristo «se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad» (Tit. 2:14), donde la palabra «iniquidad» quiere decir «ausencia de ley», o sea, el espíritu de rebeldía. El hombre quiere seguir sus propios impulsos egoístas, sin someterse a Dios, pero su mismo afán de «libertad» llega a esclavizarle más.
C. Con el fin de hacer ver al hombre su pecado, Dios impuso la Ley, pero el esfuerzo carnal de cumplirla es en sí una dura servidumbre, y la Ley quebrantada no puede hacer más que maldecir y matar a su infractor (Gá. 3:13, 23).
D. Por aceptar la sugerencia del diablo y desobedecer a Dios, el hombre se puso bajo el poder de este gran enemigo, y sólo Cristo puede librarle (Hch. 26:18).
E. Los hombres, a pesar de su orgullo y su deseo de independizarse de Dios, saben que la muerte pondrá fin a sus afanes y devaneos, y, por el temor de la muerte, están toda la vida sujetos a servidumbre (He. 2:14 y 15).
F. Pedro nos habla de ser rescatados de nuestra «vana manera de vivir», vacía y frustrada, en la que ningún propósito humano se logra plenamente (1 P. 1:18 y 19).
G. El temor de los hombres esclaviza al ser humano, pero el que teme a Dios pierde todo otro temor (Mt. 10:28; Hch. 4:13, 20; 5:29, etc.).
H. Todas las condiciones y las circunstancias « del presente siglo malo» esclavizan, pero Cristo se dio a sí mismo para librarnos de ellas (Gá. 1:4).

III. El Libertador

En el Antiguo Testamento era el «pariente cercano» quien tenía el derecho y la obligación moral de redimir, como Booz en el libro de Rut. Por la Encarnación, Cristo se hizo el Hijo del Hombre y el postrer Adán, tan íntimamente ligado a la raza de los hombres que adquirió el derecho de representarnos y redimirnos. Su naturaleza divina da valor infinito a todo cuanto hace a nuestro favor. Nótese que las citas siguientes subrayan la entrega personal de Cristo como medio de procurar la redención: 1.a Corintios 1:30; Gálatas 1:4; 3:13; 4:5; Efesios 1:7; 1.a Timoteo 2:5 y 6; Tito 2:14; Apocalipsis 5:9.

IV. El precio del rescate

«Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir … no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo …», declara el apóstol Pedro (1 P. 1:18 y 19). «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos», dijo el Señor de sí mismo (Mr. 10:45). Por la definición que hemos dado de la sangre en el capítulo 7, se verá que el precio del rescate es igual en las dos citas, pues la sangre es la vida de Cristo de precio sin límites, que entregó sin reserva en el sacrificio de la Cruz. Su muerte fue la muerte de todo, y a los ojos de Dios terminó con todos los efectos de la caída (He. 2:14 y 15; Ef. 1:7; He. 9:14, 26–28; 10:12–24).

V. La vida de liberación

La resurrección del Señor, vencedor del diablo, del pecado y de todos sus efectos, inaugura una nueva creación donde hay perfecta libertad en cuanto a todas las formas de esclavitud que se mencionan arriba; pero es necesario apropiarse por la fe de todo el significado de nuestra identificación con Cristo en Su muerte y Su resurrección. Ahora bien, muchos creyentes son como Lázaro cuando salió de la tumba: «atadas las manos y los pies con vendas». Tienen vida, pero se desenvuelven con dificultad porque no se han dado cuenta de que son libres. El Señor dijo de Lázaro: «Desatadle y dejadle ir», y eso es lo que hace falta para todos los creyentes. El secreto es la santificación, que consiste en la apropiación total de la obra de la Cruz.

PREGUNTAS

1. Define el término redención, explicando el fondo histórico, tanto hebreo como grecorromano, de donde salió.
2. Nombre unas cuantas clases de esclavitud espiritual de las que nos liberta Cristo, dando las referencias bíblicas.
3. Escríbanse cuatro versículos que hablan de la sangre de Cristo en relación, añadiendo un breve comentario.

Capítulo 10
LA RECONCILIACIÓN

I. Definición

La palabra «reconciliación» presupone un estado anterior de enemistad, o de malas relaciones, que termina con un acto que hace posible la amistad y las buenas relaciones. La palabra se emplea, en el orden natural, en 1.a Corintios 7:11, donde dice Pablo que la mujer apartada de su marido ha de quedar sin casarse o debe «reconciliarse» con él. Es importante notar que, en el uso bíblico de estos términos, la enemistad es siempre la del hombre contra Dios y no la de Dios contra el hombre. Como hemos visto en estudios anteriores, la «ira de Dios» es la relación de Su justicia contra el pecado del hombre, y es compatible con Su amor para con el mundo rebelde, ya que dio a Su Hijo para hacer posible la salvación del hombre. La hostilidad del mundo ante Dios se puso de manifiesto en el rechazamiento y la crucifixión del Dios-Hombre.
Anticipando por un momento lo que se ha de detallar más abajo, diremos que la obra de la Cruz satisface las exigencias de la justicia de Dios, siendo la propiciación la que hace posible que se levante la ira de Dios que estaba sobre el hombre. En vista de este gran hecho, no existe impedimento de parte de Dios para el retorno del hombre a Su obediencia, y los mensajeros de la Cruz ruegan a los hombres: «Reconciliaos con Dios.» Toca al hombre deponer su actitud de rebeldía y acercarse humildemente al Trono, por medio del arrepentimiento y de la fe, cuando halla que la paz ya está hecha en Cristo Jesús y que el trono de justicia se ha trocado en trono de gracia.

II. La base

Se explica la base de la reconciliación en Romanos 5:10 y 11: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida …, también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.» Aquí se ve claramente que es la muerte del Hijo la que hace posible la paz entre Dios y el hombre, y el tema se enlaza estrechamente con el de la propiciación. Dios no podía «hacer las paces» con el hombre a cualquier precio, sino sólo sobre la base de satisfacción de Su justicia. El pasaje que más claramente destaca esta doctrina es 2.a Corintios 5:18–21, donde vemos que «Dios … nos reconcilió consigo mismo por Cristo» (5:18) y que «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo mismo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados». En estas últimas palabras no se trata de la unión del Padre y del Hijo en la obra, sino más bien indican que Dios efectuó la reconciliación por medio de Su Hijo. La piedra angular de la doctrina se halla en el versículo 21: «Al que no conoció pecado, [Dios] por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.» (Véase también Col. 1:20–22.)

III. La proclamación de la reconciliación

Este aspecto de la gran obra única de la Cruz tiene que ver con las relaciones entre Dios, como soberano, y los hombres como súbditos rebeldes, quienes, por un acto de su propia voluntad, quedan bajo el poder de Satanás, el «príncipe de este mundo». Con mucha propiedad, pues, los mensajeros de la Cruz se llaman embajadores cuando se trata de anunciar la reconciliación, porque representan al Soberano, que llama a Sus súbditos rebeldes a que vuelvan a Su obediencia. Así, dice Pablo en el pasaje ya citado: «Dios … nos dio el ministerio de la reconciliación …, nos encargó a nosotros la palabra [mensaje] de reconciliación. Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.» En cuanto a esta última cita, debemos notar que la palabra «os» en la Versión Reina Valera no está en el original. Pablo no rogaba a los creyentes de Corinto que se reconciliasen, porque ya lo estaban, sino que les explicaba el carácter de su ministerio ante el mundo en general. El predicador se acerca a los hombres en el nombre de Cristo y con la comisión del Dios Alto, amonestándoles que dejen su rebeldía, pues el Rey mismo ha provisto el medio para hacer posible su perdón y su recepción en el Reino.

IV. La recepción de la reconciliación

Ya se ha destacado que es el hombre quien tiene que reconciliarse con Dios, pues de parte de Dios todo está hecho. Es en Cristo que se recibe (Ro. 5:11) y el único medio es la fe en el Hijo de parte del hombre arrepentido (Jn. 3:36).

V. El alcance de la reconciliación

A. La oferta se hace extensiva tanto a los judíos como a gentiles, y la obra de la Cruz derriba la barrera que antes existía entre ambas razas (Ef. 2:13–19). Este pasaje es importante, y podemos notar la hermosísima expresión: «Él [Cristo] es nuestra paz.»
B. Llegará el día cuando no existirá ningún elemento rebelde en la creación de Dios, fuera de los espíritus malignos y los hombres que rechazaron la luz, y aun éstos se someterán a la fuerza, ya que no quisieron hacerlo voluntariamente. Aparte estas salvedades, el alcance de la reconciliación es universal, según lo hallamos expresado en el pasaje de fundamental importancia de Colosenses 1:20–22: «Y por medio de Él [Cristo] reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos …» No se mencionan las cosas que están debajo de la tierra, o sea, los elementos asociados con la rebelión del diablo. ¡Bendito día aquel cuando nada ni nadie se opondrá a la voluntad de Dios!

PREGUNTAS

1. ¿Qué relación existe entre la propiciación y la reconciliación? ¿Por qué es tan necesaria ésta?
2. En los pasajes citados en este capítulo, de las epístolas Romanos, 2.a Corintios, Efesios, y Colosenses, se emplean varias frases para indicar el medio de la reconciliación. Detállense las frases y dense las referencias.
3. ¿Cuáles efectos prácticos de la reconciliación deben verse en la vida y servicio del creyente? Apoye su contestación con textos bíblicos.

Capítulo 11
LA SALVACIÓN

I. Definición

La palabra «salvación», con el verbo correspondiente, expresa la idea de la liberación de un peligro personal. Tenemos un claro ejemplo, en la esfera natural, cuando Pedro empezó a hundirse al procurar andar sobre las aguas, y exclamó: «Señor, ¡sálvame!». La mano del Señor se extendió y le puso a salvo, de modo que el incidente destaca tanto la idea fundamental de la salvación como a la persona del SALVADOR (Mt. 14:30). La pérdida de la salud es un peligro de carácter especial, de modo que el verbo se emplea con frecuencia en relación con los milagros de sanidad del Señor Jesús. Así dijo el Señor a la mujer sanada de su «plaga»: «Hija, tu fe te ha hecho salva» (Mr. 5:34).
La palabra se emplea mucho en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos e Isaías, para señalar la obra de Jehová al librar a Su pueblo de las gentes, y anticipa su salvación final en la Segunda Venida de Cristo. En el Nuevo Testamento la palabra «salvación» es el término más amplio que aparece para representar toda la obra de Dios a favor de los suyos hasta tenerlos a todos en Su presencia, libres para siempre aun de la presencia del pecado y fuera del alcance de la malignidad del diablo y de los hombres perversos.

II. La base de la salvación

Es la obra de Cristo en la Cruz: véase especialmente el capítulo 7 sobre la propiciación y la expiación. En primer término, para que fuese posible que una salvación se manifestara, las exigencias de la justicia de Dios tuvieron que quedar satisfechas; en segundo lugar, fue necesario arrancar de la mano del Enemigo sus dos grandes armas: el pecado y la muerte. El Señor anunció el propósito de Su ministerio en términos de salvación: «El Hijo del Hombre vino para buscar y salvar lo que se había perdido» (Lc. 19:10 con Mt. 27:42).

III. La persona del Salvador

Los grandes actos de Dios a favor de Israel en el Antiguo Testamento se llevaban a cabo por medio de instrumentos humanos, que se llamaban «salvadores», como por ejemplo, José, Moisés, Gedeón, Jefté, David, etcétera, que eran figura de Aquel que había de venir (Neh. 9:27). Conocidísimo es que el nombre de «Jesús» quiere decir «Jehová el Salvador», y que se le dio por indicación angélica, porque: «El salvará a su pueblo de sus pecados.» El título más sublime y completo, que une Su divinidad con Su obra salvadora, se halla en Tito 2:13: «Nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.» Lucas se deleita en presentarnos a Jesús como el que se acerca a los necesitados en Su carácter de Salvador universal.

IV. El medio de recibir la salvación

La salvación tiene su origen en la gracia de Dios y se recibe por la fe del pecador arrepentido: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe» (Ef. 2:8). Un buen ejemplo es el carcelero de Filipos (Hch. 16:30 y 31), pero se ilustra en los muchos casos de los necesitados que acudieron al Señor durante Su ministerio terrenal. Volveremos a este tema en un estudio sucesivo sobre «la la gracia, la fe y las obras» (capítulo 13).

V. El alcance de la salvación

Ya hemos notado que es el aspecto más amplio de la obra de Dios a favor de los hombres. Potencialmente, la gracia de Dios trae salvación a todos los hombres (Tit. 2:11), pero la incredulidad levanta una barrera entre Dios y el hombre e impide que la corriente salvadora de la gracia llegue efectivamente al hombre rebelde y falto de fe. En relación con el creyente, notemos las tres etapas de la salvación.
A. Pasada. La salvación del alma, en cuanto a su liberación de la condenación es completa y eternamente segura desde el momento en que confiamos en el Salvador: «El que cree en mí tiene vida eterna», dice el Señor (Jn. 6:47). Considerénse las citas siguientes: Efesios 2:8; 2.a Timoteo 1:9; Tito 3:4 y 5. En versículos como 1.a Pedro 1:9 y 10; Hebreos 5:9 y Judas 3, la palabra abarca toda la obra de Dios a favor del creyente.
B. Presente y continua. Es voluntad de Dios que Su obra salvadora se manifieste plenamente en las vidas de los creyentes. Este tema roza con el de la santificación que se tratará en el capítulo 17, pero podemos notar aquí los textos que lo relacionan con la salvación. «Ocupaos en [llevad a cabo] vuestra propia salvación con temor y temblor» (Fil. 2:12); es decir, todos los efectos de la salvación, que ya es nuestra, han de cumplirse y manifestarse en un sentido análogo. «Anhelad, como niñitos recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación» (1 P. 2:2); o sea, para una vida espiritual plenamente desarrollada. (Véase también 2 Ti. 3:15; 1 Co. 15:2; 1 Ti. 4:16; He. 7:25; Stg. 1:21.) Es una salvación presente y progresiva, por la cual el poder divino que fluye de la cruz y de la resurrección, aplicado al creyente por el Espíritu Santo, hace efectiva su liberación del dominio del pecado y le prepara para el destino eterno propuesto por Dios.
C. Futura. Aún gemimos en este cuerpo, sintiendo tanto los impulsos de la carne por dentro como la presión del mundo por fuera, pero somos «guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero» (1 P. 1:5). En este sentido, «ahora está más cerca nuestra salvación que cuando creímos» (Ro. 13:11). La salvación completa se relaciona con la Venida del Señor (1 Ts. 1:9 y 10; 5:8 y 9) y abarca toda la obra de Dios en cuanto a la totalidad del hombre, ya que recibirá, en la primera resurrección, un cuerpo glorificado por medio del cual se cumplirá todo el propósito de Dios en orden al hombre (1 Co. 15:42–55). Todas las posibilidades de la personalidad del hombre han de desarrollarse en el estado eterno sin estorbo y dentro de la voluntad de Dios, y se manifestará todo el sentido del decreto original: «Hagamos al hombre a nuestra imagen …»

VI. La seguridad eterna del creyente

La vida triunfal del Señor y Su obra a la diestra de Dios son la garantía de nuestra salvación eterna: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida»; «Éste [Cristo] … tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede salvar también perpetuamente a los que por él se acercan a Dios» (Ro. 5:9 y 10; He. 7:24 y 25). (Veáse también Jn. 5:24; 10:28–30; Ro. 8:29–39; 1 Jn. 5:13; Ro. 8:1, etc.)

PREGUNTAS

1. Dense tres ilustraciones de la obra salvadora de Cristo durante Su ministerio terrenal.
2. Explique lo que se quiera decir por la salvación pasada, presente y futura, ilustrando su contestación con textos apropiados.
3. Si alguien le dijera que la salvación no es eterna sino que depende de nuestra fidelidad al Señor en cada momento, ¿como demostraría lo contrario?

Capítulo 12
LA REGENERACIÓN O EL NUEVO NACIMIENTO

I. Definición

Este término, la «regeneración», es la aplicación de la figura del nacimiento humano a la esfera espiritual.
Hubo un momento en que empezamos a vivir en este mundo, y, de igual forma, hubo necesariamente un momento en que el creyente, antes «muerto en delitos y pecados», empezó a vivir espiritualmente.
La palabra más frecuente en el Nuevo Testamento es «engendrar», refiriéndose a Dios como Fuente de la vida nueva, y «engendrado», en relación con el ser que ha recibido la vida. Es muy frecuente en los escritos del apóstol Juan, y se traduce a menudo en la versión Reina-Valera por «nacer» y «nacido» (Jn. 1:12 y 13; 1 Jn. 2:29; 3:9; 4:7; 5:1, 4 y 18).

II. La necesidad del nuevo nacimiento

Las Escrituras no enseñan que el hombre caído guardara un pequeño residuo de vida espiritual, que pudiera desarrollarse en una vida completa por sus propios esfuerzos o por los de otros seres humanos. Antes, al contrario, declaran que el hombre caído se halla en un estado de muerte espiritual (Ef. 2:1–3). La personalidad humana persiste, desde luego, como también la posibilidad de una nueva vida; pero ésta ha de recibirse de Dios por los medios que Él mismo determina (Tit. 3:4 y 5). De ahí la conocida declaración del Señor a Nicodemo: «Os es necesario nacer otra vez.» La carne solamente puede engendrar «carne», y sólo el Espíritu puede producir lo espiritual (Jn. 3:6).

III. La fuente de la vida nueva

El apóstol pedro declara: «Dios … nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos» (1 P. 1:3). La resurrección del Señor presupone Su muerte expiatoria. Por Su muerte, que fue la muerte de todos, el Salvador quitó el gran obstáculo que impedía la manifestación de la vida. Por Su resurrección, Cristo «quitó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el Evangelio» (2 Ti. 1:10). Los infinitos tesoros de la vida de resurrección están ya a la disposición de todo creyente.

IV. El medio de la regeneración

Ya hemos visto que sólo Dios puede dar la vida, de la cual es fuente y origen, y que ha hecho posible su transmisión en la obra salvadora de Cristo (Jn. 1:12 y 13; Stg. 1:18). Ahora bien, existen condiciones de parte del pecador que se señalan claramente en las Escrituras.
A. La semilla es la Palabra de Dios: «Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanence para siempre» (1 P. 1:23; Stg. 1:18). Es el mensaje divino que llega a los oídos y al corazón del pecador por el testimonio del Evangelio el que puede transmitir la vida.
B. Solamente el Espíritu vivificador puede hacer germinar la semilla de la palabra (Jn. 3:5, 6 y 8).
C. De parte del hombre las condiciones son el arrepentimiento y la fe. El significado de la palabra «agua» en Juan 3:5 es muy discutido. Descartamos en seguida la idea de la «regeneración bautismal» por el agua del bautismo, por ser contraria a lo más esencial de las enseñanzas del Nuevo Testamento. Podría ser símbolo de la «Palabra», como en Efesios 5:26, o una referencia al bautismo del arrepentimiento de Juan el Bautista, cuyo significado conocería perfectamente el «maestro de Israel».
El «arrepentimiento» (metanoia) es «un cambio de mente, o de actitud» de parte del hombre; vuelve las espaldas al pecado y dirige su rostro a Dios. Entonces, positivamente, se entrega con fe al Salvador presentado en el mensaje del Evangelio, y el Espíritu de Dios vivifica la «Palabra» y se crea en la personalidad del hombre una nueva vida, que es «engendrada de Dios». El modo del nuevo nacimiento se explica en lo restante del capítulo 3 de Juan.

V. Las consecuencias del Nuevo nacimiento

A. Una nueva relación con Dios. (Véase otra vez Jn. 1:12.) Se ha conferido al creyente una nueva dignidad: la de ser hijo de Dios y pertenecer a la familia del Altísimo. Solamente los «engendrados» tienen derecho a mirar a Dios y llamarle «padre nuestro». Juan emplea el hermoso término de tekna (los «nacidos»), pues subraya el hecho de nuestra relación con el Padre por el nacimiento. Pablo se deleita en otra palabra: huioi (hijos conscientes y adultos), y generalmente la relaciona con nuestra adopción, que tiene que ver con nuestros privilegios y responsabilidades como hijos de Dios.
B. Una nueva vida. La naturaleza, recibida de Dios, existe en nuestra personalidad al lado de la vieja naturaleza (la «carne» o «el Viejo hombre») heredada de Adán por el nacimiento natural, pero la nueva naturaleza debe prevalecer, y el apóstol Juan saca unas consecuencias profundas del hecho de ser engendrados de Dios: 1) El engendrado de Dios no peca y vence al mundo (1 Jn. 3:9; 5:4 y 18); y 2) implica la manifestación práctica de la justicia y del amor fraternal (1 Jn. 2:29; 4:7). Pablo deduce la doctrina de la santificación del hecho de nuestra unión con Cristo en Su muerte y en Su resurrección (Ro. cap. 6). Juan la deduce del hecho fundamental de nuestra participación en la naturaleza de Dios. (Compárese también con el punto de vista de Pedro, 2 P. 1:3 y 4.)

PREGUNTAS

1. ¿Por qué necesita el hombre un nuevo nacimiento y qué significa tal ideal?
2. ¿Cuáles son los medios que Dios emplea para regenerar a una persona y qué tiene que hacer ésta para recibirlo? Apoye su contestación con textos bíblicos apropiados.
3. ¿Cuáles son las consecuencias del nuevo nacimiento en relación con Dios y en la nueva vida recibida en Él?

Capítulo 13
LA GRACIA, LA FE Y LAS OBRAS

I. Definición

En estudios anteriores hemos hecho referencia repetidas veces a los grandes conceptos de la GRACIA divina y la FE, con el principio opuesto de las OBRAS muertas de los hombres (He. 6:1; 9:14), pero es conveniente volver a definirlos en este estudio buscando la relación que existe entre ellos, pues de la debida comprensión de estos términos, relacionados con la obra de la Cruz, depende la eficacia y la claridad del anuncio del Evangelio.
La gracia divina es el favor de Dios, al impulso de Su amor, hacia el hombre que nada ha merecido, de modo que llega a ser la fuente de donde fluye el caudaloso río de la salvación en todos sus aspectos, y el origen de todo bien para el hombre. La gracia divina es mucho más que una mera benignidad, pues, tratándose del favor del Dios soberano y omnipotente, pone en movimiento todos los recursos de la divinidad y lleva a feliz término todos Sus buenos propósitos en orden al hombre. De la fuente de la gracia brota la obra de la Cruz, la gloria de la Resurrección, el descenso del Espíritu Santo, la formación de la Iglesia, la derrota final del mal y la inauguración de la nueva creación.
La fe (aparte ciertos sentidos secundarios) es el complemento en el hombre de la manifestación de la gracia de parte de Dios. La rebeldía y la incredulidad oponen una barrera a la operación de la gracia divina; la fe hace que el hombre acepte el mensaje de Dios y descanse totalmente en la persona de Cristo, ofrecida en el Evangelio como única base de la fe verdadera, permitiendo así que la obra de gracia se realice en el corazón del creyente. La confianza del alma en Cristo, que es la esencia de la fe, establece una unión vital entre Cristo y aquel que acude a Él, de tal forma que todo lo que es Cristo, y todo el valor de Su obra, llega a ser la posesión personal e inalienable del creyente.
Las obras del hombre son las actividades del hombre carnal, ora sean «malas» ora sean «buenas» según el criterio del hombre caído. Es fácil comprender que las malas obras acarrean condenación y muerte, pero las Escrituras enseñen con igual claridad que aun las «buenas obras» del hombre carnal son inútiles para conseguir la salvación y pueden llegar a ser un estorbo para recibir con fe la obra de Dios en Cristo, ya que, obrando el hombre, no deja obrar a Dios. El Evangelio exige que el hombre se rinda sin condiciones a Dios, y que extienda sus manos vacías para recibir de Él la vida eterna.

II. La gracia divina

Partiendo de la base de la definición que ya hemos adelantado, podemos notar lo siguiente:
A. El origen de la gracia. «Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro padre y del Señor Jesucristo» (Ro. 1:7). He aquí la hermosa y típica frase con la cual Pablo solía saludar a las iglesias y a sus colaboradores en la obra, y que nos hace ver que el Padre y el Hijo Jesucristo son conjuntamente los autores de la gracia, que fue provista por el Padre, traída y manifestada por el Hijo y hecha eficaz en el corazón del creyente por el Espíritu Santo (Jn. 1:17; 2 Ti. 1:9; He. 2:9; 10:29). De paso podemos notar que las salutaciones de Pablo son una demostración de la divinidad del Señor Jesucristo, ya que es inconcebible que la gracia procediera de quien no fuese Dios.
B. El alcance de la gracia. 1) potencialmente pone la salvación al alcance de todos los hombres: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres …» (Tit. 2:11). 2) Basta para la salvación del peor de los pecadores que se arrepiente y cree en Cristo, según el ejemplo que tenemos en la conversación de Saulo de Tarso (1 Ti. 1:12–16). Véase también Lc. 23:39–43. 3) Como consecuencia lógica de la definición que hemos adelantado se relaciona con todos los aspectos de la obra de Dios a favor de los hombres (Ro. 3:24; Gá. 1:15; Hch. 15:11; Ef. 2:5–8, etc.). 4) Convierte al trono de juicio en trono de gracia para el creyente, y es la fuente de todo consuelo y de su socorro (He. 4:16; 2 Co. 12:9). 5) Es el poder y la sustancia de todos los dones, que se llaman charismata, o sea, «operaciones de gracia», como también de todo servicio eficaz (1 Co. 15:10; Ro. 12:6). Todo esto se incluye en «las abundantes riquezas de su gracia» (Ef. 2:7).
C. El ejemplo excelso de la gracia. «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos» (2 Co. 8:9). ¡Tal es la gracia que ha de reflejarse en la vida de los creyentes! (2 P. 3:18).

III. La fe

A. Significado de la fe. La palabra griega pistis («fe») y el verbo correspondiente (pisteuo) se emplean casi 500 veces en el Nuevo Testamento, lo que da la medida de la importancia del principio que hemos señalado arriba. Aparte de algunos casos secundarios en que significa «fidelidad», se pueden distinguir dos aspectos muy relacionados en el uso de estas palabras: 1) por un movimiento del ser humano, en el que entra tanto la inteligencia como la voluntad, se asiente a la declaración del Evangelio; y 2) por un acto análogo, el alma confía totalmente en la persona del Salvador. «La fe viene por el oír; y el oír, por la palabra de Dios» (Ro. 10:17); pero la recepción del mensaje pasa a ser confianza total en una persona: «Yo sé a quién he creído …» (2 Ti. 1:12). Abraham recibió la promesa de Dios, pero su justificación resultó de su fe en Dios: «Y creyó Abraham a Dios y le fue atribuido a justicia.» Por padre de muchas gentes te he puesto: delante de Dios al cual creyó …» (Ro. 4:3, 17).
B. La fe es el medio de la salvación en todos sus aspectos. Como hemos visto, es la actitud del hombre que corresponde a la gracia que procede de Dios y nace de la comprensión de la nulidad de todo esfuerzo humano, combinando con la visión de la suficiencia total de Dios y de Su obra en Cristo. Dios por Su gracia ofrece la salvación al hombre; éste por su fe la hace suya. No puede haber verdadera fe sin la humildad, y por eso el señor declara que hemos de volvernos como niños para entrar en Su Reino (Mt. 18:3; Hch. 16:30 y 31; Jn. 3:16–18, etc.).
C. Sin la fe no puede haber poder ni bendición en la vida del creyente. El mismo principio que nos une con Cristo para recibir la salvación, mantiene el contacto con Dios a los efectos de todos los aspectos de la vida y del servicio del cristiano, hasta tal punto que Pablo declara: «Todo lo que no proviene de fe es pecado» (Ro. 14:23; véase también He. 11:6). A la fe que nos relaciona con Dios, corresponde el amor que nos pone en contacto con el hombre; así que «la fe obra por el amor» (Gá. 5:6). Si la fe se debilita, el contacto con Dios se dificulta, y el poder divino no fluye ni se manifiesta en la vida del creyente. Al hombre de fe que se halla en los caminos de la voluntad de Dios, todo le es posible (Mr. 9:23; Lc. 17:5 y 6).

IV. Las obras humanas

A. Las obras humanas surgen de la «carne». La actividad total del hombre caído surge de la «carne» (la vieja naturaleza del hombre heredada de Adán), y los que están en la carne no pueden agradar a Dios (Ro. 8:7 y 8). Por consiguiente, no sólo las obras malas del hombre son abominables delante de Dios, sino que también sus mejores justicias son como «trapos de inmundicia» (Is. 64:6), ya que es un hecho real que todos los hombres se han descarriado como ovejas y que ninguno, por naturaleza, es justo delante del divino Juez (Is. 53:6; Ro. 3:10 y 12). Ya hemos visto en el capítulo 5 que eso no quiere decir que el hombre sea incapaz de realizar actos nobles en relación con sus semejantes, sino que toda obra humana lleva en sí el germen del pecado inherente en el hombre y no puede presentarse delante de Dios en estas condiciones.
B. Son inútiles para la salvación del hombre. El apóstol Pablo, haciendo referencia a las obras de la Ley, dice enfáticamente que si al hombre le fuese posible conseguir la justificación (o la salvación) por su bien hacer, «entonces por demás murió Cristo» (Gá. 2:21). El Señor Jesús «consumó» la obra de salvación en la Cruz, y el pobre pecador no puede añadir nada a ella para salvarse: «no por obras, para que nadie se glorie» dice la Palabra de Dios (Ef. 2:9; véase 2 Ti. 1:9; Tit. 3:5).
C. Son un obstáculo para el hombre religioso, ya que éste confía en sus propios méritos y no acepta por fe la salvación que Dios le ofrece gratuitamente en la persona de Su Hijo Jesucristo. Los tales pretenden justificarse a sí mismos; pero Dios no los puede aceptar en su actitud orgullosa. Dijo el Señor a los religiosos fariseos: «Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación» (Lc. 16:15). Esta actitud de justicia propia fue el gran obstáculo para el pueblo de Israel (Ro. 10:3; véase también Lc. 18:9–14).
D. Las buenas obras en el poder del Espíritu Santo son el fruto de la vida nueva. Desde luego lo dicho hasta aquí no quiere decir que Dios no desee las buenas obras del hombre, sino que éstas deben ser el resultado lógico de la nueva vida de aquellos que por su fe han establecido contacto espiritual con el Señor Jesús, el autor de la vida y, por lo tanto, el orden establecido divinamente es éste: primero aceptar la vida; luego producir los frutos de justicia por el poder del Espíritu Santo que nos es dado al creer (Gá. 5:22). Pablo dice que no somos salvos por medio de nuestras obras, pero sí que el creyente, ya salvo, está llamado a andar en buenas obras, «las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:9 y 10; véase Mt. 5:13–16; Hch. 26:20; Col. 1:10, etc.). Hacer obras para salvarnos es hacer lo contrario de lo que Dios ha dispuesto: es poner el carro delante del caballo.
E. La justificación por las obras. Es muy cierto que, delante de Dios, lo que justifica al hombre es la fe en Cristo, quien murió y resucitó a favor del pecador; pero esta justificación no es meramente legal, sino vital, por la íntima unión con el Señor (1 Co. 6:17); luego las obras en el creyente son las que justifican públicamente su fe verdadera en el Señor Jesús. Son la expresión de vida de uno que, habiendo estado muerto, ha revivido; desde luego, la única prueba de la vida nueva de un resucitado es que dé señales de esa vida; de no ser así no creeríamos. Éste es el pensamiento de Santiago cuando escribe su epístola (Stg. 2:14–26). Abraham, por ejemplo, fue justificado (término legal) delante de Dios cuando creyó (Gn. 15:6), mientras que años más tarde «justificó» su fe sincera cuando, en obediencia a Dios, ofreció a su hijo Isaac sobre el altar (Gn. 22). «Sus obras mostraron su fe.» «Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.»

PREGUNTAS

1. Hágase una definición de la gracia, ilustrando su contestación con algunas citas apropiadas.
2. ¿Cómo puede ser la fe el medio de la salvación y no las obras? Apoye su contestación contextos apropiados.
3. Explíquese, con ejemplos bíblicos, lo que quiere decir la justificación por las obras.

Capítulo 14
LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

I. El hecho histórico de la resurrección de Cristo

Por la resurrección de Cristo ha de entenderse que el cuerpo del Señor Jesús, que fue muerto realmente en la Cruz y sepultado en una tumba, fue levantado por Dios al tercer día, sueltos los dolores de la muerte (Mt. 28; Mr. 16; Lc. 24; Jn. 20 y 21).

A. La resurrección de Cristo, profetizada

La muerte de Cristo por los pecados de los hombres y Su resurrección de entre los muertos eran las doctrinas básicas de la predicación del Evangelio en boca de los apóstoles. Dice Pablo: «Cristo murió por nuestros pecados … y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Co. 15:1–3). Estas últimas palabras del apóstol indican que la resurrección del Señor Jesús ya estaba profetizada en el Antiguo Testamento. En figura, se halla implícita en el sacrifico de Isaac (Gn. 22:1–13; He. 11:17–19) y en el caso de Jonás (Jon. 2; Mt. 12:39 y 40). Proféticamente, está comprendida en las palabras de Isaías (53:10): «Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá, por largos días …» Por último, en el Salmo 16, David, hablando en nombre de Cristo, escribe: «No dejarás mi alma entre los muertos, ni permitirás que tu Santo vea corrupción» (Versión Moderna). Estas palabras son interpretadas por los apóstoles Pedro (Hch. 2:23–31) y Pablo (Hch. 13:35–37) como una profecía explícita de la resurrección del Señor (véase Lc. 24:46).

B. Las pruebas del hecho de la resurrección de Cristo

Existen pruebas suficientes en los relatos de los evangelistas que evidencian la realidad de la resurrección del Señor, ya que todos ellos nos dan numerosos pormenores tocante a esta doctrina; y en cuanto a las aparentes dicrepancias respecto a Ciertos puntos, son una bagatela referente al HECHO CENTRAL de que Cristo se levantó real y verdaderamente de entre los muertos. Sin embargo, ha habido críticos, y los hay, que no han querido admitir la evidencia del milagro máximo. Éstos tratan de defender las hipótesis siguientes:
1. «Los discípulos robaron el cuerpo del Señor, e inventaron la especie de que había resucitado.» Esta «explicación» hace caso omiso de toda la evidencia, porque:
a) Cómo pudieron los discípulos extraer el cuerpo ante los ojos de los soldados romanos?
b) Por qué estaban dispuestos a morir por una superchería manifiesta?
c) Si los soldados estaban durmiendo (Mt. 28:13), ¿cómo sabían ellos que lo habían robado los apóstoles?
2. «El Señor no murió en la Cruz, sino que sufrió un desmayo, y en tal estado José lo colocó en la tumba. Por la mañana, recobrando las fuerzas, salió.» Esta teoría no concuerda con el relato evangélico, ya que Juan el apóstol da testimonio solemne de haber visto cómo un soldado romano traspasó con una lanza el costado del Señor Jesús (Jn. 19:34–37).
3. «Los discípulos, influidos psicológicamente por sus grandes deseos de volver a ver a Jesús, sufrían una serie de alucinaciones, de modo que las manifestaciones no tenían más que una realidad subjetiva, y no constituyen hechos reales.» Esto podía suceder en el caso de que los discípulos hubiesen puesto su confianza en la resurrección inmediata de su Maestro; pero, lejos de esto, ninguno de ellos esperaba que Cristo resucitase; al contrario, estaban desanimados y tenían miedo de los judíos (Jn. 20:19). Las mujeres vinieron al sepulcro, el primer domingo cristiano, no para ver la tumba vacía, sino para embalsamar el cuerpo para su largo sueño. Tan cierto es ello, que se preguntaban ansiosas quién les removería la piedra de la entrada del sepulcro para entrar en él (Mr. 16:3). María Magdalena corrió a decir a los discípulos, no que Él había resucitado, sino que Su cuerpo había sido quitado y que no sabía dónde lo habían puesto (Jn. 20:1 y 2). Cuando los apóstoles se reunieron, se «estaban lamentando y llorando» (Mr. 16:10). Cuando las mujeres dijeron a los otros discípulos que Cristo había resucitado y que se les había aparecido, no lo creyeron; y, ante Su manifestación, dudaron (Mt. 28:17; Mr. 16:11–13; Lc. 24:11). Juan declara que «no conocían la Escritura, que Él hubiera de resucitar de entre los muertos» (Jn. 20:9). ¿Podría haber otra cosa más patética que las palabras de los dos discípulos que iban a Emaús?: «Pero nosotros esperábamos que Él era el que había de redimir a Israel …»
4. «Toda la historia de la resurrección es un mito, que encierra hondas verdades espirituales, pero nada de ello tiene categoría histórica.» Basta contestar que un «mito» necesita siglos para «incubarse», pero la doctrina de la resurrección se predicaba a las pocas semanas del hecho. Además, si la resurrección es un mito, ¿por qué no presentaban los judíos el cuerpo de Jesús al pueblo para disipar las dudas?
5. «Los discípulos vieron un espíritu, que se hacía visible a la manera de las evocaciones espiritistas.» Tal teoría no explica la tumba vacía. ¿Qué se hizo, entretanto, del cuerpo del Señor Jesús? Él sabía que los discípulos podían creer que se manifestaba a ellos en «espíritu» solamente, y por eso les demostró la realidad de Su cuerpo resucitado (Lc. 24:37–40; Jn. 20:27–29).
Los evangelistas refieren las diversas manifestaciones (diez por lo menos) del Señor a los suyos después de haber resucitado. Todas ellas se hicieron bajo las más variadas condiciones y circunstancias. Lucas, el autor del libro de Los Hechos, escribe diciendo: Jesús «después de haber padecido se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoles por cuarenta días» (Hch. 1:3; véase 13:31). Una de estas pruebas indiscutibles es la que declaró el apóstol Pedro en su predicación en casa de Cornelio: «A éste [Jesús] levantó Dios el tercer día, e hizo que se manifestase … a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de los muertos» (Hch. 10:40 y 41). En efecto, el Señor resucitado «comió» y «bebió» con ellos (véase Lc. 24:41–43; Jn. 21:1–14).
El testimonio del apóstol Pablo es de un valor incalculable. El Señor resucitado y glorificado se le apareció también a él, lo que le constituye en testigo ocular de Su resurrección, como los demás apóstoles. Su testimonio nos llega a través de un auténtico documento de su puño y letra (1 Co. 15, epístola incontrovertida por los críticos). Para confirmar lo que dice, apela al testimonio de los supervivientes de «más de 500 hermanos» que le vieron en una sola ocasión. Es indudable que todas las pruebas de credibilidad pueden aplicarse con éxito a este testimonio.
Debemos considerar, además, como prueba amplia e irrefutable, la repentina y total transformación moral de los testigos, y la formación inmediata de la Iglesia. En Jerusalén, los aterrados y fugitivos discípulos que habían negado a su Señor se reúnen de nuevo, y, con intrépido coraje, proclaman esta «antipática» doctrina de la resurrección, con el resultado de que se convierten millares de personas ( Hch. 1:8; 2:32; 3:15; 4:20 y 33; 5:32, etc.). Aquellos testigos ya no hacen caso ni de peligros ni aun de la muerte. Ahora bien, el fraude no produce tales ejemplos de valentía ni la desilusión crea reinos de celestial poder. Un árbol no puede producir otro fruto que el correspondiente a su especie. Así ocurrió con los mártires cristianos: el fruto que ellos produjeron tuvo por causa eficiente la fe en la resurrección de Jesús.
Los creyentes podemos descansar en una sobria certidumbre, y exclamar con voz de triunfo, al unísono con Pablo: ¡Cristo ha resucitado de los muertos …! (1 Co. 15:20).

II. Importancia de la resurrección de Cristo

La resurrección de Cristo es de tal importancia que el cristianismo se derrumba si ésta cae y se mantiene en pie si ésta se mantiene enhiesta. Considerando el asunto llanamente y sin rodeos, diremos que si la resurrección tuvo lugar, es fácil la aceptación de los otros milagros de Cristo, pues todas las esperanzas del cristiano están fundadas, precisamente, en ese hecho; pero «si Cristo no resucitó, se sigue que no era el Hijo de Dios, y en ese caso el mundo se halla desolado, el cielo vacío, el sepulcro oscurecido y el pecado sin solución; con el corolario de que la muerte será eterna» (Mullins). El apóstol Pablo declara terminantemente que «Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios … si Cristo no resucitó … aún estáis en vuestros pecados … Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres» (1 Co. 15:14–19).

III. La resurrección de Cristo en relación con la vida del creyente

Todos los aspectos de la vida del cristiano dependen del gran acontecimiento de la resurrección de Cristo, según vemos a continuación:
A. La justificación: «Jesús, nuestro Señor, el cual fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación» (Ro. 4:25); o sea, que la perfecta justificación que a favor de los hombres consiguió Cristo en Su muerte expiatoria fue la causa por la que pudo romper los lazos de la muerte y salir a la vida de resurrección.
B. La salvación: «Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Ro. 10:9), ya que la resurrección es la consumación de la totalidad de la obra de la Cruz.
C. La regeneración: El apóstol Pedro escribe: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos» (1 P. 1:3); pues la resurrección de Cristo es la fuente y el origen de la vida nueva del creyente.
D. El bautismo cristiano, en el cual, después de haber sido sumergido en el agua, el creyente sube de ella y anuncia simbólicamente su identificación con la vida de resurrección del Señor Jesucristo (Col. 2:12; 1 P. 3:21).
E. La vida de fe del creyente fiel, ya que da por muerto todo lo natural para confiar plenamente en Dios «que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro» (véanse los casos típicos de Abraham y Pablo: Ro. 4:17–24; 2 Co. 1:9).
F. La santificación: El apóstol Pablo habla del cristiano como identificado con Cristo en Su muerte y en Su vida gloriosa de resurrección, exhortando a que todos los creyentes consideren este hecho como la única base de separación del pecado. «Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Ro. 6).
G. La resurrección de Cristo es el secreto de toda manifestación del poder divino en el creyente: «… para que sepáis … cual [es] la supereminente grandeza de su poder [de Dios] para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos …» (Ef. 1:18–21 y Fil. 3:10).
H. Nos traslada a las esferas espirituales en solidaridad con Cristo: A los ojos de Dios, lo que Él realizó en la persona de Su Hijo a favor de los hombres es una realidad desde ahora para nosotros los creyentes, de tal manera que Pablo declara: «Dios … nos dio vida juntamente con Cristo … con él nos resucitó, y, asimismo, nos hizo sentar en lugares celestiales con Cristo Jesús» (Ef. 2:4–6 con Col. 3:14).

IV. La resurrección de Cristo es la garantía de la resurrección corporal del creyente

En efecto, la resurrección actual del cristiano es espiritual, mas en la venida de Cristo será corporal, la cual está afianzada por la resurrección previa del Señor Jesús. «Mas ahora ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos … Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicas; luego los que son de Cristo en su venida» (1 Co. 15:20–23, con 6:14; Fil. 3:20 y 21; 1 Ts. 4:14–17).

PREGUNTAS

1. Cítense algunas indicaciones o profecías del Antiguo Testamento que se refieren a la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, añadiendo un breve comentario.
2. ¿Cuáles son las principales objeciones humanas a la resurrección corporal de Cristo y cómo se han de contestar en base a la Palabra de Dios?
3. Señálese la importancia de la resurrección de Cristo.

Capítulo 15
LA PERSONA Y LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

I. El Espíritu Santo en la Santísima Trinidad

La Biblia no expresa de una manera dogmática la verdad acerca del Espíritu Santo. Sin embargo, las muchas referencias a él y a su obra pueden resumirse como sigue: El Espíritu Santo es la tercera «Persona» de la Deidad, quien procede desde la eternidad del Padre (Jn. 15:26) y del Hijo exaltado (Jn. 16:7; Hch. 2:33; Gá. 4:6), siendo igual a ellos en esencia. No es una mera «influencia» que emana de Dios, sino el agente inmediato en toda la obra divina, tanto en la creación material como en el espíritu del hombre, manifestando todos los atributos de una «personalidad». Su Nombre se halla unido con el Padre y el Hijo en la fórmula bautismal (Mt. 28:19) y en la bendición de 2.a Corintios 13:14.

II. Los nombres del Espíritu Santo

Mucha de la doctrina referente al Espíritu Santo se puede deducir de los nombres que le designan las Escrituras. Podemos notar los siguientes: el Espíritu Santo (Lc. 11:13); el Parakleto: Abogado y Consolador (Jn. 14:16 y 26); el Espíritu de Cristo (Ro. 8:9); el Espíritu de Dios (Ro. 8:14); el Espíritu de Dios viviente (2 Co. 3:3); el Espíritu del Hijo (Gá. 4:6); el Espíritu del Señor (2 Co. 3:17); el Espíritu Santo de la promesa (Ef. 1:13); el Espíritu eterno (He. 9:14); el Espíritu de gloria (1 P. 4:14); el Espíritu de gracia (He. 10:29); y el Espíritu de verdad (Jn. 15:26).

III. El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento

El Espíritu Santo aparece como agente divino en la creación: «… y el Espíritu de Dios se movía sobre [incubaba] la faz de las aguas» (Gn. 1:2); es decir, que él daba energía, vida y calor a todo lo creado; también es el agente divino en la renovación de la naturaleza (Sal. 104:30), en la vida humana (Job 33:4), en la transformación moral del hombre (Zac. 12:10), en la resurrección histórica del pueblo de Israel (Ez. 37:9), y en su avance espiritual (Jl. 2:28 y 29). El pasaje que lo representa más aproximadamente como una persona es Isaías 63:10: «Contristaron su Espíritu Santo» (Versión Moderna). Los hombres que se formaron bajo la antigua alianza experimentaron en ocasiones una fuerza física y un valor superiores a los que podían esperar de sí mismos (Sansón, Jue. 14:6); o una capacidad mental y habilidad artística acrecentadas extraordinariamente (Bezaleel, Ex. 31:1–3). La explicación de todo ello es que el Espíritu de Jehová «cayó» sobre ellos, «se invistió» en ellos, los «llenó»; en fin, obró poderosamente a su favor. Aún más característica es una visión extraordinaria que interpreta la realidad pasada y predice los sucesos futuros, o sea, la inspiración profética (1 P. 1:10–12). El falso profeta Sedequías dijo a Miqueas: «¿Por dónde pasó el Espíritu de Jehová de mí, para hablar contigo?» (1 Ro. 22:24, Versión Moderna).
El punto de enlace con el Nuevo Testamento es el futuro Mesías altamente dotado con el Espíritu de Dios (Is. 11:2; 42:1; 61:1).

IV. La personalidad del Espíritu Santo

A. El Espíritu Santo es una persona, no una mera influencia, emanación o manifestación. En las palabras del Señor Jesús a los apóstoles en el cenáculo atribuye al Espíritu Santo acciones propias de una persona: «Yo rogaré al Padre—dice—, y os dará otro consolador (o Abogado) … Mas el Consolador, el Espíritu Santo …, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn. 14:16 y 26). «Cuando venga el Consolador …, él dará testimonio de mí» (Jn. 15:26). «Y cuando él venga convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio …, pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir» (Jn. 16:7–15).
Además, podemos notar que el Señor habla del pecado contra el Espíritu Santo (Mt. 12:31). Como una persona divina que es, se le puede «contristar» (Ef. 4:30), «resistir» y «hacerle afrenta» ( Hch. 7:51; He. 10:29). El Espíritu Santo habla a los siervos de Dios dándoles indicaciones ( Hch. 8:29; 10:19 y 20); especifica el servicio de los santos ( Hch. 13:2–4); prohíbe ( Hch. 16:6 y 7); intercede (Ro. 8:26 y 27) y ama (Ro. 15:30).
B. El Espíritu Santo es Dios. Esta verdad queda probada por los muchos pasajes de las Escrituras en los que se identifica al Espíritu Santo con la divinidad. Por ejemplo: El profeta Isaías (6:8 y 9) dice que oyó la voz del Señor, y el escritor inspirado Lucas, haciendo historia de Pablo en un momento cuando éste se refirió a aquel pasaje de Isaías, escribe: «Bien habló el Espíritu Santo por el profeta Isaías …» (Hch. 28:25 y 26). Así, pues, el Ser que habló era Dios el Espíritu Santo (cp. Con Jer. 31:31–34 y He. 10:15). Otro caso muy notable es el pecado cometido por el matrimonio Ananías y Safira, que motivó las siguientes palabras del apóstol pedro: «¿Por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo …? No has mentido a los hombres, sino a Dios» (Hch. 5:3, 4 y 9). La afirmación es clara: mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios. Las Escrituras atribuyen constantemente al Espíritu Santo los atributos de Dios, como omnipotencia, omnisciencia, ominipresencia y también su perfección suma: la santidad (Lc. 4:14; Ef. 3:16; Sal. 139:7–12; Job 26:13; 33:4; 1 Co. 2:9–12; 6:11: 12:8–11; He. 9:14; Ro. 1:4; 8:11; 2 P. 1:21; Hch. 1:16; 20:28; Lc. 12:12; Ap. 2 y 3).

V. La obra del Espíritu Santo

A. En relación con la creación material. Su primera manifestación en el mundo se describe en Génesis 1:2: «El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas»; y Job exclama: «Por su Espíritu adornó los cielos» (Job 26:13).
B. En relación con la humanidad. La formación del hombre en Génesis 2:7 se describe así: «Entonces Jehová formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida». Las palabras en cursiva señalan la parte espiritual del hombre, el cual fue formado por el Espíritu Santo: «El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida» (Job 33:4 co