Dios es uno. La verdad

Recursos Bíblicos Para Crecer

Dios es uno. La verdad

Dios es uno. la verdad

Solamente un Dios

—¿Cuántos dioses hay?
—Uno —respondió el niño.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque solo hay espacio para uno, pues Él llena el Cielo y la Tierra.
No hay verdad en las Escrituras que se enseñe con más claridad que esta. No hay sino un solo Dios que realmente exista.
Si esto no fuera así, tendríamos que suponer que hay más dioses que uno solo: algo que la Escritura niega constantemente. No hay otros dioses en absoluto. La Humanidad en general no cree esto, y ha habido y hay innumerables dioses falsos. Pero ninguno de ellos es un verdadero dios. Ningunos de ellos es el Dios viviente.
Es cierto que la palabra “dios” se emplea con referencia a los ángeles (Salmo 97:7). Esto es porque son criaturas espirituales de alto rango y excelencia. El título se utiliza también acerca de gobernantes y jueces (Salmo 82:1, 6), a causa de su autoridad sobre otros. A Satanás, el diablo, se le llama “el dios de este mundo” (2 Corintios 4:4) a causa del dominio sobre los malos que injustamente ha conseguido. Pero todos estos son usos figurativos de la palabra “dios”. La Escritura insiste en que no hay sino un solo Dios verdadero, un Dios viviente.
Tal es así que, desde sus primeros años, un niño judío aprendía a recitar las palabras de Deuteronomio 6:4: “Oye, Israel: Jehová tu Dios, Jehová uno es”. Esta era la creencia más básica de la fe judía, teniendo como base el Antiguo Testamento. Era una creencia de la que no se podía mover a ningún judío. Ellos sabían que “Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él” (Deuteronomio 4:35).
Los judíos recordarían el tiempo cuando fue dedicado el glorioso templo de Salomón. Después de orar vehemente y largamente a Dios, el rey se volvió al pueblo y expresó su más sentido deseo: “Esté con nosotros Jehová nuestro Dios, como estuvo con nuestros padres, y no nos desampare ni nos deje […] a fin de que todos los pueblos de la tierra sepan que Jehová es Dios, y que no hay otro” (1 Reyes 8:57, 60). Esto expresaba perfectamente lo que todo judío sentía. Ellos habían de ser testigos ante un mundo ignorante de que no hay otro Dios sino el Señor.
Recordarían los días del gran profeta Isaías, y las palabras que Dios le habló: “Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios” (Isaías 44:6). El Dios que habló estas palabras se anunció a sí mismo como el Rey de Israel. Los judíos consideraban como su gran misión sostener la verdad de que no hay otro Dios sino Jehová. ¡Cómo amaban leer: “Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí […]; yo Jehová, y ninguno más que yo”! (Isaías 45:5, 6).
A Jesús mismo lo criaron en el conocimiento y el amor de las Escrituras del Antiguo Testamento, y consistentemente sostuvo la verdad de las mismas. La confesión de la singularidad de Dios fue algo que expresó sin reservas con sus labios (Marcos 12:29–32), y que también sus Apóstoles enseñaron muy claramente (1 Corintios 8:4–6; Efesios 4:6; Santiago 2:19). Se trata de la declaración expresa de toda la Escritura.

Dios es uno

El Antiguo Testamento se escribió en hebreo, y cuando los judíos recitaban Deuteronomio 6:4, lo hacían en ese idioma, como aún lo hacen en la actualidad. Lamentablemente, en nuestro idioma no se puede traducir exactamente en una frase lo que Deuteronomio 6:4 significa. Significa más que: “El Señor nuestro Dios es un Señor”. También puede traducirse: “El Señor nuestro Dios, el Señor es uno”. Él no es simplemente el Único. El que es Único, es uno.
¿Qué estamos procurando decir aquí? “Dios es uno en la esencia de su ser o en la constitución de su naturaleza”, escribe Louis Berkhof. ¿Pero qué significa eso? Significa que en Dios no puede haber división o separación. ¡No se puede tener una colección de piezas que sean menos que Dios, juntarlas y tener a Dios! Él no es como un rompecabezas. Ni tampoco como un cuerpo humano, formado por muchos órganos. No se pueden sumar la eternidad y la inmutabilidad, y la omnipotencia, y la santidad, y formar a Dios. Él no está formado por partes. Es indivisible. Es uno. Todo en Él es eterno. Todo en Él es inmutable. Todo en Él es todopoderoso. Todo en Él es santo. No se puede, por ejemplo, quitarle la santidad, y dejar atrás la mayor parte de Dios. Si se le pudiera quitar su santidad. Dios se destruiría, porque todo lo que Él es, es santo.
Esto es lo que los teólogos quieren decir cuando hablan acerca de Dios como “una esencia indivisible”. La palabra “esencia” o “ser” puede casi intercambiarse con la palabra “sustancia”. Esto no significa que Dios esté hecho de algo. Más adelante hablaremos del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo como siendo de “la misma sustancia”. Esto no querrá decir que estén compuestos del mismo “material”: daremos a entender que si bien son distintos, son uno y el mismo Dios. Todo lo que Dios es, el Padre lo es. Todo lo que Dios es, el Hijo también lo es. Todo lo que Dios es, el Espíritu Santo lo es. Cada uno es todo aquello que Dios es. Cada uno es Dios en el mismo sentido: de la misma esencia, ser o sustancia. Sin embargo, Dios es indivisible.
Expresémoslo de otra forma para subrayar lo que estamos diciendo. El Padre es Jehová, el Hijo es Jehová, el Espíritu Santo es Jehová. Pero nunca debemos pensar que hay tres Jehovás. Es aquí donde reside el misterio, y nos estamos adelantando a nosotros mismos. Por el momento deberemos contentamos con saber que hay un solo Jehová, y que el Jehová que es, es uno.

Hay más de uno que es Dios

Sin embargo, aun aquí debe mencionarse que desde los tiempos más primitivos ha estado claro que hay más de uno que es Jehová. Nota lo que estamos diciendo: no hay más que un Dios —acabamos de ver esto—; no obstante., hay más de uno que es Dios. Hay un solo Dios; sin embargo, hay una pluralidad de personas en la esencia divina.
Esto se ve en las primeras páginas de nuestra Biblia. “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza […]. Y creó Dios al hombre a su imagen” (Génesis 1:26–27). Las palabras que he puesto en cursiva muestran que Dios, que es uno, habla como más de uno. Los versículos subrayan tanto la unidad como la pluralidad de Dios. Dos o tres páginas más adelante leemos: “Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros […]” (Génesis 3:22); y en el capítulo 11, versículos 5 al 7 leemos: “Y descendió Jehová […]. Y dijo Jehová […]: Ahora, pues, descendamos […]”. Solamente hay un Dios en todos estos pasajes, y sin embargo, ¡Él habla en plural! Hay más de uno que es Dios. Así fue que siglos más tarde Isaías oyó a Jehová decir: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” (Isaías 6:8).
Igualmente extraordinarios son aquellos pasajes del Antiguo Testamento que se refieren al “ángel de Jehová”. Está bien claro que esta persona es Dios mismo y, a la vez, que debe distinguirse de Dios. La palabra “ángel” significa “mensajero” o “enviado”, y la frase “el ángel de Jehová”, por tanto, significa “el enviado de Jehová”. Génesis 16, versículos 7 al 13, cuenta cómo “el ángel de Jehová” le ordenó a Agar, que había huido de Abram y Sarai, que regresara. Luego se ve claramente que era el Señor mismo el que hablaba con ella, y ella llamó al lugar donde lo encontró: “Tú eres Dios que me ve”. ¡El enviado por Dios era Dios mismo!
Abraham mismo tuvo una visita del Ángel de Jehová, algún tiempo después, en el encinar de Mamre (Génesis 18). El visitante apareció como un hombre (versículo 2), pero queda claramente expresado que era Dios mismo (versículos 1, 13, 14). Abraham reconoció esto y oró a Él (versículos 23–33).
Esta no fue la última vez que Abraham se encontró con el Ángel de Jehová. No fue otro sino el Ángel quien le impidió matar a su hijo Isaac (Génesis 22:11–15). Abraham llamó el nombre del lugar “Jehová proveerá” (versículo 14), pues una vez más reconoció claramente la identidad del Visitante celestial. El Ángel le dio una promesa que empezaba diciendo: “Por mí mismo he jurado, dice Jehová […]” (versículo 16). ¡Aquel que Jehová envió era Jehová!
Hay muchas referencias al Ángel en el Antiguo Testamento, y en cada ocasión se observa claramente que el mensajero de Dios es Dios. Es “el Ángel de Jehová” el que habla a Moisés desde la zarza ardiente y le dice: “Yo soy el Dios de tu padre […]” (Éxodo 3:6), y a continuación le revela su nombre como “YO SOY EL QUE SOY” (versículo 14). Ese Ángel es el Dios que guió a Jacob y lo redimió (Génesis 48:15, 16), y es el Señor mismo quien va delante de los israelitas al huir estos de Egipto (Éxodo 13:21; 14:19). Es el Ángel de Jehová quien aparece dos veces en el libro de Jueces, y en cada ocasión revela que Él es Dios mismo (Jueces 6:11, 12, 14, 16; 13:3, 9, 22). Así, pues, ¡tenemos a Dios enviado por Dios!
La profecía de Isaías reveló algo parecido. Él le dijo a Israel que el Señor Dios daría una señal que sería un hijo nacido de una virgen. Su nombre sería Emanuel, que significa: “Dios con nosotros” (Isaías 7:14). Este, a quien Dios enviaría, sería Él mismo “Dios fuerte” (Isaías 9:6). ¿Cómo podría Dios enviar a Dios si no hubiera más de una persona que fuese Dios? Sin embargo, no debemos olvidar los versículos de Isaías que mencionamos antes. El mismo libro insiste en que no hay Dios excepto ese Uno a quien Israel adoraba. Un Dios; y, no obstante, más de uno que es Dios.
De modo que el Antiguo Testamento nos habla de Dios ungiendo a Dios (Salmo 45:6–7); del Señor Dios y de su Espíritu enviando a Uno que es Dios mismo (Isaías 48:16, 17); y de Jehová levantando un Rey prometido que será Jehová (Jeremías 23:5, 6). Una y otra vez nos encontramos frente a la misteriosa verdad de que Dios es más de uno.
No estamos diciendo que la doctrina de la Trinidad estuviera completamente revelada en el Antiguo Testamento; pero tampoco que estaba totalmente ausente. El creyente del Antiguo Testamento sabía que había una pluralidad en la Divinidad. En verdad, tenía alguna velada indicación de que el Dios que es uno, es también tres. Cuando el sacerdote bendecía a los israelitas, y ponía el nombre de Dios sobre ellos, ¿no utilizaba siempre el nombre de Jehová tres veces? (Números 6:22–27). ¿No había oído Isaías a los serafines reconocer al Señor como tres veces santo? (Isaías 6:3). Todo esto era una preparación para la verdad que el Nuevo Testamento iba a revelar completamente. El Dios que poco a poco se fue revelando a sí mismo en los días del Antiguo Testamento, finalmente envió a su Hijo al mundo y, más adelante, hizo su morada en los corazones de los creyentes por su Espíritu Santo. La doctrina de la Trinidad no se reveló como una serie de frases y proposiciones: fue la obra salvífica de Dios la que finalmente la aclaró. El creyente cristiano puede leer el Antiguo Testamento y entenderlo mucho más fácilmente que los lectores originales. Los pasajes que hablan de Dios como uno y, sin embargo, como más de uno, tienen sentido para él. No tropieza en los versículos que hablan tanto de la unidad como de la pluralidad de Dios. No le sorprende leer que Dios tenga un coloquio consigo mismo, o contemplar las promesas de que Dios enviaría a Dios al mundo. Aún no puede comprender cómo Dios puede ser Uno-en-Tres y Tres-en-Uno. No obstante, sabe que es así. El creyente del Antiguo Testamento tenía muchas indicaciones, pero nunca vio la verdad así de clara. Lo que era oscuridad para él, es luz meridiana para nosotros.

El Padre es Dios

Estamos comenzando el capítulo 3 y, sin embargo, debo ya mencionar algo acerca del capítulo 4. En el capítulo 4 veremos que el Señor Jesucristo es Dios. No obstante, cuando Él enseñó a sus discípulos a orar a Dios, no les invitó a que le oraran a Él. Lo que dijo fue: “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro […]” (Mateo 6:9). La oración a Dios no ha de ser dirigida al Señor Jesucristo, sino a Uno que es distinto de Él: ¡el Padre! Hay Uno que es Dios, que no es el Señor Jesucristo, y que lleva el nombre de “Padre”. Pero antes de continuar, debemos notar que las Escrituras no siempre utilizan el nombre “Padre” de la misma manera.

El Padre de todos

A veces, por ejemplo, “Padre” no se refiere a Uno que es distinto del Hijo y del Espíritu Santo —una persona específica en la Trinidad—, sino a la Divinidad misma.
Daremos algunos ejemplos de esto. Cuando Pablo escribe a los cristianos en Corinto, les recuerda que los ídolos que tienen alrededor no son dioses en absoluto. Esto no es lo que sus adoradores piensan, pero es la verdad. Los ídolos no representan deidades que tengan una existencia real. Solamente hay un Dios que tiene existencia real, y es Aquel que los cristianos adoran. Así, pues, escribe: “Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre” (1 Corintios 8:6). Aquí la palabra “Padre” equivale a las palabras “un Dios”. Pablo está diciendo que no hay sino un Dios, y no está pensando en las personas de la Divinidad en absoluto. Es en este sentido en el que utiliza la palabra “Padre”, al igual que en Efesios 4:6, donde escribe acerca de “un Dios y Padre de todos”.
El autor de la carta a los Hebreos hace algo parecido en el capítulo 12, versículo 9. Allí explica que Dios trata a los creyentes cristianos como sus hijos: al igual que un padre castiga solamente a sus hijos, así Dios permite experiencias desagradables en las vidas de los creyentes, con el objeto de desarrollar sus caracteres. Estas experiencias no son algo que debamos lamentar, sino aceptar. No deberían disminuir nuestro respeto hacia Dios sino aumentarlo. “Tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban —explica—, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?”. Una vez más, el título de “Padre” se utiliza con respecto a Dios, pero no como una persona específica en la Divinidad. Así es exactamente como Santiago la utiliza cuando escribe: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces […]” (Santiago 1:17).

El Padre de Israel

El nombre de “Padre” se utiliza también para expresar que el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento tenía a Dios como su Gobernante y Cabeza. “Jehová […]. ¿No es él tu padre que te creó?” (Deuteronomio 32:6). “Padre” se utiliza aquí simplemente como una palabra alternativa para Dios, sin ninguna idea de distinción de personas en la Divinidad. Así, también oró Isaías: “Tú, oh Jehová, eres nuestro padre; nuestro Redentor […]. Ahora, pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros” (Isaías 63:16; 64:8).
No todos los miembros del Israel del Antiguo Testamento tenían tal confianza en Dios. Es así que en los días de Jeremías, Dios les dice a través del profeta: “A lo menos desde ahora, ¿no me llamarás a mí, Padre mío, guiador de mi juventud?” (Jeremías 3:4). En tiempos posteriores, todo israelita hablaba de Dios como el Padre de la nación. Pero no reconocían esto necesariamente en la práctica. A Dios no se le daba la debida honra, y los israelitas individualmente no se trataban unos a otros como hermanos. Esta vez la reprensión fue: “Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? […]. ¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos portamos deslealmente el uno contra el otro […]?” (Malaquías 1:6; 2:10).

El Padre de los creyentes

Así, pues, en la época en que el Señor Jesucristo vino, los judíos acostumbraban utilizar el nombre de “Padre” como un sustituto para la palabra “Dios”. Enseñaban que ellos, y solamente ellos, tenían una relación con Dios como de hijos con su padre. Esta fue una idea que Cristo y sus Apóstoles tuvieron que corregir. Todos los hombres no son ciertamente hijos de Dios, pero tampoco lo son todos los judíos: este es un privilegio que pertenece exclusivamente a aquellos que se arrepienten y creen el Evangelio. Solamente ellos gozan de intimidad con Dios, y el consuelo de su tierno cuidado. Tales personas, y no los judíos, son el verdadero Israel que Dios reconoce. Solamente a ellos les corresponde, por tanto, dirigirse a Dios como “Padre”.
Fue solamente a sus discípulos a quienes Jesús habló de “vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:45). Fue solamente a ellos a los que habló de “tu Padre […], vuestro Padre […], vuestro Padre celestial” (Mateo 6:6, 8, 14). “Somos hijos de Dios” (Romanos 8:16) se escribió solamente con respecto a aquellos que están en buena relación con Dios por medio de la fe en el Señor Jesucristo. Ser adoptados en la familia de Dios, y tenerle a Él como Padre, es el mayor privilegio de estos, y les pertenece solamente a ellos. Ningún otro lo puede compartir. Ellos, y solamente ellos, pueden regocijarse jubilosamente, diciendo: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1).

El Padre del Señor Jesucristo

El Señor Jesucristo es Dios, como veremos dentro de poco. Pero si bien los cristianos tienen a Dios como Padre, ese Padre no es el Señor Jesucristo. Dios el Padre es Alguien distinto de Él. El Padre de los creyentes es también el Padre de Cristo, aunque en un sentido diferente. Los creyentes cristianos son sus hijos adoptivos, mientras que Cristo es su Hijo eterno. ¿Por qué dijo Jesús a María: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre”? (Juan 20:17). ¿Por qué no dijo: “Subo a nuestro Padre”? Sus palabras nos muestran que Dios es el Padre de ambos, pero las palabras están expresadas de tal manera que subrayen que Dios es Padre para Cristo de una forma que no lo es para nosotros.
Es en el Evangelio de Juan donde vemos con la máxima claridad que, si bien el Padre es Dios y el Señor Jesucristo es Dios, no obstante, hay distinción entre ambos. Dentro del ser de Dios, Uno es el Padre del Otro, y Uno es el Hijo del Otro. Casi al principio del Evangelio, leemos: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). Esto nos dice que el Verbo —que es el Señor Jesucristo— se distingue claramente de Dios el Padre. Uno se hizo carne, y el Otro no. Y sin embargo, la gloria de Cristo es la gloria del Padre, por lo que es evidente que deben ser Dios en el mismo sentido. Cristo es la expresión perfecta del Padre; que es lo que Juan quería decir cuando le describió como “el Verbo”.
Casi inmediatamente después leemos: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). ¡Pero sabemos por el capítulo anterior que hay algunas personas que han visto a Dios! Lo que el versículo debe significar es que nadie ha visto a Dios el Padre. Siempre que las personas han visto a Dios, es al Señor Jesucristo, el Hijo, a quien han visto. Ese era “el Ángel del Señor”. Al Hijo se le distingue del Padre, y por esta razón se lo describe como “en el seno del Padre”. Sin embargo, verle a Él es ver a Dios, porque Él expresa y declara a Dios perfectamente. Ambos son Dios, pero el Uno no es el Otro. No obstante, no hay sino un Dios viviente y verdadero. No debemos pensar que hayamos sido privados de algo por no haber visto al Padre. Jesús anuncia ante el mundo: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30); “El que me ve, ve al que me envió” (Juan 12:45); “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?” (Juan 14:9).
Cuando Jesús habló en términos tan íntimos acerca de Dios el Padre, los judíos procuraron matarle (Juan 5:17–31). Ninguno disputaba el hecho de que el Padre era Dios. Esto nunca se había puesto en duda; pero el lenguaje de Jesús implicaba claramente que Él se consideraba igual al Padre: igual a Dios. Ellos sabían que solamente había un Dios, y que el Padre era ese Dios. A pesar de los indicios en el Antiguo Testamento que hemos examinado, no podían concebir que más de uno fuese Dios. La mera idea de una pluralidad en la Divinidad era algo que les resultaba inaceptable. Comprendían que Jesús reivindicaba ser igual a Dios, y esto significaba para ellos que Él afirmaba ser un Dios adicional. Para ellos esto era una blasfemia, lo cual explica por qué quisieron matarle. Se aferraban tan ferozmente a la deidad del Padre que no podían concebir la deidad del Otro (Juan 8:53–59). Estaban equivocados acerca de lo segundo, como vamos a ver, pero no estaban equivocados acerca de lo primero. El Padre es Dios.

El Señor Jesucristo, el Hijo, es Dios

Las Escrituras contienen abundante evidencia de que Jesucristo es Dios. Esta es una verdad que nadie tiene por qué dudar.

Preexistencia

De todos los hombres y mujeres que han caminado por esta Tierra, solamente de Jesucristo puede decirse que su vida no comenzó cuando nació. Él existía antes de eso. Él era en el principio, y todas las cosas fueron hechas por Él (Juan 1:1–3; Colosenses 1:15–18). Era rico antes de hacerse pobre (2 Corintios 8:9). “Salí del Padre —dijo—, y he venido al mundo” (Juan 16:28). Se describió a sí mismo como “el que descendió del cielo” (Juan 3:13), y preguntó a sus oyentes qué pensarían si le vieran “subir adonde estaba primero” (Juan 6:62).
Está claro que Él quiso que entendiéramos que es Dios, que ha venido a nosotros como Hombre. ¿Qué otra cosa podía haber dado a entender cuando oró en presencia de sus discípulos: “Ahora, pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”? (Juan 17:5). Los judíos entendieron bien sus reivindicaciones en cuanto a ser Dios, ya que tomaron piedras para apedrearlo cuando le oyeron decir: “Antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58). Si Él hubiera dicho: “Antes que Abraham fuese, yo era”, no hubiera estado mal. Podrían haber sido caritativos y tildarle de maniático. Pero no dijo eso. Dijo: “Yo soy”. Se atribuía, pues, una existencia continuamente actual desde antes del tiempo de Abraham hasta aquel momento. ¿Y no se había descrito Dios a sí mismo como “YO SOY”? ¿Qué otra cosa estaría haciendo Jesús, sino reivindicar para sí la deidad? Los judíos no aceptaron dicha demanda, sino que la consideraron como una blasfemia: y tomaron piedras…

Nombres y títulos

Antes que Jesús comenzara su ministerio público, había tenido lugar la predicación de Juan el Bautista. Este anunció que había venido en cumplimiento de la profecía de Isaías 40:3: “Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a vuestro Dios”.
En el oriente era frecuente que un precursor fuese delante de cada persona importante. Su trabajo consistía en alisar la carretera ¡para que el dignatario que le seguía no encontrara demasiados baches en su camino! Juan el Bautista aclaró que aquel que le seguía era el mismo Jehová. Era Dios (Juan 1:23). Subrayó esto diciendo: “El que viene después de mí tiene más rango que yo, porque existía antes que yo” (Juan 1:15, traducción del autor). Cuando finalmente Jesús vino al Jordán, Juan le identificó positivamente como aquel de quien él había hablado (Juan 1:29, 30). ¡Jesús es el prometido Jehová! ¡Jesús es Dios! Sin embargo, los títulos que Juan le dio al Prometido fueron: “Cordero de Dios” e “Hijo de Dios” (Juan 1:29, 34). El Hijo de Dios es Dios. Pero el Hijo no es el Padre, pues al bautizar Juan a Jesús, resonó una voz desde el cielo, declarando: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lucas 3:22).
Bien entendieron los judíos que el título: “Hijo de Dios” era para Uno que fuese plenamente Dios. Cuando juzgaron a Jesús la noche antes de su crucifixión, el sumo sacerdote le preguntó bajo juramento: “Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios” (Mateo 26:63). Jesús admitió que esto era cierto. Mateo nos dice lo que sigue: “Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia” (Mateo 26:65). Estaba convencido de que Jesús había blasfemado, porque entendía perfectamente que el título “Hijo de Dios” es divino. Por supuesto, aquello no era una blasfemia sino la verdad. El sumo sacerdote y el concilio de los judíos no le creyeron.
¡Pero los discípulos sí! La gloriosa verdad de la identidad real de Cristo había penetrado en sus mentes un año o dos antes. Hablando por todos, Pedro le había dicho a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16); “Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:68, 69). De la misma manera, cuando Pablo se convirtió en creyente cristiano, “en seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios” (Hechos 9:20). Él se regocijaba al recordar que Jesús era el “propio Hijo” de Dios (Romanos 8:3).
Lo mismo ocurría con Juan. Nos dice que la gloria que vio en la vida de Jesús fue la gloria del Hijo único del Padre (Juan 1:14), y que Él estaba con el Padre en el principio (1 Juan 1:1, 2). Él es “el Verbo” que estaba “en el principio con Dios” (Juan 1:1, 2). No solo estaba con Dios, sino que “el Verbo era Dios” (Juan 1:1). Juan es dogmático al extremo en cuanto a la deidad de Cristo. La gloria de Jehová que Isaías presenció unos 700 años a. C. no era otra sino la gloria de Cristo (Isaías 6; Juan 12:39, 41). El propósito mismo de Juan al escribir su Evangelio era persuadimos de que “Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios” (Juan 20:31).
El Hijo de Dios es Dios mismo. La Palabra “Señor”, que con tanta frecuencia se le aplica, también sirve para aclarar esto. Cuando llegó a traducirse el Antiguo Testamento al griego, kyrios fue la palabra que se utilizó para traducir “Jehová”. El Nuevo Testamento se escribió en griego, y en él se utiliza la misma palabra kyrios, que se traduce “Señor” en nuestras versiones castellanas. ¡La palabra utilizada para Jehová es la palabra utilizada para el Señor Jesucristo! Esto no nos sorprende: Jesús es Dios. El autor de la Epístola a los Hebreos refiere las palabras “Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo”, al Señor Jesucristo (Salmo 45:6, 7; Hebreos 1:8). Esta no es sino una de las muchas ocasiones en que los escritores del Nuevo Testamento aplican a Cristo pasajes del Antiguo Testamento que se refieren a Jehová. Observando los siguientes pasajes podemos ver claramente que es propio hablar de Cristo como “Dios”: Números 21:5, 6 y 1 Corintios 10:9; “Dios mío […] tú eres el mismo, y tus años no se acabarán” (Salmo 102:24–27; Hebreos 1:10–12); “Al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:1–10; Juan 12:39–41); “A Jehová de los ejércitos, a él santificad” (Isaías 8:13, 14; Romanos 9:33); “Dios fuerte” (Isaías 9:1–6; Mateo 4:14–16); y “el Señor” (Malaquías 3:1; Mateo 11:10).
De la misma manera, Pablo no se avergüenza de llamarle “Dios sobre todas las cosas” (Romanos 9:5); y “nuestro gran Dios y Salvador” (Tito 2:13). Él asevera su deidad en frases tales como “la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 1:12). La Iglesia, nos dice, fue ganada por Dios “por su propia sangre” (Hechos 20:28). Llega hasta a declarar que todo lo que hay en Dios habita corporalmente en el Señor Jesucristo. Esta es la fuerza plena de las palabras griegas de Colosenses 2:9, donde dice: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”. Cualesquiera dudas que se abriguen hoy día acerca de Jesucristo, ¡no cabe duda de lo que creyeron y enseñaron los Apóstoles acerca de quién era Él! El Hijo no es el Padre, pero el Hijo es Dios. Y Él es Dios en el mismo sentido que lo es el Padre.
Un hombre que razonaba en contra de la deidad de Cristo, dijo una vez:
—Si fuera cierta, se habría afirmado en los términos más claros posibles.
Y su amigo respondió:
—Si creyeses esta verdad y la estuvieras enseñando, ¿qué palabras escogerías para expresarla?
—Yo diría que Jesucristo es el verdadero Dios —respondió el objetor. A lo que replicó su amigo:
—Pues has citado precisamente las palabras mismas de la Escritura. Juan, hablando del Hijo, dice: “Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20).

Atributos

Viendo que a Jesús realmente se le llama Dios, no nos sorprende que las características que pertenecen a Dios se le atribuyan a Él. Por ejemplo, en Isaías 44:6 leemos que Jehová dice: “Yo soy el primero, y yo soy el postrero”. Sin embargo, en Apocalipsis, Jesús dice: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último” (Apocalipsis 22:13). Jehová es eterno; Jesús es eterno. Es evidente, entonces, que Jesús es Jehová: Él es Dios.
De la misma manera, sabemos que Dios es inmutable (Malaquías 3:6); y, sin embargo, el creyente encuentra consuelo en saber que el Hijo de Dios, Jesucristo, “es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). Dios está presente en todas partes, pero al ir nosotros a todo el mundo a divulgar el Evangelio, nos animan las palabras de Cristo: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Su presencia en todas partes también se manifiesta en su promesa acerca de donde dos o tres están congregados en su nombre (Mateo 18:20). Dios es todopoderoso, pero Jesucristo “puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3:21). Dios es omnisciente, pero esto también es evidentemente verdad acerca de Cristo. Él puede leer los corazones de la gente (Juan 2:24, 25). Desde el principio, Él sabía exactamente quién le traicionaría (Juan 6:70, 71; 13:10, 11). Predijo los detalles de su propia muerte y resurrección (Mateo 16:21), y la negación y restauración de Pedro (Lucas 22:31–34). Sabe lo que ocurre en las iglesias (Apocalipsis 2:2). Pero nadie puede conocer plenamente el misterio de su propia persona: “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre” (Mateo 11:27).
“¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?”. Pero Jesús dijo con autoridad al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Marcos 2:7, 5); y se nos exhorta: “De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3:13). ¿Quién sino Dios es santo? Pedro, sin embargo, sabiendo esto perfectamente bien, no tuvo inconveniente en aplicar el Salmo 16 a Cristo, y llamarle el “Santo” (Hechos 2:27). Podría añadir muchos otros argumentos del mismo tenor. En Isaías 45:23 Jehová asegura: “Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua”. El Nuevo Testamento asegura que Dios hará “que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla […] y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor […]” (Filipenses 2:10, 11). Una y otra vez vemos que lo que es verdad de Jehová solamente, es cierto de Jesús. ¡Jesús es Jehová! Lo que solamente puede decirse de Dios, se dice de Cristo. ¡Cristo es Dios! No tenemos por qué dudar más.

Obras divinas

¿Quién creó el mundo? Y, sin embargo, se dice de Jesús: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho […]; el mundo por él fue hecho […]”; “En él fueron creadas todas las cosas […], todo fue creado por medio de él y para él” (Juan 1:3, 10; Colosenses 1:16, 17).
¿Quién sustenta el universo y lo gobierna? Y, sin embargo, se dice de Jesús: “Todas las cosas en él subsisten”. Él “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder”. Él pudo anunciar a sus discípulos: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Colosenses 1:17; Hebreos 1:3; Mateo 28:18).
¿Quién, sino Dios, levantará a los muertos y juzgará al mundo? Sin embargo, leemos acerca de Jesús que “todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5:28, 29); “Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo” (2 Corintios 5:10). El Señor Jesucristo afirmó esto de la forma más vívida en su parábola de las ovejas y los cabritos. Los pastores orientales tienen ambos animales en sus rebaños, pero llega el momento cuando tienen que separarlos. Él anunció que vendría en su gloria, y reuniría a todas las naciones delante de sí: “Y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos” (Mateo 25:32). ¿Quién sino Dios podría hacer esto?
¿Quién, sino Dios, puede dar vida eterna? Pero Jesús dijo acerca de su pueblo: “Yo les doy vida eterna” (Juan 10:28). ¿Quién, sino Dios, puede enviar el Espíritu Santo? Pero Jesús prometió: “Os lo enviaré” (Juan 16:7). ¿Quién, sino Dios, puede santificar a su pueblo? Pero Pablo escribió: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25, 26). Hay cosas que solo Dios puede hacer; pero el Señor Jesucristo también hace estas cosas. Él tiene que ser Dios.
Las palabras y acciones de Jesús en esta Tierra nos llevan a la misma conclusión. A lo largo del Antiguo Testamento leemos que los profetas pre sentaron sus mensajes diciendo: “Así dice Jehová”. Cuando vino Jesús, su enseñanza también tuvo una autoridad única. Hizo tambalearse a aquellos que le oyeron (Mateo 7:28–29; Juan 7:32, 45–46). Estaban acostumbrados a la enseñanza de los escribas judíos, que se pasaban la mayor parte del tiempo citando autores eruditos. Jesús no hablaba como ellos; pero tampoco hablaba como los profetas. Él hablaba con su propia autoridad, diciendo: “Yo os digo” (Mateo 5:18, 20, 22, etc.). En esas circunstancias esto era claramente una reivindicación la deidad: Él hablaba como Dios.
De la misma manera hablaba a los demonios, y estos salían (Marcos 1:21–27). Bastaba solo con su palabra. ¡Qué diferente de las elaboradas ceremonias de los exorcistas judíos! Él hablaba a los vientos y a las olas, y le obedecían (Marcos 4:41). Hablaba a los ciegos, y estos podían ver; a los sordos, y podían oír (Mateo 9:27–32; Marcos 7:34, 35). A su palabra los paralíticos andaban, los enfermos eran sanados y los muertos resucitados (Juan 5:8, 9; Lucas 17:11–19; Marcos 5:41, 42). Él hablaba como Dios, y los que presenciaban sus milagros se sentían en la presencia de Dios (Lucas 5:25, 26; 7:16; 9:43). Sus milagros revelan su identidad, pues como escribió Juan hacia el final de su Evangelio: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:30, 31).

Adoración divina

Si Jesús es Dios, entonces no puede ser un error adorarle. Las Escrituras enseñan no solo que es posible adorar a Cristo, sino que se le debe adorar. Es al Señor Jesucristo a quien se refiere este mandato: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (Hebreos 1:6). Y estos lo hacen. Incontables miríadas de seres están a su alrededor en el Cielo, diciendo “a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (Apocalipsis 5:12). A ellos se une su pueblo en la Tierra, que exclama: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Apocalipsis 1:5–6).
Se conoce a los cristianos como aquellos que “invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:2), porque le ofrecen a Cristo su adoración. Hacen esto porque Dios quiere que “todos honren al Hijo como honran al Padre” (Juan 5:23). Por eso Esteban oró a Cristo cuando estaba a punto de morir (Hechos 7:59–60). Por eso los conversos han de ser bautizados en el nombre del Hijo, así como del Padre y del Espíritu Santo (Mateo 28:19). Por eso, cuando el apóstol Pablo pronunció una bendición sobre sus lectores, invocó la gracia del Señor Jesucristo, al igual que el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo (2 Corintios 13:14). El Señor Jesucristo es Dios en el mismo sentido que las otras dos personas.
Uno de los incidentes más emotivos en los Evangelios se refiere a “Tomás el incrédulo”. El día en que Nuestro Señor resucitó de los muertos, se pre sentó a sí mismo vivo ante sus asustados discípulos, los cuales se encontraban reunidos con las puertas bien cerradas. Pero Tomás estaba ausente, y no quería creerlos cuando más tarde le dijeron: “Al Señor hemos visto”. Su respuesta fue: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25).
Juan nos habla de lo que ocurrió después: “Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:26–28).
Jesús no rechazó esta asombrosa confesión de los labios de Tomás. No dijo que su adoración era blasfemia, y que solamente había que adorar a Dios. La aceptó totalmente. De hecho, respondió: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29). Jesús dejó bien claro que creer en su deidad es ser creyente. “Señor mío y Dios mío” permanece como la confesión de adoración de los verdaderos creyentes hoy. Él es el objeto de su fe. Es por creer en Él que son salvos (Hechos 16:31). Lo conocen como “nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13).
No se alarman porque aquel a quien adoran de esta manera dijese: “El Padre mayor es que yo” (Juan 14:28). Por el contrario, se maravillan de que quien es eternamente Dios e igual al el Padre se hiciera hombre y soportara tal humillación como para decir semejante cosa. Él era verdaderamente Hombre, y fue como Hombre que dijo esto. Sin embargo, era un Hombre que tenía a Dios como Padre de una forma singular. La razón es que Él era verdaderamente Dios. La Trinidad es el primer gran misterio del ser divino, y este es el segundo. Este es un tema que requeriría todo un libro. Baste con decir que la verdadera humanidad del Señor Jesucristo no menoscaba su verdadera deidad. Lo decimos de nuevo: “En él habita corporalmente toda la plenitud de la deidad” (Colosenses 2:9).
¿Hasta dónde hemos avanzado entonces? Hemos visto que no hay sino un Dios. Hemos visto que el Padre es Dios. Hemos visto que el Señor Jesucristo, el Hijo, es Dios. Vemos claramente que los dos son distintos: el Padre no es el Hijo, y el Hijo no es el Padre. Sabemos con certeza que no hay dos dioses. Pero hay dos que son Dios.
Sin embargo, la palabra “Trinidad” no expresa una duplicidad sino una triplicidad, y viene de la palabra latina trinitas, acuñada por Tertuliano de Cartago a finales del siglo II. Las sencillas afirmaciones de la Biblia estaban siendo pervertidas por los enemigos de la fe cristiana y por los herejes, y era esencial disponer de una palabra que resumiera la gran verdad bíblica de que Dios es Uno-en-Tres y Tres-en-Uno. Teófilo de Antioquía había utilizado la palabra griega trias en este sentido en el año 180 d. C., pero la nueva palabra latina de Tertuliano resultó ser mucho más satisfactoria. “Trinidad” no es, pues, una palabra bíblica, pero se utiliza para describir una verdad que se enseña claramente en la Biblia. La Iglesia cristiana ha utilizado libremente esta palabra desde el año 220 d. C. aproximadamente. Porque no hay solamente dos que sean Dios: el Padre es Dios, el Señor Jesucristo —el Hijo— es Dios; pero también lo es el Espíritu Santo.

Capítulo 5

El Espíritu Santo es Dios

Una persona

Hay muchos que tienen la impresión de que el Espíritu Santo no es una persona. El título “Hijo”, utilizado para referirse al Señor Jesucristo, inmediatamente sugiere personalidad, pero no ocurre así con los términos “Espíritu Santo” y “Espíritu de Dios”. El Hijo de Dios vino a nosotros como hombre, pero el Espíritu Santo nunca ha aparecido de una forma personal tan evidente. Es demasiado fácil pensar en Él como si se tratara de una mera fuerza o influencia que procede de Dios, y hay pasajes en la Escritura que parecen apoyar esta impresión: por ejemplo, aquellos que hablan de Él como viento o aliento, o en términos de poder (Ezequiel 37:1–14 es un buen ejemplo). Pero cuando observamos todo lo que las Escrituras dicen acerca del Espíritu Santo, se hace evidente que Él es verdaderamente una persona, que es Dios en el mismo sentido que lo son el Padre y el Hijo, y que, sin embargo, es distinto de ambos.
Lo vemos actuando como persona. Si echamos un vistazo a Juan, capítulos 14 al 16, veremos que Jesús dice que Él mora (14:17); enseña y recuerda (14:26); testifica (15:26); convence (16:8); guía, oye, habla, muestra y glorifica (16:13, 14). Un mero poder o influencia no puede hacer todas estas cosas. En otros lugares del Nuevo Testamento leemos que Él enseña (Lucas 12:21; 1 Corintios 2:13); testifica (Hechos 5:32); habla (Hechos 8:29; 28:25; Hebreos 3:7); llama al ministerio (Hechos 13:2); envía (Hechos 13:4); prohíbe ciertas acciones (Hechos 16:6, 7); levanta a los muertos (Romanos 8:26); santifica (Romanos 15:16); revela, escudriña, conoce (1 Corintios 2:10, 11); y efectúa muchas otras acciones que solamente una persona puede hacer.
Él no solamente actúa como persona, sino que se le atribuyen las características que constituyen la personalidad. Se dice que tiene inteligencia (Juan 14:26; 15:26; Romanos 8:16); voluntad (1 Corintios 12:11); y sentimientos (Isaías 63:10; Efesios 4:30). ¿Hubiera podido hablar Pablo del “amor del Espíritu” si el Espíritu Santo fuese simplemente una manera de describir una fuerza que es “Dios en acción”? (Romanos 15:30). ¿Podría decirse que Dios conoce la intención del Espíritu, si Él no fuera otra persona dentro de la Divinidad? (Romanos 8:27). ¿Y cómo podrían los hombres mentirle (Hechos 5:3), tentarle (Hechos 5:9), resistirle (Hechos 7:51), contristarle (Efesios 4:30), afrentarle (Hebreos 10:29), blasfemar contra Él (Mateo 12:31) e invocarle (Ezequiel 37:9), si no fuese una persona? ¿Quién podría hacer estas cosas a un poder impersonal?
¿Podrían haber dicho los Apóstoles: “Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros […]” (Hechos 15:28), si Él fuera un mera fuerza o influencia? ¿Cómo podrían los conversos ser bautizados “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19), si los dos primeros fuesen personas y el tercero no? ¿Podría haberse dicho que Jesús “volvió en el poder del Espíritu” (Lucas 4:14) si la palabra “Espíritu” simplemente significara “poder”? La enseñanza de ese versículo es precisamente que el Espíritu y su poder son dos cosas diferentes. Él tiene poder, pero no es un poder. Lo mismo podría decirse de ciertos otros versículos (como Hechos 10:38; Romanos 15:13 y 1 Corintios 2:4), que se tornan absurdos y sin significado si se les cambia la palabra “Espíritu” por la palabra “poder”.
El Nuevo Testamento se escribió en griego, y la palabra griega para “Espíritu” es pneuma. Este sustantivo es neutro. Esto significa que los griegos no consideraban pneuma como un “él” o “ella”, sino como un “ello”. Sin embargo, en Juan 16, versículos 7, 8, 13, 14, etc., Jesús se refirió al neutro pneuma con un pronombre masculino. En otras palabras, lo llamó “él”, cuando, para obedecer las reglas gramaticales, debiera haberlo llamado “ello”. Al hacer así, Jesús nos subrayó que el Espíritu Santo es una persona, y no una cosa. Al mismo tiempo, llamó al Espíritu con el nombre de “Consolador” —o “Ayudador”— (Juan 14:16, 26; 15:26; 16:7). Esto no puede traducirse de ningún modo como “consuelo”, ni considerarse como el nombre de alguna clase de poder o influencia. Jesús prometió que después de su propia partida, este Consolador sería para sus discípulos lo que Él mismo era en aquellos momentos. Está claro que el Espíritu Santo es una persona al igual que Jesús mismo. Está claro también que Jesús y el Espíritu Santo son distintos el uno del otro.

Una persona divina

Jesús es Dios, y sería sorprendente que la persona que Él enviara para ocupar su lugar fuese algo menos que eso. ¿Quién podría ser para los discípulos lo que Jesús mismo había sido, si no fuera también Dios? Y así fue. No hay sino un Espíritu (Efesios 4:4), y el Nuevo Testamento nos da cuatro argumentos claros que manifiestan que Él es Dios. Son exactamente como los argumentos que establecen la deidad de Cristo, pero no por esa causa resultan menos convincentes.
El primero es que los nombres de Dios se utilizan con respecto al Espíritu Santo. A este se le llama Dios. Por ejemplo, en Éxodo 17:7 leemos que “los hijos de Israel […] tentaron a Jehová. El Salmo 95:8 se refiere a este incidente, y en él Dios dice: “No endurezcáis vuestro corazón, como en Meriba […] donde me tentaron vuestros padres”. Cuando se cita este pasaje del Salmo en Hebreos 3:7–11, se dice que estas palabras son del Espíritu Santo. En otras palabras, el Dios que habla en el Salmo —el Jehová que fue tentado en el desierto— no es otro que el Espíritu Santo.
Vemos lo mismo en Isaías 6:8, 9. Allí Isaías oye la voz de Jehová preguntando: “¿A quién enviaré […]?”. Poco después Jehová le comisiona para ser profeta con las palabras: “Anda, y di a este pueblo […]”. Cuando Pablo cita estas palabras en Hechos 28:25–27, dice que quien hablaba era el Espíritu Santo; por tanto, el Espíritu Santo es Jehová; Él es Dios. La misma lección puede aprenderse comparando Jeremías 31:33 con Hebreos 10:15, 16. Por esta razón, Pedro estaba tan convencido de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios (Hechos 5:3, 4). Por esta razón, Pablo insiste en que el Espíritu Santo, al morar en una persona, hace que el cuerpo de esa persona sea el templo de Dios (1 Corintios 3:16–17; 6:19).
Un segundo argumento es que se le aplican al Espíritu Santo los atributos de Dios. Lo que solo puede decirse con respecto a Dios, ¡se dice referente a Él! Esto no podría ser así si Él no fuera Dios mismo. Unos pocos ejemplos serán suficientes. Nadie sino Dios es eterno; pero en Hebreos 9:14 se dice esto del Espíritu Santo. El Espíritu es santo. El Espíritu está en todo lugar en todo tiempo (Salmo 139:7–10). El Espíritu sabe todas las cosas (Isaías 40:13, 14; 1 Corintios 2:10, 11; Romanos 11:34). El Espíritu puede hacer todo lo que quiere (1 Corintios 12:11; Romanos 15:19). Estas cosas solo son verdad referidas a Dios; pero también son ciertas con respecto al Espíritu. El Espíritu Santo es Dios.
Un tercer argumento es que se atribuyen al Espíritu Santo las obras de Dios. ¿No fue Dios quien creó al hombre? Sin embargo, Eliú pudo decir: “El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida” (Job 33:4). ¿Quién, sino Dios, puede sustentar el universo que Él creó? ¿Quién, sino Dios, puede obrar milagros? ¿Quién, sino Dios, puede dar al pecador una nueva naturaleza y vivificarla espiritualmente? ¿Quién, sino Dios, puede (como lo hará) resucitar a los muertos? Y, sin embargo, las Escrituras atribuyen todas estas cosas al Espíritu Santo (Salmo 104:30 y Job 26:13; Mateo 12:28 y 1 Corintios 12:9–11; Juan 3:5, 6 y Tito 3:5; Romanos 8:11). ¿Quién, sino Dios mismo, pue de hacer las obras de Dios? ¡Pero estas son precisamente las obras que el Espíritu Santo efectúa!
En 2 Corintios 3:18 se nos dice que el Espíritu Santo transforma gradualmente los caracteres de los creyentes. Estos se ven transformados más y más a la imagen de Dios. ¿Podría alguno, inferior a Dios, hacer eso? De la misma manera, mientras que Pablo nos dice que las Escrituras fueron inspiradas “por Dios” (2 Timoteo 3:16), Pedro nos dice que su verdadero Autor es el Espíritu Santo (2 Pedro 1:21). ¡Ciertamente el Espíritu Santo es Dios!
Un cuarto argumento es que la adoración y la honra que deben ofrecerse solamente a Dios se le ofrecen en las Escrituras al Espíritu Santo. Los conversos al cristianismo son bautizados en su nombre (Mateo 28:19). Existe tal cosa como la blasfemia contra Él. La blasfemia consiste en insultar la honra de Dios, y si el Espíritu Santo no fuera Dios, sería imposible blasfemar contra Él. Pero al ser así, esta clase de blasfemia es la más grave de todas, y jamás puede ser perdonada (Mateo 12:31, 32). En Romanos 1:9 Pablo invoca a Dios para que dé testimonio de la veracidad de lo que dice; pero en Romanos 9:1, en un pasaje parecido, declara que es en el Espíritu Santo que su conciencia le da testimonio de la veracidad de sus palabras. Él no teme invocar al Espíritu Santo cuando ora a Dios para que bendiga a aquellos a quienes ha estado escribiendo (2 Corintios 13:14).
Así, pues, al Espíritu Santo se le llama Dios. Tiene los atributos de Dios. Hace las obras de Dios. Se le invoca y honra como a Dios. Solamente podemos concluir que Él es Dios, y que lo es en el mismo sentido que lo son el Padre y el Hijo.
Sin embargo, debemos tener cuidado de notar que el Espíritu Santo es una persona distinta. Él es Dios, como lo es el Padre. Él es Dios, como lo es el Hijo. Pero Él no es el Padre ni el Hijo.
Trataremos esto más detenidamente en nuestro próximo capítulo. No obstante, debemos afirmar este punto ahora. Dos textos son suficientes para ello. El primero es Mateo 12:31, 32, al que nos hemos referido poco antes. Allí Jesús dice que la blasfemia puede perdonarse. Los que le oyeron entonces habrían entendido que estaba hablando de la blasfemia contra Dios el Padre. A continuación enseña que la blasfemia contra el Hijo también se puede perdonar. Sin embargo, la blasfemia contra el Espíritu Santo jamás puede ser perdonada. Es evidente que la blasfemia contra el Espíritu Santo no es la misma acción que la blasfemia contra el Padre, o contra el Hijo. Para que esto sea así, el Espíritu Santo debe ser distinto del Padre. Debe ser, también, distinto del Hijo.
El segundo texto es Juan 15:2, en donde Jesús habla del Consolador, “a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre […]”. Está claro que el Espíritu Santo no es el Señor Jesucristo, porque es Cristo el que promete enviarlo. Está igualmente claro que el Espíritu Santo no es el Padre, ya que Cristo lo envía del Padre. Cada uno de ellos es Dios y, sin embargo, cada uno es distinto. La verdad es que, como lo expresa el Catecismo Menor de Westminster, “hay tres personas en la Divinidad; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y estos tres son un Dios, lo mismo en sustancia, iguales en poder y gloria”. Esta es la doctrina de la Trinidad expresada en su forma más sencilla.

Tres personas distintas

El propósito de este capítulo consiste en subrayar el punto que acabamos de expresar. El Padre no es el Hijo. El Hijo no es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo no es el Padre. Cada uno es Dios. Cada uno es totalmente Dios. Pero cada uno es distinto del otro. Esta verdad no es difícil de expresar, pero es completamente imposible de entender.
Algunos, al tratar de hacer comprensible esta verdad, solo han logrado negarla. Normalmente sucede una de las siguientes cosas…
Algunos, conscientes de que la Biblia enseña que Dios es Tres, han terminado por negar que Dios sea Uno. Han caído en la trampa de pensar que las tres personas son tres seres divinos separados. En otras palabras, se han convertido en triteístas: los que creen en tres dioses.
Otros, conscientes de que la Biblia enseña que Dios es Uno, han negado la deidad del Hijo y la deidad del Espíritu Santo: han rehusado aceptar a estas dos personas como Dios. Esto los deja con una sola persona divina, que es el único Ser divino. A estos se les llama unitarios o arrianos.
Otros, también conscientes de que la Biblia enseña que Dios es Uno, han pensado que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una misma persona. No hay sino un solo Ser divino, que aparece en diferentes ocasiones y de diferentes maneras. Los nombres el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, describen sencillamente los diferentes aspectos o funciones de esa una persona divina.
Si hemos asimilado y creído la enseñanza de los capítulos anteriores, los dos primeros errores no deben inquietarnos. Hemos visto que Dios es Uno. Hemos visto que cada una de las tres personas es Dios. Pero al mismo tiempo que subrayamos estos dos hechos, debemos continuar destacando que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son distintos entre sí. Esto nos librará del tercer error.
Los títulos Padre, Hijo y Espíritu Santo no son los nombres de una misma persona que aparece en diferentes formas y ocasiones. Se trata de personas distintas. De ahí que en Juan 12:28 el Padre dice: “Yo”; en Juan 17:4 el Hijo dice: “Yo”; y en Hechos 13:2 el Espíritu Santo dice: “Yo”. Hay tres que son Dios, y cada uno puede decir “Yo”; y ninguno de ellos dice: “Nosotros”. Sin embargo, tienen en común una inteligencia, un poder y una voluntad infinitos. Así que, cuando decimos que son personas distintas, no queremos decir que una esté separada de la otra como lo está una persona humana de todas las demás. Ellos son un solo Dios. Para nosotros, su forma de existir en una sola sustancia es un profundo misterio. No hay manera de explicarlo. Lo único que se nos ha revelado es que los Tres son distintos como “un Espíritu […], un Señor […], el mismo Dios” (1 Corintios 12:4–6). Evidentemente ellos son Tres. Sin embargo, es imposible olvidar que solamente son Uno.
No debemos creer esto simplemente porque es la fe histórica de la Iglesia cristiana. Una fe de segunda mano no es una fe viva. Necesitamos ver esta verdad por nosotros mismos en la Biblia. ¿Por qué no echar un vistazo, al menos, a algunas de las referencias bíblicas mientras continuamos con el tema? Esto debiera ser especialmente fácil con respecto a las próximas páginas, en donde tantas de las referencias proceden del mismo libro de la Biblia: el Evangelio de Juan.

La prueba bíblica

En el capítulo 4 vimos que el Señor Jesucristo, el Hijo, es Dios, y que Él es la perfecta expresión del Padre (Juan 1:18). También se nos ha revelado que Cristo es enviado por el Padre (Juan 5:23, 24); procede de Él (Juan 16:28); vuelve a Él (Juan 14:12;16:28); recibe su mandamiento (Juan 10:18; 14:31); hace su voluntad (Juan 4:34; 6:38); lo ama (Juan 14:31); es amado por Él (Juan 3:35); se dirige a Él en oración, utilizando las palabras “ti” y “tú”, como también Él lo hace (Juan 11:41; 17:3; 12:27, 28), y habla de Él como “él”, “a él” y “sí mismo” (Juan 5:19–26). También leemos del Padre hablando al Hijo, y dirigiéndose a Él como “tú”, y no como “yo” (Marcos 1:11; Lucas 3:22); hablando de Él como “él” (Marcos 9:7); y dando una respuesta audible a una de sus oraciones (Juan 12:27, 28). Está claro que el Padre no es el Hijo, y que el Hijo no es el Padre. Sus mismos títulos sugieren esto, pero ahora la verdad es obvia; y sin embargo, cada uno de ellos es Dios, como ya hemos visto.
Sin embargo, eso no es todo. Leyendo Juan 14:16, 26; 15:26 y 16:13–15, aprendemos algo más. El Consolador, el Espíritu Santo, también es distinto del Padre, e igualmente distinto del Hijo. Jesús le pide al Padre que lo envíe. El Padre lo envía en el nombre del Hijo. Jesús mismo lo envía del Padre. El Espíritu glorifica al Hijo y toma lo que el Padre le ha dado al Hijo, y lo muestra a sus discípulos. En el capítulo 8 volveremos a mirar todos estos versículos, pero por el momento notamos que cada frase está escogida para dejar perfectamente claro que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son distintos entre sí. El uno no es el otro.
Por supuesto que hay otros pasajes donde es evidente que Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo son distintos. Al principio del Evangelio de Mateo (3:13–4:1) leemos el relato del bautismo de Nuestro Señor Jesucristo. Al salir del agua, el Espíritu de Dios desciende sobre Él, y al mismo tiempo la voz del Padre suena desde el Cielo, reconociéndole como su amado Hijo, en quien tiene complacencia. ¿Podría haber una indicación más clara de la distinción entre las personas que esta: el Padre en el Cielo, el Hijo en la Tierra y el Espíritu Santo que desciende?
En los últimos versículos del mismo Evangelio leemos acerca de la comisión de Nuestro Señor en cuanto a hacer discípulos a todas las naciones, y bautizar a los conversos “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). El uso de la palabra “y” en esta frase es suficiente para indicar que el Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Espíritu Santo y el Espíritu Santo no es el Padre. Sin embargo, la unidad de Dios no se quiebra: los conversos han de ser bautizados no en los “nombres”, sino “en el nombre”.
Algo parecido vemos en 2 Corintios 13:14, donde la bendición de Pablo es: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén”. Una vez más, la palabra “y” muestra que debemos considerar a los Tres como distintos entre sí. Sin embargo, como hemos visto. Pablo creía claramente en la unidad de Dios. Él invoca a las tres personas en su bendición y claramente acepta la trinidad de Dios, lo cual puede hacer mientras mantiene su unidad. Repetimos que, si bien la palabra “Trinidad” no se encuentra en la Biblia, la doctrina de la Trinidad está allí a la vista de todos.
Pero hay otra palabra que hemos utilizado muchísimo en este libro y que no hemos encontrado en ninguno de los pasajes bíblicos examinados. Es la palabra “persona”. Algo tenemos que decir acerca de esto.
La doctrina de la Trinidad no es difícil de encontrar en la Biblia, pero frecuentemente los cristianos han encontrado difícil expresarla. No es difícil decir que no hay sino un Dios. No es difícil decir que hay tres que son Dios. La dificultad se presenta cuando alguien pregunta: “¿Tres qué?”. No podemos decir: “Tres tercios”, porque el Padre no es una parte del solo Dios, sino el todo de Dios; y lo mismo es cierto del Hijo y del Espíritu Santo. No podemos decir: “Tres dioses”, porque esto significa que hemos caído en el triteísmo y negado la unidad de Dios. ¿Entonces cómo llamamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo? Son los tres (¿?) de la Divinidad. No podemos repasar la Historia dejando algo en blanco. Tenemos que rellenarlo, ya sea encontrando una palabra adecuada o produciendo una nueva.
A través de los siglos se han utilizado un cierto número de palabras diferentes, y todas ellas han resultado, de una forma u otra, inadecuadas. Los escrito res griegos utilizaron generalmente la palabra hypostasis (“hipóstasis”), mientras que los autores latinos emplearon persona (“máscara”, o “personaje de una comedia”), substantia (“sustancia”) y, a veces —especialmente en la Edad Media—, subsistentia (“subsistencia”). El uso de diferentes palabras simplemente subraya el hecho de que ninguna de ellas se consideraba suficientemente buena para expresar lo que se quería decir. Nuestra palabra “persona” procede de su homónimo latino, y es la palabra que ha llegado a utilizarse con más frecuencia en el mundo de habla hispana.
Sin embargo, esta es una palabra que debemos utilizar con muchísimo cuidado. Ciertamente no debemos utilizarla en su sentido latino original. Las tres personas de la Divinidad no son como un actor en una comedia, que aparece interpretando tres distintos papeles o con tres diferentes vestimentas. Tampoco debemos emplear la palabra “persona” como lo hacemos en el lenguaje corriente. En este caso la utilizamos con respecto a un ser humano individual y distinto que es consciente de sí mismo: esto es, de su propia y aislada identidad. En Dios no hay tres individuos, cada uno al lado de los otros y separados entre sí, que —al menos en teoría— puedan actuar mutuamente en contra. Pensar de esa manera nos haría volver al triteísmo. Por “personas” queremos dar a entender que hay distinciones personales dentro del Ser divino que pueden utilizar con respecto a sí mismas la palabra “yo”, y con respecto a las otras las palabras “tú” y “él”. Pero no queremos decir que el Ser divino sea capaz de estar dividido, o que se considere como una colección de tres individuos separados. Misteriosamente, se puede decir que una persona está “en” otra (Juan 17:21). Dios es “una esencia indivisible”. En este sentido Él es Uno, pero esta esencia divina existe eternamente como Padre, Hijo y Espíritu Santo. En este sentido. Dios es Tres. No podemos concebir cómo tres personas pueden tener entre ellas una sola inteligencia y voluntad. Pero es necesario subrayar que lo creemos, no porque podamos comprenderlo o explicarlo, sino porque esto es lo que Dios ha revelado acerca de sí mismo en su Palabra. El es:

El indiviso Tres  y el misterioso Uno.

Tan pronto como pensemos en Él de diferente manera, tendremos un concepto de Dios que será distinto al que nos ofrecen las Escrituras. Nos habremos creado un Dios imaginario. Esto es idolatría.
Estamos profundamente conscientes de que la Trinidad es un misterio que está fuera del alcance de nuestra comprensión. La gloria de Dios es incomprensible. No existen analogías para lo que hemos estado describiendo. No hay manera alguna de que podamos representar esta verdad. Se pueden tener tres hombres, cada uno de los cuales es igualmente humano y distinto de los otros. Pero al fin y a la postre aún hay tres hombres, y no uno. Las tres personas de la Divinidad son cada una igualmente Dios y distintas entre sí. El misterio es que aún son un solo Dios. Este Dios no existe fuera de, o aparte de, las tres personas. No tiene otra existencia excepto como las tres personas de la Trinidad. Todo lo que se pueda decir acerca de Dios puede decirse también acerca de cada una de las personas, pues cada una de ellas es Dios y tiene igual digni dad en la Divinidad. En este sentido puede decirse que ninguna de ellas está debajo o sobre las otras, y lo que es verdad acerca de una, lo es también de las otras dos.
Sin embargo, dejando esto sentado, hay cosas que pueden decirse acerca del Padre que no se pueden aplicar al Hijo o al Espíritu Santo. Igualmente, hay cosas que pueden decirse del Hijo o del Espíritu Santo solamente. Según el Catecismo Mayor de Westminster, “hay tres personas en la Divinidad, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo; y estos tres son un Dios eterno y verdadero, los mismos en sustancia, iguales en poder y gloria; si bien diferenciados por sus cualidades personales”. A continuación trataremos acerca de sus “cualidades personales”.

 

Dios es uno. La verdad
5 (100%) 1 vote[s]

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *