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PREFACIO
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DICIEMBRE

PREFACIO

En los últimos días que compartió con los discípulos, nuestro Señor abrió su corazón acerca de los motivos de su ministerio. «Estas cosas os he hablado,» les dijo, «para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea completo» (Jn 15.11). En su oración sacerdotal reiteró la misma realidad: «Pero ahora vuelvo a ti, y hablo esto en el mundo para que tengan mi gozo completo en sí mismos» (Jn 17.13). La frase pone en relieve el sentido esencial por el que fuimos creados, que es tener amplia participación en el gozo de Dios. Del mismo modo que nosotros no podemos callar la alegría de algún dichoso acontecimiento en nuestras vidas, así también Dios ha querido compartir con el hombre la incomparable hermosura y profundidad de la comunión que el Padre, el Hijo y el Espíritu disfrutan entre sí.
En su sentido más puro, el ministerio representa una invitación a unir esfuerzos en esta extraordinaria empresa, que es la de esforzarse por restaurar en el ser humano el gozo que es producto de una estrecha relación con el Creador. De hecho, el apóstol Juan, en su primera epístola, hizo suyas las mismas palabras de Cristo: «Estas cosas os escribimos para que vuestro gozo sea completo» (1 Jn 1.4). En otra carta confesó abiertamente lo que más impulsaba su ministerio: «No tengo yo mayor gozo que oir que mis hijos andan en la verdad» (3 Jn 1.4). La incontenible manifestación de gozo en la vida cotidiana, entonces, constituye el factor que más motiva y mueve a quienes hemos sido incorporados a los proyectos del Creador.
No obstante, el ministerio frecuentemente se torna una fuente de tristezas, frustraciones y desilusiones. Las personas no entran en la plenitud de vida que deseamos compartir con ellos. La verdad no es recibida con la mansedumbre y humildad necesarias para las más genuinas experiencias de transformación. Luchamos con el letargo natural que produce la rutina de una vida meramente religiosa. Con el tiempo, encontramos que lentamente se ha disipado el gozo que alguna vez fue el motor y la principal causa por nuestra vocación ministerial. Nuestros esfuerzos por despertar en otros una experiencia mas íntima con Dios no prosperan porque el desánimo se ha instalado en nuestro propio espíritu.
Sin duda usted, como yo, seguirá soñando con que el Señor traiga un maravilloso renuevo a su pueblo. Es evidente, sin embargo, que él debe iniciar primeramente esta obra en la vida de los que hemos recibido mayor responsabilidad dentro de la casa de Dios. El principio que determina la efectividad de un ministerio sigue siendo el mismo de siempre: Solamente podemos reproducir en otros lo que existe como realidad cotidiana en nuestras propias vidas. Ningún líder, entonces, puede darse el lujo de descuidar el desarrollo de su vida espiritual, pues la salud de aquellos que se le han confiado depende directamente de la vitalidad de su propia relación con Jesús.
Estas reflexiones diarias nacieron de un deseo de animar a quienes tienen responsabilidad ministerial entre el pueblo de Dios. Cuando me refiero a ministros, no estoy pensando solamente en aquellos que cumplen una función «oficial» dentro de la iglesia, sino en todos los que han entendido que todo discípulo debe, eventualmente, convertirse en alguien que invierte en el desarrollo y bienestar de otros. Mi intención ha sido examinar, a la luz de las Escrituras, algunos de los temas y desafíos más comunes que enfrentan los que desean invertir en la vida de otros. En el proceso de escribirlas intenté compartir experiencias, identificar desaciertos, clarificar dudas, y presentar alternativas. En todo, y salvando las limitaciones propias de mi humanidad, mi objetivo ha sido animar su corazón y estimular los procesos de transformación en su vida y ministerio.
Encontrará que cada reflexión gira en torno de la Palabra. Esto no es simplemente una cuestión de estilo, sino el resultado de una inamovible convicción espiritual de que la Palabra es la fuente de la sabiduría que tanto necesitamos en nuestra vida cotidiana. En un momento en el cual la iglesia ha sido asediada por una infinidad de filosofías provenientes de la cultura posmoderna, creo que es necesario y acertado una vuelta a las Escrituras. En más de veinticinco años de ministerio no me he cansado de descubrir las incomparables riquezas del tesoro revelado de Dios.
Quisiera animarle a que no lea estas reflexiones como las conclusiones acabadas de quien tiene resuelto los temas relacionados a liderazgo y el ministerio. Más bien, he deseado volcar en estas páginas las perspectivas y convicciones que pesan sobre mi corazón en este momento particular de mi peregrinaje espiritual. El movimiento propio de la vida, sin embargo, exige que estemos dispuestos continuamente a evaluar nuestras convicciones a la luz de las experiencias y relaciones que marcan nuestro paso por esta tierra.
Quisiera animarle a creer que lo mejor en su vida está aún por delante. Con el pasar de los años he comprendido que gran parte de lo que ocurrió en los primeros años de mi vida ministerial no era más que una preparación para lo que venía por delante. Aún cuando Cristo me ha permitido vivir muchas experiencias profundas y enriquecedoras, tengo convicción de que estoy en un camino que promete mayores tesoros que los obtenidos hasta el momento. Esta misma convicción es la que comparte Pablo, cuando declara: «pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Flp 3.14). Aunque ya estaba terminando la carrera, el apóstol continuaba con los ojos firmemente puestos en el futuro.
No viva de los recuerdos del pasado. El Dios que lo ha acompañado hasta este momento lo invita a creer que la aventura apenas está comenzando. Atrévase a echar mano, una vez más, de sus sueños más alocados, y camine confiado, con Aquel con quien está juntamente sentado en los lugares celestes.

¡Qué el Señor, en su misericordia, permita que usted alcance la plenitud de su gozo!

ENERO

  1. La fe que vence
  2. Vivir con injusticias
  3. La corrección que restaura
  4. Preparados para toda circunstancia
  5. La fuerza del gozo
  6. La bendición de ser auténtico
  7. Un arma de doble filo
  8. Un proceso misterioso
  9. Seguros en él
  10. Cuidar a nuestros obreros
  11. Enfrentar la derrota
  12. Luchar con Dios
  13. Genuino corazón pastoral
  14. Cegados por la mentira
  15. Construir con sabiduría
  16. En defensa del ministerio
  17. Fiesta en el cielo
  18. Lo primero, primero
  19. Una cuestión de óptica
  20. El rostro brillante
  21. El valor de la disciplina
  22. Proceso de aprendizaje
  23. Enseñanza que no es
  24. El nombre del Padre
  25. Un hombre como nosotros
  26. Ayudar al débil
  27. ¡Déjese pastorear!
  28. «Yo estoy contigo»
  29. Escuchar con discernimiento
  30. Palabras de ánimo
  31. La medida de nuestra fortaleza

Devocional Diario

La fe que vence

ENERO 1
Abraham se levantó muy de mañana, ensilló su asno, tomó consigo a dos de sus siervos y a Isaac, su hijo. Después cortó leña para el holocausto, se levantó y fue al lugar que Dios le había dicho. Génesis 22.3

La fe debe ser una de las cualidades que distingue
al siervo del Señor. Existe en el pueblo de Dios, sin embargo, bastante
confusión acerca de este tema. Para muchos la fe no es más que un deseo de que
las cosas salgan bien. Es la esperanza de que las circunstancias se resuelvan
favorablemente y que las dificultades no nos afecten demasiado. Una exhortación
que escuchamos con cierta frecuencia en la iglesia es la de hacer las cosas con
más fe, lo que delata una convicción de que la fe se refiere a manifestar mayor
entusiasmo en los emprendimientos.
El versículo de hoy nos da una clara idea de que la fe es algo enteramente
diferente. Las instrucciones de Dios, que llamaban a Abraham a ofrecer en
sacrificio a su único hijo, Isaac, ubicaban al patriarca en el centro de lo que
podría ser una profunda crisis personal. La noche posterior a estas
instrucciones debe haber sido una interminable agonía, mientras Abraham luchaba
con las reacciones naturales a tamaña petición. ¿Cómo podía este gran Dios
pedirle el hijo que tantos años había esperado, que él mismo había prometido?
Sin embargo, Abraham no permitió que sus emociones fueran el factor decisivo en
su comportamiento. Entendía que el siervo de Dios es llamado a la obediencia,
aun cuando no entiende lo que el Señor está haciendo ni el porqué de las
circunstancias en las cuales se encuentra. Es, ante todo, en las palabras del
apóstol Pablo, un «esclavo de la obediencia» (Ro 6.16).
Note la abundancia de verbos en el versículo de hoy: se levantó, preparó, tomó,
cortó, salió, y fue. Sin importar la magnitud de su angustia, el padre de la fe
comenzó muy de mañana con los pasos necesarios para hacer lo que se le había
mandado, mostrando, de esta manera, lo que es la esencia de la fe.
La fe es una convicción profunda en la fidelidad de Dios, que conduce
indefectiblemente a la acción. Es la certeza de que, no importa cuán
contradictorias y difíciles sean las circunstancias, Dios no se verá limitado
en su propósito de cumplir su Palabra. En este caso, según el autor de Hebreos,
Abraham creía que Jehová era «poderoso para levantar a Isaac aun de entre los
muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir» (Heb
11.19).
Estos son tiempos en los cuales nuestro pueblo se ve constantemente rodeado de
crisis, tiempos difíciles. Si esperamos que actúe con fe, nosotros debemos
mostrarle esa misma confianza tenaz en la bondad de Dios, evidenciada en
acciones concretas que no pierden tiempo en dudas, vacilaciones ni
argumentaciones. ¡Qué nuestras vidas puedan ser caracterizadas por una
abundancia de verbos!

Para pensar:
¿Con cuánta frecuencia se siente profundamente incomodado por la Palabra de Dios? ¿Qué reacciones producen en usted las demandas de Dios que le desafían a la obediencia «ciega»? ¿Qué cosas puede hacer para que en su vida haya menos vacilación y mayor acción?

Vivir con injusticias

ENERO 2

Pero José les respondió: No temáis, pues ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener con vida a mucha gente. Génesis 50.19–20

Podemos convivir con muchas dificultades y sacrificios, pero cuando percibimos que hemos sido tratados con injusticia nos sentimos traicionados en lo más profundo de nuestro ser, especialmente cuando viene de aquellos que más amamos. La agonía de esta insoportable carga la capta el salmista: «No me afrentó un enemigo, lo cual yo habría soportado, ni se alzó contra mí el que me aborrecía, pues me habría ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, ¡mi guía, y mi familiar!, que juntos comunicábamos dulcemente los secretos y andábamos en amistad en la casa de Dios» (55.12–14).
El líder maduro deberá aprender a manejar correctamente las injusticias para evitar un proceso que le quitará el gozo y la paz y, eventualmente, pondrá fin a la efectividad de su ministerio. Nada ilustra esto con tanta fuerza como la vida de los hermanos de José. A pesar de que habían pasado 44 años desde aquella terrible decisión de vender a José como esclavo, seguían atormentados por lo que habían hecho, presos del miedo a la venganza. Piense en eso. ¡La mitad de la vida atormentados por algo que habían hecho casi 50 años antes!
No sabemos en qué momento José resolvió las devastadoras consecuencias de ser vendido por sus hermanos, pero el texto de hoy nos da pistas acerca de dos cosas que habían ayudado a José a superar la crisis. En primer lugar, José entendía que él no estaba en el lugar de Dios, y que juzgar a sus hermanos era algo que no le correspondía. Nuestros juicios siempre van a estar empañados por nuestra limitada visión humana. Solamente Dios juzga conforme a la verdad. Por esta razón, no le es dado a los hombres el emitir juicio contra otros. Aun el Hijo de Dios se abstuvo de emitir juicio, diciéndole a los judíos: «Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie» (Jn 8.15).
En segundo lugar, José tenía una convicción profunda de que Dios estaba detrás de lo que le había pasado. Esto es algo fundamental para el hijo de Dios. Con demasiada frecuencia nuestra primera reacción en situaciones de injusticia es cuestionar la bondad de Dios, preguntando por qué él ha permitido lo acontecido. Pasaron años antes de que José comenzara a ver el «bien» que el Señor tenía en mente cuando permitió que la tragedia tocara tan de cerca su vida. Mas la convicción de que Dios puede convertir aún las peores maldades en bendición siempre existió, y esto guardó su corazón de la amargura y el rencor.

Para pensar:
Note cuán hermoso es el cuadro que nos presenta el pasaje de hoy. José, el hombre que había sido tan injustamente tratado por sus hermanos, llora por la angustia de ellos. Luego les habla cariñosamente y se compromete a proveer para el futuro de ellos. Allí está la evidencia más convincente de que Dios había obrado en lo más profundo de su ser. El herido podía ministrar a los que le habían herido. ¡Esto es gracia divina!

La corrección que restaura

ENERO 3
Porque el siervo del Señor no debe ser amigo de contiendas, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido. Debe corregir con mansedumbre a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad. 2 Timoteo 2.24–25

Desviarse hacía la derecha o la izquierda es una tendencia natural en el ser humano y nuestra responsabilidad pastoral exige que estemos comprometidos con «apartar de la maldad» (Mal 2.6), a muchos. La manera en que hacemos esta tarea, sin embargo, es un tema que debemos considerar con mucho cuidado.
Pablo recuerda a Timoteo, en primer lugar, que el siervo de Dios no debe ser la clase de persona que se enreda en discusiones inútiles y acaloradas. Esta es una exhortación que el apóstol repite varias veces en sus dos cartas al joven pastor. Tendemos a creer que la verdad penetra el corazón de aquellos con los cuales estamos hablando, por la elocuencia y la vehemencia de nuestros argumentos. Nuestras enérgicas discusiones, sin embargo, frecuentemente delatan una falta de paciencia y amabilidad para con aquellos que ven las cosas de manera diferente que nosotros.
En segundo lugar, Pablo enseña a su hijo espiritual que ha sido llamado a ser sufrido. Esto tiene que ver con la capacidad de saber cuándo es tiempo de callar. Nuestra responsabilidad es advertir y exhortar al cambio, pero no podemos insistir en que la otra persona reciba nuestro consejo. A veces, como pasó con Pedro cuando se le advirtió que iba a traicionar a Cristo, debemos callarnos y dejar que la otra persona prosiga con su necedad. El Maestro repitió dos veces su advertencia; luego, calló. Sabía que sus palabras seguirían trabajando en el corazón de Pedro para producir, a su tiempo, el fruto necesario. El sufrimiento viene cuando sabemos que el otro va a lastimarse y no podemos hacer nada para evitarlo.
En tercer lugar, Pablo advierte que toda corrección debe ser llevada a cabo con un espíritu de ternura. Muchas veces, nuestras correcciones toman la forma de denuncias acaloradas, llenas de ira y condena. Pero el siervo de Dios debe moverse con un espíritu de cariño porque entiende claramente que no es él quien va a producir el arrepentimiento en la otra persona. Posee una profunda convicción de que está en las manos de Dios producir ese cambio en el corazón de la otra persona. La corrección que hace, por lo tanto, es un aporte que debe complementar el trabajo que el Señor está realizando en la vida del otro. De esta manera, el siervo entrega la palabra y descansa, confiado en la obra soberana del Espíritu, cuya función, entre otras, es «convencer al mundo de pecado» (Jn 16.8).
Cuando veamos a alguien en pecado, acerquémonos para dar la Palabra en su medida justa. Que el resto de nuestra energía sea canalizada en hablarle a Dios de lo que estamos viendo en la vida de la otra persona. ¡Seguramente nuestra corrección será mucho más efectiva!

Para pensar:
¿Cuál es su reacción inicial cuando ve a otros en actitudes o comportamientos incorrectos? ¿Qué revela esto acerca de su persona? ¿Qué cosas necesita incorporar a su actitud pastoral para ser más tierno con aquellos que corrige?

Preparados para toda circunstancia

ENERO 4
Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno. Marcos 9.29

No sabemos qué es lo que produjo mayor frustración en los discípulos: El hecho de que no habían podido sanar al epiléptico, o la explicación que Jesús les dio acerca de por qué no pudieron hacerlo.
No ha de sorprendernos que los discípulos se sintieran un tanto mortificados. En lugar de encontrar la salida para el muchacho, se habían enredado en una discusión con los fariseos. Cuando Jesús llegó, se ocupó del muchacho con una sencillez y autoridad que marcaba un dramático contraste con la inseguridad de los discípulos. ¡De seguro que se sintieron avergonzados por su falta de efectividad y esto los llevó a pedir una explicación!
La respuesta del Maestro, sin embargo, no esclarecía mucho el panorama. ¿Por qué él dijo que era necesario orar (y ayunar, según algunos manuscritos antiguos)? La verdad es que él no oró ni ayunó en esta ocasión. Simplemente indagó un poco sobre el historial del muchacho y luego expulsó el demonio. ¡Así de fácil! ¿Cómo podía, entonces, señalar la oración y el ayuno como el «secreto» del éxito logrado? ¿Se refería, acaso, a que los discípulos debían orar, aunque él no lo había hecho, porque ellos no tenían la autoridad que él tenía? La verdad es que dudo que fuera esta su intención.
El comentario de Jesús indica que la oración debe ser una parte fundamental del armamento que el siervo de Dios utiliza para enfrentar el mal. Pero el momento para echar mano a la oración no es cuando la batalla ya está librada. No podemos detenernos para afilar nuestra espada cuando tenemos al enemigo encima nuestro. Cuando llega la situación que requiere de una enérgica y rápida intervención, el siervo de Dios debe actuar. El momento para orar, en cambio, es antes de la batalla. Solamente por medio de la oración podrá obtener la sabiduría y la autoridad necesarias para que su ministerio sea efectivo. Seguramente esta es una de las razones por las que Jesús frecuentemente se apartaba a lugares solitarios para orar.
En esta ocasión, Jesús venía del monte de la Transfiguración, donde había participado de una singular experiencia con el Padre. Sus sentidos espirituales estaban agudizados. En un sentido, cuando bajó al llano, él ya venía «orado», de modo que cuando se presentó la oportunidad de ministrar, pudo intervenir en forma decisiva.
Esta ha sido, también, la característica de todo ministerio efectivo a lo largo de la historia del pueblo de Dios. Quienes han dirigido estos ministerios siempre se han caracterizado por ser personas con vidas de oración bien desarrolladas. Así también debe ser entre nosotros. Nuestra labor pastoral constantemente nos enfrenta a situaciones ministeriales imprevistas. Muchas de ellas no nos dan tiempo para prepararnos. Más bien, debemos actuar en ese mismo instante. ¿Cómo no aprovechar, entonces, los tiempos de quietud y silencio para cultivar esa vida espiritual que marcará la diferencia a la hora de actuar? ¡Si aspiramos a derrotar al enemigo, debemos mantener siempre afiladas nuestras espadas!

Para pensar:
¿Cuánto tiempo invierte a diario en cultivar su vida espiritual? ¿Cuáles son las actividades que usa para esto? ¿En qué aspectos de este ejercicio espiritual cotidiano necesita mejorar?

La fuerza del gozo ENERO 5
No os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza. Nehemías 8.10

El camino hacia la reconstrucción de los muros de Jerusalén había estado repleto de obstáculos. El pueblo tuvo que luchar con rumores, con divisiones, con oposición y con fatiga. En más de una ocasión habían sentido el fuerte deseo de desistir de la tarea que tenían por delante, la tentación de «tirar la toalla».
Un panorama tan duro es más que propicio para el desánimo, tierra fértil para que el agobio se instale en nuestros corazones y andemos con el semblante triste y abatido. Estas son las respuestas normales del alma a situaciones donde la adversidad parece no tener fin. Jesús mismo, frente a la inminencia de la cruz, comenzó a entristecerse y a angustiarse, confesando: «Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo» (Mt 26.37).
El líder sabio no se engaña a sí mismo en cuanto a sus verdaderos sentimientos. Sin embargo, sabe que estos sentimientos deben ser tratados inmediatamente para no afectar su vida espiritual. Jesús no perdió tiempo en convocar a sus tres amigos para que le acompañaran mientras oraba. Sabía que la tristeza que se instala en forma permanente en nuestras vidas afecta profundamente la manera en que vemos y hacemos las cosas. Nos lleva a actitudes negativas y de desesperanza; nos invita a que dejemos de luchar, porque comenzamos a creer que nuestra situación no tiene arreglo. Nos conduce indefectiblemente hacia el camino de la depresión, porque nadie puede vivir en forma indefinida con falta de esperanza. El hombre desanimado ya está derrotado, porque ha perdido la voluntad de seguir peleando.
Jesús, al igual que Nehemías, sabía que era esencial reavivar el gozo, que es la fortaleza del hombre espiritual. Su agonía en Getsemaní no terminó hasta que lo había recuperado. Debidamente fortalecido «por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz» (Heb 12.2). Este tipo de gozo no es un sentimiento sino una convicción espiritual. Las circunstancias pueden ser adversas en extremo, pero el gozo viene cuando conseguimos sacar nuestros ojos de las cosas que se ven, y ponerlos firmemente en las cosas que no se ven (2 Co 4.18).
El líder cuyo corazón está lleno de gozo realmente es imbatible, porque su vida está firmemente anclada en las realidades eternas del reino, y no en las temporales de este mundo. Tiene una convicción inamovible de que hay un Dios que reina soberano sobre todas las cosas, y que la especialidad de ese Dios es utilizar la adversidad y la derrota para traer bendición a su pueblo.
No permita que la crisis lo entristezca. Si es necesario, derrame su alma delante de Dios, como Cristo en Getsemaní. Pase lo que pase, recupere el gozo de ser parte de los que vencen. El pueblo que está con usted necesita ver a un pastor que no le tiene miedo a las dificultades, porque sabe que nuestro Padre celestial siempre tiene la palabra final en todas las circunstancias.

Para pensar:
¿Cuál es su reacción normal a las dificultades y a las crisis que se le presentan? ¿Qué pasos toma para remediar los sentimientos de abatimiento y desánimo? ¿Cómo puede cultivar el gozo en forma cotidiana?

La bendición de ser auténtico ENERO 6
Saúl vistió a David con sus ropas, puso sobre su cabeza un casco de bronce y lo cubrió con una coraza. Ciñó David la espada sobre sus vestidos y probó a andar, porque nunca había hecho la prueba. Y dijo David a Saúl: No puedo andar con esto, pues nunca lo practiqué. Entonces David se quitó aquellas cosas. 1 Samuel 17.38–39

Un mal que frecuentemente vemos en nuestras iglesias es la tendencia a la imitación. Un evangelista conocido golpea su Biblia y camina por la plataforma durante sus predicaciones, y seguramente veremos la aparición de otros evangelistas que golpean sus Biblias y caminan de la misma forma. Un músico de renombre usa ciertas frases para motivar al pueblo, y al poco tiempo encontramos que las mismas frases se repiten donde quiera que vayamos. Un famoso pastor viste un traje blanco con zapatos negros, y pronto nos vemos rodeados de predicadores con trajes blancos y zapatos negros.
Lo que revela este fenómeno es nuestra tendencia a creer que la bendición de Dios está en las formas, y no en la persona que está detrás del ministerio. Creemos que atrapar las manifestaciones externas asegura la bendición que ha acompañado el ministerio del otro.
Cuando David se ofreció para enfrentar a Goliat, Saúl se mostró escéptico: «tú eres un muchacho, mientras que él es un hombre de guerra desde su juventud». El hijo de Isaí, sin embargo, estaba decidido a proseguir con su cometido. Frente a su insistencia, el rey decidió prestarle su equipo de guerra. Quizás por respeto, el joven pastor de ovejas se colocó la pesada armadura y empuñó la espada, pero encontró que eran demasiado incómodas como para serle útiles. Optó entonces por las herramientas que utilizaba todos los días, el callado y la honda.
Existe un principio importante detrás de este incidente. Si el Señor va a usar a una persona, será con las habilidades que Dios le ha dado y no con las habilidades que le ha dado a otros. La iglesia no necesita de réplicas. Necesita de hombres y mujeres que sean fieles con lo que han recibido. Si usted se esfuerza por ser lo que no es, nadie podrá reemplazar el lugar que usted deja vacío. Dios lo capacitó a usted para ocupar ese lugar. No se avergüence de ser lo que es, ni de las herramientas que tiene a mano. Quizás no sean tan impresionantes como las que otros tienen, pero son las herramientas que le han sido útiles en el pasado.
No pida disculpas por ser de la manera que es. La bendición del Señor descansa sobre su vida cuando usted es genuinamente lo que Dios le ha mandado a ser. Ninguna imitación podrá ser tan buena como el original. Levante la frente y avance confiado. ¡Dios está con usted!

Para pensar:
¿Conoce las herramientas que Dios le ha dado para que ejerza el ministerio encomendado? ¿Cómo puede desarrollar mejor los dones que ha recibido? ¿Cuáles cree que serían las consecuencias de desarrollar el ministerio con herramientas prestadas?

Un arma de doble filo ENERO 7
Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Pedro le dijo: Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo. Mateo 26.34–35

Qué lindo es ver a una persona que tiene entusiasmo por lo que cree, que comparte con pasión sus convicciones y ministerio. No podemos evitar ser movidos por el fervor de sus palabras, contagiados por lo infeccioso de sus actitudes. Nos hace bien estar alrededor de esta clase de personas.
¡Pedro era un hombre que llevaba la vida con pasión! Fue él quien se atrevió a caminar sobre el agua. No se dio cuenta de lo que estaba haciendo hasta que vio las olas a su alrededor. Él fue el que con entusiasmo sugirió hacer unas enramadas en el monte de la Transfiguración, aunque la Palabra nos dice que no sabía lo que decía (Mc 9.6). Ante las preguntas del Maestro a los discípulos, era Pedro el que siempre tenía la primera respuesta.
El entusiasmo es una cualidad importante en un líder. ¿Cómo vamos a motivar a nuestra gente si nuestras palabras y comportamientos comunican poca convicción o, peor aún, indiferencia? Sin duda la pasión juega un rol fundamental en el impacto que tenemos sobre la vida de otros. Pero debemos saber esto: nuestro entusiasmo puede ser también peligroso. En ocasiones nuestra pasión puede ser tan intensa que ni el Señor puede disuadirnos de lo que queremos hacer. ¡Pedro amaba tanto al Señor! Deseaba con desesperación demostrar la profundidad de su compromiso. Con fervor proclamó que jamás le daría la espalda, aunque todos lo hicieran. Cristo intentó dos veces hablar la verdad a su corazón, pero su pasión era tan intensa que ya no estaba abierto a recibir advertencias de nadie, ni siquiera del propio Hijo de Dios.
Condimente con mucho entusiasmo todo lo que hace como líder. ¡Celebre que usted es parte de una obra que ha nacido en el corazón mismo de Dios! Pero no olvide que su pasión no siempre es producto de la obra del Espíritu. Existen pasiones que son de la carne, y pueden conducirnos hacia el desastre. En Romanos, Pablo habla con tristeza acerca de los israelitas, diciendo: «yo soy testigo de que tienen celo de Dios, pero no conforme al verdadero conocimiento» (10.2). ¿Quién podía mejor que él testificar de esto? En su juventud había perseguido con fanatismo a la iglesia por «amor» al nombre de Dios.
Qué importante es la pasión. Qué cuidado debemos tener con ella. No sea una persona insulsa. Haga que la pasión sea una de las marcas que lo caracterizan como líder. Pero no confíe a ciegas en el camino por el cual lo quiere conducir su pasión. Podría acabar haciendo aquello que jamás se hubiera imaginado: negar al Señor.

Para pensar:
¿Es usted una persona de pasión? ¿De que maneras se manifiesta esta pasión? ¿Qué elementos puede incorporar a su ministerio para asegurar que su pasión no lo lleve por un camino equivocado?

Un proceso misterioso ENERO 8
Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Romanos 12.15

Las lágrimas nos incomodan. Cuando vemos a alguien llorando no sabemos bien qué hacer. Comenzamos a buscar en nuestra mente alguna frase que ayude o anime a la persona, o por lo menos que haga que deje de llorar. Seguramente se debe, al menos en parte, a que muchos hemos crecido en ambientes en los cuales no era aceptable llorar. De diferentes formas se nos insinuó que las lágrimas no se ven bien en los verdaderos ganadores de este mundo.
Las lágrimas, sin embargo, son una forma visible de mostrar compasión. Jesús lloró. Lloró en la tumba de Lázaro. Lloró cuando vio el estado espiritual de Jerusalén. Según Hebreos, fue oído en Getsemaní porque ofreció «ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas» (5.7).
Su ternura marca un fuerte contraste con la actitud de los pastores de Israel. La denuncia de Ezequiel constituye uno de los pasajes más duros que las Escrituras dirigen a los que ocupan puestos de responsabilidad: «No fortalecisteis a las débiles ni curasteis a la enferma; no vendasteis la perniquebrada ni volvisteis al redil a la descarriada ni buscasteis a la perdida, sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia» (34.4).
Vemos entonces, que el tema de la compasión es un asunto serio para aquellos que hemos sido llamados a pastorear a otros. Sin embargo, cuando nos encontramos con personas quebrantadas no podemos resistirnos a la tentación de decir algo, de ofrecer algún consejo, de citarle a la persona el texto de Romanos 8.28. Tenemos una inamovible convicción de que lo que la persona está buscando es la solución a sus problemas.
Si bien es importante ayudar, la exhortación de Pablo nos orienta hacia algo mucho más sencillo e infinitamente más efectivo que las palabras. No nos dice que aconsejemos al que está llorando. Nos manda a que lloremos con esa persona. Ni más ni menos que eso.
Esto no necesariamente significa que usted debe derramar lágrimas visibles para cumplir con la Palabra. Pero sí necesita demostrar que su corazón está quebrado por aquello que ha quebrado el corazón de la otra persona. En el momento de crisis, la otra persona no necesita consejos. Lo que necesita es el consuelo de saber que hay otros que la entienden, que su dolor es percibido por aquellos que están a su alrededor. Esta identificación con el que está dolido, tiene más poder terapéutico que todas las palabras de sabiduría que puedan decirse en el momento de angustia, pues abre un camino para que el Espíritu de Dios fluya a través de su persona hacia el corazón del que ha sido golpeado.
El tiempo le proveerá la oportunidad de orientar y aconsejar. Pero no pierda la ocasión de hacerse uno con el que está sufriendo. Dios hará grandes cosas en la vida del otro, pero también le tocará profundamente a usted. ¡Qué las lágrimas sean una de las marcas que lo caracterizan como pastor!

Para pensar:
¿Cómo veían las lágrimas en su hogar de origen? Cuando ve a una persona llorando, ¿cuál es su primera reacción? ¿De qué maneras puede mostrar su compasión para con los que está ministrando?

Seguros en él ENERO 9
Pero se levantó una gran tempestad de viento que echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal. Marcos 4.37–38

¡Cómo no entender la indignación de los discípulos! Imagínese por un momento la escena. Una violenta tempestad arreciaba por todos lados. El viento aullaba y las olas castigaban ferozmente el bote. Los discípulos, empapados por la espuma del mar y el agua que se metía con insistencia en el fondo de la embarcación, luchaban con desesperación para no hundirse. Y él, ¿dónde estaba? En la popa, durmiendo. ¿Cómo evitar la conclusión de que a él no le interesaba sus vidas?
¿Por qué dormía el Maestro? Seguramente dormía, en parte, porque sencillamente estaba agotado, pues había pasado el día entero enseñando a las multitudes. Sospecho, sin embargo, que su despreocupación tiene otro origen. Las instrucciones de cruzar el lago las había dado él mismo. Podemos decir con toda confianza, no obstante, que estas instrucciones no habían sido por ocurrencia propia. En Juan 5.30 él dijo: «No puedo yo hacer nada por mí mismo». Y en el 6.38 del mismo evangelio aclaró: «He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». No estaríamos errados, entonces, en afirmar que las órdenes de cruzar el mar las recibió del Padre.
Es en este detalle que podemos encontrar la razón de la postura de Jesús en medio de la tormenta. El Hijo de Dios no estaba preocupado porque sabía que el Padre se encargaría de que llegasen al otro lado; después de todo la idea de cruzar no había sido de él. Su despreocupación tenía que ver con esa profunda convicción de que había uno mayor que él que velaba por su bienestar. Si Dios había mandado que cruzaran al otro lado, ¿quién lo podía impedir?
Como líderes, necesitamos tener ese espíritu reposado de quienes saben hacia dónde se dirigen. ¿No sería maravilloso que el mismo contraste entre Jesús y los discípulos fuera el que existe entre la iglesia y la atribulada sociedad de hoy? Pero, para eso, necesitamos pastores que saben hacia dónde se dirigen, y por qué van hacia ese lugar. Al igual que Moisés, cuando el pueblo llegó al Mar Rojo y fue presa del pánico, necesitamos poder decirle a nuestra gente: «No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová os dará hoy; porque los egipcios que hoy habéis visto, no los volveréis a ver nunca más. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Ex 14.13–14).
Esta actitud de confianza y paz solamente la podrá tener usted si está absolutamente seguro de lo que está haciendo. Y la única manera de estar seguro de lo que está haciendo es buscando la voluntad de Aquel a quien sirve. Si usted está caminando en las obras que él preparó de antemano para que usted anduviese en ellas (Ef 2.10), entonces, ¡no hay tormenta que pueda pararlo! Avance tranquilo, que Dios está en control.

Para pensar:
¿Puede explicar claramente hacia dónde se dirige usted? ¿Sabe por qué se dirige en esa dirección? ¿Qué evidencias tiene de que esa es la dirección que Dios le ha indicado?

Cuidar a nuestros obreros ENERO 10
Al regresar los apóstoles, le contaron todo lo que habían hecho. Y tomándolos, se retiró aparte, a un lugar desierto de la ciudad llamada Betsaida. Lucas 9.10

De esta manera terminó el primer viaje ministerial que hicieron los apóstoles. Volvieron llenos de anécdotas de las aventuras vividas. Traían nuevas inquietudes acerca de las cosas que no habían sabido manejar correctamente. El Maestro se tomó un tiempo para escucharlos y luego los apartó hacia un lugar tranquilo.
Es en esta decisión que vemos reflejado otro aspecto del corazón pastoral del Mesías. Jesús conocía bien el desgaste que produce el ministerio en la persona que está ministrando. Las demandas incesantes, la intensa concentración, la fuga de energías, la euforia de ver obrar al Señor, todo es parte del paquete que llamamos ministerio. Y tiene sus efectos sobre los que están sirviendo al pueblo. El obrero que está constantemente ministrando, pero que no posee los mecanismos necesarios para renovar sus fuerzas, termina en un estado de profundo agotamiento. Su ministerio va a volverse pesado y su corazón va a llenarse de frustraciones, porque va a sentir que la tarea es cada vez más difícil de llevar adelante. Necesita de períodos de descanso y recuperación para poder seguir ministrando en el Espíritu, y no en la carne. Por esta razón, los apartó a un lugar tranquilo, para que pudieran recuperarse de la experiencia.
Una de nuestras prioridades, como pastores, es velar por el bienestar de nuestros obreros. Ellos no tienen la trayectoria ni la experiencia que nosotros tenemos. No conocen sus limitaciones y tienden a meterse en más proyectos de lo que es saludable. Pero nosotros sí conocemos estas dimensiones de la vida ministerial, y hemos sido llamados a protegerlos a ellos de sí mismos.
Es triste ver que muchos obreros están completamente desgastados por las implacables demandas de sus pastores. Se les ha enseñado que cualquier señal de fatiga es poco espiritual y que deben estar incondicionalmente dispuestos a asumir la responsabilidad de todo lo que sus líderes les pongan por delante. Y como si esto fuera poca cosa, frecuentemente conviven con pocas expresiones de afecto o apreciación por parte de sus pastores.
No siga usted este ejemplo. Valore el trabajo de los que están sirviendo a la par suya. Sus obreros son uno de sus recursos más preciosos. Un obrero feliz se reproduce en un ministerio pleno y fructífero. Pero un obrero triste solamente contagia a los demás su amargura.
Sea, pues, generoso en expresarle gratitud a sus obreros. Vele por la salud emocional y espiritual de ellos. Demuestre interés en lo que están haciendo y anímelos a seguir adelante. Apóyelos en todo lo que hacen. Cada uno de esos obreros le está aliviando la tarea a usted, y eso no es poca cosa.

Para pensar:
¿Cuáles son los peligros con los cuales lucha en su ministerio? ¿Cómo puede evitar que sus obreros luchen con esos mismos peligros? ¿De qué maneras puede expresarles su cuidado y afecto? Tómese un tiempo hoy mismo para demostrar interés por algunos de sus obreros.

Enfrentar la derrota ENERO 11
Jehová respondió a Josué: ¡Levántate! ¿Por qué te postras así sobre tu rostro? Josué 7.10

Sospecho que nuestras derrotas son mucho más serias para nosotros que para el Señor. No hemos sido preparados para vivir con el fracaso, pues nuestra cultura demanda que avancemos siempre de victoria en victoria. Cuando, ocasionalmente, experimentamos la derrota en proyectos y situaciones ministeriales, nuestra autoestima se ve afectada y fácilmente nos envuelve una nube de desánimo y pesimismo.
Los israelitas, eufóricos por el tremendo triunfo que Dios les había concedido sobre la indestructible fortaleza de Jericó, se habían lanzado confiadamente a conquistar un pueblito que no tenía ni la décima parte del tamaño de Jericó. Cuán rápidos somos para adueñarnos de las victorias que nos ha concedido el Señor. Intoxicados por la derrota de Jericó, los israelitas vieron como presa fácil el próximo objetivo militar de la conquista, el pueblo de Hai.
Bien conocemos la humillante derrota que sufrieron en ese lugar. Y la derrota nunca es tan amarga y difícil de digerir como cuando estábamos seguros de que todo iba a ser un mero trámite. Josué se sintió profundamente desilusionado, hasta traicionado. Se tiró en el piso y exclamó con amargura: «¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!» (Jos 7.7).
En tiempos de derrota podemos perder mucho tiempo lamentándonos por las decisiones tomadas. No hay duda que es importante aprender de los errores cometidos. Sin embargo, todas las recriminaciones del mundo no pueden deshacer lo que ha ocurrido. Cuando estamos tumbados, debemos ponernos de pié y resolver lo más rápido posible la situación que nos llevó a caer. Por esta razón, el Señor le preguntó a Josué: «¿por qué te postras así sobre tu rostro?» (Jos 7.10). Lo animó a levantarse y hacer lo que tenía que hacer: limpiar al pueblo de su pecado.
Cuando usted cae, el enemigo quiere que usted se mantenga allí, sintiendo lástima por sí mismo y renegando por la situación que vive. Su Padre celestial, sin embargo, lo quiere otra vez en pie. Si hay cosas que confesar, confiéselas. Si hay personas que enfrentar, enfréntelas. Si hay situaciones que corregir, corríjalas. Pero no pierda mucho tiempo lamentándose por los acontecimientos que le han tocado vivir.
Richard Foster, en su excelente libro La Oración nos recuerda: «Cometemos errores -muchos de ellos; pecamos, nos caemos, y con frecuencia- pero cada vez nos levantamos de nuevo y comenzamos otra vez… Y una vez más nuestra insolencia y obsesión con nosotros mismos nos derrota. No importa. Confesamos y comenzamos de nuevo… y de nuevo… y de nuevo».

Para pensar:
Sea enérgico en las situaciones donde sus sentimientos lo invitan al desánimo. Su gente necesita ver que usted no es una persona que pueda ser fácilmente derrotada. No se trata de dar la apariencia de ser invencible, sino de actuar decididamente a la hora de manejar los contratiempos de esta vida. Todos pasamos por situaciones adversas. Pero el líder espiritual se caracteriza por no permitir que esas situaciones condicionen su avance hacia las metas que el Señor le ha trazado.

Luchar con Dios ENERO 12
Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. Cuando el hombre vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. Génesis 32.24–25

Este es uno de esos pasajes que nos resulta por demás extraño. ¿Dios envuelto toda la noche en una lucha cuerpo a cuerpo? ¿Cómo ha de explicarse tan raro evento en el relato de la historia de los patriarcas?
Creo que la historia no es tan extraña como inicialmente parece. Para entenderla, debemos recordar la vida de Jacob. Había nacido hijo de la promesa. Por él pasaba la descendencia de aquellos que iban a ser parte de esa gran nación que le había sido anunciada a Abraham. Por esto, la bendición de Dios reposaba sobre él aun desde el vientre de su madre.
Un rápido vistazo a los acontecimientos de su vida, sin embargo, nos muestran a un hombre que no dudó en echar mano de cuanto artilugio pudiera para conseguir la bendición que Dios le había prometido. Lo vemos envuelto en reiteradas situaciones donde se aprovechó de la debilidad de otros. Lo observamos haciendo trampa, mintiendo, engañando y siendo engañado. Acumuló una gran fortuna en bienes, pero se hizo de muchos enemigos en el camino, incluyendo el odio visceral de su hermano Esaú, que había jurado matarlo. No es una figura muy inspiradora.
A veces el Señor lleva años queriendo decirnos algo sin poder lograr que le prestemos atención. Su voz es la del «silbo apacible». Pero cuando no hacemos caso, debe adoptar métodos más directos. Este es uno de esos incidentes. En forma muy gráfica Dios le muestra al patriarca lo que había sido su existencia hasta este momento: ¡una lucha sin fin por apropiarse de la bendición de Dios!
El relato nos dice que el Señor no pudo contra él. De cierto esta no era una puja por dominio físico. Dios podría haberle destruido simplemente con la palabra de su boca. Mas no era la intención del encuentro destruirlo, sino mostrarle lo arduo y cansador que había sido el camino recorrido.
En un sentido muy claro el Señor le está diciendo al patriarca: «toda la vida has estado luchando conmigo, sin darte cuenta que yo estoy de tu lado. ¿Cuándo dejarás de pelear contra mí? Quédate quieto, y déjame que te bendiga de una buena vez!» Lo que más deseaba el Señor era la prosperidad de Jacob, pero no por el camino que éste había escogido.
Muchas veces, como líderes, estamos tan desesperados por asegurarnos la bendición de Dios para nuestros proyectos que echamos mano de todo lo que se nos viene por delante. Trabajamos con una desesperación que revela que creemos que todo depende de nuestro esfuerzo. En ocasiones hasta logramos el avance deseado. Pero cuánto más fácil hubieran sido las cosas si hubiéramos aprendido a unir nuestro trabajo al brazo fuerte de Dios.

Para pensar:
Quizás este es un buen momento para detenerse. Tome un momento para volver a poner las cosas en su lugar. Usted no está trabajando para Dios. Usted está trabajando con Dios. No quiera hacerlo todo solo. Descanse más en él, y verá los resultados.

Genuino corazón pastoral ENERO 13
Aconteció que al día siguiente dijo Moisés al pueblo: Vosotros habéis cometido un gran pecado, pero yo subiré ahora a donde está Jehová; quizá le aplacaré acerca de vuestro pecado. Entonces volvió Moisés ante Jehová y le dijo: Puesto que este pueblo ha cometido un gran pecado al hacerse dioses de oro, te ruego que perdones ahora su pecado, y si no, bórrame del libro que has escrito. Éxodo 32.30–32

¿Quién de nosotros no hubiera desesperado al andar con este pueblo, tan propenso al mal, tan duro de corazón? A cada vuelta de su peregrinaje caían otra vez en pecado, provocando continuamente a Dios con sus abominaciones.
Como pastores sabemos bien lo que es luchar con un pueblo que no responde. Hemos tratado por años con personas que vuelven una y otra vez, como el perro a su vómito, al mismo comportamiento pecaminoso. Hemos dedicado horas de consejería y asesoramiento pastoral a otros que, sin embargo, vuelven a caer ni bien los soltamos por un momento. Hemos invertido mucho tiempo y esfuerzo en líderes que nos defraudan. Muchas veces lo único que vemos es lo reiterativo de los patrones pecaminosos que nos atan y derrotan.
Moisés reprendió duramente al pueblo por la magnitud de su pecado. Habían ofendido profundamente la santidad de Dios, y su rebeldía había encendido la ira de Jehová. Lo que habían hecho era inadmisible desde todo punto de vista. El profeta no dudó en explicar la gravedad de la situación a los israelitas. Se ofreció, a pesar de esto, a subir a la presencia de Dios para hablar con él acerca de la situación, aunque se mostró escéptico en cuanto al éxito de dicha empresa.
Note, sin embargo, cuán diferente es el tono de la conversación de Moisés con el Señor. Sin minimizar en forma alguna la enormidad del pecado, Moisés le pidió a Jehová que perdonara el pecado de los israelitas. No dudó en hacerle saber al Señor que él estaba plenamente identificado con el pueblo. Si les correspondía castigo, él no quería ser dejado de lado. En esencia, le estaba diciendo a Dios: «castígalos si es necesario, pero quiero que sepas que yo me hago uno con ellos».
Qué maravillosa ilustración de ese misterioso vínculo que nos une con el pueblo. Esta es la esencia del corazón pastoral. El pueblo muchas veces nos cansa. Nos sentimos desanimados. Juntamente con el apóstol Pablo testificamos que «se añade cada día: la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién enferma y yo no enfermo? ¿A quién se le hace tropezar y yo no me indigno?» (2 Co 11.28–29). A veces queremos abandonar la tarea de pastorear, pero Dios ha puesto en nosotros un amor que no nos deja tranquilos. Son nuestro pueblo, en las buenas y en las malas. Sus victorias son nuestras victorias. Sus derrotas son también nuestras derrotas. ¡Esta es nuestra bendita carga!

Oración:
Tome un momento ahora para darle gracias a Dios por el pueblo en medio del cual le ha puesto para pastorear. Pídale al gran Pastor que reavive una vez más en usted su pasión por estas vidas. Clame para que le dé el mismo espíritu tierno y bondadoso que él tiene para con nosotros. ¡Bendiga a los suyos, a pesar de lo que son, pues para esto ha sido llamado!

Cegados por la mentira ENERO 14
Dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén… Y sucedió que, mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos… Él les dijo: ¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes? Lucas 24.13, 15, 17

¡Cuán grande debe haber sido la sorpresa cuando el Maestro partió el pan y se dieron cuenta de quién era! ¡Qué tremenda alegría de saber que la persona que los había deslumbrado con su conocimiento de las Escrituras no era otro que el Mesías!
El final tan feliz de este encuentro, sin embargo, se ve eclipsado por el estado de los discípulos antes de que sus ojos fueran abiertos. El relato de Lucas nos dice que caminaban mientras discutían entre ellos sobre los acontecimientos. Bien podemos imaginar cómo volverían una y otra vez a mirar la tragedia de la cruz desde todos los ángulos, para tratar de encontrar en ella alguna explicación que hiciera más llevadero su dolor. La tristeza se había apoderado de sus corazones con una tenacidad absoluta.
Pero… ¿por qué estaban tristes? Porque creían que Cristo estaba muerto. Y a la tragedia de su muerte se sumaba ahora un confuso episodio en el cual algunas de las mujeres aseguraban que lo habían visto. ¿Cómo podía ser verdad aquello? Todo el mundo había sido testigo de su crucifixión y posterior sepultura.
La verdad es que Cristo no estaba muerto; ¡estaba vivo! Él les había anunciado que al tercer día volvería a la vida. Algunas mujeres ya lo habían visto. Pero las pesadas emociones que experimentaban no les permitían ver la realidad. Estaban atados por una mentira.
El poder de esa mentira era tal, que cuando Jesús les comenzó a abrir la Palabra, la verdad no pudo quebrar la fortaleza del engaño. Empezando con Moisés y pasando por todos los profetas, el Hijo de Dios les explicó que todo lo que había pasado no era más que el cumplimiento de las Escrituras. Los discípulos estaban tan desanimados que no podían recibir aquella Palabra que tenía poder para hacerlos libres de la mentira.
Nuestros pensamientos tienen enorme influencia sobre nuestro comportamiento y nuestras emociones. Por esta razón Pablo enseña que «las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Co 10.4–5). Como líder usted debe ser implacable con todo pensamiento que no es conforme a la verdad de Dios. Tómelo cautivo. Denúncielo y póngale las esposas en el nombre de Cristo. Preséntelo delante de su trono. Si le da lugar, lo llevará a usted por el camino de la ceguera donde, aun si se le aparece Jesús en persona, no lo reconocerá.

Para pensar:
A. W. Tozer, escribe: «Nuestros pensamientos no solamente revelan quiénes somos sino que predicen también lo que seremos. La voluntad puede convertirse en esclava de los pensamientos y en muchos sentidos hasta nuestras emociones dependen de nuestros pensamientos. Pensar estimula las emociones, y las emociones producen acciones».

Construir con sabiduría ENERO 15
Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y destruir, para arruinar y derribar, para edificar y plantar. Jeremías 1.10

Un gran sector de la iglesia ha creído que la propuesta del Cristianismo es la de hermosear la vida que poseemos. De esta manera, la persona que llega al arrepentimiento y se incorpora a la Iglesia del Señor frecuentemente experimenta modificaciones muy leves en su vida. Aun después de muchos años de andar en el camino encontramos que son pocas las cosas que lo diferencian del hombre de la calle.
La misión que el Señor le da al profeta Jeremías, descripta en términos tan gráficos en el texto de hoy, nos muestra que el ministerio involucra un cambio mucho más dramático y profundo de lo que pensamos. Dios no está en el negocio de emparchar vidas, de hacerles una reparación mínima para que puedan luego continuar funcionando dentro del reino. Antes de que se pueda producir la tarea de edificación, debe ser removido todo aquello que no sirve. De esta manera, la tarea del profeta incluía la parte negativa del proceso de reconstrucción, que era la de arrancar, destruir, arruinar y derribar. Note usted lo radical y terminante de estos términos. Usted no destruye ni arruina aquello que tiene intención de volver a usar. Usted solamente arranca y derriba aquello que ya no le sirve más.
Creo que muchos pastores se sienten frustrados porque están involucrados en proyectos donde pretenden darle una «lavada de cara» a cosas que, en su esencia, están podridas. Son muchas las técnicas y metodologías del mundo que hoy nos venden los expertos del crecimiento de la iglesia, la gran mayoría de las cuales ni siquiera han sido adaptadas a la iglesia, sino simplemente transferidas tal cual existen en el mundo empresarial. Muchos son los cristianos que quieren retener todas las comodidades y modalidades del mundo, mientras viven una vida espiritual predecible e insulsa. Muchas son las congregaciones que dan testimonio de tener más en común con los ciudadanos de este mundo que con los del reino. Aunque usemos pintura de la más blanca para tornar en presentables estas cosas, su esencia no puede ser redimida. El único destino adecuado para ellos es el de la destrucción.
Seguramente a esto apuntaba Jesús cuando dijo que «Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo, pues si lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado de él no armoniza con el viejo» (Lc 5.36). El principio que señala es claro: llega un momento en que el vestido viejo está tan desgastado que no vale la pena repararlo. La solución es tirar el vestido viejo y guardar el paño nuevo para otra cosa.

Para pensar:
El apóstol Pablo señala, en Romanos 6.4, que «somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva». Nuestro destino espiritual cuando llegamos a Cristo no es el «taller de chapa y pintura». Es la muerte. Solamente de la muerte se puede obtener una vida nueva.

En defensa del ministerio ENERO 16
Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios para servir a las mesas. Hechos 6.2

Cualquiera de nosotros que hemos estado un tiempo en el ministerio sabemos exactamente de que está hablando este pasaje. ¿Cuántas veces nos hemos visto obligados a repartir nuestro esfuerzo entre varios proyectos a la vez, porque la demanda del trabajo es mayor que la mano de obra disponible? Esta realidad es una constante dentro de la congregación local, y requiere que el pastor sea una persona de muchos talentos, ocupado en una diversidad de actividades.
Los apóstoles se encontraron rápidamente envueltos en una situación similar. Las necesidades de un creciente número de personas que recibían alimentos los había llevado a estar cada vez más ocupados en el tema de la distribución de la comida. El trabajo debía ser organizado, las dificultades debían ser superadas y los nuevos desafíos necesitaban ser encausados. No daban abasto con la incesante lista de cosas para hacer.
En medio de todo esto, sin embargo, pudieron detenerse para evaluar lo que estaba ocurriendo. Envueltos en un proyecto por demás loable y necesario, estaban desatendiendo su verdadero llamado, que era el de dedicarse a la oración y la Palabra. A nuestros oídos mezquinos, el comentario de los apóstoles suena un tanto elitista. Muchas veces he escuchado a personas decir que ellos no deseaban ensuciarse las manos con trabajo que consideraban por debajo de su verdadero lugar dentro de la congregación.
Nada podía estar más lejos de la verdad. Los apóstoles no estaban diciendo que servir las mesas era un trabajo poco digno de sus habilidades. Lo que estaban diciendo es que ellos estaban siendo infieles a su llamado por enredarse en cosas a las cuales no habían sido llamados. Existe en la decisión de buscar diáconos una disciplina admirable. En medio de la vorágine del ministerio no habían perdido la capacidad de mantener el ojo puesto sobre el objetivo principal de su llamado.
El hecho es que si Dios nos ha llamado a hacer cierta tarea, toda otra actividad -por más santa y noble que sea- es una distracción de nuestra verdadera vocación. En el caso de los apóstoles, había muchos que podían servir las mesas. Probablemente, lo podían hacer con mayor gracia y eficacia que los apóstoles. Pero las tareas de velar por la congregación y enseñar los principios eternos de la Palabra, no podían ser delegadas a otros, porque habían sido encomendadas a ellos.
La historia identifica uno de los problemas que más frecuentemente enfrenta el pastor: convertirse en una persona que hace de todo, pero no apunta a nada. Enredarse en muchas actividades de la congregación puede llevar a la pérdida del sentido de dirección en el ministerio. La mucha actividad no es necesariamente una señal de que el pueblo está avanzando hacia un objetivo puntual. A veces no es más que la evidencia de que están bien perdidos.

Para pensar:
¿Sabe cuáles son sus dones principales? ¿En qué ministerio debería estar utilizando estos dones? ¿Cuánto tiempo está invirtiendo en este ministerio? ¿Qué pasos prácticos puede tomar para mejorar su rendimiento?

Fiesta en el cielo ENERO 17
Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento. Lucas 15.7

El otro día hablaba con un pastor que acababa de terminar una campaña evangelística. La actividad se había realizado a lo largo de dos arduas semanas de reuniones, en las cuales la carga de predicar la Palabra había caído principalmente sobre sus hombros. Su rostro mostraba el cansancio y la fatiga de quien ha estado ocupado en los muchos detalles que son parte de este tipo de eventos. Le pregunté cómo habían salido las cosas. Me contó, con tono de desilusión, que solamente se habían convertido unas 15 personas. Claro, tantas horas de oración, tanto esfuerzo invertido, tantas invitaciones repartidas, tantos hermanos movilizados, tantas reuniones realizadas… Los resultados no parecían corresponder al enorme esfuerzo invertido.
Como pastores vivimos con una constante presión de medir nuestro éxito en términos de números. Todo un movimiento dentro de la iglesia se dedica a promover en seminarios, conferencias, artículos y libros, el testimonio de los «superpastores» que supervisan congregaciones de miles de creyentes fervorosos y comprometidos con el evangelio. Son nuestros modelos. Abundan las reuniones y los encuentros donde podemos escuchar los «secretos del éxito» que han producido en ellos ¡tan fenomenal crecimiento!
Lo que no nos damos cuenta es que estas congregaciones no son normales. Un reconocido investigador afirma que el 98% de las congregaciones alrededor del mundo reúnen entre 80 y 150 personas, es decir congregaciones como la suya, como la mía. En ellas el crecimiento es fruto del esfuerzo y el trabajo. Va acompañado siempre de lágrimas y contratiempos. A veces hacemos todo lo que sabemos hacer y lo único que cosechamos es un crecimiento lento y trabajoso.
¡Qué bueno recordar la parábola que contó Jesucristo! El pastor dejó las 99 ovejas para salir a buscar solamente una oveja que estaba perdida. Cuando la encontró, hizo una gran fiesta e invitó a sus vecinos a celebrar con él. De la misma manera, señaló, la conversión de una sola persona es motivo de gran celebración en el cielo.
¿Qué nos ha pasado que solamente nos impresionan las campañas donde 45.000 se «convierten»? ¿Será que necesitamos volver a recuperar una perspectiva más celestial del tema? ¿Cómo es eso de que «solamente se convirtieron quince»? Por esos quince se hicieron quince fiestas en el cielo. Cada individuo, cada ser humano, tiene un valor inestimable para nuestro buen Padre celestial. Si solamente se hubiera convertido uno, él diría que ¡valió la pena!
Regocíjese, pastor. A usted se la ha concedido ser partícipe de esa gran fiesta que se hace en los cielos. Cada uno de los que se convierten son un tesoro sin igual para el Señor. Atribúyale a esas personas el mismo valor que él les da. No se prive de participar de la fiesta, simplemente porque los números no coinciden con las cifras que se consideran señales del éxito. Éxito, en términos celestiales, es una oveja recuperada.

Para pensar:
Desde nuestra óptica Juan el Bautista no fue muy exitoso. Terminó el ministerio prácticamente solo. El Hijo de Dios no dudó, sin embargo, de llamarlo el más grande profeta de todos los tiempos. ¡No hay duda que lo miraba con otros ojos!

Lo primero, primero ENERO 18
Designó entonces a doce, para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios. Marcos 3.14–15

Este versículo nos da, en forma resumida, una clara idea de cuál era el plan que Cristo tenía en mente cuando escogió a sus doce discípulos. El camino a seguir incluía tres claros objetivos: 1) estar con él, 2) enviarlos a predicar, y 3) darles autoridad sobre los enfermos y los endemoniados.
Hay otros pasajes donde podría ser modificado el orden sin que se altere el producto final. Pero esta es una clara instancia de una secuencia en la que cada paso depende de la anterior. El orden establecido para esta estrategia no puede ser modificado. Podríamos sanar enfermos y expulsar demonios, pero tendría escaso valor si no fuera acompañada de la Palabra, que tiene un peso eterno. Asimismo, podríamos también agregarle la predicación de la Palabra a nuestro ministerio de sanidad, pero si no está sustentado por una relación de intimidad con el Hijo, no podríamos realmente señalar el camino hacia el conocimiento del Mesías.
Es aquí donde, como pastores, necesitamos ejercer gran cautela. La vorágine del ministerio con frecuencia lleva a que estos factores se inviertan, de manera que nos encontremos atrapados en gran cantidad de actividades que tienen la apariencia de devoción, pero que nos han robado lo más precioso, que es nuestra relación con el Señor.
Cuando me encuentro con pastores, siempre busco la oportunidad de preguntarles cómo andan en su vida espiritual. Es fácil tomar por sentado que si estamos en el ministerio entonces, lógicamente, estaremos disfrutando de intimidad con el gran Pastor. La realidad, lamentablemente, es otra. Muchas veces encuentro que los pastores han perdido su pasión por Aquel a quien están sirviendo con tanta devoción.
El evangelio de Mateo nos presenta una escena escalofriante. Algunos que pretenden justificar su falta de relación, señalando las muchas obras que han realizado, dirán en el día del jucio: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?» El Hijo del Hombre les responde con esta lapidaria frase: «Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!» (Mt 7.22–23). Note usted que Jesús les llama «hacedores de maldad». ¡Es muy fuerte! No deja lugar a dudas que toda obra divorciada de una relación con el Señor, aun cuando sea obra para él, es obra mala.
¿Ha perdido usted la disciplina de pasar tiempo con él, buscando su rostro y su companía? ¿Lo han vencido las constantes demandas para hacer cosas en la iglesia? ¿Se le ha enfriado un poco la relación con el Señor? ¿Por qué no aprovecha este día para volver a poner las cosas en su lugar? ¡Acérquese con confianza y renueve esa relación que tanto bien le hace! El Señor lo ha estado esperando.

Para pensar:
Alguien ha observado alguna vez que estar ocupado en los negocios del Rey, no es excusa para olvidarse del Rey. Si usted está tan ocupado que no le queda tiempo para estar con su Pastor, está más ocupado de lo que él quiere.

Una cuestión de óptica ENERO 19
Cuando se le apareció el ángel de Jehová y le dijo: Jehová está contigo, hombre esforzado y valiente… Gedeón le respondió de nuevo: Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo soy el menor en la casa de mi padre. Jueces 6.12, 15

Cuando Jehová se le presentó a Gedeón, éste estaba totalmente desanimado. Hacía tiempo ya que los madianitas le amargaban la vida al pueblo de Dios. Saqueaban las tierras de los israelitas y se llevaban lo mejor de la cosecha. En ese mismo momento Gedeón estaba trabajando para esconder el trigo.
Note el marcado contraste entre el saludo del ángel de Jehová y la respuesta de Gedeón. El ángel se refiere a él como «hombre esforzado y valiente». Pero el joven israelita no se sentía ¡ni valiente ni esforzado! Al contrario, solamente podía pensar en que su familia era pobre y que él era el último de la casa. Al igual que David, no sería la persona naturalmente escogida por la familia para cualquier proyecto importante. Estaba acostumbrado a que nadie le tuviera en cuenta. Mirando, entonces, sus recursos, exclamó con toda naturalidad: «¿con qué salvaré yo a Israel?».
He aquí uno de los misterios de la obra de Dios. Para tener éxito en los proyectos que él nos propone, no es importante cómo nos vemos, ni cómo nos sentimos. ¡Lo importante es cómo nos ve Dios! Sara se veía como una anciana estéril, sin perspectivas ya de engendrar hijos. El Señor la veía como la madre de una multitud. Moisés se veía como un tartamudo, útil solamente para cuidar ovejas. El Señor lo veía como el hombre ideal para liberar al pueblo del yugo egipcio. Pedro se veía como un torpe pescador de Galilea. Cristo lo veía como la roca, un líder con un rol clave en la formación de la nueva Iglesia. Ananías veía en Saulo a un hombre dedicado a la persecución violenta de la iglesia. El Señor veía en este hombre a un instrumento escogido para llevar el evangelio a los gentiles.
¿Cómo se ve usted, pastor? ¿Se ve como un pobre desdichado que tiene pocas capacidades y aun menos recursos? ¿Cree que Dios lo ve de la misma manera? ¿Cómo le saludaría el ángel de Jehová si se le apareciera hoy?

Para pensar:
Tenga en cuenta que puede ser verdad que usted es pobre y tiene pocos recursos. Gedeón era de veras miembro de una familia pobre. La dificultad no está en las condiciones que tenemos. El problema está en creer que estas condiciones y circunstancias limitan la actividad y los proyectos de Dios. El Señor no ve nuestra realidad como impedimento para sus planes, porque es él el que hace la obra, no nosotros. El ángel le dijo a Gedeón: vé con tu fuerza. No le estaba pidiendo que buscara más recursos, ni que echara mano de tesoros que no poseía. Simplemente quería que pusiera su incapacidad en manos del Dios todopoderoso. ¡Un siervo inútil en las manos de Dios, puede ser un arma por demás poderosa!

El rostro brillante ENERO 20
Después descendió Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del Testimonio en sus manos. Al descender del monte, la piel de su rostro resplandecía por haber estado hablando con Dios, pero Moisés no lo sabía. Éxodo 34.29

¡La persona que pasa tiempo con Dios no puede evitar ser transformado! ¿Acaso algún otro pasaje ilustra mejor esta verdad? La intensidad del encuentro entre el profeta y Jehová había sido tal que hasta la piel del rostro le brillaba. Nos recuerda inmediatamente a la transfiguración de Cristo, donde los discípulos vieron que «Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede dejar tan blancos» (Mr 9.3). Y este brillo no era meramente el resplandor de la tela de sus vestimentas, sino el brillo producido por la presencia de algo espiritual.
Cuando leo este pasaje, pienso: ¡A cuántos nos gustaría experimentar algo similar a esto! Los que andamos en Cristo anhelamos tanto esa experiencia de cercanía al Señor, aunque sea que nos fuera concedido siquiera tocar el borde de su manto. ¿Qué se sentirá al vivir una experiencia como esta? ¿Podremos mantenernos en pie frente a semejante visitación de Dios?
Nuestra «envidia santa» de la experiencia que le fue concedida a Moisés, sin embargo, no repara en un pequeño detalle en el versículo que hoy compartimos. Es que el profeta no sabía que le brillaba el rostro. Cosa insigni-ficante, ¿verdad? En este detalle, sin embargo, encontramos parte del misterio de la transformación que obra en nosotros. Esa transformación, juntamente con las experiencias espirituales que la acompañan, no son primordialmente para nuestro deleite. Muchas veces ni siquiera sabemos que él está obrando en nuestras vidas. El objetivo de su obra es que los demás vean la gloria de Dios reflejada en nuestras vidas, no para que nosotros mostremos con orgullo nuestra madurez espiritual.
Por esta razón conviene que examinemos con cuidado las motivaciones escondidas de nuestros corazones. Muchas veces veo entre pastores un forcejeo sutil para ver quién recibe mayor honra en las reuniones y encuentros con otros líderes. El apóstol Pablo anima a la iglesia de Filipo: «nada hagáis por rivalidad o por vanidad» (Flp 2.3). La «vanagloria» es aquella que parece ser genuina, pero que en realidad no tienen valor alguno. Es el reconocimiento y los aplausos que vienen de los hombres, y no la palabra de aprobación que viene de nuestro Padre celestial. Como tal, está destinada al olvido.
Como líderes debemos procurar una vida de santidad e intimidad tal, que nuestra vida brille con gloria de lo alto. Nuestra sola presencia testificará de la magnificencia del Dios que servimos. Pero sepa usted que ni bien tome conciencia de ese resplandor se desvanecerá. Nuestro buen Padre sabe cuán rápido nos enorgullecemos de lo que, en realidad, no es nuestro. Por eso le fue dada a Pablo una espina en la carne. Para que la extraordinaria grandeza fuera de Dios, y no del apóstol.

Para pensar:
Considere el siguiente consejo de uno de los grandes santos del siglo XIX: «Piense lo menos posible en usted. Aparte con firmeza todo pensamiento que le lleve a meditar en su influencia, sus muchos logros o el número de sus seguidores. Pero sobre todas las cosas, hable lo menos posible de usted».

El valor de la disciplina ENERO 21
Desecha las fábulas profanas y de viejas. Ejercítate para la piedad. 1 Timoteo 4.7

Existe una tendencia en nosotros a hablar más de lo que practicamos. Creemos que hablar de lo importante que es tener una vida de oración es casi lo mismo que orar. Creemos que exhortar y animar a los hermanos a que compartan su fe con otros, es lo mismo que hacerlo. Creemos que exaltar las virtudes del estudio cuidadoso de la Palabra, es lo mismo que tomar tiempo para meditar en ella. Y ¿quién más expuesto a este peligro que nosotros los pastores, los que nos dedicamos a la enseñanza y a la proclamación de las verdades eternas de Dios?
Pablo reconocía esta debilidad en los líderes, especialmente entre los más jóvenes. Por eso, anima a Timoteo a que su vida cristiana no consista en palabras. Esta exhortación, que parece haber preocupado seriamente al apóstol, la reitera siete veces en sus dos cartas al joven pastor. Su mensaje es claro: «no te enredes en las muchas palabras, porque ¡la vida espiritual no pasa por ese lado!» El apóstol ya había señalado en su primera carta a los Corintos que «el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder» (4.20).
¿Qué alternativa le propone? El de la disciplina.
Es interesante notar que la palabra que usa es la misma de la cual nosotros derivamos el término «gimnasia». En otras palabras, Pablo está animando a Timoteo a que haga gimnasia para mantenerse en buen estado en su vida espiritual. La gimnasia de la que habla, claro, no es de ejercicio físico, aunque aclara que esta también tiene provecho. La gimnasia que él propone, sin embargo, es la de aquellas disciplinas que abren la puerta para mayor intimidad con Dios: la adoración, la lectura, la oración, el ayuno, la soledad, el silencio, etc.
Muchos de nosotros tenemos vidas disciplinadas. Pero nuestra disciplina está mal dirigida. La gastamos en gran cantidad de actividades públicas porque son las que, en última instancia, mayores satisfacciones nos dan. Estas actividades, no obstante, no abren nuestras vidas al trato profundo del Señor. Es lo que hacemos cuando estamos solos, que marca la diferencia de lo que somos cuando estamos en público.
La excelencia en cualquier emprendimiento en esta vida tiene un precio. El músico que aspira a ser extraordinario, no puede descansar meramente en su talento. Debe pasar horas y horas practicando todos los días. El deportista que aspira a llegar a lo más alto del podio, debe dedicar largas horas al entrenamiento todos los días. De la misma manera, los que aspiramos a lograr un grado de excelencia en nuestra vida espiritual debemos estar dispuestos a hacer los ejercicios necesarios para cultivarla.

Para pensar:
Dice el evangelista que Cristo tenía por costumbre «apartarse a lugares solitarios para orar». ¿Podría hacerse la misma observación de su vida? ¿Si tuviera que medir su pasión por la vida espiritual, que puntaje se daría? ¿Cuáles son las dificultades y obstáculos que más han interferido con su deseo de hacer «gimnasia» en su vida espiritual? ¿Qué pasos concretos puede tomar para crecer en este aspecto de su vida?

Proceso de aprendizaje ENERO 22
Cuando se quedó solo, sus seguidores junto con los doce, le preguntaban sobre las parábolas. Marcos 4.10 (LBLA)

¿Ha reparado alguna vez en cuántas veces se repite en los evangelios esta escena? Jesús enseñaba a las multitudes. Los discípulos, quienes estaban entre los espectadores, recibían también la enseñanza del Maestro, pero no siempre entendían cuál era el sentido de eso que habían escuchado. Entonces, esperando el momento para estar a solas, se le acercaban y le pedían una aclaración, una explicación, o le compartían sus dudas.
De esta escena, repetida tantas veces a lo largo de los tres años que compartió con ellos, se desprenden dos importantes principios para el líder que tiene un ministerio de enseñanza. En primer lugar, usted no debe dar por sentado que lo que ha sido claro para usted, en el razonamiento y las explicaciones que ha compartido, es también de esta manera para sus oyentes. Cada persona escucha y analiza lo que se le dice a través de su propia cultura personal. Por otro lado, en el proceso de comunicación, siempre se pierde algo. De manera que aquella idea que le parecía tan fácil y sencilla a usted, puede haber llegado en forma confusa y compleja a los que le escuchaban. No asuma que lo que usted enseña o predica es claro para todos sus oyentes.
En segundo lugar, el maestro sabio entiende que la enseñanza es un proceso. La verdad se va «encarnando» en aquellos que la escuchan. A veces, la reacción inicial de sus oyentes puede incluso ser hostil, pero la Palabra va trabajando lentamente y echando raíces en la persona que la ha recibido. De esta forma, sería más correcto decir que la enseñanza es un proceso y no un evento. A medida que una persona tiene tiempo para meditar sobre las verdades que ha escuchado irá arribando a las conclusiones que abrirán la puerta a un verdadero cambio.
Al entender esta realidad, el buen líder provee oportunidades para que sus más íntimos colaboradores puedan acercarse para buscar aclaraciones, hacer preguntas, o simplemente compartir de que manera han sido tocados por la Palabra. Esta es una parte fundamental del proceso de aprendizaje, y el líder que se apoya solamente en las reuniones formales para llevar adelante el ministerio de formar al pueblo va a encontrar que su efectividad no es muy alta. Es más, el buen maestro entiende que esos momentos informales donde la conversación simplemente «se da» son muchas veces las ocasiones en las cuales ocurre la enseñanza que más impacta la vida de otros.

Para pensar:
Piense un momento en su propio estilo de enseñanza. ¿Confía demasiado en la enseñanza de «micrófono»? ¿Dirían sus colaboradores más íntimos que es usted una persona accesible? ¿Qué cosas puede hacer para asegurarse que la gente realmente está entendiendo lo que comparte con ellos? ¿Cómo puede crear en su ministerio más momentos informales como los que vemos ilustrados en el pasaje de hoy?

Enseñanza que no es ENERO 23
Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, pero no hacen. Mateo 23.1–3

No pocas veces hemos visto dentro de la congregación local amargas peleas entre personas que se disputan el liderazgo. Las acusaciones van y vienen, y cada uno intenta demostrar que el otro es un usurpador.
No hay duda de que los fariseos y los escribas eran personas indignas de ocupar un lugar de influencia dentro de la sociedad judía. Sin embargo, Cristo no atacó su posición de liderazgo. Reconoció que se habían sentado en la cátedra de Moisés y que ocupaban, por lo tanto, un lugar de privilegio. En lugar de cuestionar el lugar donde estaban ubicados, Cristo cuestionó el uso que estaban haciendo de esa posición de responsabilidad.
El hecho es que todo maestro va a ser juzgado, sea o no digno del puesto que ocupa. Por esta razón, Santiago advertía «no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación» (Stg 3.1). La principal objeción que el Hijo de Dios hacía en cuanto a los fariseos era que su enseñanza era contradictoria, pues decían una cosa y hacían algo totalmente diferente.
Este es uno de los problemas más comunes que sufren los maestros. Su enseñanza es teórica y no impacta. La falta de impacto no tiene que ver con el hecho de que su doctrina es errada. Muchas veces lo que comparten estas personas, desde una perspectiva bíblica, es prolijo y acertado. Pero la abundancia de sus enseñanzas no producen cambios en los que los escuchan porque no están respaldadas por una vida que ejemplifica esas verdades.
Cuando Cristo terminó de predicar el Sermón del Monte, las multitudes se maravillaban porque «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7.29). El impacto de sus enseñanzas, sin duda, tenía que ver con el hecho de que no había distancia entre lo que el Mesías enseñaba y lo que vivía. Su testimonio personal respaldaba los dichos de su boca.
Esto no quiere decir que, como maestros, debemos ser perfectos. Estamos en el proceso de madurar y crecer a su imagen. Pero sí debe haber, de nuestra parte, un compromiso serio de practicar aquello que pretendemos que otros practiquen. Este compromiso es lo que muchas veces le quita la dureza a nuestras enseñanzas, porque quien intenta practicar la vida espiritual se da cuenta que el proceso es más complejo que la aparente sencillez que pretenden nuestras enseñanzas. El que lucha todos los días por vivir lo que enseña, puede ser tierno y compasivo con los demás, porque se da cuenta que la vida no es tan fácil como parece.

Para pensar:
En su libro Las siete leyes del maestro, el Dr. Howard Hendricks escribe: «Si usted deja de crecer hoy, deja de enseñar mañana. Ni la personalidad, ni la metodología pueden reemplazar este principio. Usted no puede enseñar desde el vacío. No puede compartir lo que no posee… La enseñanza efectiva viene a través de personas transformadas. Cuanto más transformado, más efectivo como maestro».

El nombre del Padre ENERO 24
He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. Juan 17.6

En la gran oración sacerdotal del Hijo de Dios encontramos una admirable presentación de las metas que habían guiado su ministerio durante el tiempo de su peregrinación entre los hombres. Había buscado cumplir con dos grandes tareas. La primera está enunciada en el versículo de nuestro devocional de hoy. La segunda, mencionada en el versículo 8, fue que Jesús se propuso darles «las palabras que me diste».
En muchos sentidos, este es el resumen de la tarea que enfrenta todo pastor. Hemos sido llamados a formar discípulos, a capacitar a los santos para la obra del ministerio. La gran pregunta es: ¿cómo logramos esto? Este pasaje nos da una clara idea del camino a seguir. Debemos entregar las palabras del Padre y, a la vez, revelar las características de su nombre.
La entrega de la Palabra ha sido uno de los enfoques principales de gran parte de los líderes en muchas congregaciones, aunque debemos reconocer que hay segmentos de la iglesia que carecen de enseñanza bíblica. En términos generales, sin embargo, el pueblo de Dios no va a perecer por falta de conocimiento de las Escrituras. Mucho de nuestra vida como pueblo de Dios se desarrolla en infinidad de reuniones donde la Verdad es compartida, enseñada y predicada. No obstante, muchos conocen la Palabra, pero no al Dios de la Palabra.
Notemos que Cristo combinó la enseñanza de la Palabra con la revelación del nombre del Padre. ¿A qué se refiere esto? Sencillamente al hecho de que Cristo no solamente entregó los preceptos contenidos en la Palabra eterna de Dios, sino que también trajo revelación en cuanto al corazón del autor de aquella Palabra.
No podemos dejar de subrayar lo absolutamente fundamental que es este segundo aspecto. La Palabra sola, cuando es entregada sin una revelación del corazón de Dios, lleva a un legalismo pesado y sofocador. Las exhortaciones contenidas en las Escrituras son muchas, y quien las lee sin conocer al Padre puede concluir que este Dios no es más que un tirano.
Por esta razón Cristo se ocupó de revelarle a sus seguidores el corazón pastoral del Dios de la Palabra. Es cuando percibimos la compasión y el deseo de hacernos bien del Padre, que comenzamos a ver la Palabra con otros ojos. Ya no son las demandas caprichosas de un Dios excesivamente severo, sino las tiernas instrucciones de un Padre que anhela profundamente compartir toda cosa buena con sus hijos. Cuando el pueblo conoce de primera mano la bondad de Dios, el obedecerle es más fácil.

Para pensar:
Usted no revela el nombre de Dios con más enseñanzas acerca de este tema. Revela el nombre del Padre cuando el pueblo percibe que usted le conoce íntimamente. La revelación del nombre de Dios es algo que se aprecia. Tiene que ver con una realidad espiritual que se deja ver cuando se entrega la Palabra. Si usted no está disfrutando diariamente de las bondades de nuestro buen Padre celestial, por más que hable del tema no podrá revelar el nombre de Dios. No se pierda la oportunidad, en este día, de disfrutrar de la persona de Dios.

Un hombre como nosotros ENERO 25
Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviera, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia y la tierra produjo su fruto. Santiago 5.17–18

Hace unos cuantos años tuve la oportunidad de participar en el primer encuentro misionero Iberoamericano, COMIBAM, que se realizó en São Paulo en 1987. El «plato fuerte» del encuentro, se nos había informado, era la llegada, el último día, de un famoso evangelista. Cuando este hombre subió a la plataforma, se desató una corrida de cientos de personas que se agolpaban alrededor del púlpito para sacarle fotos. Algunos no tenían problemas de subirse a la misma plataforma para sacarse fotos con él. El desorden era tal, que el pobre hombre interrumpió la reunión para pedir que por favor no le sacaran más fotos.
Aquella experiencia me llevó a pensar sobre el culto a los «famosos» que forma parte de nuestra cultura evangélica. Desde aquel encuentro, he visto una y otra vez la misma reacción en nuestro pueblo. Existe en nosotros una tendencia a elevar a los líderes más conocidos a una posición de privilegio y admiración, que no es bueno ni para ellos ni para nosotros.
Pero, ¿por qué ese afán de estar cerca de ellos, de poderles saludar o tocar? En el fondo, sospecho que muchos de nosotros creemos que la grandeza de sus ministerios es consecuencia directa de la clase de personas que son. Miramos con algo de asombro sus ministerios y trayectoria porque sentimos que son personas de otra categoría, con cualidades y características que nosotros no poseemos.
Santiago nos quiere animar a ser más atrevidos en la oración. Para eso nos da el ejemplo del poder que esta disciplina tuvo en la vida de Elías. Oró y dejó de llover; ¡oró de nuevo, y volvió la lluvia! No sé cual es su reacción frente a este relato, pero sospecho que la mayoría de nosotros diría: «Yo jamás podría hacer eso».
Este es precisamente el argumento que refuta el apóstol. Antes de que podamos reaccionar, nos dice que Elías era un hombre igual que nosotros. No tenía nada de especial. Se deprimía, como nosotros. Se enojaba, como nosotros. A veces le fallaba la fe, como nos pasa a nosotros. Sin embargo oró, y Dios le respondió.
¿A qué apuntaba Santiago? La grandeza de Elías no radicaba en lo que él era, sino en el Dios en quien había creído. Su grandeza no era suya. Era del Señor. Por esta razón, ningún cristiano debe sentirse intimidado por semejante ejemplo de vida, porque el mismo Dios que operaba en la vida de Elías, también opera en nuestras vidas y ministerios.

Para pensar:
Como líder, déle gracias a Dios por el ejemplo de aquellas personas que tienen trayectoria y proyección internacional en el mundo evangélico. ¡Gracias a Dios por sus vidas y ministerios! Pero no deje intimidarse por lo que son. Su grandeza no es de ellos. Es del Señor que obra en sus vidas. Y ese mismo Señor obra en su vida y ministerio. Tómese de la mano del Señor y atrévase a creer que él también puede hacer grandes cosas en su vida.

Ayudar al débil ENERO 26
Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Mateo 23.4

El conocido pensador cristiano, Francis Schaeffer, observó en cierta oportunidad: «La ortodoxia bíblica sin compasión tiene que ser una de las cosas más desagradables sobre la faz de la tierra». Algunos comentaristas señalan que los fariseos poseían una lista de 630 reglamentos necesarios para vivir una vida agradable a Dios. El peso de semejante cantidad de leyes, lejos de animar al pueblo a buscar el rostro de Dios, había llevado a que la mayoría sintiera que la vida espiritual era para un pequeño puñado de personas selectas.
El problema principal de los fariseos no estaba, sin embargo, en la cantidad de sus reglamentos aunque, por cierto, estos entorpecían grandemente a quienes aspiraban a cultivar una vida espiritual. La esencia del problema era el estilo que habían adoptado para enseñar estos preceptos al pueblo. Creían que su responsabilidad principal era simplemente la de decirle al pueblo lo que tenía que hacer.
¡Cuántos pastores ministramos con la misma convicción! Vivimos arengando al pueblo para que haga esto, eso, o aquello otro. Nuestras enseñanzas y predicaciones son una interminable serie de exhortaciones a cumplir con diferentes responsabilidades. En tales circunstancias, no ha de sorprendernos que el pueblo se siente agobiado y frustrado.
La verdad es que la mayoría de los que son parte de la iglesia ya saben cuáles son sus responsabilidades. ¿Dónde está el creyente que, luego de años de asistir a reuniones, todavía no se ha enterado de que debe amar a su prójimo, leer la Palabra, compartir su fe o dedicar más tiempo a la oración? ¿Quién de entre nosotros encuentra novedosa una predicación que nos exhorta a ser generosos en el servicio, la adoración, o la ofrenda?
El error en esta visión es creer que el pueblo se moviliza simplemente con exhortaciones. El exceso de exhortaciones acaba por atar cargas pesadas a los hombros de nuestra gente. La responsabilidad de todo pastor no es únicamente exhortar. También debemos estar dispuestos acompañar al pueblo en el intento de implementar lo que le hemos animado a hacer.
El buen pastor exhorta, pero también se pone a la par de su gente y les ayuda a vivir conforme a la Verdad. Esto es lo que hizo nuestro propio pastor, Jesucristo. Animó a los discípulos a caminar en ciertas verdades; pero también se puso al lado de ellos y les mostró cómo hacerlo. Cuando volvió al Padre, convocó al Espíritu para continuar con esta tarea. Su mismo nombre, paracletos, indica que es uno llamado a ponerse a la par de otros para asistirles en su debilidad.
Esto marca la diferencia entre un pastor de púlpito y un pastor con «olor» a ovejas. El primero solamente exhorta. La gente que está con él se siente frustrada, porque necesita quién les muestre el camino a seguir. El segundo, pasa tiempo acompañando, mostrando y corrigiendo al pueblo, para que aprenda cómo caminar con el Rey.

Para pensar:
¿Quiénes son las personas que más le han ayudado en su peregrinaje en Cristo? ¿De qué manera lo hicieron? ¿Cómo puede lograr un buen equilibrio entre tiempo invertido en exhortar y tiempo invertido en ayudar? ¿Qué cosas impiden hoy que pueda lograr este equilibrio?

¡Déjese pastorear! ENERO 27
Jehová es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Salmo 23.1–2

¡Cuánta belleza captada en esta inmortal poesía del rey pastor, David! Refugio de multitud de generaciones, este salmo nos revela como ningún otro los aspectos más íntimos del corazón pastoral de nuestro Padre celestial.
Reparemos un momento en la voz de la mayoría de los verbos. Nada me falta, en lugares de delicados pastos me hace descansar, junto a aguas de reposo me conduce, él me restaura el alma, me guía por senderos de justicia, su vara y callado me infunden aliento, me prepara mesa delante de mis enemigos, me unge la cabeza. Sin ser un especialista en las estructuras gramaticales del idioma, salta a la vista que todos los verbos tienen una construcción idéntica. Están en voz pasiva. En cada uno de ellos, la oveja es la receptora y no la generadora de la acción. Recibe algo de parte del pastor: provisión, descanso, dirección, restauración, guía, aliento, servicio, unción.
Debemos notar que estas cosas son producto del accionar del pastor, no de la oveja. Él, que las ama y desea lo mejor para ellas, permanentemente actúa para que puedan recibir todo lo que considera indispensable para su bienestar. Es una relación de dimensiones absolutamente sencillas: ellas reciben, él da.
¿Por qué nos detenemos en este detalle? Por la sencilla razón de que hay demasiadas ovejas dentro del redil que creen que es su responsabilidad producir estas realidades. Están tratando de restaurarse o conducirse a lugares de delicados pastos. La responsabilidad de la oveja, sin embargo, es una sola: dejarse pastorear. El pastor se ocupa de lo demás. Solamente se requiere de ella que esté dispuesta a ser guiada, restaurada, animada, etcétera.
Este principio es el que Norman Grubb -uno de los grandes héroes de la obra misionera- llama un hecho fundamental de la vida espiritual: «Dios actúa por siempre según su naturaleza eterna, y el hombre según la suya, y esto no tiene variación en ambos». Dios por siempre es el que da, el hombre por siempre es el que recibe. Cuando nos olvidamos de este principio, perdemos la naturaleza de dependencia absoluta que es indispensable para una vida victoriosa.
Qué difícil es para nosotros, los pastores, quitarnos la chaqueta de pastor y ponernos en posición de ovejas. Estamos acostumbrados a pastorear, no a ser pastoreados. Si no nos dejamos pastorear, sin embargo, nunca podremos ser eficaces como pastores.

Para pensar:
¿Se deja usted pastorear? ¿O es muy arisco? En medio de las presiones ministeriales, ¿no le apetece ser llevado a lugares de delicados pastos, o a descansar junto a aguas de reposo? Claro que sí, ¿verdad ? Entonces, por qué no tomarse un momento para volver a poner las cosas en su lugar. Usted es, sin duda, pastor. Pero primeramente es oveja. Y como oveja, necesita que lo pastoreen. ¡Abra su corazón al dulce cuidado del Gran Pastor de Israel!

«Yo estoy contigo» ENERO 28
Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno,porque tú estás conmigo. Salmo 23.4 (LBLA)

Tome nota de la razón por la cual el salmista está confiado. No es la esperanza de que sus circunstancias cambien, ni tampoco la idea de que puede tener una vida sin complicaciones, ni dificultades. Al contrario, el salmista se da cuenta que hay una buena posibilidad de que le toque caminar por el valle de sombra de muerte. La fortaleza de su postura frente a este panorama, sin embargo, es que tiene convicción de que el Señor estará con él, aun en las peores circunstancias.
¿Se ha detenido alguna vez a meditar en la cantidad de veces que el Señor dice yo estoy contigo? Los pasajes bíblicos donde encontramos reiterada esta frase parecen todos tener algo en común: Cada uno describe una situación que infundía temor en el protagonista de los acontecimientos. Jacob, por ejemplo, tenía miedo de volver a su casa porque su hermano había jurado darle muerte. El Señor lo visitó y le dijo: «yo estaré contigo» (Gn 31.3). Moisés, llamado a volver a Egipto, sintió temor porque creía que el Faraón procuraba su muerte. El Señor le dijo: «yo estaré contigo» (Ex 3.12). Josué se sentía atemorizado por la enorme tarea de guiar al pueblo en la conquista de la tierra prometida. El Señor le habló, diciendo: «Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes porque Jehová, tu Dios, estará contigo dondequiera que vayas» (Jos 1.9). Cuando el ángel de Jehová llamó a Gedeón a liberar a Israel del yugo madianita, este sintió que era poca cosa para semejante tarea. Pero el Señor le dijo: «ciertamente yo estaré contigo» (Jue 6.16). El joven profeta Jeremías sentía que era inútil la tarea de tratar de proclamar la Palabra de Dios al pueblo. Eran muchos los que estaban en contra de él. El Señor le recordó: «Pelearán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo» (Jer 1.19). Hasta el valiente apóstol se sintió atemorizado por la oposición de los judíos en Atenas. Por medio de una visión de noche, el Señor le dijo: «No temas, sino habla y no calles, porque yo estoy contigo» (Hch 18.9).
Vivimos en tiempos muy difíciles en América Latina. La frágil estabilidad económica que habían logrado algunos de nuestros países se está desvaneciendo como la niebla matinal. En muchas naciones de la región los índices de desempleo aumentan inexorablemente día a día. Y, como si esto fuera poco, vivimos en un clima de creciente violencia donde cada vez nos sentimos más desprotegidos y vulnerables. Tiempos, en resumen, apropiados para vivir angustiados.
Qué hermoso, entonces, es recordar esta afirmación confiada del salmista. «Aunque pase por el valle de sombra de muerte… «¡tú estás conmigo!» Este tiempo de crisis tiene un valor inestimable para los que deseamos cultivar una vida de mayor dependencia de él.

Para pensar:
Qué momento puede ser más apropiado que el presente para tomarnos fuertemente de su mano y decirle, como dijo Moisés, «si tu presencia no ha de acompañarnos, no nos saques de aquí» (Ex 33.15). Muchas veces no le sentimos; nunca le vemos. Pero él está con nosotros. ¡Adelante, entonces, sin temor alguno!

Escuchar con discernimiento ENERO 29
Justo parece el primero que aboga por su causa, pero viene su adversario y le rebate. Proverbios 18.17

Una de nuestras responsabilidades en el ministerio es la de recibir y escuchar a los que están a nuestro alrededor. No pocas veces otros vendrán buscando ayuda para resolver dificultades en sus relaciones con terceros. El líder sabio deberá moverse con cuidado en estas situaciones, si es que va a conducir a la persona en forma espiritual.
Todo el que hable con nosotros presentará su situación desde su propia perspectiva, claro está. Pero con frecuencia nos encontraremos con personas que poseen una habilidad poco común para elaborar un cuadro donde no queda duda en cuanto a la culpabilidad de la otra persona. Sus palabras son persuasivas, sus argumentos son convincentes, y sus actitudes parecen ser las de una persona que ha sido tratada por el Espíritu de Dios. Sin darnos cuenta, descubriremos que coincidimos plenamente con la opinión del que nos está hablando. Nuestros comentarios comenzarán a delatar que ya hemos decidido quién es culpable en esta situación, ¡la persona que no está presente!
El autor de Proverbios identifica el peligro que corremos al formar una opinión, en forma acelerada, sobre la situación que se nos ha presentado. Todos tenemos capacidad de describir situaciones de tal manera que nuestra parte parezca justa y razonable. El líder entendido sabe que siempre, aun en las peores situaciones, hay dos partes en una historia. Además de procurar el discernimiento que el Señor da, también estamos obligados a examinar la situación desde otros ángulos, incluyendo el de la persona que no está presente en ese momento.
El que ha sido consultado, además, tiene que entender que en ese momento solamente puede trabajar con la persona que está presente. Deberá, por la tanto, conducir con ternura la conversación para que se puedan examinar las actitudes y comportamientos de la persona que está presente. Podremos estar de acuerdo que la persona ausente ha obrado mal, pero en este momento no tenemos acceso a su vida. Solamente podremos ayudar a la persona que tenemos delante, a ordenar su vida según los parámetros eternos de la Palabra. Esta es nuestra responsabilidad.
Por otro lado, si ya hemos formado una opinión acerca del «pecado» de la otra persona, será muy difícil acercarse a ayudarla, pues nuestras conclusiones serán evidentes en las actitudes y las palabras que mostramos en el encuentro. Ninguna persona debe ser juzgada por lo que otro dice de ella. Cada uno debe ser escuchado y examinado con la mayor imparcialidad posible. Solamente de esta manera podremos ser herramientas eficaces para ayudar en la resolución de conflictos.

Para pensar:
En los evangelios existen varias ocasiones en las cuales se le pidió a Jesús que interviniera para arreglar conflictos, por ejemplo Lc 10.40, Lc 12.13, y Mt 20.20. Lea estos pasajes y medite en lo siguiente: ¿Cuál era el reclamo de cada persona? ¿Qué solución ofreció el Mesías? ¿Cómo encuadraba esta solución con lo que pretendían los que hacían el reclamo? ¿Qué lección espiritual se ve en estas escenas?

Palabras de ánimo ENERO 30
Porque a mis ojos eres de gran estima, eres honorable y yo te he amado; daré, pues, hombres a cambio de ti y naciones a cambio de tu vida. Isaías 43.4

Henri Nouwen, renombrado autor de más de veinte libros sobre diferentes aspectos de la vida espiritual, habla mucho sobre lo que significa para nosotros haber crecido en un mundo que maldice. Desde pequeños se nos ha dicho que nuestro valor como personas es relativo. No valemos por lo que somos, sino que valemos por lo que hacemos, por lo que logramos o por lo que tenemos. Los efectos devastadores de tal herencia nos dejan con una autoestima frágil, vulnerable a toda experiencia negativa.
Al conocer a Cristo deberíamos experimentar cambios dramáticos en esta triste condición humana, al descubrir que somos atesorados y valorados por el Dios eterno de los cielos. La realidad, sin embargo, es otra. Muchas veces nuestras congregaciones perpetúan el mensaje de que solamente valemos por lo que hacemos. La diferencia es que ahora nuestro hacer tiene que ver con las muchas actividades que se desarrollan dentro de la congregación local. La esencia del mensaje, sin embargo, es la misma.
Como pastores se nos ha encomendado la preciosa tarea de restaurar a estos que llegan, quebrados y fatigados, de un mundo caído. A nosotros se nos ha llamado «a curar a la enferma, a vendar la perniquebrada, a fortalecer la débil» (Ez 34.4). Nuestras congregaciones deberían ser comunidades terapéuticas donde todos los dolidos y lastimados son restaurados a la imagen del Dios que los creó.
Para esto es necesario que nosotros, en primer lugar, estemos disfrutando de la bendición de ser hijos amados del Altísimo. Nuestro espíritu necesita del testimonio del Espíritu de Dios que nos dice que somos parte de su familia (Ro 8.16), y que como tales gozamos de privilegios y tesoros que otros no tienen. Nuestro valor no está en lo que hacemos, sino en nuestra condición espiritual, que ha sido asegurada para siempre por el sacrificio de Cristo.
Solamente cuando estamos seguros de nuestra condición de amados, podremos bendecir la vida de otros, que es uno de nuestros preciosos privilegios como sacerdotes del Altísimo. Nouwen nos advierte que «la bendición solamente puede ser dada por aquellos que la han escuchado en sus propias vidas». Cuando escuchamos una y otra vez esa voz que nos llama «benditos», recibiremos también palabras con las cuales bendecir a otros y revelarles que no son menos bendecidos que nosotros.
¡Qué precioso ministerio! Quebrar con el hábito de este mundo de maldecir, y comenzar a hablar palabras que bendicen y edifican, ser los instrumentos del Padre para restaurar lo que el enemigo ha intentado destruir. Hemos sido llamados a ministrar vida a aquellos que están a nuestro alrededor. Tal ministerio solamente será posible si nosotros estamos disfrutando de la vida que él nos ofrece.

Oración:
«Señor, necesito que a diario me hables de lo mucho que me amas. Soy tan vulnerable a las palabras que hieren y lastiman. Fortalece mi espíritu con ese bendito testimonio de que soy tu hijo amado. Úsame también para hablar estas palabras a la vida de otros. Amén».

La medida de nuestra fortaleza ENERO 31
Si eres débil en día de angustia, tu fuerza es limitada. Proverbios 24.10 (LBLA)

La situación de crisis, que tanto busca evitar nuestra cultura hedonista, tiene un enorme valor para la persona que busca crecer en su vida espiritual. Nos permite evaluar el verdadero estado de nuestras reservas espirituales.
Todos nos sentimos fuertes y espirituales cuando la vida nos trata bien. En estos momentos, proclamamos nuestra lealtad al Señor y afirmamos nuestro compromiso de vivir conforme a su Palabra. Cuando la tormenta azota, sin embargo, la devoción y el compromiso se esfuman. En su lugar queda la pregunta tan frecuentemente escuchada en boca de cristianos en momentos de dificultad: «¿Por qué a mí?»
Para la persona que está interesada en ver una transformación en su vida, la condición indispensable para este proceso es tomar conciencia de las áreas que necesitan ser tratadas por el Señor. Mientras no vivamos situaciones que ponen a prueba nuestra vida, probablemente nos hagamos una idea errada de nuestra verdadera condición espiritual No solamente nos convenceremos de la existencia de realidades que no son, sino que tampoco seremos concientes de la verdadera naturaleza de nuestras debilidades. La crisis le pone fin al engaño de nuestras percepciones. En la crisis tenemos la oportunidad de vernos tal cual somos. Nuestras imperfecciones, nuestra poca madurez, nuestra falta de santidad, todo esto quedará admirablemente revelado.
Para entender este principio, piense un momento en el apóstol Pedro. En la última cena, afectado profundamente por las fuertes emociones del momento, proclamó confiadamente que daría su vida por Cristo. No dudaba de su devoción, ni de su compromiso. Sin embargo, cuando llegó la prueba, no alcanzó siquiera a confesar con su boca su lealtad al Mesías.
¿Cuál de los dos Pedros tenía más potencial para la obra? ¿El primero, o el segundo? El Pedro derrotado había aprendido una valiosísima lección. No podía confiar en su propio entendimiento, ni en su propia evaluación de su pasión espiritual.
Cómo líderes, esta verdad nos deja dos lecciones importantes. En primer lugar, debemos ser cuidadosos en lo que proclamamos en tiempos de abundancia y bendición. Es fácil sentirse invencible cuando todo está a nuestro favor. En segundo lugar, debemos apreciar más el valor de las situaciones de crisis en nuestras vidas. Nadie disfruta de experimentarlas, pero qué buen fruto pueden dejar en nuestras vidas cuando no intentamos escondernos de ellas.

Para pensar:
Medite en la siguiente observación del reconocido consejero cristiano, Larry Crabb: «Nuestra teología cobra valor solamente cuando sobrevive a los embates del dolor. Y la teología que es sana nos lleva a través del dolor a una experiencia más plena de Cristo y, por lo tanto, de la esperanza, el amor y el gozo».

FEBRERO

  1. Un profeta sin igual
  2. Orar por los nuestros
  3. Trabajo que no es
  4. Confiados en su misericordia
  5. Orar con visión
  6. Apoyo condicional
  7. Proseguir hacia la meta
  8. Acortar distancias
  9. Porque él nos amó primero
  10. La paja en el ojo ajeno
  11. Sentimientos encontrados
  12. Ministrar según la necesidad
  13. Una progresión natural
  14. Aprendices de Dios
  15. Perseverar en la oración
  16. Motivaciones que matan
  17. ¡Mojarse los pies!
  18. Lo que marca la diferencia
  19. Fiel a su palabra
  20. Peticiones que no recibirán respuesta
  21. «Golpeo mi cuerpo»
  22. La obligación de descansar
  23. Celos que matan
  24. Al desierto
  25. «Muéstrate como ejemplo»
  26. Solamente administradores
  27. La voz de Dios
  28. Debilidades con potencial

Un profeta sin igual FEBRERO 1
Os digo que entre los nacidos de mujeres no hay mayor profeta que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él. Lucas 7.28

Detengamos nuestra mirada un momento en este elogio de Cristo. Escogiendo de entre los profetas nacidos de mujer, el Hijo de Dios afirmó que Juan era el más grande de todos los tiempos. Recordemos que el hijo de Zacarías no estaba siendo comparado con otros profetas de poca estatura. Israel tenía una rica historia de ministerios proféticos, aunque muchas veces no fueron honrados como tales. La lista de notables incluía varones de la talla de Moisés, Isaías, Amós, y Jeremías, hombres que tuvieron un profundo impacto en la vida y la historia de la nación.
Piense en la trayectoria de Juan el Bautista. Fue apartado desde su concepción para una labor única. Los siguientes 30 años los pasó en completo anonimato. Solamente sabemos que cuando apareció a orillas del Jordán, venía del desierto. Probablemente fue formado y educado por alguna de las comunidades que moraban en esa región durante la época. Lo cierto es que era completamente desconocido.
De allí, su trayectoria fue meteórica. Al poco tiempo de comenzar a predicar, grandes multitudes lo acompañaban. Las figuras religiosas del momento venían de lejos para indagar su vida y mensaje. Formó su propio grupo de discípulos.
La culminación de su ministerio fue la llegada del Mesías, quien también se unió a las multitudes que se bautizaban. Con el inicio del ministerio público de El Enviado, la tarea de Juan terminó. Poco tiempo después fue arrestado, y luego decapitado por orden de Herodes. Su ministerio duró apenas seis meses.
¿Cómo, entonces, se puede decir que su ministerio fue el más grande de entre los profetas? La labor de Isaías y Jeremías se extendió a lo largo de al menos 40 años. ¡Lo de Juan es insignificante en comparación!
Justamente en este argumento, sin embargo, vemos el concepto que prevalece entre nosotros. Para nuestra cultura evangélica, la grandeza de un ministerio radica en su tamaño y extensión. En el reino, sin embargo, la grandeza no se mide en términos de números, sino en términos de fidelidad. Y la fidelidad consiste en hacer solamente lo que uno fue llamado a hacer. Nadie entendía esto mejor que Juan, quien le explicó a sus discípulos que «es necesario que él crezca, y que yo disminuya» (Jn 3.30).

Para pensar:
Para nosotros, esto es un terrible desperdicio de recursos. Preparar a un hombre 30 años ¡para un ministerio de seis meses! Nos sentimos mucho más cómodos con un modelo que prepara a un obrero seis meses para un ministerio de 30 años.
Qué importante lección nos deja el hijo de Zacarías a nosotros, los que estamos abocados a servir. Un hombre preparado por Dios para ministrar en el momento exacto, puede lograr más en seis meses que lo que un ministro bien intencionado puede lograr en sesenta años de trayectoria. Procuremos, pues, trabajar en las obras que él ha preparado de antemano para que andemos en ellas (Ef 2.10).

Orar por los nuestros FEBRERO 2
Epafras, que es uno de vosotros, siervo de Jesucristo, os envía saludos, siempre esforzándose intensamente a favor vuestro en sus oraciones, para que estéis firmes, perfectos y completamente seguros en toda la voluntad de Dios. Colosenses 4.12 (LBLA)

Los datos acerca de Epafras son escasos. Muchos comentaristas creen que fue una de las personas claves en el establecimiento de la Iglesia en Colosas, además de ser compañero de Pablo en su primera encarcelación. La verdad es que quedará perdido entre los millares de héroes anónimos que fueron parte de la expansión de la iglesia durante el primer siglo.
Nuestro versículo de hoy, sin embargo, nos da un pequeño vistazo de la clase de persona que era Epafras; un hombre de oración que entendía que aun de lejos podía seguir afectando vidas por medio de ruegos y súplicas a favor de ellos. Según el testimonio de Pablo, esta intercesión se llevaba adelante con una intensidad y un fervor que delataban una pasión poco común entre los que servían.
No solamente esto, sino que este varón también mostraba gran discernimiento en lo que a la iglesia respecta. Sus oraciones no estaban limitadas a peticiones que tenían que ver con los detalles temporales de esta vida, que tantas veces nos ocupan. Epafras pedía que se pudiera cumplir en ellos aquella condición que garantiza resultados eternos, que pudieran estar firmes, que fueran perfectos y completamente seguros en toda la voluntad de Dios.
Sin lugar a dudas Epafras no hacía más que imitar el ejemplo que había visto en el apóstol Pablo. Casi todas las epístolas dan testimonio de que el apóstol oraba frecuentemente por las iglesias que había fundado o visitado. En Romanos testifica: «sin cesar hago mención de vosotros en mis oraciones» (1.9). En primera Corintios Pablo declara: «gracias doy a mi Dios siempre por vosotros» (1.4). En Efesios 1.16 comparte: «no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones». En Filipenses comienza su carta diciendo: «Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros. Siempre en todas mis oraciones ruego con gozo por todos vosotros» (1.3–4). A los Colosenses les dice: «no cesamos de orar por vosotros» (1.9). A los de Tesalónica les recuerda: «damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones» (1.2).
Estos siervos entendían que la oración es una de las armas más efectivas que tiene el pastor a su disposición. Con oración podemos tocar vidas de maneras que no es posible con otras actividades. Sospecho, sin embargo, que muchos de nosotros creemos que el verdadero trabajo del ministerio parece estar en reuniones, visitación y consejería. Richard Foster, en su libro La Oración, nos recuerda que «si realmente amamos a las personas, desearemos para ellos mucho más de lo que tenemos a nuestro alcance darles, y esto nos llevará a orar. Interceder es una forma de amar a otros».

Para pensar:
¿Se podría decir de usted que es una persona que se «esfuerza intensamente» a favor de los suyos en sus oraciones? ¿Qué cosas impiden que pase más tiempo orando por su gente? ¿Cómo puede crecer en este aspecto del ministerio?

Trabajo que no es FEBRERO 3
Al ver el suegro de Moisés todo lo que él hacía por el pueblo, le preguntó: ¿Qué es esto que haces tú con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo, mientras todo el pueblo permanece delante de ti desde la mañana hasta la tarde? Moisés respondió a su suegro: Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Éxodo 18.14–15

Moisés estaba tan inmerso en la vorágine del ministerio que había perdido la capacidad de ver el desequilibrio en que había entrado. Desde la mañana hasta la noche una enorme multitud de gente se le presentaba buscando que él dispensara sabiduría para los problemas que traían. Jetro, sin embargo, inmediatamente vio la locura de esta manera de trabajar y cuestionó duramente a su yerno.
La respuesta de Moisés es similar a la respuesta que tantas veces he escuchado en boca de diferentes pastores: «Si fuera por mí, yo trabajaría de otra manera. Pero la gente me busca y yo tengo que atender sus necesidades». En otras palabras, nuestras prioridades ministeriales las determinan las demandas de las personas que están a nuestro alrededor. En lugar de dirigir el ministerio, encontramos que nosotros estamos siendo dirigidos por las multitudes con su lista interminable de asuntos que demandan de nuestro tiempo y atención.
Esta situación ha sido claramente identificada por Gordon MacDonald, en su excelente libro Ponga orden en su mundo interior. Modificando, con cierto sentido de humor, un famoso enunciado espiritual, MacDonald declara: «¡Dios le ama y todo el mundo tiene un plan maravilloso para su vida!» El hecho es que si el pastor no tiene metas y prioridades claras en su vida, encontrará que la congregación impone las suyas. Esto le robará la libertad para dedicarse a las cosas que tiene que hacer, porque las demandas de los que están a su alrededor son interminables. Como nunca termina de atenderlos, nunca tiene tiempo para dedicarse a las cosas para las cuales ha sido llamado. Este es el mismo problema que enfrentaban los apóstoles en Hechos 6. La necesidad de distribuir alimentos entre las viudas les estaba distrayendo de la tarea principal de su llamado, que era dedicarse a la oración y la Palabra.
El pastor sabio entenderá que debe establecer claras prioridades ministe-riales para su vida. Una vez que las ha establecido, podrá ordenar sus actividades conforme a estas prioridades. Cuando hace esto, su congregación tendrá un claro sentido de la dirección en la cual debe moverse. Además, el pastor tendrá tiempo para dedicarse a las cosas que realmente son importantes, como la formación de nuevos obreros, lo que le permitirá distribuir la tarea de atender al pueblo entre varias personas. De esta forma logrará que sus prioridades no queden a merced de todo aquel que tenga una necesidad.

Para pensar:
¿Cuáles son las tareas a las que Dios específicamente le ha llamado? ¿Cuánto tiempo está invirtiendo en estas prioridades? ¿Cuáles son los síntomas que le alertan que ha desviado la vista de estas prioridades? ¿Qué pasos puede dar para que su ministerio esté cada vez más alineado con su llamado?

Confiados en su misericordia FEBRERO 4
Porque él dice a Moisés: tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y tendré compasión del que yo tenga compasión. Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Romanos 9.15–16 (LBLA)

Uno de los elementos más atractivos que ofrecen las religiones, cuales quiera que sean, es la posibilidad de ejercer control sobre las acciones de Dios. Es decir, por una serie de sacrificios puedo garantizar su respuesta y asegurar que el resultado de mis esfuerzos tenga su recompensa. El grado de sacrificio varía de religión en religión pero todas -sin excepción- dan a entender que nuestras acciones pueden controlar a las deidades.
Esta idea, a decir verdad, es una reacción a la propuesta de Dios de que él sea absolutamente soberano en los asuntos de nuestra vida. Notemos, por ejemplo, el fastidio de los israelitas porque Moisés tardaba en bajar del monte (Ex 32). Como siempre, el factor tiempo es uno de los que más molesta. El pueblo, entonces, llegó a Aarón y le dijo: «haznos dioses que vayan delante de nosotros». En otras palabras, «queremos un dios que haga las cosas como nosotros queremos».
Sin darnos cuenta, este concepto se puede infiltrar dentro de nuestras congregaciones. Un ejemplo sencillo nos servirá de ilustración: podemos llegar a encontramos con creyentes que quieren pedirle algo especial a Dios. Pero demoran su petición, porque su vida personal no está en orden. Entonces intentan hacer por un tiempo «buena letra» para que, eventualmente, cuando efectúen su petición, Dios los escuche con agrado.
Nuestro versículo de hoy nos recuerda, en términos que francamente nos incomodan, que Dios es absolutamente soberano. Sin rodeos, Pablo nos dice que el accionar de Dios no depende ni del que corre, ni del que quiere, sino del Dios que se compadece de nosotros. Esto nos incomoda porque vivimos en un mundo donde, desde pequeños, se nos enseñó que la única manera de triunfar en la vida es controlando a los que están a nuestro alrededor. Nuestro Dios, sin embargo, escapa a este sistema perverso. Está más allá de nuestras maniobras.
¿Qué nos sostiene en la vida espiritual, entonces? Algo mucho más grande que la triste posibilidad de asegurar los resultados por medio de un sistema de intercambio de favores. Nos anima el corazón una profunda convicción de que él es nuestro Padre celestial y que, como tal, buscará siempre lo mejor para sus hijos. Estamos seguros de su amor, porque no es un amor con condiciones. Quién le conoce, sabe que siempre estará obrando a favor nuestro. Es esta realidad la que quiso poner Cristo de relieve ante sus discípulos, cuando les dijo: «si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» (Mt 7.11).

Para pensar:
Medite en la maravillosa verdad encerrada en esta observación de Matthew Henry: «Todas las razones por las cuales Dios es misericordioso tienen que ver con lo que él es, no con lo que nosotros somos». No tenemos más opción que postrarnos a sus pies… pero confíe en él. ¡Está en muy buenas manos!

Orar con visión FEBRERO 5
Dijo también el Señor: Simón, Simón, Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. Lucas 22.31–32

Esta declaración de Jesús a Pedro revela un nivel de compromiso y discernimiento del Hijo de Dios que muestra cuán profundamente espiritual era su peregrinaje por esta tierra. Sus palabras contienen al menos cuatro importantes principios para nuestros ministerios.
En primer lugar, vemos que Jesucristo había asumido un intenso compromiso con sus discípulos. Esto se tradujo en un fuerte deseo de cubrir sus vidas y utilizar todos los recursos a su disposición para producir en ellos el cumplimiento de la voluntad de Dios. Era un hombre que llevaba a su equipo en su corazón, en todo tiempo y lugar.
En segundo lugar, el conocimiento de la inminente prueba por la cual iba a atravesar el discípulo movilizó a Cristo a interceder por él. Muchas veces, las dificultades que vemos a nuestro alrededor nos llevan a comentarlas con otros, a lamentarnos mutuamente de lo duro que es la vida, o lo difícil que es la situación. Sin darnos cuenta, entramos en un estado de desánimo y derrota. Cristo hizo lo mejor que pudo hacer, rogó por la vida de su discípulo.
En tercer lugar, vemos que Cristo no oró para que Pedro fuera librado de la prueba. La cultura occidental, dedicada a la incansable búsqueda de una vida cómoda y sin sobresaltos, ha afectado tanto nuestra perspectiva que muchas de nuestras oraciones no son más que pedidos para que Dios acomode las circunstancias que nos rodean a nuestro gusto. Deseamos evitar las complicaciones y las pruebas que son comunes a la mayoría de los seres humanos. El Mesías, sin embargo, no oró en esta dirección. Pidió que Pedro pudiera salir ileso de la prueba, aferrado a la fe, sin la cual es imposible agradar a Dios.
En cuarto lugar, Cristo se dirigió a Pedro y le recordó el objetivo de su vida: confirmar a sus hermanos. Cuando pasamos por una prueba muy fuerte, tenemos tendencia a detenermos y hundirnos en un sin fin de especulaciones acerca de lo que nos ha tocado vivir. El resultado es que dejamos de avanzar hacia las metas que Dios ha marcado para nuestras vidas. Cristo le recordó a Pedro que del otro lado de la prueba existía un llamado que debía ser cumplido. En esta exhortación encontramos no solamente que el Maestro le daba una perspectiva correcta de las cosas, sino que también le comunicaba un voto de confianza. Creía que iba a salir bien de la prueba, y le animaba a seguir adelante.

Para pensar:
La gran misionera a India, Amy Carmichael, fue durante los últimos veinte años de su vida, una inválida. Sin embargo tocó la vida de miles de personas por medio de la oración. Un comentarista nos dice lo que ella creía: «Antes de que podamos orar la oración de intercesión, en fe, necesitamos primeramente descubrir cuál es la voluntad de Dios. Un corazón que escucha y responde, formado en la obediencia, será indispensable para esto. Las deducciones y las presunciones no sirven. Solamente podremos orar con eficacia cuando Él nos ha revelado su voluntad. Nuestra oración no será, entonces, tanto nuestra oración como la oración de Dios en nosotros».

Apoyo condicional FEBRERO 6
Fueron, pues, Moisés y Aarón, y reunieron a todos los ancianos de los hijos de Israel. Aarón les contó todas las cosas que Jehová había dicho a Moisés, e hizo las señales delante de los ojos del pueblo. El pueblo creyó, y al oir que Jehová había visitado a los hijos de Israel y que había visto su aflicción, se inclinaron y adoraron. Éxodo 4.29–31

No había sido cosa fácil para el Señor convencerlo a Moisés de volver a Egipto para liberar a Israel. Con muchas argumentaciones, el patriarca había mostrado su resistencia a aceptar la misión que Dios le proponía. Finalmente claudicó, pero con poca convicción de su llamado. Cómo debe haber alentado su corazón, entonces, este recibimiento inicial por parte del pueblo. Relataron cuál era su misión y la gente los recibió con entusiasmo, uniendo sus corazones al proyecto.
¡Cuán diferente es la recepción que les dio el faraón! Los echó del palacio y ordenó que se duplicara la carga laboral de los esclavos israelitas. Tome nota de lo rápido que se esfumó el entusiasmo y el apoyo de Israel hacia Moisés y Aarón. Ni bien se encontraron con el pueblo, los israelitas exclamaron: «Que Jehová os examine y os juzgue, pues nos habéis hecho odiosos ante el faraón y sus siervos, y les habéis puesto la espada en la mano para que nos maten» (Ex 5.21).
Como líder, seguramente usted habrá experimentado muchas veces situaciones similares. Recuerdo, hace muchos años, un proyecto de construcción en el cual estaba involucrado con otro pastor. Los hermanos de la iglesia recibieron con entusiasmo la propuesta y prometieron su apoyo. Pero al poco tiempo perdieron los deseos de seguir trabajando y quedamos unos pocos para sobrellevar el grueso del esfuerzo.
Sepa usted que esta reacción es normal en el pueblo de Dios. Ellos no son perseverantes por naturaleza y fácilmente se desaniman. Pero no se enoje con ellos por esto. Si fueran perseverantes serían ellos los líderes y no usted. La tarea de mantenerles animados y firmes con la mano en el arado es suya. Cómo pastor usted ha sido llamado a infundirle ánimo a su gente y a avanzar con firmeza aun cuando hayan perdido la esperanza.
El gran ejemplo de este rol pastoral es Nehemías. El trabajo de reconstruir los muros lo enfrentó a interminables dificultades y pruebas, y muchas veces el pueblo quería «tirar la toalla». Pero Nehemías, usando una diversidad de estrategias, los animó a seguir hasta que el proyecto estuviera completo.
Este ánimo no se imparte castigando y condenando al pueblo por su falta de compromiso. Más bien usted debe darles ejemplo de perseverancia en medio de las dificultades, para que puedan imitar su fe. Anímeles con paciencia y cariño a seguir en la tarea y verá que se le van sumando, a medida que usted muestra su compromiso de no echarse atrás.

Para pensar:
Note que Moisés también se desanimó (Ex 5.22–23). Pero tiene una característica que marca al verdadero siervo. Llevó su desánimo al Señor. Y el Señor le dio Palabra para poder seguir adelante. Usted necesita hacer lo mismo. Presente su desánimo al Señor y permita que él le vuelva a encender la esperanza y la fe, dándole la gracia que necesita para seguir adelante con los proyectos que él ha puesto en sus manos para este tiempo.

Proseguir hacia la meta FEBRERO 7
Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Filipenses 3.13–14

Para que apreciemos el peso de esta frase de Pablo, es necesario que recordemos que Filipenses es una de las últimas cartas que escribió, mientras aguardaba en la cárcel de Roma el veredicto de la justicia. La declaración es extraordinaria porque el apóstol llevaba al menos 20 años de trayectoria en el ministerio, y estaba en todo su derecho a descansar en sus logros.
Nos llama la atención, por lo tanto, que su orientación fuera tan claramente hacia el futuro. Con el avanzar de los años es común que pasemos cada vez más tiempo meditando en el pasado, recordando victorias obtenidas y experiencias vividas. Pero, en especial nuestra mente, vuelve una y otra vez a lamentar las oportunidades perdidas, los errores cometidos, las situaciones que no resultaron como esperábamos.
Si bien es importante mirar para atrás ocasionalmente, simplemente para reconocer el camino recorrido y celebrar la mano de Dios que ha obrado a favor nuestro, lo más importante es mirar hacia el futuro. Nadie puede caminar hacia el frente si está mirando en la otra dirección. Por esta razón, Pablo dice que se olvida de «lo que queda atrás».
El apóstol delata en esta frase que su esperanza estaba firmemente puesta en el futuro. No estaba condicionado ni atado por el pasado. No importa cuales hayan sido las experiencias que le tocó vivir, el anciano apóstol entendía que lo mejor estaba por delante. Y con esa convicción proseguía, con paso firme hacia la meta que Dios había puesto delante de él.
Como líderes, es importante que también miremos hacia adelante. No podemos dejar que las dificultades y el sufrimiento del pasado determinen cómo vemos el futuro. No podemos, tampoco, vivir de los logros que el Señor, en su misericordia, nos permitió conseguir en el pasado. Para los que estamos en Cristo, la vida crece siempre hacia la expresión máxima de su plenitud. Lo mejor está por delante.
Aun en tiempos de absoluta crisis, podemos fijar la vista en el futuro para cobrar ánimo en medio de la tormenta. Cristo, cuando estaba en Getsemaní, en medio de esa agónica lucha por sujetarse a la voluntad del Padre, consiguió levantar los ojos y ponerlos en el gozo que estaba puesto delante de él (Heb 12.3). Habiendo realizado esta acción, pudo soportar la cruz y todo lo que ella implicaba, con un espíritu sereno y confiado. Esto habla de cuán poderoso puede ser en nuestras vidas el resultado de una actitud espiritual correcta.

Para pensar:
El gran evangelista Dwight Moody, dijo una vez: «Estoy avanzando hacia una luz que brilla, y cuanto más me acerco más brilla». El pasar de los años hace que lo que estaba lejos, cuando éramos jóvenes, se vea cada vez con mayor nitidez y hermosura. ¡Esto debe animarnos a seguir adelante con nuevas fuerzas!

Acortar distancias FEBRERO 8
Antes bien, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres, pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; aman los primeros asientos en las cenas, las primeras sillas en las sinagogas, las salutaciones en las plazas y que los hombres los llamen: «Rabí, Rabí». Mateo 23.5–7

Una serie televisiva para niños, muy conocida en toda América Latina, tenía un personaje que le decía a los demás: «¡Dígame licenciado!» Cuando los otros le concedían el deseo, se mostraba sumamente gratificado. No era más que una tontera. Y sin embargo reflejaba algo que en nuestra cultura latina nos gusta mucho: hacer alarde de nuestros títulos y logros.
Cristo, en este pasaje, señala comportamientos similares en los fariseos. Amaban todo aquello que remarcara la diferencia que los separaba del resto del pueblo. Lo demostraban usando flecos más largos que el pueblo, ubicándose siempre en los primeros lugares en las reuniones, y procurando cruzarse con la gente para escuchar el agradable sonido de su título, «Rabí, Rabí». Con todo esto, dejaban en claro que ellos no pertenecían al pueblo, sino que estaban en otra dimensión espiritual de la vida. Su comportamiento, en lugar de acercarlos al pueblo, creaba la ilusión de que una gran distancia los separaba de la gente de la calle.
El líder sabio entiende que la distancia es enemiga del ministerio eficaz. Nadie transforma vidas desde un púlpito. El verdadero impacto de un líder se hace sentir cuando camina con su gente y quienes lo rodean tienen la oportunidad de examinar de cerca su andar. Cuando se mezcla con ellos y entiende las realidades con las cuales luchan, su ministerio cobra matices misericordiosos y prácticos, fundamentados en una perspectiva real de la vida.
Esto es tan importante, que el célebre educador Howard Hendricks, en su libro Las siete leyes del maestro, lo enumera como uno de los principios fundamentales de la educación. «La palabra comunicación -escribe Hendricks- viene del latín “comunis”, que significa común. Antes de que podamos comunicarnos debemos establecer lo que tenemos en común, lo que es universal entre nosotros. Cuanto más cosas tengamos en común [con los que enseñamos] más grande será el potencial para la comunicación».
Como líder, deseche todo lo que le pueda marcar como diferente a su gente. Rechace los títulos, los lugares de honor, la vestimenta distintiva y el trato preferencial que otros le quieren dar. Nuestro corazón rápidamente se acostumbra a estas cosas, pero rara vez contribuyen a que tengamos mayor autoridad con el pueblo. Procure identificar todo aquello que pueda servirle a usted para acortar las distancias entre su persona y la gente a quienes ministra. Esto le dara amplia entrada en sus vidas y le permitirá una inversión mucho más eficaz.

Para pensar:
A veces nos escudamos con el argumento: «yo no quiero que me traten de esta manera, pero la gente insiste». Cristo no solamente dijo que no llamemos a otro «licenciado», sino también que no dejemos que otros nos llamen «licenciado». Es su responsabilidad educar a los demás en este tema. Usted no quiere que ellos piensen que usted es especial. Su tarea es mostrar que sólo Uno es especial, el que está sentado sobre el trono y reina soberano.

Porque él nos amó primero FEBRERO 9
Nosotros lo amamos a él porque él nos amó primero. 1 Juan 4.19

Con frecuencia me he encontrado con cristianos frustrados. Ellos están procurando por todos los medios tener algún encuentro con Dios. Exclaman con desilusión: «¡Yo le busco y trato de agradarlo en todo, pero él no me contesta! Es como si estuviera ausente». La frustración de estas personas es real. Pero no tiene que ver con la falta de respuesta del Padre, sino con un concepto errado que se ha hecho fuerte entre nosotros.
Es que muchos creemos que Dios es más parecido a nosotros que al Dios que describe la Biblia. Es un ser que es selectivo en escoger con quién se relacionará. A unos pocos, los favorece con extraordinarias experiencias y los visita con su favor. El resto de nosotros parecemos tener alguna característica que nos descalifica para llegar a esta clase de experiencia. El resultado es que pasamos gran parte de nuestro tiempo tratando de modificar nuestras vidas para que él se fije en nosotros.
En esta versión de la vida espiritual, Dios es distante e indiferente con nosotros. Debemos encontrar la manera de convencerlo para que tenga en cuenta nuestra vida, para que le dé un poco de importancia a lo que nos está aconteciendo. De alguna manera necesitamos seducirlo para que también nos ame.
Nuestro Padre, sin embargo, no es un padre caprichoso como lo pudieron ser algunos de nuestros padres terrenales. Su interés en estar cerca nuestro es mayor que todo el fervor y la pasión que nosotros podamos tener hacia su persona. Él anhela participar de nuestra vida y entregarnos la bendición que ha preparado para sus hijos. No necesita que nadie lo convenza para hacer esto, porque quien ha tomado la iniciativa para buscarnos es él. «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, él os lo dé» (Jn 15.16).
¿Qué demanda de nosotros este cambio de óptica? Que nos relajemos un poco y dejemos que él nos ame. Cuando hayan cesado nuestros esfuerzos desesperados por alcanzarlo, comenzaremos a darnos cuenta de que ya hemos sido alcanzados por su amor, y que, cada día, de mil maneras diferentes nos hace notar que él nos busca con amor eterno.
Dios no puede ser conquistado por la fuerza. ¡Debemos ser como niños, y dejarle a él que nos seduzca con su incomparable amor!

Para pensar:
El autor Thomas Kelly, que escribió una pequeña gema llamada Un testamento de devoción, nos hace notar: «En esta época humanística, suponemos que el hombre es el que inicia y Dios el que responde. Pero el Cristo viviente en nosotros es el que inicia y nosotros somos los que respondemos. Dios el amante, el seductor, el que revela la luz y las tinieblas es el que invita. Y toda nuestra aparente iniciativa no es más que respuesta, un testimonio a su presencia y obra secreta dentro de nosotros».

La paja en el ojo ajeno FEBRERO 10
¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: «Déjame sacar la paja de tu ojo», cuando tienes la viga en el tuyo? Mateo 7.3–4

Hace muchos años, cuando era un pastor muy joven, habíamos acordado con los hombres de la iglesia ayudar a un hermano en la construcción de una habitación adicional en su casa. Uno de los que se comprometió con mayor entusiasmo no vino en el día señalado y no pude contener mi rabia. La crítica pronto apareció en mis palabras. Esperaba, al menos, que la otra persona presente en ese momento me diera la razón. Pero este hermano, ya crecido en Cristo, me dijo: «No me atrevo a decir nada de él, porque me pesa demasiado mi propio pecado». ¡Qué avergonzado me sentí yo, que era el pastor!
Con el pasar de los años he entendido cada vez con mayor claridad que la crítica tiene que ver más con lo que hay en el corazón del que habla, que con la realidad del criticado. El más falto de misericordia, critica lo que ve como falta de misericordia en otros. El más legalista condena el legalismo que ve a su alrededor. El impuntual se irrita y se ofende cuando otros le hacen esperar.
Es precisamente este elemento el que resalta Cristo. La crítica procede de la persona que no ha tomado tiempo para examinar realmente su propia vida. La basurita en el ojo de su hermano le resulta ofensiva y no ve que en su ojo hay una enorme viga. Por esta razón, su manera de ayudar al prójimo no produce un resultado positivo. No tiene la claridad de visión para poder realizar una operación tan delicada como remover un grano de arena del ojo ajeno. Además, Cristo revela en esta enseñanza esa tendencia en cada uno de nosotros de querer trabajar más en la vida de los demás que en la propia. Dallas Willard señala que «tenemos gran confianza en el poder que tiene la condenación para «enderezarle» la vida a los demás».
En el fondo, nos volcamos a la condenación porque hemos crecido en un mundo cuyo idioma es el de la condenación. El líder entendido sabe que no producirá cambios en la vida de nadie con las críticas, y aun menos si son críticas compartidas desde el púlpito. La corrección debe ser dada con firmeza, pero con un espíritu de mansedumbre «mirándote a ti mismo, no sea que tú también caigas» (Gl 6.1- LBLA). La crítica no solamente es desagradable a los oídos, también deshonra al Señor con una actitud que no ama. Siendo que hemos sido trasladados al reino ¿no deberíamos, entonces, hablar sólo lo que produce edificación, de manera que nuestras palabras impartan gracia a los que oyen? (Ef 4.29 - LBLA).

Oración:
Tome un momento para pensar en el hábito de criticar en su propia vida. ¿Qué cosas critica con mayor frecuencia? ¿Qué revela esto de su propio corazón? ¿Cómo puede manejar de forma diferente lo que ve mal en la vida de otros? ¿Se anima a hacer este voto al Señor? «Señor, quiero que de mi boca solamente se escuchen palabras que edifiquen. Si no tengo algo bueno que decir de otros, entonces me callaré. Amén».

Sentimientos encontrados FEBRERO 11
Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirlo, diciendo: Señor, ten compasión de ti mismo. ¡En ninguna manera esto te acontezca! Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Mateo 16.22–23

Lo que nos llama la atención de esta escena es que viene inmediatamente después de uno de los momentos más preciosos de Jesús con los discípulos, cuando Pedro le reconocía como el Cristo, el Hijo de Dios. Tal revelación no había sido el fruto de deducciones, ni el resultado de un estudio cuidadoso de las Escrituras. Era algo que le había sido revelado al discípulo por el Padre mismo.
Poco tiempo después, sin embargo, encontramos a Pedro en una postura que demuestra una increíble falta de discernimiento y una profunda incomprensión acerca de los propósitos del Padre para el Hijo. El discípulo pretendía impedir el cumplimiento de la Palabra que Cristo mismo estaba anunciando: que era necesario que el Mesías sufriera muchas cosas y luego fuera muerto en mano de los escribas y los fariseos.
La escena nos revela una verdad acerca de la vida espiritual, y es que en la misma persona podemos encontrar la más extraordinaria espiritualidad como también las más marcadas manifestaciones de carnalidad. La verdad es que conviven dentro nuestro las dos realidades, y nuestra capacidad de caer no cesa nunca. Aunque se han hecho una serie de conjeturas acerca de la clase de persona que estaba describiendo Pablo en Romanos 7, no es descabellado creer que estaba hablando de su propia realidad. Todos hemos visto en nuestro interior la misma interminable puja entre la carne y el espíritu. «No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que está en mí» (Ro 7.19–21).
De esta observación, quedan dos reflexiones. En primer lugar, como líder, nunca se confíe de que esta libre de caer, y de caer en forma estrepitosa. Debe cultivar siempre una actitud sabia hacia los potenciales problemas que pueden llevarle a tropezar, manteniendo en alto la guardia contra las manifestaciones de la carne. Hombres más consagrados que usted y yo han caído, y haremos bien en recordarlo.
En segundo lugar, no se exaspere con las manifestaciones de la carne en su propia vida. A veces, luego de momentos realmente sublimes en Su presencia, encontramos que los pensamientos más horribles atraviesan nuestra mente. No se condene por esto. Cuando Cristo animó a los discípulos a que oraran para no entrar en tentación, les estaba señalando que la carne siempre iba a ser motivo de estorbo para quienes quieren avanzar hacia cosas mayores en la vida espiritual. Por esto podemos identificarnos con el apóstol Pablo, cuando exclamó: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro». No es la presencia del pecado en su vida lo que lo descalifica para el ministerio, sino que usted conviva con él.

Para pensar:
«Las más grandes luchas de esta vida no se dan entre los inconversos, sino entre los salvos». D. G. Barnhouse.

Ministrar según la necesidad FEBRERO 12
También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos. 1 Tesalonicenses 5.14

Con un simple ejercicio podremos ver la importancia de un principio que respalda la exhortación de Pablo. Si solamente reacomodamos las palabras, el versículo podría leerse de la siguiente forma: «También os rogamos, hermanos, que alentéis a los ociosos, que sostengáis a los de poco ánimo, que amonestéis a los débiles, que seáis pacientes para con todos!»
«¡Momento!», usted me dice. «Esto no puede de ninguna manera ser correcto. Jamás se nos podría exhortar a que alentemos a los ociosos, y mucho menos a que amonestemos a los débiles. Al contrario, lo que necesita el ocioso es que se le exhorte con firmeza. Justamente su tendencia a ser holgazán se debe a que no han sido lo suficiente firmes con él. ¿Y qué me dice del débil? Si yo lo amonesto, voy a terminar de destruirlo. Lo que necesita, más bien, es que se le pongan al lado y le ayuden en su momento de debilidad, para que pueda salir adelante. De igual manera, el de poco ánimo necesita que le hablen palabras de aliento para que recupere su esperanza y se ponga una vez más en marcha».
¡Y tiene usted razón! Precisamente en su observación está el principio que Pablo deja entrever en esta serie de instrucciones. El líder sabio debe tener discernimiento para entender la realidad de las personas que está atendiendo. Usar el «método» correcto con la persona equivocada no produciría los cambios deseados. Al contrario, produciría más problemas en lugar de ayudar a una solución.
De manera que el líder entendido necesita no solamente una diversidad de estilos en su ministerio, también necesita saber cuándo es apropiado usar cada uno de estos estilos. En este desafío encontramos un problema que frecuentemente enfrentamos como líderes. La mayoría de nosotros tenemos un estilo ministerial que tiende a dominar todo lo que hacemos, y lo usamos indiscriminadamente en toda circunstancia. Pero las personas no son todas iguales, y por eso debemos modificar nuestro estilo para ser efectivos en cada una de las situaciones que nos tocan ministrar. Si usted tuviera tiempo de recorrer las diferentes cartas de Pablo, notaría esta capacidad de modificar su estilo según las personas y las circunstancias particulares de cada grupo. Con la iglesia de Galacia habla en términos fuertes. Al dirigirse a Timoteo, usa más bien el idioma de un padre hacia un hijo. En las cartas a los Tesalonicenses hace alusión a que su estilo fue «con ternura entre vosotros, como cuida una madre con amor a sus propios hijos» (1 Ts 2.7). Es decir, Pablo utilizó una diversidad de estilos de liderazgo, y por eso fue tan efectivo en el ministerio que llevó adelante.

Para pensar:
¿Cuál es el estilo con el cual se siente más cómodo? ¿En qué situaciones le da mejores resultados este estilo? ¿En qué situaciones no ha visto mucho fruto con este estilo? ¿Qué estilos necesitaría incorporar a su ministerio para poder atender mejor a las personas que Dios ha puesto en su vida? ¿Cómo puede hacer esto?

Una progresión natural FEBRERO 13
Acerca de esto tenemos mucho que decir, pero es difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oir. Debiendo ser ya maestros después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales, que tenéis necesidad de leche y no de alimento sólido. Hebreos 5.11–12

La frustración del autor de Hebreos, muchos de nosotros la hemos experimentado en nuestros propios ministerios. Es la de estar trabajando con personas que hace años están en el Camino, y sin embargo una y otra vez se les tiene que volver a recordar cuál es el A, B y C del evangelio.
El pasaje de hoy nos revela una importante verdad. La progresión natural de la vida espiritual de cualquier hijo de Dios es que eventualmente se convierta en maestro. Cuando el autor se refiere a maestros, no está usando la palabra en el sentido de los roles ministeriales que han sido dados a la iglesia, según Efesios 4. Más bien está haciendo referencia a aquellos que, habiendo madurado, deben comenzar a impartir a otros la vida que han recibido. Esto no es más que la progresión lógica de la vida misma. Nuestros hijos crecen, maduran y eventualmente formarán sus propias familias, reproduciendo su vida en otros.
Dentro de la iglesia, no obstante, tenemos un segmento que se ha dedicado incansablemente a buscar oportunidades para nutrir solamente su propia vida espiritual. Viven asistiendo a conferencias, cursos y seminarios, o leyendo libros que les ayudarán a ser mejores hijos de Dios. Pero no avanzan hacia ese estado en el cual comienzan a interesarse más en el crecimiento de los demás que en el propio.
Lo irónico de esto es que tampoco les es de provecho lo que están acumulando para sí mismos. Se convierten en «tardos para oir» y necesitan volver una y otra vez a los rudimentos de la Palabra, porque no usan lo que tienen correctamente. Al igual que el maná de los israelitas, la enseñanza que no se utiliza se echa a perder.
¿Cómo afecta esto nuestro ministerio como pastores? Pues muchas veces nosotros perdemos tiempo con estas personas, porque su entusiasmo por seguir aprendiendo parece ser verdaderamente espiritual. Pero no hay frutos que demuestran que han dejado de lado ese egoísmo que les lleva a pensar solamente en sí mismos. Nuestra responsabilidad consiste en dirigir lo mejor de nuestros recursos hacia aquellos que sí están interesados en avanzar hacia la condición de maestros.
¿Cuál es su responsabilidad para con este grupo? No los abandone, ni les dé la espalda. Pero no ponga todo su esfuerzo aquí tampoco. Invierta con sabiduría, donde su inversión va a llevar a que sus discípulos se reproduzcan en la vida de otros.

Para pensar:
Quizás una de las razones por las cuales la gente siempre quiere más es porque nosotros no hemos sido suficientemente claros en cuanto al verdadero llamado del cristiano. El reconocido autor, Gordon MacDonald dice de Cristo que, cuando las multitudes crecían mucho, el Maestro se esmeraba «por hacer cada vez más claro el costo del discipulado. Es casi como si estuviera diciendo que el tamaño de la multitud indicaba que la gente no le había entendido bien; sino no estarían siguiéndolo tantas personas».

Aprendices de Dios FEBRERO 14
Y el Señor dijo a Samuel: ¿Hasta cuándo te lamentarás por Saúl, después que yo lo he desechado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite y ve; te enviaré a Isaí, el de Belén, porque de entre sus hijos he escogido un rey para mí. 1 Samuel 16.1 (LBLA)

El Señor bien podría haber dado instrucciones más precisas que estas a su siervo Samuel. Podría haberle dicho: «Cuando llegues, pregunta por David, que es el hijo menor de Isaí. Él es la persona que he escogido para rey. Úngele y bendícelo en mi nombre». Pero el Señor, fiel a su estilo, le dio solamente la información que necesitaba para que el profeta se pusiera en marcha.
Cuando Samuel llegó a Belén, comenzó el proceso de buscar al nuevo rey. Dios no intervino. Usando Samuel sus propios criterios, creyó haber encontrado al nuevo rey cuando vio al hijo mayor. En ese mismo momento Dios habló, y le dio instrucciones adicionales, revelando el principio que debía guiar el proceso de selección: «Jehová no mira lo que mira el hombre, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1 S 16.7).
Las directrices incompletas que le dio el Señor a Samuel revelan un importante principio acerca de la manera en que Dios se relaciona con nosotros. Nuestra tendencia en el ministerio es a creer que estamos trabajando para Dios. Si fuéramos meros empleados del Altísimo, él nos daría instrucciones completas, porque nuestra función sería solamente cumplir con lo encomendado.
Sin embargo, esta no es nuestra función. En toda obra que Dios nos manda a realizar, él también está interesado en seguir trabajando en nuestra vida. Las instrucciones incompletas que Dios le dio a Samuel obligaron, primeramente al profeta a caminar en fe. Pero durante el proceso de selección, habiendo cometido el error de mirar lo externo de las apariencias, Dios le enseñó una importante lección acerca de los criterios que Dios usa para tratar a los hombres. La lección, enseñada en el momento preciso, iba a quedar grabada en el corazón de Samuel por el resto de su vida.
De manera que podemos afirmar que en cada proyecto que Dios nos da, él tiene dos metas importantes que cumplir. Una de ellas es que el proyecto se lleve adelante conforme a las directrices que él nos ha dado. Pero la segunda es que, en el proceso, nosotros sigamos creciendo y aprendiendo acerca de cómo se lleva adelante la obra de Dios.
No se vea nunca como un mero empleado de Dios. Usted no está trabajando para Dios. Usted está trabajando con Dios, en calidad de aprendiz. Como Padre amoroso, a medida que realizan proyectos juntos, él le va corrigiendo y enseñando los «secretos» del oficio. Que su concentración en lo que está haciendo no sea tal que lo lleve a perder de vista esta obra preciosa que él quiere realizar en su interior. Cada día traerá promesa de nuevas lecciones al lado del Gran Alfarero.

Para pensar:
Nunca se desanime por los errores que ha cometido. Algunas de las lecciones más preciosas y profundas en la vida espiritual se gestan en el período de reflexión que automáticamente acompaña los tropezones experimentados en el ministerio.

Perseverar en la oración FEBRERO 15
También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar. Lucas 18.1

La falta de perseverancia en la oración es uno de los problemas más comunes que enfrentamos en la vida espiritual. Esto es particularmente así en estos tiempos en los cuales estamos acostumbrados a la gratificación instantánea de nuestros deseos. Aunque nos proponemos, una y otra vez, buscar mayor crecimiento en esta disciplina, pareciera que requiere de una disciplina extraordinaria avanzar en esta dirección.
Hay dos cosas que, según la parábola que contó Jesús, pueden ayudarnos a no desmayar en la oración. En primer lugar, debemos creer en lo válido de nuestra petición. La viuda tenía una convicción inamovible que su causa era justa y que por eso debía insistir en buscar una solución. Sospecho que en esto, muchos de nosotros no creemos demasiado en lo que estamos pidiendo. Pedimos una o dos veces lo que deseamos del Padre, pero frente a la falta de resultados, abandonamos rápidamente el pedido que, hace apenas unos días, creíamos indispensable para nuestra vida.
En segundo lugar, debemos tener convicción de que la respuesta va a venir, aunque pueda haber, a nuestro entender, una demora en el tiempo de la respuesta. La viuda no se daba por vencida porque creía que realmente iba a obtener una respuesta a la situación que estaba exponiendo ante el juez injusto. Por un tiempo tuvo que convivir con la indiferencia de este hombre, pero lo terminó agotando con su continuo pedido. Aunque Cristo señaló que nuestro Padre Celestial de ningún modo posee las mismas cualidades que el juez injusto, debemos, de todas maneras, superar el obstáculo del aparente silencio de Dios. Es solamente una convicción profunda en la bondad de Dios y su deseo de bendecir a sus hijos lo que nos va a sostener cuando aún la respuesta no haya venido.
Se hace evidente, entonces, que para cultivar este tipo de oración debemos superar las peticiones tibias y esporádicas que muchas veces elevamos al Señor. Dick Eastman, un hombre que ha enseñado y escrito mucho sobre la oración, comparte esta observación sobre el tema de la persistencia: «Muchos piensan que orar con persistencia significa tener que esperar semanas y aun años para una respuesta. Aunque esto es verdad en ocasiones, no es siempre así. Una persona puede hacer una oración persistente en un cuarto de hora. Las oraciones largas no necesariamente son oraciones persistentes. Mucho más importante que esto es cuán intensamente oramos. Nuestras oraciones deben ser intensas. Cuando uno ora con un sentimiento intenso de humildad -entremezclado con una profunda dependencia de Dios- aprende la definición de lo que es oración perseverante».

Para pensar:
¿Es posible que muchas de las cosas que podrían estar aconteciendo en su congregación estén demoradas por falta de oración? ¿Cuáles son las cosas por las cuales usted siente verdadera pasión? ¿Cuáles de estos temas alimentan su vida de oración? ¿Qué cosas le llevan a desistir de seguir orando por algo? ¿Cómo puede cultivar mayor perseverancia en la oración?

Motivaciones que matan FEBRERO 16
Pero acercándose también el que había recibido un talento, dijo: «Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo». Mateo 25.24–25

En la confesión de este tercer siervo encontramos una de las razones por las cuales muchos ministerios no prosperan. El amo no negó que él fuera un hombre que segaba donde no sembraba, ni tampoco que recogía donde no esparcía. Pero estas características, lejos de inspirar al siervo, le infundieron miedo porque veía en ellas las marcas de un hombre duro. Su visión errada del amo es lo que lo llevó al fracaso.
El miedo no inspira, ni nos motiva a tomar riesgos. El miedo paraliza. Cuando el temor se apodera de nuestros corazones las cosas a nuestro alrededor dejan de tener su correcta perspectiva y parecen obstáculos insuperables. Creemos que cualquier paso que tomamos va a terminar en el fracaso y acabamos por no hacer nada. Este siervo, que estaba convencido de que su amo era un hombre duro, tenía más miedo del castigo que podía recibir, que de la posibilidad de fracasar en su intento de hacer una buena inversión.
Creo que muchas veces buscamos movilizar a nuestra gente usando el miedo o la culpa. Les decimos que si ellos no asumen la responsabilidad por tal o cual ministerio, nadie lo hará. Terminan aceptando esa responsabilidad sin la convicción profunda de que esto sea algo que Dios desea para sus vidas. Desde el primer día, entonces, ese ministerio está destinado al fracaso. La persona no lo inició con una motivación sana, y sus acciones lo van a delatar a cada paso que dé.
Lo único que verdaderamente puede motivarnos a un ministerio sano es la seguridad de que somos amados por nuestro Padre celestial. Cuando nos movemos en Su amor, podemos asumir los riesgos de «inversiones» que podrían fracasar, porque sabemos que no se está progresando por la calidad de nuestros logros. Avanzamos confiadamente en los proyectos que tenemos por delante, porque sabemos que Su amor nos guiará y sostendrá en los emprendimientos.
Note usted la manera en que ocurre la transición de Jesús, de una vida secreta a la vida pública del ministerio. Cuando salió de las aguas, se oyó una voz de los cielos, que dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mt 3.17). Antes de que comenzara la tarea para la cual había sido enviado, el Padre estaba expresando al Hijo su amor incondicional. Todos los cuestionamientos, las dificultades, y aun las traiciones que le esperaban en el futuro no iban a neutralizar la fuerza de esta relación entre Padre e Hijo. ¡Cómo no sentirse, entonces, libre para avanzar confiado por el camino que se le había marcado!

Para pensar:
¿Qué cosas lo motivan a servir al Señor? ¿Cómo logra motivar a la gente que está trabajando con usted? ¿Saben ellos que son amados? ¿Qué cosas puede hacer para que sepan que aun si fracasan usted los seguirá amando y respaldando?

¡Mojarse los pies! FEBRERO 17
Aconteció que cuando el pueblo partió de sus tiendas para pasar el Jordán, con los sacerdotes delante del pueblo llevando el Arca del pacto, y cuando los que llevaban el Arca entraron en el Jordán y los pies de los sacerdotes que llevaban el Arca se mojaron a la orilla del agua (porque el Jordán suele desbordarse por todas sus orillas todo el tiempo de la siega), las aguas que venían de arriba se amontonaron. Josué 3.14–16

El pueblo que acompañaba a Josué en la aventura de conquistar al tierra prometida no era el mismo que tanto había fastidiado a Moisés durante cuarenta años en el desierto. Aquella generación, según el mismo testimonio del Señor, era una generación perversa, completamente falta de fe (Nm 14.35). Este nuevo pueblo había aprendido, a los golpes quizás, la importancia de obedecer los mandamientos de Jehová. No obstante, el desafío que el Señor ponía delante de ellos no dejaba de tener verdaderos elementos de riesgo, como ocurre hasta el día de hoy con cualquier aventura de fe. Las instrucciones que el Señor le había dado a Josué era que los sacerdotes tomaran el Arca y cruzaran el río. Les había informado que el río se abriría delante de ellos, permitiendo el paso de todo el pueblo que les acompañaba. No obstante, los sacerdotes debieron entrar al agua y mojarse los pies antes de que ocurriera el milagro prometido.
Quisiera que congelemos la escena en el preciso instante en el que las aguas golpean contra los tobillos. Es el momento inmediatamente previo a la intervención de Dios, aquel en que más susceptibles somos a abandonar el proyecto que hemos emprendido. Se trata de ese instante en el tiempo en que nos asaltan las dudas y el temor se apodera de nuestro corazón. Dios ha prometido abrir las aguas, pero ya estamos en el río y aún no ha acontecido nada. Si seguimos, tendremos que echarnos a nadar. ¿Habremos interpretado correctamente lo que nos quiso decir? ¿De cuántas experiencias similares podremos echar mano para animar nuestra fe? Ninguno de los presentes, salvo Josué y Caleb, había visto alguna vez abrirse las aguas para dar paso al pueblo escogido.
Todos amamos la parte final de la historia, donde ya el pueblo se encuentra del otro lado del río. Deseamos que se nos cuente entre los que celebran, eufóricos la intervención del Altísimo. Son pocos, sin embargo, los que están dispuestos a mojarse los pies, a jugarse por los proyectos alocados del Señor cuando el elemento de riesgo está en su punto más alto. Esta etapa en la aventura es la más incómoda para el discípulo. Corre peligro de quedar en ridículo delante de los demás. Es en esto, sin embargo, que se debe notar la diferencia en la vida del líder comprometido. No titubea a la hora de avanzar en aquellas cosas que Dios le ha puesto por delante. Armado de la misma valentía que Josué, no presta atención a las voces atemorizadas que se alzan en su interior. Es una persona que sabe en quién ha puesto su confianza. El momento desagradable pasará, y se le contará entre los que festejan la victoria concedida por el Señor.

Para pensar:
«El coraje no significa la ausencia del temor, sino el manejo adecuado del temor». Anónimo.

Lo que marca la diferencia FEBRERO 18
David respondió a Saúl: «Tu siervo era pastor de las ovejas de su padre. Cuando venía un león o un oso, y se llevaba algún cordero de la manada, salía yo tras él, lo hería y se lo arrancaba de la boca; y si se revolvía contra mí, le echaba mano a la quijada, lo hería y lo mataba». 1 Samuel 17.34–35

No hay duda que David demostró singular valentía frente al desafío que presentaba el gigante de Gat. Todo un ejército acobardado había experimentado día tras día la humillación de escuchar el reto del filisteo, proferido con abundantes insultos contra los israelitas y su Dios. Solamente el joven pastor se había animado a responder.
Sin perder de vista esta tremenda demostración de coraje, miremos por un momento la explicación que David ofrece al rey Saúl. No era la primera vez que se enfrentaba a situaciones adversas. Muchas veces, mientras pastoreaba las ovejas de su padre, había tenido que defenderlas del ataque de un oso o un león. De modo que hacerle frente a situaciones de extremo peligro no era algo desconocido para David.
Es precisamente en este detalle que encontramos un importante principio de liderazgo. David ahora saldría a pelear frente a todo un ejército que observaría con suma atención la hazaña del joven pastor. Este era su primer combate en público. La preparación para este momento, sin embargo, había transcurrido en completa soledad, solamente en presencia de sus ovejas. David se proponía ahora hacer lo que muchas veces había hecho en privado, a solas.
El líder que aspira a ser efectivo en público debe cultivar las cualidades que necesita para ministrar efectivamente, cuando está a solas. Lo que somos en público solamente impactará la vida de las personas que nos observan, cuando esté respaldado por una vida secreta de devoción y compromiso lejos de la mirada de las multitudes.
Es por esta razón que muchos líderes no logran más que hacer pasar un buen momento al pueblo de Dios. Su ministración puede ser muy llamativa, pero carece de impacto porque su vida no posee ese grado de santidad y compromiso que solamente se puede cultivar fuera del ámbito público. Vivir en los lugares secretos de la vida, una experiencia intensa con Dios es lo que hace la diferencia en el ministerio, aun cuando los demás jamás vean esas vivencias personales. El peso espiritual de una persona, sin embargo, lo perciben todos aquellos que tienen cierta sensibilidad espiritual.
El Espíritu, que es el que realmente toma nuestro esfuerzo y lo usa para tocar la vida de otros, solamente fluye a través de esas personas que viven una vida de comunión permanente con Dios, y no en aquellos que solamente practican la santidad cuando están en el ojo público.

Para pensar:
¿Cómo es su vida cuando está a solas y nadie lo está mirando? ¿Hace las mismas cosas que hace cuando otros le están observando? La verdadera persona no es la que ven los demás, sino lo que usted es en su vida secreta. ¿Qué pasos puede tomar para cerrar la brecha entre lo que usted es en público y lo que es en privado?

Fiel a su palabra FEBRERO 19
Cuando volvió Jefté a Mizpa, a su casa, su hija salió a recibirlo con panderos y danzas. Ella era sola, su hija única; fuera de ella no tenía hijo ni hija. Cuando él la vio, rasgó sus vestidos, diciendo: «¡Ay, hija mía!, en verdad que me has afligido, y tú misma has venido a ser causa de mi dolor, porque le he dado mi palabra a Jehová y no podré retractarme». Jueces 11.34–35

Jefté nos es tristemente célebre por la necedad del voto que le hizo al Señor. Buscando obtener la victoria sobre los hijos de Amón, contra los cuales estaba luchando, se comprometió a ofrecer en sacrificio al Señor lo primero que le saliera a su encuentro al regresar a casa. El versículo de hoy relata el dramático momento del regreso, con su terrible desenlace para el juez.
Sin perder de vista lo necio que puede ser entrar en este tipo de acuerdos con Dios, debemos rescatar del ejemplo de Jefté un elemento importante: que era un hombre fiel a su palabra. No podemos leer su historia sin pensar en el salmista, que preguntaba: «Jehová, ¿quién habitará en tu Tabernáculo?, ¿quién morará en tu monte santo?» Entre las cualidades que incluye en su respuesta, se encuentra aquella persona que, «aun jurando en perjuicio propio, no por eso cambia» (Sal 15.1, 4). ¡Cuán deseable que es esta cualidad en la vida de un líder!
Muchas veces, en el apuro y las corridas del ministerio, nos comprometemos con alguna actividad que luego trae inconvenientes a nuestra vida. En otras ocasiones, nos traiciona el deseo de agradar a los demás y damos nuestra palabra con respecto a algo. Sin embargo, cuando llega el momento de cumplir lo que hemos prometido, nos damos cuenta de que nos hemos metido en «camisa de once varas».
Es importante que las personas a quienes estamos ministrando vean que somos íntegros en el cumplimiento de nuestra palabra. Esto significa que, aun cuando nos hemos comprometido con una situación que nos perjudica, no damos marcha atrás. El esfuerzo que hacemos por guardar el compromiso asumido dejará una importante lección acerca del peso que le damos a nuestras palabras, además de demostrar que valoramos profundamente a las personas con las cuales nos comprometemos.

Para pensar:
La solución a este tipo de inconvenientes no es desistir de lo que hemos pactado, sino pensar con más cuidado antes de dar nuestra palabra. Muchas veces quedamos presos de nuestra propia prisa. Antes de asumir un compromiso, tome un tiempo para pensar si realmente es algo que puede hacer. Pídale a la persona que le dé un tiempo para orar antes de tomar la decisión. Esto no solamente le evitará asumir compromisos que luego lamentará, sino que adermás le dará la valiosa oportunidad de acostumbrarse a no tomar decisiones solo. ¡Cada uno de nuestros pasos deberían ser tomados con la aprobación de nuestro Padre Celestial!

Peticiones que no recibirán respuesta FEBRERO 20
Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. 2 Corintios 10.4–5

El otro día, en una reunión, escuchaba orar de la siguiente manera a una de las personas presentes: «Señor, te pedimos que tu quites de nuestra mente todo pensamiento que te deshonra, y que nos limpies de todo aquello que te ofende». Cuando la persona terminó de orar, vino a mi mente el versículo que hoy compartimos, y reflexioné acerca de las peticiones que a veces elevamos al Señor.
Según este pasaje, no es responsabilidad de Dios quitar los pensamientos que se levantan contra la obediencia a Cristo. El compromiso de Dios, por medio del Espíritu Santo, es traer a luz todo aquello que es pecado en nuestra vida. Una vez que lo ha revelado, sin embargo, es nuestra responsabilidad tomar cautivos esos pensamientos y sujetarlos a Cristo. Nuestro Padre celestial no los va a quitar de nuestra mente, porque él nos ha llamado a nosotros a que lo hagamos. El ejercicio de esta disciplina mental es uno de los aspectos fundamentales de nuestra transformación en Cristo.
En muchas ocasiones confundimos la verdadera naturaleza de nuestra vida espiritual y nos encontramos pidiendo cosas que tenemos que hacer nosotros, e intentando hacer cosas que deberíamos estar pidiendo al Padre. No tiene caso pedir que él nos de paz, por ejemplo, porque él ha dicho que la paz será nuestra cuando, mediante oración y súplica, hacemos conocidas a Dios nuestras peticiones (Flp 4.6–7). De la misma manera, los intentos por transformar nuestras vidas no darán fruto porque es una obra que solamente puede realizar el Señor (Ro 8.6–9).
Nuestro desafío, como líderes, es entender las dinámicas de la vida espiritual, de tal manera que nuestros esfuerzos estén dirigidos hacia aquellas cosas que realmente hemos sido llamados a hacer. A la vez, nuestras oraciones deben estar dirigidas hacia aquellas cosas que realmente debemos pedir. De esta manera podremos estar seguros de que lo que estamos haciendo recibirá la bendición de nuestro Padre celestial, y evitaremos hacer inversiones que no producirán ningún fruto.

Para pensar:
Un santo de la iglesia, W. E. Sangster, resume lo que hoy hemos observado con esta frase: «Muchas personas oran por cosas que solamente pueden venir por medio del trabajo, y trabajan por cosas que solamente pueden venir por medio de la oración». Reflexione por un momento en su propia vida de oración; ¿dónde están centradas sus peticiones? ¿Qué cargas eleva con frecuencia al Señor? ¿Cuáles de ellas requieren mayor esfuerzo de su parte? ¿Cuáles son las cosas que solamente el Señor puede hacer?

«Golpeo mi cuerpo» FEBRERO 21
Así que yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado. 1 Corintios 9.26–27

Existe un concepto fuertemente arraigado en la iglesia: que la vida espiritual está divorciada de la vida física de una persona. De esta manera, lo que ocurre en el plano físico tiene poca incidencia sobre lo que ocurre en el plano de las cosas espirituales, y viceversa. Cristo, sin embargo, definió el gran mandamiento como la necesidad de amar a Dios con todo el corazón, con todo el alma, con toda la mente y con toda la fuerza. Con esto nos dio a entender que cultivar una relación con el Padre debe ser algo que involucra la totalidad de nuestro ser.
Pablo también entendía este concepto. Sabía que su cuerpo podía llegar a ser un estorbo si no lo hacía partícipe de su vida espiritual. Esto no significaba que su cuerpo era malo, sino más bien que comprendía que los efectos de la transformación que obra el Espíritu en nosotros deben también afectar nuestro ser físico. Por esta razón, buscó disciplinar su cuerpo para que este también viviera bajo el señorío de Cristo.
¿Tiene importancia este principio? Piense un momento en las siguientes situaciones: usted se propone realizar un ayuno, pero al poco tiempo su estómago le hace sentir que no puede durar ni un minuto más sin algún bocado. O usted se ha propuesto levantarse muy temprano para procurar un tiempo a solas con Dios, pero en el momento en que suena el despertador su cuerpo le avisa que requiere de al menos dos horas más de sueño. O usted se pone de pie en la congregación, para cantar alabanzas, y descubre que sus piernas comienzan a avisarle de lo cansado que se siente. Nuestros cuerpos son, muchas veces, los que tienen la palabra final en nuestras actividades espirituales. Se quejan, se duelen, se lamentan por las experiencias a las cuales los sujetamos. La verdad es que tenemos cuerpos poco acostumbrados al sacrificio. Si usted, sin embargo, le vive prestando atención a lo que le dice su cuerpo, no podrá avanzar mucho en las disciplinas de la vida espiritual.
Un líder debe ser, por naturaleza, más disciplinado y esforzado que sus seguidores. Es justamente esa característica lo que lo señala como una persona capaz de guiar a otros. Para que usted pueda crecer en la práctica de una vida disciplinada, necesita enseñarle a su cuerpo que la última palabra en su vida la tiene Jesucristo. Golpear al cuerpo y ponerlo bajo servidumbre, es llevarlo por el camino no de lo que le gusta, sino de lo que le hace bien.

Para pensar:
¿Cuáles son las disciplinas físicas que practica para hacer partícipe a su cuerpo de la vida espiritual? ¿Cómo le enseña que Cristo también gobierna sobre nuestra vida física? ¿Qué pasos puede tomar para «golpear» su cuerpo, para que usted quede descalificado?

La obligación de descansar FEBRERO 22
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es de reposo para Jehová, tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni el extranjero que está dentro de tus puertas. Éxodo 20.9–10

Hay dos conceptos muy interesantes en el pasaje que hoy compartimos. En primer lugar, debemos notar que el mandamiento de descansar es precisamente eso: un mandamiento. Esto nos choca un poco, porque en nuestra cultura el descanso es algo que disfrutamos cuando ya no tenemos nada que hacer. Lamentablemente, como nunca llega el día en el que no tenemos nada que hacer, rara vez nos tomamos tiempo para descansar. Es justamente por esta razón que el Señor no deja librado a su pueblo para que decida cuándo debe descansar. No nos consulta acerca de si deseamos descansar, ni tampoco nos pregunta si hemos terminado todo el trabajo que teníamos para hacer. Directamente nos ordena que descansemos.
En esto vemos cuán bien conoce nuestro Padre celestial nuestra tendencia a abusarnos de todo lo que él nos ha dado. Con el advenimiento de la electricidad y la capacidad de prolongar indefinidamente el día, el hombre cada vez es más esclavo de lo que hace. De modo que nuestro Creador, que conoce bien nuestras limitaciones, nos ordena que descansemos para nuestra propia salud espiritual, emocional, mental y física.
Hemos de notar, en segundo lugar, que el día de reposo es «para Jehová». Aquí también encontramos un concepto que contradice nuestras presuposiciones culturales. Para nosotros el día de reposo es primordialmente un día para nosotros. En el mandamiento original el día de reposo tenía, sobre todas las cosas, un sentido espiritual. Era un día que se apartaba para celebrar la bendición de pertenecer al pueblo de Dios, para agradecer las bondades recibidas y para volver a reordenar la vida según los parámetros eternos de la Palabra.
El líder que aspira a ser efectivo en su ministerio necesita incorporar a su vida estos principios sobre el descanso. Muchos pastores viven en un estado permanente de fatiga que diezma seriamente su capacidad de servir y bendecir la vida de los demás. El descanso, que no es meramente la ausencia de actividades, es un momento vital en el ciclo de la renovación espiritual que necesita el líder, para que su ministerio continúe siendo fresco y vital. Quien intenta vivir sin estos interludios de renovación, lo hace en desmedro de las personas a quienes intenta servir.

Para pensar:
El Señor no le pregunta a usted si necesita descansar. Le manda que descanse, quiera o no hacerlo. Quizás le ayude, entonces, a ver el descanso como una disciplina más de la vida espiritual. Usted lo planifica como cualquier otra actividad de su ministerio, y lo incorpora al ejercicio espiritual que realiza diariamente para mantenerse en buen estado. Descansar no es perder el tiempo; es redimir el tiempo con sabiduría para que sus recursos den mayor fruto para el reino.

Celos que matan FEBRERO 23
Mientras danzaban, las mujeres cantaban diciendo: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles». Saúl se enojó mucho y le desagradaron estas palabras, pues decía: «A David le dan diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino». Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David. 1 Samuel 18.7–9

No hay en el pueblo de Dios figura más triste que la de un líder que tiene celos de los logros de sus seguidores. Tal persona siempre va a estar dominado por las sospechas y el miedo, e inevitablemente su ministerio sufrirá las consecuencias de estas actitudes.
La derrota de Goliat fue una gran victoria para los israelitas, y el cántico de las mujeres no hacía más que proclamar lo que era evidente a los ojos de todo el pueblo. Paralizado por la indecisión y el temor, el rey Saúl no proveyó la dirección clara y decisiva que sus hombres necesitaban en ese momento. Fue el joven pastor de Belén que desplegó una actitud de coraje y valentía.
Note, sin embargo, que en ningún momento David hizo alardes de sus proezas; el pueblo proclamó su grandeza. Aún mientras la gente festejaba, sin embargo, el corazón del rey se llenó de ira. El historiador de este momento nos hace partícipes de una decisión nacida de esta experiencia: «desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David».
En esta frase está la clave del problema. Una vez que un líder ha permitido que los celos y la envidia se apoderen de su corazón, siempre verá negativamente el trabajo de los que están a su alrededor. Su juicio estará permanentemente opacado por la amargura de su propio corazón. En estas condiciones, gran parte de su tiempo estará enfocado en buscar la manera de descalificar la vida de los demás. Verá toda acción de sus seguidores como una amenaza para su propia posición. De hecho, esto podría ser el resumen del resto de la vida de Saúl, quien se dedicó con fanatismo a intentar extinguir la vida de David.
Es en la reacción de un líder frente al éxito de otros, que se ve su verdadera grandeza. Un líder maduro no tiene temor a ser «tapado» por el ministerio de otro, sino que trabaja para que los demás avancen y alcancen su máximo potencial en Cristo. Al igual que un padre con sus hijos, no tiene mayor alegría que la de verles prosperar en todo lo que hacen. Con espíritu de generosidad invierte en sus vidas, los anima, y hasta procura que ellos lo puedan superar, entendiendo que lo suyo no es la máxima expresión de grandeza posible.

Para pensar:
Note lo maravillosamente desinteresada que es la frase de Cristo a sus discípulos: «De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él también las hará; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre» (Jn 14.12). El Mesías no definía «grandeza» por el tamaño de la obra, sino por la fidelidad de alguien en haber hecho lo que se le mandó hacer. En este sentido, el éxito de sus discípulos fue el testimonio fiel de que su propia labor había sido bien realizada.

Al desierto FEBRERO 24
Cuando el faraón oyó acerca de este hecho, procuró matar a Moisés; pero Moisés huyó de la presencia del faraón y habitó en la tierra de Madián. Allí se sentó junto a un pozo. Éxodo 2.15

No es difícil creer que fue Dios mismo el que conmovió el corazón a Moisés frente a la injusticia que sufrían los israelitas en manos de los egipcios. La sensibilidad a las cosas espirituales que le habían impartido sus padres no se había perdido durante los años en la corte del faraón. No obstante, Moisés no había aún aprendido una lección crucial: los planes de Dios no se pueden implementar con métodos humanos, tal como lo expresó muchos siglos más tarde el apóstol Santiago: «La ira del hombre no obra la justicia de Dios» (1.20).
Para que Moisés pudiera aprender esta valiosa lección, era necesario que fuera a la escuela del desierto. Había en él demasiada confianza en sus propias fuerzas para que le fuera útil a los propósitos del Señor, y Dios debía tratar profundamente con su vida. Allí, pues, pasó largos años. El fuego y el celo que le habían llevado a asesinar a un hombre, lentamente se disiparon quedando en su lugar la vida apaciguada y sencilla de un pastor de ovejas. Recién cuando hubo desaparecido en él todo anhelo y sueño, volvió Dios a visitarlo con la misión de liberar al pueblo de su estado de esclavitud en Egipto.
Piense en lo extraño de los caminos de Dios: Cuando Moisés quería servirle, él no se lo permitió. Y cuando el profeta ya no quería servirlo, ¡Dios se lo exigió! La razón es que Dios no pone el acento sobre nuestras acciones, sino en la clase de persona que somos.
El gran evangelista Dwight Moody alguna vez comentó de Moisés: «Durante los primeros 40 años de vida, él pensó que era una persona importante. Durante los siguientes 40 años de vida, aprendió que en realidad no era nadie. Durante los últimos 40 años de vida, vio lo que Dios puede hacer con un “nadie”».
¡Qué admirable resumen del proceso por el cual llevó el Señor al gran profeta!
Esta es una lección que todo líder debe aprender. Dios no necesita de nuestros planes, ni de nuestras habilidades, ni de nuestros esfuerzos. Ni siquiera necesita de nuestra pasión, como tuvo que descubrir el apóstol Pedro. Lo que necesita es simplemente que nos pongamos en sus manos, para que él dirija nuestras vidas, señalando en el camino las actitudes y el comportamiento que él pretende de nosotros. Esta clase de entrega es la que más le cuesta al ser humano, porque tenemos nuestros propios conceptos acerca de cómo es la mejor manera de agradar a Dios.

Para pensar:
Para los que pastoreamos, qué tentador es planificar y luego pedir que Dios bendiga nuestros esfuerzos. Es mucho más difícil esperar en él, para moverse solamente cuando él lo manda. No debemos perder de vista, sin embargo, que el hombre que vive completamente entregado a Dios, es la herramienta más poderosa que existe para avanzar en los proyectos que están en el corazón mismo del Señor. ¡No se apresure!

«Muéstrate como ejemplo» FEBRERO 25
Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza. 1 Timoteo 4.12

La juventud es una etapa de ideales. El joven observa el mundo y denuncia con fervor las injusticias e incongruencias que ve a su alrededor. Cree que puede lograr cambios donde otros han fracasado o claudicado. De igual manera, en la iglesia, muchas veces el joven demanda que se le escuche y reconozca en la congregación. Con frecuencia estas demandas están teñidas de una falta de ternura y respeto por los que están a su alrededor.
Pablo valoraba a los jóvenes. A Timoteo, que parece haber tenido un carácter tímido, le mandó que no permitiera que otros despreciaran su juventud. Pero tome nota del método que el apóstol le propuso para lograr el respeto que él necesitaba. Era por medio de su comportamiento ejemplar.
Es precisamente en este aspecto donde la mayoría de los jóvenes fracasan. Tienen fuego y pasión para hacer conocer sus opiniones, pero no tienen la clase de vida que respalde sus sugerencias. Son capaces de enumerar con facilidad los errores que ven en la vida de los demás y no se dan cuenta que esta es la parte más fácil de encarar un problema. Aún no han transitado el camino de la vida, lo que les permitirá aportar soluciones reales y prácticas para las dificultades que enfrenta el hombre.
Pablo animó al joven Timoteo a que no recorriera el camino de las discusiones y los argumentos. Seis veces, en sus dos cartas, le advirtió que no haría avanzar el plan de Dios con las muchas palabrerías. Sí lo animó, en lugar de esto, a que cultivara la clase de vida que se gana el derecho a ser escuchado.
Para el líder joven, este es un desafío duro. Debe aprender que identificar los errores de la iglesia o de los líderes aporta muy poco en la implementación de un cambio profundo y perdurable. El desafío es demostrar, con el comportamiento, que existen otras alternativas. Cuando yo era aún soltero, con cuánta facilidad señalaba los errores que habían cometido mis padres. Pero luego me casé y, a su tiempo, llegaron mis propios hijos. ¡Bien pronto comencé a ver que la teoría de «cómo ser un buen padre» no era tan fácil de llevar a la práctica! Y no solamente esto, también me encontré cometiendo los mismos errores que en otro tiempo había denunciado como inadmisibles.
El joven que asume el desafío de cultivar una vida donde su conducta y su pureza están a la vista, será tomado en cuenta sin siquiera buscar ese reconocimiento. La razón es sencilla: las teorías abundan, pero ¡la vida habla más fuerte que las palabras!

Para pensar:
El autor y poeta inglés, Oscar Wilde, una vez observó: «En este mundo, los jóvenes siempre están dispuestos a compartir con sus mayores el pleno beneficio de su inexperiencia». Sin duda un comentario irónico, pero no sin su verdad. Si usted es joven, ¡deje que su vida hable más fuerte que sus palabras!

Solamente administradores FEBRERO 26
Y vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, él también bautiza, y todos van a él. Respondió Juan: No puede el hombre recibir nada a menos que le sea dado del cielo. Juan 3.26–27

Hacía 400 años que no se había visto en Israel un profeta con un mensaje como el de Juan el Bautista. Su aparición, a orillas del río Jordán, rápidamente atrajo a personas de toda la región. Con el pasar de los días y las semanas, grandes multitudes acompañaban al profeta.
Todo esto cambió cuando apareció el Mesías. Con su llegada, había concluido la misión del Bautista, y al poco tiempo las multitudes acompañaban a Aquel que había sido bautizado por el profeta. Los más leales seguidores de Juan veían con tristeza cómo la gente lo abandonaba y se le acercaron para instarlo a tomar cartas en el asunto. Detrás del reclamo de los discípulos de Juan estaba la convicción implícita de que Jesús se estaba robando la gente que el profeta había ganado con su propia predicación.
En la respuesta de Juan el Bautista vemos una de las razones por las cuales Cristo elogió tan profundamente su vida. Juan entendía que una persona no se «gana» nada por sus propios méritos, ni tampoco con sus esfuerzos. Todo lo que él recibió vino del Padre, cuyo corazón es uno de inmensa misericordia. Sabía que la multitud le fue prestada por un tiempo, pero que en cualquier momento el Padre podía quitársela porque no era, en definitiva, del profeta, sino de Dios. Por esta razón no opuso resistencia, ni tampoco se llenó de amargura cuando la gente empezó a congregarse alrededor de Cristo.
Muchas veces, como pastores, actuamos como si las vidas de las personas nos pertenecieran. Nos tomamos la atribución de imponerles nuestros planes y gustos, y decidimos sobre ellas como si fuéramos sus amos. La gente, sin embargo, se resiste a este tipo de trato y ¡bien pronto demostrarán su insatisfacción!
Cuán diferente era la actitud de Juan. Lejos de amargarse, el profeta actuó con el desprendimiento y la generosidad de quien tiene un genuino interés por los demás. Cómo oponerse a la fuga de las personas, ¡si les convenía mil veces estar cerca de Cristo que de él!
El líder maduro siempre va a buscar lo que más le conviene a su gente, aun cuando esto le quite «prestigio» a su propio ministerio. Tendrá presente que, así como los hijos le son confiados a los padres por unos años, también su gente le ha sido prestada por un tiempo. Tienen libertad para moverse y actuar conforme a lo que entienden es la voluntad de Dios para sus propias vidas. Aun cuando se equivoquen, el líder respetará esa libertad que Dios también le ha otorgado a él mismo.

Para pensar:
¿Cómo actúa cuando le da sugerencias a la gente que pastorea? ¿Qué reacciones tiene cuando ellos rechazan sus consejos o escogen un camino diferente al señalado? ¿Qué evidencias hay de que su gente tiene plena libertad para hacer lo que quiera? ¿Qué cosas puede hacer usted para cultivar más esta libertad en ellos?

La voz de Dios FEBRERO 27
Jehová volvió a llamar a Samuel. Se levantó Samuel, vino adonde estaba Elí y le dijo: Heme aquí; ¿para qué me has llamado? Hijo mío, yo no he llamado; vuelve y acuéstate le respondió Elí. Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada. 1 Samuel 3.6–7

Hay dos observaciones interesantes que se desprenden de este incidente en la vida del joven Samuel. En primer lugar, podemos afirmar que la voz con la cual Dios le habló al niño era tan parecida a la voz de Elí, que él llegó a confundirlas. ¡Solamente en las películas Dios habla con acento de España, y su voz retumba y resuena por los aires! En la vida real, las maneras en que Dios nos habla son fácilmente confundibles con las voces de otros, o aun con nuestras propias voces.
En segundo lugar, debemos detenernos un momento en la frase «Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada». Lo que vemos aquí es la descripción de un novato, una persona que estaba iniciando el proceso de aprendizaje que eventualmente lo convertiría en el gran profeta y juez de Israel.
Entender esto es importante. Hay un sentir en el pueblo de Dios de que la espiritualidad es algo que se hereda, o que se puede adquirir por la imposición de manos. Muchos creyentes andan de reunión en reunión buscando ese «toque» especial o esa «unción» que les convertirá automáticamente en grandes varones o mujeres de Dios. Se han convencido que la grandeza de las ilustres figuras en la historia del pueblo de Dios tenía que ver con alguna visitación especial hacia sus personas, o la posesión de algún don extraordinario que los apartaba de otros seres normales como nosotros.
La verdad es que la vida espiritual es algo que se cultiva por medio de un proceso disciplinado. Al igual que en el desarrollo del cuerpo físico, mucho del crecimiento espiritual que ocurre en nuestra vida depende de elementos que realmente no controlamos. A veces, ni siquiera entendemos las misteriosas operaciones que resultan en la transformación de nuestro corazón. Lo que sí es claro, es que hemos sido llamados a caminar en fidelidad con nuestro Dios y debemos permitir que él nos vaya conduciendo hacia la madurez.
En este sentido, no hay grandes saltos, ni avances repentinos. Ocasionalmente experimentamos visitaciones extraordinarias de su presencia, pero el crecimiento espiritual normal en nuestras vidas es producto de un proceso lento y pausado. A esto se refería el autor de Hebreos cuando escribía: «el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal» (Heb 5.14). Tome nota de la frase «por el uso». Otras versiones lo traducen «por la práctica». Sea cual sea la traducción, todas apuntan a un proceso de aprendizaje que incluye aun el equivocarse, como lo hizo el joven Samuel.

Para pensar:
Alguien alguna vez observó: «Todos quieren ser algo en la vida; pero nadie quiere crecer». ¿Qué pasos está tomando para entender mejor los misterios de la vida espiritual? ¿Cómo «practica» para que sus sentidos estén ejercitados para discernir entre el bien y el mal?

Debilidades con potencial FEBRERO 28
Y él me ha dicho: te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. 2 Corintios 12.9 (LBLA)

Existe una tendencia universal en el ser humano a esconder sus debilidades. Estamos tristes, pero ponemos cara de alegría. Deseamos llorar, pero contenemos nuestras lágrimas. Nos sentimos abrumados, pero aparentamos estar en control. Luchamos con la depresión, pero buscamos convencer a los demás de nuestro buen ánimo.
Todo esto no hace más que revelar con gran claridad la inmensa importancia que le damos, como seres humanos, a la imagen que otros tienen de nosotros. Deseamos que nos vean como triunfadores, como personas que caminan con paso firme hacia objetivos claramente definidos en sus vidas. Por esta razón nos resistimos, a toda costa, a revelar esas cosas que muestran nuestra verdadera condición de seres frágiles y débiles.
Pablo declara que gustosamente se gloriará en sus debilidades. ¿Se detuvo alguna vez a pensar en lo alocado de semejante declaración? No solamente no hará ningún esfuerzo por esconder sus debilidades, ¡sino que se gloriará en ellas! Lejos de producirle vergüenza, las mostrará como las verdaderas marcas de su dependencia absoluta de Cristo. Francamente, nos resulta incomprensible la actitud del apóstol. No podemos, sin embargo, dejar de sentir en lo secreto de nuestros corazones una admiración profunda por su estilo de liderazgo.
Recorra por un momento la historia del pueblo de Dios. ¿Puede pensar en alguna persona que alguna vez fue utilizada por sus fuerzas y virtudes? Abraham era un anciano incapaz de producir hijos. José era un esclavo olvidado en la cárcel. Moisés era un pastor de ovejas tartamudo. Gedeón era el menor de su casa y, además, pobre. David era un simple pastor de ovejas. Nehemías no era más que el copero del rey. Jeremías era joven e inexperto. Juan el Bautista era un desconocido que moraba en el desierto. Los discípulos eran simples pescadores, hombres sin letras ni preparación alguna. A Pablo, el fogoso perseguidor de la iglesia, deliberadamente lo debilitó el Señor, enviando una espina en la carne que lo atormentaba.
¡Y estos son simplemente los héroes de las Escrituras! ¿Qué diremos de figuras como Agustín, Lutero, Wesley, Hudson, Taylor, Moody, Spurgeon, o tantas otras figuras que marcaron profundamente la historia del pueblo de Dios? Todos ellos, sin excepción, fueron útiles porque permitieron que sus debilidades fueran el medio por el cual Dios expresó su gloria.

Para pensar:
No trate de disimular sus debilidades. No busque esconderlas, ni pierda el tiempo justificándolas. Cuando usted las tapa o esconde, buscando hacerse fuerte, Cristo pierde poder en su vida. Hágase amigo de sus debilidades. Ellas son la puerta para que toda la plenitud de Dios se manifieste en su vida.

MARZO

  1. Lugares de refugio
  2. Correr juntos
  3. Correr livianos
  4. Libres del pecado
  5. Pacientes hasta el fin
  6. Los ojos en la meta
  7. El lugar de definiciones
  8. Discernimiento en las circunstancias
  9. Fe en los discípulos
  10. Fomentar el cambio
  11. En guardia contra lo oculto
  12. Amigos en todo tiempo
  13. Cuando la crisis azota
  14. Usando bien lo que hemos recibido
  15. Dimensiones de la libertad
  16. Vocación de siervo
  17. Amor que perdura
  18. Servicio desinteresado
  19. Oportunidades ordinarias
  20. La práctica del servicio
  21. Servicio sin preferencias
  22. Gracia para recibir
  23. Una lección inolvidable
  24. Ministros de consolación
  25. Llamados a bendecir
  26. El testimonio que llega
  27. Mediciones sin valor
  28. Una buena reputación
  29. El poder de una decisión
  30. Andar dignamente
  31. Ver lo que otros no ven

Lugares de refugio MARZO 1
Oh Dios, tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua. Salmo 63.1 (LBLA)

Este es uno de los salmos que más profundamente revelan el corazón de David, mostrando ese anhelo insaciable que tenía de estar con su Dios. Lo más interesante de este salmo, no obstante, es el comentario que lo titula: «Salmo de David, cuando estaba en el desierto de Judá». Esto nos provee un marco que le da aún mayor significado a los maravillosos sentimientos expresados por esta poesía.
David estuvo dos veces en el desierto de Judá. La primera vez, huía del rey Saúl, quien ya abiertamente procuraba su muerte. El historiador nos dice que en aquella ocasión «David se quedó en el desierto, en lugares fuertes, y habitaba en un monte en el desierto de Zif. Lo buscaba Saúl todos los días, pero Dios no lo entregó en sus manos» (1 S 23.14). La segunda vez que se encontró en el desierto fue cuando tuvo que abandonar Jerusalén por causa de la rebelión de su hijo Absalón. Dice el relator de aquel incidente, en 2 Samuel, que el rey, «subió la cuesta de los Olivos, e iba llorando, con la cabeza cubierta y los pies descalzos. Todo el pueblo que traía consigo cubrió también cada uno su cabeza, e iban llorando mientras subían» (15.30).
Ambas escenas revelan a un hombre envuelto en una situación de profunda angustia personal. Qué tremendo, entonces, que en medio de circunstancias tan devastadoras, exclamara: «Oh Dios, tú eres mi Dios… Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela».
¿Cuál es el principio que se desprende de este salmo? Que un líder debe poseer la capacidad, en tiempos de crisis, de poner distancia entre su vida y las circunstancias que lo rodean, para entrar en la presencia de su Dios y procurar allí el alivio que necesita. Juntamente con ese alivio, vendrá también una perspectiva divina que le permitirá ver con ojos celestiales lo que está viviendo. Sus prioridades se volverán a alinear con las de Dios y podrá exclamar con pasión: ¡solamente tú eres Dios, Señor!
Si usted analiza la vida de los grandes siervos de Dios, encontrará sin excepción que cada uno de ellos poseía la capacidad de entrar a un refugio secreto en tiempos de crisis, un lugar donde procuraban la comunión con el gran Dios del universo. Piense en Cristo en el jardín de Getsemaní. Piense en Pablo y Silas en la cárcel. Piense en Moisés cuando descubre el becerro de oro. Piense en Nehemías cuando se enteró del estado de Jerusalén. Cada uno de ellos entró al refugio secreto donde derramaron su corazón en presencia del que vive y reina por los siglos. Y allí encontraron el alivio y la fortaleza que necesitaban para seguir adelante.

Para pensar:
Dice el salmista: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida y se traspasen los montes al corazón del mar» (46.1–2). El alivio no viene por saber esto. El alivio viene cuando corremos a él y nos refugiamos en sus brazos. ¡Sea un líder que está acostumbrado a compartir sus dificultades con el Señor!

Correr juntos MARZO 2
Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Hebreos 12.1 (LBLA)

El autor de Hebreos, como tantos de los grandes maestros de la Palabra en las Escrituras, escoge una analogía para ayudarnos a entender los desafíos que presenta la vida espiritual. Esta analogía, que seguramente era conocida para muchos de los lectores, es la de una carrera: la maratón. La prueba deportiva, inspirada en la hazaña de un guerrero griego, consistía en correr una gran distancia (en la actualidad son 42 km.) sin desmayar. Pensando en los diferentes requerimientos que tenía la prueba, el autor identifica los aspectos que son necesarios para correr bien en la vida a la cual hemos sido llamados.
El primer elemento que señala el autor es que estamos rodeados de una «gran nube de testigos». Esto hace referencia al capítulo anterior, donde hay una larga lista de héroes que ya corrieron la carrera. Entre ellos se menciona a Abel, Enoc, Abraham, Sara, Isaac, Jacob, José, Moisés, Rahab, Gedeón, Barac, Sansón, Jefté y David. El tiempo le faltaba al autor para hablar de innumerables otros triunfadores, que «siendo débiles, fueron hechos fuertes» (Heb 11.34).
De esta manera, el autor desea animar nuestro corazón en cuanto a la vida que tenemos por delante. El camino nos presenta muchos desafíos y gran cantidad de contratiempos. A veces podemos llegar a creer que es imposible avanzar, y nos sentimos tentados a resignarnos. Pero se nos recuerda que una gran nube de testigos corrió la carrera antes que nosotros y, además, ¡la terminaron con éxito!
Por otro lado, el comentario del autor implica que la carrera no debe correrse solo. En la carrera moderna, los buenos atletas siempre corren en equipo. Con un ritmo disciplinado, se turnan en compartir los rigores de imponer el ritmo adecuado al grupo, un aspecto crucial para ganar la carrera. A la vez, se animan y alientan entre ellos, porque el grupo genera mayor fuerza que el individuo.
Muchos pastores y líderes sufren la soledad del ministerio. No cabe duda que el pastor transita un camino que tiene aspectos solitarios. Pero también es verdad que la soledad de muchos líderes es auto-impuesta. No se dan permiso para cultivar la clase de relaciones profundas que animan y alimentan la vida espiritual de cada uno de nosotros. Desprovistos de este apoyo vital, son presa fácil para el desánimo, y muchas veces comienzan a verse como víctimas, poco comprendidos por los demás. El líder sabio, sin embargo, entiende que todo cristiano necesita de compañeros que corran a la par de él.

Para pensar:
¿Quiénes son sus compañeros de carrera? Si tiene que tomarse un momento para pensar en quienes son, es porque usted está caminando solo. Los compañeros de mi equipo deben ser una parte íntima de mi vida. ¿Por qué no comienza a orar para que Dios le dé esta clase de amigos? Parte de la riqueza de su vida espiritual está en manos de estos compañeros, y usted no lo descubrirá hasta que camine con ellos.

Correr livianos MARZO 3
Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Hebreos 12.1 (LBLA)

La analogía que está usando el autor de Hebreos para ayudarnos a entender las dinámicas de la vida cristiana, es la de una maratón, una carrera excesivamente larga que tiene una distancia de unos 42 km. Deja varias recomendaciones acerca de cuál es la forma en que mejor se puede correr esta carrera. En el devocional de hoy queremos concentrarnos en la exhortación a despojarnos «de todo peso».
Si usted tuviera la oportunidad de correr en una maratón, o de ver la filmación de una carrera, podría comprobar que los corredores profesionales corren con un mínimo de peso. Su ropa es de material ultraliviano. Su calzado ha sido especialmente diseñado para esta prueba, y pesa apenas 250 gramos. Algunos corredores hasta corren descalzos, para evitar el peso del calzado. Pocos atletas profesionales cargan con algún elemento adicional durante la carrera. La razón para una actitud tan radical en cuanto al equipamiento es clara: si usted va a correr una distancia tan larga, no va a querer cargar con más que lo absolutamente esencial para llegar a la meta. Todo peso adicional se volverá como piedra a medida que avanzan los kilómetros. En la antigua Grecia, los corredores corrían desnudos.
Cuando Cristo le dio instrucciones a los discípulos, antes de enviarles a predicar de dos en dos, también les exhortó a que viajen livianos: «No llevéis oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bordón, porque el obrero es digno de su alimento» (Mt 10.9–10). Los desanimó a la tendencia natural del hombre de asegurarse, con la acumulación de cosas, su bienestar personal. En su lugar, les dijo que debían llevar poco para el viaje y confiar en que el buen Padre celestial proveería en el camino todo lo necesario para sustentarlos.
En nuestro versículo de hoy, el autor usa la misma palabra para «peso» que se emplea para la mujer embarazada. La mujer, cuando ya ha entrado en un estado avanzado de embarazo, se mueve con lentitud e incomodidad. El tamaño de su vientre impide que sea ágil o rápida. La ilustración es excelente para entender a qué se refiere cuando nos exhorta a «despojarnos de todo peso». Nos está animando a desechar todo bagaje adicional, todas aquellas cosas que estorban y entorpecen nuestro andar en Cristo. Hay muchas cosas que nos son lícitas, pero que también agregan complicaciones a nuestra vida.
El obrero sabio sabe distinguir entre las cosas que son realmente necesarias para su ministerio, y las cosas que son interesantes pero que, eventualmente, serán un estorbo para la tarea por delante. Tendrá que usar disciplina para escoger lo bueno, y darle la espalda a cosas que otros consideran indispensables. Con el ojo puesto siempre en la meta, será disciplinado en mantenerse libre de todo lo que lo atrape innecesariamente.

Para pensar:
El desafío aquí no está en escoger entre lo bueno y lo malo, sino entre lo necesario y lo innecesario. Algo bueno, puede ser innecesario para el cumplimiento de nuestra vocación, tornándose un peso extra que nos estorbará en la carrera.

Libres del pecado MARZO 4
Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Hebreos 12.1 (LBLA)

La analogía que está usando el autor de Hebreos para ayudarnos a entender las dinámicas de la vida cristiana, es la de una maratón, una carrera larga que tiene una distancia de unos 42 km. Deja varias recomendaciones acerca de cuál es la forma en que mejor se puede correr esta carrera. En el devocional de hoy queremos concentrarnos en la exhortación a despojarnos «del pecado que tan fácilmente nos envuelve».
Hay dos conceptos importantes en la exhortación del autor. La clave del primero está en la palabra «fácilmente». El pecado, en su esencia, está basado en sutiles distorsiones de la Palabra de Dios, no en groseras manifestaciones que abiertamente contradicen su Verdad. Observe con cuánta sutileza el enemigo dialogó con Eva, para crear en ella primero confusión, y luego plantar la semilla de la duda en cuanto a la bondad de Dios. Note con cuánta sutileza el enemigo se enfrentó al Hijo de Dios en el desierto, aun llegó a citar el texto de los salmos para hacerle tropezar. Es por esta característica del pecado que tantas veces quedamos atrapados en actitudes y pensamientos que deshonran al Dios que amamos.
El segundo concepto clave se encuentra en la frase «que nos envuelve». La palabra que el autor escoge en el griego nos presenta la idea de algo que entorpece al corredor, un obstáculo que le ofrece resistencia, no importa en que dirección quiera moverse. Es como si uno quisiera correr envuelto en una sábana. Toda clase de actividad sería dificultosa porque cada parte del cuerpo estaría limitada en su capacidad de moverse.
Esta es una buena descripción de los efectos del pecado sobre nuestra vida. Cuando permitimos que el pecado nos envuelva, este entorpece cada una de las áreas de nuestra vida. Nuestras emociones se vuelven amargas o tristes. Nuestros pensamientos se tornan llenos de condenación y crítica. Nuestra perspectiva se tiñe de pesimismo. Nuestra visión se nubla y vemos todo como problemático. Nuestras palabras se convierten en instrumentos para lastimar y destruir. Sobre todas las cosas, nuestra relación con Dios se ve dramáticamente afectada. Escuche la confesión del salmista: «Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día, porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano» (Sal 32.3–4).
Como ministros no podemos descuidar ni un instante la permanente tendencia de nuestra humanidad a dejarse seducir por el pecado. En esta área de nuestra vida espiritual debemos estar en guardia siempre. Bien dijo Pedro que «vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 P 5.8).

Para pensar:
Martín Lutero una vez exclamó: «¡Le tengo más miedo a mi corazón que al Papa y a todos sus cardenales!» El pasar de los años y la experiencia le habían revelado que los mayores problemas en la vida no son los que están a nuestro alrededor, sino las maquinaciones y los engaños de nuestro propio corazón. Por esta razón, el gran reformador prestaba especial atención a la pureza de su ser interior.

Pacientes hasta el fin MARZO 5
Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Hebreos 12.1 (LBLA)

La analogía que está usando el autor de Hebreos, para ayudarnos a entender las dinámicas de la vida cristiana, es la de una maratón, una carrera de 42 interminables km. Entre otras cosas, nos exhorta a correr «con paciencia» la carrera que tenemos por delante.
Es el apóstol Santiago el que nos anima a tener gozo en medio de las dificultades, sabiendo que uno de los resultados más importantes de este trato especial de Dios es que lleguemos a tener paciencia. ¡Y qué cualidad tan importante es esta virtud! Por falta de paciencia Abraham engendró un hijo con Hagar. Por falta de paciencia José intentó salir de la cárcel, apelando a la ayuda del copero. Por falta de paciencia, Moisés mató al egipcio y debió huir al desierto. Por falta de paciencia, Pablo descartó al joven Marcos.
La maratón es una de las pocas disciplinas donde no ser joven es una definitiva ventaja. Los grandes corredores a nivel mundial, no son los atletas de 18 o 20 años, como lo pueden ser en otros deportes. La edad promedio de los campeones está más cerca de los 35 años. ¿Por qué? Porque el joven carece de ese elemento que es indispensable para correr una carrera de larga distancia: el saber medirse y llevar el ritmo necesario para llegar a la meta. He participado de varias maratones donde jóvenes entusiastas largan la carrera como si fueran hasta la esquina para comprar pan. La carrera, sin embargo, dura varias horas, y nadie podrá completarla si no lleva el ritmo adecuado.
Encontramos una lección importante en este aspecto de la analogía. En la vida hay muchas personas que comienzan su experiencia espiritual con gran fuego y pasión. En poco tiempo se elevan a alturas poco frecuentes en otros de más experiencia. Deslumbran con lo atrevido de su recorrido. Pocos, sin embargo, pueden mantener este ritmo por largo tiempo. La mayoría, cae de la misma manera que subieron: estrepitosamente.
El líder maduro sabe que la carrera es larga. No se siente intimidado por otros que en poco tiempo parecen avanzar mucho más en la vida cristiana. El premio no es para los que salen con grandes despliegues de energía, sino para aquellos que, con un ritmo pausado pero constante, llegan a cruzar la meta final.
Impóngale a su vida ministerial un ritmo seguro, cuidando sus recursos, porque en el momento de mayor cansancio va a necesitar de las reservas que no gastó cuando se sentía con toda la energía y la pasión de los que recién inician la carrera. Este es el secreto de los grandes corredores. Cuando el cuerpo les dice que pueden ir más rápido, lo frenan. Saben que más adelante lo que ahorraron en esfuerzo será crucial para terminar la prueba.

Para pensar:
San Agustín, alguna vez observó: «La paciencia es la compañera de la sabiduría». Los apurados rara vez tienen tiempo para aprender las lecciones necesarias para el éxito. ¿Qué cosas producen en usted impaciencia? ¿Qué reacciones afloran en situaciones donde le falta paciencia? ¿Cómo puede hacer para crecer en paciencia?

Los ojos en la meta MARZO 6
Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Hebreos 12.2

Hemos estado considerando las exhortaciones del autor de Hebreos, quien nos anima a pensar en la analogía de una maratón (una carrera de unos 42 km. de distancia) para entender las dinámicas de la vida cristiana. En nuestro versículo de hoy, queremos pensar en lo que inspira al corredor.
La competencia de la maratón estaba basada en la odisea del joven soldado griego que corrió una gran distancia, después de la batalla de Maratón, para informar acerca de los resultados de aquel enfrentamiento. Ser el ganador de semejante competencia era un asunto de enorme prestigio, no solamente porque el atleta demostraba sus extraordinarias aptitudes físicas, sino también porque el campeón era identificado con aquel primer héroe de esta singular historia.
En las carreras modernas, la largada muchas veces está en el mismo lugar de la llegada. Antes de correr, cada corredor echa un vistazo al podio y, por unos segundos, sueña con las sensaciones de estar subido allí, en lo más alto del escenario, aplaudido y elogiado por el público que lo reconoce como el mejor entre sus pares. Tal sueño, aun cuando no es más que un pensamiento fugaz en los minutos previos a la carrera, actúa como poderoso estimulante para cada uno de los deportistas. Aun los menos preparados acarician el sueño placentero de cruzar la meta, para sentir que todo el esfuerzo valió la pena.
Durante la carrera, habrá muchos momentos difíciles en los cuales el deportista luchará con el deseo de abandonar. En estas instancias, los mejores atletas convocan otra vez la imagen del glorioso momento de llegada y buscan recuperar fuerzas como un anticipo de la gloria que vendrá.
El autor de Hebreos usa como excelente ilustración a Jesús. Su momento de máxima crisis fue en Getsemaní. Allí le confesó a sus discípulos el fuerte deseo de «abandonar la carrera». «Mi alma está muy triste» les dijo, «hasta la muerte» (Mt 26.38). Se apartó y se concentró en la intensa batalla que se había apoderado de su corazón, una batalla entre el deseo de hacer la voluntad del Padre y el deseo de hacer la voluntad propia. Finalmente, logró lo que hacía falta para seguir en carrera: quitó los ojos de la cruz y la inminente agonía de la muerte, para fijar su vista en algo que lo inspiraba plenamente. Esto era el gozo del momento de reencuentro con su Padre celestial.
Como líder, usted necesita tener los ojos puestos en algo más inspirador que las circunstancias en las cuales se encuentra. Quizás sea el cumplimiento de una Palabra que el Señor le dio. Quizás sea la realización de una visión que recibió. O bien podría ser la finalización de un proyecto que traerá gloria a Su nombre. Sea cual sea el tema, esto lo inspirará y animará a seguir adelante cuando ya las fuerzas parezcan desvanecerse.

Para pensar:
¿En qué cosas tiene los ojos puestos la mayor parte del tiempo? ¿Qué cosas tienden a desanimarlo? ¿Qué cosas lo inspiran? ¿Qué pasos debe dar para fijar con mayor frecuencia sus ojos en aquello que lo inspira?

El lugar de definiciones MARZO 7
Considerad, pues, a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón. Hebreos 12.3 (LBLA)

La analogía que está usando el autor de Hebreos para ayudarnos a entender la dinámica de la vida cristiana, es la de una maratón, una carrera larga que tiene una distancia de unos 42 km. Deja varias recomendaciones acerca de cuál es la forma en que mejor se puede correr esta carrera. En el devocional de hoy queremos concentrarnos en el secreto de no cansarnos ni desanimarnos en nuestros corazones.
El autor, como lo hizo en el versículo anterior, nos anima a fijar la vista en el ejemplo del Hijo de Dios. La carrera no fue fácil para el Mesías. En el camino le hizo frente a cuestionamientos, oposición, ridiculización, incomprensión, agresión y, finalmente, traición y abandono. Todo esto hubiera sido más que suficiente para descarrilar la vida de aun el más fuerte. Mas Cristo, lejos de desanimarse, prosiguió hacia la meta con esa singularidad de propósito que caracteriza a los verdaderamente grandes. El secreto de su éxito estaba en que entendía que toda conquista se logra primeramente en el corazón.
Un buen atleta sabe que al menos la mitad de una carrera se gana con la actitud, y le da tanta importancia a la preparación mental como a la física. Puede poseer un estado físico envidiable, capaz de grandes hazañas en el deporte que practica. Pero la batalla a menudo se gana o se pierde en los lugares escondidos del ser interior del deportista. Si en su corazón siente que no tiene posibilidades frente a sus rivales, poseyendo mayores aptitudes deportivas que ellos, entonces de seguro perderá.
Como líderes, debemos tener absoluta claridad acerca de la verdadera batalla que enfrentamos. El conocido autor cristiano, Charles Swindoll, ha observado: «Estoy convencido que el 10% de la vida consiste en las cosas que nos pasan; el otro 90% de la vida depende de la manera que reaccionamos a lo que nos pasa». Las definiciones cruciales en esta vida tomarán lugar en el corazón, donde siempre está presta la carne para manifestarse con seductoras sugerencias. Nuestros peores problemas no están a nuestro alrededor, sino escondidos en nuestro ser interior. «Porque del corazón salen malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas son las cosas que contaminan al hombre» (Mt 15.19–20).

Para pensar:
Pablo señaló que uno de los elementos cruciales para una vida victoriosa consistía en la renovación de la mente. «No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» le escribía a los Romanos (12.2). ¿Qué tipos de pensamientos ocupan su mente durante el día? ¿Cuáles son los que producen en usted desánimo? ¿Cuáles le estimulan a continuar en la batalla a la cual ha sido llamado? ¿Qué cosas puede hacer para traer mayor disciplina a su vida en esta área?

Discernimiento en las circunstancias MARZO 8
He pasado junto al campo del perezoso, y junto a la viña del hombre falto de entendimiento, y he aquí, estaba todo lleno de cardos, su superficie cubierto de ortigas, y su cerca de piedras derribada. Cuando lo vi, reflexioné sobre ello; miré, y recibí instrucción. Proverbios 24.30–32 (NVI)

La situación que describe el autor de este versículo seguramente con frecuencia se veía por los caminos de Israel. Muchos pasarían por este mismo lugar y verían el estado de dejadez del campo. Verían el deterioro con cierto asombro, pero luego seguirían por sus caminos. El autor, como dice una traducción, «guardó en su corazón lo observado». Es decir, trató de descifrar el significado que tenía el triste cuadro que había contemplado. Intentó ver más allá de lo visible, para entender los principios de vida que delataban esa escena de deterioro. Tales lecciones no están a la vista de los que pasan por la vida apurados, concentrados solamente en sus cosas. Solamente se pueden discernir cuando uno añade al proceso de observación un riguroso ejercicio de reflexión. En el caso del esfuerzo del autor de Proverbios, está reflexión dio fruto y recibió «instrucción».
Lo que está a nuestro alrededor puede brindarnos valiosas lecciones para nuestro propio andar, y es este el verdadero valor de ser observador. El ejercicio de reflexionar nos libra de simplemente menear la cabeza frente a la falta de responsabilidad del vecino, o de darle rienda suelta a las críticas que no edifican ni aportan nada a la situación. Tristemente, sin embargo, nuestras observaciones muchas veces no producen más que estos magros resultados.
La reflexión bien llevada puede ser una actividad sumamente provechosa, cuando busca aprender de las variadas situaciones que nos presenta la vida. Sin duda este es un tema recurrente en Proverbios. En el primer capítulo, el autor señala que «la sabiduría clama en las calles, en las plazas alza su voz; clama en las esquinas de las calles concurridas; a la entrada de las puertas de la ciudad pronuncia sus discursos» (1.20–21 - LBLA). Los cuatro lugares mencionados -la calle, las plazas, las esquinas y las puertas de la ciudad- son aquellos lugares donde se llevaban a cabo las actividades de la vida cotidiana. En medio de estas actividades, una persona podía descubrir muchas lecciones valiosas para la vida, que es la esencia de lo que significa ser sabio. Es un error creer que solamente se aprende dentro del marco de un aula o asistiendo a algún evento especializado en ese tema. La sabiduría está a disposición de todos los que tienen ojos para ver y un corazón dispuesto a meditar en lo que ven a su alrededor.

Para pensar:
«Es mejor adquirir sabiduría que oro. El oro le pertenece a otro, pero la sabiduría puede ser nuestra. El oro solamente sirve para el cuerpo y este tiempo presente, pero la sabiduría es para el alma y la vida eterna». Matthew Henry.

Fe en los discípulos MARZO 9
He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; eran tuyos y me los diste, y han guardado tu palabra… Cuando estaba con ellos los guardaba en tu nombre, el nombre que me diste; y los guardé y ninguno se perdió excepto el hijo de perdición. Juan 17.6, 12 (NVI)

Un discípulo es, por naturaleza, alguien que está en proceso de formación. Encontrarse en esta etapa específica de la vida significa que su madurez espiritual va a estar en permanente fluctuación. Por momentos, va a desplegar gran sabiduría en su comportamiento y sus palabras. En otros momentos, demostrará su falta de crecimiento cometiendo errores que pueden hasta ser groseros.
Tal fue el caso de los doce que acompañaron al Mesías. En ocasiones le dieron profundas alegrías al Señor como, por ejemplo, cuando regresaron con los setenta. El evangelista nos dice que en «aquella misma hora él se regocijó mucho en el Espíritu Santo» (Lc 10.21). Estaba comenzando a ver el fruto de su ministerio con los discípulos. En otras ocasiones, sin embargo, los mismos doce le provocaron profundas desilusiones. Cuando bajó del monte de la transfiguración, por ejemplo, encontró a sus discípulos enredados en una discusión con los fariseos acerca de la manera de sanar a un muchacho epiléptico. En esa oportunidad, exclamó: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar?» (Mr 9.19 - LBLA).
La pregunta que nos enfrenta, entonces, es ¿cómo hacer para no desanimarnos con las personas que estamos formando?
Nuestro texto revela el secreto de la perseverancia del Hijo de Dios con los doce varones, que nos hubieran más que exasperado a nosotros. Cristo no basaba su evaluación de la aptitud de los discípulos en el comportamiento de los doce. De seguro que en más de una ocasión los hubiera desechado. Pero tome nota de la oración del Hijo de Dios al final de su ministerio: «Los hombres del mundo que Tú me diste; eran TUYOS y me los diste» (Jn 17.6). Aquí está la clave. Jesús no había escogido a estos hombres, sino que los había recibido de la mano del Padre. Y como los había recibido de su mano, podía confiar que el Padre no se había equivocado con las personas que le había entregado. Esta convicción lo mantuvo firme en medio de muchas circunstancias adversas.
Un líder debe tener esta misma convicción con las personas que está formando. Debe poseer la certeza de que está invirtiendo en la vida de las personas que el Padre le ha confiado, si es que quiere perseverar en la tarea, pues habrá muchas ocasiones donde se sentirá desanimado por la falta de madurez de sus seguidores. No obstante, si fija los ojos en estas desilusiones, ¡bien pronto desistirá del trabajo que le ha sido encomendado! Conozco un pastor que no tiene un mismo equipo ministerial por más de seis meses. Cada vez que alguno le falla, lo descarta y escoge a otro. El resultado es que en muchos años de ministerio no ha formado a nadie. ¡Solamente una fuerte convicción espiritual nos mantendrá firmes en medio de las desilusiones y frustraciones que a veces nos producen nuestros discípulos!

Para pensar:
«La voluntad de perseverar es, muchas veces, lo que marca la diferencia entre el éxito y el fracaso». D. Sarnoff.

Fomentar el cambio MARZO 10
Aquel mismo día el faraón dio esta orden a los cuadrilleros encargados de las labores del pueblo y a sus capataces: De aquí en adelante no daréis paja al pueblo para hacer ladrillo, como hasta ahora; que vayan ellos y recojan por sí mismos la paja. Les impondréis la misma tarea de ladrillo que hacían antes, y no les disminuiréis nada, pues están ociosos. Por eso claman diciendo: «Vamos y ofrezcamos sacrificios a nuestro Dios». Éxodo 5.6–8

La respuesta del faraón al pedido de Moisés y Aarón no fue para nada alentadora. ¡Todo lo contrario! No solamente los expulsó del palacio, sino que también impuso una carga de trabajo absolutamente insoportable sobre los israelitas, quienes ya trabajaban en condiciones de gran dificultad. Ahora, debían producir la misma cantidad de ladrillos que antes, pero los egipcios ya no les proveerían la materia prima para hacerlo. Como era de prever, la reacción del pueblo hacia Moisés y Aarón se tradujo en un airado reproche. Las cosas ya habían estado mal antes de que llegaran estos dos para interceder por ellos. Ahora, sin embargo, estarían en una situación diez veces peor que la anterior. Frente a la condena unánime los dos líderes quedaron completamente aislados.
Quien estudia con cierto detenimiento la historia del pueblo de Israel durante este período, incluyendo su infortunado paso por el desierto, no puede dejar de observar las veces que los israelitas creyeron que hubieran estado mejor en Egipto. Frente a cada dificultad y obstáculo, la gente miraba para atrás y se acordaba de lo «bien» que habían estado en la tierra de su esclavitud.
Si tenemos en cuenta esta inclinación en ellos, podemos entender por qué el Señor permitió que la situación de los israelitas se deteriorara tan marcadamente luego de la intervención de Moisés y Aarón. Dios estaba preparando a su pueblo para el cambio.
Muchas veces estamos en situaciones muy negativas. Pero una tendencia arraigada en los seres humanos nos lleva a aceptar con resignación nuestras circunstancias. Un dicho popular lo resume todo: «Más vale malo conocido que bueno por conocer». Dejamos de luchar y soñar por algo mejor. Nos abandonamos a la vida. Renunciamos hasta a la esperanza del cambio, y bien sabemos que cuando se ha perdido la esperanza, se ha perdido todo.
¡Lo increíble es que aun cuando hemos perdido la esperanza, nuestro Dios sigue luchando por nosotros! Recae sobre Su persona el enorme desafío de movilizar a quienes ya no tienen interés en moverse, ni en salir de su situación. ¿Cómo lo logra, entonces? Interviniendo de tal manera que nuestras circunstancias se deterioren aún más, hasta que el grado de incomodidad se torne intolerable y comencemos a desear el cambio. A veces, ¡esta es la única manera de movilizar a los que se han hundido en el pozo de la resignación!

Para pensar:
Alguien ha observado que una «dificultad es, con frecuencia, una oportunidad no reconocida». ¿Cómo reacciona usted frente a las dificultades? ¿Qué cosas puede hacer para buscar en ellas las oportunidades que le traen? Propóngase crecer y avanzar en medio de las situaciones de crisis. ¡Bien puede ser que el que haya provocado la crisis sea Dios mismo!

En guardia contra lo oculto MARZO 11
¿Quién puede discernir sus propios errores?Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias, que no se enseñoreen de mí. Entonces seré íntegro y estaré libre de gran rebelión. Salmo 19.12–13

La pregunta que el salmista hace aquí es lo que se describe como una pregunta retórica. Este tipo de preguntas no requieren de respuesta porque ya está implícita en la misma pregunta. En este caso, la respuesta es: ¡nadie! No existe una sola persona que pueda discernir sus propios errores.
A pesar de esto, la mayoría de nosotros nos mostramos bastante confiados a la hora de defender nuestra falta de culpa. El salmista, a diferencia de nosotros, entendía un principio fundamental para la vida espiritual, y es que ningún ser humano posee claridad acerca del estado de su propia vida. Esta misma verdad fue reiterada por Jeremías, cuando afirmó que el corazón del hombre es más engañoso que todas las cosas, y sin remedio (17.9). Por más que nos propongamos mirar y examinar con cuidado nuestra vida, no podremos discernir nuestros propios errores, porque la esencia misma del pecado reside en el engaño. Lo que está oculto no puede ser tratado y posee toda la capacidad de descarrilarnos en nuestro andar. Por esta razón el salmista exclamó: «Líbrame de los que me son ocultos».
No es coincidencia, tampoco, que haya reparado en la soberbia cuando pensaba en pecados ocultos. De todos los pecados, el más difícil de detectar es el del orgullo. Como ha observado un sabio comentarista, «¡nadie está tan cerca de caer como aquel que esta confiado de estar bien parado!» Todos poseemos gran capacidad de ver el pecado del orgullo en nuestro prójimo, pero carecemos notablemente de discernimiento a la hora de examinar nuestra propia vida con respecto a este tema.
El salmista sabía que la soberbia no confesada se convierte en un amo implacable que domina la vida de la persona y lo lleva hacia la perdición. Esa persona ya no tendrá control sobre su vida, sino que su amo, la soberbia, se convertirá en la fuerza que dicta la manera de proceder en cada situación. Nadie le podrá señalar nada. Nadie lo podrá corregir. Nadie se le podrá acercar, porque la soberbia no se lo permitirá, no sea que descubra su propia maldad y se arrepienta.
Un líder soberbio es una persona que traerá mucho sufrimiento y dolor a la congregación que ministra. Por esta razón, es bueno que recordemos que nuestra propia opinión de la pureza espiritual muchas veces tiene poco que ver con nuestra verdadera situación. El líder sabio sabrá que hay realidades en su vida que no puede ver, que tienen toda la capacidad de neutralizarlo. No se confiará de la propia evaluación de su corazón. Buscará que el Señor lo examine, para traer a la luz aquello que está oculto y lograr así la verdadera integridad. Tampoco tendrá miedo de abrirse a que otros lo examinen, pues la misma capacidad que él posee de ver el pecado en otros es la que otros poseen hacia su persona.

Para pensar:
San Agustín escribió: «Cuando el hombre descubre su pecado, Dios lo cubre. Cuando el hombre tapa su pecado, Dios lo destapa. Cuando el hombre confiesa su pecado, Dios lo perdona».

Amigos en todo tiempo MARZO 12
Hizo Jonatán un pacto con David, porque lo amaba como a sí mismo. Se quitó Jonatán el manto que llevaba y se lo dio a David, así como otras ropas suyas, su espada, su arco y su cinturón. 1 Samuel 18.3–4

El lugar que ocupa un líder dentro del pueblo es, con frecuencia, un lugar solitario. Debe hacerle frente a muchos problemas solo. Experimenta presiones que otros no comprenden. Se ve rodeado de personas que esperan algo de él como líder. Atesora una visión que los demás aún no han visto. Tiene conocimiento de realidades que sus seguidores ignoran. Por todas estas cosas, y muchas otras, el camino que recorre el líder tiene cierto grado de soledad.
Es por esta razón que todo líder necesita tener cerca suyo dos o tres personas que realmente son amigos, con los cuales puede compartir realidades que no comparte con otros.
Jonatán y David entablaron esta clase de relación. Los dos ocupaban lugares importantes dentro del reino, y ambos llevaban responsabilidades sobre el resto del pueblo. Esto no impidió que establecieran una relación de amistad profunda que muchas veces les traería alivio y consuelo en medio de las presiones que enfrentaban a diario.
Observe, además, el hecho de que estos dos amigos llevaron su amistad un paso más allá de lo común. La mayoría de nosotros disfrutamos de buenos momentos con algunos amigos, pero nuestra relación no es el resultado de un compromiso deliberado. Simplemente lo experimentamos según van surgiendo las ocasiones. David y Jonatán no solamente compartían esta amistad, sino que la llevaron al plano de un pacto mutuo. El pacto que hicieron los comprometió a cuidarse y amarse en las situaciones más adversas que les pudiera presentar la vida. Tomaron juntos la decisión de crecer como amigos, y de procurar el bien el uno hacia el otro. Pocas relaciones llegan a este grado de compromiso.
En esta escena, entonces, vemos uno de los aspectos que diferencia al gran líder de otros líderes. La mayoría de nosotros nos pasamos el tiempo esperando que la vida nos presente oportunidades y personas que nos sean de bendición. El líder maduro no espera la llegada de situaciones propicias para el crecimiento. Las crea él mismo, tomando la iniciativa de trabajar y avanzar en esas circunstancias que tienen promesa de bendiciones futuras.
La amistad que se construye sobre el pacto, como puede ser el que sustenta el matrimonio, es el más fuerte que se puede dar entre dos personas. Es una relación a prueba de toda adversidad y contratiempo, porque su punto de referencia no radica en los permanentes cambios de la realidad cotidiana. Está anclada en una promesa que tiene dimensiones eternas. Como tal, perdura a lo largo de la vida, aun cuando la situación que dio origen a este pacto ya no exista. Es la clase de compromiso que nuestro Padre celestial tiene con nosotros.

Para pensar:
¿Tiene amigos? ¿Qué aspectos tiene la relación con sus amigos? ¿Con cuáles de ellos puede compartir las cargas y las presiones del ministerio? ¿Cómo puede introducir en sus amistades los elementos necesarios para conducirlos hacia un crecimiento sostenido?

Cuando la crisis azota MARZO 13
David se angustió mucho, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues el alma de todo el pueblo estaba llena de amargura, cada uno por sus hijos y por sus hijas. Pero David halló fortaleza en Jehová, su Dios, y dijo al sacerdote Abiatar hijo de Ahimelec: «Te ruego que me acerques el efod». Abiatar acercó el efod a David, y David consultó a Jehová. 1 Samuel 30.6–8

David había salido a pelear junto a los filisteos, pueblo con él cual se vio obligado a morar luego de sufrir más de diez años de persecución por parte de Saúl. Mientras estaban David y sus hombres lejos de casa, vinieron a saquear su pueblo y se llevaron cautivos a las mujeres y niños. Cuando los guerreros regresaron a casa se encontraron con un cuadro verdaderamente desolador, el cual produjo en ellos una genuina amargura.
Quien ha asumido responsabilidades frente a otros se va a enfrentar ocasionalmente a situaciones de profundas crisis que pueden tener consecuencias devastadoras para el grupo. Esto es parte de la realidad que le toca vivir a cada líder. Y en algunas pocas situaciones, los seguidores cuestionarán duramente al líder y hasta contemplarán medidas drásticas contra su persona. Los hombres de David querían matarlo.
En situaciones de crisis siempre afloran en nosotros las reacciones más carnales. Nos lamentamos por lo ocurrido. Nos preocupamos por las posibles consecuencias. Cuestionamos los pasos que nos llevaron a la crisis. Nos enojamos con los que están más cerca nuestro. Buscamos a quién echarle la culpa. Nos apresuramos en tomar decisiones imprudentes. Todas estas cosas rara vez contribuyen a una solución.
Cuán instructivo resulta, entonces, observar el compartimiento de David en esta grave crisis que le tocó enfrentar. En primer lugar, note la reacción instintiva de un hombre acostumbrado a caminar con Dios: «David halló fortaleza en Jehová, su Dios». El hombre maduro debe inmediatamente procurar, en tiempos de crisis, acercarse a la única persona que puede darle la perspectiva correcta de las cosas, devolviéndole el equilibrio y la tranquilidad en medio de la tormenta: Dios mismo. David, como lo había hecho siempre, no se demoró en buscar del Señor la fortaleza que no poseía en sí mismo.
En segundo lugar, habiendo estabilizado sus emociones y fortalecido su espíritu, David no se puso a estudiar la situación para ver cómo podía salir de ella. Llamó al sa-cerdote para buscar de parte de Dios, una palabra específica para este grave revés. Sabía que, en última instancia, no importaba su propia opinión, ni tampoco la opinión de sus hombres. Sí era de extrema importancia recibir instrucciones del que verdaderamente controla todas las cosas. El resultado fue que David no solamente fue fortalecido, sino que también se le dieron los pasos apropiados para recuperar todo lo que habían perdido y se logró, de esta manera, una importante victoria para todo el grupo.
Aunque son momentos difíciles de transitar, no pierda nunca de vista que algunas de las lecciones más dramáticas e impactantes en la vida de sus seguidores vendrán cuando ellos tengan la oportunidad de observarlo en situaciones de crisis. Es allí donde aflorará lo mejor -o lo peor- que hay en su corazón.

Para pensar:
¿Cómo actúa en situaciones de crisis? ¿Cuáles de estas reacciones contribuyen a empeorar el problema? ¿Qué cosas puede hacer para manejarse con mayor sabiduría en tiempos de crisis?

Usando bien lo que hemos recibido MARZO 14
Entonces el espíritu de Jehová vendrá sobre ti con poder y profetizarás con ellos, y serás mudado en otro hombre. Cuando se te hayan cumplido estas señales, haz lo que te parezca bien, porque Dios está contigo. 1 Samuel 10.6–7

¿Aquién de nosotros no le gustaría escuchar sobre nuestras vidas estas palabras? ¿Quién podrá detener a un hombre a quién se le ha hecho semejante declaración? La palabra dada incluye la promesa de una poderosa visitación por parte del Espíritu de Dios, la manifestación de un ministerio profético, y la experiencia de un corazón transformado. Muñido de semejante bendición, a este varón se lo anima a hacer lo que se le venga a la mano, porque el Dios todopoderoso respaldará su vida en todo tiempo. ¡Qué tremendo! ¿Dónde está el obstáculo que podrá detener el ministerio de este, que ha sido levantado por el Señor mismo? ¿Quién se le podrá oponer?
Si hubiéramos estado presentes en ese momento, ninguno de nosotros hubiera podido evitar soñar un poco acerca de las tremendas maravillas que Dios obraría a través de la vida de este siervo. Cuánto nos hubiera sorprendido que alguien nos diga en ese momento: «¿Sabes quién será el principal obstáculo al cumplimiento de esta palabra? ¡Él mismo!»
De hecho, ¡así fue! La persona a quien se le dijeron estas palabras fue al rey Saúl. Cuánta promesa está contenida en la declaración que se le hizo. La vida del rey, sin embargo, ilustra un importante principio sobre la vida espiritual. Uno puede recibir todos los dones, toda la unción y todos los demás elementos necesarios para un ministerio extraordinario. En ocasiones, hasta nos convencemos que la falta de estas cosas es lo único que realmente impide que alcancemos un grado de mayor grandeza en nuestras propias vidas. Pero si lo que hemos recibido no va acompañado de una vida de absoluta sumisión a nuestro Dios, nos espera la ruina.
Hace poco tiempo leía un artículo escrito por el Dr. R. Clinton, varón que se ha especializado en el estudio minucioso de la vida de los grandes líderes a lo largo de la historia del pueblo de Dios. Clinton compartía que muchos líderes fracasaron en la segunda parte de su vida. Es decir, empezaron con gran pasión, en ministerios que prometían aportar mucho a la extensión del reino. En el camino, sin embargo, muchos de ellos cayeron en adulterio, fueron descarrilados por otras pasiones, o simplemente quedaron atrapados en la aparente «grandeza» de sus propios ministerios, obsesionados consigo mismos.
Saúl es la triste ilustración de esta verdad. Empezó con una extraordinaria ventaja sobre sus pares. Pero terminó abandonado en un campo de batalla, sin el respaldo de Dios ni de sus pares. No supo complementar lo que había recibido, con una vida de devoción y sumisión al que le había regalado todas esas cosas.

Para pensar:
Si tuviera que hacer una evaluación de su vida espiritual en este momento, ¿cómo la describiría? ¿Ha perdido su pasión por el Señor? ¿Está más entretenido con su ministerio que con Dios? ¿Por qué no toma ahora mismo un tiempo para expresarle a Dios su compromiso incondicional? ¡Ningún logro vale tanto como para perderlo a él!

Dimensiones de la libertad MARZO 15
Cuando se hizo de día, salió y se fue a un lugar solitario; y las multitudes lo buscaban, y llegaron adonde él estaba y procuraron detenerle para que no se separara de ellos. Lucas 4.42 (LBLA)

La escena que describe el texto de hoy se produce luego de una intensa noche de ministerio, en la que Cristo sanó a muchos enfermos y expulsó una sucesión de demonios en las personas que acudían a él. Según su costumbre, el Hijo de Dios se retiró a un lugar solitario en busca de mayor intimidad con el Padre. Las multitudes, no obstante, no tardaron en ubicarlo y procuraban detenerle para que no se separara de ellos.
La reacción de ellos revela cuán intenso es en nosotros el deseo de «asirnos de Dios» para que no se aleje de nuestro proyecto de vida. Este deseo no es, sin embargo, producto de la obra soberana del Espíritu. Más bien responde a la tendencia arraigada de buscar la forma de controlar al Altísimo para nuestro propio beneficio. La misma perversa creatividad que desplegamos para asegurar nuestras relaciones con los demás también empaña la experiencia espiritual con el Señor. No dudamos en recurrir al medio que sea necesario para lograr este único fin: retener a Dios para que colabore y bendiga los diversos aspectos de nuestra vida personal.
Los que hemos nacido de nuevo debemos entender que la libertad constituye la única base para una relación profunda con el Señor. Avanzar hacia la madurez significa descubrir el significado de las palabras de Cristo a Nicodemo: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu» (Jn 3.8). Así como no tenemos la capacidad de generar o controlar el viento, tampoco a Dios podemos detenerlo, retenerlo o «redireccionarlo» hacia el lugar que deseamos. No podemos imponer sobre él ninguna condición, ni proyectar sobre su persona nuestras expectativas. Más bien nos invita a construir una relación donde él disfruta de la misma libertad con la que nos ha creado a nosotros.
La razón por la cual este camino de libertad muchas veces nos resulta difícil es sencilla: somos personas que vivimos en un mundo que está lleno de sufrimiento y dolor. En más de una ocasión hemos sido lastimados en nuestras relaciones con los demás. Por esto, creemos que la mejor manera de evitar nuevas desilusiones es ejerciendo control sobre nuestras circunstancias y sobre aquellos que son parte de nuestra experiencia cotidiana. El objetivo es lograr que todo se acomode a lo que consideramos beneficioso para nosotros mismos. No obstante estos esfuerzos, seguimos cosechando angustias y tristezas. La verdad es que aun nuestras más elaboradas estrategias para controlar todo no pueden prosperar porque estamos intentando ejercer autoridad sobre aquello que no nos está permitido.

Para pensar:
Cristo nos invita a transitar su camino, sin intentar acomodar al mundo y a Dios a nuestro antojo. Es el camino que requiere una actitud que parece riesgosa: la entrega. Cuando nuestros esfuerzos dejan de existir, Dios encuentra los espacios para comenzar a producir esa transformación que nos permite estar en paz con un mundo diferente al que quisiéramos.

Vocación de siervo MARZO 16
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Juan 13.1

¿Se ha cruzado con personas que están pasando una gran tribulación personal? Son muy pocas las que poseen la capacidad de abstraerse de sí mismos, de no monopolizar la conversación para contar lo que les está pasando o encerrarse en una profunda indiferencia hacia los demás. No así con el Hijo del Hombre.
La agonía de la crucifixión no era desconocida para Cristo, aunque aún no había transitado por ese camino. Pero los Romanos habían introducido el cruel método de ejecución muchos años antes de que el Hijo de Dios caminara por esta tierra. Hemos de suponer, entonces, que Jesús había visto, en más de una ocasión, a los reos colgados de maderos en las inmediaciones de las ciudades de Israel. La verdadera magnitud de la prueba que lo esperaba, sin embargo, parecía haberse manifestado en toda su intensidad en la agónica lucha que se libró en Getsemaní. Allí, el Mesías confesó a sus más íntimos que se sentía angustiado hasta el punto de la muerte.
¿Cómo no dedicar, entonces, las horas y los días previos a esta titánica prueba para fortalecer el espíritu y concentrar los recursos espirituales? Si en algún momento alguna persona tuvo derecho a centrarse en sí mismo frente a una inminente crisis, esa persona fue Jesús. Hubiéramos entendido que, frente a semejante prueba, se hubiera mostrado distraído o melancólico.
Juan, sin embargo, nos hace notar que el evento que está por describir ocurre con el pleno conocimiento, por parte de Cristo, de que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre. Y ese paso le llevaría, irremediablemente, por la cruz. En este momento crucial de su vida, Cristo continuó pensando en sus discípulos, y no permitió que sus luchas personales lo distrajeran del compromiso de amarlos en todo momento y en toda circunstancia.
La lección que nos deja su ejemplo es clara: el verdadero amor no conoce situaciones personales que lo libra de la responsabilidad de expresarse en forma práctica en la vida de los que están a su alrededor. Todos hemos conocido situaciones donde una persona hospitalizada, con una enfermedad incurable, anima y bendice a los que la visitan para reconfortarla. Su ejemplo nos habla de una vocación que no conoce feriados, ni vacaciones, ni tampoco circunstancias en las cuales es lícito dejar de amar.
Esta vocación no es lo mismo que la esclavitud al servicio, tal como la que mostró Marta cuando el Mesías la visitó en su casa (Lc 10). Esta es otra cosa enteramente diferente. El que ama de verdad, sin embargo, ama en toda circunstancia, aun en medio de profundas pruebas personales.

Para pensar:
«El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, cesarán las lenguas y el conocimiento se acabará» (1 Co 13.8).

Amor que perdura MARZO 17
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Juan 13.1

¿Nunca se ha sentido cansado de amar a otra persona? Muchas veces, en situaciones de consejería pastoral, escucho a personas que dicen: «yo ya amé demasiado a esa persona». ¿Será posible afirmar que hemos amado demasiado a otra persona? ¿Existe alguna medida que, una vez superada, nos permite afirmar que nosotros ya hemos superado el nivel de amor requerido de un creyente? ¿Quién establece este nivel?
Cuando hacemos este tipo de afirmaciones, lo que estamos queriendo señalar es que hemos hecho muchas cosas en favor de la otra persona, pero hemos cosechado muy poco como resultado de nuestra inversión. Por supuesto, que la otra persona quizás también piense que ha hecho mucho y ha recibido muy poco a cambio de todo lo que ha hecho.
Juan nos dice que Cristo, habiendo amado a los suyos, «los amó hasta el fin». Qué contundente que suena semejante afirmación. ¡Cuán débil parece nuestro propio esfuerzo a la luz de esta declaración! Jesús ciertamente no cosechó ni un décimo del fruto que tendría que haber cosechado según la inversión que había hecho. Seguramente él podría haber dicho que había amado demasiado a los suyos. Sin embargo, a pocas horas de morir, lo encontramos dedicado, con la misma consideración de siempre, a bendecir a sus discípulos.
La verdad es que el Mesías no medía el nivel de su inversión según la clase de retorno que recibía. Sus parámetros eran otros, y no dependían de la desigualdad que pudiera haber entre su propio esfuerzo y el de sus discípulos. El parámetro de lo que era correcto lo establecía el pacto que había hecho con el Padre. Este pacto descansaba sobre la distancia que estaba dispuesto a recorrer por los demás, una distancia que llegaba hasta la muerte misma. Su compromiso, por lo tanto, no dependía ni del reconocimiento, ni de la recompensa, ni de la respuesta de los que estaban a su alrededor. Era un compromiso unilateral, cuya medida había sido acordada con el Padre mismo.
He aquí, entonces, la verdadera dimensión del amor. No es un sentimiento, sino un compromiso. Un compromiso que está más allá del comportamiento de la otra persona o de las circunstancias en las que nos encontramos. Es un pacto que depende enteramente de nosotros mismos, y que nos debe llevar a un amor que no cesa nunca. Cristo mismo ilustra dramáticamente esta verdad cuando, colgado de la cruz, intercede por los que lo persiguen y pide misericordia por ellos.

Para pensar:
Como líder, necesita establecer esta clase de pacto con su gente. De no hacerlo, va a desistir de amarlos cada vez que lo desilusionan, lastiman o traicionan. El pacto que usted elabora no puede depender de ellos, sino del Dios al cual le ha hecho su voto de fidelidad. ¡Solamente él lo podrá mantener firme en su compromiso!

Servicio desinteresado MARZO 18
Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote hijo de Simón que lo entregara, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba, se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Juan 13.2–4

Uno de los elementos que frecuentemente entorpece nuestro deseo de servir a otros es nuestra tendencia natural a buscar algún beneficio personal en lo que hacemos por los demás. Por supuesto, ninguno de nosotros reconocería abiertamente la existencia de esta inclinación en nuestra vida. Quisiéramos creer que nuestro servicio es completamente desinteresado. Sin embargo, si permitimos que el Espíritu escudriñe con más cuidado nuestro corazón, probablemente salgan a luz ciertos intereses personales que nos sorprenderán.
En su relato de esta singular experiencia en la vida de los discípulos, Juan ya nos ha hecho notar algunas de las realidades espirituales que rodeaban el lavamiento de pies que realizó Jesús. En este versículo, añade que Cristo sabía «que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba». Esta declaración tiene singular importancia para el tema que hoy nos concierne.
Jesús estaba por realizar un acto de servicio con connotaciones absolutamente domésticas. Desde una perspectiva personal, no había beneficio alguno en lo que se había propuesto hacer. No solamente esto, sino que Cristo era conciente de la verdadera dimensión de su autoridad espiritual: ¡el Padre había entregado todas las cosas en sus manos! Su origen era celestial, y su destino también era celestial. No le faltaba nada, ni tenía necesidad de cosa alguna.
Sabiendo que este acto no modificaría en nada su situación personal, ni traería algún resultado dramático a su ministerio, Cristo escogió hacer suya la responsabilidad reservada para los siervos de la casa.
Es en esta decisión que encontramos la más genuina expresión de lo que significa servir. Muchas veces servimos a los que nos pueden demostrar gratitud, a los que nos pueden ayudar en nuestros proyectos, o a los que pueden añadir un poco de prestigio a nuestra vida. Rara vez, sin embargo, nos «rebajamos» a servir a aquellos que no tienen absolutamente nada que aportar a nuestra vida. Cristo escogió este camino, y en su ejemplo está parte del secreto de su grandeza. El servicio que verdaderamente impacta, es aquel donde dejamos de lado el prestigio y la autoridad de nuestra posición, y servimos simplemente por el gozo de servir.

Para pensar:
Oswald Chambers escribe: «El servicio es la manifestación visible de una superabundante devoción hacia Dios». Solamente podremos movernos correctamente en el servicio cuando es una expresión de la intensidad de nuestra relación con el Señor.

Oportunidades ordinarias MARZO 19
Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote hijo de Simón que lo entregara, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba, se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Juan 13.2–4

Creo que todos nosotros tenemos algo de heroico en nuestro ser. En situaciones de crisis o de extrema necesidad, salimos al frente y servimos a nuestro prójimo. Recuerdo una situación personal, en la cual tuve que salir con una fuerte tormenta a buscar un medicamento para una persona que lo necesitaba con urgencia. Tomando mi bicicleta, pedaleé unos kilómetros bajo la lluvia torrencial para adquirir el medicamento necesario. ¡Encontramos en este tipo de situaciones hasta ciertos matices románticos!
Nuestra vocación de siervos cambia, sin embargo, cuando estamos dentro de una escena netamente doméstica. Allí, nadie nos va a aplaudir, ni vamos a ser vitoreados por nuestros actos de servicio. Lo que hacemos simplemente forma parte del quehacer de todos los días. Es precisamente por la ausencia de alguna recompensa que nos cuesta tanto servir a los demás.
Cristo se levantó durante la cena. Seguramente todos los discípulos habían notado que nadie les había lavado los pies cuando llegaron a la casa. Quizás se sentirían sucios e incómodos con los pies llenos de polvo y sudor. El Hijo de Dios fue el único que hizo algo al respecto.
En nuestra cultura latinoamericana, ¡cuán importante es para nosotros el momento en que nos sentamos a comer! Una vez que nos acomodamos en la mesa, ninguno quiere levantarse para buscar la sal, o traer algún otro elemento que falte en la mesa. Preferimos comer sin sal, ¡que levantarnos a buscar el salero!
El hogar, no obstante, ofrece las mejores oportunidades para servir. Abundan a cada instante. Y no solamente esto, sino que también es el lugar donde más podemos aprender acerca de lo que significa ser un siervo. Dentro del ambiente del hogar nadie nos va a dar una medalla por servir a nuestra familia. Tendremos que aprender lo que es servir, en situaciones donde el agradecimiento de los demás está implícito, pues no se expresa. Deberemos escoger el servicio cuando francamente nos gustaría más descansar o estar haciendo algo diferente. Tendremos también que aprender a ver las necesidades de los demás, sin que se nos pida que sirvamos.
Los beneficios de servir en estas situaciones son innumerables, y nuestro crecimiento personal será marcado a medida que respondemos a estas oportunidades. En nuestra tarea de formar a otros, tendremos también que mostrar el camino a transitar con nuestro propio ejemplo. Seguramente muchos nos estarán observando en estas situaciones, que tan poco «espirituales» nos parecen. Las más increíbles lecciones, sin embargo, pueden ser enseñadas desde este lugar.

Para pensar:
«La medida de la grandeza de una persona no está en el número de personas que lo sirven, si no en el número de personas a quienes sirve». P. Moody.

La práctica del servicio MARZO 20
Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote hijo de Simón que lo entregara, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba, se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Juan 13.2–4

Hemos estado observando algunos detalles acerca del contexto de esta escena en la vida de los discípulos, el momento en que Cristo le lavó los pies a los discípulos. En el pasaje de hoy queremos concentrarnos en dos detalles adicionales.
En primer lugar queremos notar el grado de madurez que demuestra el gesto de Cristo. El paso necesario antes de realizar un acto de servicio hacia el prójimo es identificar la necesidad del otro. Cuando éramos niños, era necesario que nuestros mayores no solamente nos indicaran dónde existía una necesidad de servicio, sino que también nos obligaran a realizarla, porque nuestra perspectiva de la vida no incluía conciencia de servicio. Algunas personas nunca pasan más allá de esta etapa y, aun de adultos, no sirven a menos que otros los presionen para hacerlo. Pero los que han avanzado hacia un mayor grado de madurez, responden con gozo frente a la invitación de servir al prójimo, porque han entendido que este es uno de los privilegios que se le ha concedido a los que son de Cristo.
Existe, sin embargo, un tercer nivel de servicio. En este nivel no hace falta que otros nos indiquen las oportunidades para servir, ni tampoco que otros nos inviten a hacerlo. En este nivel vemos la necesidad de servicio antes que el otro diga algo. Cuando transitamos por los lugares donde desarrollamos nuestra vida cotidiana, estamos atentos a las oportunidades que se nos presentan en cada lugar. Cristo vio la necesidad de lavar los pies, e hizo algo al respecto.
Es esta segunda acción que queremos resaltar. Nadie puede servir a su prójimo desde la comodidad de un sillón. Tampoco es posible experimentar el gozo del servicio si uno se mantiene en la teoría de lo que es disponerse a suplir la necesidad del prójimo. El servicio no es tal hasta que se convierte en acciones concretas hacia los demás. Por esta razón, Cristo se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ciño una toalla y, tomando agua, comenzó a lavarle los pies a los discípulos. Esta serie de acciones concretas son las que convirtieron su deseo de servir en realidad.
El servicio es una parte importante de nuestro rol como líderes. Para cultivar este aspecto de nuestra vida, necesitamos pedirle a nuestro Padre celestial que abra nuestros ojos a las oportunidades que existen a nuestro alrededor, y también que nos movilice a hacer algo al respecto.

Para pensar:
¿Qué señales le alertan de que otra persona necesita de su servicio? ¿Cómo puede enseñarle sensibilidad a sus seguidores? ¿Qué actitudes son importantes para dar un buen ejemplo en el servicio?

Servicio sin preferencias MARZO 21
Luego puso agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido. Juan 13.5

Quizás en algún momento de su vida usted se ha sentido avergonzado por algún acto de servicio por parte de alguna persona cercana a usted. Se sentía avergonzado porque usted consideraba que no era digno de lo que estaba recibiendo. Si este es su caso, podrá entender cómo se habrán sentido los discípulos en el momento en que Jesús se inclinó y comenzó a lavarles los pies. Imagine lo incómodos que se habrán sentido al ver al Maestro realizando un servicio que normalmente estaba en manos del más despreciado miembro de la casa, el sirviente. Una vez más, Cristo los descolocaba con comportamientos absolutamente diferentes a los parámetros conocidos en la época.
No es en este acto, sin embargo, que me quiero detener. La reflexión de hoy gira alrededor de algo que está implícito en el texto. Cristo ya sabía quién era el que lo iba a traicionar. Sin embargo, al lavarle los pies a los discípulos, Juan no nos dice que salteó a Judas. Con el mismo cariño y la misma ternura, le lavó los pies a cada uno de sus discípulos, incluyendo al que lo iba a traicionar.
Es en este gesto que vemos la más profunda expresión del amor del Hijo de Dios. Nos cuesta amar y servir a las personas que no nos caen bien. Amar y servir a los que nos hacen mal, es una sublime expresión del poder que tiene la gracia de Dios para derretir sentimientos de rencor o amargura hacia nuestros enemigos.
En este gesto Cristo ilustraba los parámetros establecidos por la Palabra de Dios para toda manifestación de amor. Él mismo había enseñado: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos» (Mt 5.44–45). Su acto de servicio revela la verdadera dimensión del compromiso con las personas que estaba formando.
Existe entonces, en esta escena, un principio importante para nuestras vidas como líderes. En la mayoría de las congregaciones siempre hay un grupo de personas que se resisten a nuestro ministerio. Una de las mejores maneras de asegurarnos que sus actitudes no produzcan profundos sentimientos de amargura en nosotros es escogiendo el camino del amor, expresado en gestos de servicio hacia ellos. Es posible que nuestro servicio no modifique sus actitudes. No obstante, una cosa es segura: será imposible para nosotros seguir albergando en nuestros corazones sentimientos de odio o rencor hacia estas personas. El servicio que realizamos irá purificando nuestro espíritu y limpiando toda impureza, para que pueda habitar plenamente en nosotros el amor de Dios. Bendiga a los que le hacen mal, y observe cómo la gracia de Dios se manifiesta poderosamente en su propia vida.

Para pensar:
«Así que, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, pues haciendo esto, harás que le arda la cara de vergüenza» (Ro 12.21).

Gracia para recibir MARZO 22
Cuando llegó a Simón Pedro, este le dijo: Señor, ¿tú me lavarás los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Juan 13.6–8

La verdadera humildad es difícil de describir. Tiene que ver con un concepto justo de uno mismo. No consiste solamente en esto, sin embargo, es producto de un mover del Espíritu de Dios, y como tal retiene ciertos rasgos misteriosos. Lo que sí podemos afirmar es que hay aparentes actitudes de humildad que no son más que la manifestación de un orgullo disfrazado.
Quizás por esta razón el gran escritor Robert Murray M´Cheyne exclamó: «Oh, quien me diera el poseer verdadera humildad, no fingida. Tengo razones para ser humilde. Sin embargo no conozco ni la mitad de ellas. Sé que soy orgulloso; sin embargo ¡no conozco ni la mitad de mi orgullo!»
No hay duda que los discípulos se sintieron completamente descolocados por la acción de Cristo al lavar sus pies. Esta era una labor que debería haber realizado el siervo de la casa. ¿Cómo no se les ocurrió a alguno de ellos hacerlo? Seguramente más de uno se sintió avergonzado por su propia falta de sensibilidad.
Solamente Pedro se atrevió a decir algo: «No me lavarás los pies jamás», y creemos oir en sus palabras una genuina actitud de humildad. Miremos con más cuidado, sin embargo. ¿Qué clase de humildad es esta, que le prohíbe al Hijo de Dios hacer lo que se ha propuesto hacer? La falta de discernimiento en las palabras del discípulo son tiernamente corregidas por el Maestro. Al entender lo que le está diciendo, Pedro se va al otro extremo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».
¿Observó usted lo que acaba de ocurrir? Una vez más, Pedro le está dando instrucciones a Jesús acerca de la forma correcta de hacer las cosas. ¡Esto sí que es orgullo! Sin embargo, a primera vista creíamos estar frente a una persona realmente sumisa y humilde.
Lo sutil de esta situación debe servirnos como advertencia. La humildad es más difícil de practicar de lo que parece. Nuestro propio esfuerzo hacia la humildad es limitado por el constante engaño de nuestro corazón. Aun las actitudes que aparentemente son espirituales pueden tener su buena cuota de orgullo. Por esto, necesitamos que Dios la produzca y manifieste en nuestras vidas.
La escena de hoy nos deja en claro una simple lección: necesitamos desesperadamente que el Señor trabaje en lo más profundo de nuestro ser, para traer a luz todo aquello que le deshonra. Debemos tener certeza que el orgullo será un enemigo al acecho permanente de nuestras vidas. ¡Por cuánta misericordia debemos clamar cada día!

Para pensar:
Medite en la sabiduría de esta observación: «El verdadero camino a la humildad no es achicarte hasta que seas más pequeño que ti mismo; es colocarte, según tu verdadera estatura, al lado de alguien de mayor estatura que la tuya, para que compruebes ¡la verdadera pequeñez de tu grandeza!» Felipe Brooks.

Una lección inolvidable MARZO 23
Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros, porque ejemplo os he dado para que, como yo os he hecho, vosotros también hagáis. Juan 13.14–15

Imagine por un momento que Jesús hubiera enseñado los principios, en esta lección, de la misma manera que nosotros los enseñamos. Primeramente, hubiera anun-ciado con bastante antelación la fecha de un «seminario sobre cómo servir», para que los discípulos vayan reservando la fecha e, incluso, invitando a algunos otros interesados. En privado, Cristo dedicaría largas horas a estudiar los textos bíblicos acerca del tema del servicio, armando cuidadosamente los argumentos a favor de los diferentes aspectos de este tema. En la fecha establecida, los hubiera reunido y habría compartido los resultados de sus estudios, presentando amplias evidencias acerca de la importancia del servicio. No hubiera terminado su lección sin una seria exhortación a que los discípulos practicaran lo que habían escuchado en «clase».
Usted ya se está dando cuenta de la enorme distancia que separa nuestros esfuerzos por capacitar a los santos, de las lecciones que Cristo les enseñó a los discípulos. Tome nota de su estrategia. No anunció nada. No preparó a los discípulos con un discurso. No les dio ninguna explicación acerca de lo que iba a hacer. En el momento menos esperado, cuando estaban todos relajados y disfrutando de la cena, se levantó y comenzó los preparativos para lavarles los pies.
¿Se imagina las miradas entre los discípulos? ¿Qué cosa se proponía hacer ahora este Maestro tan poco tradicional? Terminados los preparativos, comenzó a lavarles los pies. Aún no procedía de sus labios ninguna explicación. Los discípulos le observaban, seguramente con una mezcla de vergüenza y curiosidad. Cuando llegó a Pedro, el «vocero» del grupo se atrevió a cuestionar las acciones de Jesús. Recién en este momento el Maestro ofrece una explicación, pero es escueta y no aclara nada.
Cuando volvió a sentarse en la mesa, Jesús se preparó para darles la conclusión de la lección que habían visto. Salvo el diálogo con Pedro, no había proferido palabra alguna. Sin embargo, les acababa de enseñar una de las lecciones más dramáticas que habían aprendido en los tres años compartidos con él.
No hace falta decir mucho más sobre el tema. Cómo líder, sus lecciones más dramáticas y efectivas, pueden ser dadas sin usar las palabras. Nosotros, sin embargo, tenemos una dependencia enfermiza en las palabras como medio de enseñanza. Nuestras reuniones abundan de palabras. Los miembros de nuestras congregaciones están expuestos a una interminable sucesión de clases y predicaciones. ¿Cuánto de todo esto permanece? Me temo que muy poco.
Cristo agregó palabras a su ejemplo. No dejó librado al entendimiento de cada discípulo lo que había querido enseñar. Pero sus palabras fueron la conclusión perfecta a una lección que ya había sido grabada a fuego en sus corazones. Simplemente les ayudó a elaborar lo que habían visto.

Para pensar:
Howard Hendricks comparte esta observación con los que son maestros: «La educación -la verdadera educación- consiste simplemente en una serie de situaciones apropiadas para impartir enseñanza». ¡Procure aprovechar al máximo esas situaciones!

Ministros de consolación MARZO 24
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. 2 Corintios 1.3–4

No es una simple coincidencia que Pablo abra esta carta con la declaración que hoy leemos. Más que ningún otro de sus escritos, la segunda carta a los Corintios contiene un detalle escalofriante de las tribulaciones por las cuales había transitado el apóstol. En el capitulo 11, una lista de estas experiencias incluye trabajos, cárceles, azotes, varas, naufragios, fatigas, hambre, sed, frío y desnudez. ¿Cómo no iba a hablar con autoridad sobre el tema del consuelo?
En estos versículos menciona al menos dos cosas que son importantes para nosotros. En primer lugar, dice que Dios es Padre de misericordia y de toda consolación. Estas dos características de su persona ponen en relieve la bondad de su corazón. Si bien él ama a todos por igual, pareciera verdad que tiene especial compasión por los que están en situaciones de angustia, injusticia, opresión o abandono. No pocas veces en el Antiguo Testamento se lo describe como el Dios de los «quebrantados de corazón» (Sal 147.3). En forma sobrenatural, ministra a los que están en crisis y venda sus heridas para que sean restaurados. Así lo ha hecho con incontables otros santos a lo largo de la historia, visitándolos en su momento de angustia y trayendo sobre ellos una manifestación poderosa de su gracia.
En segundo lugar, Pablo afirma que él puede consolar a otros con esta misma consolación. Es en esta declaración que quiero que usted se detenga por un momento. Seguramente, en su ministerio le tocará, en más de una ocasión, estar con personas que están pasando por momentos de profunda crisis personal. En más de una ocasión usted también habrá transitado por ese mismo camino. Tome nota de que el apóstol dice que él consolaba con el consuelo con que había sido consolado.
En situaciones de crisis, abundan las personas que se acercan para dar consuelo, pero no consuelo divino. Sus intentos de ayudar incluyen recitar versículos, contar sus propias experiencias, o tratar de espiritualizar la prueba por la cual está pasando la otra persona. Nada de esto ayuda y, en no pocas ocasiones, solamente produce irritación. Los resultados proclaman cuán limitados son los esfuerzos de la carne por producir obras espirituales.
El consuelo que sana, es el que nace en la obra sobrenatural de Dios. Para practicarlo, usted primeramente tiene que haberlo experimentado. No es suficiente que usted también haya pasado por pruebas. Esto no lo capacita a usted para consolar. Pero si ha sido consolado por el Señor mismo, conoce de primera mano la tierna bondad de Cristo. Al acercarse a otro que está atribulado, lo hará con la misma sensibilidad, con la misma ternura, y con el mismo cuidado.

Para pensar:
A decir verdad, solamente podrá reproducir este tipo de consuelo si va de la mano del que lo ha consolado a usted, Dios mismo. No se apresure a hablar lo primero que se le venga a la cabeza. Permita que el Señor lo guíe, y lo haga partícipe de un momento de sanidad sobrenatural.

Llamados a bendecir MARZO 25
De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. Juan 3.16

Quiero invitarle a que haga un pequeño ejercicio conmigo. Vamos a tomarnos, por un momento, el atrevimiento de acortar este versículo, de modo que al leerlo diga: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio». Lea dos o tres veces esa frase y sienta como la palabra «dio» comienza a cobrar fuerza.
Si deja que la frase vaya penetrando en su mente y corazón, comenzará a notar que está en contraposición a lo que es nuestra idea del amor. En la definición moderna del amor, el concepto de dar no es muy prominente. Al contrario, pensamos casi exclusivamente en lo que los otros tienen que darnos a nosotros. El término «amor», en sí, es casi un sinónimo de la palabra «sentimiento». Por esta razón, cuando ya no hay sentimientos decimos que ya no existe el amor.
Este concepto rara vez sufre modificaciones en nuestra vida espiritual. De esta manera, moverse en el amor de Dios no significa más que vivir buscando que él nos diga cosas lindas y afirme lo mucho que nos ama. Va acompañado de la posibilidad de presentar delante de él una lista interminable de pedidos que, de ser concedidos, nos beneficiarán casi exclusivamente a nosotros. En resumen, seguimos siendo casi iguales a lo que éramos antes de convertirnos.
La profundidad de nuestro egocentrismo lo vi ilustrado en el testimonio de una señora que contó que unos ladrones habían entrado en la casa de sus vecinos, llevándose todo lo que esta pobre gente tenía. La razón por la cual esta mujer quería dar gracias era «porque a mi no me llevaron nada. ¡Gloria a Dios!» ¿Qué clase de cristianismo es este que, lejos de pensar en la posibilidad de bendecir al que fue tocado por la desgracia, me lleva a regocijarme porque yo salí ileso de la situación?
Lea otra vez nuestra versión adaptada de Juan 3.16: «De tal manera amó Dios al mundo, que dio». ¿Llega usted a distinguir la diferencia en el enfoque? El acento está en el dar. Se nos presenta un cuadro en el cual el amor se traduce en acción por los demás. Esta clase de amor no espera, toma la iniciativa. No demanda, sino que se entrega. No se concentra en el beneficio, sino que se sacrifica. ¡Qué diferencia con lo que nosotros llamamos amor!
¿Cómo hemos de seguir a este Dios, sin contagiarnos de la misma actitud? La verdadera manifestación de una obra profunda del Espíritu en nuestras vidas tiene que producir un deseo incontenible de bendecir a los demás. La vida espiritual nos lleva a sacar los ojos de lo nuestro, para empezar a fijarnos en las personas que necesitan desesperadamente el amor de Dios.

Para pensar:
El gran evangelista Dwight Moody alguna vez dijo: «Un hombre puede ser un buen médico sin amar a sus pacientes; un buen abogado sin amar a sus clientes; un buen geólogo sin amar la ciencia; pero nunca podrá ser un buen cristiano si no tiene amor».

El testimonio que llega MARZO 26
Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti. Él se fue y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban. Marcos 5.19–20

El endemoniado de Gadara nunca había sido tratado bien por los pobladores de la zona. Muchas veces lo habían intentado controlar, atándolo con grillos y cadenas, porque era una persona violenta e impredecible. Con la llegada de Jesús, conoció por primera vez el poder transformador del amor de Dios. ¡Y fue transformado en otro hombre!
Como es de entenderse, este nuevo varón no encontraba nada atractivo el hecho de quedarse en la zona donde, durante tanto tiempo, había vivido atormentado y aislado de todo indicio de afecto. Al retirarse Jesús hacia su embarcación no dudó en rogarle al Maestro que lo llevara consigo.
Esta tendencia todos la llevamos dentro nuestro. Es el deseo de retener aquello que nos hace sentir bien y prolongar indefinidamente experiencias profundamente gratificantes. Seguramente este mismo deseo llevó a Pedro a exclamar, en el monte de la Transfiguración: «¡Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí! Hagamos tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mr. 9.5). No queremos que la fiesta se termine.
Cristo, sin embargo, sabía que la mejor manera de retener una bendición era compartirla con otros. En el reino, lo que no se comparte se echa a perder. Por eso nuestro llamado es a ser bendecidos y también a bendecir. De manera que Cristo lo mandó a compartir con lo suyos lo que había experimentado.
Piense un momento en las aptitudes «evangelísticas» de este hombre. No tenía ni un solo día de creyente. Desconocía los textos más elementales de la Palabra. No sabía argumentar acerca de su fe. No entendía los principios más rudimentarios de la vida cristiana y no poseía capacitación alguna para testificar a otros de su fe.
Este nuevo discípulo, sin embargo, ya era experto en un tema: ¡cómo Dios puede transformar la vida de un endemoniado! Y de este tema lo mandó a hablar Jesucristo. «Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti». ¿Cree usted que las personas con las cuales se cruzó habrán dudado de lo genuino de su testimonio? ¡Por supuesto que no! Porque este hombre hablaba con una convicción nacida de una experiencia dramática con Jesús.
Muchos de nuestros esfuerzos evangelísticos fallan justamente por esta razón. Lo que compartimos no tiene que ver con las grandes cosas que Dios está haciendo en nuestras vidas. Más bien nos limitamos a hablar de las razones por las que creemos que la otra persona debe convertirse. Rara vez logramos convencer a los demás con argumentos de este tipo.

Para pensar:
¿Cómo hemos, entonces, de remediar esta falta de credibilidad? Un sola solución servirá. Necesitamos que Dios esté haciendo grandes cosas en nuestras propias vidas. Para eso, no podemos darnos el lujo de perdernos un solo día de la aventura de caminar junto a él. Nuestro ministerio llegará a los demás, en la medida que Dios está transformando nuestros propios corazones.

Mediciones sin valor MARZO 27
Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos y comparándose consigo mismos, carecen de entendimiento. 2 Corintios 10.12 (LBLA)

En cierta ocasión, Jesús contó una parábola que, dice el evangelista, estaba destinada a las personas que confiaban en sí mismas como justas (Lc 18.9). En esa oportunidad, habló de un fariseo que, puesto en pie, oraba para sí de esta manera: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres…» Sin avanzar en la lectura del pasaje, ya detectamos algo errado en el planteo que hace este fariseo.
A sus ojos, lo que lo justificaba, era su propia conducta que, comparada a la de otros hombres, parecía ser excesivamente piadosa. Existen, sin embargo, dos errores fatales en su análisis. El primero es que la evaluación de su propia vida la realiza él mismo. Desconoce el principio que ningún hombre es capaz de conocer acertadamente la realidad de su propia vida. El salmista exclama: «¿Quién puede discernir sus propios errores?» (Sal 19.12). La respuesta está implícita en la pregunta: ¡nadie!
El segundo error está en compararse con otros hombres. Esto es algo muy propio de la cultura que nos rodea, un hábito que nos ha sido enseñado de muy pequeños. Nacimos compitiendo con nuestros hermanos, fuimos introducidos en un sistema educativo que perpetuó el sistema de competencia, y luego salimos a un mercado laboral donde la competencia pareciera un elemento indispensable para sobrevivir. Para poder avanzar en cada etapa creímos necesario saber continuamente cómo se comparaba nuestra vida con la de los demás.
El problema principal con la comparación es que nosotros escogemos con quien compararnos. Inevitablemente, las comparaciones las realizamos con aquellas personas que más favorablemente nos van a dejar parados. Para ver si somos generosos, nos comparamos con los que nunca dan. Para saber si somos pobres, nos comparamos con los que más tienen. Para ver si somos trabajadores, nos comparamos con los más holgazanes. De esta manera, las comparaciones nunca nos dejan un cuadro acertado del verdadero estado de nuestra vida.
Pablo afirma que los que han caído en comparaciones, carecen de entendimiento. La obra de cada uno tendrá que ser evaluada sola, sin más puntos de referencia que los parámetros eternos establecidos por Dios mismo. En el momento en que nos presentemos delante de su trono, no podremos señalar las debilidades de los demás para que nuestras propias flaquezas no parezcan tan importantes.
Es importante, entonces, que nosotros no seamos los protagonistas de nuestra propia aprobación, sino que permitamos que Otro haga una evaluación más acertada de nuestra persona.

Para pensar:
Pablo termina este pasaje con palabras que deben conducirnos hacia la reflexión: «Pero el que se gloría, gloríese en el Señor. No es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien el Señor alaba» (2 Co 10.17–18). ¡Vivamos de tal manera que el Señor mismo sea el que nos alaba!

Una buena reputación MARZO 28
Las moscas muertas hacen que el ungüento del perfumista dé mal olor; un poco de insensatez pesa más que la sabiduría y el honor. Eclesiastés 10.1 (LBLA)

Cuando los apóstoles decidieron nombrar diáconos en la iglesia de los primeros tiempos, encargaron al pueblo que eligieran siete hombres que, entre otras cosas, tuvieran buena reputación.
La reputación tiene dos características importantes. Al igual que el resplandor en el rostro de Moisés, es algo que es visible para los que están a nuestro alrededor. Y, si bien la reputación habla de lo que otros han podido observar en nuestras vidas, no puede percibirse en un solo encuentro, sino que es la suma de muchos momentos que proclaman la clase de persona que somos. Se construye lentamente, a lo largo de los años, y es el más fiel reflejo de lo que verdaderamente hay en nuestros corazones. Encierra cosas tan preciosas como la responsabilidad, la fidelidad, la confiabilidad, la integridad y la sabiduría, todas cualidades que no pueden ser compradas, ni tampoco falsificadas. Reputación es lo que dicen las personas del líder cuando no está presente.
¿Y qué valor tiene la reputación? Según la reputación que tiene un líder va a ser el respeto que le confieren sus seguidores y las personas con las cuales entra en contacto. Cuando la reputación de un ministro es buena, sus seguidores confían en su persona y están dispuestos a seguirle aun en las más difíciles circunstancias. De la misma manera, aún el más elocuente orador no inspirará profundo respeto en sus seguidores si no posee una buena reputación.
Como hemos visto, esta cualidad es la más difícil de construir porque es el resultado de muchos elementos que se suman a lo largo de los años. Una persona joven difícilmente podrá tener una buena reputación, simplemente porque el factor tiempo aún no existe en su trayectoria dentro del pueblo de Dios.
El autor de Eclesiastés conocía el valor de la buena reputación. Lo compara con el perfume del perfumista. Es agradable a todos los que lo huelen. Pero Salomón también sabía que la buena reputación, que tarda años en construirse, puede destruirse en un solo momento. No hace falta más que un acto insensato y la reputación puede quedar en ruinas. Una decisión apresurada, una relación inconveniente, un momento de locura, todos son elementos que pueden, en un instante, borrar el buen testimonio de años. Tristemente, una vez que la reputación se ha perdido, será muy difícil recuperarla. Muchos años después de la caída, la gente seguirá recordando ese momento de insensatez más que todos los años de buen trabajo que le precedieron.
Por esta razón, el líder sabio será cauteloso en las decisiones que toma. Tomará el tiempo necesario para evaluar las consecuencias de sus actos y medir si es bueno el camino que escoge. Sabrá que hay algunas alternativas que le son lícitas pero que no convienen, por los efectos que tendrán sobre su reputación.

Para pensar:
¿Sabe cuál es la opinión de otros acerca de usted como líder? ¿Cuáles son las cosas que aportan a su reputación? ¿Ha dedicado tiempo a invertir en estas cosas? ¿Cómo puede reparar las cosas que no hablan bien de su desempeño como líder?

El poder de una decisión MARZO 29
Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia. Anda según los caminos de tu corazón y la vista de tus ojos, pero recuerda que sobre todas estas cosas te juzgará Dios… Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: «No tengo en ellos contentamiento». Eclesiastés 11.9, 12.1

Cuando leo este pasaje me acuerdo de un joven que anhelaba una vida más plena, llena de diversión y todas aquellas cosas que nos hacen sentir «vivos». Cansado de trabajar en la finca de su padre, procuró una entrevista con él y pidió que se le hiciera un adelanto de la parte que le correspondía de la herencia. La vida era demasiado corta para estar esperando el momento de empezar a vivir de verdad. Habiendo asegurado su tajada, partió en búsqueda de la gran vida que lo esperaba (Lc 15.11–32).
Nosotros reconocemos inmediatamente la necedad del camino de este joven. Pero me pregunto cuánto de nuestro discernimiento se debe a que conocemos de antemano la manera en que terminó la historia. La verdad es que a muchos de nosotros nos falta la herencia, pero no la filosofía de este muchacho. No poseemos un plan a largo plazo para la vida, y nuestra existencia tiende a girar exclusivamente en torno de las cosas que nos gustan o nos resultan importantes. Un marido no pasa tiempo con su esposa, porque le es más importante su trabajo. Un hijo no se toma tiempo para estudiar, porque le produce mayor placer estar con sus amigos. Una madre no tiene tiempo para escuchar a sus hijos, porque le es más importante tener la casa ordenada y limpia.
Pocos de nosotros poseemos la capacidad de anticiparnos a las consecuencias de esta forma de encarar la vida. Haciendo siempre lo que nos hace sentir bien, no incorporamos a nuestra vida aquellas cosas que son esenciales para el futuro. Con el pasar de los años, sin embargo, comenzaremos a darnos cuenta que las cosas que parecían importantes en realidad no lo eran. Junto con este entendimiento, vendrán también los remordimientos y lamentos por no haber ordenado correctamente las prioridades en la etapa de la juventud. Para muchos, será demasiado tarde para cambiar las cosas.
El autor de Eclesiastés intenta evitarnos este proceso de descubrimiento doloroso. Nos está diciendo que las decisiones que tomamos hoy tienen consecuencias mañana. Y no solamente esto, sino que vendrá el día en el cual tendremos que rendirle cuentas al Creador por cada una de esas decisiones. ¿Por qué no, entonces, tomar hoy las decisiones que producirán mañana un fruto del cual no tendremos que arrepentirnos? Muchas de esas decisiones girarán alrededor de cosas que quizás hoy no nos estimulen o produzcan mucho placer. Pero el día de mañana producirán un resultado con el cual podremos gozarnos profundamente.

Para pensar:
¿En qué está invirtiendo usted, como líder, la mayoría de su tiempo? ¿Cómo puede estar seguro que estas cosas tienen un peso eterno? ¿Existen cosas importantes, como su cónyuge, sus hijos, o su relación con Dios, que están siendo desatendidas porque usted está demasiado «ocupado» con sus proyectos personales? ¿Qué pasos puede tomar para ordenar mejor su vida hoy?

Andar dignamente MARZO 30
Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual. Así podréis andar como es digno del Señor, agradándolo en todo, llevando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios. Colosenses 1.9–10

Nuestra lucha por descubrir la voluntad de Dios normalmente se manifiesta en esos momentos críticos de nuestra vida cuando nos vemos enfrentados a una decisión que es crucial para nuestro futuro: escoger a la persona que será nuestra pareja, elegir una carrera, cambiar de trabajo, evaluar la posibilidad de una mudanza o, incluso, el traslado a otro país. Frente a estos desafíos, elevamos oraciones y súplicas a Dios, porque queremos hacer lo que es correcto delante de él.
La oración de Pablo por la iglesia de Colosas es instructiva en este sentido. Pablo podría haber pedido muchas cosas por ellos, pero decidió orar por esto: que fueran llenos del conocimiento de Su voluntad. Tal oración presupone que el conocimiento de la voluntad de Dios es un aspecto fundamental de la vida del cristiano. De hecho, el mismo apóstol, en la carta de Romanos, nos describe como «esclavos de la obediencia» (Ro 6.16). Nuestra condición de esclavos a la obediencia convierte en fundamentales las instrucciones del Señor para nuestras vidas, pues ningún esclavo puede obedecer si no ha recibido instrucciones.
Quiero, sin embargo, que usted tome nota de algo: la razón por el cuál Pablo pide que ellos sean llenos del conocimiento de la voluntad de Dios no es porque la congregación se enfrentaba a una decisión fundamental que afectaría el futuro de la iglesia. Más bien, el deseo del apóstol era que anduvieran «como es digno del Señor». De esta manera, introduce un elemento mucho más ordinario a su oración de lo que nosotros estamos acostumbrados a contemplar. No está pensando en aquellos dramáticos dilemas que nos presenta la vida, sino en los rutinarios acontecimientos que son una parte de cada día.
La implicación es clara: el Señor pretende ser Señor en situaciones tan «poco espirituales» como los momentos en que usted interactúa con su familia, realiza las labores de su trabajo, o conduce el carro. Es precisamente en estas situaciones cuando tendemos a vivir sin darle mayor importancia a lo espiritual. El deseo del Señor, sin embargo, es que le agrademos en todo, que llevemos fruto en toda buena obra y que crezcamos a cada instante en el conocimiento de él.
La oración de Pablo, entonces, nos llama no solamente a entender que la voluntad de Dios debe ser clara en todas y cada una de las situaciones que enfrentamos a diario, sino también a estar atentos a la guía de su Espíritu que estará interesado en revelarnos esa voluntad a cada paso de la vida. Nuestra búsqueda de sus deseos no debe estar limitada a las instancias definitorias de la vida, sino también a los pequeños momentos, que con frecuencia descartamos por insignificantes.

Para pensar:
¿En que áreas de la vida acostumbra hacer las cosas automáticamente, sin pensar en la voluntad del Señor? ¿Cómo suele discernir la voluntad de Dios? ¿De qué maneras puede volverse más sensible a sus instrucciones?

Ver lo que otros no ven MARZO 31
Hizo luego pasar Isaí siete hijos suyos delante de Samuel; pero Samuel dijo a Isaí: Jehová no ha elegido a estos. Entonces dijo Samuel a Isaí: ¿Son estos todos tus hijos? Isaí respondió: Queda aún el menor, que apacienta las ovejas. Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí. 1 Samuel 16.10–11

Las instrucciones del Señor a Samuel fueron muy claras: «Llena tu cuerno de aceite y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de entre sus hijos me he elegido un rey» (16.1). Dios veía en David las cualidades necesarias para ser la clase de rey que él buscaba: un corazón enamorado de su Creador, junto a un carácter humilde, sencillo, obediente y responsable. Era, además, valiente y esforzado cuando las circunstancias así lo requerían.
¿Quién de nosotros no quisiera tener un líder en medio nuestro con esas cualidades? Los elementos básicos que algún día convertirían a David en el más grande rey que jamás haya tenido Israel, ya existían en la vida de este joven pastor de ovejas.
Quisiera señalar, sin embargo, que cuando Isaí consagró a sus hijos y los preparó para que participaran, junto al gran profeta, del sacrificio que había venido a ofrecer, ni siquiera llamó a su hijo menor. Tampoco ninguno de sus hermanos pareció notar que David no estaba presente, o al menos ninguno hizo algo al respecto. ¿Si David poseía cualidades tan extraordinarias, cómo es que ninguno de los miembros de la familia lo notaron?
Dos respuestas parecen evidentes. En primer lugar, las cualidades que son atractivas al Señor rara vez resultan atractivas a los hombres. En demasiadas ocasiones simplemente adaptamos los modelos del mundo a las necesidades de la iglesia. La Palabra, sin embargo, declara que «lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte» (1 Co 1.27).
En segundo lugar, existe algo más profundo que tiene que ver con la falta de visión que produce la excesiva cercanía a otras personas. Cuando pasamos mucho tiempo con otros, dejan de impactarnos sus cualidades y empezamos a acostumbrarnos a ellas. Vemos solamente lo ordinario y cotidiano. A veces, cuando la otra persona se ausenta volvemos a recuperar una apreciación por las cualidades que siempre estuvieron presentes en su vida, pero que ya no notábamos.
Como formador de vidas, usted corre peligro de que la familiaridad con los suyos lo lleve a pasar por alto a aquellos que son futuros obreros en la casa de Dios. Sus dones ya no le llaman la atención y usted ya se ha quedado con una imagen fija de ellos. Los de Nazaret no pudieron ver en Jesús más que un simple carpintero, aun cuando en todos lados se hablaba de sus extraordinarias cualidades.

Para pensar:
¿Será que hay un futuro «rey» en su medio y usted no lo ha notado? Necesitamos que Dios mantenga nuestra visión sintonizada con la de él, para que veamos a los de nuestro alrededor con sus ojos. No se quede con lo ordinario. ¡Puede ser que detrás de lo ordinario exista una persona extraordinaria! Pídale sabiduría al Señor para ver a esa persona.

ABRIL

  1. Una fiesta sin fin
  2. No hubiéramos bailado
  3. Segundas oportunidades
  4. Incomodados por la Palabra
  5. Pero…
  6. Huir de su presencia
  7. La reprensión del necio
  8. Contradicciones
  9. La hora de definiciones
  10. A pesar nuestro
  11. Oraciones de emergencia
  12. Votos desesperados
  13. Lección repetida
  14. Un corazón compasivo
  15. El lado oscuro del éxito
  16. ¡Peor que la desobediencia!
  17. Posturas radicales
  18. Remedio para el airado
  19. Reprensión divina
  20. Fieles a la Palabra
  21. Pobreza con potencial
  22. Superar la adversidad
  23. La disciplina de la gratitud
  24. Obediencia a medias
  25. Guardar la unidad
  26. Quebrantamiento espiritual
  27. Honrar a la novia
  28. Atrapado sin salida
  29. La elocuencia de la cruz
  30. Desacuerdos ministeriales

Una fiesta sin fin ABRIL 1
Todos los días del afligido son malos, pero el de corazón alegre tiene un banquete continuo. Proverbios 15.15 (LBLA)

Si usted ha estado cerca de una persona negativa sabe lo desgastante que es. No importa cuál es la circunstancia en la que se encuentra, esta persona siempre encuentra algo de qué quejarse. Sus comentarios están repletos de lamentos, críticas y comentarios depresivos con respecto al futuro. Uno se siente tentado a huir de tal persona, porque su actitud lentamente va apagando toda manifestación de alegría o esperanza en los demás.
Es importante que tengamos en cuenta cuál es la esencia del error de esta clase de personas, porque la semilla de esta actitud yace en cada uno de nuestros corazones. Esto no tiene por qué sorprendernos, pues estamos inmersos en un sistema cultural que se esfuerza por hacernos creer que la verdadera felicidad depende de lo que está a nuestro alrededor, la abundancia de nuestras pertenencias, lo abultado de nuestro sueldo, lo agradable de nuestras circunstancias y lo extenso de nuestra lista de amigos. Como esta no es nuestra realidad, podemos pasar todo nuestro tiempo lamentando el hecho de que estas condiciones -que según la filosofía popular son esenciales para nuestra felicidad- nos han sido negadas.
El autor de Proverbios, con sabiduría incisiva, nos está señalando que la alegría de vivir no tiene nada que ver con lo que tenemos, ni tampoco con lo que está pasando a nuestro alrededor. La posibilidad de ver la vida con gratitud y alegría, viene de una realidad que se ha instalado en la profundidad de nuestro corazón, y no hay circunstancia que la pueda desalojar. Por esta razón, el de corazón alegre, siempre encuentra motivos para celebrar, aun en medio de las circunstancias más adversas. El afligido, en cambio, puede encontrarse rodeado de una realidad envidiable, e igualmente concentrarse solamente en lo que le desagrada.
¿Cómo cultivar esta actitud? Estamos hablando aquí de una tendencia a la celebración constante, y esta actitud no puede tener otro origen que la certeza de que Dios está presente siempre, obrando en cada circunstancia y procurando lo mejor para mi vida. La persona de corazón alegre ve la bondad de Dios en todos lados, y esto lo motiva a ofrecer continuas expresiones de gratitud y gozo. No pierde oportunidad para hacer partícipes a los demás de la fiesta que vive con el Señor. Es decir, bendice, porque se siente bendecido!
¿Será, entonces, que necesitamos sentirnos bendecidos para irrumpir en esta clase de vida celebratoria? ¡De ninguna manera!, pues ya hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo Jesús (Ef 1.3). Aunque usted no lo sienta, la bendición ya ha sido derramada en abundancia. Lo que necesitamos, más bien, es recuperar una perspectiva celestial de la vida. Esto sólo será posible si hacemos de la celebración una disciplina que contrarreste el espíritu de queja y crítica tan prevaleciente en nuestros tiempos. «Regocijaos en el Señor siempre», nos dice Pablo, «Otra vez lo diré: ¡Regocijaos!» (Flp 4.4).

Para pensar:
Richard Foster, autor de Alabanza a la disciplina, escribe: «El estar libre de la ansiedad y la preocupación es el fundamento de la celebración. Como sabemos que Dios tiene cuidado de nosotros, podemos echar todas nuestras ansiedades sobre él. Dios ha cambiado nuestro lamento en baile».

No hubiéramos bailado ABRIL 2
Fue David y trasladó con alegría el Arca de Dios de casa de Obed-edom a la ciudad de David… David, vestido con un efod de lino, danzaba con todas sus fuerzas delante de Jehová… Cuando el Arca de Jehová llegaba a la ciudad de David, aconteció que Mical, hija de Saúl, miró desde una ventana, y al ver al rey David que saltaba y danzaba delante de Jehová, lo despreció en su corazón. 2 Samuel 6.12, 14, 16

Cierre sus ojos y sienta, por un momento, el ambiente de fiesta en esta escena; abra su corazón y déjelo vibrar con la exuberancia de los sentimientos del rey David. Dice el texto que «trasladó con alegría el Arca», que «danzaba con todas sus fuerzas delante de Jehová» y que cuando llegó a la ciudad «saltaba y danzaba delante de Jehová». ¿Lo ve al rey? Su alegría lo desborda. Salta, canta, danza, pega brincos, bate las palmas, derrama lágrimas, grita, se ríe, celebra, festeja… ¡Qué escena tan extraña para nosotros!
Digo que es extraña, porque no estamos acostumbrados a estas desaforadas manifestaciones de gozo. Nuestra espiritualidad es muy prolija. Todos nos ponemos de pie juntos. Todos nos sentamos juntos. Todos cantamos los mismos cánticos o los mismos himnos. Nuestra «celebración» está domesticada. No alcanzamos a entender el júbilo de este «loco», ¡que andaba a los saltos delante de Dios!
Puedo pensar en por lo menos tres razones por las cuales nosotros no nos hubiéramos unido a la fiesta. En primer lugar, hubiéramos estado pensando en lo que podrían decir los de nuestro alrededor. Su opinión nos es muy importante. No queremos darle lugar a nadie de que piense algo «malo» de nosotros. Por eso nos vestimos de la manera en que nos vestimos, decimos las cosas que decimos y hacemos las cosas que hacemos. Deseamos que los demás hablen bien de nosotros.
En segundo lugar, sabemos que todo debe hacerse en orden. El afán por el orden ha llevado a que nuestras reuniones sean aburridamente predecibles. Primero la bienvenida. Luego unos cantos para entrar en espíritu. Luego los anuncios y la ofrenda. Quizás algún testimonio. Después, la proclamación de la Palabra. Reunión tras reunión, el mismo programa «ordenado».
En tercer lugar, nosotros los líderes no hubiéramos dado tal espectáculo, quizás porque sabíamos que nuestras esposas nos iban a condenar, como lo hizo Mical. No queriendo experimentar su desprecio, preferimos adaptar y controlar nuestra experiencia espiritual. ¿No es esta, acaso, una buena manera de mostrar nuestro amor por ellas?
Sin embargo sospecho que, en lo secreto de nuestros corazones, nos sentimos atraídos por este rey danzante. Si pudiéramos echarle mano a un poco de su entusiasmo… ¡cuán diferentes serían nuestras vidas! Si lográramos por un momento soltarnos un poquito para expresar algo más genuino, no tan ensayado… qué delicia sería vivir la vida cristiana. Si nos animaríamos a hacer a un lado, por un momento, nuestro programa estructurado, para que él irrumpa en medio nuestro como un torrente… qué diferentes seríamos.
¿Será por esto que Dios llamó a David un hombre conforme al corazón de Jehová? ¡Cómo amaba este varón las cosas de Dios!

Oración:
«Señor, derriba mis estructuras, mis programas y mis conceptos, para conducirme por el camino que anduvo David. Despierta en mí ese espíritu alocado de celebración. ¡Qué tú puedas ser para mí, motivo de fiesta, todos los días, siempre!»

Segundas oportunidades ABRIL 3
Descendí a casa del alfarero, y hallé que él estaba trabajando en el torno. Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en sus manos, pero él volvió a hacer otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mí palabra de Jehová, diciendo: «¿No podré yo hacer con vosotros como este alfarero, casa de Israel?, dice Jehová. Como el barro en manos del alfarero, así sois vosotros en mis manos, casa de Israel». Jeremías 18.3–6

Cuando se presenta a la verdad usando ilustraciones visibles y reales de la vida cotidiana, es fácilmente asimilada. El pasaje de hoy ilustra a la perfección esta metodología. El Señor deseaba hacer una declaración acerca de su trato con Israel. En lugar de simplemente enunciar el principio, mandó al profeta a que descendiera a la casa del alfarero para observarlo mientras trabajaba. Jeremías obedeció y comenzó a mirar al artesano. Con la destreza natural de quienes trabajan todos los días en el mismo oficio, el hombre tomó una masa de barro y la colocó sobre la rueda, para luego hacerla girar a velocidad. Remojando continuamente sus manos en agua, fue lentamente trabajando el barro, hasta que comenzó a surgir la forma de una vasija. Habiendo acabado con la forma externa, comenzó a vaciar el interior. En un momento, sin embargo, se derrumbó el costado de la vasija. Con paciencia, el alfarero tomó lo que quedaba de su trabajo, lo amasó de nuevo y comenzó otra vez a darle forma.
En ese momento, el Señor le habló al profeta: «Así hago también con la obra de mis manos», le dijo. En un instante, Jeremías captó la esencia del espíritu perseverante que caracteriza a Dios, un Dios que no se da por vencido cuando las cosas se echan a perder. Al contrario, no desvía su intención de hacer algo útil del barro. Comienza otra vez a trabajar hasta que consigue lo que quiere.
Este principio sublime debe tener profundo significado para los que estamos sirviendo dentro del pueblo de Dios. En primer lugar, porque nos anima a creer que aun cuando cometemos los peores errores, siempre existe la oportunidad de volver a empezar. El hecho de que Moisés asesinara a un egipcio, no desvió el plan de Dios. El hecho que Elías huyera al desierto y pidiera la muerte, no llevó al Señor a abandonarlo y buscar otro profeta. El hecho de que Pedro negara tres veces a Cristo, no llevó al Señor a desechar al apóstol de la obra para la cual lo había llamado. En cada uno de estos casos, el alfarero divino simplemente tomó lo que quedaba de su obra original y le volvió a dar forma. Así también en nuestras vidas; él podrá redimir aun nuestras más groseras faltas.
Esto debe animarnos también con las personas que estamos formando. Muchas veces van a equivocar el camino. Nosotros nos sentiremos tentados a «tirar la toalla» con ellos. Pero el Señor nos recuerda que él no desecha a nadie. Deberemos, por tanto, armarnos de la misma paciencia y bondad que el Señor para terminar la obra que se nos ha encomendado.

Para pensar:
Cuando Él ha escogido a alguien, nada ni nadie podrá descarrilar ese proyecto, aunque pueda haber muchos contratiempos en el camino.

Incomodados por la Palabra ABRIL 4
Jehová dirigió su palabra a Jonás hijo de Amitai y le dijo: «Levántate y vé a Nínive, aquella gran ciudad, y clama contra ella, porque su maldad ha subido hasta mí». Pero Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, donde encontró una nave que partía para Tarsis; pagó su pasaje, y se embarcó para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová. Jonás 1.1–3

¿Cómo podemos saber si nuestro Dios nos está hablando? Esta pregunta es importante, pues la vida del creyente, que debe vivirse en obediencia a él, no será posible si no podemos discernir lo que él nos está diciendo. De modo que necesitamos alguna forma de evaluar si la palabra que recibimos es realmente Palabra de Dios, o no.
Nuestra capacidad de convencernos que lo que hemos escuchado es Palabra de Dios no tiene límites. No es esto, sin embargo, ninguna garantía de que esto haya acontecido. Cuando Saúl perseguía a David, y hacía ya tiempo que el Espíritu de Dios se había apartado de él, vinieron a decirle dónde se escondía el fugitivo pastor de Belén. El rey exclamó: «Benditos seáis vosotros de Jehová, que habéis tenido compasión de mí» (1 S 23.21). Nosotros sabemos, sin embargo, que esto no aconteció por la mano de Dios. Ni tampoco estaban en lo cierto los hombres de David cuando le animaron a matar a Saúl, diciendo «Jehová ha entregado en tus manos a tu enemigo». La verdad es que si deseamos algo con suficiente pasión, podemos fácilmente convencernos de que Dios mismo está detrás de nuestros proyectos y que es él quien nos habla con respecto a ellos.
Una de las características que vemos en las Escrituras, sin embargo, es que la Palabra incomodaba al que la recibía. Hasta le podía parecer escandalosa o ridícula. Piense en Moisés argumentando con Dios frente a la zarza. Piense en Sara que se reía de la propuesta de un embarazo en su vejez. Piense en Jeremías confundido por el llamado de Dios. Piense en Jonás, que huyó de la presencia de Dios. Piense en Zacarías frente al anuncio de un hijo. Piense en el joven rico, que se fue triste porque tenía mucho dinero. O piense en los que dejaron de seguir a Cristo, porque sus palabras eran muy duras. La lista es interminable. En todos hay una constante. Cuando Dios habló, las personas se sintieron incómodas, indignadas, desafiadas, escandalizadas… ¡pero nunca entusiasmadas! La razón es sencilla; estamos en el proceso de ser transformados, y su Palabra siempre va a chocar con los aspectos no redimidos de nuestra vida. Al escuchar lo que nos dice, la carne inmediatamente se levantará a protestar.

Para pensar:
Si las únicas palabras que usted escucha hablar al Padre son siempre las Palabras que le hacen sentir bien o que le conceden lo que usted quiere, puede estar seguro que no es el Señor el que le está hablando. Cuando él habla, lo más probable es que a usted se le ocurran muchas razones para convencerse de que ¡no es Dios el que está hablando!

Pero… ABRIL 5
Pero Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, donde encontró una nave que partía para Tarsis; pagó su pasaje, y se embarcó para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová. Jonás 1.3

Desde la comodidad de nuestro sillón favorito resulta fácil leer la respuesta de Jonás y ponerse en el papel de juez, condenando la falta de fe del profeta. Debemos, sin embargo, entender la naturaleza de la tarea a la cual había sido llamado. Los asirios no era vecinos pacíficos de los israelitas. Era una nación ferozmente guerrera que había conquistado a nación tras nación. Su extrema crueldad con los prisioneros era notoria en toda la región. De manera que cuando Dios le propone a Jonás ir a proclamar juicio contra este pueblo no le pareció, al joven profeta, una asignatura atractiva en lo más mínimo.
A pesar de esto, es inevitable sentir un poco de tristeza cuando vemos esa pequeña palabrita con la cual comienza el versículo de hoy: «pero». Nos choca, porque habla de un hombre que deliberadamente hizo lo opuesto de lo que se le había mandado. Es una palabra que encierra una actitud de rebeldía; nos hace pensar en discusiones y argumentos. Nos duele porque hace eco con la multitud de «peros» que han sido parte de nuestro propio peregrinaje espiritual.
¿Se puso a meditar en las veces que aparece esa palabra en historias del pueblo de Dios? El Señor le había mandado a Saúl no perdonar a Agag, rey de los amalecitas. «PERO, Saúl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas» (1 S 15.9). Dios había mandado a los israelitas a que no se unieran en matrimonio con mujeres de otras naciones. «PERO el rey Salomón amó, además de la hija del faraón, a muchas mujeres extranjeras, de Moab, de Amón, de Edom, de Sidón, y heteas» (1 Re 11.1). El Señor había instruído a Israel que no oprimiera a la viuda, al huérfano, al extranjero, ni al pobre. «PERO no quisieron escuchar, sino que volvieron la espalda y se taparon los oídos para no oir»(Zac 7.11). Jesús mandó al leproso que no dijera nada a nadie. «PERO, al salir, comenzó a publicar y a divulgar mucho el hecho» (Mr 1.45). En cada uno de estos ejemplos, y muchos otros que podríamos mencionar, se hizo exactamente lo que Dios había dicho que no se hiciera.
En el devocional de ayer hablaba de cómo la Palabra de Dios incomoda, porque siempre nos desafía a cosas que no son fáciles. Necesitamos saber que cada vez que el Señor nos encomienda algo va a incomodarnos. Esto es una constante, y es precisamente esta incomodidad la que moviliza en nosotros la tendencia a interponer nuestros «peros», esa multitud de razones por las cuales nos parece que esta palabra puntual que Dios trae a nuestras vidas no es para nosotros.

Oración:
¿Se anima a hacer esta oración? «Señor, mis “peros” hablan de la semilla de rebeldía que hay en mi corazón. Es la manifestación de la carne, que se opone al espíritu. Quiero comprometerme a sujetar todo razonamiento altivo y toda desobediencia al señorío de Cristo. Que mis “peros” sean transformados en “sí, Señor, así lo haré!” Amén».

Huir de su presencia ABRIL 6
Pero Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, donde encontró una nave que partía para Tarsis; pagó su pasaje, y se embarcó para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová. Pero Jehová hizo soplar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. Jonás 1.3–4

¿Nunca se sintió tentado a huir de Dios? Claro, usted no se subiría a un barco, ni se tomaría un avión para alejarse de la presencia del Altísimo. Al igual que el salmista, usted y yo podemos exclamar: «¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?» (Sal 139.7). Todos sabemos que es imposible huir de su presencia, porque él está en todos lados.
Piense, sin embargo, en estas situaciones. Una persona no quiere ir a las reuniones de la congregación porque sabe que está en pecado y teme ser confrontado. Otra persona evita pasar por un lugar donde sabe que vive un hermano, porque tendrá que pedirle perdón por algo que ha hecho. Una tercera persona posterga ir a una encuentro de misiones porque sabe que habrá un llamado a un compromiso y teme las consecuencias de asumirlo. Aun otra persona más resiste las invitaciones a ser parte de un proceso de discipulado, porque sabe que de hacerlo tendrá que comenzar a rendir cuentas por su vida.
En cada uno de estos casos las personas están evitando una situación porque no desean hacer algo que saben que el Señor requerirá de ellos. No podrán seguir caminando con él si no obedecen. En definitiva cada una de ellas está «huyendo», a su manera, de la presencia de Dios.
El deseo de querer huir viene en esos momentos en los cuales se desata una fuerte lucha entre nuestros deseos y la voluntad declarada del Señor. Ni siquiera el Hijo de Dios fue librado de esta batalla. En Getsemaní, abrió su corazón al Padre y le dijo, con absoluta franqueza: «si existe alguna otra manera de hacer esto, por favor muéstramelo!» Necesitamos saber que este tipo de conflictos interiores son parte del precio que debemos pagar por seguirle a él. Es normal experimentarlos.
Lo que no es aceptable, es dejar que nuestra voluntad imponga sus deseos sobre el rumbo que hemos de tomar. No es aceptable, en primer lugar, porque alimenta la esencia de rebeldía que cada uno de nosotros heredamos de Adán. Pero en segundo lugar, no es lícito porque no es posible evadir la voluntad de Dios, al menos si nuestro compromiso con él es serio. Podemos postergar por un tiempo poner por obra lo que Dios nos está llamando a hacer. No dude por un instante, sin embargo, que si el Señor ha puesto su mano sobre nuestras vidas él nos irá a buscar no importa donde nos «escondamos». Jonás es el ejemplo perfecto de esta verdad.

Para pensar:
¿Cuántos dolores de cabeza le producen a usted esas situaciones donde se demora en hacer lo que Dios está pidiendo? ¿Cómo puede acortar el tiempo que pasa entre recibir instrucciones del Padre y hacer lo que él manda? ¿Cuáles son las áreas de su vida donde más lucha con hacer lo que Dios le manda?

La reprensión del necio ABRIL 7
Los marineros tuvieron miedo y cada uno clamaba a su dios. Luego echaron al mar los enseres que había en la nave, para descargarla de ellos. Mientras tanto, Jonás había bajado al interior de la nave y se había echado a dormir. Entonces el patrón de la nave se le acercó y le dijo: «¿Qué tienes, dormilón? Levántate y clama a tu Dios. Quizá tenga compasión de nosotros y no perezcamos». Jonás 1.5–6

¿Por qué dormía Jonás? Cuando yo era joven, fui llamado a cumplir con el servicio militar obligatorio en mi país. Fui sorteado, según el método de distribución que se usaba en ese tiempo, y salí destinado a la marina. Pasados unos meses dentro de ese cuerpo, salimos embarcados en un buque de guerra hacia unas bases navales lejanas. A los tres días de zarpar, sin embargo, se desató una feroz tormenta que nos golpeó sin cesar durante dos días y dos noches. Hasta los marineros veteranos estaban descompuestos por los violentos movimientos del barco. Al tercer día una alarma nos despertó a la madrugada. El barco estaba a punto de hundirse. No recuerdo haber visto en esta oportunidad a nadie durmiendo en esa situación. Al contrario, la desesperación y el miedo estaban dibujados en el rostro de la mayoría. Cada uno buscaba calmar su ansiedad a su manera. ¡Pero nadie dormía!
¿Por qué dormía Jonás? Pienso que el alivio de haber escapado de la misión que se le había encomendado era tan intenso que Jonás se podía dar el lujo de descansar un poco. ¿Cómo podía tenerle miedo a una tormenta cuando había escapado de la tarea de predicar el arrepentimiento a los asirios? ¡Esto ni se comparaba con aquello otro! Su insensatez había producido en él un falsa ilusión de seguridad.
Cuando hemos elegido el camino de la desobediencia, Dios echa mano de lo que necesita para reprendernos. Muchas veces ha usado a los paganos que están en tinieblas, como voceros del Altísimo. Hasta un asno puede ser su instrumento, como lo fue en el caso de Balaam (Nm 22.21–31). En este caso, el mismo capitán del barco vino a reprender a Jonás, exhortándolo a hacer lo que debería haber hecho desde un primer momento: clamar a Dios.
El hecho es que no podemos desobedecer a Dios en una cosa, sin que sean afectados otros aspectos de la vida. La desobediencia en un área acarrea consecuencias para la vida toda. Cuando Jonás le dio la espalda al Señor, comenzó a transitar por ese peligroso camino donde se intenta seguir a Dios «a nuestra manera». El pecado produce en nosotros un adormecimiento que nos lleva a perder toda sensibilidad espiritual. En el Salmo 32.9, el autor nos dice que la persona que no confiesa sus pecados es como «el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno». En un sentido figurado, cuando escogemos darle la espalda a Dios, él deberá sujetarnos con «cabestro y freno», porque el diálogo ya no funcionará en nuestro caso.

Para pensar:
«Un poco de pecado sumará dificultades a tu vida, restará fuerzas a tus energías y añadirá contratiempos a tu andar». Anónimo.

Contradicciones ABRIL 8
Entre tanto, cada uno decía a su compañero: «Venid y echemos suertes, para que sepamos quién es el culpable de que nos haya venido este mal». Echaron, pues, suertes, y la suerte cayó sobre Jonás. Entonces ellos le dijeron: Explícanos ahora por qué nos ha venido este mal. ¿Qué oficio tienes y de dónde vienes? ¿Cuál es tu tierra y de qué pueblo eres? Él les respondió: Soy hebreo y temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra. Jonás 1.7–9

Como vimos en el devocional de ayer, cuando Dios quiere hablarnos, lo puede hacer usando cualquier instrumento que él escoja. Aun en una cosa tan mundana como el echar suertes, el Señor puede dirigir todas las cosas para que salgan conforme a su perfecta voluntad. Los marineros, totalmente carentes de discernimiento, llegaron a la «conclusión» de que el mal que vivían era por culpa de Jonás y lo interrogaron acerca de su situación.
Quisiera detenerme un instante en la respuesta de Jonás: «Soy hebreo, y temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra». El diccionario bíblico define la palabra «temor» como una actitud de respeto, reverencia y adoración. El término se usa para describir una postura de sumisión a una figura que tiene mayor autoridad que la de uno mismo. Por esta razón, el temor normalmente va de la mano de la obediencia, porque cuando este ser superior habla, sus palabras tienen un peso que las ubica por encima de cualquier consideración personal.
Se pueden decir muchas cosas de Jonás. Hay una cosa, sin embargo, que podemos afirmar sin temor a equivocarnos: no era, ¡ni por casualidad!, un hombre que temía a Dios. En su declaración, no solamente dice que lo teme, sino que reconoce que él hizo el mar y la tierra.
¿Cómo puede un hombre, que afirma que Dios es el creador de todas las cosas, estar arriba de un barco intentando huir de la presencia del que hizo el mismo mar en el cual navega? ¡Es absurdo!
La declaración de Jonás revela la clásica contradicción que existe entre las palabras y los hechos de quienes creen solamente con la cabeza. El profeta, como buen israelita, tenía todos las respuestas correctas memorizadas. Quizás hasta se las compartía a sus vecinos o compañeros de trabajo y se las enseñaba a sus hijos. Proclamaba su compromiso con estas verdades, pero su vida mostraba que en su corazón había otros principios en juego.
Muchas veces nosotros también hemos transitado por este camino, afirmando el valor de las verdades eternas de Dios, pero viviendo conforme a nuestros principios personales. Esta incongruencia, en los más sensibles, siempre va acompañada de cierta vergüenza. Al igual que el apóstol Santiago, exclamamos: «Hermanos míos, esto no debe ser así» (3.10).

Para pensar:
¿Cuáles son las áreas de su experiencia espiritual donde nota que sus palabras no coinciden con sus actos? ¿Qué pasos puede tomar para acortar la distancia entre lo que dice y lo hace? Tome un momento y pídale al Señor que él trabaje en su vida para que lo que cree con la mente se instale también en su corazón.

La hora de definiciones ABRIL 9
Como el mar se embravecía cada vez más, le preguntaron: «¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete?» Él les respondió: «Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará, pues sé que por mi causa os ha sobrevenido esta gran tempestad». Jonás 1.11–12

No podemos saber exactamente en qué pensaba Jonás cuando le dijo a los marineros que lo tomaran y echaran al mar. De seguro que no sabía absolutamente nada del gran pez que Dios enviaría a rescatarlo, pues el Señor estaba manejando esto a solas. Lo que sí vemos es que la convicción de pecado lo había llevado a asumir la responsabilidad por la tormenta que azotaba la embarcación. Aun poseía suficiente discernimiento para entender que esto era algo que él mismo había provocado.
No obstante, su independencia persiste. Lo apropiado hubiera sido que clamara a Dios por misericordia, confesando su pecado y declarando su voluntad de hacer lo que se le había encomendado. Mas Jonás no discernía el corazón misericordioso de Dios y entendía que, una vez desviado, no tenía solución su pecado. Perdido por perdido, decidió tirarse al mar y enfrentarse a una muerte casi segura.
¿Alguna vez, como líder, se ha encontrado luchando con sentimientos similares? Parece que nuestros pecados pesan más cuando estamos involucrados en ministrar al pueblo de Dios. Quizás, al estar en el ojo público, nos acosa con mayor fuerza el sentimiento de vergüenza por lo que hemos hecho. De todas maneras, en ocasiones hemos contemplado el abandonarlo todo, porque sentimos que nuestro pecado ha acabado con la posibilidad de seguir siendo útiles en las manos de Dios. Al igual que Pedro, pensamos seriamente en volver a nuestras redes.
Esta forma de pensar es una de las razones por las cuales practicamos tan poco la confesión. El enemigo de nuestras almas se encarga de trabajar en nuestras mentes para que creamos que los pecados que hemos cometido no tienen arreglo. El gran «gancho» por el cual nos mantiene atrapados es la culpa. Creemos que Dios ya no podrá escucharnos, porque nuestra maldad no tiene arreglo. Convencidos de esta realidad, entramos en la desesperación y procuramos ponerle fin a nuestra miserable existencia.
El gran estorbo a nuestra relación con Dios no es lo abominable de nuestro pecado, sino los requisitos que nosotros mismos nos imponemos para venir a él. Nuestro pecado es una abominación, pero puede ser perdonado con una simple confesión. Nosotros, no obstante, queremos adornar nuestra confesión con demostraciones prácticas de nuestro arrepentimiento que son innecesarias. Inmersos en el pecado, el mejor camino es acercarnos a él sin vueltas, arrepentidos y, a la vez, confiados en su inmenso amor.

Para pensar:
En su magnífico libro La Oración, Richard Foster describe la oración que es la base de todas las otras oraciones, la oración sencilla. «Cometemos errores,» nos dice «muchos de ellos. Pecamos, caemos, y esto con frecuencia -pero cada vez nos levantamos y comenzamos de vuelta. Y otra vez nuestra insolencia nos derrota. No importa. Confesamos y comenzamos otra vez… y otra vez… y otra vez. Es más; la oración sencilla muchas veces es llamada la “oración de los nuevos comienzos”».

A pesar nuestro ABRIL 10
Entonces clamaron a Jehová y dijeron: «Te rogamos ahora, Jehová, que no perezcamos nosotros por la vida de este hombre, ni nos hagas responsables de la sangre de un inocente; porque tú, Jehová, has obrado como has querido». Tomaron luego a Jonás y lo echaron al mar; y se aquietó el furor del mar. Sintieron aquellos hombres gran temor por Jehová, le ofrecieron un sacrificio y le hicieron votos. Jonás 1.14–16

Hemos estado mirando la vida de este siervo involuntario del Señor, Jonás. Su vida como profeta no comenzó con el aire romántico que a veces queremos atribuirle a los que sirven a Dios. No le gustó la misión que se le había dado; creyó estar a salvo huyendo de su presencia y, cuando todo estaba perdido, decidió echarse al mar para acabar de una buena vez con el asunto. No tenemos en este cuadro la imagen de un líder consagrado e inspirador, cuya vida ejemplifica la calidad de servicio que queremos que nuestra gente imite.
Lo increíble de este relato es que Dios usó a este hombre a pesar de sus actitudes y comportamientos. En el pasaje de hoy notamos dos resultados de la crisis de Jonás. En primer lugar, los marineros reconocían que Jehová había hecho como él quería. No es poca cosa este descubrimiento. Existe una declaración implícita de la soberanía de Dios sobre todo, hallazgo que es indispensable para dar el paso de someterse a sus designios.
En segundo lugar, al echar al mar a Jonás, vieron que las palabras del «profeta» habían sido acertadas: las aguas inmediatamente se aplacaron y sobrevino una gran calma sobre la castigada embarcación de los marineros. Este acontecimiento llevó a que aquellos hombres temieran a Jehová, le ofrecieran sacrificios, e hicieran votos. Somos testigos, entonces, de la conversión de estos hombres paganos, que han comprobado que la manifestación de poder de Jehová es superior a la de cualquier dios que jamás hayan conocido.
El incidente debe animar el corazón de todos los que estamos sirviendo al pueblo de Dios en diferentes ministerios. La lección es clara. El Señor se ha propuesto bendecir a los que él desea. Nosotros somos invitados a colaborar con este proyecto celestial y muchas veces nos es concedido el privilegio de ser sus instrumentos. Lo que es especialmente digno de notar, sin embargo, es que el Señor a veces bendice ¡a pesar de nuestros esfuerzos! Cometemos errores, desobedecemos, a veces hacemos las cosas de mala gana; a pesar de todo esto su gracia se derrama y el pueblo es bendecido de todas maneras.
¿Cómo no agradecerle esta sobreabundante manifestación de gracia? No es para que digamos: «la verdad, no importa cómo hagamos las cosas porque igualmente él va a lograr su cometido». De ninguna manera, pues es esta la más pobre manifestación de servicio. Hemos sido llamados a la excelencia y a eso debemos aspirar. No obstante, nos alivia el corazón saber que nuestras debilidades y flaquezas están cubiertas por su gracia. ¡Bendito sea su nombre!

Para pensar:
«No puedes ser demasiado activo en lo que a tus propios esfuerzos respecta; no puedes ser demasiado dependiente en lo que a gracia divina respecta. Haz todas las cosas como si Dios no hiciera nada; depende del Señor como si él lo hiciera todo». J. A. James.

Oraciones de emergencia ABRIL 11
Pero Jehová tenía dispuesto un gran pez para que se tragara a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches. Entonces oró Jonás a Jehová, su Dios, desde el vientre del pez. Jonás 1.17, 2.1

Muchos de nosotros tenemos una vida de oración que podría bien estar acompañada de un cartel que diga: «¡úsese solamente en casos de emergencia!» Son estas las oraciones que se elevan cuando la crisis ha llegado a tal estado que ya no nos queda otra salida que mirar hacia los cielos y clamar que Dios intervenga. En su misericordia, él muchas veces responde, pero nosotros no recibimos otra cosa que eso: una respuesta a nuestro problema.
Pensar en la oración en estos términos es tener una perspectiva muy limitada acerca de este aspecto sagrado de la vida espiritual. Es, sin embargo, un concepto arraigado en nosotros. El resultado es que nuestras oraciones se asemejan a la lista que elaboramos cuando vamos de compras. Elevamos nuestros pedidos al cielo y luego seguimos por nuestro camino.
«La verdadera oración», decía el gran San Agustín, «no es otra cosa que el amor». Sobre este tema Richard Foster, en su libro La oración, escribe: «Hoy el corazón de Dios es una herida abierta de amor. Él se duele por nuestra distancia y nuestras preocupaciones. Se lamenta que no nos acercamos a él. Se lamenta porque nos hemos olvidado de él. Llora por nuestra obsesión con lo mucho. Anhela nuestra presencia».
Estas frases nos acercan a lo que es la verdadera naturaleza de la oración. ¿Piensa que la única razón por la que Jesús se apartaba con frecuencia a lugares solitarios era para pedir cosas de Dios? Claro que no, ¿verdad? Necesitaba disfrutar de esa amistad transformadora que resulta de los momentos de intimidad con el Padre, y que son mediados por la oración. Seguramente por esta razón los discípulos se acercaron y le pidieron que les enseñara a orar (Lc 11.1–11). No es que no sabían elevar peticiones a Dios, sino que carecían de entendimiento acerca del verdadero misterio que llamamos oración. Discernían en Cristo una dimensión espiritual en la vida de él, que faltaba en ellos.
¡Qué fácil es para nosotros, sumergidos en la vorágine del ministerio, convertir la oración en una lista de peticiones para sacarnos de apuros! El Señor, sin embargo, nos invita a ingresar a otra clase de experiencia. Por esta razón Jesús decía que, cuando oramos, debemos encerrarnos en nuestro cuarto interior (Mt 6.6). Nadie cierra la puerta de su habitación si tiene intención de salir al minuto de haber entrado. Más bien, Cristo vislumbraba un tiempo de intimidad con el Padre en el cuál el resultado principal era que él nos transformaba a nosotros por medio de nuestras oraciones. ¡Todos necesitamos caminar por este camino!

Para pensar:
¿Se anima a hacer suya esta oración?: «Oh mi Dios, Trinidad que adoro, ayúdame a desentenderme por entero de mí mismo, para instalarme en ti, inmóvil y pacífico, como si mi alma residiera ya en la eternidad. Que nada pueda perturbar mi paz ni desligarme de ti, Oh mi Inmutable, y que a cada minuto me hunda más profundamente en tu Misterio. Amén.» I. Larrañaga.

Votos desesperados ABRIL 12
Invoqué en mi angustia a Jehová, y él me oyó; desde el seno del seol clamé, y mi voz oíste… Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta ti, hasta tu santo Templo. Los que siguen vanidades ilusorias, su fidelidad abandonan. Mas yo, con voz de alabanza, te ofreceré sacrificios. Cumpliré lo que te prometí. ¡La salvación viene de Jehová! Jonás 2.2, 7–9

El trato de Dios es normalmente el del silbo apacible. Como dice el profeta Isaías, su estilo no es clamar ni levantar la voz (42.2). El corazón tierno del Señor le lleva a tratar con cariño y paciencia a los suyos, esperando que respondan a este trato personalizado. A veces, sin embargo, sus palabras no toman este camino. Lo intenta una, dos o tres veces. Luego, debe optar por métodos más dramáticos. Tal es el caso de Jacob, que luchó con Dios hasta el amanecer, o el caso de Pedro, que debió transitar por el camino de la negación para entender las palabras de Cristo.
Así también aconteció en la vida de Jonás. Resulta evidente que el profeta ya estaba quebrantado por su falta de obediencia. Pero su quebrantamiento no le había conducido a la presencia de Dios para confesar la rebeldía de sus caminos. Su tristeza era de muerte y, alocadamente, se había lanzado al mar. Al Señor, sin embargo, le interesa la tristeza que produce vida, «porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación» (2 Co 7.10). En cuanto Jonás entró en el vientre del pez se acordó de Dios y elevó a él una oración desesperada.
Note que su oración, además, incluye votos y promesas al Señor. Esto es típico de las oraciones que hacemos en situaciones límites. Nos interesa mayormente poder salir de la situación y, para convencer a Dios de que debe intervenir, le realizamos juramentos que cumpliremos ni bien nos saque de la situación en la cual estamos.
Estas promesas, que delatan la falta de entendimiento acerca de quién es Dios, rara vez producen cambios en nuestras vidas. Normalmente las olvidamos tan pronto como haya pasado la tormenta. Las olvidamos porque no son la expresión de un corazón de devoción, sino simplemente los ingredientes de una transacción entre dos partes: «Tú me salvas y yo, a cambio, te doy esto otro». ¡Reducen la vida cristiana a un plano meramente comercial!
Necesitamos redescubrir el corazón bondadoso de nuestro Padre celestial. Su amor no necesita ser comprado. Él siempre está dispuesto a bendecir e intervenir en nuestras vidas. Pero, como dice el psicólogo cristiano Larry Crabb: «cuando nuestra más fuerte pasión es resolver nuestros problemas, buscamos un plan a seguir más que una persona en quien confiar». No permita que su relación con Dios ingrese en este plano. Cultive su pasión a diario y no tendrá necesidad de hacer votos desesperados en medio de las crisis.

Para pensar:
¿Recuerda alguna vez en la cual haya hecho votos desesperados a Dios? ¿Cómo le fue con el cumplimiento de ellos? ¿En qué situaciones se ve tentado a negociar con Dios? ¿Cómo puede avanzar hacia una relación más personal con él?

Lección repetida ABRIL 13
Jehová se dirigió por segunda vez a Jonás y le dijo: «Levántate y vé a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré». Jonás 3.1–2

Cuando estaba en la escuela a veces me ausentaba de alguna clase, porque era muy difícil, muy aburrida, o simplemente porque no tenía ganas de presenciarla. Esto no era más que una pequeña aventura juvenil. Siempre celebraba con mis compañeros mi picardía. Lo que no entendía era que la clase perdida formaba parte de un programa anual de aprendizaje. En el examen final iban a aparecer temas relacionados a esa clase perdida. Si no había tomado tiempo para aprender lo que se había compartido en aquella ocasión me encontraría en problemas.
En la vida espiritual ocurre lo mismo, salvo que las consecuencias son más serias. No se pueden saltear etapas ni obviar las lecciones que nuestro Padre celestial quiere enseñarnos. Lo que no se aprende hoy, se tendrá que aprender mañana. Quizás el contexto haya cambiado, los años hayan pasado y las personas sean otras; no obstante, la lección será la misma.
No deja de sorprenderme, sin embargo, la cantidad de veces en mi vida que he querido «faltar» a clases. Enfrentándome a algún desafío especialmente difícil he optado por cambiar mis circunstancias, a veces hasta radicalmente. Años más tarde, me encuentro luchando con el mismo problema que no supe resolver espiritualmente en aquella ocasión.
El Señor se ha propuesto formar en nosotros la imagen de su Hijo Jesucristo. No hay, en su lista de metas para nosotros, elementos que son opcionales. Todo lo que quiere lograr en nosotros es una parte indispensable de su propósito para nuestras vidas. De manera que, como artesano paciente y cuidadoso que es, trabajará en nosotros hasta lograr estos propósitos.
Grabe en su corazón la frase «vino palabra del Señor por segunda vez» (Jon 3.1 - LBLA). Detrás de ella vemos a un Dios persistente que no se dará por vencido. Es la realidad que respalda la afirmación del apóstol Pablo: «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará para el día de Jesucristo» (Flp 1.6). Note, además, que la consigna para Jonás es exactamente la misma: «Levántate y vé a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré».
Cuando intentamos evadir lecciones y asignaturas divinas, observaremos dos cosas en nuestras vidas: en primer lugar, los nuevos proyectos que asumamos carecerán del apoyo pleno y la autoridad espiritual que necesitamos. Están construidas sobre un fundamento incompleto. En segundo lugar, descubriremos que nuestro andar nos enfrenta una y otra vez con el mismo desafío que quisimos evitar tiempo atrás. Los años pueden pasar, mas el desafío permanece. No desaparecerá hasta que cumplamos con sus demandas.

Para pensar:
Está a nuestro alcance evitar este penoso camino de la repetición. Solamente hace falta que asumamos en nuestros corazones que las propuestas del Señor no son negociables. Pueden tener aspecto desagradable en el momento que las recibimos, pero su fruto es uno cuyo valor es eterno. Si estamos convencidos en que en la escuela de Dios no se pueden saltear lecciones, ¡vamos por buen camino!

Un corazón compasivo ABRIL 14
Comenzó Jonás a adentrarse en la ciudad, y caminó todo un día predicando y diciendo: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!». Los hombres de Nínive creyeron a Dios, proclamaron ayuno y, desde el mayor hasta el más pequeño, se vistieron con ropas ásperas… Vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino, y se arrepintió del mal que había anunciado hacerles, y no lo hizo. Jonás 3.4–5, 10

¡Cuán fuerte debe ser el deseo de nuestro Dios de bendecir al hombre que aun en las peores circunstancias está dispuesto a hacer marcha atrás y buscar el menor indicio de arrepentimiento! Su accionar no depende tanto de lo completo de nuestro quebranto sino más bien de su corazón compasivo. Este es el mismo mensaje que había hablado al profeta Jeremías: «si esas naciones se convierten de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles, y en un instante hablaré de esas naciones y de esos reinos, para edificar y para plantar» (Jer 18.8–9).
Todo accionar de Dios tiene como propósito final la restauración de lo que se ha perdido, nunca el castigo y la destrucción. Esta última opción es solamente el camino a seguir cuando se han agotado todos los otros medios para llegar a la reconciliación. En su corazón, no obstante, el Señor anhela que volvamos a caminar en intimidad con él, disfrutando de sus tesoros y compartiendo con otros lo que recibimos de su mano.
Observe usted cuán imperfecta había sido la obra de Jonás. Comenzó en abierta rebelión contra las directivas de Jehová. Aun cuando fue sacudido por una violenta tormenta, no escogió el camino del acercamiento a su Creador. Solamente cuando se encontró en el vientre del pez, cara a cara con la muerte, se acordó de orar y pedir misericordia. Imagine usted, entonces, que realizó su misión más por miedo a ser otra vez tragado por el monstruo marino que por una genuina actitud de compasión hacia los habitantes de Nínive. Con todo esto, su mensaje fue escuchado y el pueblo se arrepintió.
¿Se da cuenta de que los verdaderos frutos de su trabajo dependen mucho más de la compasión y bondad de Dios que de la perfección de nuestros esfuerzos? Muchas veces, como líderes, creemos que todas las cosas se tienen que dar de una cierta manera para que veamos la manifestación de la gracia de Dios. Nos preocupamos por los detalles y corremos detrás de los elementos que juzgamos indispensables para que las cosas salgan como deseamos. En la mayoría de las situaciones, sin embargo, no es esto lo que garantiza una bendición de parte del Señor. Como escribe Pablo: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Ro 9.15–16).

Para pensar:
¿Cuál debe ser su actitud? ¡Relájese! No se tome todo tan en serio. Aleje la ansiedad de su esfuerzo en el ministerio. No es usted el que mueve los corazones, sino Dios. Haga lo que le corresponde hacer, pero descanse en la certeza de que Dios también hará su parte. ¡El interés de Dios en redimir a los caídos es mayor que el suyo!

El lado oscuro del éxito ABRIL 15
Pero Jonás se disgustó en extremo, y se enojó. Así que oró a Jehová y le dijo: «¡Ah, Jehová!, ¿no es esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis, porque yo sabía que tú eres un Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte y de gran misericordia, que te arrepientes del mal. Ahora, pues, Jehová, te ruego que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida». Jonás 4.1–3

Uno de los elementos que prueban a fuego el corazón del líder es el éxito. Muchos líderes, que en tiempos de trabajo y esfuerzo se condujeron con verdadera santidad y entrega, caen por el orgullo y la soberbia cuando empiezan a cosechar los frutos de ese esfuerzo. Sus ministerios crecen, su autoridad es reconocida, su trayectoria es honrada, ¡y empiezan a creer que el reino avanza pura y exclusivamente por su accionar! La sencillez y la humildad de los años en los cuales iniciaron su trabajo desaparecen como las hojas otoñales. En su lugar queda una actitud que marchita a los de su alrededor.
Tal parece ser la experiencia de Jonás. Las posibilidades de que los asirios recibieran con agrado el mensaje que Jonás traía ¡eran remotas en extremo! Marchaba hacia una muerte segura, pues, ¿qué recibimiento podía esperar un hombre que venía a la nación más poderosa de la tierra para decirle que Dios la iba a aniquilar? Contra toda expectativa, sin embargo, la gente escuchó el mensaje del desventurado profeta. No solamente esto, sino que llegó a oídos del rey mismo. La ciudad entera se vistió de cilicio y clamó a Dios por misericordia. ¿Qué hombre no se sentiría con autoridad frente a semejante respuesta? ¿Quién de nosotros no se hubiera sentido más importante de lo que realmente era? ¡Así también lo sintió Jonás!
En medio de esta intoxicante acogida, Dios decide perdonarle la vida a los asirios. Para el profeta, ¡este fue un duro revés! ¿Cómo justificaba ahora su profecía de la inminente destrucción de Nínive? ¿Acaso Dios no lo estaba desautorizando? Había perdido credibilidad, y esto le molestó profundamente.
¿Cómo no entender su reacción? En más de una ocasión hemos sentido sutiles insinuaciones acerca del rol «fundamental» que ha tenido nuestro papel en producir una respuesta en los que ministramos. ¡Con cuánta facilidad cedemos frente a esta vana forma de ver las cosas!

Para pensar:
¿Será usted la clase de persona a quien Dios le puede confiar algunos éxitos ministeriales? Para serlo, necesitamos la misma profunda convicción que tuvo Juan el Bautista. Sus discípulos, indignados por el «robo de ovejas» que estaba realizando Jesús, le animaron a defender los frutos de «su» ministerio. El gran profeta exclamó: «No puede el hombre recibir nada a menos que le sea dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: “Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él”. El que tiene a la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo, el que está a su lado y lo oye, se goza grandemente de la voz del esposo. Por eso, mi gozo está completo. Es necesario que él crezca, y que yo disminuya». (Jn 3.27–30).

¡Peor que la desobediencia! ABRIL 16
Pero Jonás se disgustó en extremo, y se enojó. Así que oró a Jehová y le dijo: «¡Ah, Jehová!, ¿no es esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis, porque yo sabía que tú eres un Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte y de gran misericordia, que te arrepientes del mal. Ahora, pues, Jehová, te ruego que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida». Jonás 4.1–3

Un santo, Henry Smith, observó en cierta ocasión: «¡El pecado justificado doble pecado es!» ¡Cuánta verdad hay en esta declaración! No cabe duda que la desobediencia es detestable a nuestro Dios. A este pecado, sin embargo, se le agrega uno que es aún más despreciable: nuestra incurable tendencia a justificar nuestro pecado, ya sea delante de los hombres o delante del Señor mismo. ¿Ha notado cuántas veces los relatos de desobediencia van acompañados de esta lamentable tendencia? Adán, confrontado, dijo: «la mujer que me diste». Eva, confrontada, dijo: «La serpiente me engañó». Aarón, confrontado por hacer el becerro de oro, dijo: «¡Yo no hice nada, sino que tiré el oro al fuego y este becerro salió solo». Saúl, confrontado por su desviación de la palabra, dijo: «No fui yo, sino el pueblo que estaba conmigo».
¡Cuántas veces usted y yo hemos hecho lo mismo! Piense en todas esas ocasiones que condenamos rotundamente en otros aquello que nosotros mismos también hacemos. En nuestro caso, no obstante, siempre tenemos una elaborada explicación para demostrar que, en realidad, nuestro pecado no es pecado; mas el pecado del otro sí lo es.
A pesar de todo esto, nuestros argumentos no convencen a Dios. El Señor no castigó a Adán por el pecado de Eva, ni a Eva por el pecado de la serpiente, ni al pueblo por el pecado de Aarón, ni a los israelitas por el pecado de Saúl. Cada uno recibió el justo y merecido pago por sus propios pecados. Así también será en su vida y la mía. Ante su trono nuestros argumentos serán como paja que se lleva el viento. «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo» (2 Co 5.10).

Para pensar:
Existe un camino más corto y sencillo para nuestras rebeliones. Es el de la humilde confesión que viene de un corazón contrito y quebrantado. Tal es la confesión del gran rey David, en el Salmo 51.3–4: «Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio». Como líder usted tiene el desafío no solamente de andar en sencillez de corazón, sino también de darle ejemplo de esto a su pueblo. Qué su pueblo le pueda conocer como una persona que no tiene permanentes justificativos para lo que claramente no es justificable. Elija el camino de la confesión sin rodeos. ¡Le hará bien a usted, y también a los que está formando!

Posturas radicales ABRIL 17
Así que oró a Jehová y le dijo: ¡Ah, Jehová!, ¿no es esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis, porque yo sabía que tú eres un Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte y de gran misericordia, que te arrepientes del mal. Ahora, pues, Jehová, te ruego que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida. Jonás 4.2–3

¿Cómo se comporta usted cuando no se sale con la suya? Esto es, en muchas situaciones, lo que marca la diferencia entre un líder rendido a Dios y un líder cuyo objetivo principal en la vida es avanzar en sus propios proyectos.
A Jonás no le gustó nada la decisión que el Señor había tomado con los asirios. Se enojó grandemente, elevó un airado reproche, luego le pidió a Dios que le quitara la vida. Es una decisión muy extrema para un problema que, básicamente, tiene que ver solamente con su propio orgullo herido.
Es precisamente en este tipo de circunstancias que vemos dónde está lo que verdaderamente mueve a un líder. Cuando yo era joven, insistía que mi visión era la adecuada para la congregación donde pastoreaba. Otros, en el equipo ministerial, no lo veían de la misma manera. En el afán de convencerlos, no tardé en armarme de argumentos para demostrar que mi visión y la visión del Señor eran idénticas. Aún así, ellos no se convencían. Cansado de las discusiones y de la aparente «resistencia» a lo que yo quería hacer, opté por irme de aquella congregación. Una decisión radical para lo que era, en su esencia, una puja de voluntades.
Esta es una historia que se ha repetido infinidad de veces dentro del pueblo de Dios. Convencidos de que somos dueños de la verdad, creemos que son aceptables, decisiones tan radicales como marcharnos, abandonar el ministerio, o incluso dividir la iglesia. Con esta actitud es imposible trabajar en equipo, porque es un requisito indispensable que los demás vean las cosas como el líder. La belleza de la diversidad del cuerpo se pierde, el desafío de aprender a dialogar con otros se desaprovecha y la posibilidad de cultivar un carácter santo y aprobado por Dios se desperdicia.
Observe la exhortación de Pablo: «Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que, con actitud humilde, cada uno de nosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (Flp 2.3–4 - LBLA). La vanagloria no es más que una gloria ficticia. Es aquella que tiene apariencia de ser genuina, pero que en realidad viene de una fuente que jamás puede producir verdadera gloria, porque el único que posee gloria es Dios mismo. Aquellas cosas en las cuales su persona es claramente visible, también poseen gloria. Las otras «glorias» son las que fabricamos nosotros los hombres: tienen muy poco brillo.

Para pensar:
Vuelva a meditar en la pregunta que se encuentra al principio del devocional: ¿Cómo se comporta cuando no se sale con la suya? ¿Sus compañeros de equipo le consideran una persona humilde? ¿Qué cosas hace para fomentar el diálogo con los demás? ¿En qué situaciones ha cedido porque considera al otro como mejor que usted mismo?

Remedio para el airado ABRIL 18
Pero Jehová le respondió: «¿Haces bien en enojarte tanto?» Jonás salió de la ciudad y acampó hacia el oriente de ella; allí se hizo una enramada y se sentó a su sombra, para ver qué sucedería en la ciudad. Jonás 4.4–5

Entre los muchos buenos consejos que nos da el libro de Proverbios, encontramos este: «La respuesta suave aplaca la ira, pero la palabra áspera hace subir el furor» (Pr 15.1). El hecho es que la persona airada pocas veces está dispuesta a escuchar razones. Toda palabra le servirá para seguir alimentando su ira. De modo que la persona sabia hablará con mucha cautela cuando se encuentra frente a una persona airada.
Así lo hace Dios con Jonás. La ira del profeta es totalmente desmedida y egoísta, pero el Señor sabe que este no es momento para hacerlo entrar en razones. Deberá correr su curso este estado fuertemente emocional, hasta que se produzca en Jonás mayor apertura para ser tratado. Por esta razón, el Señor solamente le hace una pregunta: «¿Haces bien en enojarte tanto?» No le provee una respuesta, ni una enseñanza sobre cómo manejar las emociones. Tampoco lo reprende. Simplemente deja que esta pregunta produzca en Jonás un proceso de reflexión.
El método tienen rasgos similares al incidente de Elías en el desierto. Cansado y desanimado, el profeta se había refugiado bajo un enebro. También este varón deseaba la muerte. El Señor sabía que Elías necesitaba reponer sus fuerzas y recuperar la perspectiva antes de que pudiera entrar en un diálogo con Dios. Por eso, envió un ángel con instrucciones muy sencillas: «Levántate y come» (1 R 19.5).
Nuestra respuesta con personas airadas puede hacer la diferencia entre la posibilidad de ayudarles o hundirlos más en las ataduras que produce el enojo en nuestras vidas.
Note usted, además, que Jonás no entendió la pregunta que le hizo el Señor. En lugar de reflexionar sobre su comportamiento, que era completamente inapropiado para un siervo de Dios, el profeta siguió viendo las cosas con ojos de ofendido, e interpretó incorrectamente la pregunta que Dios le había hecho. Creía que Dios le estaba diciendo: «¡No te impacientes; ya los voy a destruir!».
Sin embargo, nuestro Dios es un maestro extraordinario, e iba a enseñarle una importante lección al profeta. Cuánta paciencia vemos desplegada en el trato que él tiene hacia Jonás, un hombre que nosotros hubiéramos desechado y dado por perdido. Pero vemos que, aun en asignaturas ministeriales pendientes, el Señor desea trabajar en el corazón de sus obreros para que ellos sean la clase de personas que él desea.
De la misma manera, usted necesita tener mucha paciencia con las personas que está formando. Sea sabio en cuanto a la manera en que los corrige. La corrección dada a destiempo solamente añade dificultades. Pero la palabra suave, hablada en el momento justo, tiene poder para redimir y transformar comportamientos que deshonran a nuestro Señor.

Para pensar:
¿Cómo reacciona frente a la ira de los demás? ¿Su respuesta aumenta los problemas o provee soluciones? ¿Cómo puede incorporar respuestas más sabias frente a reacciones airadas? Recuerde: Nuestra respuesta con personas airadas puede hacer la diferencia entre la posibilidad de ayudarlos o hundirlos más en las ataduras que produce el enojo en nuestras vidas.

Reprensión divina ABRIL 19
Pero Dios dijo a Jonás: ¿Tanto te enojas por la calabacera? Mucho me enojo, hasta la muerte, respondió él. Entonces Jehová le dijo: Tú tienes lástima de una calabacera en la que no trabajaste, ni a la cual has hecho crecer, que en espacio de una noche nació y en espacio de otra noche pereció, ¿y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales? Jonás 4.9–11

Los grandes maestros saben que las palabras son solamente una de las muchas herramientas que tienen a su alcance. Entienden que el hombre aprende más por lo que ve y experimenta que por lo que escucha. Por eso, no pierden oportunidad para presentar sus enseñanzas de manera que el hombre sea impactado en la totalidad de su ser por la lección a enseñar. El devocional de hoy presenta una de esa clase de lecciones.
Dios sabe lo propenso que es el hombre a aferrarse rápidamente a los regalos que recibe, especialmente cuando estos tienen que ver con el mundo material. El Señor anticipa esta tendencia y hace crecer una calabacera junto a Jonás. La reacción del profeta era predecible; ni bien Jonás se había acomodado debajo la frondosa planta, que le brindaba una deliciosa sombra en medio del desierto calcinante, comenzó a sentirse dueño de ella. Cuando, al día siguiente, la planta se secó, el profeta lo lamentó como si hubiera perdido a un ser querido.
El contraste que Dios logra con su admirable ilustración deja a la vista el egoísmo del profeta. Su reacción delata cuán apartados son nuestros intereses de las cosas que realmente importan al corazón del Padre. Nos preocupamos principalmente por aquello que contribuye a nuestro propio bienestar. Un rápido recorrido por los temas que son parte de nuestra vida de oración revelarán cuán centrados estamos en lo nuestro.
¿Cómo librarnos de esta tendencia a preocuparnos por lo efímero y pasajero? Si no logramos este quiebre con lo transitorio, nuestros ministerios siempre sufrirán de una perspectiva mezquina y terrenal. No será, sin embargo, ningún esfuerzo humano el que logre esta transformación en nosotros. Al contrario, esto logrará que la carne se exprese con mayor fuerza, pues «los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la Ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios». (Ro 8.7–8).

Para pensar:
La lección de hoy nos lleva a una de esas escenas bíblicas donde Dios abre su corazón y permite que veamos lo que a él le interesa. Comparte con el profeta su insondable compasión. En este acto tenemos la respuesta a la transformación que necesitamos, si no hemos de aferrarnos a las cosas que son pasajeras y sin importancia. La solución está en percibir el corazón de Dios. Y esto solamente será posible si nos acercamos a él y permitimos que él lo comparta con nosotros. La compasión es más producto del contagio que del esfuerzo. Acerquémonos, pues, a su persona para ver lo que no podremos ver de lejos.

Fieles a la Palabra ABRIL 20
Pero Josafat dijo: ¿No queda aún aquí algún profeta del Señor, para que le consultemos? Y el rey de Israel dijo a Josafat: Todavía queda un hombre por medio de quien podemos consultar al Señor, pero lo aborrezco, porque no profetiza lo bueno en cuanto a mí, sino lo malo. Es Micaías, hijo de Imla. 1 Reyes 22.7–8 (LBLA)

La palabra de Dios con frecuencia es confrontadora. Pone en relieve nuestras rebeldías, la tendencia a la desobediencia. Traza los principios eternos que son una parte íntegra del reino de Dios, y nos llama a hacer los cambios necesarios en nuestras vidas para que nuestros corazones estén enteramente alineados con su manifiesta voluntad.
Esta ha sido siempre la definición más sencilla de la tarea de los profetas. Interpretaban para el pueblo cuál era la realidad en la que estaban viviendo y en qué aspectos difería esta de los parámetros establecidos por la Palabra de Dios. Su proclamación de la Verdad siempre iba acompañada de una exhortación a volver a los caminos señalados por Dios.
Es precisamente en este punto donde el hombre no responde bien. Podemos menear la cabeza y compartir lamentos con otros, por la falta de espiritualidad en el pueblo. Casi sin pensar se nos viene a la mente una lista de personas a las que les vendría bien «escuchar esta palabra». Nuestro entusiasmo, sin embargo, desaparece cuando la exhortación es dirigida directamente hacia nuestra persona. En ese instante nos llenamos de argumentos y de razonamientos necios que justifican nuestra falta de compromiso.
En el pasaje de hoy vemos un caso extremo de esta resistencia a la Palabra. El rey, que seguramente usaba su poder e influencia para torcer la voluntad de los que estaban a su alrededor, tenía en su medio un profeta que no cedía frente a las presiones del soberano, insistiendo en proclamar profecías que el rey no quería escuchar. Se había ganado, de esta manera, el desprecio profundo del rey. ¡Cuán grande debe haber sido la presión sobre este varón, especialmente cuando vemos que todos los otros «profetas» estaban proclamando palabras agradables a los oídos de su señor!
Para los que estamos en el ministerio de la palabra, la incomodidad de tener que resistirnos a este tipo de presiones por parte de aquellos que tienen «comezón de oir» puede llevar a que nos sintamos tentados a «diluir» la Palabra. Después de todo, podríamos razonar, la popularidad nos abre puertas importantes en el pueblo. Este tipo de «respeto» por parte de los que reciben la Palabra, sin embargo, tiene un precio, y es que perdemos el respaldo divino sobre nuestros ministerios.

Para pensar:
Tomemos nota, pues, de la exhortación de Pablo a Timoteo: te mando «que prediques la palabra y que instes a tiempo y fuera de tiempo. Redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina, pues vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oir, se amontonarán maestros conforme a sus propias pasiones» (2 Ti 4.2–3). No permita que otros impongan sobre su ministerio el mensaje que ellos quieren escuchar, ni tampoco imponga usted su propio mensaje. Busque que sus palabras sean las palabras que Dios le ha dado para hablar. Solamente esto producirá fruto eterno.

Pobreza con potencial ABRIL 21
Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el Templo, les rogaba que le dieran limosna. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él los miró atento, esperando recibir de ellos algo. Pero Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Hechos 3.3–6

¿Cuánto puede valer una limosna? ¿Algunos centavos? Cuando alguien nos pide una, con certeza que no nos está pidiendo mucho; algunas monedas que irá sumando a las que otras almas piadosas también le puedan acercar. Nadie, sin embargo, se va a quedar sin comer por dar una limosna.
Pedro y Juan no tenían ni siquiera el dinero para esto, un simple acto de caridad hacia el prójimo. Tenían, sin embargo, algo que no tenía que ver con el dinero. Un tesoro de experiencias junto al Maestro de Galilea, y corazones que habían sido transformados por la compasión de Dios. De esto que tenían, le dieron al mendigo, y el hombre fue transformado también por el poder de Dios.
Dos lecciones importantes se desprenden de este incidente. En primer lugar, lo que la gente está pidiendo muchas veces no es lo que realmente necesitan. Cada uno da prioridad a las cosas que tienen que ver con su propio mundo, y elabora sus peticiones conforme a su propia realidad. Lo que pedimos, sin embargo, no es lo que más necesitamos. Podemos darle gracias a Dios que, en su infinita bondad, no siempre nos ha dado conforme a lo que le hemos pedido, sino según lo que necesitamos. Como siervos del Señor, también es importante discernir las peticiones que otros nos hacen, para saber si realmente necesitan lo que piden. El buen líder no concederá todo lo que los suyos le pidan, sino que buscará dar lo que el Espíritu le dirija.
En segundo lugar, el pasaje nos deja otro importante principio: debemos movernos con lo que tenemos. Esto parece demasiado obvio como para mencionarlo en esta reflexión. La verdad, sin embargo, es que demasiadas congregaciones no hacen muchas cosas porque se quedan pensando en los recursos que no tienen. Juan y Pedro bien podrían haberse ido tristes, sintiendo la frustración de no poder hacer «más» debido a la escasez de recursos con que contaban. Hasta podrían haber vuelto a la congregación para hablarles de lo importante que es dar con mayor generosidad, para cubrir las muchas necesidades en Jerusalén.
¡Cuántas veces he escuchado a pastores lamentarse porque no tienen los recursos «necesarios» para el ministerio! La verdad es que Dios nos ha dado lo que necesitamos para hacer la obra que él nos ha encomendado. Él no ha enviado a nadie al ministerio sin equiparlo con todo lo que necesita.

Para pensar:
Lo necesario no siempre cumple con los requisitos que establecen los hombres para hacer la obra. Si Dios muestra un proyecto, los recursos están. Pero como todas las cosas en el reino, el respaldo de Dios se acciona cuando nosotros nos ponemos en marcha con lo que tenemos. Como observa un santo de otros tiempos: «Aquel que no es generoso con lo que tiene, ¡no hace más que engañarse a sí mismo al pensar que sería generoso si tuviera más!»

Superar la adversidad ABRIL 22
Llevado, pues, José a Egipto, Potifar, un egipcio oficial del faraón, capitán de la guardia, lo compró de los ismaelitas que lo habían llevado allá. Pero Jehová estaba con José, quien llegó a ser un hombre próspero, y vivía en la casa del egipcio, su amo. Vio su amo que Jehová estaba con él, que Jehová lo hacía prosperar en todas sus empresas. Génesis 39.1–3

Es muy difícil para nosotros imaginarnos la magnitud de la calamidad que visitó a José al ser vendido por sus hermanos. El relato ocupa apenas unos versículos en la Biblia, pero las consecuencias devastadoras de semejante traición quedan escondidas. De todas maneras, es claro que el golpe debe haber afectado en lo más profundo la vida del joven israelita.
En realidad, no podía ser de otra forma. En el lapso de unas semanas lo perdió todo. Primero su libertad, al ser echado a un pozo. Luego, su dignidad, cuando fue vendido por unas monedas de plata. Al ser puesto en cadenas, perdió también su futuro y la posibilidad de escoger los caminos por los cuales transitaría. Cuando llegó a Egipto, también perdió la cultura y el idioma de su familia. Comprado por Potifar como esclavo, perdió también la posibilidad de pertenecer a una familia. ¿Quién podría sobreponerse a semejante catástrofe? ¿Cómo no hundirse en el pozo más hondo de amargura y depresión, almacenando en el corazón odio y rencor hacia los hermanos?
En el pasaje de hoy, sin embargo, encontramos a un José próspero. Su prosperidad, lo aclara bien el historiador, fue producto del respaldo, la compañía y la presencia de Jehová en su vida. Dios estaba con él. Sabemos bien que el Señor no bendice a los que albergan en su alma pensamientos de odio, rencor y venganza. El salmista pregunta: «Jehová, ¿quién habitará en tu Tabernáculo?, ¿quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia; el que habla verdad en su corazón; el que no calumnia con su lengua ni hace mal a su prójimo ni admite reproche alguno contra su vecino» (15.1–3). De manera que resulta claro que José logró sobreponerse a este duro revés que le presentó la vida.
Esta es una de las características que distingue al líder del resto del pueblo. El líder no está libre de dificultades, contratiempos, y dolores; no permite, sin embargo, que estos determinen lo que ocurre en su vida. Como observa Henry Blackaby, el autor de Mi experiencia con Dios, «líderes no son aquellas personas que están libres de la adversidad, sino aquellas que logran superar los escollos de la vida». La historia está repleta de líderes que vivieron durísimas experiencias personales. Lo que distinguió a estos hombres, sin embargo, es que usaron sus experiencias personales de fracaso y angustia para avanzar hacia cosas mayores. Fueron los escalones sobre los cuales construyeron, más adelante, sus más grandes victorias.

Para pensar:
«Un error es un acontecimiento cuyo pleno beneficio aún no hemos podido cosechar». Anónimo.

La disciplina de la gratitud ABRIL 23
Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a Jehová con alegría; venid ante su presencia con regocijo. Reconoced que Jehová es Dios; él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza. ¡Alabadle, bendecid su nombre! porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia. Salmo 100.1–5

¿Ha reparado en la característica de los verbos de este salmo, que invitan a una celebración de la bondad de Dios? Todos ellos son mandamientos: cantad, servid, venid, reconoced, entrad, alabadle, bendecid su nombre. Qué cosa extraña, ¿verdad?
El salmista nos invita -en realidad nos ordena- a que nos detengamos para pensar en nuestra existencia, no con una perspectiva humana, sino como participantes de una realidad que trasciende lo terrenal. Nos anima a que nos unamos a otros para, como dice Dallas Willard, «meditar en la grandeza de Dios, revelada en su infinita bondad hacia nosotros». El salmista confía que sólo detenerse para este ejercicio producirá en nosotros un aire festivo, ¡con abundancia de alegría, regocijo, gratitud, alabanza y declaraciones de la bondad de Dios!

Piense un momento en cuál es nuestra realidad:
Él creó los cielos… nosotros los disfrutamos.
Él hizo el aire… nosotros lo respiramos.
Él proveyó la comida… nosotros la degustamos.
Él nos regaló amigos… nosotros los atesoramos.
Él nos dio sueños… nosotros los soñamos.
Él nos otorgó dones… nosotros los usamos.
Él nos concedió un ministerio… nosotros lo realizamos.
Él proveyó una familia… nosotros la administramos.

Si dejáramos que su Espíritu nos guiara en este ejercicio, nuestra lista podría ser interminable. Todo, absolutamente todo lo que tenemos y disfrutamos a diario, viene de su mano bondadosa.
Cuán importante es para nosotros, preocupados con los quehaceres del ministerio, ¡detenernos para celebrar las multifacéticas manifestaciones de la bondad de Dios! El gozo y la gratitud son el gran antídoto contra la desesperación. Por esta razón, el salmista nos anima a que nos unamos al espíritu de festejo de los que son parte del pueblo de Dios: «Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia».

Para pensar:
Cuando nota que su estado de ánimo está decayendo y la depresión está al acecho, ese es el momento de entrar por sus puertas con gratitud. Al principio, solamente su voluntad le acompañará. Sus emociones se retirarán, ofendidas, a un rincón de su alma. Si usted persiste, sin embargo, ellas no podrán resistirse al espíritu de celebración que lentamente se va apoderando de su ser. Eventualmente, aun su cuerpo no querrá que lo dejen afuera de la fiesta. Practique la disciplina de la celebración. ¡No será la misma persona que antes!

Obediencia a medias ABRIL 24
Jehová había dicho a Abram: «Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré…» Se fue Abram, como Jehová le dijo, y con él marchó Lot. Génesis 12.1, 4

La consigna que Dios le dio a Abram era bastante clara: «vete de tu tierra y de tu parentela». Abram hizo exactamente eso; se levantó y abandonó la casa de su padre y la tierra, junto a sus costumbres, sus contactos y toda una vida construida en ese lugar. Salió hacia lo desconocido, una tierra prometida que ni siquiera sabía dónde estaba. Hasta ese momento, todo iba bien.
En la orden de dejar atrás a su parentela, sin embargo, Abram se enfrentaba a un verdadero desafío. Esto tenía que ver con el sentido de responsabilidad que Abram tenía hacia el hijo de su hermano. Existía también la posibilidad de que Abram no quisiera largarse a esta aventura solo, y por eso procuró la compañía de un hombre más joven, como lo era Lot. La verdad es que decenas de razones podrían justificar la acción del patriarca.
He aquí nuestra mayor dificultad en llevar adelante las obras que se nos han encomendado. Lejos de entender que Dios no es nuestro socio, tenemos siempre una abundancia de razonamientos para argumentar que sería mejor hacer las cosas de otra manera. Con dificultad reprimimos el deseo de hacer las cosas a nuestra manera la tentación de realizar pequeñas modificaciones a las instrucciones recibidas, de manera que obedecemos pero «a nuestra manera».
Abram cumplió gran parte de lo que se le había mandado hacer. Quizás deberíamos reconocer que fue mucho lo que hizo, ya que no era fácil el sacrificio de darle la espalda a todo lo que le daba seguridad en la vida. Pero el valor del sacrificio que realizó se vio disminuido por esa pequeña frase que sigue al relato, casi como un apéndice de la historia principal: «con él marchó Lot».
Echemos un vistazo a las consecuencias que le trajo esta decisión. Ni bien se había establecido el patriarca en la tierra, los pastores de Lot comenzaron a pelear con los de Abram por los lugares de pastura. Abram tuvo que intervenir y realizar una separación de tierras (Gn 13.1–18). Más adelante, se vio envuelto en una misión de rescate en medio de las abominaciones de la ciudad donde su sobrino vivía, Sodoma (Gn 18.16–33). Ambas situaciones trajeron complicaciones innecesarias a la vida del patriarca. Más serio que esto, sin embargo, fueron las consecuencias a largo plazo. Los descendientes de Lot, los moabitas y los amonitas, se convirtieron en un verdadero aguijón en la carne para los descendientes de Abram (Gn 36–38).
La obediencia incondicional descansa sobre una convicción de que Dios es bueno y sabe bien lo que hace. Mientras haya en nosotros alguna duda al respecto, siempre nos sentiremos tentados a modificar en algo sus instrucciones para nuestras vidas. Lo que no poseemos, sin embargo, es la capacidad de anticiparnos a las consecuencias de ello. Cultivemos, entonces, la disciplina de la obediencia absoluta. Es el camino que eligió el Hijo, aun teniendo comunión perfecta con el Padre.

Para pensar:
«Jesús ha hablado; suya es la Palabra, nuestra la obediencia». D. Bonhoeffer.

Guardar la unidad ABRIL 25
Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados: con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, procurando mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Efesios 4.1–3

Con frecuencia escucho en ámbitos eclesiásticos frases tales como: «debemos procurar la unidad; hay que hacer actividades que fomenten la unidad; necesitamos acercarnos a otras congregaciones para cultivar la unidad…». Tales expresiones delatan la convicción de que somos capaces de producir la unidad entre los hijos de Dios. El pasaje de hoy nos anima a guardar la unidad. No se puede guardar algo que no existe. De manera que nos exhorta a preservar algo que ya es parte de la realidad de la iglesia, no a buscar las formas de crear algo que aún no se ha establecido.
«¡Un momento!», me dice usted. «¿Cómo podemos hablar de la unidad de la iglesia, cuando existen tantas divisiones, discusiones y peleas entre los que son de la casa de Dios?»
Observe por un momento la exhortación sobre la cual estamos reflexionando. Incluye palabras tales como humildad, mansedumbre, soportarse y ser pacientes unos con otros. Estas no son frases que hablan de un trabajo de construcción, sino más bien actitudes necesarias para no ser responsables de quebrar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
El hecho es que la unidad no es algo natural en nosotros, sino algo sobrenatural. Por esta razón, es del Espíritu. No podemos producirla, ni fomentarla. Solamente podemos disfrutarla como una manifestación de la presencia de Dios entre nosotros. Podemos ser uno, porque el Padre, el Hijo y el Espíritu son una perfecta unidad. Al estar unidos a ellos, por medio del Hijo, la unidad se transmite a su pueblo.
¿Qué es lo que podemos hacer nosotros? Solamente quebrar la unidad. Esto lo hacemos con actitudes de soberbia, altivez, egoísmo e impaciencia. Por esto, el camino apropiado para restaurar la unidad no es el de los proyectos que la van a producir, sino el del arrepentimiento. La unidad se preservaría, de no ser por nuestras actitudes incorrectas. Para que pueda manifestarse en toda su plenitud, debemos hacer a un lado las tendencias individualistas que nos son naturales para dejar que ese espíritu de amor y mansedumbre que es propio del Señor comience a trabajar en nuestros corazones.
Cabe señalar que la unidad es una condición espiritual, no mental. Entre nosotros muchas veces se entiende a la unidad como «uniformidad»; es decir, que todos pensemos de la misma manera, y hagamos las mismas cosas. Con esto en mente, organizamos eventos masivos y animamos a la congregación a participar, para «mostrar la unidad de la iglesia». Esta es la unidad que quería imponer la iglesia de Jerusalén sobre Pablo y Bernabé: todos dedicados a una sola tarea. Este tipo de unidad no admite diferencias. Más la verdadera unidad del Espíritu permite que un Padre, un Hijo y un Espíritu convivan en perfecta armonía, aunque son enteramente diferentes el uno del otro.

Para pensar:
«La unidad en Cristo no es algo que debemos lograr, sino algo que debemos reconocer». A. W. Tozer.

Quebrantamiento espiritual ABRIL 26
Esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oir la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti, día y noche, por los hijos de Israel, tus siervos. Confieso los pecados que los hijos de Israel hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado. En extremo nos hemos corrompido contra ti y no hemos guardado los mandamientos, estatutos y preceptos que diste a Moisés, tu siervo. Nehemías 1.6–7

El clamor de Nehemías es uno de los mejores ejemplos que tenemos en las Escrituras de lo que es la oración. En ella encontramos expresados los grandes temas que son parte de una verdadera comprensión del mundo espiritual en la que nos movemos. Sirve como modelo para nuestras propias oraciones. No obstante, si bien podemos copiar e imitar diferentes aspectos de esta oración, la verdad es que vemos en ella el corazón de un hombre que había sido quebrantado por el Espíritu de Dios, y esto no puede ser copiado.
Quisiera concentrarme en un aspecto de este quebrantamiento espiritual; tiene que ver con la confesión de pecados que hace Nehemías. Es común entre nosotros escuchar fogosas denuncias de los pecados que han cometido otros, o de los pecados que son parte de la iglesia en general. Estas denuncias van acompañadas de cierto tono de superioridad, pues los que las realizan se sienten libres de estos mismos pecados.
Este tipo de denuncia no viene del Espíritu. Cuando una persona realmente ha sido quebrantada por Dios, no habla del pecado de «ellos», sino del pecado de «nosotros». Nehemías no había vivido durante la época de extrema dureza espiritual que eventualmente produjo la invasión de Israel y el exilio de sus habitantes. Sin embargo, Nehemías ora por el pecado que «yo y la casa de mi padre» hemos cometido contra ti. El copero del rey había reconocido que la misma semilla de rebeldía y dureza de corazón que había existido en la vida de sus antepasados también se encontraba en su propio corazón.
Esta percepción espiritual del pecado es también la que tuvo Isaías cuando vio al Señor sentado en su santo templo. No exclamó: «Ay de mí, porque habito en medio de un pueblo inmundo!» Más bien exclamó: «¡Ay de mí…! siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de un pueblo que tiene labios inmundos» (Is 6.5). La magnífica revelación de la grandeza y santidad de Dios le permitió ver que el pecado había contaminado por completo no solamente la vida de los demás, sino también la suya.
Cómo líder usted debe saber que las airadas denuncias de pecado en los demás rara vez producen cambios. Al contrario, los que las escuchan se sienten agredidos y condenados. Cuando estas mismas personas ven, sin embargo, que usted está quebrantado por el pecado en su propia vida primeramente, se sentirán también impulsados a buscar la purificación de parte de Dios. Y este tipo de quebranto es producto de estar en la presencia de Aquel que es luz y santidad.

Para pensar:
¿Cómo reacciona frente al pecado de los demás? ¿Qué revela esto acerca de la clase de persona que usted es? ¿Cuánto tiempo le dedica a la confesión de sus propios pecados?

Honrar a la novia ABRIL 27
Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviera mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa y sin mancha. Efesios 5.25–27

¡Qué tiempo tan especial es la etapa del noviazgo en la vida de una persona! Los días no alcanzan para descubrir las profundidades de los maravillosos atributos que cada uno posee. Cada uno está deslumbrado por la perfección de la personalidad del otro. No importa cuánto tiempo están juntos, ¡no descubren en el otro defecto alguno!
Claro, los que estamos fuera de esta relación somos conscientes de las imperfecciones que tienen los integrantes de la pareja. A veces, sufrimos por causa de las obvias incompatibilidades que vemos en ellos, porque sabemos que con el pasar del tiempo se convertirán en verdaderos escollos para el matrimonio y podemos anticiparnos a ciertos tipos de fricciones que esta pareja tendrá en el futuro.
¿Ha intentado alguna vez señalarle estas imperfecciones a una pareja de novios? ¿Cómo le fue? Sintió que se había metido en la boca de un lobo ¿no es cierto? La verdad es que si existe alguna persona que no está dispuesta a escuchar comentarios adversos con respecto a su pareja, es aquella que está profundamente enamorada. En ocasiones, el enamoramiento produce una ceguera que nos desespera. Así es el amor de Cristo por la iglesia.
Cuántos comentarios escuchamos acerca de la liviandad de la iglesia, de su poca espiritualidad, de la falta de compromiso hacia su Señor. Donde quiera que vayamos, nos encontraremos con personas que, indignadas, denuncian las obvias imperfecciones que tiene la iglesia. Desilusionados, deciden dejar de congregarse porque los hermanos son una verdadera piedra de tropiezo para sus vidas.
¡Tienen razón! La iglesia es todo esto, y mucho más. Si usted está sirviendo a los santos en algún ministerio dentro del cuerpo, muchas veces habrá sentido profunda desesperación por la falta de espiritualidad de ellos. Es posible que más de alguna vez usted mismo haya denunciado la falta de compromiso en el pueblo de Dios. ¡Hasta le puede haber parecido que todo es inútil! La iglesia nunca va a ser diferente a lo que es. Yo sé que más de una vez he luchado con estos sentimientos.
En medio de esa desilusión, Cristo nos habla, y nos dice: «¡Un momento! Estás hablando de mi novia». Nuestra indignación es tan intensa que insistimos con nuestras denuncias. Y él, de vuelta, nos dice: «Tienes razón, pero ¡yo la amo!
Si lo escuchamos, habremos percibido uno de los grandes misterios del reino: el amor de Dios por su pueblo, por nosotros. No tiene lógica; no tiene explicación; se resiste al análisis. Nos basta con exclamar: ¡Bendito amor celestial, que no se da por vencido a pesar de lo que somos!

Para pensar:
¿Está un poco cansado de la iglesia? ¿Le pesa servir a la novia de Cristo? ¿Porqué no se toma un momento para que el novio le hable de lo mucho que él ama a esta iglesia? Renueve su amor por la novia, pasando tiempo con el novio. Seguramente el novio le dirá: «¡Si me amas a mí, deberás amar también a mi novia!»

Atrapado sin salida ABRIL 28
Al oir la mujer de Urías que su marido Urías había muerto, hizo duelo por él. Pasado el luto, envió David por ella, la trajo a su casa y la hizo su mujer; ella le dio a luz un hijo. Pero esto que David había hecho fue desagradable ante los ojos de Jehová. 2 Samuel 11.26–27

David se había acostado con la mujer de su prójimo y, como suele ocurrir en estas situaciones, ella quedó embarazada. El capítulo entero relata los desesperados intentos del rey por esconder el pecado que había cometido. Al enterarse que Betsabé estaba encinta, debe haber pasado horas -quizás días- agonizando acerca de cómo deshacer lo que había hecho. Primeramente optó por lo más fácil: traer del frente de batalla a Urías, con la esperanza de que este se acostara con su esposa. ¿Cómo podía fallar un plan tan sencillo y apetitoso para este varón que había estado mucho tiempo alejado de casa? David, sin embargo, no tomó en cuenta el sentido de deber que tenía Urías, quien rehusó bajar a su casa mientras el ejército estaba de campaña.
Exasperado, extendió los días del retiro para el oficial y le invitó a un banquete donde le dio abundante bebida. ¡Seguramente que en estado de ebriedad no se aferraría a sus convicciones! Mas Urías permaneció firme en su postura.
No hay duda de que el rey desesperaba, porque en cualquier momento se podía descubrir la condición de la esposa de Urías. La desesperación eventualmente llevó a David a contemplar lo impensable: darle muerte al joven oficial. Lo planificó con cuidado y dio las órdenes necesarias.
Las siguientes semanas deben haber llevado la agonía interior de David a niveles intolerables. Betsabé avanzaba en su condición de mujer embarazada y no llegaban noticias de la muerte de Urías. Finalmente, sin embargo, le confirmaron de que su despreciable plan había dado resultado: el hombre de honor, que había honrado a sus compañeros y a su rey, estaba muerto. Rápidamente la pareja cumplió con las formalidades del caso, y luego completaron lo que habían comenzado meses atrás: se convirtieron en marido y mujer.
Si usted ha podido sentir el agobio de David, producto de las interminables intrigas del caso, no le costará imaginarse el alivio que ahora experimentaba. ¡Finalmente había podido resolver la situación!
Es al final de esta historia que nos encontramos con esta frase: «Pero esto que David había hecho fue desagradable ante los ojos de Jehová». ¡Qué necia que es nuestra perspectiva de las cosas! ¡Cuán limitado es nuestro entendimiento de las verdaderas dimensiones del pecado! Vemos solamente lo que está relacionado con este mundo y ponemos todo nuestro empeño en acomodar lo visible. Buscamos, por medio de argumentos, razonamientos complicados y explicaciones interminables convencer a los demás que nuestro pecado en realidad nunca ocurrió. No percibimos que las consecuencias más graves, no son las terrenales, sino las espirituales. Cuántas dificultades nos evitaríamos si pudiéramos percibir lo que significa nuestro pecado para el Señor. David había acomodado sus circunstancias. Obtuvo paz por unos días, pero su calvario recién comenzaba.

Para pensar:
Pecar es grave. Pero aún más grave es querer encubrir lo que hemos hecho. Dios es un espectador permanente de nuestros actos. Lo ve todo. Escojamos el camino corto y más fácil: confesemos rápidamente nuestro pecado y disfrutemos de su perdón.

La elocuencia de la cruz ABRIL 29
No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo. 1 Corintios 1.17

Cuando yo era seminarista, una de las materias que tuve que cursar fue homilética, o el «arte de predicar». Es indudable que pasar tiempo con un profesor ya experimentado en la proclamación de la Palabra fue de mucho beneficio. Me ayudó a ganar confianza, a identificar errores y hábitos que entorpecían la comunicación, como también a incorporar técnicas que hicieran más eficiente y atractiva la tarea de predicar.
Junto a estos beneficios, sin embargo, llegó también la inevitable tendencia a prestarle más atención que la necesaria a la elocuencia de la retórica. El énfasis en la importancia de la preparación cuidadosa del mensaje muchas veces pasaba por una meticulosa observación de los detalles: las ilustraciones, los puntos del bosquejo, la motivación, el tono de voz, los silencios, la lógica del argumento, etcétera. Sin darme cuenta, los detalles pasaron a dominar todo.
El testimonio concreto de que había errado el camino no tardó en mostrarse. Habiendo completado la materia, ya no podía escuchar la predicación de la Palabra sin hacer una evaluación crítica del «estilo» del predicador. ¿Usó suficientes ilustraciones? ¿Fueron claros los puntos de su presentación? ¿Los versículos que citó apoyaban su argumento? ¿Realizó la conclusión en forma esmerada y apelativa? Todas estas preguntas -y muchas otras- me habían robado la sencillez de recibir con mansedumbre la Palabra de Dios. Ya no era un discípulo deseoso de ser ministrado por las Escrituras, sino un ¡técnico analista en comunicación!
Tristemente, después de más de veinte años de predicación, noto que algunos predicadores nunca superan esta etapa. Han dedicado un tiempo desmedido a pulir estos aspectos secundarios en su oratoria. El afán por cultivar la elocuencia delata, sin que se den cuenta, un secreto en sus vidas. El asombroso poder de Dios, demostrado en la muerte de Cristo, no está impactando sus vidas y produciendo en ellos esa maravillosa transformación que trasciende las palabras. La convicción de que la cruz de Cristo, de por sí, tiene poco atractivo se ve a cada instante en sus prédicas. Por esta razón es necesario «embellecerla» con una elocuencia elaboradamente compleja.
Si usted está en el ministerio de la proclamación de la Palabra, ¡no deje que su elocuencia se le vaya a la cabeza! El apóstol Pablo descartaba este estilo por causa de su inmensa reverencia hacia la cruz de Cristo. En la versión Dios habla hoy, el versículo de hoy está traducido: «Pues Cristo no me mandó a bautizar, sino a anunciar el evangelio, y no con alardes de sabiduría y retórica, para no quitarle valor a la muerte de Cristo en la cruz». Como predicadores, debemos pulir el don que Dios nos ha dado. Pero no nos confundamos: ¡No es nuestra «técnica» la que toca los corazones! Es el poder de la cruz. Evitemos, entonces, quitarle brillo, esforzándonos por mantener en nuestras predicaciones un estilo sencillo y sin demasiados adornos.

Para pensar:
«Pues el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder» (1 Co 4.20). ¡Qué maravillosa verdad para recordar cada vez que nos acercamos al púlpito!

Desacuerdos ministeriales ABRIL 30
Hubo tal desacuerdo entre ambos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre, y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor. Hechos 15.39–40

¿Cómo podemos explicar esto? Si somos sinceros, la aparente violencia de este incidente nos golpea duro. No podemos reconciliarlo con la imagen que tenemos de estos dos siervos de Dios. Permítame compartir con usted algunos pensamientos al respecto.
En primer lugar, los que estamos trabajando en equipo con otros, debemos tener presente que donde hay un grupo de personas trabajando en un mismo proyecto, van a surgir diferencias. A veces los integrantes del equipo se desaniman por esto. Un buen equipo, sin embargo, no es aquel en el cual todos ven las cosas de la misma manera. Cuando es así, lo más probable es que el líder se ha rodeado de gente que simplemente aprueba sus propios proyectos. Las diferencias de opinión son una de las preciosas manifestaciones de la diversidad que Dios ha puesto en el cuerpo (1 Co 12). El ministerio se enriquece cuando contempla la perspectiva y la contribución de personas que son enteramente diferentes entre ellas.
En segundo lugar, las diferencias se tienen que manejar espiritualmente. Lo que produce daño al cuerpo es que creamos que nuestras diferencias nos dan licencia para atacar al otro y perpetrar contra su persona toda clase de mal. Por más acertada que sea la perspectiva propia, Dios jamás nos da licencia para denigrar y humillar a nuestro prójimo, sea o no de la familia. «Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia y toda malicia. Antes sed bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Ef 4.31–32).
En tercer lugar, a veces la única alternativa es la separación. No cabe duda de que es una decisión radical para un problema serio. Deben agotarse todos los caminos y todos los medios para llegar a un acuerdo. No debemos cesar en nuestro intento de conciliar posiciones, vistiéndonos de la bondad de Cristo; él nos manda a que, «con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (Flp 2.3–4 - LBLA). Habiendo intentado todo esto, sin embargo, a veces la separación es el mejor camino a seguir. Pablo y Bernabé, dos gigantes espirituales, optaron por esta solución. Ambos continuaron con ministerios sumamente eficaces. ¿Siendo nosotros mucho menos que ellos, será realista en nosotros creer que el acuerdo siempre será posible?

Para pensar:
Note que el pasaje no dice que se dividieron; dice que se separaron. La división produce dos partes debilitadas. La separación produce dos partes capacitadas para seguir adelante. La diferencia la hace la actitud. Cuando los que se separan lo hacen con corazones llenos de amargura, rencor y bronca, puede estar seguro que fue una decisión enteramente carnal. En mi experiencia, el 95% de las separaciones no han sido tal cosa. Han sido divisiones.

MAYO

  1. Líderes con gracia
  2. Oraciones que no son
  3. El alma abatida
  4. Un testimonio incontrovertible
  5. Los secretos del Señor
  6. Ignorancia fatal
  7. Fuerza sobrenatural
  8. Creerle a él
  9. La restauración del caído
  10. ¡Maravilloso misterio!
  11. El conocimiento que vale
  12. Andar confiado
  13. Aprender de nuestros errores
  14. Cartas abiertas
  15. La medida de la fe
  16. La esencia de la fe
  17. Lo ordinario de la fe
  18. «Yo también soy hombre»
  19. La meta del ministerio
  20. Sabias advertencias
  21. Interpretaciones convenientes
  22. Lealtad
  23. Confianza peligrosa
  24. Todos por igual
  25. Riesgos del consejero
  26. Raíces de amargura
  27. Intimidades divinas
  28. Firmes en la fe
  29. Tiempo de retirarse
  30. Impartiendo dignidad
  31. Ojos espirituales

Líderes con gracia MAYO 1
Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. Hechos 6.8

Para describir a sus líderes, el pueblo puede referirse a diferentes aspectos de ellos. Pueden hablar de su sentido de responsabilidad y dedicación al ministerio. Quizás escojan hablar más de su inteligencia para resolver dificultades. Otros pueden alabar las virtudes del líder como predicador o maestro. Las cualidades y los elementos que distinguen la vida de los que sirven en la iglesia pueden ser muy variados. No es muy frecuente, sin embargo, escuchar a una congregación decir de su líder: «es una persona llena de gracia».
¿En qué pensaba el autor del libro de los Hechos cuando decía que Esteban era un hombre lleno de gracia? Seguramente estaba citando el testimonio que la iglesia misma había dado de este extraordinario diácono. ¿Y en qué cualidades pensaban ellos cuando decían que Esteban era un hombre lleno de gracia? Unos versículos más adelante, Lucas nos dice que los integrantes del Concilio, «al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel» (6.15).
Quizás esta frase nos ayude a descifrar lo que significa la expresión «lleno de gracia». Parece referirse a algo sobrenatural, algo no producido por los hombres, algo que tiene una cualidad celestial. A decir verdad, es precisamente por esto que se nos hace difícil entender lo que es estar lleno de gracia, porque es un concepto muy alejado de la realidad cotidiana del ser humano. En nuestro entorno prima la ley del esfuerzo. Nadie en este mundo llega a algo si no es por este camino. Y esto lleva implícito tener que competir con otros para dejarlos fuera de la carrera. Solamente los más disciplinados y decididos llegan a conquistar los lugares de mayor poder y prestigio.
La gracia se mueve en otra esfera completamente diferente. El entorno ideal para su manifestación es el de la debilidad, la fragilidad y la inseguridad. Lo vemos más frecuentemente entre aquellos que no inspiran naturalmente por sus cualidades luchadoras. La gracia se hace fuerte en situaciones donde los propios recursos se han agotado. Viene sobre nuestras vidas cuando reconocemos que el camino a recorrer es imposible de conquistar.
Cuando la iglesia describía a Esteban como un hombre lleno de gracia, por lo tanto, estaba describiendo a un líder que ministraba desde su debilidad, no desde sus fuerzas. Era una persona que tenía profunda conciencia de su falta de capacidad para hacer lo que se le había encomendado hacer. Le faltaba eficiencia; carecía de elocuencia; quizás sus fuerzas físicas eran muy escasas. No sabemos con certeza dónde estaban sus debilidades. Lo que sí podemos afirmar es que la iglesia veía en él un hombre absolutamente dependiente de Dios en todo y para todo. En fin, era un hombre ¡lleno de gracia!

Para pensar:
¿Cómo lo describiría a usted la gente de su congregación? ¿Qué cualidades de su persona escogerían para resaltar? ¿Le perciben ellos como alguien que es absolutamente conciente de su falta de aptitud para hacer lo que se le ha mandado hacer? Qué maravilloso sería que pudieran decir de usted y de mí: son personas ¡llenas de gracia!

Oraciones que no son MAYO 2
El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmo de todo lo que gano. Lucas 18.11–12

Nuestra primera reacción a esta escena es fácilmente previsible. Sentimos inmediata indignación por la hipocresía del fariseo. ¿Cómo es posible que un hombre -nos preguntamos- sea tan ciego y orgulloso que se haya atrevido a elevar a Dios semejante monumento a la vanidad? Seguros de que nunca hemos elevado a los cielos una oración tan grosera como la del fariseo, desecharlo no exige de nosotros más que unos instantes de reflexión. Avanzamos en nuestra lectura y nos encontramos con el publicano. El contraste es demasiado marcado; la conclusión no es más que un trámite. ¿Quién de nosotros no sabe que la del publicano es la postura aceptable delante de Dios?
Un momento. ¡No avance usted tan rápido! Pasó por alto una frase que es profundamente inquietante; el evangelista dice que el líder religioso, poniéndose en pie, «oraba consigo mismo». La Nueva Versión Internacional traduce este versículo así: «El fariseo se puso a orar consigo mismo». Olvídese por un instante de lo obviamente egocéntrico que son las frases de este hombre, y medite en esta realidad: hay oraciones que no están dirigidas a Dios, sino a uno mismo. ¿No le hace temblar? Sabiendo que nuestro corazón nos engaña permanentemente, no podemos descartar con tanta facilidad que este no sea nuestro caso.
El ejercicio de la oración tiene una característica que la hace propensa a esta debilidad. Cuando oramos, nuestro diálogo con él no incluye la voz audible del Señor que nos corrige y encamina nuestras oraciones hacia cosas más espirituales. Solamente nosotros nos oímos. Por eso debemos prestar atención al susurro del Espíritu que le da testimonio a nuestro espíritu acerca de lo acertado o no de nuestra espiritualidad. No obstante, ¡qué fácil es errar el camino!
Esta cuestión no es de fácil resolución, de modo que hacemos bien al estar en permanente guardia contra este peligro. Permanecer conscientes de que muchas de nuestras oraciones pueden estar dirigidas más hacia nosotros mismos que a Dios, ya es un avance importante. Como mínimo, debemos proceder con mucha cautela.
Quisiera agregar dos observaciones más. En primer lugar, existe mucho peligro en el exceso de palabras. El autor de Eclesiastés nos recomienda: «Cuando vayas a la casa de Dios, guarda tu pie. Acércate más para oir que para ofrecer el sacrificio de los necios, quienes no saben que hacen mal. No te des prisa a abrir tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios, porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra. Sean, por tanto, pocas tus palabras» (5.1–2). Y en segundo lugar, es muy fácil que nuestras oraciones estén enteramente ocupadas con nosotros mismos: mis deseos, mis pedidos, mis necesidades, mis planes, mis confesiones. Cuando usted note que la palabra «yo» o la palabra «mi» abunda en sus palabras, comience a preocuparse.

Para pensar:
¿Alguna vez ha analizado sus oraciones? ¿Qué tan genuinas son? ¿Cuánta palabrería innecesaria las acompañan? ¿Dónde necesita hacer modificaciones para que no acabe «orando consigo mismo»?

El alma abatida MAYO 3
¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez por la salvación de su presencia. Salmos 42.5 (LBLA)

Este es un salmo escrito por un hombre envuelto en un profunda lucha personal. En el versículo 3, el salmista describe su condición: «Mis lágrimas han sido mi alimento de día y de noche». En el versículo 6, con una franqueza que nos asombra, confiesa: «Dios mío, mi alma está en mí deprimida» (LBLA).
Para muchos de nosotros, la depresión es inadmisible en quienes pertenecen al pueblo de Dios. ¿Cómo alguien que tiene acceso al poder ilimitado del Dios de los cielos y la tierra puede llegar a estar deprimido? Creyendo que esto es un pecado, nos esforzamos por mostrar esos valientes -pero huecos- despliegues de triunfalismo que pretenden convencer a los demás que estamos viviendo la victoria de Cristo cada día.
La verdad es que la vida con frecuencia nos lleva por caminos en los cuales experimentamos toda la gama de emociones y sentimientos que son propios de nuestra frágil humanidad. En la honesta confesión del salmista no encontramos otra cosa que la sincera expresión de sentimientos con los cuales todos hemos luchado en ocasiones. ¡Hasta el Hijo de Dios no se vio librado de ellos! Frente a la inminencia de la muerte, confesó a sus más íntimos: «Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte». (Mt 26.38 - LBLA).
El problema no está en experimentar estos sentimientos. Ellos son la reacción de nuestra alma a situaciones adversas y tristes; normales en cualquier persona. La complicación radica en la tendencia a dejar que nuestros sentimientos sean los que gobiernan nuestra vida. Es precisamente en esto que muchos cristianos caen. Ceden frente a los sentimientos de abatimiento, angustia, tristeza y desánimo y esto los lleva a abandonar la oración, la congregación y su devoción a Dios. Esto, a su vez, produce aún mayor depresión.
Nuestros sentimientos son inestables, cambiantes y poco confiables. Piense en todas las cosas que tenemos que hacer cada día, y no podemos depender de lo que sentimos. Sólo salir de la cama cada mañana implica, para algunos, ¡librar batalla con las emociones! No obstante, hacemos caso omiso del revoltijo interior y sacamos el pie de la cama.
El salmista reconocía el peligro de permitir que sus sentimientos comenzaran a dirigir su vida, y él mismo confrontaba con disciplina a su corazón: «¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?» Luego, con tono firme, le dio una orden: «Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez por la salvación de su presencia». Esto es imponer los principios eternos de la Palabra sobre los sentimientos pasajeros del momento. Muchas veces, como líder, usted tendrá que dar este ejemplo de disciplina a los suyos.

Para pensar:
¿Cuáles son los sentimientos con los que lucha con más frecuencia? ¿A qué comportamientos lo invitan estos sentimientos? ¿Qué necesita hacer para que sus sentimientos no gobiernen su vida? ¿Cómo puede vivir una vida de mayor estabilidad emocional?

Un testimonio incontrovertible MAYO 4
Cuando terminó de hablar, se arrodilló y oró con todos ellos. Y comenzaron a llorar desconsoladamente, y abrazando a Pablo, lo besaban, afligidos especialmente por la palabra que había dicho que ya no volverían a ver su rostro. Hechos 20.36–38 (LBLA)

Con frecuencia se alude al carácter fuerte de Pablo, a su corazón un tanto duro. Una ilustración típica de estas características, se nos dice, es el incidente con Juan Marcos (Hch 15). El apóstol opinaba que quien había desertado una vez del ministerio no debía seguirles acompañando en futuros viajes. Bernabé creía que se le debía dar una segunda oportunidad. La disputa entre los dos fue tan grande que no pudieron llegar a un acuerdo y tuvieron que separarse. No son pocos los comentaristas que opinan que el mayor causante de esta separación fue Pablo, principalmente por causa de su intolerancia.
No nos cabe duda que, con el pasar de los años, Dios va tratando la vida de un líder para quitar aquellas asperezas que causan dolor a los demás. Con seguridad el gran apóstol no quedó fuera de este trato del Alfarero Divino. En su segunda carta a los Corintios Pablo parece haber experimentado, entre otras cosas, latigazos, prisiones, azotes y un sinnúmero de padecimientos menores.
La verdadera naturaleza de un líder, sin embargo, la dan a conocer los que están más cerca de su persona. Son los que le han acompañado en medio de las dificultades, los que han conocido de cerca sus debilidades y que han gustado de la particular gracia que Dios ha derramado en su vida. Son las personas que lo han observado con mayor atención, que han compartido sus sueños, sus victorias y sus derrotas. Como tales, se encuentran bien autorizados a emitir un veredicto sobre su vida y ministerio.
La despedida de Pablo en Mileto nos ofrece el mejor comentario acerca de la clase de persona que él era, porque lo vemos rodeado de los que más cerca estuvieron de él. Lucas nos dice que ellos comenzaron a llorar desconsoladamente, afligidos porque Pablo les había dicho que no le iban a volver a ver. Tristemente, en más de una de nuestras congregaciones, la partida de su líder sería motivo de alivio. Pero esas personas que estaban con Pablo lo besaban y abrazaban, mientras derramaban abundantes lágrimas por la inminente partida del gran maestro y apóstol. Un observador no necesitaba interrogarles acerca de lo que sentían por él. Sus gestos y su comportamiento hablaban con singular elocuencia del lugar que se había ganado en sus corazones.
Quizás las personas no comenzarán a valorar totalmente todo lo que usted, como líder, ha hecho por ellos, sino hasta que usted ya no esté más en medio de ellos. Pero la forma en que lo despidan hablará más que mil palabras acerca del respeto y cariño que usted se ha ganado durante los años que los ha ministrado. En tiempos de crisis, el fallo de ellos será más revelador que en cualquier otro momento.

Para pensar:
¿Si tuviera que despedirse hoy de su gente, cómo recibirían ellos la noticia? ¿En qué cosas se basa para creer que lo despedirán de esta manera? ¿Cómo puede hacer una inversión más personal en la vida de los que están cerca suyo? ¿Qué necesita hacer para que sean conscientes de que los ama incondicionalmente?

Los secretos del Señor MAYO 5
Los secretos del Señor son para los que le temen y él les dará a conocer su pacto. Salmo 25.14 (LBLA)

Durante muchos años parte de mi actividad hizo que me moviera en los ambientes académicos de las instituciones teológicas de la iglesia. En ellas, gran parte del esfuerzo y tiempo de los que formaban esta comunidad se enfocaba en el estudio, el análisis y la observación de todos los aspectos imaginables de la vida espiritual. Hombres y mujeres de gran inteligencia disertaban acerca de cómo son las cosas relacionadas con Dios y su accionar entre los hombres. En pocas ocasiones, sin embargo, escuché a un profesor o un alumno admitir que había aspectos de la vida espiritual que francamente no entendían. ¿Y cómo iba a ser de otra forma? Se supone que estas instituciones existen para proveer respuestas a los alumnos.
Cuando nos referimos a la persona de Dios, sin embargo, no nos estamos acercando a una materia como cualquier otra. Él no puede ser analizado, desmenuzado y explicado en términos fácilmente comprensibles para el ser humano. Es un ser cuya esencia es enteramente diferente a la de cualquier otra cosa sobre la faz de la tierra. No se mueve con las leyes que gobiernan la creación, ni puede ser contenido en la abundancia de sabiduría que puedan acumular los hombres. En resumen, está más allá del alcance de la inteligencia de nuestra mente.
En la persona de Dios nos enfrentamos a una realidad diferente. Cuando nos acercamos a estudiarlo, dependemos absolutamente de un requisito: él debe darse a conocer, para no seguir siendo un misterio. De no hacerlo, no podremos descubrir nada por nuestra propia cuenta. El resultado normal del estudio de la persona de Dios debería ser, pues, que cuanto más le observamos y analizamos, más entendemos lo inescrutables que son sus caminos. La respuesta más apropiada sería postramos frente a su grandeza.
Note la ironía de la declaración del salmista: «Los secretos del Señor son para los que le temen». Justamente lo que faltaba en las aulas de muchas de estas instituciones era mayor temor de Jehová. Al contrario, entre muchos profesores y estudiantes ¡había una explicación para todo! El Señor revela sus secretos, sin embargo, justamente a aquellos que no tienen interés en conocerlos. Son las personas en cuyo corazón hay un fuerte sentir de que Dios es un misterio, y que deben acercarse a su persona con silencio y humildad. A ellos, el Señor les hace partícipes de un conocimiento que trasciende las dimensiones de lo académico.
¿Qué nos está diciendo el salmista? A Dios no se le conoce primordialmente por el estudio, sino por la experiencia de vivir en su presencia. Y esa experiencia le es concedida a aquellos cuya pasión no es el estudio de Dios, sino Dios mismo.

Para pensar:
¿Qué importancia le da usted a los estudios? ¿Si hiciera un análisis de su vida, cuánto tiempo pasa estudiando a Dios, y cuánto tiempo disfrutando a Dios? ¿Cómo puede cultivar mayor temor de Su persona?

Ignorancia fatal MAYO 6
Tú dices: Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad. Pero no sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo. Apocalipsis 3.17

En muchas ocasiones, estudiando este pasaje con mis alumnos, les he preguntado cuál creen ellos que era el problema en la iglesia de Laodicea. He recibido una diversidad de respuestas que intentan explicar dónde estaba el error de esta congregación. Algunos piensan que la iglesia sufría de una falta de compromiso. Otros opinan que su problema principal era el orgullo. Aun otros más son de la idea de que la congregación era muy individualista.
Todas estas condiciones pueden ofrecer una posible explicación a la fuerte condena que recibió de parte del Señor. Seguramente muchos otros problemas espirituales eran parte de la realidad de esta congregación. Ninguno de estos, sin embargo, son la cuestión fundamental que afectaba a la congregación. La clave está en el versículo sobre el cual hoy reflexionamos, y se encuentra en la frase «no sabes».
La verdad es que muchos elementos pueden condicionar nuestro crecimiento espiritual. Cuales quiera que sean, no obstante, el verdadero obstáculo para nosotros se encuentra en no poderlos discernir. ¿Cómo se puede tratar una enfermedad si uno no está enterado de su existencia? ¿Cómo se puede remediar un problema si uno no tiene conciencia de que ha surgido? La verdadera dimensión de la dificultad que enfrentaba la iglesia de Laodicea estaba en el desconocimiento de que existía una situación que necesitaba ser remediada.
Esta pequeña pero importantísima diferencia es crucial para nosotros. El problema es que ningún ser humano está en condiciones para realizar un diagnóstico acertado de su propia condición espiritual. «¿Quién puede decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?», pregunta el autor de Proverbios (20.9). La respuesta está implícita en la misma pregunta: Nadie puede afirmar que ha limpiado su propio corazón. Esta es tarea para el Espíritu de Dios, quien escudriña y examina todas las cosas a la luz de los principios eternos de la verdad. Antes de que podamos tratar un problema en nuestras vidas, entonces, ¡es necesario que nos enteremos de la existencia de ese problema!
Como líder, es importante que usted se tome tiempo regularmente para que el Señor pueda examinar su vida y su ministerio. Solamente el veredicto de Dios acerca de su verdadera condición espiritual importa. Para eso, es necesario que usted venga ante su presencia despojándose de todo preconcepto, para hacer silencio y permitir que él le diga qué es lo que discierne. No solamente tiene que estar dispuesto a callar, sino también a que él le sorprenda con lo que revela. Note la dramática diferencia entre la evaluación de la iglesia de Laodicea y la de Cristo. Ellos decían que eran ricos. ¡Cristo decía que eran pobres, ciegos y que estaban desnudos! Es posible que esta misma diferencia abrumadora exista en nuestras propias vidas. Solamente él podrá revelarlo.

Para pensar:
¿Qué herramientas usa para evaluar su propia condición espiritual? ¿Cómo sabe que estas herramientas son eficaces para esta tarea? ¿Qué lugar tiene el Espíritu de Dios en este proceso?

Fuerza sobrenatural MAYO 7
Y Sansón descendió a Timnat con su padre y con su madre, y llegó hasta los viñedos de Timnat; y he aquí, un león joven venía rugiendo hacia él. Y el Espíritu del Señor vino sobre él con gran poder, y lo despedazó como se despedaza un cabrito, aunque no tenía nada en su mano; pero no contó a su padre ni a su madre lo que había hecho. Jueces 14.5–6 (LBLA)

¿Alguna vez ha visto una de esas superproducciones de Hollywood acerca de la vida de Sansón? En las películas que yo he visto, Sansón siempre es un coloso humano, con una estatura imponente y fornidos brazos y piernas cuyos abultados músculos le permitirían presentarse sin problemas en cualquier competencia de físicoculturismo. ¡Su mera presencia infunde asombro y temor! Lo mismo vemos en las Biblias ilustradas. Todas las que yo he visto ilustran a Sansón como un imponente gigante que inspira terror en los filisteos que le ven.
Observe el versículo que hoy nos interesa. Sansón iba a Timnat para tomar una mujer de entre los filisteos. En el camino un joven león lo comenzó a perseguir. Entonces, nos dice el texto bíblico, «el Espíritu del Señor vino sobre él con gran poder»; el resultado fue que Sansón tomó al animal y lo despedazó usando solamente las manos. La implicación del versículo es clara: Sansón no despedazó al animal por la brutal fuerza que poseía, sino porque el Espíritu de Dios vino sobre él con gran poder. La potencia no era de Sansón, sino del Espíritu.
Si la cosa realmente era así, entonces Sansón bien podría haber sido una persona cuyo aspecto pasara totalmente desapercibido. Sus medidas no serían diferentes a las de cualquier otro ser humano, ni su musculatura superior a la de sus compañeros, pues su fuerza no venía de él, sino del Espíritu.
La manera en que lo imaginamos al juez de Israel, sin embargo, muestra lo difícil que es para nosotros aceptar que una obra sea completamente del Señor. En nuestras mentes, normalmente, el Señor bendice condiciones que ya existen en nosotros. De esta manera, el 70% del mérito es nuestro y el 30% restante lo pone el Señor.
¿Cuántas veces en la iglesia escogemos a personas por sus talentos naturales, y pedimos al Señor que bendiga aquello que ya existe en ellos? En el reino, sin embargo, opera otro principio completamente diferente. Dios escoge lo necio del mundo «para avergonzar a los sabios; y escogió Dios lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte» (1 Co 1.27). ¿No ha sido siempre así? Escogió a dos ancianos estériles para ser padres de una nación, a un esclavo para ser primer ministro del pueblo más poderoso de la tierra, a un tartamudo para representar a Israel en las negociaciones con el faraón y a unos ignorantes pescadores para ser los apóstoles de la futura iglesia. Cómo líderes, lo mejor que nos puede pasar es que nos sintamos incapaces de la tarea que tenemos por delante. ¡Solamente esto nos conducirá a una dependencia absoluta del Señor!

Para pensar:
¿Con cuánta frecuencia se siente con poca capacidad para hacer lo que tiene que hacer? ¿Qué revela esto acerca del estilo ministerial que tiene? ¿Cómo puede combatir la excesiva confianza en sí mismo?

Creerle a él MAYO 8
Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida. Así como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré… ¿No te lo he ordenado yo? ¡Sé fuerte y valiente! No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas. Josué 1.5, 9 (LBLA)

Permítame hacerle una pregunta. ¿Usted apostaría su futuro en base a una promesa? Había llegado el momento en que Josué debía asumir la responsabilidad por la conducción del pueblo de Israel. Reemplazaba, nada más ni nada menos, que al gran profeta Moisés. Le esperaba un difícil camino por delante, y Josué seguramente no se hacía ilusiones acerca de esto. Cuando Dios le decía que había estado con Moisés, se le vendrían a la mente las incontables veces que habían visto la poderosa mano de Jehová obrando a su favor. Pero no cabe duda que también tendría presente la multitud de obstáculos, dificultades y contratiempos que los acompañó durante cuarenta años en el desierto. Para animarle el corazón, el Señor le da una promesa: «el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas».
Una promesa posee extraordinarios poderes para motivar, porque pone delante de nosotros una esperanza que nos anima el corazón y alimenta nuestra imaginación acerca de cosas futuras. Cuando la recibimos tendemos a atesorarla en nuestro interior creyendo, contra viento y marea, en el cumplimiento de aquello que se ha anunciado por adelantado. Una promesa, sin embargo, no tiene poder alguno al menos que escojamos creerla.
Tristemente, para muchos la vida es una suma de promesas no cumplidas. En algunos casos esto comenzó ya de muy pequeños, con palabras que los propios padres nunca cumplieron. Más adelante, se sumaron parientes, amigos y personas cercanas a nuestro entorno que agregaron su propia cuota de compromisos no honrados. Ya de adultos, experimentamos el aluvión de votos que vienen de empresas de servicio, políticos y gobernantes, que pretenden convencernos que viven solamente para atender nuestras necesidades. Inevitablemente viene, con el pasar de los años, cierto escepticismo de quienes han escuchado, en muchas oportunidades, promesas que no son más que palabras huecas.
¡He aquí nuestro dilema! La vida espiritual que Dios nos propone requiere, como elemento indispensable para su desarrollo, que creamos las promesas que él nos da. El apóstol Pedro declara que Dios «nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas lleguéis a ser participantes de la naturaleza divina» (2 P 1.3–4). De modo que la promesa es una parte esencial del plan de Dios.
Precisamente por esta razón el Señor le dice a Josué: «¡Se fuerte y valiente! No temas ni te acobardes…» Frente a circunstancias particularmente difíciles en la vida, es fácil creer que hemos sido olvidados. Si le sumamos nuestras reiteradas desilusiones ¿cómo no hemos de vivir atemorizados? El temor, no obstante, nos paraliza. No permite que cultivemos esa convicción atrevida que es una característica esencial de los que eligen creer las declaraciones de Dios. Y si no le creemos, sus promesas no tienen eficacia en nuestras vidas.

Para pensar:
Nuestro desafío es ser valientes para no creer las mentiras que indudablemente aparecen en tiempos de crisis. Para triunfar debemos escoger la confiabilidad de los votos que Dios ha hecho a nuestro favor; y él, a su vez, ¡los respaldará!

La restauración del caído MAYO 9
Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Gálatas 6.1 (LBLA)

La restauración de los que han caído por el camino es una de las responsabilidades importantes de los que son parte del cuerpo de Cristo. El pecado es parte de la realidad de la vida cristiana y constantemente produce estragos en la familia de Dios. De manera que hacemos bien en prestar particular atención a las instrucciones que da la Palabra sobre el tema, para que nuestra tarea de restaurar sea correcta.
En primer lugar, debemos entender que hay dos tipos de pecado. Uno es el resultado de una actitud de obstinación y rebeldía que actúa sabiendo que está haciendo lo malo. Se rehúsa a escuchar consejo y persiste en lo incorrecto. Una segunda categoría, sin embargo -la que el apóstol Pablo tiene en mente en este pasaje- es aquel pecado que se produce en forma sorpresiva, sin premeditación. La palabra que usa indica una persona que repentinamente es sobrepasada por un pecado. Ninguna de las dos formas de pecado son excusables, pero hay una diferencia importante en la actitud que debe ser tomada en cuenta a la hora de la restauración. En nuestra perspectiva simplista, tendemos a considerar todo pecado como el resultado de una acto de obstinada rebeldía.
En segundo lugar, la tarea del líder es restaurar. La palabra «restaurar» significa devolverle a algo su estado original, su funcionalidad, repararlo. No ignoramos que muchas veces la llamada «restauración» de una persona en la iglesia ha sido exactamente lo opuesto de esto. En lugar de llevarla otra vez a un estado saludable, la persona ha sido hundida en un pozo de condenación, del cual algunos difícilmente se han recuperado. Dios, sin embargo, llama a sus siervos a trabajar en la reparación de vidas. Aun en el caso extremo de entregar a alguien a Satanás, Pablo menciona que su objetivo fue que esta persona salvara el alma en el día del juicio (1 Co 5.5).
En tercer lugar, la restauración debe llevarse a cabo en un espíritu de mansedumbre. Quiere decir que toda forma de agresión, violencia e ira deben estar ausentes en la persona que realiza la restauración. Esto es precisamente porque estas actitudes son las que más entorpecen el proceso de reparación. Por el mismo engaño del pecado, el que debe ser restaurado va a ofrecer cierta resistencia. Si queremos evitar, sin embargo, que esa resistencia se convierta en rebeldía, nuestra actitud debe ser de ternura y mansedumbre. Esto se puede lograr sin dejar de lado la firmeza necesaria para la confrontación.
Lo que más nos va ayudar en todo este proceso es mirar nuestras propias vidas. Nada nos hace tan implacables y duros como la soberbia que viene de creer que nosotros nunca hubiéramos caído como cayó nuestro hermano. Recordar que nosotros estamos sujetos a las mismas debilidades nos ayudará a proceder con mucha misericordia y dará lugar a que la gracia de Dios actúe profundamente en la vida del caído.

Para pensar:
«La doctrina de la gracia humilla al hombre sin degradarlo, y lo exalta sin inflarlo». Carlos Hodge.

¡Maravilloso misterio! MAYO 10
Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?» Salmos 8.3–4

Cuando yo era joven tuve la oportunidad de embarcarme en un buque que zarpó hacia mar abierto, donde pasamos más de cinco meses. Antes de la partida, participamos de una alocada carrera por abastecer el navío de todo lo que haría falta para las semanas que pasaríamos en alta mar. Decenas de camiones se alineaban a nuestro costado para que transfiriéramos su cargamento a nuestras bodegas. Anclados en puerto, el barco se veía imponente en comparación a los pequeños camiones y las grúas que operaban día y noche en preparación para su partida. Yo era nuevo en la marina y me impresionaba lo sofisticado del buque, con su instrumental de navegación, sus interminables pasillos y los cientos de tubos, cables y conductos que recorrían su interior.
Finalmente llegó el día de la partida. Lentamente la costa comenzó a alejarse y, al cabo de unas horas, estábamos completamente rodeados de agua. De horizonte a horizonte, el mar se extendía, interminable e indomable. No tardé en sentir lo que siente todo marino: que uno es, en realidad, muy pequeño. Nuestro buque, que junto al muelle se había visto tan imponente, no era más que un pequeño objeto en un gigantesco océano. Creo que en ese momento entendí lo que el salmista expresa en los versículos que hoy nos interesan.
Al levantar los ojos a los cielos, David experimentó esa misma sensación de pequeñez frente a la inmensidad de la creación de Dios. Sintiéndose abrumado por su propia insignificancia, no pudo evitar preguntarle al Señor: «Si tu eres tan grande, y lo que has hecho es tan vasto y majestuoso, ¿cómo es que te fijas en nosotros, que somos tan pequeños e insignificantes?»
¿Quién puede, en realidad, entender semejante misterio? El Dios que creó los cielos y la tierra, que ordenó al ejército de las estrellas y que conoce los secretos más intrínsecos del mundo a nuestro alrededor, ha elegido tener comunión con nosotros, ¡que no somos más que una gota en el universo!
En este tiempo, en el cual el hombre experimenta con la clonación y parece que son ilimitados los avances tecnológicos, qué bueno sería que pudiéramos recuperar este sentido de pequeñez. Cuando lo perdemos, dejamos de maravillarnos por el eterno misterio de Dios, que ha escogido acercarse a nosotros ¡para interesarse en nuestras vidas! No solamente se pierde ese sentido de maravilla, sino que también comenzamos a inflarnos con un exagerado sentido de nuestra propia importancia. Creemos que las cosas pasan porque estamos involucrados en ellas. Estimamos como indispensable nuestra contribución para el buen funcionamiento de todo lo que nos rodea. Nuestra propia importancia hace menguar nuestro sentido de necesidad. Y si no lo necesitamos, ¿qué esperanza hay para nosotros?

Para pensar:
¿Por qué no se toma un momento para meditar en la grandeza de Dios? Permítale al Espíritu que produzca en usted otra vez ese asombro santo que le llevará a exclamar: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?» ¡Las cosas tienen otro color cuando las contemplamos en su correcta dimensión!

El conocimiento que vale MAYO 11
Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia. 2 Pedro 1.3 (LBLA)

En un intento por traducir con mayor fidelidad la palabra «conocimiento», la versión de La Biblia de las Américas incorpora a este versículo la frase «verdadero conocimiento». De verdad que es una buena alternativa porque hay conocimientos que sólo son apariencia.
En el griego existen dos palabras distintas para el término castellano «conocimiento». La primera es la palabra gnosis. Esta palabra indica una erudición que es producto del estudio. Típicamente se la relaciona con el fruto del proceso académico que ocurre por medio de un minucioso análisis de todos los aspectos relacionados con determinada materia, a fin de llegar a un conocimiento acabado de un tema. De esta manera, la persona que ha cumplido con el proceso podría ser considerada como experta en la materia.
La otra palabra es epiglotis, también, en la mayoría de las versiones de la Biblia es traducida por «conocimiento». En el idioma original, sin embargo, la diferencia entre una palabra y la otra es muy marcada. El segundo tipo de conocimiento no es el fruto del estudio, sino de la observación. Es la clase de conocimiento que podría tener un esposo de su esposa. Nadie le ha enseñado al varón que a su esposa le gustan dos cucharadas de azúcar en el té, ni que le encanta que le regalen flores. Lo ha aprendido, más bien, porque ha convivido con ella durante muchos años. En la cercanía a su persona ha adquirido un cúmulo de conocimiento sobre ella que otras personas no poseen.
Este tipo de conocimiento que menciona el apóstol Pedro, es el eje central de la vida espiritual a la cual hemos sido llamados. No es el conocimiento de Dios adquirido como resultado de lo que hemos leído, ni lo que otros nos han contado, ni tampoco de lo que hemos podido estudiar nosotros mismos. Es, más bien, el conocimiento que hemos obtenido como fruto de haber pasado mucho tiempo con él. Podemos hablar con cierta confianza acerca de su persona, porque hemos cultivado la clase de intimidad que es común entre dos seres que se aman.
Este tipo de conocimiento, nos dice el apóstol, es la llave de la vida espiritual. Propicia nuestra confianza plena en Aquel que nos ha llamado, porque sabemos por experiencia personal que no nos fallará, aun en las peores tormentas. Permite que le busquemos cuando necesitamos de su gracia, porque tenemos certeza de no volver con las manos vacías.

Para pensar:
El apóstol Pablo, autor de las más profundas doctrinas del Nuevo Testamento, eximio conocedor de la Palabra, consideraba que aún tenía mucho por recorrer en su conocimiento de la persona de Dios. Poco antes de morir, declaró: «Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por amor a él lo he perdido todo y lo tengo por basura, para ganar a Cristo…» a fin de conocerlo (Flp 3.7–10).

Andar confiado MAYO 12
El que camina en integridad anda confiado,pero el que pervierte sus caminos sufrirá quebranto. Proverbios 10.9

La integridad es una de las posesiones más preciadas que puede tener un líder. Probablemente sea el factor que más dramáticamente afecta la confianza que los seguidores tienen en el ministerio del líder. Cuando se pierde la integridad, es muy difícil volver a construirla, porque el daño que le hace a la credibilidad del ministro es profundo. En algunas ocasiones, irreparable.
El diccionario define la integridad de la siguiente manera: «Un fuerte compromiso con principios morales; la condición de estar sin corrupción ni mancha; honestidad, entereza, sinceridad».
Cuando el diccionario se refiere al estado de corrupción, no se está refiriendo tanto a pecados puntuales, sino más bien a una falta de consistencia entre los principios y el comportamiento del líder. Esto se manifiesta con mayor frecuencia en una contradicción entre lo que predica o enseña y lo que practica y vive a diario. Proclama el amor, pero es duro e insensible con su familia. Exhorta a la obediencia, pero vive en desobediencia a las leyes de su país. Pregona la honestidad, pero es poco transparente en el manejo de las finanzas. Este doble mensaje daña la autoridad del líder. Un autor que escribe sobre el tema no duda en afirmar: «la prueba final sobre la cual descansa la credibilidad de cualquier líder es si hace lo que dice».
La integridad es difícil de encontrar en cualquier esfera de la vida, pero es particularmente escasa entre los que vivimos y ministramos en Latinoamérica. De alguna manera la iglesia ha divorciado su doctrina de la realidad que se vive a diario en la vida espiritual. Encontramos que los miembros de nuestra congregación son de una manera en las reuniones y de otra completamente diferente durante la semana. Su testimonio en el trabajo y con sus vecinos no solamente es pobre, sino que en muchos casos constituye una verdadera piedra de tropiezo para que otros lleguen al conocimiento de la verdad.
No podemos, como líderes, desentendernos de esta triste realidad. En más de una situación, nuestra gente no ha hecho más que imitar lo que ven en nosotros, porque nuestro ejemplo habla más fuerte que nuestras palabras.
El pasaje de hoy describe la confianza que se tiene el hombre íntegro. Se topará con problemas, dificultades y contratiempos. No obstante, su compromiso de vivir una vida sin dobles mensajes le proveerá de una convicción y una seguridad que será de gran inspiración a los que están a su alrededor. Sabe que las verdaderas batallas en la vida no son las que nos presentan las circunstancias, sino aquellas que libramos día a día con las perversidades de nuestro propio corazón. Confiado en que cultiva a diario este aspecto de su vida, no le teme a las complicaciones que le puede presentar la vida. Hay una rigidez moral en su espíritu que le permite caminar con la frente erguida en cualquier situación.

Para pensar:
El gran comentarista Matthew Henry observó: «Los buenos principios fijados en la cabeza producirán buenas decisiones en el corazón y buenos comportamientos en la vida».

Aprender de nuestros errores MAYO 13
Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Pedro le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Apacienta mis corderos. Juan 21.15 (LBLA)

La mayoría de las traducciones de este versículo no captan una diferencia clave en las palabras que intercambiaron el Señor y Pedro, y por eso he optado usar la versión de La Biblia de las Américas en el texto de hoy.
Cuando Cristo le preguntó a Pedro si lo amaba escogió la palabra griega ágape. De las tres palabras para amor en ese idioma, esta es la más sublime. Personifica el amor expresado por la vida y obra de Jesucristo. Es un amor que tiene el más elevado grado de compromiso con el prójimo y que se traduce en sacrificio por el bien del otro. La mejor descripción de esta clase de amor la tenemos en Filipenses 2.5–11.
En su respuesta Pedro, sin embargo, no usó la misma palabra que el Maestro, sino que optó por el término fileo. Esta palabra expresa la relación que existe entre hermanos y definitivamente está por debajo del vínculo que encierra el concepto de amor ágape. La versión de La Biblia de las Américas correctamente traduce la respuesta de Pedro: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Quizás usted piensa que estamos perdiendo tiempo en un detalle de poca relevancia. La verdad, sin embargo, es que la diferencia revela un importante principio en la vida de Pedro. En la noche en que Jesús fue traicionado, Pedro había proclamado con confianza que él estaba dispuesto a seguir al Señor donde quiera que fuera. Aun cuando el Señor le advirtió que no sería así, él siguió insistiendo que, si fuera necesario, estaría dispuesto a dar su vida por Cristo. En otras palabras, creía que su compromiso estaba a la altura de la clase de sacrificio que demanda el amor ágape.
Ahora, sin embargo, entendía que sus declaraciones habían sido muy presumidas. Vivía con la vergüenza de haber negado tres veces al Señor. Creo firmemente que en este incidente el Señor estaba restaurando a Pedro, para que pudiera ocupar el lugar clave que le estaba reservado en la iglesia naciente. Para este trabajo de restauración, no obstante, era necesario tener la certeza de que Pedro había aprendido la lección acerca de las serias limitaciones que tenía su propio entusiasmo y celo por las cosas de Dios.
La respuesta del discípulo nos muestra que Pedro sí había aprendido de sus propios errores. Una vez había afirmado confiadamente que su amor era incondicional. Pero no estaba dispuesto a transitar por este camino una segunda vez.
Nuestros errores y nuestras derrotas pueden ser el semillero para algunas de las lecciones más importantes de la vida. Todo error tiene el potencial de enseñarnos algo. Para poder aprender esas lecciones, sin embargo, tenemos que estar dispuestos a reflexionar sobre lo vivido, evaluar dónde nos equivocamos, y descifrar cuáles son los comportamientos necesarios para evitar pasar nuevamente por el mismo camino. Nuestros errores, entonces, pueden convertirse en nuestras más valiosas experiencias. Está en nosotros aprovechar el potencial que poseen.

Para pensar:
¿Cómo reacciona cuando se equivoca? ¿Cuánto tiempo pierde en lamentos y reproches? ¿Qué revelan sus reacciones acerca de la clase de persona que es? ¿Cómo puede usar sus errores para crecer?

Cartas abiertas MAYO 14
¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O tenemos necesidad, como algunos, de cartas de recomendación para vosotros o de recomendación de vosotros? Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres. Y es manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón. 2 Corintios 3.1–3

Los hijos de un matrimonio pueden revelar mucho acerca de la clase de personas que son sus padres. Vemos en ellos pequeñas copias de los adultos, justamente porque tienden a imitar y copiar los modismos, los comportamientos y las actitudes de los padres. Las convicciones y principios que gobiernan la vida de sus padres comienzan a ser parte de sus vidas, aun cuando estas nunca son enseñadas o discutidas en el seno de la familia. Al compartir el mismo hogar se comunican infinidad de mensajes a diario, que lentamente comienzan a incorporarse a la vida de cada uno de los integrantes de la familia.
El mismo principio rige la vida de una congregación. Si queremos saber qué clase de persona es el líder que está al frente de ella, no tendremos más que mirar la vida y el comportamiento de las personas que pastorea. Ellos serán el reflejo más fiel de las convicciones, el compromiso, y el estilo de liderazgo que posee la persona que ministra a la congregación. Al igual que en la familia, las convicciones que los miembros posean se les habrán contagiado a los miembros simplemente por estar compartiendo tiempo con el líder.
Muchos líderes no entienden esta importante verdad. Cuando ven actitudes, comportamientos y compromisos débiles en sus miembros, tienden a condenarlos duramente, mientras sueñan con todas las cosas que podrían lograr si tuvieran una congregación de personas «más comprometidas». El problema principal, en la mayoría de los casos, sin embargo, no está en los miembros sino en la persona que los está pastoreando.
Howard Hendricks, uno de los extraordinarios educadores de la iglesia en EE.UU., cuenta la historia de una invitación que recibió para compartir en una congregación de varios cientos de personas. Cuando llegó la hora de comenzar, no había allí más que un puñado de personas. El pastor principal, que había dado extensa publicidad previa al evento, se quejaba por la falta de compromiso en sus miembros. Hendricks lo escuchó, y luego le dijo: «Pastor, yo sé cuál es su problema». El pastor se puso contento, pues creía que iba a recibir la solución para motivar mejor a su gente. Mas cuando le preguntó a Hendricks cuál era el problema, el educador le respondió sin titubear: «¡Usted! Tendría que estar dando gracias por las veinte personas que llegaron y no perdiendo el tiempo pensando en los 480 que no llegaron!» Puede estar seguro que los veinte que estaban presentes ya habían percibido el fastidio del pastor.

Para pensar:
Las actitudes y convicciones suyas las verá fielmente reflejadas en su gente. Puede que repitan todas las frases que usted les enseña. En el comportamiento de ellos, sin embargo, verá un mensaje más claro acerca del trabajo que usted está realizando como líder. Si ellos no están respondiendo, usted necesita evaluar cómo les está ministrando.

La medida de la fe MAYO 15
Y los apóstoles dijeron al Señor: ¡Auméntanos la fe! Entonces el Señor dijo: Si tuvieras fe como un grano de mostaza, dirías a este sicómoro: «Desarráigate y plántate en el mar». Y os obedecería. Lucas 17.5–6 (LBLA)

El pedido de los discípulos no ha de extrañarnos si tenemos en cuenta lo que Cristo les estaba tratando de enseñar. El tema que compartía era sobre el perdón. En esta ocasión, el Señor les había pedido ¡algo realmente imposible de cumplir! Si un hermano venía siete veces en el día para pedir perdón por alguna ofensa cometida, porque sinceramente estaba arrepentido, entonces los discípulos debían perdonarlo. Ante semejante desafío los discípulos, alarmados, lógicamente solicitaron más fe. Es difícil convivir con un hermano, en el mejor de los casos. Pero perdonarlo siete veces en un mismo día, sin fastidiarse ni amargarse… ¡esto sí que es para gigantes espirituales!
En la reacción de los discípulos encontramos uno de los conceptos populares más arraigados en el pueblo de Dios, y es que la fe viene en diferentes cantidades para ser distribuida en mayor o menor grado en la vida de aquellos que siguen al Señor. De allí provienen frases tan comunes como «hermanos, cantemos esta canción con más fe» o «es una persona de mucha fe, y por eso Dios la usa». Los que tenemos vidas que carecen de las más deslumbrantes manifestaciones de Dios pertenecemos a la categoría de personas que tienen poca fe.
Cristo, en el pasaje de hoy, intentaba corregir esta idea errada sobre la fe. Cuando pensamos que el tamaño de la fe de una persona es lo que hace la diferencia, automáticamente estamos avanzando por un camino errado, porque ponemos el acento en nosotros y no en Dios. Para modificar su pensar, el Señor tomó la ilustración de un grano de mostaza. La semilla del grano de mostaza es excesivamente chica. Son pocas las personas que, al verla, creen que están frente a algo con increíble potencial.
En lo que a la fe respecta, la clave no está en el tamaño, sino en el objeto en que se deposita la fe. Es por esto que en la vida espiritual no hacen falta grandes cantidades de fe, ya que es el tamaño del objeto en el que se deposita la fe lo que hace la diferencia. Dios es todopoderoso, soberano y maravilloso. Quien cree en él puede experimentar en su propia vida todos sus extraordinarios atributos.
En realidad, la cuestión no está en tener o no tener fe porque, a decir verdad, todos tenemos fe. Sin embargo, muchos de nosotros no orientamos nuestra fe hacia Dios, sino que la depositamos en nuestros propios criterios o en las opiniones de otros que están a nuestro alrededor. No ha de sorprendernos, entonces, que nuestra fe produzca escasos resultados. Para que empiece realmente a verse el obrar de Dios en nosotros, es necesario que orientemos nuestra fe -aún siendo esta excesivamente pequeña- exclusivamente hacia la persona de Dios. ¡Allí sí que veremos la extraordinaria manifestación de un árbol que se desarraiga para plantarse en el mar!

Para pensar:
«¡Algunas personas piensan que necesitan fe como una montaña para mover un grano de mostaza!» Anónimo.

La esencia de la fe MAYO 16
Y los apóstoles dijeron al Señor: ¡Auméntanos la fe! Entonces el Señor dijo: Si tuvieras fe como un grano de mostaza, dirías a este sicómoro: «Desarráigate y plántate en el mar». Y os obedecería. Lucas 17.5–6 (LBLA)

El concepto de la obediencia aparece tres veces en este corto pasaje sobre la fe. Lo vemos en el texto que hoy nos ocupa, pero también aparece en el versículo 9 y una tercera vez en el versículo 10. La mención de la obediencia en este contexto nos da una importante pista acerca de lo que es, en realidad, la fe.
Entre nosotros es común el concepto de que la persona de fe es aquella que se atreve a pedirle cosas a Dios que nosotros jamás nos atreveríamos a pedir. Miramos con cierta envidia su vida, porque parece conseguir resultados más extraordinarios que los que nosotros conseguimos. Creemos que esto se debe a que esta persona posee mucha fe y se anima a soñar en grande.
La fe, según lo que Cristo enseñó a sus discípulos, está ligada con los proyectos de Dios, no de los hombres. La fe no es un cheque en blanco que Dios le da a sus discípulos para que pidan lo que quieran, sabiendo que él se compromete a respaldarlos en cualquier cosa que se propongan. Más bien es la convicción de que Dios cumplirá lo que él ha hablado.
No hace falta más que un rápido recorrido por la vida de algunos de los grandes héroes de la fe para ver que en cada situación no hicieron más que obedecer las instrucciones que habían recibido. Abraham pudo ofrecer a Isaac en sacrificio porque creyó la palabra que había recibido acerca de un heredero. Moisés dividió las aguas del Mar Rojo porque creyó la palabra que recibió de Dios. También sacó agua de la roca porque Dios mismo le había mandado que así lo hiciera. Josué vio la destrucción de Jericó porque aceptó las instrucciones que Dios le dio acerca de aquella ciudad. Elías derrotó a los profetas de Baal porque había hecho todas las cosas según la palabra que había recibido de Dios.
Este es, de hecho, el argumento principal del autor de Hebreos. En el capítulo 4 escribe: «Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. También a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; a ellos de nada les sirvió haber oído la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron» (1–2). De manera que es imposible ejercer fe en algo que no hemos recibido por palabra del Señor, porque la fe solamente es aplicable a aquellas situaciones donde Dios ha hablado con claridad y nos invita a creerle. En el acto de movernos según las instrucciones que hemos recibido es que encontramos la demostración de la fe.

Para pensar:
«Jamás podrás entender porqué el Señor hace lo que hace; pero si le crees, sólo eso te hará falta. Aprendamos, pues, a confiar en él por lo que él es». Elizabet Elliot.

Lo ordinario de la fe MAYO 17
¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no. Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: «Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos». Lucas 17.9–10

Hemos estado considerando algunos aspectos de este pasaje que presenta una de las enseñanzas que Cristo le dio a los discípulos acerca del tema de la fe. En nuestra reflexión de hoy queremos examinar el ejercicio de la fe en la vida del cristiano.
Subsiste una tendencia entre nosotros a creer que el ejercicio de la fe en la vida es algo especial. Cuando relatamos anécdotas donde se vieron extraordinarias manifestaciones de fe lo hacemos con ese asombro de quienes están frente a algo increíble. No pocos dentro de la iglesia creen que hay personas que poseen una capacidad especial para moverse en fe, personas que están en otra dimensión de la vida espiritual que nosotros. Esto no hace más que recalcar que estamos distanciados de la clase de vida que deberíamos estar viviendo en Cristo Jesús.
En el pasaje de hoy Cristo ilustró esta verdad con el trabajo de un siervo en el campo. Habiendo recibido instrucciones al inicio del día, el siervo salió y trabajó toda la jornada en lo que se le había mandado. Cuando llegara la tarde, ¿el amo de aquel siervo lo esperaría con la cena lista, como premio por el buen desempeño que tuvo durante el día de trabajo? ¡Por supuesto que no! No recibiría ningún tipo de reconocimiento, porque en realidad no había estado haciendo más que cumplir con lo que se le había mandado hacer.
De la misma manera, el discípulo que vive por fe no está demostrando un extraordinario compromiso con Cristo, ni avanzando más allá de lo que se espera de él. Simplemente está viviendo de la manera que su amo espera. Moverse por fe, entonces, no es vivir con un mayor grado de compromiso que los demás. Es, simplemente, vivir la vida espiritual como Dios manda. Él nos da a cada momento sus instrucciones, y nosotros obedecemos, haciendo exactamente lo que él nos indica hacer. No tiene ningún mérito lo que hacemos.
Tratar con especial reverencia a aquellas personas que se mueven por fe no hace más que ofrecer un elocuente testimonio de la pobreza de nuestra propia vida espiritual.
Se cuenta que Jorge Müller, el hombre que fundó incontables orfanatos moviéndose solamente por fe, visitó muchas iglesias en los últimos años de su vida, dando testimonio de cómo el Señor había provisto fielmente para las necesidades de miles de niños. La gente que lo escuchaba se maravillaba del gran compromiso que tenía este hombre. Müller les señalaba, sin embargo, que él no había hecho nada extraordinario. Simplemente escogió creer las promesas del Señor cada día de su larga vida. Había hecho lo que se le pide a todo el que cree en Cristo, y eso no tiene ningún mérito en el reino. Fue, en última instancia, nada más que un siervo inútil.

Para pensar:
«La fe es al mundo espiritual lo que el dinero es al mundo comercial». Anónimo.

«Yo también soy hombre» MAYO 18
Cuando Pedro entró, salió Cornelio a recibirlo y, postrándose a sus pies, lo adoró. Pero Pedro lo levantó, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy un hombre. Hechos 10.25–26

El ministerio normalmente nos ubica en los lugares públicos y visibles de la iglesia, porque nuestra vocación es servir a las personas. Muchas de ellas están necesitadas. Vienen a consultarnos para que les orientemos frente a las decisiones importantes de la vida. Cuando están atribuladas, buscan de nosotros el consuelo y la comprensión para sobrellevar la tristeza del momento. En los momentos de confusión acuden a nosotros para que les ayudemos a interpretar el obrar del Señor en sus vidas. Otros nos buscan porque encuentran en nosotros una expresión sincera del amor de Dios.
Todo esto nos pone en una posición de autoridad con respecto a la vida de las personas a quienes ministramos. Somos tratados con respeto. No pocos sienten profunda gratitud por la ayuda que les hemos podido dar en el momento oportuno. Frente a esta actitud de sumisión y aprecio aparece también uno de los grandes peligros del ministerio: comenzar a creer que somos poseedores de alguna cualidad especial que nos distingue de los demás. Perdemos de vista que los frutos que estamos viendo son el resultado de los dones y la gracia que Dios ha derramado en nosotros. Caemos en una falsa estimación de nuestro propio valor. Esto, a su vez, nos lleva a un orgullo que le quita eficacia al ministerio al que hemos sido llamados.
Recuerdo con tristeza a un pastor cuyo ministerio creció notablemente en nuestro país. Ahora, él se mueve a todos lados rodeado de guardaespaldas. De ser un pastor de personas se ha convertido en un maestro de ceremonias para reuniones. Ahora no se le puede ver más que arriba de la plataforma. ¡Con cuánta facilidad caemos presa de nuestra propia vanidad!
Cornelio también estaba necesitado. Le llegaron noticias que, nada más ni nada menos, uno de los apóstoles iba a visitarlo. Cuando Pedro entró en su casa asumió una postura absolutamente inadmisible para cualquier ser humano: lo adoró. Mas Pedro, con admirable sencillez, lo puso en pie y le corrigió tiernamente: «yo mismo también soy un hombre». En este gesto vemos el intento del apóstol de frenar la adulación que muchas de las personas querían ofrecerle a quien fuera compañero del mismo Cristo.
Si su ministerio es medianamente exitoso, muchos van a querer elevarlo a una posición que no es sana para usted, ni tampoco para las personas con las cuales trabaja. El líder sabio trabaja para que los demás tengan una correcta perspectiva de su persona. No fomenta en otros el sentimiento de que él es indispensable. No busca un trato reverencial ni diferenciado para su persona, sino que ayuda a los demás a entender que él también es peregrino en proceso de transformación. Ha sido llamado a una labor importante, pero esto no lo eleva por encima de los demás ni le da privilegios especiales. En la sencillez y la sinceridad de su andar estará el verdadero secreto de su impacto sobre la vida del pueblo.

Para pensar:
«Los grandes hombres nunca piensan que son grandes, los pequeños nunca piensan que son pequeños». Anónimo.

La meta del ministerio MAYO 19
A él nosotros proclamamos, amonestando a todos los hombres, y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo. Y con este fin también trabajo, esforzándome según su poder que obra poderosamente en mí. Colosenses 1.28–29 (LBLA)

En estos dos versículos encontramos admirablemente presentada la filosofía ministerial del apóstol Pablo. Vale la pena que meditemos en ella por unos minutos.
En primer lugar, el gran apóstol afirma que su objetivo es presentar a todo hombre perfecto en Cristo. Para entender esto, es necesario que tengamos conocimiento del sentido de la palabra en el griego. Cuando Pablo habla de «perfecto» no se está refiriendo a un estado en la cual ha dejado de existir el pecado. La perfección, en el concepto paulino, tiene que ver con restaurar en una persona los propósitos originales de la creación. En otras palabras, la obra ministerial tiene como objetivo volver a colocar al hombre en la relación y el funcionamiento que tenía en mente Dios cuando lo creó. Es restaurar todo aquello que quedó desvirtuado por el pecado. Sin lugar a dudas esta es una tarea que demanda toda una vida.
En segundo lugar, el apóstol nos dice que el método a seguir tiene, que ver con una doble función: amonestar y enseñar. Quien conoce algo de la vida espiritual sabe que es imposible construir sobre un fundamento equivocado. El fundamento debe ser el que exige la Palabra de Dios. Para esto, es necesaria la tarea de amonestar, que denuncia todo aquello en la vida del hombre que ofende la persona de Dios. Una vida, sin embargo, no se puede edificar solamente en base de amonestaciones. A la amonestación se le tiene que agregar la enseñanza acerca de la clase de vida que el Señor pretende para sus hijos.
En tercer lugar, esta enseñanza debe ser dada con toda sabiduría. No se puede tratar al ser humano como si fuera una máquina, ni tampoco como si todos hubieran sido creados exactamente iguales. Si bien cada persona tiene rasgos en común con sus pares, también es verdad que todo individuo tiene características únicas que lo distinguen de los demás. Enseñar con sabiduría significa discernir la realidad de cada persona y presentar la verdad en un formato que la hace comprensible dentro de su cultura particular. Como maestros, debemos evitar las enseñanzas «enlatadas» que son iguales para todos.
Por último, el apóstol nos dice que este proyecto demanda trabajo y esfuerzo. Este es quizás el punto en donde más frecuentemente fallamos en nuestro ministerio. Creemos que con sólo dar un par de lecciones sobre un tema ya hemos formado a las personas en determinado aspecto de sus vidas. Pero formar a aquellos que nos han sido confiados demanda de una perseverancia y un compromiso permanente con el esfuerzo. Incorporar la verdad a la mente es la parte más fácil del ministerio. El verdadero desafío, no obstante, está en llevar a las personas a incorporar esa verdad a su comportamiento cotidiano.

Para pensar:
Pablo aclara que todo su ministerio está impulsado por el poder de Cristo «que obra poderosamente» en él. Este es un concepto clave para el éxito, pues realizar el ministerio con las fuerzas propias producirá un intolerable desgaste en el líder.

Sabias advertencias MAYO 20
Respondiendo Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré. Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo. Mateo 26.33–35

Con frecuencia las enseñanzas sobre este pasaje se enfocan en la necedad de Pedro, que no quiso escuchar al Señor. Quiero invitarle a que me acompañe en una reflexión diferente de esta escena, realizada desde la perspectiva de Cristo. Ubíquese por un instante en el lugar de Jesús como líder del grupo, con responsabilidad en el proceso de formación de estos doce hombres. ¿Alguna vez se ha encontrado en una situación similar? Usted ve en otra persona una actitud o una decisión que claramente va a tener consecuencias muy negativas. Intenta advertirle, pero la otra persona no quiere escucharlo. ¿Cómo procede en esa situación?
¿Cómo se habrá sentido Cristo, frente a la obstinada insistencia del afable Pedro? No podemos aducir que no entendió lo que Cristo quiso decir; además de la proclamación a todo el grupo, el Señor le habló en forma personal al discípulo y le profetizó que lo negaría no una vez, sino ¡tres veces! Mas Pedro no tenía apertura para recibir este tipo de proclamaciones. ¿Percibe usted la frustración y el dolor de Jesús? Quiere evitarle un trago amargo a Pedro, pero este no quiere recibir la ayuda que le está ofreciendo.
La manera en que actuamos como líderes, en estas situaciones, es clave para las futuras intervenciones en la vida de quienes pretendemos formar. Muchas veces, esta obstinada insistencia en lo errado produce en nosotros acaloradas denuncias, excesivas argumentaciones, o el aumento de presiones para que la persona desista del camino que ha escogido. Esta manera de proceder rara vez produce cambios. Más serio que esto, sin embargo, es no entender que este comportamiento puede dañar irreparablemente nuestras posibilidades de ayudar más adelante, cuando la persona entre en crisis por su propia necedad.
Cristo optó por el silencio. La palabra ya había sido dada. Ahora el Espíritu se encargaría de usar esta palabra, en el momento oportuno, para producir en Pedro un quebrantamiento santo. El silencio del Maestro no solamente creó el espacio necesario para esta obra del Espíritu, sino que también dejó abierta la puerta para esa preciosa restauración que relata el último capítulo del evangelio de Juan. Al no haber optado por la agresión -en ninguna de sus sutiles manifestaciones- Cristo dejó intacta la confianza que Pedro tenía en su amor. Esto le dio la entrada necesaria para seguir trabajando en la vida de su discípulo.

Para pensar:
Estamos invirtiendo para la eternidad. Muchas veces nos encaprichamos en conseguir un avance en un momento de la vida, sin anticiparnos a las consecuencias de este comportamiento a largo plazo. El amor, que evalúa todo a largo plazo, sabe cuándo es mejor guardar silencio, y cuándo es preferible avanzar. El líder maduro entiende la diferencia.

Interpretaciones convenientes MAYO 21
Arrojando piedras contra David y contra todos los siervos del rey David, mientras todo el pueblo y todos los hombres valientes marchaban a su derecha y a su izquierda. Simei lo maldecía diciendo: «¡Fuera, fuera, hombre sanguinario y perverso! Jehová te ha dado el pago por toda la sangre de la casa de Saúl, en lugar del cual tú has reinado, y Jehová ha entregado el reino en manos de tu hijo Absalón; has sido sorprendido en tu maldad, porque eres un hombre sanguinario». 2 Samuel 16.6–8

La escena que hoy nos trae el texto bíblico ocurre en el momento en que Absalón se levantó en rebelión contra su padre David. El rey, temiendo por su vida y la de los suyos, abandonó Jerusalén y huyó al desierto. En el camino, cansado y triste, le salió al cruce este descendiente de Saúl, que lo insultaba y agredía con piedras.
Lo invito a que reflexionemos juntos, por un instante, en la interpretación que le da este hombre a los eventos que estaban sucediendo en Israel en ese momento. Con todo el rencor y la ira acumulada por la pérdida del reino, Simei proclamaba confiadamente: «Jehová te ha dado el pago de toda la sangre de la casa de Saúl, en lugar del cual tú has reinado, y Jehová ha entregado el reino en mano de tu hijo Absalón». Seguramente su denuncia no carecía de cierta satisfacción perversa en la situación, pues Simei veía en estos eventos el pago por todo el mal que había vivido la casa de Saúl.
Lo que debe atemorizarnos es esa tremenda facilidad que poseemos de interpretar el accionar de Dios según nuestra propia conveniencia; y no solamente esto, sino tener profunda convicción de que las cosas son, en realidad, así como las estamos describiendo. Saúl mismo, con todos los delirios que había experimentado por darle la espalda a Dios, le había también dado, en su momento, esta conveniente interpretación a las circunstancias. Cuando uno de sus hombres delató el lugar donde se escondía David, había exclamado: «Dios lo ha entregado en mis manos, pues él mismo se ha encerrado al entrar en una ciudad con puertas y cerraduras» (1 S 23.7). Hacía tiempo que el Espíritu de Dios se había apartado de Saúl, pero él seguía creyendo que el Señor lo ayudaba en su afán de destruir a David.
Sabemos que en ambas situaciones la interpretación de estos dos hombres estaba completamente errada. Lo sabemos, sin embargo, porque poseemos el relato completo de la historia, junto a la interpretación de quien escribiera este libro. ¿En cuántas situaciones, donde no contamos con estos elementos, nos convencemos de estar interpretando correctamente el accionar de Dios, no sabiendo que estamos completamente equivocados? La equivocación es fácil de cometer, pues cada uno de nosotros somos arrastrados por los intereses personales de nuestra propia vida. Imaginamos que Dios está prácticamente abocado a acomodar todas las cosas solamente para nosotros.

Para pensar:
La verdad es muy diferente. Los caminos del Señor no son nuestros caminos, ni tampoco sus pensamientos son los nuestros. Si somos honestos, tenemos que reconocer que su manera de moverse es radicalmente diferente a la nuestra. Por esta razón, conviene mucha mesura a la hora de interpretar espiritualmente los acontecimientos que nos rodean. ¿Quién puede verdaderamente entender los misterios de Dios?

Lealtad MAYO 22
Porque vuestra lealtad es como nube matinal, y como el rocío, que temprano desaparece… Porque más me deleito en la lealtad que en el sacrificio, y más en el conocimiento de Dios que en los holocaustos. Oseas 6.4, 6 (LBLA)

Cuando leo este pasaje me siento un poco avergonzado al pensar en muchas de nuestras reuniones dentro de iglesia. En ellas, cantamos y declaramos una y otra vez nuestro profundo amor por el Señor. Frecuentemente estas proclamas van acompañadas de lágrimas y un quebranto espiritual. El día lunes, no obstante, nuestra vida sigue su mismo rumbo predecible y usual, sin que los de alrededor sospechen que el día anterior hemos ofrecido a nuestro Dios apasionados votos de compromiso y amor incondicional.
Por supuesto que no tiene nada de malo que expresemos públicamente nuestro amor al Padre. ¡Gracias a Dios que se dan abundantes oportunidades en las que podemos reunirnos para declarar, junto al pueblo escogido, nuestra lealtad hacia el Señor! Este debe ser un elemento importante en la vida de todo discípulo de Cristo.
El problema, más bien, radica en que nuestra lealtad es, justamente, como la nube matinal. ¡Cuán gráfica es esta ilustración! La niebla matinal es espesa e impenetrable. Su presencia lo llena todo. Quien la contempla tiene la impresión de que nunca más volverá a disiparse, pues como un manto denso cubre todas las cosas y hasta parece sofocarlas. Ni bien asoma el sol, sin embargo, se comienza a evaporar. Al poco tiempo, no queda rastro alguno que delate su existencia durante la noche.
Lo que hace que desaparezca la niebla, es precisamente el calor del sol. De la misma manera, la lealtad muchas veces existe hasta que se presenta alguna dificultad. Cuando la vida comienza a presentarnos sus interminables complicaciones, se evaporan los buenos sentimientos, las promesas, y los compromisos de amar por toda la eternidad. En su lugar queda la obsesión de encontrar la salida para la situación puntual que nos enfrenta.
La verdadera lealtad, sin embargo, no puede ser comprobada sino HASTA que aparecen las dificultades. Cualquiera de nosotros es capaz de proferir votos de compromiso para con Dios o con nuestros semejantes. Esa es la parte fácil. La parte difícil es mantenerse fiel a ellos cuando la vida nos invita a descartarlos. Es precisamente en este punto que la vida espiritual de muchos de nosotros se derrumba. Al igual que el pueblo de Israel en el desierto, la menor dificultad nos lleva a cuestionar con indignación las intenciones de nuestro Dios para con nuestras vidas.

Para pensar:
¿Debemos, pues, dejar de cantar y proclamar nuestro amor por él? ¡De ninguna manera! Debemos ser un poco más medidos en nuestras declaraciones, sabiendo que detrás de nuestras palabras hay una voluntad débil. Pero aún mejor que esto es tener como garantía de nuestras palabras una vida realmente devota a él, que no es el resultado de las emociones del momento ni de las palabras elocuentes de quienes dirigen la reunión. Al igual que a Israel, él nos dice: «¿sabes una cosa, mi amado? Me encanta que me digas lo mucho que me quieres cuando estás con otros. Pero aún más que esto, me gusta que me lo sigas diciendo cuando estás solo, y la vida se pone dura. ¡Eso sí que llena mi corazón de gozo!»

Confianza peligrosa MAYO 23
¡Maldito aquel que confía en el hombre, que pone su confianza en la fuerza humana, mientras su corazón se aparta de Jehová! Jeremías 17.5

¿Cómo hemos de entender esta dramática declaración a la luz de pasajes como el de 1 Corintios 13.7, donde el apóstol Pablo afirma que el amor «todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta»? ¿Será que el profeta Jeremías está condenando toda actitud de confianza en el prójimo? ¿Nos estará invitando a transitar por esta vida con una postura de permanente desconfianza hacia todo?
Si usted alguna vez ha estado en contacto con una persona que es, por naturaleza, desconfiada, seguramente me dirá que esto no puede ser lo que tenía en mente el profeta. ¡Y tiene razón! El desconfiado es aquella persona que piensa que los demás siempre quieren sacarle ventaja. Cuando se le presenta una oferta atractiva, inmediatamente comienza a buscar dónde está la trampa en el asunto. Mira el mundo y se dice a sí mismo: «si yo no velo por mis propios intereses, nadie lo va a hacer». Está convencido de que si deja esta postura de vigilancia permanente, los demás se aprovecharán de él y le harán daño. Es muy difícil llegar a entablar una relación íntima con él, porque la sospecha todo lo contamina. En resumen, es evidente que en tales personas no está operando la gracia de Dios sino el temor de los hombres.
¿A qué, pues, se refiere el profeta? El resto del versículo nos da claros indicios acerca del problema que denuncia. Habla de la persona que ha renunciado a depositar su confianza en Dios para depositarla en los hombres. La confianza a la cual el Señor invita a todos los hombres, consiste en permitir que «él sea nuestro Dios y nosotros seamos su pueblo». Es decir, que nosotros dejemos que él provea para nuestras necesidades, guíe nuestras decisiones y sea nuestro consuelo en tiempos de crisis. El hombre que ha escogido confiar en los hombres y hacer de la carne su fortaleza ha decidido transferir estas atribuciones a otros hombres: pretende que ellos provean para sus necesidades, le guíen en sus decisiones y lo consuelen en tiempos de crisis.
En realidad, estos comportamientos son parte de nuestras relaciones con otros. Muchas veces otros proveen para nosotros, nos orientan en tiempos de confusión y proveen consuelo en momentos de crisis. En esto está la bendición de poder disfrutar de relaciones profundas e íntimas con otros, y lo recibimos como un regalo. El problema radica en pretender que los demás siempre cumplan con estas funciones en nuestras vidas. Una vez que transferimos esta carga a otros, cada vez que nos fallen nos sentiremos traicionados, defraudados o desilusionados. La esencia del problema, no obstante, no es lo efímero de nuestras relaciones con los demás, sino que pretendamos recibir de los hombres lo que solamente Dios puede dar. Quien busca entre los seres humanos lo que el Señor se ha comprometido a darnos se abrirá a una vida de desilusiones constantes.

Para pensar:
Resista la tentación de buscar entre los hombres aquello que es solamente de Dios. Si los hombres le fallan, no se enoje con ellos. Pídale perdón al Señor por tener expectativas irreales para con sus pares y vuelva a transferir su lealtad al Único cuyo compromiso es seguro.

Todos por igual MAYO 24
Pero David dijo: No hagáis eso, hermanos míos, con lo que nos ha dado Jehová. Nos ha guardado y ha entregado en nuestras manos a los salteadores que nos atacaron. ¿Quién os dará razón en este caso? Porque conforme a la parte del que desciende a la batalla, así ha de ser la parte del que se queda con el bagaje; les tocará por igual. 1 Samuel 30.23–24

Es esta una de las tantas anécdotas en la vida del gran rey David, que confirma las notables convicciones espirituales que poseía. En esta oportunidad, el pastor de Belén volvía de perseguir a los amalecitas quienes, aprovechado la ausencia de David y sus hombres, atacaron a los que habían quedado en el pueblo y se llevaron todo aquello que encontraron. El Señor bendijo la operación de rescate y recuperaron no solamente todos sus bienes, sino también el botín de guerra que los amalecitas habían juntado en incursiones contra otras ciudades. Al regresar, se encontraron con doscientos de sus propios hombres que habían estado demasiado fatigados para acompañarlos. Como habían quedado cuidando el bagaje, ahora los guerreros de David no querían compartir con ellos los despojos de la campaña.
Esta reacción revela la profunda inclinación del hombre a construir sistemas de jerarquía que dividen y separan a las personas en categorías. La predisposición a establecer estas categorías -y así perpetuar una forma encubierta de elitismo- es un elocuente testimonio a los devastadores efectos del pecado. En el origen mismo del pecado el primer matrimonio experimentó la separación y alienación que son el resultado directo de darle la espalda al Señor.
Esta jerarquización está instalada en los valores más elementales de la sociedad. El sistema económico está fundamentado en la convicción de que algunas personas son mucho más valiosas que otras. Por esta razón, el gerente de una importante empresa puede llegar a ganar hasta cien veces más que el empleado más humilde. Así está construido el mundo en el cual vivimos.
Lo triste es que este sistema de jerarquías se haya también instalado dentro del ámbito de la iglesia. Consideramos más importantes a algunos miembros de la congregación que a otros. En algunos casos, se trata de los que más ofrendan. En otros casos, son los que más trabajan dentro del ministerio. Y también, en muchos casos, son los líderes los que mayor honra reciben. Sea cual sea la situación, se presta para que hagamos diferencias entre un hermano y otro.
David consideraba valiosos a todos sus hombres. Es verdad que algunos habían arriesgado su vida en la batalla, mientras otros cuidaban el bagaje. Pero los que pelearon, pudieron hacerlo justamente porque no estaban ocupados en cuidar el bagaje. David insistió en que a todos se los tratara con los mismos privilegios y derechos. A pesar de las protestas de sus hombres, hizo repartir por igual el botín.

Para pensar:
Qué importante es que nosotros, como líderes, identifiquemos estos prejuicios e impidamos su desafortunado resultado. Cada una de las personas que nos han sido confiadas tienen un valor inestimable para Cristo. A cada uno debemos honrar. A cada uno debemos atesorar. ¡A cada uno debemos considerar parte importante del cuerpo de Cristo!

Riesgos del consejero MAYO 25
Pero Ahitofel, viendo que no se había seguido su consejo, ensilló su asno, se levantó y se fue a su casa en su ciudad; y después de poner la casa en orden, se ahorcó. Así murió, y fue sepultado en el sepulcro de su padre. 2 Samuel 17.23

¿Cómo debemos actuar cuando otros no aceptan nuestros consejos? Para entender bien el dramático final de la historia que hoy compartimos necesitamos considerar el lugar que ocupaba Ahitofel entre los consejeros del rey. No hace falta deducir nada del texto, pues el mismo historiador nos dice que «el consejo que daba Ahitofel era como si se consultara la palabra de Dios, tanto cuando aconsejaba a David como a Absalón» (2 S 16.23). Este hombre no solamente era una persona con una evidente gracia de Dios para aconsejar en los problemas más complicados. Era, además, una persona que durante una larga trayectoria se había acostumbrado a que los hombres más poderosos de la nación lo consultaran en todo. El pueblo y los funcionarios lo tenían en alta estima.
Llegó, sin embargo, el día en el cual el usurpador del trono, Absalón, decidió desatender el consejo de Ahitofel. Su decisión se basó en el consejo de otro hombre, Husai. A Absalón le pareció mejor este segundo consejo, y descartó la palabra que le había dado el hombre que durante años había dirigido los pasos de David. En un sorprendente desenlace, Ahitofel volvió para su casa, puso en orden sus asuntos, y se quitó la vida.
Ser escuchado como consejero tiene cierto efecto intoxicante en nosotros. Cuánto más nos escuchan, más propensos somos a creer que nuestro aporte ha sido muy importante para la resolución del problema. Cuando nuestra trayectoria como consejeros es extensa, siendo muchos los que han acudido a nosotros para recibir sabiduría, no ha de sorprendernos la facilidad con la cual se instala en nosotros la idea de que nuestra participación en toda decisión es indispensable.
La naturaleza de un consejo, no obstante, es precisamente que se ofrece en calidad de sugerencia, no de mandamiento. Algunos piden que compartamos con ellos nuestro parecer en cuanto a determinada situación, porque aprecian el aporte que podemos hacer. Pero ninguno de los que acude a nosotros, como líderes, está obligado a hacer lo que nosotros aconsejamos. La buena consejería se construye sobre esta premisa: el respeto absoluto por la libertad que tiene la otra persona para tomar sus propias decisiones (y también para acarrear las consecuencias de ellas).
¿No es así el trato de nuestro Padre Celestial con nosotros? ¡Él puede ser, en ocasiones, sumamente persuasivo! Pero todo el misterio de nuestra relación con Dios gira entorno del hecho de que él respeta nuestra libertad de elección. Richard Foster declara que «Dios nos concede perfecta libertad porque él desea criaturas que libremente escogen tener una relación con él… Relaciones de este tipo nunca pueden ser manipuladas o forzadas». De la misma manera, un consejero sabio le hace el regalo más precioso a las personas que lo escuchan cuando les da libertad de aceptar o rechazar sus consejos.

Para pensar:
¿Cómo reacciona cuando otros no lo escuchan? ¿Qué revelan estas reacciones acerca de la clase de líder que usted es? ¿Qué modificaciones necesita hacer a su tarea como consejero, para mostrar más respeto por los demás?

Raíces de amargura MAYO 26
Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios; que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades y por ella muchos sean contaminados. Hebreos 12.14–15 (LBLA)

Este pasaje presenta varios puntos interesantes sobre el problema de la raíz de amargura en la vida de los cristianos. Primeramente, observe que el contexto del problema se encuentra en el marco de las relaciones interpersonales. El pasaje comienza animando a los hebreos a que procuren vivir sus relaciones en un ámbito de paz y santidad. Esto quiere decir llevar la interacción con otras personas a una dimensión totalmente diferente a la que usualmente se ve entre los que no son de la casa de Dios. Las relaciones deben estar caracterizadas por una pureza y un bienestar que testifican el obrar del Espíritu en todo momento. Los conflictos y las diferencias se resuelven dentro un marco de armonía y respeto mutuo.
Es justamente con esta perspectiva, entonces, que se puede entender la advertencia contra la manifestación de una raíz de amargura. El término que usa el autor «raíz de amargura» es particularmente gráfico. La raíz de la planta es la parte que no se ve. Desciende a lugares desconocidos e invisibles para el hombre. Pero cumple una función vital en la planta, pues la alimenta y nutre a diario. De la misma manera, una raíz de amargura se instala en los lugares más escondidos y oscuros del alma. Por esta razón es difícil detectar exactamente dónde se ha alojado, aunque sus despreciables frutos son fácilmente visibles. Desde este lugar escondido alimenta y condiciona la vida de la persona.
Aunque su detección es difícil, el versículo anterior señala cuál es el contexto propicio para su surgimiento. Todos aquellos conflictos e injusticias que el ser humano vive -que forman parte intrínseca de la vida, y no son resueltas espiritualmente, proveen el terreno fértil para la raíz de amargura. Su mismo nombre describe la clase de «planta» que es. Su característica es ese estado de disgusto y acidez que tiñe todas las cosas y no nos permite pensar ni hablar de otra cosa sino del mal que hemos vivido. ¡Entre las víctimas más claras de la raíz de amargura se encuentra el gozo! La solución a su insidiosa influencia es la gracia de Dios. Por esta razón el autor anima a que ninguno deje de alcanzar la gracia, ese elemento divino que permite resolver correctamente las situaciones más devastadoras.
En último lugar, debemos notar que la raíz de amargura se hace fuerte primero en la vida de una persona, pero luego contamina a los de su alrededor. Su influencia va enfermando a los que antes estaban sanos. Por eso urge que sea enérgico el proceso de detectarla y arrancarla.

Para pensar:
Oísteis que fue dicho: «Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo». Pero yo os digo: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos» (Mt 5.43–45).

Intimidades divinas MAYO 27
Vino luego esta palabra de Jehová a Samuel: Me pesa haber hecho rey a Saúl, porque se ha apartado de mí y no ha cumplido mis palabras. Se apesadumbró Samuel y clamó a Jehová toda aquella noche. 1 Samuel 15.10–11

Estos versículos, perdidos en el dramático relato de la segunda desobediencia de Saúl, casi pasan desapercibidos. El genio del historiador, no obstante, lo llevó a insertar en medio de un relato netamente carnal, una mirilla que nos permite ver por un instante lo que estaba pasando en el plano espiritual de esta anécdota. Cuando nos detenemos, como espectadores, en este segundo escenario, no podemos dejar de sentirnos atraídos por la extraordinaria intimidad del cuadro que presenta.
Observe el tono de este intercambio entre Dios y su profeta. El comentario tiene todas las características de una confidencia entre dos amigos, acostumbrados a revelar los sentimientos más íntimos de su corazón. Como quien habla de igual a igual, el Señor abre su corazón y comparte su desilusión con Samuel. Más allá del tono triste de la confesión, está el tremendo hecho de que Samuel fuera partícipe de esta revelación. No es la clase de intimidad que el Señor compartiría con cualquiera. Vemos, sin embargo, que Samuel gozaba de una cercanía a Jehová que le daba acceso a los aspectos más secretos y misteriosos del Señor.
La reacción de Samuel nos revela la esencia de lo que significa conocer de cerca los proyectos de Dios. La misión a la cual hemos sido llamados depende absolutamente de nuestra capacidad de discernir las cosas que son importantes para el Señor. En la cercanía a su persona comenzamos a percibir cuáles son los anhelos de su corazón, cuáles los deseos más profundos de su espíritu y por cuáles cosas Dios realmente se conmueve. Descubrimos que aquellos proyectos y objetos que nosotros muchas veces consideramos importantes, no siempre coinciden con las prioridades de nuestro Padre Celestial.
Quien no percibe los deseos del corazón de Dios, está condenado a improvisar proyectos para agradarle. Y si somos honestos, esto es, en gran medida, lo que ocurre en nuestros ministerios. Al no tener una idea clara de cuáles son los deseos y anhelos de Dios para la congregación que estamos pastoreando, vivimos inventando emprendimientos que esperamos sean de su agrado. De esta manera, la iglesia es activa, pero no siempre conforme a las obras que él ha preparado para ella.
Cristo, en los días de su ministerio terrenal, afirmó: «De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. Todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente» (Jn 5.19). ¿Y cómo se enteraba de lo que estaba haciendo el Padre? Justamente en experiencias como las de Samuel, momentos de cercanía en los cuales percibía el latido del corazón del Padre, y veía los lugares donde el Padre estaba trabajando.

Para pensar:
Para nosotros, como líderes, es fundamental que nos hagamos de esos espacios en los cuales podemos hacer silencio para prestar atención a lo que carga el corazón de nuestro Padre Celestial. ¡De esa revelación depende la eficacia de nuestro ministerio! ¿Tiene tiempo para escuchar las intimidades de nuestro Padre Celestial?

Firmes en la fe MAYO 28
Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es el que prometió. Hebreos 10.23 (LBLA)

Muchas de las angustias que sufrimos en la vida cristiana no tienen que ver con las circunstancias adversas de nuestra vida. Más bien sentimos dolor cuando nuestro ser interior no tiene la capacidad de sobreponerse a las dificultades y contratiempos que se nos presentan. Si nuestro bienestar dependiera exclusivamente de un entorno agradable, ¡habría pocas esperanzas de una vida plena para la mayoría de nosotros! El versículo de hoy nos anima a una firmeza interior que no descarta, en momentos de desesperación, la profesión de esperanza que alguna vez hicimos.
La esperanza es un aspecto crucial de la vida cristiana. Por esto, el apóstol Pablo oró por la iglesia de Éfeso para que los ojos de sus corazones fueran iluminados a fin de que supieran «cuál es la esperanza de su llamamiento» (1.18 - LBLA). En Tesalonicenses felicita a la iglesia por su «constancia en la esperanza en nuestro Señor Jesucristo» (1.3). La esperanza anima nuestro corazón porque trae consigo la promesa de cosas mejores.
La mayoría de nosotros, sin embargo, no tenemos más que una idea muy borrosa de lo que implica la esperanza que tenemos en Cristo. Sabemos que se nos ha prometido la vida eterna, pero no estamos muy seguros de qué se trata el asunto. ¡Esta esperanza no inspira ni fortalece el corazón de nadie!
No ha de sorprendernos, entonces, que exista un alto grado de fluctuación en nuestra esperanza. Depende de las circunstancias y los sentimientos en los diferentes momentos de la vida. Cuando las cosas se presentan agradables, nuestra profesión se mantiene firme. En tiempos de crisis, titubeamos entre la esperanza y la desesperanza.
Note usted que el autor de Hebreos se desentiende completamente del tema de las particularidades de nuestra situación personal. Más bien señala que es el carácter irreprochable y absolutamente confiable de Aquel que nos ha dado esperanza, lo que debe motivarnos a mantenernos firmes. Si él ha prometido una vida plena y abundante para aquellos que creen, haciendo brotar en ellos ríos de agua viva, entonces él es fiel para producir esto.
Precisamente en este punto es que se derrumba la fe. En tiempos de crisis tendemos a cuestionar la bondad de Dios y su confiabilidad como nuestro guardador. Piense en las innumerables circunstancias en el desierto, en que los israelitas cuestionaron el carácter de Dios. ¡Cuántas veces dudaron de las buenas intenciones del Señor para con ellos! Y esas dudas los llevaron una y otra vez a mirar con nostalgia la vida que habían dejado en Egipto.
No es posible vivir una relación de intimidad con Dios si no tenemos absoluta certeza de la confiabilidad de su persona. Por esta razón, el autor de Proverbios animaba: «Confía en Jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia» (3.5).

Para pensar:
La estrategia más efectiva que tiene el enemigo de nuestras almas es la de poner en tela de juicio la bondad de Dios. Pero usted, no se mueva de la convicción que lo ha sostenido siempre. ¡El que ha prometido es fiel para cumplir con Su palabra en su vida!

Tiempo de retirarse MAYO 29
Isbi-benob, uno de los descendientes de los gigantes, cuya lanza pesaba trescientos ciclos de bronce, y que llevaba ceñida una espada nueva, trató de matar a David; pero Abisai hijo de Sarvia llegó en su ayuda, hirió al filisteo y lo mató. Entonces los hombres de David juraron, diciendo: «Nunca más de aquí en adelante saldrás con nosotros a la batalla, no sea que apagues la lámpara de Israel». 2 Samuel 21.16–17

¿Cuándo es el tiempo en el que un líder debe hacerse a un lado para dejar lugar a los más jóvenes? Todos hemos conocido situaciones donde un líder ya no tiene la vitalidad ni el empuje que tenía cuando era joven y, a pesar de esto, sigue insistiendo en ser el que lleva adelante el ministerio, de la misma manera que lo hizo en años pasados. Esto produce un estado de verdadera frustración en la generación que debería haber recibido de sus manos la antorcha.
En el pasaje de hoy encontramos una escena muy similar a aquella en la que David, siendo joven, obtuvo una gran victoria contra el gigante de Gat. En aquella ocasión, David no era más que un muchacho y el Señor le concedió una hazaña que quedó registrada para siempre en los anales del pueblo de Dios. A esa victoria inicial David había sumado una larga lista de extraordinarias demostraciones de valentía y coraje en el campo de batalla.
Ahora, sin embargo, David ya no era el mismo hombre. La valentía que lo había caracterizado toda la vida aún seguía siendo una cualidad sobresaliente de su persona, pero carecía de la destreza y la fuerza que había poseído en otros tiempos. El resultado fue que este segundo gigante casi extingue la vida al rey de Israel. Uno de los hombres buenos y valientes que rodeaba a David se interpuso y logró evitar lo que hubiera sido una verdadera tragedia para el pueblo.
Ni bien había pasado el mal momento, los hombres de David le exhortaron a no salir más a la batalla a fin de preservar su vida. Era un momento de transición para el gran rey de Israel; un momento que lo retaba a hacer los ajustes necesarios en su vida, para ser consecuente con las crecientes debilidades que lo acompañaban.
Bien pudo haberse ofendido David frente a la sugerencia de sus hombres. El momento se prestaba para que luchara por retener aquello que se desvanecía lentamente con el pasar de los años. Pero la grandeza de espíritu que siempre caracterizó su vida no lo traicionó en este momento. Aceptó sus limitaciones y tuvo la humildad de escuchar a sus hombres. Nunca más salió a la batalla. Había llegado la hora en que hombres más jóvenes asumieran la responsabilidad de velar por la seguridad de Israel.

Oración:
¡Qué bueno sería prepararse desde la juventud para este momento! ¿Se anima a hacer suya esta oración? «Señor, permíteme envejecer con gracia. Guárdame de aferrarme a un puesto. Dame un espíritu generoso para que pueda ceder con gozo el lugar a los que vienen detrás de mí. ¡Líbrame de la amargura en los años de mi vejez! Amén».

Impartiendo dignidad MAYO 30
Y el Señor dijo a Moisés: Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el Espíritu, y pon tu mano sobre él; y haz que se ponga delante del sacerdote Eleazar, y delante de toda la congregación, e impártele autoridad a la vista de ellos. Y pondrás sobre él parte de tu dignidad a fin de que le obedezca toda la congregación de los hijos de Israel. Números 27.18–20 (LBLA)

¡Qué difícil es para un líder joven reemplazar a un veterano del ministerio! Esto es especialmente cierto cuando la persona que se está retirando posee una profunda trayectoria espiritual y goza de muy alta estima entre el pueblo a quien él ha ministrado. Ellos harán sus comparaciones entre los dos líderes e inevitablemente saldrá perdiendo el líder más joven. Pocos recordarán que el líder maduro también fue joven alguna vez, cometiendo sus propios desaciertos y, en ocasiones, confundiendo el camino a seguir.
La etapa de transición entre los dos líderes es crucial para la continuidad del proyecto ministerial. En este caso, Moisés había llevado al pueblo hasta las puertas de la tierra prometida. Su misión estaba cumplida. Josué, el sucesor designado por Dios, tenía por delante una compleja asignatura: guiar a un pueblo con poca experiencia de guerra en la dura tarea de desalojar a los habitantes de Canaán, para tomar posesión de la heredad de Jacob.
Es en la etapa de transición cuando el pueblo puede desanimarse o rebelarse con facilidad, porque todo cambio produce inseguridad y necesita una mano firme que guíe sus pasos. ¡Qué tremenda manifestación del cuidado de Dios vemos en las instrucciones precisas que le da a Moisés! No llama al líder a desaparecer. Hay una ceremonia pública en la cual se traspasa el mando de una generación a la otra.
Como todo el pueblo debía estar presente le confirió a la ceremonia un peso que no hubiera tenido si se hubiera realizado en privado. El pueblo debía ser testigo del respaldo que Moisés le daba a Josué y saber que este nuevo líder surgía con su pleno apoyo. Note, además, el énfasis en la imposición de manos. Este es un rito que tiene poco significado para nosotros, pero estaba cargado de sentido para los israelitas. Jacob bendijo a sus nietos con la imposición de manos (Gn 48.14); la gente imponía manos sobre los blasfemos para transferir a ellos la culpa de sus declaraciones (Lv 24.14); los adoradores imponían manos sobre el animal sacrificial para indicar que él tomaba sus lugares en la paga por el pecado (Lv 1.4). De manera que en la ceremonia los israelitas sabían que se estaba haciendo una transferencia espiritual.
En esta transferencia, Moisés le imparte las dos cosas más importantes que necesita para el ministerio: autoridad y dignidad. La autoridad tiene que ver con el respaldo a la vida del líder. La dignidad tiene que ver con la integridad de su persona. Ambos atributos tenían un propósito claro: lograr que los israelitas le obedecieran en todo.

Para pensar:
Por medio de esta ceremonia Josué se quedó con parte de la riqueza espiritual que Moisés había cultivado a lo largo de su vida. ¡Qué hermoso legado para un joven líder!

Ojos espirituales MAYO 31
Mi oración es que los ojos de vuestro corazón sean iluminados, para que sepáis… Efesios 1.18 (LBLA)

¿Qué temas incluye en sus oraciones por la gente a la cuál ministra? Yo encuentro que a veces me concentro en pedirle a Dios por trivialidades que no son de verdadero peso en la vida espiritual. Cuando veo que mi tendencia es hacia esto, vuelvo a estudiar las oraciones de Pablo por las iglesias que había fundado (Ef 1.15–23; 3.14–19; Flp 1.4–6; Col 1.9–12). ¡Qué profundidad de percepción hay en estas plegarias! Cuán claro era el entendimiento del apóstol acerca de las cosas que verdaderamente son una parte esencial de la vida espiritual.
La frase de hoy, que es parte de un pedido más extenso, es un excelente ejemplo de esta realidad. Con frecuencia lo que más traba la vida del hijo de Dios es su fijación en las realidades de esta vida terrenal y pasajera. Ve las circunstancias con los ojos físicos que el Señor le ha dado. Contempla sus relaciones a través de una perspectiva netamente humana. Mira sus recursos y los mide con los mismos parámetros que usa el hombre de la calle. El resultado de todo esto es que su andar sufre permanentes limitaciones por la deficiencia de visión. Se deprime; siente miedo; se angustia; se enoja; y queda preso de todas estas emociones negativas.
Pablo comienza su oración pidiéndole a Dios que active los ojos del corazón de cada uno de los miembros de la iglesia de Éfeso. La frase es sencilla pero encierra una imagen muy gráfica. El hombre espiritual, hemos de entender, posee dos pares de ojos. Con los ojos físicos ve la realidad del mundo natural en el que se mueve a diario. Pero con los ojos del corazón, que solamente pueden ser abiertos por el accionar del Espíritu, ve las cosas que pertenecen exclusivamente al mundo espiritual. Como las cosas del mundo espiritual son las que verdaderamente tienen peso eterno, esta segunda visión es mucho más importante que la primera.
Medite un momento en la persona de Jesús y piense en todas las veces que él vio cosas que otros no veían. Considere, por ejemplo, su lamento por Jerusalén (Lc 19.41–44). Cuando la vio, lloró. Donde otros veían edificios, calles y multitudes, Cristo veía una ciudad que no reconocía el tiempo de su visitación. Piense en el regreso de los setenta. Ellos estaban entusiasmados por la obra que habían llegado a realizar. Cristo vio a Satanás caer del cielo como un rayo (Lc 10.18). ¿Y que de la mujer samaritana? Los discípulos veían a una mujer con la cual no se podía hablar (Jn 4.27). Jesús veía una oportunidad en su ministerio, producida por el Espíritu. Lo mismo se puede decir del joven rico. Quienes lo rodeaban veían a un hombre piadoso, deseoso de alinear su vida con el reino. El Señor veía a un hombre cuyo dios era el dinero (Lc 18.22).

Para pensar:
Ver la realidad espiritual es fruto del accionar del Espíritu. Pero también es consecuencia de una disciplina de nuestra parte. Pablo testificaba que, en medio de las permanentes pruebas, decidía no poner su vista «en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Co 4.18).

JUNIO

  1. Lamento inútil
  2. El Dios suficiente
  3. Cuando la disciplina abruma
  4. Interpretaciones dudosas
  5. Sorpresas aterradoras
  6. Fines celestiales
  7. El brillo de nuestra luz
  8. Palabra de vida
  9. Entusiasmos pasajeros
  10. La firmeza del líder
  11. «¡No está para la venta!»
  12. Los misterios del reino
  13. Dar con sacrificio
  14. «No sabéis lo que pedís»
  15. Los alcances de Su visión
  16. El valor de la paciencia
  17. Buscar su intervención
  18. El pecado al acecho
  19. Otro nombre
  20. Avanzar hacia la madurez
  21. Sorprendido por Cristo
  22. Una cuestión de tiempos
  23. Transformación total
  24. El valor del dominio propio
  25. Vivir en abundancia y escasez
  26. Las sutilezas del orgullo
  27. Buscar la reconciliación
  28. Avergonzar al enemigo
  29. Relaciones que «afilan»
  30. El precio del éxito

Lamento inútil JUNIO 1
Y el Señor dijo a Samuel: ¿Hasta cuándo te lamentarás por Saúl, después que yo lo he desechado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite y ve; te enviaré a Isaí, el de Belén, porque de entre sus hijos he escogido un rey para mí. 1 Samuel 16.1 (LBLA)

Una de las cosas que más nos cuesta superar son las desilusiones y derrotas del pasado, especialmente cuando estamos en el ministerio. Esta responsabilidad le otorga un peso adicional a las situaciones que no resultaron como esperábamos. Quizás se trate de una persona de quien teníamos grandes expectativas; invertimos mucho en su formación, pero no resultó ser lo que esparábamos. Quizás el desánimo tenga que ver con una decisión que tomamos, creyendo en el momento que era la mejor opción para la congregación. El tiempo, sin embargo, ha demostrado que la decisión fue errada y estamos pagando un alto precio por ello. Podría tratarse de un problema en la congregación, que manejamos incorrectamente. Hoy vemos claramente las consecuencias de esto, en reproches y tensiones que afectan nuestras relaciones con otros. El hecho es que nuestra desilusión podría atribuirse a un sin fin de razones. La vida rara vez se ajusta a nuestras expectativas. Las cosas no son tan sencillas como esperábamos y la frustración es frecuentemente una compañera de nuestra experiencia ministerial. El proceso de maduración consiste en descubrir que esto es parte de la realidad con la cual tenemos que convivir a diario.
Para muchas personas, no obstante, las desilusiones y los sinsabores de la vida pueden convertirse en obstáculos más difíciles de superar que los problemas que produjeron estos sentimientos. Presos de estas fuertes emociones, se nos puede ir la vida en lamentos por lo que nos tocó vivir. Una frase que frecuentemente se escucha en esta situación es: «si solamente hubiera hecho esto, o dicho lo otro…». Armados con este pensamiento, volvemos una y otra vez a las situaciones del pasado, imaginando cómo serían las cosas si hubiéramos actuado de otra manera.
Observe la pregunta que Dios le hace a Samuel: «Hasta cuándo te lamentarás…?» El lamento es poco productivo, porque el pasado no puede ser cambiado. Solamente podemos aprender de él las lecciones necesarias para no cometer los mismos errores en el futuro. Mientras Samuel seguía lamentándose, el Señor había avanzado hacia la próxima etapa en sus proyectos: «de entre sus hijos he escogido un rey para mí». Su mirada ya estaba puesta en otro hombre y las cosas que iba a lograr a través de la vida de este varón.
En las instrucciones del Señor a Samuel hay un deseo de movilizar una vez más a su profeta, de librarlo de la melancolía en la cual había caído. El hecho es que hay un solo camino que podemos recorrer, y ese camino está por delante. No debemos perder más tiempo de lo necesario meditando en las derrotas del pasado. Cuando hayamos sacado las lecciones necesarias de la experiencia, le podemos dar la espalda al pasado y avanzar con paso firme hacia el futuro. La vida está por delante.

Para pensar:
«Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta» Flp 3.14.

El Dios suficiente JUNIO 2
Yo te amo, Señor, fortaleza mía. El Señor es mi roca, mi baluarte y mi libertador; mi Dios, mi roca en quien me refugio; mi escudo y el cuerno de mi salvación, mi altura inexpugnable. Salmo 18.1–2 (LBLA)

La nota que encabeza este salmo, en la versión de La Biblia de las Américas, dice: «Para el director del coro, Salmo de David, siervo del Señor, el cual dirigió al Señor las palabras de este cántico el día que el Señor lo libró de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Saúl». Aunque no tuviéramos esta explicación sobre el contexto en el cual nace esta eufórica proclamación de los múltiples atributos de Dios, el tono mismo de la poesía no deja lugar a duda: que fueron escritas por una persona que había gustado, en carne propia, la magnifica intervención del soberano.
David menciona al menos siete diferentes características de Dios, todas ellas relacionadas con la particular situación que vivía. Durante años se había refugiado en el desierto. Su estancia en este lugar no fue, sin embargo, similar a la pacífica existencia de Moisés en Madián. Huyendo de cueva en cueva, siempre atento a los movimientos de su enemigo, se había encontrado en incontables aprietos donde solamente la intervención milagrosa de Dios lo había librado de la muerte segura. El tema principal de este salmo es precisamente este.
Para David, estas características de Jehová eran reales porque las había gustado en su propia experiencia cotidiana. Para algunos de nosotros, sin embargo, no son más que atributos que asignamos a Dios porque nuestro intelecto así lo demanda. Sabemos, intelectualmente, que él es una roca, un baluarte y un libertador. Cantamos de estas cosas en nuestras reuniones. Conocemos innumerables pasajes que así lo describen. Otros nos han dado testimonio de haber experimentado estas facetas en su andar con el Padre Celestial. En nuestra vida, no obstante, estas verdades no han salido del ámbito de lo teórico.
¿Cómo se puede comprobar que Dios es realmente así? De hecho, ¡él es así!, pero quizás no lo sea en mi vida o en la suya. Para que estos aspectos de su persona se hagan reales en nuestra vida, debemos estar dispuestos a abrirle un espacio para demostrar precisamente su fidelidad hacia los que están en apuros. Es decir, para comprobar que es fortaleza, necesitamos reconocer que somos debilidad. Para que él sea nuestra roca, debemos reconocer que estamos parados sobre fundamentos movedizos. Para sentirlo como nuestro baluarte, tenemos que admitir que nos sentimos desprotegidos. Para que se manifieste como nuestro libertador, tenemos que reconocer que estamos atrapados. Para que sea nuestro escudo, necesitamos confesar que nos sentimos indefensos. Para que se levante como cuerno de salvación, debemos admitir que estamos perdidos. Para que sea altura inexpugnable, necesitamos reconocer que estamos hundidos en lo más profundo del pozo.

Para pensar:
La realidad de Dios expresada en estos atributos divinos se ve solamente en la vida de aquellos que reconocen su necesidad de él. No nos lamentemos por sentir angustia y desesperanza. Al contrario, regocijémonos, porque recibiremos su poderosa visitación en la hora de necesidad.

Cuando la disciplina abruma JUNIO 3
Es suficiente para tal persona este castigo que le fue impuesto por la mayoría; así que, por el contrario, vosotros más bien deberíais perdonarlo y consolarlo, no sea que en alguna manera este sea abrumado por tanta tristeza. Por lo cual os ruego que reafirméis vuestro amor hacia él. 2 Corintios 2.6–8 (LBLA)

En la iglesia en Corinto había una persona que había caído en pecado. Por una decisión de la mayoría, la persona fue disciplinada. Esta disciplina, aparentemente, fue con el aval del apóstol Pablo, aunque no estuvo presente en el momento de la decisión. Según el testimonio de 1 Corintios 5.3, sin embargo, el apóstol les acompañó en espíritu. Ahora, sin embargo, se hace necesario que Pablo corrija la severidad en el trato que había recibido esta persona. La razón es que toda corrección tiene como objetivo restaurar al caído y ayudarlo a volver a caminar en santidad con el Señor.
Existe en nosotros, sin embargo, la tendencia de acompañar nuestros esfuerzos por disciplinar con una buena dosis de ira o rencor. ¿Cuántas veces, como padres, hemos sido excesivamente duros con nuestros hijos, porque no actuamos en el momento indicado? Nuestra paciencia no fue paciencia sino negligencia, y permitió que se acumularan sentimientos de fastidio y rabia. Cuando llegó el momento de corregir, lo usamos también para descargar todo nuestro disgusto sobre nuestro hijo. La presencia de estos elementos anula el beneficio de la disciplina porque utiliza un espíritu incorrecto.
De la misma manera, dentro de la iglesia la disciplina frecuentemente es prolongada por un espíritu de dureza hacia el infractor. Se le somete a humillaciones innecesarias y muchos optan por tener el menor contacto posible con esa persona. No obstante, la disciplina es una experiencia sumamente positiva para la vida de los que anhelan mayor crecimiento espiritual. Por medio de ella podemos ser corregidos y encaminados correctamente. También debemos admitir que es algo sumamente desagradable. Nos sentimos agredidos y nuestro orgullo inmediatamente comienza a demandar algún tipo de retribución. Caemos en un estado general de tristeza y desconsuelo que, de prolongarse, podría tener repercusiones serias para nuestra vida espiritual. Sabiendo esto, el apóstol Pablo anima a los hermanos a que no «abrumen» con demasiada tristeza a la persona disciplinada. El deseo es que la persona no sea enterrada y hundida por la acción de sus hermanos, porque la disciplina perdería su sentido.
En lugar de esto Pablo los anima a que «reafirmen su amor» hacia el caído. Esta exhortación recalca una de las grandes verdades del reino. El poder que más transforma la vida de otros es el que proviene del amor. La disciplina corrige, pero es el amor el que cala hondo en el corazón y lo abre a las experiencias más espirituales. Por esta razón, Cristo se apresuró a reafirmar su amor hacia Pedro, luego de que este le negara tres veces. El amor incondicional en el acto de Jesús encaminó definitivamente al apóstol en el ministerio que se le había encomendado.

Para pensar:
«El lugar más solitario del planeta es el corazón humano al que le falta el amor». Anónimo.

Interpretaciones dudosas JUNIO 4
Entonces dijo Isaías a Ezequías: Oye palabra de Jehová de los ejércitos: «He aquí vienen días en que será llevado a Babilonia todo lo que hay en tu casa, lo que tus padres han atesorado hasta hoy; ninguna cosa quedará, dice Jehová. De tus hijos que saldrán de ti y que habrás engendrado, tomarán, y serán eunucos en el palacio del rey de Babilonia». Y dijo Ezequías a Isaías: La palabra de Jehová que has hablado es buena. Y añadió: A lo menos, haya paz y seguridad en mis días. Isaías 39.5–8

Existen dos desafíos puntuales que nos enfrentan en relación a la Palabra de Dios. El primero de ellos es recibirla. Pareciera que mencionarlo es innecesario, pues esta necesidad es bien obvia y evidente para todos los que desean caminar en rectitud delante de él. No obstante, existe una gran diferencia entre entender que necesitamos su Palabra y experimentar día a día que el Señor le habla a nuestra vida.
El desafío de recibir la Palabra es grande porque todos nosotros estamos ocupados e inmersos en nuestras actividades cotidianas. Para que él nos hable, es necesario que cese -aunque no sea más que por un momento- el bullicio y el movimiento de nuestras vidas. Es difícil hablarle a quien está concentrado en otras cosas. Pero aun cuando cesan nuestras actividades, no tenemos garantía de nuestra capacidad de escucharlo. En nuestro interior también existe un incesante movimiento de las muchas cosas que estimulan nuestros pensamientos y alimentan nuestra preocupación. Por eso es imprescindible que adquiramos la disciplina de aquietar nuestros espíritus. El silencio y el oído atento son condiciones indispensables para poder escuchar al Señor.
Si logramos acallar nuestra alma para recibir con mansedumbre la Palabra habremos ganado la mitad de la batalla. Ahora se nos presenta un nuevo desafío: entender qué significa lo que hemos escuchado. Y es aquí donde frecuentemente nos desviamos de la verdad, pues le damos a la Palabra una interpretación enteramente favorable a nuestra situación personal. El deseo de escuchar del Señor sólo lo que es dulce a nuestros oídos es fuerte en cada uno de nosotros. Las interpretaciones convenientes le salvarán a nuestro espíritu esos momentos de incomodidad cuando la Palabra penetra hasta las profundidades del ser.
Ninguno de nosotros hemos tenido la bendición de que un profeta de la estatura de Isaías venga a proclamarnos la Palabra de Dios. El rey Ezequías, un hombre temeroso de Dios, tuvo este privilegio. Por medio del profeta le fue anunciado que toda sus posesiones, junto a sus hijos, serían llevados a Babilonia. Para un rey sumamente preocupado por las crecientes hostilidades con Asiria, esto sonaba a una alianza estratégica con el país que mejor los podía proteger. Se abrazó a la Palabra y dijo con alegría: «¡esta Palabra es buena!»
¡Qué equivocado estaba en su interpretación! El mensaje del profeta no anunciaba otra cosa que la destrucción de Jerusalén y el cautiverio para el pueblo de Israel. La lección, para nosotros, es clara. Seamos precavidos a la hora de proclamar el significado de su Palabra.

Para pensar:
El problema principal en la interpretación es creer que hay una sola interpretación posible de lo que se ha dicho. Tenga cuidado con esas interpretaciones en las que todo es acomodado a la conveniencia del intérprete. La palabra de Dios usualmente nos incomoda.

Sorpresas aterradoras JUNIO 5
Pero a la cuarta vigilia de la noche, Jesús fue a ellos andando sobre el mar. Los discípulos, viéndolo andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y gritaron de miedo. Mateo 14.25–26

¡Cuán limitada es nuestra capacidad de aceptar lo sobrenatural! Podemos convencernos de que creemos en cualquier manifestación divina porque, teológicamente, sabemos que está dentro de lo posible. A la hora de manifestarse Dios puede hacerlo de la manera que quiera, en el lugar que quiera y usando los medios que más le convengan. Confesamos entusiasmadamente que no tenemos problema con nada de esto, pues creemos en un Dios sin límites de poder.
Todo esto, sin embargo, no deja de ser un ejercicio de probabilidades, las cuales a menudo consideramos remotas. Ninguno de nosotros pone en duda que Dios pueda hacer cualquier cosa. Pero a la hora de su manifestación, quedamos apabullados por los medios que escoge y entramos en profundo conflicto con nosotros mismos.
Los discípulos llevaban al menos dos años con el Mesías. Conocían bien su rostro. Habían caminado, trabajado y ministrado a la par de Jesús. Tuvieron amplia oportunidad para estudiar sus rasgos físicos. Sin embargo, cuando apareció caminando sobre el agua, se llenaron de temor y proclamaron que estaban frente a un «fantasma».
No reconocían a Jesús. No estamos aquí hablando del Jesús físico, de carne y hueso. Era la misma persona con quien habían compartido tantos momentos íntimos. No era su persona la que no reconocían, sino el marco en el cual se estaba manifestando. Trascendía lo aceptable. Ni siquiera era imaginable esta posibilidad. Su presencia en un medio absolutamente diferente a todo lo que habían visto en la vida no les permitía reconciliar la imagen del Cristo que conocían, con la figura que venía a ellos sobre las aguas. Sus estructuras mentales no contenían parámetros para definir esta escena tan increíble y asombrosa. Descartaron la evidencia de los ojos y ajustaron lo que veían a sus explicaciones preconcebidas: ¡seguro que se trataba de una fantasma!
Esta reacción nos da una idea de qué tan acondicionados estamos por los parámetros que utilizamos, para entender y explicar el mundo en el cual nos movemos. La gente del pueblo de Jesús no podía aceptar que él fuera algo más que un humilde carpintero (Mt 13.55). ¿Se debía al hecho de que no era más que un carpintero? ¡De ninguna manera! Era el Mesías, pero los fuertes condicionamientos personales de los nazarenos no les permitía ver a Jesús salvo como un simple carpintero. De la misma manera nosotros, cuando nos hemos formado una idea sobre ciertos asuntos, difícilmente la modificamos, aun teniendo abundante evidencia que demuestra lo contrario.

Para pensar:
¿A qué nos lleva esta reflexión? A entender que nuestras estructuras personales tienen una gran influencia sobre la manera en que vemos a Dios y a los que están a nuestro alrededor. Por lo tanto, es saludable recordar que la vida es mucho más profunda y misteriosa de lo que podamos entender. Si le damos un carácter más relativo a nuestras explicaciones, no perderemos la capacidad de que otros nos corrijan, nos enseñen y, sobre todo, nos sorprendan.

Fines celestiales JUNIO 6
…a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Efesios 2.7 (LBLA)

El primer y segundo capítulo de Efesios presentan la más extraordinaria descripción de la obra soberana de Dios al redimirnos de la vida de muerte en la cual estábamos atrapados. Pablo enumera en un versículo tras otro el sacrificio de Dios a nuestro favor, presentando una larga lista de los fabulosos beneficios que esto ha traído a todos aquellos que han hecho de Cristo su Señor. Es, literalmente, un testamento que debe ser estudiado cuidadosamente por sus hijos, pues una mera leída no servirá para entender la profundidad ni la extensión de los beneficios que hemos obtenido en él.
Observe por un momento la declaración del objetivo de este regalo de Dios a los hombres: «…a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús». Es de sumo interés para nosotros notar dos cosas puntuales en esta declaración.
En primer lugar, el objetivo de Dios se extiende mucho más allá de los objetivos nuestros. Aun en el caso de las personas más espirituales, nuestros objetivos rara vez se refieren a eventos más allá de nuestra propia vida. Para la mayoría de nosotros las metas de nuestra vida se expresan, más bien, en términos de meses y años. Aquellos pocos que están construyendo a largo plazo, pueden estirarse a metas que se miden en términos de décadas. La declaración de Pablo nos impacta porque declara que la meta de Dios ¡se mide en cuestión de siglos! Mucho después de que Pablo hubiera muerto y los detalles de sus viajes quedaran en el olvido, el Señor estaría cosechando los frutos de la obra que él realizó en y por medio del gran apóstol.
Todos deseamos contribuir en algo a la generación en la que vivimos. El Señor tiene la perspectiva puesta en la eternidad, recordándonos que solamente vale la pena esforzarse y luchar por aquellas cosas que están contempladas dentro de esta dimensión del tiempo. Muchas de las cosas que nos parecían tan importantes en su momento habrán sido olvidadas por las generaciones futuras.
En segundo lugar, notamos una vez más, que lo que Dios desea dar a conocer a los hombres de todas las épocas son «las sobreabundantes riquezas de su gracia». Es decir, que los hombres puedan mirar para atrás y decir de todo corazón: «¡realmente Dios ha sido maravillosamente bueno para con nosotros!»
Un diccionario del Nuevo Testamento define la palabra «gracia» como «una especial manifestación de la presencia, actividad, poder o gloria divina, un favor, un regalo, una bendición». En este sentido, lo visible, con el pasar de los años, las décadas y los siglos, será el carácter bondadoso, misericordioso y paciente de Dios, que ha perseguido con amor insistente, a lo largo de todas las épocas, a un ser humano terco y pervertido en sus caminos. ¿Qué testimonio nos deja está actitud por parte del Padre? El amor persistente de Dios no conoce la frase «darse por vencido».

Oración:
Oh, Dios eterno, tu misericordia ni una sombra de duda tendrá. Tu compasión y tu bondad nunca fallan, y por los siglos ¡el mismo serás!

El brillo de nuestra luz JUNIO 7
Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Mateo 5.16 (LBLA)

Con frecuencia hago la siguiente pregunta a las personas de la iglesia: ¿Si no pudieras abrir tu boca para explicarle a otros que eres un discípulo de Cristo, cómo podrían darse cuenta de que tú lo eres? No se apresure en desechar la pregunta sin antes meditar en sus implicancias para nuestra vida. El hecho es que para una gran mayoría de personas el testimonio descansa enteramente sobre una proclamación verbal. Nuestro comportamiento contradice ese testimonio, de manera que las personas llegan a la conclusión de que realmente no nos diferenciamos en nada a ellos, salvo que «afirmamos» ser cristianos.
En el versículo de hoy, Cristo muestra el camino que quería para sus seguidores, un camino por el cual se daría evidencia a los de afuera que ellos estaban claramente identificados con Su persona. La expectativa de Jesús era que se dedicaran a las buenas obras, de tal manera que los otros se maravillaran por su forma de vida radicalmente diferente. Las buenas acciones se prepararon no para generar luz, sino para la manifestación de la luz. Es decir, la luz no tiene que realizar acciones especiales para darse a conocer. Quienes ven su resplandor llegan a la conclusión inevitable de que es luz. De igual manera, era la voluntad de Jesús que sus seguidores vivieran haciendo el bien a los demás a fin de que, aun cuando hablar no fuera posible, la gente los identificara como personas de otro «mundo».
Los que somos de la iglesia evangélica aún sufrimos de un fuerte condicionamiento en contra de las buenas obras. No queremos que nadie diga ni piense que deseamos ganarnos el cielo con nuestras acciones. El resultado, sin embargo, es que hemos descartado completamente las buenas obras de nuestra vida espiritual. No obstante, considere las siguientes declaraciones: «Pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef 2.10). «Preséntate tú en todo como ejemplo de buenas obras». (Ti 2.7). «Él se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras» (Ti 2.14). «Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras» (Ti 3.8). «Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras» (Heb 10.24). «Mantened buena vuestra manera de vivir entre los gentiles, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras» (1 P 2.12).
En ninguno de estos versículos se declara que las buenas obras no son importantes para los que siguen a Cristo. Al contrario, afirman que ¡los que siguen a Cristo son conocidos por sus buenas obras! Pidamos pues, al Padre, que nos muestre dónde está trabajando él, para que nos unamos a las buenas obras que preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

Para pensar:
«Has todo el bien que puedas, a todas las personas que puedas, de todas las maneras que puedas, por todo el tiempo que puedas». Juan Wesley.

Palabra de vida JUNIO 8
Orad… por mí, a fin de que al abrir mi boca, me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio. Efesios 6.19

¡Qué interesante que es este pedido de Pablo a los creyentes de la iglesia de Éfeso! Sería bueno que todos los que estamos involucrados en la proclamación de la Palabra pudiéramos solicitar esto antes de cada compromiso ministerial.
La construcción de la frase nos muestra claramente dónde podemos errar en el ministerio de la proclamación. Es fácil abrir la boca pero no es tan sencillo hablar palabra de lo alto. De hecho, es una de las características que más preocupan en la iglesia del siglo XXI, la falta de Palabra en muchas de las predicaciones y enseñanzas que se escuchan hoy. Ha crecido mucho la tendencia de leer un versículo para luego compartir las propias opiniones acerca de cómo obra Dios y qué es lo que está haciendo en este tiempo. El resultado es que tenemos una interminable sucesión de «intérpretes» espirituales, enamorados de sus propios razonamientos, pero escasea la Palabra pura de Dios que es poderosa para transformar la vida de los oyentes.
En las personas que hemos recibido formación en el arte de la buena comunicación, el peligro es aún mayor, pues podemos disfrazar con mucha elegancia nuestra ignorancia de la Palabra utilizando todos los recursos de la buena oratoria. El resultado puede entretener, pero no ayuda a que el pueblo avance hacia la madurez en Cristo Jesús.
Pablo tenía un deseo similar al de Cristo. El Hijo de Dios le dijo a sus discípulos: «Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió» (Jn 7.16 - LBLA). Más adelante aclaró: «No he hablado por mi propia cuenta, sino que el Padre mismo me ha enviado, me ha dado mandamiento sobre lo que he de decir y lo que he de hablar» (Jn 12.49 - LBLA). De la misma manera, el apóstol -que no era ningún neófito en temas de comunicación- temblaba ante la posibilidad de malgastar el tiempo hablando de sus propias opiniones e ideas. Por eso le pedía a los creyentes que oraran por él, para que cuando abriera su boca no se escucharan palabras de hombre, sino de Dios.
Debemos, como líderes, tener convicción de que esta es la única Palabra que vale la pena compartir. Nuestra palabra informa, entretiene y aclara; pero se entremezcla con las miles de palabras que escucha el pueblo cada semana por la radio, la televisión y por boca de vecinos, compañeros de trabajo y amigos. Solamente la Palabra de Dios es «viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb 4.12–13 - LBLA). Puede ser proclamada con suma sencillez, más su efecto será profundo y duradero porque esta es la Palabra que tiene vida.

Para pensar:
Para proclamar Su Palabra necesitamos ser estudiantes de La Palabra. ¿Cuánto tiempo está dedicando al estudio diligente de las Escrituras? ¿Qué efecto tiene esto sobre su vida personal? ¿Sobre su vida ministerial? ¿Qué otras cosas puede hacer para crecer en el conocimiento de la Palabra?

Entusiasmos pasajeros JUNIO 9
Mientras estaba en Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos; y no necesitaba que nadie le explicara nada acerca del hombre, pues él sabía lo que hay en el hombre. Juan 2.23–25

Esta visita a Jerusalén probablemente se produjo en el primer año de ministerio de Jesús, un año acompañado de un crecimiento vertiginoso en su popularidad. Donde quiera que iba el Hijo del Hombre lo acompañaban las señales y los prodigios que atraían cada vez más a las multitudes. Su paso por Jerusalén tuvo esta misma característica, con un resultado predecible: «muchos creyeron en su nombre». El evangelista agrega un pequeño comentario, no obstante, para aclarar qué era lo que los había movido a creer en el Cristo: eran, precisamente, estas mismas señales.
Quizás sea por la monotonía de nuestras vidas que las manifestaciones sobrenaturales y lo sensacional nos llaman tanto la atención. Donde existen milagros también encontraremos multitudes de curiosos. A estos se agregarán otros que están dispuestos a trabajar para retener y perpetuar lo milagroso. Todos ellos, sin embargo, estarán movidos, mayormente, por ese asombro frente a lo diferente que tiene muy poco que ver con la fe y las cosas de la vida espiritual. Es el mismo asombro y entusiasmo que tantas veces acompañan nuestras propias experiencias de «creer». Nos gustó la elocuencia del que predicó, o nos conmovió la particular combinación de canciones que tocaron los músicos, o nos sentimos movidos por el emotivo testimonio de alguno que compartió su experiencia con la congregación. No hemos de dudar por un instante que Dios puede usar todas estas cosas para tocar nuestros corazones. Debemos aclarar, sin embargo, que la mayoría de estas reacciones no son espirituales, sino emocionales. La convicción resultante tiene poco poder para cambiar la vida. Lamentablemente, si nuestra convicción no produce transformación, su valor para la eternidad es muy escasa.
Cristo no se fiaba de ellos porque sabía que gran parte de estas reacciones no estaban basadas en una genuina convicción espiritual. Conocía la realidad del corazón del hombre; lo que hay allí no cede con decisiones tomadas en un momento de euforia. Cede, más bien, cuando hay un profundo quebrantamiento por parte de Dios que produce apertura a su obra purificadora en nosotros.
Considere en cuántas cosas creemos, que no alteran en nada nuestro comportamiento. Pocos dudan de la importancia de una buena dieta, acompañada de moderación a la hora de comer. Es difícil encontrar quienes la practican. La mayoría de nosotros sabemos lo fundamental que es el descanso. Son muy pocos los líderes en el ministerio que lo practican. Los que tenemos un ministerio de enseñanza sabemos lo fundamental que es la buena preparación. ¿Cuántos, sin embargo, realmente le dedicamos el tiempo necesario? En todo esto queda revelado que nuestras convicciones muchas veces no afectan nuestro comportamiento. No ha de sorprendernos, entonces, que a Jesús no lo conmovían las decisiones de euforia que veía a su alrededor.

Para pensar:
El acento en la vida tiene que estar en los cambios que se producen en nuestra manera de vivir. Cuando se producen cambios podemos tener la certeza de que la decisión fue espiritual.

La firmeza del líder JUNIO 10
Él les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho este? Ningún delito digno de muerte he hallado en él; lo castigaré y lo soltaré. Pero ellos insistían a gritos, pidiendo que fuera crucificado; y las voces de ellos y de los principales sacerdotes se impusieron. Lucas 23.22–23

El líder muchas veces se enfrenta a la necesidad de tomar decisiones, algunas de ellas de un peso trascendental para la gente que lo rodea. Si ha sido sabio habrá formado un equipo de colegas con quienes podrá estudiar cuidadosamente las decisiones y escuchar atentamente la opinión de cada uno de ellos. En última instancia, no obstante, deberá hacerse cargo de las decisiones y comunicar al pueblo qué determinación ha escogido.
En unas pocas situaciones el líder deberá enfrentarse a decisiones en las cuales estarán en juego complejos principios éticos que no siempre tienen fácil resolución. Su decisión probablemente sea el resultado de un agónico proceso de evaluación en el cual habrá pesado una y otra vez cada aspecto del tema bajo consideración. El camino recorrido para llegar a una determinación seguramente será intensamente solitario.
Sea cual sea la particularidad del proceso de decisión, sin embargo, habrá siempre una constante: personas que usarán todo tipo de presiones para asegurarse que las cosas se decidan como ellos quieren. La presión puede venir por medio de las amistades del líder. En la mayoría de los casos, sin embargo, la presión se hará sentir por medios más agresivos, desde el uso de los versículos que apoyan la opinión del que sugiere el camino a seguir, hasta la amenaza y la formación de bandos que trabajan incansablemente para conseg