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CORNELIO:UN HOMBRE PIADOSO Y TEMEROSO DE DIOS

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CORNELIO:UN HOMBRE PIADOSO Y TEMEROSO DE DIOS

Cornelio era temeroso de Dios. En los tiempos del Nuevo Testamento se daba este nombre a los gentiles que, cansados de los ídolos y las inmoralidades y las frustraciones de la religiosidad tradicional, se acercaban a la religión judía. No llegaban hasta el punto de circuncidarse y comprometerse a cumplir la Ley; pero asistían a los cultos de la sinagoga y creían en un solo Dios y en la ética del judaísmo.

UN FIEL SOLDADO

Hechos 10:1–8

En Cesarea vivía un tal Cornelio, que era el centurión del batallón Italiano del ejército romano. Era un hombre piadoso y temeroso de Dios en compañía de toda su casa; era generoso en los actos de caridad pública, y practicaba regularmente la oración.
Cierto día, como a las tres de la tarde, tuvo una visión en la que se le apareció un ángel de Dios y le llamó:
—¡Cornelio!
Él se le quedó mirando, y le contestó respetuosamente:
—Presente y a tus órdenes, señor.
—Dios ha tenido presentes tus oraciones y obras de caridad, que Le han hecho que te tenga en cuenta de una manera especial —continuó el ángel—. Ahora tienes que mandar hombres a Jope para que te traigan a un tal Simón al que también llaman Pedro, que está parando en casa de otro Simón, que es curtidor y que vive a la orilla del mar.
Cuando desapareció el ángel que había hablado con él, Cornelio mandó llamar a dos de sus criados y a un fiel asistente, les contó lo que había experimentado y los envió a Jope.

El capítulo 10 del Libro de los Hechos nos cuenta la historia de una verdadera encrucijada en la vida de la Iglesia. Por primera vez se admite a un gentil en la comunidad. Como Cornelio tiene una gran importancia en la Historia de la Iglesia, vamos a recopilar todo lo que podemos saber de él:

Cornelio era un centurión romano estacionado en Cesarea.

que era el cuartel general del gobierno en Palestina. La palabra que hemos traducido como batallón es el término griego para una cohorte. En la estructura militar romana tenemos en primer lugar la legión, que se componía de seis mil hombres y correspondía más o menos a una división. Componían la legión diez cohortes, cada una de las cuales estaba formada por seiscientos soldados, y equivalía al batallón. La cohorte se dividía en centurias, al frente de cada una de las cuales había un centurión. La centuria sería ahora una compañía, y el equivalente del centurión, el sargento. Los centuriones formaban el espinazo del ejército romano. Un historiador antiguo describe así sus características:

«Se prefiere que los centuriones no sean temerarios ni lanzados, sino buenos hombres de mando, de carácter estable y prudente, no propensos a iniciar la ofensiva ni la pelea temerariamente, sino capaces, cuando se ven asediados u oprimidos, de mantenerse firmes en su puesto hasta la muerte». Cornelio era sin duda un hombre que sabía bien y a fondo lo que son el valor y la lealtad.

Cornelio era temeroso de Dios.

En los tiempos del Nuevo Testamento se daba este nombre a los gentiles que, cansados de los ídolos y las inmoralidades y las frustraciones de la religiosidad tradicional, se acercaban a la religión judía. No llegaban hasta el punto de circuncidarse y comprometerse a cumplir la Ley; pero asistían a los cultos de la sinagoga y creían en un solo Dios y en la ética del judaísmo. Cornelio era, pues, un sincero buscador de Dios; y, como lo era, Dios le encontró.

Cornelio practicaba la caridad; era un hombre amable.

Su búsqueda de Dios le había hecho amar a los hombres, y el que ama a su prójimo no está lejos del Reino de Dios.

Cornelio era un hombre de oración.

Puede que todavía no conociera claramente al Dios al que oraba; pero, según la luz que había recibido, vivía cerca de Dios.


PEDRO APRENDE UNA LECCIÓN

Hechos 10:9–16

Al día siguiente, mientras los mensajeros de Cornelio iban de camino y se encontraban ya cerca del pueblo, Pedro subió a orar a la azotea de la casa ya casi al mediodía. Tenía hambre, y quería comer algo; pero, mientras se lo preparaban, tuvo un éxtasis: vio que se abrían los cielos y bajaba al suelo algo así como una gran lona atada por las cuatro puntas y llena de toda clase de cuadrúpedos, y reptiles, y aves. Y oyó una voz que le decía: «¡Venga, Pedro, mata y come!». «¡Nada de eso —contestó Pedro—, porque yo no he comido nunca nada contaminado ni inmundo!» Luego oyó la voz que le decía por segunda vez: «Lo que Dios ha limpiado no lo debes tú considerar inmundo». Esto sucedió tres veces, y seguidamente se llevaron la lona al cielo.

Antes de que Cornelio pudiera ser recibido en la Iglesia, Pedro tenía que aprender una lección. Un estricto judío creía que Dios no tenía ningún interés en los gentiles. Algunos extremistas llegaron a decir que no se debía ayudar a una mujer gentil en el parto, porque no se hacía más que contribuir a que llegara otro gentil al mundo. Pedro tenía que desaprender todo eso antes de que Cornelio pudiera entrar.
Hay algo que nos indica que Pedro ya había iniciado el camino para desaprender algo de la rigidez que le habían enseñado. Estaba parando con otro Simón, que era curtidor (9:43; 10:5).

Un curtidor tenía que trabajar con restos de animales muertos y, por tanto, siempre estaba en estado de impureza ritual (Números 19:11–13). Ningún judío estricto habría aceptado la hospitalidad de un curtidor. La impureza ritual era lo que obligaba a Simón a vivir a la orilla del mar, fuera de la ciudad. Sin duda este curtidor era cristiano, y Pedro había empezado a ver que el Evangelio abolía esas leyes o tabúes.

Al mediodía Pedro se subió a orar a la azotea. Las casas solían tener la cubierta en esa forma y, como eran pequeñas por lo general, se subía a la terraza cuando se quería estar tranquilo. Allí tuvo la visión de la lona que bajaba del cielo. Tal vez había un toldo en aquella terraza para protegerla del calor del sol, y ese toldo sugiriera la lona de la visión; pero eso no quiere decir que todo fuera imaginación y nada más. La palabra para lona es la que se utiliza para la vela de un barco. También es probable que Pedro estuviera viendo en las aguas del Mediterráneo barquitos cuyas velas sugirieran algo de la visión.

El caso es que Pedro vio la lona llena de animales y oyó la voz que le decía que matara y comiera. Ahora bien: los judíos tenían estrictas leyes alimentarias que encontramos en Levítico 11. En general, los judíos no podían comer más que animales que rumian y que tienen la pezuña hendida. Todos los demás eran inmundos y estaba prohibido comerlos. A Pedro le escandalizó la voz, y contestó que él no había comido nunca nada inmundo. Y la voz le dijo que no llamara inmundo a lo que Dios había limpiado. Y esto sucedió tres veces, para que no cupiera posibilidad de error o incomprensión. Tal vez antes Pedro habría llamado inmundo a un gentil; pero Dios le preparó para que recibiera a los mensajeros que venían de camino.


EL ENCUENTRO DE PEDRO Y CORNELIO

Hechos 10:17–33

Pedro se quedó hecho un lío sin saber lo que querría decir aquella visión; pero entonces llegaron a la puerta los hombres que había mandado Cornelio, que habían venido preguntando por la casa de Simón; y preguntaron en voz alta si estaba parando allí un cierto Simón al que también llamaban Pedro. Cuando Pedro estaba pensando en lo que querría decir la visión, el Espíritu le dijo: «Hay tres hombres preguntando por ti. Anda, baja, y no tengas reparo de ir con ellos; porque soy Yo quien te los he mandado».
Así es que Pedro bajó de la azotea y les dijo a los hombres:
—Yo soy el que buscáis. ¿Qué os trae por aquí?
—Un santo ángel le ha dado instrucciones al centurión Cornelio, que es un hombre bueno y temeroso de Dios y al que estima todo el pueblo judío, que te mande a buscar para que vayas a su casa, y que preste atención a lo que tú le vas a decir.
Pedro les dijo que entraran y que fueran sus huéspedes; y al día siguiente se marchó con ellos y con algunos miembros de la iglesia de Jope que los acompañaron. Y después de un día de viaje entraron en Cesarea, donde los estaba esperando Cornelio, que había invitado a sus amigos íntimos y a sus parientes.
Cuando Pedro estaba a punto de entrar en la casa, salió Cornelio a recibirle, y se arrodilló a sus pies como si le considerara un ser sobrenatural. Pero Pedro le hizo levantarse, y le dijo:
—¡Levántate, que yo no soy más que un ser humano como tú!
Luego entró hablando con él, y se encontró con esa nutrida concurrencia.
—Vosotros sabéis muy bien —empezó a decirles Pedro—que la Ley le prohíbe a un judío el tener contacto con un extranjero o ir a visitarle. Pero Dios me ha mostrado a mí que no debo considerar impuro o inmundo a ningún ser humano. Por eso he venido sin discutir cuando habéis mandado a buscarme. Y ahora os pregunto: ¿Para que me habéis llamado?
—Hace exactamente cuatro días a esta hora —le contestó Cornelio—que estaba yo orando en mi casa a las tres de la tarde, cuando se me presentó un varón con ropa resplandeciente, que me dijo: «Cornelio, Dios ha escuchado tu oración, y se ha fijado en tus obras de caridad. Manda mensajeros a Jope, e invita a un cierto Simón al que llaman Pedro para que venga a verte. Está alojado en casa del curtidor Simón, que vive a la orilla del mar». Entonces te mandé a buscar sin pérdida de tiempo, y has sido muy amable en venir. Así es que nos hemos reunido aquí en la presencia de Dios para escuchar todo lo que el Señor te ha instruido que nos digas.

En este pasaje suceden cosas extraordinarias. Recordemos una vez más que los judíos creían que los demás pueblos estaban fuera de la misericordia de Dios. Un judío verdaderamente estricto no tenía contacto con un gentil, ni aun con un judío que no cumpliera la ley tradicional. Especialmente, jamás tendría como huésped o sería el huésped de un hombre que no cumpliera la Ley. Recordando eso, fijémonos en lo que hizo Pedro. Cuando los emisarios de Cornelio estaban a la puerta —y, conociendo las normas de los judíos, no pasaron de la puerta—, Pedro los invitó a entrar y les dio hospitalidad (23). Cuando Pedro llegó a Cesarea, Cornelio le salió a recibir a la puerta, sin duda preguntándose si Pedro atravesaría el umbral; y Pedro entró (versículo 27). De la manera más maravillosa, las barreras empiezan a venirse abajo.

Eso es típico de la obra de Cristo. Un misionero nos relata un culto de comunión que estaba haciendo en África. A su lado estaba sentado como anciano un jefe de edad de los ngoni llamado Manlyheart, «corazón viril». El anciano jefe recordaba los días cuando los jóvenes guerreros ngoni habían dejado tras su paso una estela de poblados incendiados y devastados, volviendo a casa con las lanzas teñidas de sangre, y con las mujeres de sus enemigos como botín. ¿Y cuáles eran las tribus que habían asolado? Las de los senga y los tumbuka. ¿Y quiénes estaban participando de aquel culto de comunión? Los ngoni, los senga y los tumbuka formaban aquella congregación ahora que el amor de Cristo les había hecho olvidar sus enemistades ancestrales. En los primeros días de la Iglesia el Evangelio quitaba las barreras. Aún sucede cuando se le ofrece la oportunidad.

                                         Cornelio invita a pedro a su casa

EL CORAZÓN DEL EVANGELIO

Hechos 10:34–43

Pedro empezó a decir:
—Ahora sí que no me cabe la menor duda de que Dios no tiene favoritos, sino que mira con agrado al que Le teme y obra como es debido, sea de la nación que sea. Vosotros conocéis el Mensaje que Dios envió al pueblo de Israel, la Buena Nueva de la paz que se ha hecho realidad por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. Ya sabéis lo que se divulgó por toda Judea, que había empezado en Galilea a partir del bautismo que proclamó Juan: Que Dios ungió como Mesías con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, que fue por todo el país haciendo buenas obras y devolviendo la salud a todos los que el diablo tenía oprimidos, porque Dios estaba con Él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo Jesús en Judea y en Jerusalén. Ya sabéis que le mataron colgándole de una cruz; pero Dios le resucitó al tercer día e hizo que se presentara para no dejar lugar a dudas, no a toda la gente, sino a los testigos que había escogido de antemano; es decir, a nosotros, que comimos con Él después de su Resurrección. Él mismo nos ha mandado a predicar al pueblo, y a dar testimonio de que Dios Le ha puesto como juez de vivos y muertos. Todos los profetas dan testimonio de Él, y de que todos los que crean que Jesús es el Mesías recibirán el perdón de los pecados.

Ya se comprende que aquí no se nos da más que un resumen de lo que Pedro predicó en casa de Cornelio, lo cual lo hace aún más importante porque nos da

La Esencia de la Predicación Original del Evangelio.

Jesús fue enviado y equipado por Dios con el Espíritu Santo y con poder.

Jesús es, por tanto, el Don de Dios a los hombres. A veces se ha pensado que Dios estaba airado, y el humilde Jesús consiguió pacificarle con su sacrificio. Eso no es lo que decían los primeros predicadores; sino que Dios mismo fue el que envió a Jesús para que nos manifestara el amor de Dios.

Jesús practicó un ministerio de sanidad.

Era su gran deseo el desterrar del mundo el dolor y la tristeza.

Le crucificaron.

Una vez más se hace hincapié, para el que sabe leer entre líneas, en el terrible horror de la Crucifixión. Hasta ese punto llega el pecado humano.

¡Pero resucitó! El poder que había en Él no podía ser derrotado.

Podía conquistar lo peor que los hombres pudieran hacer, y al final conquistó la muerte.

Los predicadores y los maestros cristianos son testigos de la Resurrección.

Para ellos Jesús no es el personaje de un libro o del que han oído hablar. Es Uno que está vivo y presente, con Quien ellos se han encontrado y al Que conocen personalmente.

El resultado de todo esto es el perdón de los pecados y una nueva relación con Dios.

Por medio de Jesús ha vuelto a amanecer sobre la humanidad la amistad que siempre debía haber existido entre Dios y los hombres, pero que el pecado había interrumpido.


LA ENTRADA DE LOS GENTILES EN LA IGLESIA

Hechos 10:44–48

Todavía estaba hablando Pedro cuando el Espíritu Santo cayó por sorpresa sobre todos los que estaban escuchando su predicación. Los cristianos judíos que habían venido con Pedro se sorprendieron muchísimo de que el Espíritu Santo se derramara tan liberalmente sobre unos que no eran judíos; pero tenía que ser eso, porque los oían hablar en lenguas y alabar a Dios. Entonces Pedro dijo:
—¿Quién se puede oponer a que se prepare agua para bautizar a estos que han recibido el Espíritu Santo lo mismo que nosotros?
Así es que mandó que fueran bautizados en el Nombre del Señor Jesús. Y le pidieron que se quedara con ellos algunos días.

Antes de que Pedro terminara de hablar sucedió algo que los cristianos judíos no pudieron discutir. Cornelio y sus amigos empezaron a hablar en otras lenguas y a alabar a Dios. Esto era la prueba del hecho sorprendente de que Dios les había dado el Espíritu también a esos gentiles.
Hay dos cosas interesantes que se deducen de este pasaje:
(i) Estos gentiles que se convirtieron, como es corriente en Hechos, fueron bautizados allí mismo y al momento. En Hechos no hay rastro de que tuvieran que ser unos hombres determinados los que administraran el bautismo. La gran verdad era que la Iglesia Cristiana era la que recibía a los convertidos. Haríamos bien en recordar que el bautismo no es algo que hace el pastor, sino que es la Iglesia la que recibe al nuevo miembro en el Nombre de Jesucristo, y acepta la responsabilidad de cuidarse de él.
(ii) La última frase es significativa: Y le pidieron a Pedro que se quedara con ellos algunos días. ¿Por qué? Sin duda para enseñarles más cosas. El ser recibidos como miembros de la iglesia no es el fin, sino el principio de la vida cristiana.


LA DEFENSA DE PEDRO

Hechos 11:1–10

Los apóstoles y los miembros de la comunidad cristiana de Judea se enteraron de que unos que no eran judíos habían recibido el Evangelio. Y, cuando Pedro subió a Jerusalén, los judíos cristianos se pusieron a discutir con él y a decirle:
—¿Qué es eso de que has entrado en casa de paganos incircuncisos y has comido con ellos?
Pedro empezó por el principio, y se lo refirió todo paso a paso.
—Yo estaba orando en la ciudad de Jope —dijo—, cuando tuve un éxtasis y se me presentó una visión. Era algo así como una lona muy grande que bajaban por los cuatro picos hasta dejarla precisamente delante de mí. Yo me la quedé mirando a ver qué era, y vi que estaba llena de cuadrúpedos terrestres, fieras, reptiles y aves. Y oí una voz que me decía: «¡Venga, Pedro, mata y come!» Y yo respondí: «Nada de eso, señor; porque en mi boca no ha entrado jamás nada contaminado ni inmundo». Entonces me dijo por segunda vez la voz del cielo: «No debes considerar contaminado lo que Dios ha limpiado». Esto sucedió tres veces, y luego se lo llevaron todo al cielo.

La importancia que le dio Lucas a este incidente se ve por el doble espacio que le dedica. En los tiempos antiguos, el escritor no podía extenderse indebidamente. Todavía no existían los libros en la forma actual. Se usaban rollos de un material que se llamaba papiro, el antepasado del papel, que se hacía de una pasta que se sacaba de las plantas de aquel nombre. Un rollo no era fácil de manejar, y el más largo tendría unos diez metros, la longitud necesaria para contener todo el libro de Hechos.
Lucas tendría una cantidad casi ilimita-da de historias que hubiera querido incorporar en su libro. Debe de haber hecho la selección de lo que quería incluir con el máximo cuidado; y, sin embargo, consideró que la historia de Pedro y Cornelio era tan importante que había que contarla dos veces.
Lucas tenía razón. No solemos darnos cuenta de lo cerca que estuvo el Cristianismo de no pasar de ser una secta judía, o una nueva forma de judaísmo. Todos los primeros cristianos eran judíos, y toda la tradición y el carácter del judaísmo los habría movido a guardar esta nueva maravilla para sí mismos, y a creer que Dios no podía haber pretendido que fuera también para los gentiles. Lucas ve este incidente como un hito importante en la carretera que la Iglesia iba recorriendo en su caminar hacia una concepción de un mundo para Cristo.


UNA HISTORIA CONVINCENTE

Hechos 11:11–18

—En ese mismo momento —continuó relatando Pedro— llegaron tres hombres a la casa donde estábamos alojados. Me los habían mandado desde Cesarea. El Espíritu me dijo que no dudara en ir con ellos. Estos seis miembros de la congregación vinieron conmigo, y entramos en la casa del hombre. Él nos contó que había visto un ángel que se le había aparecido en su casa, que le había dicho: «Manda mensajeros a Jope que te traigan a un tal Simón al que llaman Pedro. Él te dirá cómo podéis salvaros tú y todos los de tu casa». En cuanto empecé a hablar, el Espíritu Santo descendió sobre ellos, como también había descendido sobre nosotros al principio. Yo me acordé de lo que nos había dicho el Señor: «Juan bautizaba con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo». Entonces, si Dios les dio, cuando creyeron en el Señor Jesucristo, el mismo Don que nos había dado a nosotros cuando creímos, ¿quién era yo para ponerle cortapisas a Dios? ¿Iba yo a enmendarle la plana a Él?
Cuando oyeron el informe de Pedro, olvidaron inmediatamente sus objeciones y se pusieron a alabar a Dios y a decir:
—¡Conque Dios les ha concedido también a los gentiles que se arrepientan para recibir la Vida eterna!

La falta por la que llamaron a capítulo a Pedro era que había comido con gentiles (versículo 3). Había violado la ley ancestral y las tradiciones de su pueblo. La defensa de Pedro no fue una discusión, sino una simple exposición de los hechos. Dijeran lo que dijeran sus críticos, el Espíritu Santo había descendido sobre esos gentiles de una manera indiscutible. En el versículo 12 hay un detalle significativo: Pedro dice que llevó a seis hermanos consigo. Es decir, que eran siete en total. Según la ley de Egipto, que los judíos conocían muy bien, siete testigos formaban el quórum para tomar ciertos acuerdos. En la ley romana, que también conocerían bien, hacían falta siete sellos para autenticar un documento verdaderamente importante. Así es que Pedro estaba diciendo realmente: «No voy a discutir con vosotros. Os estoy dando los hechos, y aquí estamos siete testigos. El caso está probado».
La prueba del Evangelio siempre se da con hechos. Es dudoso que nadie se haya convertido al Cristianismo después de escuchar pruebas verbales o demostraciones lógicas. La demostración del Evangelio es que funciona, que cambia a las personas, que hace buenos a los malos y que comunica el Espíritu de Dios. Cuando las obras desmienten a las palabras, no se puede creer; pero, cuando las palabras están garantizadas por las obras, no hay argumento en el mundo que las pueda desmentir.

CORNELIO:UN HOMBRE PIADOSO Y TEMEROSO DE DIOS



 

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