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¿CÓMO LLEGAR A SER CRISTIANO?

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¿CÓMO LLEGAR A SER CRISTIANO?

Son tantas y tan diversas las concepciones erróneas acerca del cristianismo en nuestros días, que me veo en la necesidad de ocuparme de ellas en primer lugar. Con frecuencia es preciso demoler antes de poder construir. ¿Cuál es, entonces, la esencia del cristianismo?

¿CÓMO LLEGAR A SER CRISTIANO?
Lo que el cristianismo no es

En primer lugar, el cristianismo no es fundamentalmente un credo. Son muchas las personas que creen que lo es. Se imaginan que si pueden recitar el Credo de los Apóstoles de comienzo a fin sin reserva mental alguna, esto las convertirá en cristianas. Conversando hace algunos años con un médico, recuerdo haberle preguntado qué era un cristiano en su concepto. Después de pensar un momento contestó: ‘Cristiano es alguien que presta asentimiento a ciertos dogmas.’ Pero su respuesta resulta inadecuada hasta el punto de ser inexacta. Por cierto que el cristianismo tiene un credo, y que lo que cree el cristiano reviste mucha importancia, pero es posible prestar asentimiento a todos los artículos de la fe cristiana y no ser cristiano. La mejor demostración de esto es el diablo. Como lo expresó Santiago: ‘¿Tú crees que hay un solo Dios? ¡Magnífico! También los demonios lo creen, y tiemblan’ (Santiago 2:19).
En segundo lugar, el cristianismo no es fundamentalmente un código de conducta. Sin embargo, muchas personas creen que lo es, y hasta contradicen a las personas que pertenecen a la primera categoría. ‘En realidad no importa lo que uno crea’, dicen, ‘siempre que uno lleve una vida decente.’ De manera que luchan por guardar los Diez Mandamientos, por vivir de conformidad con las normas del Sermón del Monte, y por cumplir la regla de oro. Todo lo cual está muy bien y es muy noble, pero la esencia del cristianismo no es la ética. Desde luego, tiene una ética, incluso la ética más elevada que el mundo jamás haya conocido, con su ley suprema del amor. Con todo, es posible vivir una vida recta y no ser cristiano, como pueden demostrar muchos agnósticos.
Tercero, el cristianismo no es fundamentalmente un culto, empleando este término en el sentido de ‘un sistema de adoración religiosa’, y un núcleo de ceremonias. Por supuesto que el cristianismo tiene ciertas observancias. El bautismo y la santa comunión, por ejemplo, fueron instituidos por Jesús mismo, y siempre han sido disfrutados por la iglesia desde entonces. Ambos son preciosos y provechosos. Más todavía, ser miembro de la iglesia y asistir a los cultos constituyen partes necesarias de la vida cristiana; también lo son la oración y la lectura de la Biblia. Pero es posible participar en todas estas prácticas y, no obstante, no comprender qué es lo central del cristianismo. Los profetas del Antiguo Testamento denunciaban constantemente a los israelitas por su religión hueca, y Jesús criticaba a los fariseos por la misma razón.
De manera que el cristianismo no es un credo, ni un código, ni un culto, por importantes que sean todos ellos en el lugar que les corresponde. En esencia no es un sistema intelectual, como tampoco un sistema ceremonial. Pero debemos ir más lejos todavía. El cristianismo no lo constituyen estas tres cosas juntas. Es perfectamente posible (si bien raro por lo difícil) ser ortodoxo en las creencias, recto en conducta, y cumplir las observancias religiosas a conciencia, y no obstante pasar por alto la médula del cristianismo.


El Club Santo de John Wesley

Tal vez el mejor ejemplo histórico de esto sea Juan Wesley en sus días en Oxford, antes de su conversión. Él, su hermano Carlos, y algunos de sus amigos, fundaron una sociedad religiosa en 1729, sociedad que con el tiempo se hizo conocer como el Club Santo. Al parecer sus miembros eran personas admirables en todo sentido. Primero, eran ortodoxos en cuanto a su fe. No sólo aceptaban el ‘Credo apostólico’, el ‘Credo Niceno’, y el ‘Credo de Atanasio’, sino también los ‘Treinta y nueve artículos’ de la Iglesia de Inglaterra.
Segundo, vivían una vida impecable. Se reunían varias noches por semana, estudiaban libros instructivos, y procuraban perfeccionar su agenda diaria, de tal manera que cada minuto del día tuviese una actividad responsable. Luego comenzaron a visitar a los presos en el Castillo de Oxford y en el Bocardo (cárcel para deudores). Luego fundaron una escuela en una zona pobre, pagaban el sueldo del maestro y vestían a los niños de su propio bolsillo. Estaban llenos de buenas obras.
Tercero, eran sumamente religiosos. Concurrían al culto de comunión todas las semanas, ayunaban los miércoles y viernes, guardaban las horas canónicas de oración, observaban el sábado como día de descanso, además del domingo, y se regían por la severa disciplina de Tertuliano, el primitivo padre de la iglesia latina.
Mas, a pesar de esta extraordinaria combinación de ortodoxia, filantropía, y piedad, Juan Wesley reconoció posteriormente que él no era cristiano en absoluto en esa época. Al escribirle una carta a su madre le confesó que, si bien su fe quizá fuese la de ‘esclavos’, por cierto que no era la de ‘hijos’. Para él la religión significaba esclavitud, no libertad.
En 1735 viajó a Georgia, en los Estados Unidos, como capellán de los colonizadores y como misionero a los indios. Pero dos años más tarde, profundamente desilusionado, regresó a Inglaterra. Escribió en su diario:

‘Fui a Norteamérica a convertir a los indios; pero, ¡oh!, ¿quién me convertirá a mí?’ Y esto: ‘¿Qué he aprendido yo mismo mientras tanto? Pues, lo que yo menos sospechaba, que yo mismo, que fui a Norteamérica a convertir a otros, no me había convertido jamás a Dios.’


Qué es el cristianismo

¿Qué era, por lo tanto, lo que le faltaba? Si la esencia del cristianismo no es un credo, ni un código, ni un culto, ¿en qué consiste? ¡El cristianismo es Cristo! No es primordialmente un sistema de ninguna clase; es una persona, y una relación personal con esa persona. Entonces sí otros elementos encajan donde corresponde: nuestras creencias y nuestra conducta, nuestra calidad de miembros y la asistencia a los cultos, y nuestra práctica devocional privada y pública. Pero un cristianismo sin Cristo es como un marco sin el cuadro, un estuche sin la joya, un cuerpo sin aliento. El apóstol Pablo lo expresó sucintamente en su Carta a los Filipenses. Habiendo descrito a los cristianos como los que ‘nos enorgullecemos en Cristo Jesús y no ponemos nuestra confianza en esfuerzos humanos’, siguió diciendo:

Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia,
ahora lo considero pérdida por causa de Cristo.
Es más, todo lo considero pérdida por razón del
incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi
Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por
estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido
a él. No quiero mi propia justicia que procede de la
ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo,
la justicia que procede de Dios, basada en la fe.
Filipenses 3:7–9

Aprendemos de esta gran afirmación personal de Pablo que, antes que nada, ser cristiano es conocer a Cristo como nuestro amigo. Es posible que ‘amigo’ suene demasiado familiar. Pero Jesús mismo usó esa palabra cuando dijo ‘los he llamado amigos’ (Juan 15:15). Además, todos los autores del Nuevo Testamento hablan de una relación íntima con él. Pedro dice que ‘ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto’ (1 Pedro 1:8). Juan escribe que ‘estamos con el Verdadero, con su Hijo Jesucristo’ (1 Juan 5:20). Y Pablo da testimonio del ‘incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor’ (Filipenses 3:8). No se está refiriendo a un conocimiento intelectual acerca de Cristo, sino a un conocimiento personal de él. Todos sabemos cosas acerca de Cristo: su nacimiento e infancia, su trabajo, sus palabras y sus obras, su muerte y resurrección. La cuestión es si podemos decir con integridad que lo conocemos a él, que él es la suprema realidad en nuestra vida.
Pablo lo expresó de una forma que probablemente apele a comerciantes y empresarios, porque esbozó una especie de cuenta de ganancias y pérdidas. Anotó en una columna todo lo que anteriormente le parecía beneficioso: su alcurnia, su herencia, su crianza, su educación, su justicia, y su celo religioso. En la otra columna anotó simplemente ‘conocer a Cristo Jesús’. Luego hizo un cálculo cuidadoso y llegó a la conclusión de que en comparación con el ‘incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor’, todo lo demás era pérdida. Vale decir, conocer a Cristo es una experiencia de valor tan insuperable que, comparado con ella, hasta las cosas más preciadas de nuestra vida parecen basura. Es esta una afirmación tanto sorprendente como desafiadora.


Ganar a Cristo

Segundo, ser cristiano es confiar en Cristo como nuestro Salvador. Pablo no sólo escribe sobre ‘conocer a Cristo’, sino también sobre ‘ganar a Cristo’ y ‘encontrar[se] unido a él’. A continuación explica esto en función de un importante contraste: ‘No quiero mi propia justicia que procede de la ley (es decir, de obedecerla), sino la que … procede de Dios, basada en la fe’ en Cristo. Suena complicado, pero es posible desentrañarlo sin mayor dificultad. Tiene que ver con la ‘justicia’. ¿Qué quiso decir Pablo?
Puesto que Dios es justo, es razonable pensar que si hemos de entrar en su presencia, nosotros también tenemos que ser justos. Pero, ¿dónde podemos recibir la esperanza de obtener una justicia que nos ponga en condiciones para entrar en la presencia de Dios? No hay sino dos respuestas posibles a este interrogante. La primera es que podemos intentar establecer nuestra propia justicia mediante nuestras buenas obras y el cumplimiento de observancias religiosas. Muchos hacen este intento. Pero es un intento que está destinado al fracaso, porque a la vista de Dios ‘todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia’ (Isaías 64:6). Todo aquel que haya tenido la menor vislumbre de la gloria de Dios, se ha sentido sobrecogido por la visión, y por un sentido de su propia pecaminosidad. Por consiguiente, es imposible que nos hagamos lo suficientemente buenos para Dios. Si creemos que podemos, ha de ser porque tenemos un concepto muy bajo de Dios, o una opinión demasiado elevada de nosotros mismos, o probablemente ambas cosas.


Confiar en Cristo

La única alternativa a nuestro propio intento de lograr una posición correcta ante Dios es la de que la recibamos como un don gratuito de Dios, mediante el recurso de poner nuestra confianza en Cristo Jesús. Porque Cristo Jesús mismo vivió una vida perfectamente justa; no tuvo pecados propios por los que tuviera que hacer expiación. Pero en la cruz se identificó a sí mismo con nuestra injusticia. Él ocupó nuestro lugar, llevó sobre sí nuestro pecado, pagó nuestra pena, murió nuestra muerte. En efecto, ‘al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios’ (2 Corintios 5:21). Por lo tanto, si acudimos a Cristo y ponemos nuestra confianza en él, se produce un maravilloso y misterioso intercambio. Él lleva nuestros pecados, y en cambio, nos viste con su justicia. En consecuencia, nos presentamos ante Dios ‘no confiando en nuestra propia justicia, sino en las múltiples y grandes misericordias de Dios’ (‘Libro de oración episcopal’), no en los andrajosos trapos de nuestra propia moralidad, sino en el inmaculado manto de la justicia de Cristo. Y Dios nos acepta, no porque nosotros seamos justos, sino porque el justo Cristo murió por nuestros pecados y fue levantado de la muerte.
Esta es la verdad de la que tomó conciencia Juan Wesley cuando el 24 de mayo de 1738 concurrió a una reunión morava en la calle Aldersgate, en el este de Londres. Mientras alguien leía el prefacio de Lutero a su comentario sobre Romanos, en el que Lutero explicaba el significado de la ‘justificación por la sola fe’, una fe personal en Cristo surgió en el corazón de Wesley. Escribió en su diario: ‘Sentí que mi corazón ardía en forma extraña. Sentí que confiaba en Cristo, en Cristo solo para la salvación; y se me dio una seguridad de que él había quitado todos mis pecados, los míos propios, y que me había salvado de la ley del pecado y la muerte.’ Las palabras operativas son las de que ahora confiaba ‘en Cristo solo para la salvación’. Durante años había confiado en sí mismo (en sus creencias ortodoxas, en sus obras de caridad, y en su celo religioso); pero ahora por fin llegaba al punto de depositar su confianza en Cristo como su Salvador. Nosotros también tenemos que hacer esto mismo.
Tercero, ser cristiano es obedecer a Cristo como nuestro Señor. Porque Pablo escribió acerca de conocer a ‘Cristo Jesús, mi Señor’. El señorío de Jesús es un concepto muy descuidado en nuestros días. Seguimos dándole crédito de labios para afuera, y a menudo nos referimos a Jesús cortésmente como ‘nuestro Señor’. Pero él sigue preguntando, como lo hizo en el Sermón del Monte: ‘¿Por qué me llaman ustedes ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que les digo?’ (Lucas 6:46). ‘Jesús es el Señor’ es la confesión cristiana más antigua de todas (véanse Romanos 10:9; 1 Corintios 12:3; Filipenses 2:11), y tiene enormes consecuencias. Porque cuando Jesús es verdaderamente nuestro Señor, él dirige nuestra vida, y nosotros le obedecemos con gusto. Más aun, colocamos todos los aspectos de nuestra vida bajo su señorío: nuestro hogar y nuestra familia, nuestra sexualidad y nuestro matrimonio, nuestro trabajo o falta de trabajo, nuestro dinero y nuestras posesiones, nuestras ambiciones y nuestros momentos de ocio.


El compromiso con Cristo

Hemos visto que, esencialmente, el cristianismo es Cristo. Se trata de una relación personal con Cristo como nuestro Salvador, Señor y Amigo. Mas, ¿cómo se logra el compromiso con él de este modo? Quiero sugerir que tenemos que dar los cuatro pasos que siguen: admitir, creer, considerar y hacer.


Algo para admitir

El primer paso que debemos dar es el de admitir que (para valernos del vocabulario tradicional) somos ‘pecadores’ y que necesitamos un ‘Salvador’. Por ‘pecado’ la Biblia quiere decir egocentrismo. En el orden de Dios tenemos que amarle a él primero, luego a nuestro prójimo, y finalmente a nosotros mismos. El pecado consiste precisamente en invertir por completo este orden. Consiste en ponernos a nosotros mismos en primer término, luego a nuestro prójimo (cuando nos conviene), y a Dios en algún punto distante más atrás. En lugar de amar a Dios con todo nuestro ser, nos hemos rebelado contra él y hemos seguido nuestro propio camino. En lugar de amar y servir a nuestros prójimos, egoístamente hemos perseguido nuestros propios intereses. En nuestros mejores momentos tenemos conciencia de esto y nos sentimos tremendamente avergonzados.
Más todavía, nuestros pecados nos separan de Dios, por cuanto él es absolutamente puro y santo. Dios no puede tolerar el mal, ni siquiera verlo, como tampoco concertar acuerdos con él. La Biblia representa a Dios como una luz fulgurante y un fuego consumidor. De manera que su ‘ira’ (lo cual no es ningún tipo de malicia personal, sino su justa hostilidad hacia el pecado) cae sobre nosotros. En consecuencia, nuestra necesidad más grande es de un ‘Salvador’ que pueda cubrir el abismo que se abre entre nosotros y Dios, dado que los puentes que tratamos de construir nosotros no llegan hasta el otro lado. Precisamos el perdón de Dios para luego iniciar un nuevo comienzo.
Es probable que el primer paso sea el más difícil de encarar, porque nos resulta humillante. Preferimos cultivar nuestra propia dignidad, consolidar la confianza en nosotros mismos, e insistir en que podemos arreglarnos por nuestra propia cuenta. Si nos mantenemos en esta actitud jamás podremos acudir a Cristo en busca de ayuda. Como él mismo lo expresó, ‘no son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos. Y yo no he venido a llamar a justos (es decir, los que se consideran justos) sino a pecadores’ (Marcos 2:17). En otras palabras, así como no vamos al médico a menos que estemos enfermos y lo admitamos, de la misma manera no hemos de acudir a Cristo a menos que seamos pecadores y lo admitamos. La altanera negativa a reconocer esto es lo que ha impedido que muchas personas entren en el reino de Dios, mucho más que cualquier otra cosa. Tenemos que humillarnos y admitir que es imposible que logremos la salvación por nuestra cuenta.


Algo para creer

El segundo paso consiste en tener algo en qué creer, es decir, que Jesucristo es justamente el Salvador que acabamos de admitir que necesitamos. De hecho, Jesús reúne cabalmente las condiciones necesarias para salvar a los pecadores, debido a lo que él es y a lo que él ha hecho. ¿Y quién es él? Es el eterno Hijo de Dios, que se encarnó como ser humano en Jesús de Nazaret, y el solo y único Dios–hombre. ¿Y qué fue lo que hizo? Después de un ministerio público caracterizado por un servicio abnegado, se encaminó decididamente a Jerusalén y a la cruz. Ya había predicho que voluntariamente daría su vida por nosotros (Juan 10:11, 18), y que ‘[daría] su vida en rescate por muchos’ (Marcos 10:45). De esta manera indicaba tanto el hecho de que éramos prisioneros que no podíamos escapar, y que el precio que pagaría por nuestra liberación era el sacrificio de su propia vida. Había de morir en lugar de nosotros, en nuestro lugar. Así como adquirió nuestra naturaleza humana al nacer, así también había de cargar sobre sí nuestro pecado y nuestra culpabilidad al morir. Y esto es justamente lo que hizo. En la cruz soportó en su inocente persona la terrible pena que merecían nuestros pecados, a saber, la muerte, que equivale a separación de Dios.
Desde luego que en la fe cristiana hay mucho más que la persona y la obra de Cristo. Pero estas dos realidades son absolutamente centrales. Por supuesto que la persona divina–humana de Jesús, y su muerte por nuestros pecados (la encarnación y la expiación, para darles sus respectivos nombres teológicos), contienen misterios que sobrepasan nuestro entendimiento. Seguiremos tratando de penetrar las profundidades de estos misterios mientras vivamos, y probablemente a través de la eternidad también. A pesar de todo, hay suficientes indicaciones de la realidad de estos hechos del evangelio: el Hijo de Dios se hizo hombre en Jesús de Nazaret, murió por nuestros pecados en la cruz, y fue levantado de entre los muertos para su vindicación. Son estas verdades las que hacen que él pueda salvarnos aun siendo nosotros pecadores; nadie ha reunido jamás estas condiciones.


Algo para considerar

El tercer paso consiste en algo para considerar, a saber, que Cristo Jesús quiere ser nuestro Señor, además de ser nuestro Salvador. De hecho él es ‘nuestro Señor y Salvador Jesucristo’ (por ejemplo 2 Pedro 3:18), y nosotros no tenemos autoridad para partirlo en dos, aceptando una mitad y rechazando la otra mitad. Porque él hace demandas, además de hacer ofrecimientos. Nos ofrece salvación (el perdón y el poder liberador de su Espíritu); y exige nuestra total y decidida lealtad.
Cristo también nos llama al arrepentimiento. Y esto no es simplemente remordimiento, o sea una vaga sensación de pesar y vergüenza; se trata de un decidido repudio de todo lo que sabemos que desagrada a Dios. Tampoco es sólo algo negativo y relacionado con el pasado. Incluye la determinación de seguir el camino de Cristo en el futuro, de ser discípulo suyo, de aprender y obedecer sus enseñanzas (ver Mateo 11:28–30). Jesús les dijo a sus contemporáneos que debían calcular el costo de seguirle. Agregó también que a menos que estemos dispuestos a ponerlo a él en primer lugar, incluso antes que nuestras relaciones, nuestras ambiciones y posesiones, no podemos ser discípulos suyos (Lucas. 14:25–35). Cristo nos llama a observar una lealtad total y entusiasta. Nada menos que esto resulta aceptable.


Algo para hacer

Finalmente, hay algo que hacer. Los tres primeros pasos corresponden a una actividad mental. Admitimos que somos pecadores y que necesitamos un Salvador. Creemos que Jesucristo vino y que murió para ser nuestro Salvador. Hemos considerado el hecho de que él quiere ser nuestro Señor también. Pero hasta aquí no hemos hecho nada más. De manera que ahora tenemos que hacer la pregunta que le hizo la multitud a Pedro el día de Pentecostés: ‘Hermanos, ¿qué debemos hacer?’ (Hechos 2:37). O, más plenamente, lo que el carcelero de Filipos les preguntó a Pablo y a Silas: ‘Señores, ¿qué tengo que hacer para ser salvo?’ (Hechos 16:30). La respuesta es que cada uno de nosotros tiene que acercarse a Jesús el Cristo personalmente e implorarle que tenga misericordia de nosotros. Una cosa es admitir que necesitamos un Salvador. Otra cosa es limitar la necesidad a Cristo y creer que vino y murió para ser el solo y único Salvador que necesitamos. Pero entonces tenemos que pedirle que sea nuestro Salvador y nuestro Señor. Es este acto de compromiso personal lo que muchas personas pasan por alto.
El versículo que a mí me aclaró esto (casi dieciocho meses después de haber dado testimonio público de mi fe, lamento tener que decirlo) es, comprensiblemente, un versículo favorito para muchos cristianos. En el mismo habla el Señor, y esto es lo que dice: ‘Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo’ (Apocalipsis 3:20). Jesús se representa a sí mismo como si estuviese ante la puerta cerrada de nuestra personalidad. Está golpeando, con el propósito de llamar nuestra atención a su presencia, y para dar a conocer su deseo de entrar. Luego agrega la promesa de que, si abrimos la puerta, él entrará y comeremos juntos. Es decir, el gozo de la comunión entre nosotros será tan pleno que sólo puede compararse con un banquete.


El acto de abrir la puerta

He aquí, por lo tanto, la cuestión crucial a la que nos hemos venido aproximando. ¿Alguna vez le hemos abierto la puerta a Cristo? ¿Alguna vez lo hemos invitado a pasar? Esta es precisamente la pregunta que era preciso que se me hiciera a mí. Porque, hablando intelectualmente, yo había creído en Jesús toda mi vida, del otro lado de la puerta. Había luchado en forma sistemática, tratando de orar a través del ojo de la cerradura. Incluso había introducido monedas por debajo de la puerta, intentando vanamente pacificar al Señor. Había sido bautizado, sí, y también había dado testimonio público de mi fe como adulto. Concurría a la iglesia, leía mi Biblia, tenía altos ideales, y procuraba hacer el bien y ser bueno. Pero constantemente, y a menudo sin tener conciencia de ello, estaba manteniendo a Cristo a la distancia, obligándolo a quedarse afuera. Sabía que el acto de abrir la puerta podía dar lugar a consecuencias significativas.
Estoy sumamente agradecido al Señor por haber hecho que yo pudiese abrir la puerta. Mirando hacia atrás, habiendo pasado más de cincuenta años, me doy cuenta de que ese sencillo paso cambió enteramente la dirección, el curso, y el carácter de mi vida. Al mismo tiempo, para que nadie tergiverse lo que he escrito, me siento obligado a hacer tres aclaraciones. Primero, no es necesario que la ‘conversión’ o compromiso con Cristo vaya acompañada de fuertes emociones. Debido a nuestros temperamentos y contextos diversos, nuestras experiencias varían, y no debemos tratar de estereotiparlos. En lo que hace a mí, yo no vi ningún rayo ni oí ningún trueno. Por mi cuerpo no pasó ningún shock eléctrico. No sentí nada. Pero al día siguiente yo sabía que algo inexplicable me había ocurrido, y a medida que los días se fueron convirtiendo en semanas, en meses, en años, e incluso en décadas, mi relación con Cristo se ha ido profundizando, y ha ido madurando permanentemente.
Segundo, el compromiso con Cristo no es todo. Siguen muchas otras cosas, en la medida en que procuramos adquirir madurez en Cristo. Pero se trata de un comienzo indispensable, algo de lo cual damos testimonio cuando decimos públicamente, ‘Acudo a Cristo, me arrepiento de mis pecados, renuncio al mal’. Tercero, no importa en absoluto si, aunque sepamos que nos hemos vuelto a Cristo, no podemos recordar la fecha cuando lo hicimos. Algunos recuerdan la fecha; otros no. Lo que importa no es cuándo, sino si realmente hemos depositado nuestra confianza en Cristo. Jesús describió el comienzo de nuestra vida cristiana como un segundo ‘nacimiento’, y esta analogía resulta útil de muchas maneras. Por ejemplo, no somos conscientes de que se haya efectuado nuestro propio nacimiento físico, y jamás habríamos sabido la fecha de nuestro cumpleaños si nuestros padres no nos lo hubiesen dicho. Sabemos que nacimos, aun cuando no lo recordamos, porque disfrutamos de vida en la actualidad, algo que sabemos que tiene que haber comenzado cuando nacimos. Algo semejante ocurre con el nuevo nacimiento.
Con estas aclaraciones vuelvo al interrogante básico: ¿De qué lado de la puerta está Jesucristo? ¿Está afuera o adentro? Si no estás seguro, te sugiero que te asegures ahora. Podría ser, como lo ha expresado alguien, que tengas que pasar en limpio con tinta lo que ya has escrito con lápiz. Pero esta cuestión es de tal importancia que no debes quedarte con la duda. Puede ser de ayuda alejarte a algún lugar donde puedas estar solo, donde no puedas ser interrumpido. Tal vez podrías volver a leer esta sección sobre ‘el compromiso con Cristo’. Luego, si estás listo para dar los pasos que he enunciado, aquí tienes una oración que podrías repetir:

Señor Jesús, admito haber pecado contra Dios y
contra otros, y que he seguido mi propio camino.
Me arrepiento de mi egocentrismo.

Te doy gracias por tu gran amor al haber muerto
por mí, por haber llevado en mi lugar la pena de
mis pecados.

Ahora te abro la puerta de mi corazón.
Entra, Señor Jesús. Entra como mi Salvador,
para purificarme y renovarme.
Entra como mi Señor, para tomar el control
de mi vida.


 

 

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