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¿CÓMO ESTAR SEGURO DE SER CRISTIANO?

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¿CÓMO ESTAR SEGURO DE SER CRISTIANO?

Una vez que le hemos “abierto la puerta a Jesucristo, y que lo hemos “invitado a pasar”, ¿podemos estar seguros de que efectivamente lo ha hecho? “Lo hemos aceptado”, ¿pero nos habrá aceptado él a nosotros? Hay quienes insisten en que no podemos saberlo nunca, y que sólo podemos esperar lo mejor. Otros consideran que afirmar que estamos seguros equivale a ser culpables de orgullo y presunción. No obstante, el conocimiento es importante, como lo indica un antiguo proverbio árabe:

El que no sabe, y no sabe que no sabe,
Es un necio: evítalo.
El que no sabe, y sabe que no sabe,
Es un simplón: enséñale.
El que sabe, y no sabe que sabe,
Está dormido: despiértalo.
Mas el que sabe, y sabe que sabe,
Es sabio: síguelo.

¿CÓMO ESTAR SEGURO DE SER CRISTIANO?

El Nuevo Testamento nos promete claramente seguridad, y esta no es incompatible con la humildad. Ábrelo en cualquier parte, y descubrirás que todo él respira un espíritu de tranquila y gozosa confianza que, lamentablemente, brilla por su ausencia en muchas iglesias cristianas en nuestros días. ‘Sé en quién he creído’, le escribió Pablo a Timoteo, ‘y estoy seguro de que tiene poder para guardar hasta aquel día lo que le he confiado’ (2 Timoteo 1:12). Las cartas de Juan, en especial, están llenas de afirmaciones acerca de aquello que ‘sabemos’. Por ejemplo, ‘sabemos que somos hijos de Dios’ (1 Juan 5:19). En efecto, nos dice Juan que su propósito principal al escribir su primera carta era proporcionar a sus lectores bases sólidas sobre las cuales afirmar su certidumbre: ‘Les escribo estas cosas a ustedes que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna’ (1 Juan 5:13). Esto les resultará sumamente extraño a quienes consideran la vida eterna como sinónimo del cielo. Pero la frase ‘vida eterna’ significa la vida de la nueva creación inaugurada por Jesús. Consiste esencialmente en conocer a Dios a través de Jesucristo (Juan 17:3). Comienza ahora y se perfeccionará en el cielo. La certidumbre cristiana tiene que ver con ambos aspectos.
Varias razones indican por qué es deseable tener seguridad. Primero, si Dios quiere que disfrutemos de vida eterna desde ya (algo que indudablemente enseñó Jesús), entonces con seguridad quiere que lo sepamos. Segundo, con frecuencia las Escrituras nos prometen paz y tranquilidad de ánimo. Pero si nuestra conciencia no deja de molestarnos y no tenemos seguridad de haber sido perdonados por Dios, jamás podremos tener paz. Tercero, la certidumbre cristiana es una condición para poder ayudar a otros. ¿Cómo podemos indicarle a otra persona el camino, si nosotros mismos no lo conocemos?
Aceptando, entonces, que un derecho que nos corresponde por haber nacido como hijos de Dios es no sólo el de recibir la vida eterna sino también de saberlo, ¿cómo podemos obtener esa certidumbre? Igual que el trípode de la cámara fotográfica, ella descansa sobre tres soportes, todos los cuales tienen que ser seguros.

 


1. La obra de Dios Hijo

El primer fundamento de la seguridad cristiana es la obra de salvación que Jesucristo llevó a cabo cuando murió en la cruz. Tenemos que preguntarnos en qué hemos puesto nuestra fe. Si creemos que hemos sido perdonados, y si tenemos la esperanza de ir al cielo al morir, ¿en qué confiamos para el cumplimiento de estas cosas? Si contestamos, como lo hacen algunos: ‘Bueno, llevo una vida correcta, voy a la iglesia cada semana’, etc., lo primero que notamos es que hemos hablado en primera persona. ¡Exactamente! Es evidente que seguimos confiando en nosotros mismos. De esa forma no vamos a tener seguridad de la salvación; sólo de juicio. Si, por el contrario, contestamos la pregunta con la sola palabra ‘Cristo’, es decir, ‘en el Salvador que murió por mí está mi única esperanza’, entonces podemos estar seguros de que hemos sido ‘rescatados, sanados, restaurados, perdonados’. Hay un himno que lo expresa muy bien:

Mi esperanza no descansa en otra cosa
Que la sangre y la justicia de Jesús;
No invoco mérito propio alguno,
Confío enteramente en el nombre de Jesús.
En Cristo, la sólida roca, me afirmo;
Todo otro fundamento es arena movediza.

Una de las razones de que nuestras propias obras sean como ‘arenas movedizas’ es que no podemos saber cuándo hemos hecho suficientes obras o, más bien, siempre sabemos que no hemos hecho suficiente, y que nunca podremos. Por contraste, Jesucristo es como ‘la roca sólida’, porque su obra está completa. Cuando hubo llevado nuestros pecados, exclamó a gran voz, ‘Todo se ha cumplido’ (Juan 19:30). Más todavía, ‘después de ofrecer por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la derecha de Dios’ (Hebreos 10:12). El estar sentado es posición de descanso, y la derecha de Dios es el lugar de honor; ambas figuras expresan que Cristo completó la obra que vino a efectuar.


‘Todo se ha cumplido’

Esta es la realidad que se grabó en la mente de un joven llamado Hudson Taylor, que posteriormente se graduó como médico y fundó la Misión al Interior de la China (China Inland Mission), hoy denominada ‘Confraternidad Misionera de Ultramar’ (Overseas Missionary Fellowship). Tenía en esa época diecisiete años de edad, y estaba de vacaciones. Su madre estaba ausente y, si bien en ese momento él no lo sabía, ella oraba intensamente por la conversión de su hijo. Recorrió distraídamente la biblioteca de su padre, y luego levantó un folleto y lo leyó. He aquí su propio relato de lo que ocurrió:

Me … impresionó la frase ‘la obra terminada de
Cristo’ … De inmediato las palabras ‘Todo se ha
cumplido’ acudieron a mi mente. ¿Qué era lo que
se había cumplido? Inmediatamente respondí:
‘La plena y perfecta expiación y satisfacción por
el pecado. La deuda de nuestros pecados ha sido
saldada, y no sólo la de los nuestros, sino también la
de los pecados de todo el mundo.’ Luego me vino el
siguiente pensamiento: ‘Si la obra ha sido terminada,
y toda la deuda ha sido pagada, ¿qué queda para que
haga yo?’ Y tras esta reflexión me vino el gozoso
convencimiento, cuando el Espíritu Santo iluminó mi
alma, de que no tenía absolutamente nada que hacer
sino caer de rodillas, y aceptar a ese Salvador y su
salvación, y alabarle por siempre jamás.

De manera que el fundamento primero y principal de nuestra seguridad, por tratarse del único fundamento para la salvación, es ‘la obra terminada de Cristo’. Toda vez que nuestra conciencia nos acuse, y nos sintamos agobiados por un sentido de culpa, es preciso que apartemos la vista de nosotros mismos y pongamos la mirada en el Cristo crucificado. Así volveremos a tener paz. Porque la aceptación de nuestra persona delante de Dios no depende de nosotros, y de lo que pudiéramos hacer nosotros mismos, sino enteramente de Cristo, y de lo que él ya ha hecho de una vez y para siempre en la cruz.


2. La Palabra de Dios el Padre

Aceptando que la base fundamental de la certidumbre cristiana es la obra terminada de Dios el Hijo, ¿cómo podemos saber que cuando ponemos nuestra confianza en el Cristo crucificado recibimos perdón y comenzamos una vida nueva? Lo sabemos porque lo dice Dios. La segura Palabra de Dios el Padre apoya y garantiza la obra terminada de Dios el Hijo. Juan lo expresó así: ‘Aceptamos el testimonio humano, pero el testimonio de Dios vale mucho más, precisamente porque es el testimonio de Dios, que él ha dado acerca de su Hijo … El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida’ (1 Juan 5:9, 12). El Padre ha aceptado el sacrificio que el Hijo ha efectuado por nuestros pecados. Demostró públicamente su aprobación al levantarlo de entre los muertos y colocarlo a su diestra. Y ahora promete otorgar vida eterna a quienes confíen en él. Creer lo que Dios dice no nos muestra como soberbios. Al contrario, sería presuntuoso ponerlo en duda: ‘El que no cree a Dios lo hace pasar por mentiroso, por no haber creído el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y el testimonio es éste: que Dios nos ha dado vida eterna, y esa vida está en su Hijo’ (1 Juan 5:10–11).
Por lo tanto, si nuestra certidumbre descansa fundamentalmente en la Palabra de Dios acerca de la obra de Cristo, no dependerá de nuestras sensaciones. Las sensaciones constituyen un índice poco confiable de nuestra verdadera condición espiritual. Bajan y suben como el sube y baja de los niños, justamente; o como el balanceo del columpio. Ascienden y descienden como el barómetro, y suben y bajan como la marea del mar. Nuestro estado de ánimo depende mucho de nuestra salud. Los sentimientos también reflejan el estado de nuestra cuenta bancaria, la proximidad de las vacaciones, y el peso de los problemas y las responsabilidades que tenemos que enfrentar. Es por ello que la Biblia y las biografías cristianas contienen muchos relatos sobre creyentes que han aprendido a desconfiar de sus sensaciones o sentimientos y a confiar, en cambio, en las promesas de Dios. Los sentimientos fluctúan, pero ‘la palabra del Señor permanece para siempre’ (1 Pedro 1:25, que cita a Isaías 40:8).


Las promesas de Dios

Los cristianos sabios aprenden de memoria el mayor número posible de las ‘preciosas y magníficas promesas’ de Dios (2 Pedro 1:4), y las atesoran en la mente. Es bueno hacerlo, porque en tiempos de ansiedad, de indecisión, de soledad, o de tentación, podremos recordar una promesa apropiada, apoyarnos en ella, y centrar nuestros pensamientos en ella. Al final de este capítulo ofrezco una lista de promesas de Dios. Puede resultar útil comenzar a aprenderlas de memoria. Desde luego que tenemos que tomar debida nota de las circunstancias en las que Dios hizo cada una de esas promesas, a fin de no sacarlas de su contexto. Ese es el problema de las antiguas ‘cajitas de promesas’. Las cajitas contenían promesas bíblicas, cada una de las cuales aparecía impresa en un pequeño trozo de papel, enrollado y atado con una pequeña cinta. Los creyentes sacaban una promesa cualquiera, sin tener en cuenta la situación original en la que había sido hecha. Por contraste con este método azaroso, es preciso que nos aseguremos de que una promesa pueda aplicarse legítimamente a la situación por la que atravesamos. Así podremos, con humildad, pero también confiadamente, hacerla nuestra, y de este modo ‘[imitar] a quienes por su fe y paciencia heredan las promesas’ (Hebreos 6:12).
Esta es la lección que Cristiano aprendió en esa gran alegoría de Bunyan titulada El progreso del peregrino. Cristiano y su compañero Confiado se encontraron cierto día en el ‘Castillo de la duda’, como prisioneros del cruel y despiadado gigante Desesperación. Fueron pasando los días, y no parecía haber posibilidad alguna de escapar, hasta que una noche, mientras oraban, Cristiano hizo un descubrimiento maravilloso, que de inmediato compartió con Confiado: “¡Qué estúpido soy de estar tirado en un inmundo calabozo, cuando en realidad puedo caminar con toda libertad! Tengo una llave, llamada Promesa, que con seguridad puede abrir cualquier cerrojo del ‘Castillo de la duda’.” Valiéndose de esa llave, ‘la puerta se abrió de par en par sin dificultad’, y los prisioneros ‘escaparon velozmente’.
Consciente de la debilidad de nuestra fe, Dios no nos ha dado las promesas del evangelio en forma cruda o desnuda; las ha ‘envuelto’ en signos visibles y tangibles: el bautismo y la cena del Señor. Una de las principales funciones de estos signos consiste en despertar, orientar, y fortalecer nuestra fe. Para simplificar podríamos decir que son ‘signos externos y visibles de un don interior y espiritual de parte de Dios’. De manera semejante, una de las homilías del siglo dieciséis (que eran modelos de sermones para uso de los clérigos) denomina a ambos ritos ‘signos visibles a los que se anexan promesas’. Más sencillamente todavía, el bautismo y la santa cena son ‘palabras visibles’ (Agustín), promesas dramatizadas.
Los seres humanos utilizamos signos para transmitir y confirmar nuestras promesas. ‘Olvidaré todo el pasado y seré tu amigo’, le dice alguien a otra persona con la que estaba enemistada, y le extiende la mano como indicación de su ofrecimiento de reconciliación. ‘Te amo’, le dice el esposo a su mujer, y la cubre de besos. ‘Serviré siempre a mi país’, dice el soldado, mientras saluda a la bandera. Nuestra vida cotidiana se enriquece mediante muchas señales externas y visibles de esta clase. Garantizamos nuestra amistad con un apretón de manos, nuestro amor con un beso, nuestra lealtad con un saludo.


Las promesas de Dios

Nuestra acepatción por Cristo
Apocalipsis 3:20; Juan 6:37.

Vida eterna
Juan 5:24; 6:47; 10:28.

Perdón diario
1 Juan 1:9

Presencia constante de Cristo en nosotros
Mateo 28:20;
Hebreos 13:5–6.

Sabiduría divina
Santiago 1:5.

Fortaleza ante la tentación
1 Corintios 10:13.

Respuestas a la oración
Juan 15:7

Paz profunda
Filipenses 4:6–7.

Fidelidad de Dios
Josué 1:9;
Isaías 41:10

Guía divina
Salmo 32:8–9.


Dos grandes ‘signos visibles’

De manera similar, los dos grandes ‘signos visibles’ del evangelio se denominan así porque dramatizan las promesas del evangelio, y tienen como fin estimular nuestra fe, con el propósito de que las hagamos nuestras. En el bautismo la señal externa y visible es el agua. Esta representa el ‘lavamiento celestial’, o la limpieza interior del pecado mediante la sangre de Cristo, algo que todos necesitamos y que se nos ofrece en el evangelio, juntamente con la promesa del Espíritu Santo. También pone de manifiesto que compartimos la muerte y la resurrección de Jesús (Romanos 6:3–4). Más aun, una de las razones principales que explica por qué algunas iglesias prefieren bautizar por inmersión es que simboliza claramente el hecho de descender hacia la muerte y el sepulcro con Cristo, y levantarnos nuevamente con él para iniciar una vida nueva. Las pinturas más antiguas que representan el bautismo de Jesús por Juan el Bautista los muestran en el río Jordán, con el agua hasta la cintura, mientras Juan derrama agua sobre la cabeza de Jesús. Lo valioso de esa combinación de inmersión y derramamiento del agua es que, juntas, estas acciones simbolizan visiblemente (1) nuestra muerte y resurrección con Cristo, (2) el hecho de que nuestros pecados son limpiados, y (3) el que somos bautizados por el Espíritu Santo que ha sido derramado. El agua es señal de todas estas promesas evangélicas, y de esa manera estimula nuestra fe a fin de que las hagamos nuestras.
En la cena del Señor, el segundo ‘signo visible’ del evangelio, las señales externas son el pan y el vino. Son emblemas tangibles de la muerte de Jesucristo. El pan es partido y el vino vertido con el fin de exhibir la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre mediante su muerte en la cruz. Luego comemos el pan partido y bebemos el vino para indicar nuestra participación personal en lo que él hizo por nosotros cuando murió.


Una vez para siempre

‘¿Qué pasa cuando peco?’, pregunta a veces el cristiano, desconcertado. ‘¿Tengo que volver a recibir a Cristo y empezar de nuevo?’ Por cierto que no. Cuando le abrimos la puerta a Cristo, y él entró, Dios nos aceptó (‘nos justificó’ es la expresión bíblica) y nos dio su Espíritu una vez y para siempre. Es por esto que solamente somos bautizados una vez. Al mismo tiempo, aun cuando somos justificados una sola vez y para siempre, tenemos que ser perdonados diariamente. Es por ello que acudimos con frecuencia a participar de la santa comunión. Es probable que Jesús haya tenido en mente esta distinción cuando les lavó los pies a los apóstoles. Pedro le dijo, ‘Señor, ¡no sólo los pies sino también las manos y la cabeza!’ A esto Jesús respondió: ‘El que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies … pues ya todo su cuerpo está limpio’ (Juan 13:9–10). En otras palabras, cuando acudimos a Cristo por primera vez, recibimos el ‘baño’ de la justificación. Somos limpiados completamente. Pero a diario nuestros pies se ensucian, y necesitamos el lavado de los pies como indicación del perdón diario. Por lo tanto, si pecamos, es preciso que caigamos de rodillas y pidamos a Dios que nos perdone de inmediato. No es necesario esperar hasta que volvamos a la iglesia, ni siquiera hasta el momento de orar al acostarnos. Más bien deberíamos confesar nuestro pecado inmediatamente, recordando y haciendo nuestra la maravillosa promesa siguiente: ‘Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad’ (1 Juan 1:9). Luego también, el pan y el vino de la comunión nos proporcionarán de manera visible la renovada seguridad del perdón a través de la muerte de Cristo, así como el bautismo nos aseguró una vez para siempre que fuimos justificados.
Demos gracias a Dios por sus promesas de salvación, como también por los signos visibles que las dramatizan; son como los besos que nos aseguran que alguien nos ama.


3. El testimonio de Dios el Espíritu Santo

Ya hemos dicho que nuestra seguridad cristiana descansa fundamentalmente en la obra terminada y completa de Dios el Hijo, quien murió por nuestros pecados, y en la Palabra de Dios el Padre, quien promete salvación para los que confían en el Cristo crucificado. El tercer fundamento es el testimonio —tanto interno como externo— de Dios el Espíritu Santo.
Consideremos primero el testimonio interno. Ya hemos mencionado que no es sabio confiar en nuestras propias sensaciones. Dado que fluctúan, son señales poco confiables de nuestro estado espiritual. Con todo, los sentimientos y las sensaciones tienen su lugar en cuanto a proporcionar seguridad al cristiano; no los inestables aleteos de un momento de emoción superficial, sino el firme crecimiento de una convicción que se profundiza. Acerca de esto habla el Nuevo Testamento. Esto es lo que hace el Espíritu que mora en el creyente. A veces exageramos su tarea de remorder la conciencia y hacer que tomemos conciencia de nuestro pecado. Por cierto que lo hace. Pero también es suya la obra de gracia que consiste en apaciguar nuestra conciencia, calmar nuestros temores, y neutralizar nuestras dudas dándonos seguridad.
En Romanos, Pablo alude dos veces a esta obra interior del Espíritu. En Romanos 5:5 escribe en estos términos: ‘Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado’, y en Romanos 8:16 agrega que ‘el Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios’, especialmente cuando nos impulsa a exclamar, ‘¡Abba! ¡Padre!’ (versículo 15). ¿Acaso no somos profundamente conscientes, en ciertas ocasiones, de que Dios ha derramado su amor sobre nosotros, que esa vieja tensión y fricción entre él y nosotros ha cedido el lugar a la reconciliación, y que sus brazos nos envuelven y nos sostienen? Pues ese es el testimonio del Espíritu. ¿Acaso no sentimos, al orar, que estamos en la debida relación con Dios, que nos alcanza su rostro sonriente, que él es nuestro Padre, y que nosotros somos sus hijos? Una vez más, se trata del testimonio del Espíritu. Él derrama el amor de Dios en nuestro corazón, y hace real en nosotros la paternidad divina. Algunas veces su testimonio constituye una experiencia tranquila y poco expresiva. En otros momentos, como lo han testimoniado muchos cristianos en diferentes épocas y culturas, puede convertirse en una experiencia sobrecogedora de su presencia y misericordia.


El carácter y la conducta

Si, por un lado, el testimonio interior del Espíritu es una realidad en nuestro corazón, por el otro, su testimonio externo se deja ver en nuestro carácter y en nuestra conducta. Cuando Pablo enumeró las nueve cualidades principales del que ha de asemejarse a Cristo (‘amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio’), las describió como ‘el fruto del Espíritu’, que el mismo Espíritu hace madurar en nuestra vida (Gálatas 5:22–23). De modo que compara al Espíritu con un jardinero, y a nosotros con un jardín. Si el jardín está plagado de malezas nocivas, podemos estar seguros de que la razón es que el jardinero divino está ausente. En cambio, si aparecen los buenos frutos de la santidad cristiana, sin duda es él quien los está haciendo crecer, porque ‘por sus frutos los conocerán’, dijo Jesús (Mateo 7:16).
Juan afirma lo mismo con palabras diferentes. Ya hemos visto que su propósito al escribir su primera carta era el de fortalecer a los verdaderos cristianos en cuanto a su seguridad; también tenía como fin socavar la seguridad falsa o espuria. La forma en que lo hizo fue reunir tres pruebas y aplicarlas repetidamente con todo rigor. Sabemos que conocemos a Dios, escribió, porque creemos en su Hijo Jesucristo, porque obedecemos sus mandamientos, y porque nos amamos unos a otros. De manera que la verdad, la obediencia y el amor son las pruebas. A la inversa, si afirmamos que conocemos a Dios pero, a la vez, negamos a Cristo, no obedecemos sus mandamientos y odiamos a nuestros hermanos, somos ‘mentirosos’, declara con fuerza el apóstol (1 Juan 1:6; 2:4, 22; 4:20).
Está claro, por lo tanto, que Dios quiere que sus hijos estén seguros de que le pertenecen, y que no quiere que nos quedemos con la duda y en la incertidumbre. Tanto es así, que cada una de las tres personas de la Trinidad contribuye a darnos esa certidumbre. El testimonio de Dios el Espíritu Santo confirma la palabra de Dios el Padre con respecto a la obra de Dios el Hijo. Por cierto que los tres soportes de este trípode lo hacen verdaderamente firme y seguro.


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