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¿CÓMO CRECER EN LA VIDA CRISTIANA?

Recursos Bíblicos Para Crecer

¿CÓMO CRECER EN LA VIDA CRISTIANA?

De ninguna manera podemos tomar la gratificante certeza de que Dios nos ha acogido y nos ha perdonado como excusa para sentirnos satisfechos con nosotros mismos. Más bien tendría que ser a la inversa. La seguridad nos impulsa a seguir con Cristo y a crecer en nuestra vida cristiana, a fin de llegar a la madurez.


La necesidad del crecimiento

El Nuevo Testamento usa varias metáforas para ilustrar el crecimiento cristiano. Veamos cómo explica la distinción entre la ‘justificación’ y la ‘santificación’ del cristiano.
La justificación describe la posición de aceptación ante Dios, que nos viene de él mismo cuando confiamos en Cristo como nuestro Salvador. Es un término legal, tomado de los tribunales judiciales, y el concepto opuesto es el de la condenación. Justificar es absolver, declarar que la persona es justa o inocente, no culpable. De modo que el Juez divino, por cuanto su Hijo ha llevado sobre sí nuestra condenación, nos justifica, declarándonos justos en su presencia. ‘Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús’ (Romanos 8:1).
La santificación, por otra parte, describe el proceso por medio del cual los cristianos ya justificados son transformados a la imagen de Cristo. Cuando Dios nos justifica, nos declara justos por la muerte de Cristo a favor de nosotros; cuando nos santifica, nos hace justos por medio del poder de su Espíritu Santo, que opera dentro de nosotros. La justificación tiene que ver con la posición externa de aceptación ante Dios; la santificación tiene que ver con nuestro crecimiento interior, que produce la santidad de nuestro carácter. Más todavía, en tanto la justificación es repentina y completa, de manera que nunca tendremos un grado mayor de justificación que la que obtuvimos el día de nuestra conversión, la santificación es gradual e incompleta. No le lleva más que unos momentos al juez en un tribunal judicial pronunciar su veredicto y declarar absuelto al acusado; lleva toda una vida aproximarse siquiera a algo parecido a la semejanza a Cristo.


Nacidos de nuevo

Los escritores del Nuevo Testamento tienen otro modo de enseñar esta distinción entre el comienzo y la continuación de la vida cristiana. Nos dicen que cuando Jesucristo se convierte en nuestro Salvador y Señor, no sólo somos justificados sino también regenerados, o sea que hemos nacido de nuevo. Tenemos aquí otra comparación. Nos hemos alejado de los tribunales judiciales y, en cambio, hemos ingresado en la sala de la maternidad. Lo que tenemos a la vista ahora no es un preso que acaba de ser absuelto, sino un bebé que acaba de nacer. ¿Cuánto tiempo le lleva nacer al bebé? Nada más que unos minutos. Desde luego que el nacimiento va precedido de meses de preparativos, y que los dolores de parto pueden durar varias horas, pero el nacimiento mismo es un momento de crisis repentino y casi instantáneo. Una vida nueva e independiente hace su presentación en el mundo. No obstante, si bien el acto de nacer sólo le lleva unos cuantos minutos al bebé, quizá le lleve a la persona unos veinticinco años alcanzar la plena madurez física y emocional. A la dramática crisis del nacimiento sigue un laborioso proceso de crecimiento. Así pues, lo que el crecimiento es al nacimiento, la santificación es a la justificación. La justificación y la regeneración se dan juntas cuando somos unidos a Cristo por la fe, seamos o no conscientes de lo que está ocurriendo; la santificación y el crecimiento, por otro lado, llevan tiempo.
El propósito general de Dios es que todos los seres humanos crezcan física, mental y emocionalmente. Resulta muy triste cuando una persona experimenta algún retraso en cualquiera de estas áreas. Es igualmente triste cuando se paraliza el crecimiento espiritual. Hay cientos de personas en las iglesias que nunca han salido de la guardería infantil. Para Pablo son ‘apenas niños en Cristo’ (1 Corintios 3:1), mientras que su ambición era ‘presentarlos a todos perfectos en él’ (Colosenses 1:28).
Normalmente, un niño se siente orgulloso de crecer. Todavía recuerdo la emoción que sentí cuando por primera vez me puse pantalones largos en lugar de los pantalones cortos de la infancia. Es una señal muy saludable el que un cristiano que acaba de nacer de nuevo manifieste ese mismo anhelo de llegar a la madurez. El unirnos a una iglesia es un paso importante para todos, especialmente si lo entendemos como un nuevo comienzo, antes que un fin en sí mismo. Me vienen a la memoria las palabras de Winston Churchill en 1942, inmediatamente después de la batalla de El Alamein, en Egipto. Rommel y Afrika Korps habían sido derrotados; se habían tomado 30.000 prisioneros; y se había obtenido la primera victoria de la guerra. Cuando fue invitado al banquete del nuevo intendente de Londres, Churchill dijo: ‘Señores, esto no es el fin. Ni siquiera es el comienzo del fin. Pero quizá sea el fin del comienzo.’ Una ruidosa aclamación siguió a esta histórica afirmación. Sea que estemos pensando en la conversión, en el bautismo, o en hacernos miembros de la iglesia, espero que podamos ser igualmente entusiastas en la celebración de dicho acontecimiento como el comienzo de una vida nueva.

¿CÓMO CRECER EN LA VIDA CRISTIANA?


Las áreas de crecimiento

Los escritores del Nuevo Testamento se expresan con mucha precisión en cuanto a las áreas en las que esperan que se manifieste el crecimiento cristiano. Especifican cuatro como las principales.


La fe

Primero, hemos de crecer en la fe. Por supuesto que la fe es una característica indispensable del cristiano. Con frecuencia se identifica a los cristianos como ‘creyentes’, y para Jesús el discípulo era ‘el que cree en mí’. ¿Qué es la fe? No es ni credulidad ni superstición. La fe es confianza. Los cristianos son creyentes porque han puesto su confianza en Jesucristo como su Salvador, y porque toman a Dios al pie de la letra y confían en sus promesas. Esto demuestra porqué la fe, si bien va más allá de la razón, nunca está en contra de ella. Lo razonable de la confianza depende de la confiabilidad de la persona en la que se confía, y no hay persona más confiable que el Dios que se ha revelado en Cristo.
La fe no es algo estático, sin embargo; debe ser viva y debe crecer. En cierta ocasión Jesús reprendió a sus apóstoles por ‘[tener] tan poca fe’, si bien agregó más tarde que si tuvieran una fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrían hacer grandes cosas para Dios (Mateo 17:20). En otra ocasión acudieron a Jesús y le dijeron: ‘¡Aumenta nuestra fe!’ (Lucas 17:5). Y en dos oportunidades habló acerca de lo ‘grande’ de la fe que mostraron algunas personas (Mateo 8:10; 15:28). Resulta claro por estos versículos que hay diversos grados de fe. Es pequeña al comienzo, pero puede ir en aumento hasta hacerse fuerte. A medida que vamos leyendo la Biblia, meditamos en la absoluta confiabilidad del carácter de Dios y sometemos a prueba sus promesas, nuestra fe va enriqueciéndose. Lo que Pablo les escribió a los tesalonicenses debería ser una realidad para todos: ‘Su fe se acrecienta cada vez más’ (2 Tesalonicenses 1:3).


El amor

En segundo lugar, hemos de crecer en el amor. Jesús resumió la ley de Dios reuniendo dos mandamientos del Antiguo Testamento: amar a Dios con todo nuestro ser, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Levítico 19:18; Deuteronomio 6:5; Marcos 12:28–31). Por su parte, Pablo declaró que el amor es ‘el cumplimiento de la ley’ (Romanos 13:10). Agregó, además, que el amor es mayor que la fe y la esperanza, en realidad la mayor de todas las virtudes (1 Corintios 13:13). Además, la razón de que esto sea así es que Dios es amor, y que nos ha prodigado su amor. La verdad es que ‘nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero’ (1 Juan 4:7–12, 19).
No obstante, tenemos que confesar que ni los cristianos ni las iglesias cristianas se destacan siempre por la calidad de sus demostraciones de amor. Pablo sostuvo que los corintios eran mundanos y semejantes a niños porque había celos y contiendas entre ellos (1 Corintios 3:1–3). ¡Uno se pregunta cómo evaluaría a las iglesias en nuestros días! Hablando en general, hay cierta afabilidad y algún grado de bondad, pero bajo ese manto hay rivalidades y bandos, y se manifiesta relativamente poco amor sacrificado, servicial, y sostenedor entre los miembros, sin hablar del mundo necesitado afuera. No cabe duda de que tenemos que oír y tomar en serio otra de las afirmaciones de Pablo a los tesalonicenses: ‘En efecto, ustedes aman a todos los hermanos … No obstante, hermanos, les animamos a amarse aun más’ (1 Tesalonicenses 4:10). También oró pidiendo que el amor de ellos ‘[creciera] … más y más’ (1 Tesalonicenses 3:12).


El conocimiento

En tercer lugar, hemos de crecer en el conocimiento. El cristianismo pone mucho énfasis en la importancia del conocimiento, censura el anti-intelectualismo por lo negativo y paralizante que resulta, y atribuye muchos de nuestros problemas a la ignorancia. Cuando el corazón está lleno pero la cabeza vacía, se despiertan peligrosos fanatismos. Nadie ha destacado esto más que Pablo. ‘Sean … adultos en su modo de pensar’, les escribió a los corintios (1 Corintios 14:20). Pablo comenzaba muchas de sus frases con el siguiente estribillo: ‘Quiero que sepan’ o ‘No queremos que ignoren’ (por ejemplo 1 Tesalonicenses 4:13), y en ocasiones argumentaba diciendo ‘¿Acaso no creemos ..?’ De esto puede deducirse que si sus lectores hubiesen sabido o conocido, habrían reaccionado de modo diferente. No puede sorprender, por consiguiente, que el motivo primordial de sus oraciones a favor de sus conversos era ‘para que sepan’ (Efesios 1:18; 3:19; Filipenses 1:10; Colosenses 1:9–10).
Al mismo tiempo, es preciso que recordemos que el concepto hebreo del conocimiento nunca era puramente intelectual. Se extendía más allá del ‘entendimiento’ hasta alcanzar la ‘experiencia’. Esto es particularmente cierto en cuanto al conocimiento de Dios. Ya hemos visto que conocer a Dios en Jesucristo, hecho que constituye la esencia de ser cristiano, equivale a una relación viva y personal con él. Como todas las relaciones, ha de ser dinámica y creciente a la vez. Si no se la nutre, se marchita y finalmente muere. Resulta notable, por lo tanto, que en el mismo pasaje en el que Pablo se refiere al ‘incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor’, también escribe que su suprema ambición es ‘conocer a Cristo Jesús’, y padecer más profundamente sus sufrimientos, su muerte, y el poder de su resurrección (Filipenses 3:8, 10). Lo que anhela para sí mismo, también anhela, naturalmente, para otros, y ofrece oración para que continuamente ‘[crezcan] en el conocimiento de Dios’ (Colosenses 1:10). Pedro comparte este mismo anhelo. Alienta a sus lectores a ‘[crecer] en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo’ (2 Pedro 3:18).


La santidad

En cuarto lugar, hemos de crecer en santidad. Crecer en santidad es lo que se denomina ‘santificación’, tema en el cual comenzamos a pensar al comienzo del presente capítulo. Pablo nos ofrece una afirmación sumamente ilustrativa sobre este tema: ‘Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu’ (2 Corintios 3:18). Podemos aprender por lo menos cuatro lecciones vitales a partir de este versículo.
1. La santidad consiste en asemejarnos a Cristo, y la santificación es el procedimiento que consiste en ser transformados (el verbo metamorfoo se utiliza para la transfiguración de Jesús) a su imagen. Me encanta la canción que a veces cantan los niños: ‘Como Jesús, como Jesús, quiero ser como Jesús. Le amo tanto que quiero crecer igual que Jesús día tras día’.
2. La santificación es un proceso gradual, como queda claro mediante el empleo de un tiempo verbal que expresa continuidad (‘somos transformados’) y por la expresión ‘con más y más gloria’. Si bien es cierto que algunos hábitos malos desaparecen instantáneamente cuando Cristo entra en nuestra vida, no nos volvemos maduros en un abrir y cerrar de ojos. El temperamento no se domina, ni se controlan las pasiones, como tampoco se doblega el egoísmo de un momento para otro. En cambio, se nos estimula a ‘[seguir] progresando en el modo de vivir que agrada a Dios’ (1 Tesalonicenses 4:1).
3. La santidad es obra del Espíritu Santo. Por ser santo, le interesa promover nuestra santidad. El secreto de la santificación no está en luchar para vivir como Cristo, sino en que Cristo se presenta por medio de su Espíritu para vivir en nosotros. ‘El carácter cristiano no se logra mediante una laboriosa adquisición de virtudes desde fuera, sino mediante la expresión de la vida de Cristo desde dentro.’
4. Nuestra parte consiste en contemplar ‘con rostro descubierto’ la gloria del Señor y reflejarla. Y dado que es en las Escrituras donde se revela con mayor claridad su gloria, nuestra ‘contemplación’ significa buscarle allí con el fin de ofrecerle adoración.


El Alfarero divino

De modo que, cambiando la metáfora, tenemos que dejar que el divino Alfarero cumpla su deseo en nosotros, a fin de que pueda forjar, sobre la base de la pobre arcilla de nuestra naturaleza caída, un cántaro hermoso, digno de ser usado por él. O, para cambiar nuevamente la metáfora, podemos decir que el Carpintero de Nazaret sigue activo con sus herramientas. Ya valiéndose del formón del dolor, ya del martillo de la aflicción, ya del cepillo de las circunstancias adversas, como también mediante las experiencias de gozo, nos va dando forma, convirtiéndonos en instrumentos de justicia. Lo expresa muy bien una antigua y original oración:

Oh Jesús, Maestro carpintero de Nazaret, quien en la cruz, mediante madera y clavos, has obrado la plena salvación del hombre, empuña bien tus herramientas en este tu taller, a fin de que nosotros, que acudimos a ti cortados en forma basta, seamos convertidos en algo verdaderamente bello por tu mano, quien con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas, un solo Dios, por toda la eternidad.

Mi consejo es que seas paciente, pero a la vez decidido. No te desanimes. Mantén disciplina en tu vida cristiana. Sé diligente en tu oración cotidiana y en la lectura de la Biblia. Nunca dejes pecados sin confesar y sin perdón. No dejes nunca que un brote de rebeldía surja en tu corazón. Sobre todo, entrégate sin reservas cada día al poder del Espíritu Santo que mora en ti. De esta manera, paso a paso, adelantarás en el camino de la santidad, e irás creciendo hacia la plena madurez espiritual.


Los medios de crecimiento

 ¿Cuáles son los medios por los cuales podemos asegurar el crecimiento cristiano? Si tomamos la analogía de un niño que va creciendo (analogía que usan mucho los escritores del Nuevo Testamento), tendremos la respuesta de inmediato. Aun cuando se combinan muchos factores para promover y salvaguardar el sano crecimiento del niño, hay dos que se destacan por su importancia. La primera y principal condición para el crecimiento físico es la regularidad de una dieta acertada, y para el desarrollo psicológico la seguridad de un hogar feliz. Encontramos un paralelo en el desarrollo de aquellos a quienes la Biblia llama ‘niños en Cristo’.
Tomemos la cuestión de la dieta primeramente. Para el bebé se trata de la leche, proporcionada (por lo menos de acuerdo con la tradición antigua) cada cuatro horas. Hoy en día las madres tienden a alimentar a sus bebés guiándose más por la necesidad del bebé que por el reloj. Florence Nightingale, la pionera de la enfermería moderna, pertenecía a la vieja escuela, sin embargo. En su libro Notes on nursing (1859) el capítulo final se titula ‘Cuidando al bebé’. Lo escribió y dedicó a su hija mayor. Ofrece allí siete condiciones para el crecimiento sano del niño, la cuarta de las cuales es ‘alimentarlo con comida adecuada a intervalos regulares’. Lo explica así:

Debes tener mucho cuidado en lo que respecta a su alimento; serás estricta hasta el minuto para alimentarlo; sin darle demasiado cada vez (si el bebé vomita después de comer, es porque le has dado demasiado). Tampoco debe dársele poco. Sobre todo, nunca le des ningún alimento malsano … Al bebé que ha sido destetado debe alimentárselo con frecuencia, a intervalos regulares, y no demasiado a la vez. Conozco a una madre cuyo bebé se encontraba en gran peligro un día porque sufría de convulsiones. Tenía alrededor de un año de edad. La madre explicó que había deseado ir a la iglesia; así que, antes de salir, le había dado sus tres comidas en una sola. ¿Era de sorprender que el pobre pequeño tuviera convulsiones?


La leche espiritual

De la sabiduría práctica de Florence Nightingale pasamos a unas instrucciones del apóstol Pedro: ‘Deseen con ansias la leche [espiritual] pura de la palabra, como niños recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán en su salvación, ahora que han probado lo bueno que es el Señor’ (1 Pedro 2:2–3). ¿Qué es esta ‘lecha pura’ que necesitan los cristianos recién nacidos? Pedro la llama lógicos, en griego, lo cual puede significar ‘espiritual’ (indicando que no se refiere a leche en sentido físico, literal) o ‘racional’ (alimento para la mente, no para el cuerpo). Pedro retoma las referencias que acaba de hacer en cuanto a ‘la palabra de Dios que vive y permanece’ (1 Pedro 1:23–24), y afirma que esa misma palabra de Dios, que es el instrumento del nacimiento espiritual (1 Pedro 1:23), es igualmente el instrumento para el crecimiento espiritual (1 Pedro 2:2).
Por cierto que a menudo se habla de la Palabra de Dios como el alimento para el alma. Su enseñanza sencilla es como leche y sus verdades más profundas como alimento sólido (1 Corintios 3:2; Hebreos 5:11–14). Sus preceptos y promesas son ‘más dulces que la miel, la miel que destila del panal’ (Salmo 19:10; ver 119:103). Cuando los ‘comemos’, se convierten en el gozo y la delicia de nuestro corazón (Jeremías 15:16).
Más adelante volveré a ocuparme de la importancia de la lectura metódica de la Biblia, pero es oportuno destacar aquí la necesidad de la disciplina diaria de esta práctica. Es precisamente la regularidad lo que importa si hemos de hacer progresos espirituales firmes y parejos. Si nos empachamos con las Escrituras los domingos, o en algún congreso o conferencia cristiana, y prácticamente no nos alimentamos con ellas en otros momentos, no será de provecho. Un buen apetito es una señal confiable de salud espiritual, como lo es el apetito físico. Por cierto que es así con los niños. Todos habremos visto el rostro enrojecido del bebé que protesta a gritos porque se ha pasado la hora de su comida. Esto es lo que tenía en mente Pedro cuando dijo que debíamos ‘ansiar’ la leche espiritual. Ya hemos ‘probado’ lo bueno que es el Señor (1 Pedro 2:3), escribe Pedro; por lo tanto, ahora deberíamos tener la ‘sed’ necesaria para buscarlo en su Palabra (1 Pedro 2:2). Sólo entonces podremos crecer en nuestra salvación, o, como sería la traducción literal, hacia la salvación. Por ‘salvación’ aquí seguramente el apóstol se refiere a la santificación, y especialmente a liberarnos de síntomas de inmadurez tales como ‘toda maldad y todo engaño, hipocresía, envidias y toda calumnia’, cosas que ha mencionado (1 Pedro 2:1).


El hogar feliz

Así como es esencial para el niño una dieta apropiada también lo es la seguridad que ofrece un hogar feliz. Los psicólogos y los psicoterapeutas hablan mucho acerca de la influencia (para bien o para mal) del entorno familiar en el desarrollo emocional temprano. El propósito de Dios es que los niños nazcan y se críen en el seno de una familia estable y amorosa. Su ideal para los cristianos nuevos es el mismo. Muchos tenemos un concepto excesivamente individualista de la vida cristiana. ‘Cristo murió por mí’, decimos. Y, si bien esto es cierto y bíblico (Gálatas 2:20), no es toda la verdad. También murió ‘por nosotros para … purificar para sí un pueblo elegido’ (Tito 2:14). De manera que cuando nacemos de nuevo, no ocurre en un hospital espiritual aislado por cuarentena. Por el contrario, nacemos en el seno de la familia de Dios. Él es nuestro Padre celestial, Cristo Jesús es nuestro hermano mayor, y todos los demás cristianos en todo el mundo, cualquiera sea su lugar, su raza, su país y su denominación, son nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Por lo tanto, si queremos crecer y alcanzar una madurez cristiana sana, sólo podremos hacerlo en el seno de la familia de Dios. Ser miembro de una iglesia no es un lujo, algo opcional o adicional; es un deber y una necesidad. Intentar eludir este deber y esta necesidad es una deplorable insensatez y un pecado.
Al decir esto, estoy suponiendo, desde luego, que nuestra iglesia ofrece comunión genuina, que se trata de una iglesia cuyos miembros se sienten unidos por lazos de apoyo y cuidado mutuo. Con demasiada frecuencia falta esta clase de vida y amor. Alguien que llamó la atención a esto fue el doctor Hobart Mowrer, el fallecido profesor emérito de psiquiatría de la Universidad de Illinois. Era un conocido crítico de Freud, promotor de lo que llamaba ‘grupos de integración’. Hace algunos años accedió amablemente a dedicar tiempo a algunos amigos y a mí, porque queríamos hacerle algunas preguntas. Nos dijo que no era cristiano. Tenía con la iglesia lo que describió como ‘una disputa, como la de un amante con la iglesia’. Se quejaba de que la iglesia le había fallado cuando era adolescente, y que seguía fallándoles a sus pacientes. ¿Qué quiere decir? le preguntamos. ‘Es que la iglesia’, nos contestó, ‘nunca ha aprendido el secreto de la vida comunitaria.’ Es probable que se trate de la crítica más grave acerca de la iglesia que jamás he oído. Porque la iglesia es una comunidad, la nueva comunidad de Jesucristo. De hecho, son muchas las iglesias que sí han aprendido el significado y las exigencias de una comunidad de amor. Pero otras no lo han hecho y en eso el profesor Mowrer tenía razón.
Dudo que alguien llegue a ser un equilibrado y maduro seguidor de Cristo sin participar en el culto de adoración y en la comunión con otros creyentes en forma habitual y comprometida. Es preciso que seamos miembros plenos y activos de la iglesia.
Estas son, entonces, las condiciones principales para el progreso espiritual. Si estás por vincularte a la iglesia, o lo has hecho recientemente, quiero animarte a tomar en serio dichas condiciones. No te conformes con una vida cristiana estática. Toma la decisión de crecer en la fe y el amor, en el conocimiento y la santidad. Sé disciplinado en la búsqueda de Dios diariamente por medio de la lectura de la Biblia y la oración, y dedícate decididamente a participar en la vida, el culto, la comunión y el testimonio de tu iglesia. Estas cosas te alentarán y fortalecerán grandemente, y tu crecimiento espiritual será algo natural y continuo.


 

 

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