Madrid, españa.

CASIODORO DE REINA Y CIPRIANO DE VALERA

Recursos Bíblicos Para Crecer

CASIODORO DE REINA Y CIPRIANO DE VALERA

El siglo XVI es conocido, en lo que respecta a la historia cultural de Europa, como el Siglo de Oro de la literatura española. Fue sin lugar a dudas un tiempo de gran esplendor literario en el que surge, entre otras, una obra como el Quijote, máximo exponente universal de la literatura en nuestra lengua. Contemporánea del Quijote, nace también la primera traducción de la Biblia al español, traducida desde sus lenguas originales. La obra de Casiodoro de Reina, publicada en 1569, será revisada más tarde por Cipriano de Valera y publicada en 1602. Esta Biblia, revisada muchas veces, se conoce como la Biblia Reina-Valera.
La belleza literaria del texto Reina-Valera, su armonía sintáctica, su vocabulario, en suma, su uso del lenguaje, hacen de esta Biblia un texto literario digno representante del Siglo de Oro, al punto de que podríamos decir que lo que el Quijote es respecto de la Novela, Reina-Valera lo es respeto de la literatura religiosa.
Además de surgir en un contexto literario privilegiado, esta traducción de la Biblia es un exponente fiel de los movimientos reformistas del siglo XVI que intentan a toda costa que la Palabra de Dios llegue al pueblo, en su propia lengua. Sin embargo, importante como era la obra de Reina y Valera, tanto desde el punto de vista literario como religioso, fue pronto proscrita por la Inquisición española. Muy poco circuló el texto por España. Sin embargo, el hecho de que las comunidades protestantes en el exilio lo adoptaran como propio propició que se convirtiera más tarde en el texto preferido del protestantismo español. Efectivamente, durante la segunda mitad el siglo XIX, otro ilustre español, Lorenzo Lucena Pedrosa, realiza una revisión de la Reina-Valera que haría que el texto fuera recuperado por las florecientes comunidades protestantes de la época. El hecho de que las Sociedades Bíblicas comenzaran a editar el texto según el canon tradicional de las iglesias evangélicas—sin los libros apócrifos/deuterocanónicos—propició aún más su estatus de libro prohibido y se ganó el apodo de «la Biblia protestante».
Reina-Valera es aún hoy el libro de cabecera para más de 100 millones de protestantes de habla hispana en España y América. Sin embargo, es interesante, y triste a la vez, constatar que un texto de la grandeza literaria de la Biblia Reina-Valera permanezca como una obra prácticamente desconocida para la mayoría de hispanohablante no relacionadas con la fe evangélica. Con la presente edición quisiéramos contribuir a enmendar este lapsus histórico, cultural y espiritual; y rendir homenaje a Reina y a Valera por lo que su obra significó para la literatura del siglo XVI, del que esta Biblia es un claro exponente. Pero por otro lado, nuestro deseo es que este texto, traducción y revisión de dos monjes jerónimos persuadidos de la importancia de dar la Biblia al pueblo, llegue a las manos de todo lector de nuestra lengua y, con ello, cumpla también el sueño de Reina y de Valera, que es sueño de todo cristiano: «que la palabra del Señor corra y sea glorificada» (2a̱ Tesalonicenses 3:1).
La presente edición, pensada para la biblioteca de todo hogar como obra de referencia y consulta, incorpora varios artículos escritos por reputados traductores, biblistas e historiadores. Tales artículos tratan diversos y destacados aspectos del texto Reina-Valera y nos aproximan, aún más, a la significación literaria y espiritual de esta inmortal obra. Además, hemos incluido, en reproducción facsímil, la «Amonestación» y la «Exhortación» que Reina y Valera escribieron para sus respectivas ediciones. En cuanto a los textos bíblicos mismos, los hemos incluido según la edición de Cipriano de Valera y en el mismo orden en que el los incluyó: primero los textos hebreos del Antiguo Testamento, a continuación los libros apócrifos del Antiguo Testamento—procedentes de la Septuaginta y también denominados deuterocanónicos—y finalmente, los libros del Nuevo Testamento.
Con esta edición, además de los valores ya descritos, las Sociedades Bíblicas reparan una deuda histórica con la Biblia Reina-Valera y con su público, que es editar por primera vez en la historia el texto íntegro de Cipriano de Valera, libros apócrifos/deuterocanónicos incluidos, según el orden canónico que él mismo dispuso y que es el mismo orden hoy aceptado para las ediciones interconfesionales. En cierta manera, al igual que Lutero en Alemania, Valera fue un precursor de las actuales ediciones interconfesionales de la Biblia, de modo que la presente edición será un texto válido y apreciado por los cristianos de todas las tradiciones eclesiales y por toda persona interesada en la Biblia en general. 

José Luis Andavert
Director General
Sociedad Bíblica de España

 la Biblia del Siglo de Oro

CASIODORO DE REINA Y CIPRIANO DE VALERA

 

CASIODORO DE REINA 

Casiodoro de Reina

    Casiodoro de Reina

                           

Es difícil escribir sobre los primeros años de la vida de Casiodoro de Reina cuando no se saben ni el nombre ni el apellido de nacimiento, y únicamente se le conoce por el nombre que recibió tras tomar los votos monásticos, y añadido a éste su lugar de nacimiento. El día exacto en que vino al mundo también es incierto, pero parece que pudo haber nacido alrededor de 1520. Los inquisidores pusieron Montemolín (pueblo en aquellos días del Reino de Sevilla, y actualmente perteneciente a la comunidad autónoma de Extremadura) como su parroquia de origen. Igualmente desconocido es lo que hizo antes de profesar en la orden monástica, aunque se sabe que estudió en la Universidad de Sevilla, probablemente estudios humanísticos, por sus conocimientos de latín, griego y hebreo.

Se hizo fraile jerónimo en el monasterio de San Isidoro del Campo, a escasos ocho kilómetros de Sevilla, cuando se sentía en éste la fuerte influencia del movimiento reformado dirigido por Juan Gil (doctor Egidio) y Constantino Ponce de la Fuente. De su vida en el monasterio se tienen pocos datos, pero de lo que sí hay constancia es de que el Nuevo Testamento de Juan Pérez de Pineda y otras obras protestantes, traídas de contrabando por Julianillo Hernández, eran leídas cotidianamente por los frailes de aquel monasterio. De hecho, Reina se convirtió en el guía espiritual de aquel lugar. Según testimonio de los mismos inquisidores (interrogatorio de María de Bohoquer), Reina había propagado con mucho éxito la doctrina reformada entre los seglares de Sevilla. Con el tiempo, San Isidoro del Campo se había ido convirtiendo en un importante foco de “luteranismo” y pronto atrajo sobre sí la atención de la Inquisición, por este motivo, en 1557, Reina y otros compañeros, entre los que está Cipriano de Valera, huyen de allí y buscan refugio en centro Europa. Cuando el Santo Oficio reacciona y trata de apresar a los “herejes”, ya es tarde, habían huido, pero, no obstante, sí que los juzgó in absentia, y el 26 de abril de 1562 quemaron sus efigies después de un auto de fe.
Reina y sus compañeros, llegaron primeramente a Ginebra, donde les esperaba otro refugiado sevillano, Juan Pérez de Pineda. Sin embargo, lo que Reina ve en Ginebra le desagrada enormemente: las tribulaciones de los refugiados protestantes italianos, la condena a muerte de Miguel Servet y la rigidez religiosa imperante le llevan a decir que Ginebra se ha convertido en una nueva Roma, tras lo cual decide marcharse en 1558 de aquella ciudad y buscar un nuevo lugar de exilio. En esta ocasión viaja a Frankfurt, donde se une a la iglesia calvinista de habla francesa. Poco tiempo después, cuando Isabel I asciende al trono de Inglaterra, y concede libertad de culto reformado, Reina decide trasladarse allí.
Llega a Londres a finales de 1558, y allí se encuentra con otros refugiados españoles que, como él, huyen de la persecución inquisitorial. Tras concederle la reina inglesa el permiso de culto, el uso de la iglesia de Santa María de Harás y una pensión de setenta libras, pastorea la congregación de habla castellana. La comunidad organizada por Reina no solo admite a españoles, también acepta a italianos y holandeses caídos en desgracia en sus iglesias respectivas.
Durante su estancia en la ciudad inglesa se casa con la viuda de un médico francés, pero la vida allí no debió ser nada fácil para él, ya que muchos protestantes refugiados, principalmente franceses y flamencos, no veían con buenos ojos a Reina porque tenía ideas heterodoxas, de teología radical: admiraba y defendía a Servet, simpatizaba con los anabaptistas y era amigo de italianos liberales. En el año 1563 es víctima de una doble conjura. Por un lado, los agentes del rey español Felipe II y de la Inquisición logran que unas falsas acusaciones de carácter moral y teológico contra él prosperen. Entre otras cosas se le acusa de antitrinitario y luterano, pero las acusaciones más graves se vertieron hacia su moralidad, acusándolo de sodomía. Las pruebas presentadas eran poco consistentes, cuando no falsas, pero sí surtieron el efecto difamatorio deseado. Por otro lado, algunos calvinistas de las iglesias francesa y flamenca de Londres, guiados por su animadversión hacia él, no cesaron de buscar motivos por los que poder acusarlo de herejía ante las autoridades religiosas ginebrinas, llegando al extremo de apoyar ciegamente el doble juego organizado por el embajador de España en Londres y por agentes de la Inquisición. Como consecuencia de esta doble conjura, Reina tuvo que huir precipitadamente a Amberes en enero de 1564.
En Amberes pasó algún tiempo escondido en la casa de Marcos Pérez, un relevante calvinista de ascendencia marrana. De allí fue a Francia, y tras pasar una temporada en París se encamina al sur, concretamente a Orleans, para encontrarse con su compañero de claustro, Antonio del Corro. Acompañó a éste a Bearne y, un tiempo después, Renée de France invitó a ambos a vivir en su castillo en Montagis, donde del Corro y Juan Pérez de Pineda le servían de capellanes. Así pues, Reina, acechado en todas partes por los esbirros de la Inquisición y sospechoso de herejía o de peores cosas aún por sus hermanos de fe, erró durante más de tres años entre Frankfurt, Heidelberg, el sur de Francia, Basilea y Estrasburgo buscando un lugar donde establecerse como pastor en alguna iglesia o como simple artesano, y poder dar así término a la traducción de la Biblia a la lengua castellana, que había comenzado unos años antes en Inglaterra.
A principios del año 1565 le propusieron pastorear la congregación de una iglesia calvinista en Estrasburgo, pero la intervención de tres teólogos calvinistas que le acusan de faltas graves en su concepción de la eucaristía y la ascensión del Señor, dificultaron su nombramiento. Reina escribió una carta de defensa, pero los informes que llegaron de Londres parecían ratificar las acusaciones de los teólogos. A pesar de los intentos de defensa de Reina, la iglesia de Estrasburgo no disipó las dudas de sus detractores, y el resultado de toda esta controversia fue la pérdida de la oferta del pastorado en Estrasburgo y su partida de nuevo a Frankfurt, donde se estableció con su mujer, trabajando en el comercio de libros y de seda, pero no descuidando en ningún momento la enorme tarea de traducir la Biblia.
En Frankfurt se incorporó, no sin dificultades, a la iglesia francesa calvinista, pero la oposición de Teodoro de Beza y la amistad de ciertos luteranos de Frankfurt, le condujeron, al fin, a la iglesia nacional luterana de la ciudad. En 1573 publicó sus dos comentarios en latín, uno al Evangelio de Juan, y el otro al cuarto capítulo de Mateo, seguidos en 1577 por la primera edición de la Confesión de fe de Londres.
Reina nunca abandonó el deseo de ser pastor, y cuando se presentó la oportunidad de pastorear una congregación de luteranos franceses en Amberes, aceptó el ofrecimiento, pero antes debía comparecer ante el tribunal eclesiástico londinense y quedar libre de todos los cargos que pesaban sobre él. Con ese fin viajó a Inglaterra en 1578, y allí permaneció un año hasta que logró convencer de su inocencia al tribunal eclesiástico del arzobispo de Canterbury. Absuelto de todas las acusaciones regresó a sus funciones de pastor en Amberes, cosa que no agradó a los calvinistas de la ciudad, los cuales intentaron diversas argucias para desacreditarle. Sin embargo, todo parece indicar que fue un buen pastor y, finalmente, con su carácter apaciguador se ganó la amistad de los calvinistas y luteranos, hasta tal punto que se mencionó su nombre para ser obispo luterano en Amberes.
En el año 1585, las tropas españolas, al mando del Duque de Parma, tomaron la ciudad de Amberes y obligaron a los protestantes a abandonar la ciudad. Ante tal situación, Reina condujo a sus seguidores a Frankfurt, pero allí no se le concedió el permiso para ejercer como pastor y, por tanto, se vio de nuevo obligado a trabajar comerciando con telas y sedas. Sin embargo, la comunidad que había venido con Reina siguió considerándole su pastor, e insistentemente solicitó al Ayuntamiento de Frankfurt que le concediese la ciudadanía y, con ello, el permiso para pastorear la iglesia. Al fin tuvieron éxito en su petición, y en 1593 fue oficialmente reconocido como pastor de la iglesia de Frankfurt. Esta última pastoración no duraría mucho tiempo puesto que ocho meses más tarde, en marzo de 1594, falleció. Aún así tuvo tiempo de iniciar en la ciudad una fundación caritativa para ayudar a refugiados belgas, y de preparar para el impresor Bassée en Frankfurt una edición del libro de Antonio del Corro Dialogus in epistolam D. Pauli ad Romanos.


BIBLIA DEL OSO

Reina fue un hombre instruido, inteligente, muy fiel a la Palabra de Dios, que tuvo una vida no exenta de aventura y de alto riesgos, y todo ello debido a su profundo deseo por traducir la Biblia desde las lenguas originales al castellano, con dos fines: evangelizar dentro de su país, y servir de apoyo a otros exiliados.
Es evidente que desde el momento que dejó su patria, tal vez antes, Reina deseaba ardientemente llevar a cabo la traducción de la Biblia, pero el proyecto no empezó a tomar forma hasta finales de 1558, fecha en que llega a Londres. Desde entonces, no dejó de trabajar en la traducción de la Biblia, pensando culminar el trabajo de traducción en un tiempo razonable. Pero surgieron muchas dificultades a causa, especialmente, de las acechanzas provenientes de los agentes de la Inquisición española y de los calvinistas de las iglesias londinenses. Ambos grupos, aunque totalmente opuestos en sus intereses, se hallaron unánimes en la voluntad de impedir la labor del traductor de la Biblia.
La Inquisición logró infiltrar un agente instigador en la naciente iglesia (se trataba nada menos que de Gaspar Zapata, el asistente de Reina en el trabajo de traducción), y mediante chantaje o promesas consiguió que algunos miembros de la iglesia pastoreada por Reina acusasen a éste ante las autoridades inglesas incluso de sodomía, como ya se mencionó anteriormente. Desgraciadamente, sus propios correligionarios protestantes tampoco le facilitaron la labor de traducción, y así, algunos calvinistas de las iglesias francesa y flamenca de Londres, dejándose llevar por su desconfianza hacia él, no cesaron de hacer críticas negativas sobre su trabajo de traducción y de buscar herejías por todas partes para denunciarlas ante las autoridades religiosas ginebrinas. El resultado de esta doble conjura fue la huida precipitada de Reina a Amberes en enero de 1564 y la inmediata dispersión de la iglesia española de Londres. Afortunadamente, el traductor pudo poner a salvo sus manuscritos.
Acechado infatigablemente por los esbirros de la Inquisición y sospechoso de herejía o de peores cosas aún por sus hermanos de fe, Reina se vio obligado a huir y buscar asilo por diversas ciudades europeas. A pesar de las muchas dificultades que le tocó vivir en todos estos años, en ningún momento cejó en su empeño de traducir la Biblia a la lengua castellana. Gracias a su inquebrantable voluntad, en 1567, tras haber culminado con éxito toda la traducción del Antiguo Testamento, pudo viajar a la ciudad de Basilea para dar comienzo a los trabajos de publicación.
El primer contrato para la edición de 1100 ejemplares de la Biblia fue firmado en el verano de 1567 con el famoso editor Oporino. Por desgracia para Reina, en el mes de julio de 1568 y antes de poder dar comienzo a la impresión de la Biblia, Oporino murió y resultó estar arruinado de tal manera, que no cabía la menor esperanza de recuperar los 400 florines pagados por adelantado del dinero recaudado en Frankfurt, gracias a la aportación voluntaria para llevar a cabo la edición de la Biblia hecha por los refugiados españoles.
Para colmo de desdichas, los enemigos españoles de Reina, que habían decidido reimprimir en París el Nuevo Testamento de Juan Pérez de Pineda con todas las notas marginales de la Biblia francesa de Ginebra, comenzaron a exigir para su proyecto una parte del dinero destinado a la impresión de la Biblia de Reina. A este conflicto puso fin el embajador español Don Francés de Avila, quien teniendo noticia del proyecto, hizo detener al impresor, y todos los cuadernillos ya impresos, así como el ejemplar del Nuevo Testamento de 1556 con las anotaciones manuscritas para la nueva edición, fueron requisados y enviados a Felipe II. Sin duda, este fue un gran logro para la Inquisición y los agentes de Felipe II en su lucha contra los protestantes y la expansión de sus doctrinas.
Menos éxito tuvieron el rey y sus agentes para impedir el proyecto de Basilea, quizá por no estar correctamente informados sobre el tiempo y lugar donde Reina estaba imprimiendo su Biblia. Quizá fue el mismo Reina quien, indirectamente, les había puesto sobre una pista falsa al escribir a Teodoro de Beza en abril de 1567 una carta en la que le decía que estaba dispuesto a imprimir la Biblia en la imprenta de Jean Crespin, en Ginebra. Evidentemente, Reina no pensaba imprimirla allí, pero la noticia debió llegar, muy posiblemente, a oídos de algún espía de la Inquisición. En todo caso, en el verano de 1568 la Inquisición ordena que se vigilen los puertos españoles ante el riesgo de que puedan entrar libros “prohibidos”, porque se tiene noticia de que Reina ha impreso en Ginebra la Biblia en lengua española.
Sin duda, la información que había recibido la Inquisición en esa ocasión era errónea, pues, por esa fecha, la Biblia de Reina no sólo no se había comenzado a imprimir, sino que la muerte de Oporino, acaecida cinco días mas tarde, así como el embargo inmediato de sus bienes crearon nuevas dificultades y ocasionaron un ulterior retraso, como ya se ha señalado anteriormente. Fue entonces cuando intervino de nuevo Marcos Pérez, prestando a Reina a fondo perdido la suma de 300 florines que sirvieron para cerrar un nuevo contrato de impresión. Las labores de impresión tuvieron lugar, o bien en la imprenta de Samuel Apiario, o bien en los talleres de Thomas Guarin. De lo que no cabe duda es que a Reina debió gustarle mucho la simbólica estampa con el oso que Apiario solía utilizar como marca tipográfica, y la escogió para la portada de la después llamada Biblia del Oso. La impresión fue terminada probablemente el 24 de junio de 1569, y se editaron 2600 ejemplares.
Los enemigos de Reina no levantaron la guardia en ningún momento, y así en 1571, apenas un año y medio más tarde de la publicación de la Biblia, el Consejo Supremo de la Inquisición supo de la existencia de la biblia y que había sido impresa en Basilea. Entonces ordenó la decomisación inmediata de todos los ejemplares que se descubrieran. También la Biblia de Reina fue minuciosamente examinada por los pastores de Ginebra, pero por mucho que la escudriñaron no encontraron nada importante que reprochar a la edición.
Diez años después, en 1581, el titular del obispado de Basilea, Blarer von Wartensee, le hacía saber al cardenal Carlos Borromeo que en Basilea se habían impreso en 1569 unos 1600 ejemplares de la Biblia en español y que 1400 de ellos acababan de ser enviados de Frankfurt a Amberes. En Amberes, finalmente, se cambiaron las portadas de muchos de estos ejemplares por el frontispicio del célebre diccionario de Ambrogio Calepino, a fin de poderlos difundir mejor en España. Otros muchos ejemplares permanecieron durante decenios en Frankfurt, a cargo de los miembros de la familia de Reina, quienes fueron, poco a poco, dando salida a los ejemplares que tenían, pero actualizando las portadas, lo que explica que existan ejemplares con el falso pié de imprenta ‘Frankfurt 1602’, Frankfurt 1603’ o ‘Frankfurt 1622’.
Sobre las fuentes utilizadas por Reina para la traducción de su Biblia nos informa parcialmente él mismo en su Amonestacion al lector. En ella se dice que, además de las fuentes originales hebrea y griega, usó la versión de Santos Pagnino y la doble edición judeo-española de Ferrara 1553. Para las partes griegas del Antiguo Testamento Reina parece haber seguido sobre todo la Biblia latina de Zürich y en parte la de Castellion, de quien tomó el término Jehová, en lugar del comúnmente usado Señor.
Lo que ocurrió con la traducción del Nuevo Testamento merece una mención especial. Cuando comenzaron las labores de impresión en Basilea, la traducción no estaba ni mucho menos terminada, sobre todo la del Nuevo Testamento y, a medida que iba avanzando el trabajo de impresión, Reina, se veía cada vez más apremiado por el tiempo. Las esperanzas que tenía de poder utilizar la revisión del Nuevo Testamento de Juan Pérez de Pineda que se estaba imprimiendo en París se vieron frustradas en 1568 por los motivos ya mencionados anteriormente, así pues, solo pudo disponer de la versión del Nuevo Testamento de Francisco de Enzinas y las cartas paulinas traducidas por Juan de Valdés. Reina siguió muy de cerca estas dos traducciones y no dudo en tomar literalmente frases o expresiones para su traducción en multitud de ocasiones. En junio de 1567, la labor del impresor le había casi alcanzado, y entonces a Reina no le quedó otro remedio que copiar casi completamente el texto de Apocalipsis de la traducción de Enzinas.
Sobre la colocación de los libros, especialmente los del Antiguo Testamento, conviene saber que Reina respetó el orden de los libros bíblicos según la Vulgata, cuyo canon había sido recientemente confirmado por el concilio de Trento. Dicho canon es conocido con el nombre de “canon largo”, o “canon alejandrino”, es decir, los libros que componen el protocanon más los libros del deuterocanon (o libros deuterocanónicos). Nos referimos a los libros que los judíos aceptan en su canon (los 39 libros protocanónicos) y de los textos deuterocanónicos (Tobías, Judit, Baruc, Eclesiástico, Sabiduria, 1 Macabeos, 2 Macabeos, más las adiciones a los libros de Ester y Daniel). Además, Reina, incluyó en su traducción otros tres libros: La Oración de Manasés y III y IV de Esdras. Al comienzo de la traducción de estos textos, califica explicitamente a III y IV de Esdras de apócrifos. Y en cuanto a la Oración de Manasés, se limita a afirmar que “se suele contar con los libros apócrifos”. Estos tres libros son los únicos que Reina incluye dentro de esta categoría. Para esta edición de La Biblia del Siglo de Oro hemos optado por no incluirlos, porque ni Reina ni Valera les otorgaron un valor parejo al de los otros libros, tanto protocanónicos como deuterocanónicos y, además, no son considerados libros sagrados ni para católicos ni para protestantes.


CIPRIANO DE VALERA 

Cipriano de Valera

   Cipriano de Valera

El nombre de Cipriano de Valera está estrechamente unido al de Casiodoro de Reina y al de la Biblia en la que ambos trabajaron, uno como traductor y otro como revisor.
Cipriano de Valera, muy seguramente, nació en Valera la Vieja. Esta población, situada sobre las ruinas del antiguo asentamiento romano de Nertóbriga, formaba parte del reino de Sevilla en los días de Cipriano, y actualmente pertenece al municipio de Fregenal de la Sierra, en Badajoz. Otro ilustre hijo de la villa fue el sabio humanista, Benito Arias Montano, quien entre otras importantes funciones desempeñó el cargo de confesor del rey Felipe II, capellán del Monasterio de El Escorial, consejero real y embajador. Si bien, Arias Montano ha pasado a la historia por ser el responsable de la compilación y publicación de la Biblia Políglora Regia (Amberes, 1572).
La fecha del nacimiento de Valera podemos deducirla por el prefacio de su edición de la Biblia, pues nos dice: “Yo siendo de cincuenta años comencé esta obra y en este año de 1602 en que ha placido a mi Dios sacarla a la luz, soy de setenta años (edad es esta en que las fuerzas desfallecen la memoria se entorpece y los ojos se escurecen) de manera que he empleado veinte años en ellas”. Si en el año 1602 tenía setenta años podemos calcular que nació en 1531 ó 1532.
Sobre su vida, antes de ingresar en el monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo, sabemos muy pocas cosas. Al igual que ocurre con Casiodoro de Reina, no conocemos el nombre con que fue bautizado, únicamente sabemos el nombre que tenía al profesar como fraile. De los pocos datos fidedignos que tenemos sobre los primeros años de Valera se sabe que estudió en la Universidad Hispalense, obteniendo el grado de bachiller.
El recuerdo de la ciudad andaluza en la que estudio es imborrable, y así, treinta años después de haber dejado Sevilla, Valera la recordaba en el primero de sus libros, diciendo: “La ciudad de Sevilla es una de las más civiles, populosas, ricas, antiguas, fructíferas y de más suntuosos edificios que hoy hay en España”.
Tras los estudios universitarios, que luego tan útiles le serían para impartir clases en Cambridge y Oxford, se trasladó al cercano monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce, construido sobre las ruinas de Itálica. Cuando Valera llegó al monasterio a mediados del siglo XVI, ya no vivían allí los primitivos monjes cistercienses, sino los ermitaños jerónimos de Fray Lope de Olmedo, que se regían por la regla del famoso traductor de la Vulgata.
Durante su estancia en el monasterio tuvieron lugar acontecimientos que marcaron para siempre su vida. A mediados del Siglo XVI, Sevilla se había convertido en un importante centro de comercio y en una floreciente ciudad cultural donde las ideas «reformadas» habían penetrado con facilidad. Estas ideas se filtraron muy especialmente en el monasterio de San Isidoro del Campo calando en la vida de los monjes que allí vivían. Según se cuenta en el libro de Artes de la Inquisición española, escrito por Raimundo González de Montes (que bien puede ser un pseudónimo del propio Casiodoro de Reina), “las horas que llaman de coro y rezo, se habían convertido en explicaciones de la Santa Escritura”. Como ya dijimos al escribir sobre Casiodoro de Reina, cuando algunos frailes de San Isidoro supieron que la Inquisición andaba detrás de ellos porque había descubierto que dentro del monasterio se estaban leyendo libros prohibidos y propagando creencias reformadas, emprendieron una huida sin retorno al centro de Europa, entre ellos se encontraban Reina y Valera.
Este último, que fue un excelente narrador, explicó de este modo lo ocurrido: “En el año 1557, acontecieron en Sevilla cosas maravillosas y dignas de perpetua memoria. Y es que, en un monasterio de los más célebres y ricos de Sevilla, llamado San Isidoro, el negocio de la verdadera religión iba tan adelante y tan a la descubierta que, no pudiendo ya más con buena conciencia estar allí, doce de los frailes, en poco tiempo se salieron, unos por una parte y otros por otra. Los cuales, dentro del año, se vieron en Ginebra, a donde cuando salieron tenían determinado de ir. No hubo ninguno de ellos que no pasase grandes trances y peligros. Pero de todos estos peligros, los escapó Dios y con mano potentísima los trajo a Ginebra”. Así pues, algunos de los frailes de San Isidoro huyeron de España por diferentes y arriesgados caminos, y al cabo de un año se encontraron todos en Ginebra. Los inquisidores de Sevilla, atrincherados en el castillo almohade de Triana, inician un largo proceso contra estos frailes a los que se acusa de luteranos, se les declara enemigos de los españoles y se les condena, el 28 de abril de 1562, a morir quemados en la hoguera, pero como los acusados habían huido de España y no estaban presentes se les quemó en efigie.
El mismo Valera nos relata su huida en el libro Tratado del Papa, donde nos cuenta que, junto a otros monjes, escapó de la mano de los inquisidores. Entre éstos se encontraban el prior, el vicario de San Isidoro y el prior de Écija. Con respecto a los que decidieron quedarse, nos dice que algunos lograron escapar de la muerte y salir absueltos de sus cargos.
Valera buscó refugio en la calvinista Ginebra, donde se encontró, entre otros, con Juan Pérez de Pineda, y conoció a Juan Calvino, de quien fue discípulo y también traductor al castellano de algunas de sus obras. Así, por ejemplo, en Londres publicó la tercera edición del Catecismo (1596), y fue el responsable de la primera traducción castellana de la Institución de la Religión Cristiana (1597).
Se desconoce qué le indujo a abandonar Ginebra para trasladarse a vivir a Inglaterra, puede que fuese porque allí se había restablecido la libertad religiosa al subir al trono Isabel I, en 1558, y es en ese país donde Valera vivió la mayor parte de su vida, allí se casó en 1563 y es probable que allí muriera. Llegó a Londres en 1558, y a diferencia de Reina y del Corro, no se relacionó con la nobleza y la alta sociedad, y para ganarse la vida, tuvo que recurrir a impartir clases privadas y de ese modo se convirtió en mentor de los hijos de varias familias pudientes de la ciudad de Londres
Sobre su primera estancia en Londres realmente se sabe poco, aparte de que, al igual que otros españoles, no se debía sentir muy a gusto en las iglesias de refugiados calvinistas procedentes del continente. El 9 de febrero de 1559, gracias a la titulación académica alcanzada en la Universidad de Sevilla, se incorporó al claustro de profesores de la Universidad de Cambridge. Poco antes había sido nombrado miembro del prestigioso Magdalene College de Cambridge en donde enseñó teología, entre los años 1559 y 1567.
En el apartado de reconocimientos académicos es necesario mencionar que en 1565 recibió el título de Maestro de Artes en la Universidad de Oxford. Ademas, ocupó el cargo de tutor de Nicolás Walsh, quien años más tarde llegó a ser obispo anglicano en Ossory, y quien realizó la primera traducción del Nuevo Testamento al irlandés gaélico, y trabajaba en la traducción de toda la Biblia cuando murió violentamente en 1589.


ESCRITOR, TRADUCTOR Y EDITOR

Valera fue, ante todo, un pensador y un escritor, que dedicó buena parte de su vida al estudio. Una de sus aficiones era la escritura, a la que dedicaba gran parte de su tiempo, aunque también se ocupó de otras tareas, como la asistencia espiritual a los prisioneros españoles capturados en la batalla contra la Armada Invencible.
La mayor parte de sus libros fueron publicados en imprentas de Londres y Amsterdam. La primera de sus obras se publicó en 1588, en Londres, y llevaba por título Dos tratados. El primero es del Papa y su autoridad, colegido de su vida y doctrina. El segundo es de la Misa. El uno y el otro, recopilado de lo que los doctores, concilios antiguos y la Sagrada Escritura enseñan. El propósito de ambos tratados era el de denunciar con textos bíblicos los errores del sistema papal y de la misa. En el tratado sobre el papa hace una recopilación de los desmanes atribuidos tradicionalmente a los papas y contiene una curiosa colección de refranes populares que critican al papado y al clero general de aquellos días. La idea principal del tratado es presentar a Cristo como el único mediador entre Dios y los seres humanos. Idénticos propósito y método se encuentran en el tratado sobre la misa. Esta obra vio una segunda edición diez años más tarde y, además, se tradujo al inglés.
Su siguiente libro se publica en 1594, y se llamaba: Tratado para confirmar a los pobres cautivos de Berbería. Este libro va dirigido a los cristianos que habían caído en manos de los piratas mahometanos de Argelia. Su propósito es confirmar en su fe a los cautivos, para que no renieguen de ella, presentando la Biblia como remedio para afrontar la pesadumbre y como un arma eficaz contra los enemigos del alma y del cuerpo, siendo además fuente de toda doctrina cristiana. Este libro, incluye en un apéndice otro de sus escritos al que tituló: enjambre de falsos milagros e ilusiones del demonio con que María de la Visitación engañó a muy muchos, en el que su mordacidad se ceba a placer sobre la superstición. En esta obra, la ironía se halla envuelta por una compasión verdaderamente cristiana que Valera siente por quienes carecen de la verdad, por haberles sido presentada falsificada. Por ello, concluye este tratado con la fervorosa amonestación de acudir a Cristo, el único que obra verdaderos milagros, para recibir de él, el mayor de todos los milagros, la paz del alma.
Mientras está revisando la traducción de la Biblia de Reina, publica en 1596 una nueva edición revisada del Nuevo Testamento de Francisco de Enzinas, teniendo en cuenta el trabajo anterior de Juan Pérez de Pineda, que, como recordamos, había sido quizás el libro más importante que había leído en su época de fraile en San Isidoro, y que había llegado allí gracias a Julianillo Hernández. Un año después, en 1597, publica su traducción más famosa: la Institución de la Religión Cristiana, escrita por Juan Calvino, a la que incorporó un prólogo dirigido “a todos los fieles de la nación española que desean el adelantamiento del Reino de Jesucristo”.
Otra importante obra suya es el Aviso a los de la Iglesia Romana sobre la indicción del jubileo por la Bulla del papa Clemente Octavo. Éste, como otros folletos de carácter popular, eran escritos pensando en el pueblo llano, y en un lenguaje fácil de comprender.
El último de sus trabajos literarios lleva por título: La Biblia. Que es, los sacros libros del Viejo y Nuevo Testamento. Segunda edición revisada y conferida con los expertos Hebreos y Griegos y con diversas traslaciones. Se trata, como él mismo explica en el largo título que le puso, de la revisión de la Biblia del Oso que llevó a cabo. A este trabajo, que con propiedad podríamos definir como una segunda edición de la Biblia de Reina, le dedicó veinte largos años, y culminó con su publicación en 1602, en Ámsterdam.
Precisamente, en ese mismo año, perdemos la pista de Valera, que ya contaba con aproximadamente setenta años. Es posible que volviese a Inglaterra, y allí viviese algunos años más, pero se desconoce la fecha exacta de su muerte.


DE LA BIBLIA DEL OSO A LA BIBLIA DEL CÁNTARO

En la portada de la Biblia que editó Cipriano de Valera puede verse estampada la imagen de dos hombres: uno está plantando un árbol, mientras el otro lo está regando con agua que sale de un cántaro (de ahí que esta Biblia sea conocida como la Biblia del Cántaro). Muy posiblemente, la escena descrita nos remite al texto bíblico de 1 Corintios 3:6: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios”. Algunos intérpretes han indicado que la escena representada en la portada de la Biblia hace referencia a que con la primera edición llevada a cabo por Casiodoro de Reina se había plantado la semilla de la Palabra de Dios, y nuevamente en la revisión de Cipriano de Valera se contribuía a regar lo anteriormente plantado.
Es evidente que Valera, como ya se ha señalado anteriormente, no pretendía hacer una nueva traducción bíblica, puesto que reconocía que la versión de Reina era excelente, tanto por la fidelidad con que se habían traducidos los textos originales, como por la belleza literaria con que se habían volcado a la lengua castellana aquellos viejos textos hebreos, arameos y griegos.
Entonces, ¿qué movió a Valera a emprender la ardua labor de realizar una segunda edición del texto bíblico de Reina? Valera, como buen lingüista, sabía bien que todas las lenguas con el tiempo evolucionan y cambian. Por tanto, ninguna traducción puede ser definitiva, sino que periódicamente necesitan ser actualizadas, para que los hablantes o lectores puedan entender mejor el sentido de lo allí expresado.
Pero ésta no fue la única razón, aunque seguramente fue la más importante. Otras motivaciones bien pudieron ser que en sus días, la mayor parte de las Biblias del Oso habían desaparecido como consecuencia, principalmente, del ahínco con que los inquisidores españoles las buscaron y quemaron. Así pues, se hacía necesario imprimir nuevos ejemplares de la Biblia con una ortografía actualizada y con notas que iluminasen el sentido de los textos bíblicos, para que los lectores de habla española, ya estuvieran dentro o fuera de España, pudieran disfrutar de nuevo de la Palabra de Dios en su propia lengua.
Valera no llevo adelante su trabajo rigiéndose por criterios arbitrarios o puramente estéticos (porque esto o aquello le sonase mejor o peor), sino que su labor de revisión fue sistemática, extensa y con criterios de revisión muy bien establecidos. Veamos, casi a vuelapluma, algunas de las correcciones generales que introdujo:
♦ Cambió o eliminó expresiones que consideró inapropiadas para una Biblia. Así, por ejemplo, la expresión “por ventura” fue quitada del texto bíblico. Posiblemente, a Valera le pareció que esa expresión tenía ciertas reminiscencias paganas y la fue sustituyendo por palabras como: quizás, de cierto, sin duda, etc.
♦ Cuando encontró lecturas discordantes entre el texto hebreo del Antiguo Testamento y la versión griega de los Setenta (Septuaginta) o el texto latino de la Vulgata, Valera dio prioridad, en la inmensa mayoría de las ocasiones, al texto hebreo, al considerar a éste como el más cercano al original.
♦ En ocasiones, Valera, cambió la forma de algunos nombres propios del Antiguo Testamento, pues mientras Reina los había derivado el latín o del griego, Valera optó por adaptarlos del hebreo. Así, por ejemplo, Reina llamó al profeta Isaías, “Isayas”, tomándolo de la forma latina “Isaías”. En cambio, Valera le llamó “Esayas”, haciéndolo derivar de la forma hebre “Yeshayahu”.
♦ Respecto a los libros Deuterocanónicos, el tratamiento y lugar de colocación es diferente en una u otra edición. Ya explicamos anteriormente dónde los situó Reina en su Biblia. Valera también colocó estos libros en la suya, pero en una sección aparte, con numeración propia, entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Al comienzo de la Biblia, en la Exhortación al Cristiano Lector, Valera expone las razones históricas y dogmáticas por las que él considera que deben estar en una sección distinta. Según su explicación, ha querido colocarlos allí siguiendo a todos los reformadores, especialmente a Calvino y Teodoro de Beza, los cuales consideran que estos libros son útiles para la edificación de los fieles cristianos, pero de ellos no debe extraerse doctrina para confirmar la fe.


COLOFÓN

Esta primera revisión y edición del texto traducido por Casiodoro de Reina, marcó una tendencia muy importante en la historia de esta Biblia (Para ahondar en la historia de de las diferentes ediciones de este texto, véase el artículo de Gabino Fernández). Pero sí conviene destacar que, desde el comienzo de las revisiones, hay un marcado interés de trasmitir el mensaje del texto bíblico, de una forma clara, fiel e inteligible. La revisión no fue de cambios cosméticos en la fraseología de la Biblia, sino que supuso un nuevo intento de leer el texto de la Escritura en presencia de los textos en hebreo, arameo y griego más antiguos y fidedignos, a fin de actualizar la ortografía y la sintaxis, pero sobre todo, aclarar el sentido y significado del texto bíblico para que toda persona pudiese acercarse “… a la Sagrada Escritura, para que la meditemos, escudriñemos y rumiemos … y alumbre nuestro camino …”
Finalizamos aquí este artículo, y para ello me gustaría citar aquellas palabras que Cipriano de Valera colocó al comienzo de su Biblia y que iban dirigidas a todos los hablantes de la lengua castellana:
“Escuchad pues, diligentemente, oh españoles carísimos, con un ánimo humilde, abatido y desconfiado de si mismo, al Dios todopoderoso, que os crió, redimió y santificó y os promete (si vosotros oyereis su voz e hiciereis lo que os manda, y como lo manda) de glorificaros en su reino consigo; el cual os habla y enseña en esta santa palabra su voluntad”.

Ricardo Moraleja Ortega
Coordinador del Departamento de Traducciones
Sociedad Bíblica de España

LA BIBLIA REINA-VALERA (1569–1602) Y LA CULTURA ESPAÑOLA

Y España toda,
con sucios oropeles de Carnaval vestida
aún la tenemos: pobre y escuálida y beoda;
mas hoy de un vino malo: la sangre de su herida.
Tú, juventud más joven, si de más alta cumbre
la voluntad te llega, irás a tu aventura
despierta y transparente a la divina lumbre,
como el diamante clara, como el diamante pura.
Una España joven

ANTONIO MACHADO


CASIODORO DE REINA

Al publicar su versión castellana de la Biblia, en 1569, Casiodoro de Reina era muy consciente de la importancia de su empresa, llevada a cabo, como escribe en la “Amonestación” que inicia su texto, en medio del destierro y la pobreza, con su vida y libertad en constante peligro, vigilado atentamente por la Inquisición española. Lo que está en juego, afirma, es la gloria de Dios y la salvación humana. Por ese doble objetivo trascendental lo arriesga todo, en lo que considera la tarea crucial de su momento histórico: la entrega de la Biblia al pueblo español. Esa excelsa obra no es una insignificante nota al calce en la historia intelectual y espiritual de su patria. Es una expresión medular de las soterradas pero vigorosas, perseguidas pero vigentes, corrientes erasmianas y reformistas en la España del Siglo de Oro.
Reina intenta lo indecible por evitar crueles desgarramientos, eclesiásticos y nacionales. Se aferra con inútil obstinación al decreto del Concilio de Trento que versa sobre las traducciones de la Biblia en los idiomas populares. Pretende ver autorización, donde, en realidad, se trata de prohibición; intenta convertir en estímulo lo que para los jerarcas tridentinos es restricción. Incluso dirige un prólogo en latín a los reyes y príncipes cristianos de toda Europa, incluyendo al catolicísimo Felipe II, monarca de toda España.
Es un esfuerzo tenaz pero inútil de mantenerse, a pesar del exilio y la persecución, dentro de la comunión cultural de su nación, y al interior de una iglesia cuya unidad él considera posible preservar sólo si se centra en la lectura de, y obediencia a, las sagradas escrituras. Por ello los dos extensos prefacios, el latino y el castellano, son ventanas privilegiadas para entender los dilemas, agonías y aporías de los traductores de la Biblia en el siglo XVI español, cuando ese oficio podía conllevar la cárcel, el destierro o, incluso, la pena capital (entre 1559 y 1562, sus hermanos frailes jerónimos del monasterio de San Isidoro fueron objetos privilegiados de rigurosísima represión).
Para la gloria de Dios y la salvación humana. Lo primero parece requerir la unidad de la iglesia y a ella se aferra ilusamente Reina en un período histórico de dolorosa fragmentación y ruptura. Por ello el ruego de que su obra sea comprendida y aceptada por la iglesia institucional, incluso por los jerarcas que jugaron papel protagónico en Trento. Expresión de sus esfuerzos irénicos es la siguiente afirmación que incluye en su prólogo castellano: “En cuanto a lo que toca al autor de la traducción, si Católico es el que fiel y sencillamente cree y profesa lo que la santa Madre Iglesia Cristiana Católica cree, tiene y mantiene, determinado por el Espíritu Santo, por los cánones de la Divina Escritura, en los Santos Concilios, y en los Símbolos y sumas comunes de Fe, que se llaman comúnmente el de los Apóstoles, el del Concilio Niceno y el de Atanasio, católico es, e injuria manifiesta le hará quien no lo tenga por tal” (he modernizado la ortografía aunque no la sintaxis). De ahí también su retención de los libros deuterocanónicos, los cuales se extrajeron de su obra en el siglo XIX, sin que las sociedad bíblicas de habla castellana tuviesen el atrevimiento, en el XX, de restituirlos.
Lo segundo, la salvación humana, tiene que ver, en el caso de Reina, con aquellos para quienes el castellano es su idioma cotidiano, su lengua popular, aquellos para quienes la Vulgata ha dejado, por muchas generaciones, de ser comprensible y cuyo conocimiento de la Biblia depende casi exclusivamente de la mediación sacerdotal. También el pueblo español, afirma Reina, tiene el derecho y la necesidad de una versión de las escrituras sagradas legible y entendible.
España se encuentra en la cúspide de su prestigio temporal, enriquecida gracias a los tesoros que se extraen de los territorios de ultramar recientemente conquistados y colonizados. Sus letras son objeto de admiración, gracias a las plumas privilegiadas de Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega, Fray Luis de Granada, Fray Luis de León y Santa Teresa de Jesús, entre otros. Todavía no ha sufrido el desgarramiento doloroso de los Países Bajos ni la humillación naval frente a las costas inglesas. Algo le falta, sin embargo, a la España de Carlos V y Felipe II: culminar y trascender la Biblia políglota del Cardenal Francisco Ximénez de Cisneros con una edición castellana de no menor calidad que las versiones en idiomas nacionales que a la sazón comenzaban a proliferar por toda Europa.
Reina apela inútilmente al decreto tridentino sobre las traducciones bíblicas. Es un esfuerzo noble y desesperado de salvar su texto, de convencer a las autoridades de que permitan la distribución de su Biblia castellana. Intenta ignorar que el Concilio de Trento ha sido categórico en afirmar dos puntos claves: 1) la Vulgata latina como la única versión de las escrituras sagradas cristianas “tenida por auténtica en las públicas lecciones, disputaciones, predicaciones y exposiciones …” (Sesión cuarta del Concilio de Trento, 8 de abril de 1546) y 2) el control absoluto, por obispos e inquisidores, de las traducciones a las lenguas populares, “puesto que es manifiesto por experiencia que si se permite la sagrada Biblia en lengua vulgar en cualquier parte sin discernimiento, resulta de ello más perjuicio que ventaja”. (Reglas tridentinas para la prohibición de libros, 24 de marzo de 1564.)
La Inquisición, ciertamente, no se dejará engañar por los malabares retóricos y el irenismo de Reina. Conoce bien el peligro que conlleva la idea, típica de las iglesias reformadas, del derecho del pueblo a la lectura de las escrituras en lenguas populares. Por toda Europa son evidentes las potencialidades subversivas, en asuntos eclesiásticos, teológicos y políticos, de la lectura no controlada de la Biblia. Es un incendio incontrolable que los jerarcas eclesiásticos de la España tridentina intentan prevenir y contener a lo que dé lugar.
En un contexto eclesiástico donde ni el Arzobispo de Toledo, Primado de España, está a salvo de los turbios procesos judiciales de la Inquisición y sus calabozos, como lo demuestra el trágico destino de Bartolomé de Carranza y Miranda, mucho menos puede Reina esperar tolerancia para su Biblia castellana. Miguel Delibes, en su brillante novela El hereje (1998) ha logrado impartir elegancia literaria a los lúgubres martirios sufridos por grupos protestantes clandestinos españoles de ese tiempo. La novela concluye en un aterrador auto de fe, en presencia de Felipe II y sacralizado por una homilía de Melchor Cano, insigne teólogo de la época. Se les percibe y persigue como una plaga que corrompe la religiosidad y contamina la identidad nacional de la católica nación ibérica.
Lo crucial, sin embargo, es la tesis de Reina de que la vitalidad de la fe y la cultura cristianas de España requieren la lectura regular de la Biblia. Si ésta faltase, España sería cristiana de nombre y tradición, pero no de sustancia. Por eso sus arduos desvelos y afanes, por su amor entrañable a la religiosidad y la cultura de su pueblo. En el exilio y constante peregrinación—Ginebra, Francfort, Londres, Amberes, Colonia, Estrasburgo, Basilea—para mantenerse al margen de la Inquisición, un hombre prosigue durante una docena de años una ardua y agotadora tarea: traducir la Biblia al castellano, a fin de que su patria, aquella que lo ha desterrado, pueda nutrir su fe y su cultura en la lectura inteligente de las escrituras sagradas. La España oficial le negaría, por siglos, el merecido reconocimiento a sus empeños. Pero su obra, varias veces revisada, es un monumento excepcional de las letras cristianas y de la creatividad cultural hispana.


CIPRIANO DE VALERA

Cipriano de Valera, compañero de afanes y destierros de Reina, reconoció el inmenso valor de su traducción y, por ello, en vez de emprender una nueva versión castellana de la Biblia, se dedicó a preservar, revisar y corregir la de su predecesor. El resultado, impreso en 1602, fue esa excepcional expresión literaria conocida tradicionalmente como la Biblia de Reina-Valera.
Marcelino Menéndez Pelayo, nada dado al gusto por heterodoxias doctrinales, no puede disimular su amarga hostilidad contra ambos traductores expatriados. A Reina pretende negarle su nacionalidad, catalogándolo de “morisco granadino”, a partir únicamente de los infundios de un burócrata de la diplomacia de Felipe II, siempre a la caza de prosélitos protestantes. A Valera le reconoce su “fecundidad literaria” y su estilo de “donaire y soltura”, pero, al fin y al cabo, le tilda de “hereje vulgar”. Sin embargo, no puede, como gran hispanista que es, evitar el elogio a la obra cumbre de estos dos heresiarcas y catalogarla, en su Historia de los heterodoxos españoles, “como hecha en el mejor tiempo de la lengua castellana, excede mucho … a la moderna de Torres Amat y a la desdichadísima del Padre Scio”.
Vincular íntimamente la fe cristiana y la cultura hispana, ambas en relación con las sagradas escrituras, esa fue la tarea noble pero sisífica que emprendieron primero Casiodoro de Reina y luego Cipriano de Valera. Desde la excomunión de la iglesia en la que se bautizaron y en la que profesaron sus votos monacales (frailes jerónimos ambos), desde el destierro de su patria natal, laboraron con tesón guiados por el ideal de una España reformada en su devoción religiosa y creadora en su cultura literaria.
Eran tiempos de rupturas profundas y dolorosas. Si Reina mantuvo ilusiones de concordia eclesiástica, la revisión de Valera refleja el endurecimiento de las divisiones doctrinales en al menos dos maneras: al relegar los libros deuterocanónicos, ahora tildados de “apócrifos”, a una sección entre los dos Testamentos y al catalogar a los católicos de “adversarios” que se atienen a juicios humanos en vez de a la palabra divina. En la “Exhortación” con que prologa su traducción, acusa a los líderes de la iglesia tridentina de ser “enemigos de la salvación de los hombres … rebeldes a Dios y tiranos para con la iglesia”, al prohibir al pueblo la lectura de las Escrituras. Con esa prohibición, piensa Valera, se mantiene al pueblo sumido en las “tinieblas de ignorancia, superstición e idolatría”.
Reina sustentaba la esperanza de una Iglesia unida gracias a la primacía doctrinal de la Biblia; Valera, por el contrario, concibe el texto sagrado como criterio fundamental para distinguir entre la verdadera iglesia (la reformada) y la falsa (la romana). Reina apelaba ilusamente a Trento para legitimar su traducción; Valera reconoce que su obra transgrede los edictos tridentinos. Como ha demostrado el profesor Rady Roldán en sus minuciosas investigaciones, Valera descarta la posibilidad de que la Biblia sea fuente de conciliación en las disputas confesionales que conmueven la cristiandad europea. Su faena traductora se dirige a convertir la Biblia en instrumento de ataque letal al catolicismo romano. La Biblia se vislumbra como eje de intenso conflicto teológico, nada lejano a la convocación a la violencia de las armas que resuena por todo el continente.
Atrás, en las labores de Valera, quedan las ilusiones de intelectuales ilustres como Juan de Valdés y su hermano Alfonso de conciliar el iluminismo, el humanismo erasmiano, ciertos principios reformistas con la iglesia de Roma y la corona española. La cristiandad occidental hace definitiva su fragmentación y el debate doctrinal se torna disputa hostil e irreconciliable. En todos los rincones de Europa se consolidan los antagonismos teológicos y se aprestan los contendientes—católicos, luteranos y reformados—a acompañar las amargas diatribas con el lenguaje violento de las armas.


LA ESPAÑA HUMANISTA Y REFORMADA

Contrario a lo que en ocasiones se ha afirmado, la España del siglo XVI fue conmovida, tan profundamente como cualquier otra nación europea, por el humanismo erasmiano y por la reforma protestante. Ya décadas atrás, el hispanista francés Marcel Bataillon, en sucesivas ediciones de su texto clásico Erasmo y España, sepultó para siempre la leyenda negra de que España había permanecido insensible a los aires renovadores, intelectuales y espirituales, del renacimiento y la reforma. Lo que me interesa recalcar, en este contexto, es que ambos movimientos históricos convergen en el proyecto plural de nuevas ediciones de la Biblia, que superen el apego medieval a la Vulgata latina.
Como ha mostrado el estudioso cubano Jorge A. González, la Biblia Reina-Valera fue la culminación de un proyecto añorado y compartido por un nutrido grupo de españoles en el siglo XVI, influidos por el humanismo renacentista y el reformismo protestante. Se intenta, primeramente, establecer una edición fidedigna de los textos bíblicos originales, en hebreo y griego. Se pretende, luego, traducirla a las jóvenes lenguas nacionales. Así, se desempolva la inercia perezosa de las instituciones eclesiásticas y se promueve el vigor de esos idiomas.
La imperial España del siglo XVI, la abanderada de la conquista y la cristianización de tantas tierras recientemente encontradas, no fue excepción a este proceso renovador, como lo muestran la gran Biblia políglota de Alcalá de Henares, apadrinada por el Cardenal Francisco Ximénez de Cisneros y publicada en 1521, y la versión castellana de Casiodoro de Reina, revisada por Cipriano de Valera. Ambas obras, no sólo la primera, deben reconocerse como épicas expresiones de la pasión religiosa y la creatividad cultural de la mejor España, la joven España, tantas veces añorada por el también desterrado, por mor de otro de los grandes traumas nacionales, el poeta Antonio Machado, quien ante la prepotencia de la “España inferior que ora y bosteza, vieja y tahúr, zaragatera y triste; esa España inferior que ora y embiste, cuando se digna usar de la cabeza” ensalza la “España del cincel y de la maza, con esa eterna juventud que se hace del pasado macizo de la raza. Una España implacable y redentora, España que alborea …” (El mañana efímero).


LA BIBLIA PROSCRITA

Irónica paradoja, de esas que tanto abundan en la historia humana, fue que, por centurias, ese insigne fruto de la devoción de dos españoles a su nación y a su lengua tuvo que vagar peregrina en el destierro y en la clandestinidad. A la Reina-Valera le corresponderá, como destino ineludible, recorrer senderos similares a los de sus dos grandes traductores: el exilio, la ilegalidad y la clandestinidad. El pastor protestante Ángel Luis Gutiérrez, en su libro Evangélicos en Puerto Rico en la época española (1997), ha detallado cómo durante el siglo XIX las autoridades españolas vigilaban cuidadosamente los intentos de introducir por contrabando esa Biblia en Puerto Rico, a la sazón todavía bajo el dominio colonial. Otra de las ironías de esa gran obra: creada para la salvación de los lectores hispanos, se le percibe y persigue, como potencial vehículo de perdición religiosa, por los custodios de la espiritualidad hispana.
No disfrutó, por tanto, la Reina-Valera de la misma influencia formativa en la cultura nacional española que le correspondió a la traducción de Lutero en la historia de los pueblos alemanes o la que tuvo la llamada Biblia King James en el mundo cultural de los países anglo parlantes. Es imposible describir con amplitud la historia cultural moderna de Alemania sin destacar la centralidad generadora de símbolos espirituales de la Biblia de Lutero. Quedaría inconcluso el estudio de la literatura inglesa moderna sin auscultar los influjos claves que en ella tuvo la Biblia King James. La influencia de ambas traducciones en sus respectivas culturas nacionales es inmensa y significativa.
En la literatura inglesa resuenan por doquier las voces de los textos sagrados leídos en la King James. La lectura de los salmos ejercita la destreza poética que luego florece en William Blake o John Milton, igual que la indignación profética es la raíz profunda de las mejores utopías literarias anglosajonas. En las letras españolas, con honradas excepciones, es la iglesia, con sus ritos, sacramentos, instituciones y dogmas, lo que predomina.
No tenía por que ser de esa manera. Conocidas son las aflicciones que su entusiasmo por las sagradas escrituras le costó a Fray Luis de León. Su penoso encarcelamiento en una mazmorra de la Inquisición, a causa de sus inclinaciones por el texto hebreo del Viejo Testamento y su proyecto de traducir a lengua castellana el Cantar de los Cantares, y sus cuitas posteriores por su apego al estudio de las escrituras sagradas, son un paradójico tributo a la pasión española del siglo XVI por la Biblia.
Cuando se examinan los intensos debates teológicos en la España de esa época sobre la conquista de las tierras y los pueblos americanos, los textos bíblicos retumban con vigor, sean aquellos que condenan la idolatría y sus practicantes, usados para justificar la invasión armada, sean los que censuran la violencia de poderosos contra vulnerables, leídos para rebatir la sujeción bélica de los nativos. La Biblia se evocó para avasallar al Inca Atahualpa en Cajamarca; también se citó para reprobar ese fatídico evento. Es objeto de opuestas interpretaciones en la gran controversia que a mediados de siglo sostuvieron Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda sobre la justicia del imperio español en el Nuevo Mundo. La insistencia de Las Casas en la evangelización pacífica de las comunidades indígenas y su rechazo enérgico a la cristianización violenta se nutren de su lectura del Nuevo Testamento. Su airada denuncia de las injusticias cometidas por conquistadores y encomenderos, la que tanto escandalizó la hispanofilia nacionalista del gran filólogo Ramón Menéndez Pidal, revela la lectura constante y apasionada de los profetas veterotestamentarios.
En las disputas provocadas por las insurgencias luteranas y calvinistas, la España del cáliz, la que tanto afligió en ese otro gran drama nacional a César Vallejo, prevaleció sobre la España de los profetas y los evangelios, aquella que a principios del siglo XVI animó el magno proyecto editorial del Cardenal Ximénez de Cisneros y en sus postrimerías inspiró los esfuerzos de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera de dotar al pueblo español de una Biblia en su preciado idioma nacional.
La Biblia Reina-Valera sobrevivió en los márgenes de la vida nacional ibérica, proscrita y prohibida, acogida en los silencios y ocultamientos de quienes, en España, en América Latina, o en la diáspora hispana, mantuvieron tenazmente su disidencia religiosa y su afecto a la lengua española. En el mundo subterráneo protestante iberoamericano, Reina-Valera ha sido forjadora de un discurso cultural cargado de resonancias bíblicas. Es centro primordial de la devoción familiar y eje de los cultos y prédicas eclesiales. Es uno de los primeros obsequios que recibe un niño o niña de tradición evangélica que aprende a leer. Se convierte así en matriz crucial de su formación lingüística, intelectual y espiritual.
En la novela de Carlos Fuentes, Las buenas conciencias (1959), la Biblia adquiere papel protagónico central, como quizá en ninguna otra obra literaria hispanoamericana. El niño Jaime Ceballos, su personaje principal, recibe como regalo de cumpleaños una Biblia. Su alma juvenil queda fascinada y cautivada por el Jesús de los evangelios, aquel que no tuvo morada ni lugar donde recostar su cabeza, perseguido por las autoridades de su tiempo, las políticas y las religiosas. Los textos bíblicos recuperan su capacidad para fascinar, provocar y perturbar las conciencias, a contrapelo de las autoridades políticas y religiosas. Pocos relatos literarios dramatizan tan magistralmente la dolorosa pugna, en el corazón y la mente de un joven sensible e inteligente, entre la fidelidad al sendero de la cruz del Jesús evangélico y las prebendas y beneficios de una posición social adinerada y privilegiada.
Fuentes logra recrear el antaño enfrentamiento entre la Biblia y la Iglesia, restaurando significado a la inocultable tradición bíblica profética y evangélica. Es un sendero escabroso y arriesgado, que amenaza el prestigio social de quien decide transitarlo, como bien descubre en la novela el joven Ceballos, quien claudica ante el desafío, y como, en las postrimerías del siglo XVI, entendieron Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, quienes asumieron con valor, dignidad y creatividad las penurias de la persecución y el destierro. Gracias a su arrojo y tenacidad, España también tuvo su Biblia, la cual, al cabo del tiempo y tras sucesivas revisiones y ediciones, puede y debe considerarse como una de las más distinguidas creaciones literarias en lengua castellana.
En honor a ella pueden los poetas, los insignes como el español León Felipe, exiliado hasta su muerte en México, escribir, o, en su caso, más bien exclamar:

Me gusta remojar la palabra divina, amasarla de nuevo, ablandarla con el vaho de mi aliento, humedecer con mi saliva y con mi sangre el polvo seco de los Libros Sagrados y volver a hacer marchar los versículos quietos y paralíticos con el ritmo de mi corazón … El poeta, al volver a la Biblia, no hace más que regresar a su antigua palabra, porque ¿qué es la Biblia más que una Gran Antología Poética … donde todo poeta legítimo se encuentra?… recordar, refrescar, ablandar, vivificar, poner de pie otra vez el verso suyo antiguo que momificaron los escribas”. (¿Qué es la Biblia?, 1943).

Luis N. Rivera Pagán
Profesor emérito en Teología Ecuménica
Seminario Teológico de Princeton

LA BIBLIA Y EL QUIJOTE: BREVES APUNTES PARA UN ESTUDIO


RAZÓN DE SER DEL PRESENTE ESTUDIO

Aunque la historia suele escribirse en libros, hay libros que hacen historia. También traducciones de algunos libros.
El Siglo de Oro de la literatura española dejó para la posteridad muchas de esas obras. Una de ellas descuella sobre todas: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Los textos (impresos o electrónicos), ensayos, estudios críticos, artículos, películas, series para la televisión, dibujos, ediciones para niños o jóvenes, etc., que se han escrito acerca de la inmortal obra de aquel mortal que quedó manco en Lepanto, son innumerables, por lo que nada más añadimos aquí, aparte de lo que, sobre el tema, decimos más adelante.
Del mismo período es también una traducción completa de los libros sagrados del cristianismo, hecha por primera vez de los idiomas originales en que la Biblia fue escrita. Vio la luz en Basilea en 1569. Conocida como Biblia del Oso, esta traducción fue obra del monje jerónimo don Casiodoro de Reina, que se vio forzado a huir de España a causa de la Inquisición. Revisada en 1602 por don Cipriano de Valera, llegó a ser conocida en años posteriores, sobre todo a partir de mediados del siglo XIX, como “la Biblia Reina-Valera”.
Enmarcar ambas obras—un nuevo libro y una traducción de textos antiquísimos—en un mismo período cronológico podría no tener significado alguno. En el caso de los libros a los que nos referimos, no obstante, hay otros elementos que permiten destacar la importancia de ambos en mutua relación, directa o indirecta.
(1) Respecto de la calidad literaria tanto del Quiijote como de la Biblia del Oso, el mejor comentario que podría hacerse ya lo hizo don Marcelino Menéndez y Pelayo, que citamos, en parte, más adelante.
(2) Lo que el Quijote fue para la producción literaria española, y de manera particular para la novela, la Biblia del Oso lo fue, en primer lugar, para la espiritualidad de un sector del pueblo español (desafortunadamente aplastado por el siniestro brazo de la Inquisición) y, en fecha posterior, para quienes querían buscar en el texto bíblico inspiración y dirección, sin prestar atención a las identificaciones sociorreligiosas.
(3) El hecho indiscutible de que el autor del Quijote se nutre de las historias y enseñanzas bíblicas, a las que se refiere, con frecuencia que no deja de sorprender, en citas directas, en referencias claras o en alusiones más sutiles.
Por lo dicho, llama poderosamente la atención, de manera particular a quien esté familiarizado con la lectura de los sagrados libros del cristianismo—la Biblia—, que los comentaristas y anotadores del Quijote hayan prestado tan exiguo cuidado al análisis de la presencia de una en otra obra, ambas patrimonio indiscutible de la literatura universal.
En efecto, en las mejores ediciones anotadas del Quijote es fácil leer, por supuesto, los apuntes, en su inmensa mayoría bibliográficos, que los respectivos eruditos hacen de las manifiestas referencias a la Biblia que aparecen a todo lo largo de la obra sin igual del Manco de Lepanto. Cervantes se nos presenta, de hecho, en toda su obra, como un buen conocedor de las Sagradas Escrituras. El Quijote no es excepción. Pero, de ese conocimiento, solo se ha hecho patente, por norma general y por quienes han anotado la obra, lo que es obvio, ya sea porque el mismo Cervantes explicita que está haciendo referencia a la Biblia o porque a ésta se la cita textualmente.
Lo que nos interesa destacar en esta nota no son, de hecho, esos casos de lo que podríamos denominar “presencia manifiesta de la Biblia en el Quijote”. Deseamos, más bien, subrayar que en toda la obra cervantina, y de manera más concreta en el Quijote, tal presencia no se limita a esas manifestaciones obvias que cualquier mediano conocedor de la Biblia puede detectar.
Al contrario, en el relato de las aventuras y reflexiones (¡qué más noble aventura que la del pensamiento!) del Ingenioso Hidalgo, encontramos que, ya sea por boca de D. Quijote o del inigualable Sancho, o de cualesquiera otros personajes de la obra (de entre los cuales no hay que excluir a Cíde Hamete Benengeli, narrador a quien Cervantes, en artificio literario, atribuye el original del Quijote), nuestro autor va desperdigando no solo citas literales o más o menos literales del texto bíblico, o menciones de personajes—divinos y humanos—, que sin duda están entresacados de las Sagradas Escrituras (aunque no necesariamente de manera directa), sino también frases que, sin corresponder a ipsissima verba del texto sacro, reflejan por su uso, la influencia de la Biblia (ya sea que las situaciones en que aparecen se asemejen por similitud o analogía, o se distingan por contraste con las correspondientes en aquellas en que—añadamos de manera provisoria: supuestamente—se inspiran).
Y es extraño que el tema no parezca haber interesado a muchos escritores y eruditos. Amén de las referencias a las que hemos hecho alusión, y que encontramos en las ediciones anotadas de la obra que nos ocupa, tenemos conocimiento de los siguientes trabajos que abordan de manera directa este asunto:
(1) La Biblia en el Quijote, del periodista y pastor protestante D. Juan A. Monroy. La obra del Dr. Monroy tiene un valor indiscutible: es, a nuestro entender, el primer libro que sobre ese tema específico se escribe. Habían aparecido artículos que aludían el asunto en cuestión, o que lo trataban como sus tesis centrales, pero ningún libro se había escrito dedicado por completo a este tema.
(2) La bibliografía—por cierto, escasísima, pues no conocíamos otra—, citada en la obra del Dr. Monroy.
(3) Un artículo del Dr. D. Salvador Aguado Andreut. En este artículo, y de manera magistral, el Dr. Aguado compara el texto del Quijote donde preguntan a Sancho si él era de la cofradía de su amo (en la aventura cuando llevan al hidalgo enjaulado), con el texto bíblico donde se registra la pregunta de la sirvienta a Pedro, de si este estaba también con Jesús.
(4) Dos artículos, un capítulo de un libro y la presentación de otro, escritos por el autor de estas líneas.


EL SIGLO XVI

Este siglo tiene una importancia capital, no solo para el mundo de las letras castellanas consideradas profanas, sino también para el de las letras sagradas. No es necesario, por cierto, destacar elementos concretos y significativos que justifiquen la primera de estas afirmaciones. Basta echar una rápida mirada al panorama que nos presenta el desarrollo de la literatura española de ese siglo (desarrollo que culminará con la publicación, en los primeros años del siguiente, del Quijote), para comprobar su carácter de auténtico Siglo de Oro.
Pero ¿qué de las letras sagradas? En este período, ¿qué sucede con la Biblia? Bien podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el siglo XVI representa también un siglo áureo en lo que concierne a la versión de la Biblia (total o parcialmente) al idioma español.
Hay razones históricas que explican este fenómeno.
El siglo XVI es el siglo de la Reforma llamada Protestante. Y también de la Contrarreforma. El movimiento reformista (como aquellos otros que le precedieron y que suelen caracterizarse de “prerreformistas”), acentúa la necesidad y la urgencia de poner la Biblia al alcance de todo el pueblo. No olvidemos que el propio Lutero se convierte en uno de los que en forma más decisiva contribuyen a la formación del idioma alemán moderno al ayudar a fijarlo literariamente con su traducción de la Biblia.
España no podía quedarse atrás. Además, ya contaba con una noble tradición, en la que la Biblia Alfonsina ocupa un lugar preeminente (aunque nunca fuera impresa ni divulgada).
Y, por otra parte, España, que en el decir de Francisco de Enzinas posee una «lengua [que] es la mejor (a mi juicio) de las vulgares, o, a lo menos no hay otra mejor», se incorpora a este proceso europeo, en muchos sentidos secuela del espíritu renacentista que permea a la Europa de la época. Así apareció una serie de versiones que D. Marcelino Menéndez y Pelayo no duda en elogiar, tanto por su fidelidad a los idiomas originales de la Biblia, como por la maestría en el uso del idioma español por parte de los traductores. De alguno de ellos llega incluso a decir que es, por su estilo, de la escuela de Juan de Valdés.
Presenciamos así, en el siglo XVI, el interesantísimo fenómeno del Siglo de Oro de las letras españolas (“Siglo” que abarca parte del XVI y del XVII), y, simultáneamente, la aparición de versiones de la Biblia que vienen a enriquecer el caudal literario de nuestra lengua. (También este último proceso se adentra en el XVII … para reaparecer luego, con un ímpetu inusitado del cual somos testigos, en el siglo XX).
La concomitancia de ambos hechos literarios habría de significar, es lógico pensarlo, no solo la posibilidad sino también la realidad de la interrelación entre ellos. Por una parte, fueron hombres bien pertrechados con las mejores armas que la ciencia humanística de la época ofrecía los que pusieron su saber al servicio de la traducción del texto sagrado. Por otra, los hombres de letras dedicados a sus menesteres literarios profanos no pueden substraerse de la influencia, casi «embrujadora», que la Biblia ejerce en todo este período.
Y no olvidemos que toda esta tarea se está realizando en el contexto (si no geográfico, sí espiritual) de la España por mil títulos religiosa.
No es así, pues, extraño, que al leer las páginas—también embrujadoras—, del Quijote, sintamos latir en ellas el espíritu de la época; y comprobemos, ya sin asombro, que el héroe de tales páginas, el hidalgo D. Miguel de Cervantes, conocía el texto sacro hasta el punto de ir aspergiando toda su obra con la sabiduría eterna que en ese texto se nos hace accesible.


PROBLEMAS

Problema 1°: Modos de presencia

Aunque de manera rápida y de pasada hemos hecho ya alusión a algunos de los diferentes modos de ser de la presencia de la Biblia en el Quijote, veamos ahora, más específicamente, cómo aquellos se nos presentan en el texto:
(1) Alusiones directas al texto sagrado. Es decir, indicación del origen escriturario del relato, cita, nombre de personaje, etc., de la sección del Quijote que se analiza. A su vez, esta alusión nos presenta dos modalidades: una, la cita textual de algún pasaje de la Biblia; y otra, alusión al contenido de algún texto bíblico, sin trascripción literal del texto (pero con especificación de su origen).
(2) Alusiones indirectas a las Sagradas Escrituras. En este caso se incorpora algún elemento (frase, párrafo, nombre …) del texto bíblico, a la trama de la novela, ya sea como elemento narrativo o como parte de lo que dice alguno de los personajes, pero sin explicitar la fuente de donde fue tomada.
Como en el caso anterior, podemos encontrarnos con las mismas dos modalidades que hemos señalado.
(3) Frases, y aun párrafos que, sin ser propiamente alusiones ni directas ni indirectas, presuponen—como especie de telón de fondo—algún texto de las Escrituras Santas que determina ya la estructura sintáctica del pasaje cervantino correspondiente, ya alguna especifica dimensión de su significado.
Al intentar un minucioso análisis de la presencia bíblica en el Quijote, debe prestarse atención a estas diversas posibilidades, y no limitarse solo a las primeras dos de las indicadas (pues estas representan lo que está más a mano, lo más evidente).
Además hay que tomar en cuenta el hecho de que la mención, especifica o general, de un mismo tema en las dos obras que son objeto de nuestro estudio no debe llevarnos a la conclusión apresurada (y, por tanto, con altas probabilidades de error) de que nos encontremos frente a un caso de “presencia” de la Biblia en el Quijote. Por ejemplo, el hecho de que Dios sea el tema central de la Sagrada Biblia, no significa en absoluto que en cada referencia o mención de Dios en el Quijote hayamos de ver una alusión a la Biblia. Muchos de esos casos podrían explicarse, sin lugar a dudas, de muy diversa manera: sabiduría popular, influencia de otras religiones (mahometismo y judaísmo, de modo particular en cuanto al Quijote), razonamiento natural u otras fuentes extrabíblicas.

Problema 2º: Origen de las referencias bíblicas

Supuesta la situación de que se haya determinado con mayor o menor exactitud el número de los pasajes del Quijote que presentan casos de presencia en ellos de la Biblia, hay aún otro problema que debemos plantearnos: puesto que no se trata meramente de generalidades respecto de la Biblia (de esas que suelen estar en el ambiente, en toda sociedad que, cuando menos, se dice cristiana), sino de reiteradas referencias,—a veces, muy concretas—, a diferentes libros del texto sagrado, la conclusión natural es que, de alguna manera, Cervantes tenía acceso a algún conocimiento muy directo de la Biblia que le permitía citarla de memoria (aunque no siempre ad pedem litterae).
Ahora bien, tomando en cuenta su época, ¿cómo debemos de explicar ese conocimiento? ¿Dónde lo adquirió?
Hicimos ya mención a la relativa abundancia de versiones vernáculas que aparecen en el siglo XVI. Pero, junto a ello, hemos de recordar que, por cuanto se refiere a España, estamos en la época de la Contrarreforma, que, en esta época, es casi sinónima del “Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición”. Por supuesto, todas las traducciones llevadas a cabo por reformistas eran puestas de inmediato en el Índice de libros prohibidos, ya que eran sospechosas de heterodoxia.
¿Significa ello tener que descartar la posibilidad de que Cervantes pudiera haber leído alguna de eses traducciones? No necesariamente, pues es bien sabido que las Biblias españolas eran introducidas en España de manera clandestina, y luego distribuidas sobre todo, dada su escasez, entre quienes habían abrazado le fe reformada o simpatizaban con ella.
La más conocida de estas traducciones fue, como ya se ha indicado al principio, la hecha por Casiodoro de Reina, que vio la luz en 1569. La revisión de Valera no se publicó sino hasta 1602.
A la luz de estas fechas y de la situación en España, habría sido muy difícil, por no decir imposible, que Cervantes hubiera logrado un ejemplar para su estudio personal, o que hubiera tenido acceso a alguna copia de tal traducción. Máxime que sobre ella pesaba el cargo de herejía y era objeto de persecución por el Santo Oficio.
Pero ahí no acaban todas las posibilidades: sobre todo del Nuevo Testamento, circulaban por España, a pesar de la prohibición del Santo Oficio, varias versiones. Las más importantes fueron la de Enzinas y la del Dr. Juan Pérez de Pineda (1543 Y 1556, respectivamente). Sabemos a ciencia cierta, que un tal Julián Hernández introducía en España copias del Testamento Nuevo del Dr. Juan Pérez.
Siendo Cervantes un ávido e insaciable lector, no tendría nada de extraño que hubiese conseguido algún ejemplar de alguna de esas ediciones que circulaban, ya fuera como propiedad personal o por sus contactos y amistades con la gente culta de la época.
Hay un otro dato significativo que pudiera dar razón del problema planteado. Cervantes viajó por Italia. Incluso estuvo en Ferrara, donde, en 1553 se había editado la Biblia (es decir, las Escrituras hebreas, que los cristianos llamamos “Antiguo Testamento”) conocida como “Biblia de Ferrara”. Allí la situación no era tan delicada como en España, en lo que respecta a la rigurosidad de la Inquisición, y esta dio su visto bueno a la edición de dicha Biblia. ¿La conocería Cervantes?
Una cuestión tampoco del todo clara, es el nivel de conocimiento que Cervantes tenía del latín. Imposibilitado, por razones económicas de la familia, de continuar sus estudios superiores, ¿se preocuparía por perfeccionar sus estudios de latín, de tal manera que pudiese leer directamente la Vulgata o pudiese entender referencias a ese texto?
Este último aspecto nos lleva a otra observación, que parte del mismo Quijote, y que con toda seguridad constituye una pista, aunque no podamos precisar hasta dónde pueda llevarnos.
En varias ocasiones, cuando algún personaje se siente intrigado por la sabia solución que el bueno de Sancho ha sabido dar a algún problema planteado y pregunta por el origen de tal perspicacia, el humilde escudero suele responder que algo semejante a lo por él propuesto lo ha escuchado de labios del cura de su aldea. De recurso semejante echa mano cuando quiere dar autoridad a lo que dice, o cuando él mismo se percata del carácter “elevado” o “profundo” de lo que acaba de decir (o de lo que va a expresar). Así se repiten expresiones parecidas a estas: “todo lo que pienso decir son sentencias del padre predicador …”.
La pregunta que nos viene a la mente es si esta reiteración del hecho—es a saber, que lo que se dice ha sido aprendido de los predicadores cristianos—no nos indica que los conocimientos bíblicos que descubrimos en los diferentes personajes del Quijote fueron adquiridos por su autor, al menos en buena medida, por frecuentar las Iglesias y escuchar con atención la predicación “del cura de la aldea”. Como lector que todo lo devora, y como hombre sometido al trajín y a las peripecias de la vida, Cervantes había desarrollado un agudo espíritu de observación. Prestaba atención a cuanto veía u oía. Así, la predicación se convertía también en caudalosa fuente de información bíblica—en la medida propia de esa función—. Añádase a ello la referencia que hace Sancho a su propia memoria, precisamente en el contexto de una de esas explicaciones.
La gama de posibilidades—y el hecho de que no tengamos que vernos forzados a limitarnos a una de ellas con exclusión de todas las demás—nos muestra cómo, en efecto, pudo Cervantes, a lo largo de su azarosa vida, ir acumulando ese tesoro que vierte luego en su inmortal obra. Sin que ello adquiera dimensiones de erudición ni nada por el estilo, sí muestra, sin lugar a dudas, el carácter observador y la preocupación religiosa (o, con más amplitud, espiritual) del insigne escritor.

Problema 3°: El texto de las Sagradas Escrituras

Al hablar del origen del conocimiento de la Biblia por parte de Cervantes, hicimos mención de algunas de las versiones del texto sagrado que por la época circulaban. No podemos, en este estadio de nuestra investigación, afirmar si una, específica, de esas versiones fue usada por nuestro autor.
Es este un detalle que requiere un análisis cuidadoso, pero que rebasa los limites del presente estudio. Se requiere, en efecto, separar todos los casos del Quijote en que nos parezca que nos hallamos ante una cita textual o casi textual de las Sagradas Escrituras. El paso siguiente habría de consistir en cotejar cada una de esas citas con las diversas posibilidades. Es decir, con las diferentes versiones españolas de que podría haber hecho uso Cervantes. Es de esperar que, si se realiza tal cotejo, surja la luz. Quizás nos muestre que Cervantes leía una determinada traducción, de las que entonces circulaban. O quizás no haya coincidencia con ninguna en particular, de tal manera que tengamos que buscar por otros cauces respuesta al problema planteado.
Lo mismo habría que decir en cuanto a las citas de las Escrituras que, en latín, hace nuestro autor.
Supuesto el caso—que de hecho se dará, sin lugar a dudas, en referencias particulares—de no coincidir la cita escritural con ningún texto que nos sea conocido,—y descartada, por muy improbable, la posibilidad de que Cervantes utilizara alguna versión que no nos haya llegado—, el caso que nos planteamos en la sección anterior (“El origen de las referencias bíblicas”) puede muy bien ofrecernos al menos una solución parcial. Es a saber: Cervantes citaba, por una parte, de memoria, lo que respecto del contenido de la Biblia había escuchado desde los púlpitos de las Iglesias. Y, por otra, habría escuchado, con muchas probabilidades, citar la Biblia en latín. ¿No cabría suponer que luego él se limitaba a traducir in mente lo que oía, y que eso—y no lo que copiaba de una versión formal—era lo que después transcribía en sus escritos?


EL «PRÓLOGO» DE LA PRIMERA PARTE

Desde las primeras páginas del Quijote, cuando el autor explica—echando mano del recurso literario de relatar una visita que le hizo un amigo suyo “gracioso y bien entendido”, “estando [él] una [vez] suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla” (p. 10 [11, 7–9])—el sentido que tiene el texto que ha producido y el propósito que persigue, se marcará la tónica general que va a caracterizar a toda la obra en lo que respecta al tema que es objeto de nuestro interés y estudio.
En efecto, nos encontramos aquí con alusiones de diverso tipo a las Sagradas Escrituras, que muestran, por una parte, el conocimiento que de ellas tenía el autor; y, por otra, la variedad de su uso, que no se limita a mencionar el nombre general de la colección de los libros sagrados o de algunos de sus componentes, o a hacer citas textuales que se insertan en el momento y lugar adecuados, de manera tal que concuerden, de algún modo, con lo que en su contexto propio querían significar.
Detengámonos a analizar, uno por uno, estos casos:

1. Citas—por títulos—de las Sagradas Escrituras

Nos referimos aquí a la mención que se hace de la Biblia sin que se haya tomado en cuenta algún dato o aspecto específico de su contenido (aun cuando a veces se explicite este contenido).
En este Prólogo encontramos cinco alusiones de este tipo. Tres se refieren a la Biblia en general; dos, a parte de ella. Así:
(1) “Pues qué, cuando citan la Dívina Escritura: No dirán sino que son unos Santos Tomases y otros doctores de la Iglesia” (p. 11 [12–15]).
(2) “Si tratárede de la amistad y amor que Dios manda que se tenga al enemigo, entraron luego al punto por la Escritura Divina, que lo podéis hacer con tantico de curiosidad, y decir las palabras, por lo menos, del mismo Dios” (p. 17, 18 [5–8; 1, respectivamente]).
(3) “Y pues esta vuestra escritura no mira á más que á deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura …” (p. 24 [4–9]).
(4) “Si tratáredes de malos pensamientos, acudid con el Evangelio …” (p. 18 [2, 3]).
(5) “… fué un filisteo á quien el pastor David mató de una gran pedrada, en el valle del Terebinto, según se cuenta en el libro de los Reyes, en el capítulo que vos halláredes que se escribe” (p. 18, 19 [18; 1–4, respectivamente]).
El conjunto de estas citas tiene que ver con el afán que, en el diálogo con el visitante amigo, el autor de la obra muestra por hacer que el prólogo que quiere escribir esté lleno de referencias eruditas y de menciones de grandes obras y grandes escritores. Se trata, es obvio, de una mordaz crítica de aquellos que, en la época, tenían semejante costumbre con el único propósito de impresionar a los lectores.
El amigo, pronto a dar un buen consejo, señala—entre otras posibilidades—que las Escrituras le ofrecen una fuente inagotable de información. Pero este consejo representa solo un primer momento, producto del deseo de ayudar al preocupado amigo escritor, ya que encontramos también aquí un segundo momento, que se nos presenta como una reflexión posterior: dada la naturaleza del libro que se quiere prologar y tomando en consideración el propósito que con él se persigue, no es en absoluto necesario que se recurra a ningún tipo de citas al elaborar ese Prólogo. Por tanto, tampoco es indispensable buscar refuerzos en las Escrituras.
Pero lo cierto es que el consejo llega demasiado tarde, pues ya se ha hecho—en la transcripción de la conversación—lo que ahora se dice que no se haga.
No obstante, este modo de juego literario produce en el lector atento un efecto saludable. Porque, amén del carácter muy significativo de los textos bíblicos aludidos (en cuanto a contenido, que veremos luego), la mención de las Escrituras no resulta ni vana ni superficial. Veamos:
Al producir Cervantes un libro de caballería de tal calibre que pone en entredicho todos los demás libros de caballerías que hasta entonces se habían escrito o que en las edades futuras pudieran escribirse, hace resaltar al mismo tiempo el valor “caballeresco”, en el más noble sentido de la expresión, de las aventuras de aquellos hombres de Dios, aventureros de la fe, de que hablan los escritos sagrados de judíos y cristianos. Aunque esta dimensión de la historia sagrada no se explicita en el Prólogo (excepto por la mención de David y la “gran pedrada”), bien lo señalará después el Canónigo, cuando le dice a D. Quijote: “Y si todavía, llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de hazañas y caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que allí hallará verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes” (Primera Parte, cap. XLIX.). Las citas bíblicas de toda naturaleza aparecerán así a todo lo largo de la novela, e irán marcando pautas respecto de múltiples asuntos que tienen que ver directamente con la “profesión caballeresca”, y con la vida en general (que es otra especie de andante caballería).
Debe destacarse, además, la terminología que usa Cervantes para referirse a la Biblia. Nos limitamos al Prólogo: “Divina Escritura” (2 veces) y “Escritura Divina”. Muchos otros títulos aparecen luego en la narración. Deseamos resaltar tan solo un texto que muestra que la atribución del adjetivo “Divina” a la Escritura no es un acto reflejo, ni un mero decir. El texto se explica por sí mismo: “En esto de gigantes—respondió don Quijote—hay diferentes opiniones, si los ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede faltar un átomo en la verdad, nos muestra que los hubo …” (Segunda Parte, cap. I).

2. Citas textuales de expresiones bíblicas

(a) “go autem dico vobis: diligite inimicos vestros” (p. 18 [l, 2]).
Se trata de una cita del Evangelio, de palabras pronunciadas por nuestro Señor Jesucristo, y que pertenecen al llamado Sermón de la Montaña (Evangelio según Mateo 5:44).
Resulta digno de especial mención el hecho de que al referirse al autor de tales palabras, Cervantes haya dicho que fueron pronunciadas por el mismo Dios: “… y decir las palabras, por lo menos, del mismo Dios: Ego autem …” (p. 17, 18 [8 y 1, respectivamente]).
En la Segunda Parte nos encontramos una especie de rotunda y cristianísima confesión de fe que viene a dar razón de la atribución a Dios del texto que en el Evangelio se atribuye a Jesús: “porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era fácil y su carga liviana” (cap. XXVII).
(b) “De corde exeunt cogitationes malae” (p. 18 [4]).
También es del Evangelio esta cita (Evangelio según Mateo 15:19). Es la respuesta del Señor Jesús a aquellos que solo miraban las exterioridades de la vida y se preocupaban casi únicamente por guardar los formalismos rituales de las tradiciones de los hombres, sin prestar la necesaria atención a la vida interior, a la purificación del corazón, de donde todo mal surge cuando no ha sido renovado por Dios.

3. Texto que presupone otro de la Sagrada Escritura

Cuando Cervantes—siempre según su propio relato en el Prólogo—oye de labios de su amigo la oferta de ayuda para satisfacer sus inquietudes en cuanto a la composición de ese mismo Prólogo, exclama entre alborozado e incrédulo: “Decid: ¿de qué modo pensáis llenar el vacío de mi temor y reducir á claridad el caos de mí confusión?” (p. 14 [18–21]).
Dos palabras son claves en este texto. Describen ambas la situación en que al autor dice encontrarse, ante la perplejidad de no poder haber “arrancado” en la escritura de la presentación del libro que ya ha terminado. La obra ya ha sido acabada, pero no puede salir todavía a la luz pública, y corre el riesgo de ser echada en el cajón del archivo (“En fin, señor y amigo mío, yo determino que el señor don Quijote se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan”), como había sentenciado ya el autor (p 12 [15–19]), porque él, D. Miguel de Cervantes, está sumido en el vacío del temor y en el caos de la confusión.
“Vacío” y “caos” son, pues, palabras determinantes. Y ellas nos remiten, de inmediato, al relato bíblico de la Creación, donde también se habla de vacío y de caos, antes que la Voz creadora, la Palabra, el Verbo, impusiera la plenitud y el orden (Génesis 1:2).
En ambos casos—la Biblia y el Quijote—, la referencia al vacío y al caos precede a la obra creadora (aunque en el Quijote el resto de la obra ya estaba compuesto, pero no para el mundo). La Palabra eterna, en el caso del Universo, y la palabra literaria del genio creador (¡también don de Dios!), en el caso del Quijote, vinieron a poner orden donde había caos, y plenitud donde solo reinaba el vacío.
Y a ambos, a Dios en primerísimo lugar, y luego a aquel hombre que se llamó D. Miguel de Cervantes Saavedra, dejamos aquí constancia de nuestro imperecedero agradecimiento.

Plutarco Bonilla Acosta
Consultor jubilado de Traducciones de las Sociedades Bíblicas Unidas

LOS MUDOS HABLAN … Y EN BUEN CASTELLANO

LA BIBLIA REINA-VALERA EN LA DIFUSIÓN DE LA FE EVANGÉLICA DE HABLA CASTELLANA


En uno de sus más interesantes libros teológicos, José Comblin, un sacerdote católico belga que pasó varias décadas en Brasil desde 1958, escribe sobre la experiencia de las iglesias de los pobres, evangélicas y católicas, en Iberoamérica, en las cuales hombres y mujeres comunes y corrientes, lectores entusiastas de la Biblia, se hacen también propagadores del mensaje bíblico. Dice Comblin: “Una señal: todos tienen acceso a la Biblia. Este acceso significa que todos pueden conocer las fuentes del conocimiento. No dependen de otros sino que pueden saber por sí mismos. A partir de la Biblia todos pueden decir cosas que valen … Hasta en la oración pueden dirigir la palabra a Dios … Si esas palabras fueran pronunciadas por personas formadas, no habría en ellas nada de espiritual. Todo podría explicarse por la formación intelectual y por la facilidad de palabra habitual en las clases dirigentes. Lo espiritual está en la conversión radical: los mudos hablan. La experiencia del Espíritu está en que son ellos los que toman la palabra. Se trata de una verdadera toma, de una conquista. La palabra surge de las energías que estaban escondidas en el fondo secreto de la persona. La palabra empieza a resucitar”. Con estas frases emocionadas describe Comblin el hecho que, quien esto escribe, ha podido comprobar también en el mundo de habla hispana durante los últimos cincuenta años. “Los mudos hablan” dice nuestro autor en tono evangélico y podríamos agregar que en muchos casos “hablan en un castellano excelente”, el de la Biblia Reina-Valera, que sigue siendo la versión más leída en el mundo de habla hispana.
El siglo XVI ha sido llamado el Siglo de Oro de la literatura española. Fue también el siglo en el cual el idioma castellano se extendió por las nuevas tierras con las que Cristóbal Colón se encontró en su búsqueda de una ruta a la India. Comentando este hecho el historiador colombiano Germán Arciniegas recuerda que la presencia hispana fue portadora de varios elementos culturales, entre ellos el castellano o español, “un idioma con raíces latinas, griegas y árabes. Un idioma, entonces, con toda la fuerza del siglo en que se mostró más vigoroso y rico, más creador y poético, más heroico, místico, teatral, jurídico: universal. Es el siglo de Cervantes, de Santa Teresa, de Lope de Vega, de Quevedo”. Y tenemos que agregar que es el siglo en que trabajaron Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera su traducción de la Biblia, obra cuya circulación ha superado con creces la de los grandes clásicos de la lengua castellana.
Al observador moderno le resulta sorprendente la rapidez con que la lengua castellana se extendió por las Américas y llegó a ser la lingua franca del vasto imperio español. Dice Arciniegas: “En el Nuevo Mundo, donde el aislamiento había mantenido las lenguas estancadas, donde no se podía ir de Centroamérica al Sur sirviéndose de palabras comunes, se introdujo en brevísimo espacio de tiempo una lengua común que permitió comunicarse a todas las colonias desde México hasta Chile y el Río de la Plata. Cada nueva capital de un virreinato, de una gobernación, cada pequeña villa que se fundaba, era una capital o una villa de lengua castellana”. Desde su introducción hasta el presente, el castellano ha ido evolucionando no sólo en las colonias que hoy son repúblicas independientes, sino también en la propia península ibérica. El vocabulario se enriqueció con el aporte de palabras nuevas procedentes de las lenguas indígenas. En algunos casos la sintaxis de las lenguas indígenas introdujo nuevas formas de hablar el castellano que caracterizan hoy el habla de México, Guatemala o Perú. Y sin embargo el núcleo central de la lengua ha permanecido de manera que el castellano de Cervantes o Lope de Vega puede ser entendido por el hispanoamericano común y corriente, aunque a veces haya que explicar lo que ciertos arcaísmos propios del siglo XVI significan en el siglo XXI.
No cabe duda que Reina y Valera se dedicaron a su tarea de traducción porque tenían la convicción, propia de la Reforma Protestante, de que la Palabra de Dios debiera ser accesible al pueblo en su propia lengua y de que todo cristiano podía gozar del privilegio de leer la Biblia, entenderla y difundirla. Hay valiosa información sobre estos dos reformadores evangélicos en la muy erudita y célebre obra del escritor católico Marcelino Menéndez y Pelayo acerca de los heterodoxos españoles. A pesar de la inocultable inquina que tiene contra Reina y Valera por ser heterodoxos, Menéndez y Pelayo comenta la calidad de la traducción de Reina que compara con posteriores traducciones católicas: “Como hecha en el mejor tiempo de la lengua castellana, excede mucho la versión de Casiodoro, bajo tal aspecto, a la moderna de Torres Amat y a la desdichadísima del P. Scio”. Por otra parte refiriéndose a Valera dice: “Se le llamó por excelencia el hereje español. Escribía con donaire y soltura; pero aparte de esto y de su fecundidad literaria es un hereje vulgar. En nuestro tiempo hubiera sido periodista de mucho crédito”. En medio de un caudal de comentarios críticos y denigrantes, estas breves referencias de Menéndez y Pelayo a la calidad de la traducción de Reina y el estilo del revisor Valera permiten apreciar algunas de las razones que explican también su increíble difusión hasta el presente.
Las clases cultas en las colonias españolas hablaban ese castellano del siglo XVI que se convirtió en la norma del idioma, oficializada más tarde con la creación de la Real Academia de la Lengua. El fin del orden colonial a comienzos del siglo XIX no dio lugar al rechazo de la lengua traída por los españoles, que se había vuelto la lengua propia de las colonias y luego de las repúblicas independientes. De la América de habla castellana salió un caudal enorme de literatura en castellano, empezando por los cronistas que acompañaron a los conquistadores y luego por escritores criollos, es decir nacidos en las Américas, o mestizos como Garcilaso de la Vega el Inca. Hubo también gramáticos y filólogos que contribuyeron a sistematizar el estudio del castellano, como el colombiano Rufino J. Cuervo y el venezolano Andrés Bello, o poetas que marcaron el inicio de etapas nuevas en la poesía castellana, como el nicaragüense Rubén Darío. En ciudades como México, Bogotá o Lima se puede aun escuchar ese castellano bien hablado en el que también escriben los grandes de la literatura como el colombiano García Márquez, el mexicano Carlos Fuentes, o el peruano Mario Vargas Llosa. El periodismo escrito de los grandes diarios como El Tiempo de Bogotá, Excelsior de México, o El Comercio de Lima difunden también esa lengua cercana a la norma. Así, aunque las formas populares del habla en diferentes regiones de estos países se van alejando de la norma, el sistema escolar de casi todos los países americanos, por lo menos en teoría, sigue viendo el castellano culto como el que ha de difundirse, corrigiendo las formas de expresión popular que se consideran defectuosas o deficientes.
Es en este punto donde se puede apreciar mejor lo acertado del entusiasmo de Comblin al comprobar que “los mudos hablan” para referirse a los predicadores populares de las iglesias evangélicas, especialmente las pentecostales. Podemos agregar sin temor a equivocarnos que estos mudos hablan y lo hacen en buen castellano, en la medida que han memorizado y asimilado la prosa clara y elegante de la versión Reina-Valera. Respecto al papel del habla del pueblo en la extensión de la lengua española por América, Arciniegas nos recuerda que en la época de la conquista “una vasta mayoría de los recién llegados era analfabeta, pero por lo mismo que esos andariegos eran analfabetos se sabían de memoria los romances castellanos, trozos de las obras de teatro de Lope o Calderón, coplas de Quevedo, y toda la rica literatura de caballería que circulaba de oídas de unos españoles a otros. Los pocos que sabían leer lo hacían en voz alta para distraer a los que no conocieron la cartilla. Así se hicieron populares los cuentos de Amadís o los enredos de la Celestina”. Tres siglos después, con la llegada de los precursores del protestantismo, empieza a circular la Biblia de forma masiva en las Américas. Al igual que en la Europa del siglo XVI el protestantismo produjo un cambio cultural, puesto que, siendo lo central del culto protestante la lectura y explicación de la Biblia, la conversión a esta fe era también un desafío a la lectura y en muchos casos creaba entusiasmo por la alfabetización que la hiciera posible, especialmente en los sectores más pobres.
Sin embargo, hay que reconocer que el aprendizaje de la Biblia de memoria es una práctica que incluía también a quienes aún no sabían leer. Esta práctica sin duda tuvo su influencia en la formación del habla, especialmente de quienes crecieron dentro de una cultura evangélica. Fue en ese español rico y sonoro de la Reina-Valera en el que varias generaciones memorizamos los salmos, por ejemplo, como se puede advertir en los pasajes favoritos del pueblo evangélico: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno porque tú estarás conmigo” (del Salmo 23), “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del omnipotente” (del Salmo 90), “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (del salmo 46). En mis recorridos como misionero y educador en el mundo de habla hispana me ha tocado escuchar en iglesias populares del sur de California, de la sierra peruana, de la periferia de la gran ciudad de Buenos Aires, o del barrio de Vallecas en Madrid el cántico emocionado del salmo 100 que las congregaciones saben de memoria: “Cantad alegres a Dios habitantes de toda la tierra. Servid a Jehová con alegría, venid ante su presencia con regocijo”. Aún frases o párrafos de sintaxis compleja se memorizan, como aquel proverbio que dice “Instruye al niño en su carrera y aún cuando fuere viejo no se olvidará de ella” (Proverbios 22:6); o las palabras del apóstol Pablo en 1 Corintios 13: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe”.
En la mayoría de los países latinoamericanos tanto en la lengua hablada como en la escrita, el uso de la segunda persona plural vosotros, ha sido reemplazado por el ustedes, plural de la forma respetuosa usted, contracción de “vuestra merced”. La forma verbal que se usa es la de la tercera persona plural y en ese sentido el habla americana difiere, por ejemplo, del habla andaluza en la cual se utiliza el ustedes con la forma verbal de la segunda persona. Aunque en las escuelas de toda América Latina se aprende a conjugar al estilo español, en el habla diaria se usa el ustedes con las formas verbales correspondientes. Hay que confesar que la difusión de la Reina-Valera en las Américas coloca al lector público y predicador en situaciones difíciles al explicar el texto, pasando de unas formas verbales a otras. La impresión que tiene el observador de fuera es que el castellano de la Reina-Valera puede ser más puro que el del habla común americana pero es también más arcaico. De allí, que sea ese cambio uno de los más significativos en las nuevas traducciones como la Dios Habla Hoy o la Nueva Versión Internacional.
Los observadores del crecimiento de las iglesias evangélicas y pentecostales en el mundo de habla hispana, prestaron atención al cambio cultural que se producía en los conversos cuando entraban en comunidades en las cuales la Biblia ocupa un lugar central. En el caso de las clases pobres, un aspecto clave de ese cambio cultural era el aprendizaje de la lectura y la escritura, ya que poder leer la Biblia diariamente y por sí mismo era un aspecto importante de la experiencia cristiana. Otro cambio era que el nuevo creyente se convertía en un activista en la propagación de su fe, en la cual la Biblia ocupaba un lugar central. Uno de los primeros estudiosos católicos que estudió de manera sistemática el protestantismo en su país fue el jesuita Ignacio Vergara en Chile quien escribía de esta manera: “El triunfo del protestantismo está sobre todo en los métodos; en que ha llegado a presentar a los humildes un cristianismo popular … La participación activa en su iglesia o en un culto lo hace sentirse ligado a otros; sin su actividad no marcharía el movimiento, y esto despierta en ellos el interés. El mismo adepto tendrá que dirigir la actividad en su sector, avivar a los más lentos, propagar lo que él mismo ha sentido. El descubrimiento personal de Cristo en el contacto asiduo del Evangelio, no lo deja tranquilo”. Tanto en la vivencia de su nueva vida como en la propagación de su fe estos creyentes populares se nutren de la lectura y estudio de la Biblia y la usan para comunicar su fe. Como sigue diciendo Vergara: “Esta participación íntima y activa se aumenta al tener como lengua en su culto a Dios la misma que emplea en su vivir diario. El protestante siente que está hablando con su Dios de una manera inteligible; su ‘liturgia’ la entiende y la Biblia puede tomar el sitio que le corresponde en los actos oficiales de culto igual que en el seno del hogar”.
Medio siglo después de los comentaristas que acabo de citar, y ya en la primera década del siglo XXI, Manuela Cantón Delgado, una antropóloga española que estudia a las iglesias pentecostales populares en Andalucía encuentra fenómenos semejantes a los de Iberoamérica entre los gitanos de esa región del sur español. Cantón observa que la “Palabra de Dios” ocupa en estas iglesias el papel de “palabra revelada” contenida en la Biblia, y comenta: “Por ello este libro sagrado se convierte en el símbolo dominante en los cultos evangélicos cuyo eje central es la lectura de ciertos pasajes por parte del predicador y su explicación a la comunidad, generalmente estableciendo significativas conexiones con elementos reconocibles de la vida cotidiana de quienes allí se congregan”. El trabajo de campo resumido en este libro se desarrolló durante seis años en los cuales los autores entrevistaron a decenas de personas y asistieron a una gran variedad de reuniones de estas iglesias en la región andaluza. En el libro se nos presentan las conclusiones fruto de la reflexión informada por la Antropología y la Sociología, pero también podemos escuchar las voces de los protagonistas cuando leemos las transcripciones de sus expresiones y diálogos, una verdadera coral. No se pasa por alto el impacto social de esta experiencia religiosa, pues como dicen los autores: “A este respecto quisiéramos llamar la atención sobre un tema decisivo para evaluar la repercusión del pentecostalismo sobre ciertos procesos de cambio que están teniendo lugar entre los gitanos: dentro de la Iglesia Filadelfia se está produciendo un importante movimiento dirigido a la alfabetización de sus miembros, un movimiento que toma como referente explícito el énfasis judío en la formación para poder conocer los textos sagrados”. La versión de la Biblia que se usa mayoritariamente en la Iglesia Filadelfia es la Reina-Valera.
La lectura de la Biblia y su impacto profundo sobre las personas se puede advertir en el uso que los creyentes hacen de metáforas tomadas de la Biblia para describir tanto su conversión a Cristo como lo que les acontece en el esfuerzo por vivir su nueva vida a la luz de la Palabra de Dios. Esto se percibe en otra investigación de la antropóloga Manuela Cantón entre el pueblo protestante de Guatemala. En su libro Bautizados en fuego Cantón presenta los resultados de una investigación de diez años tratando de entender la relación entre la experiencia religiosa y la situación política en ese país. Lo que investigó más específicamente es la relación entre los discursos de conversión de una muestra seleccionada de informantes evangélicos y su percepción de la realidad política de su país. En su libro, Cantón transcribe partes de las grabaciones de los diálogos que sostuvo con sus informantes, y en los discursos de éstos se puede percibir las frases tomadas de la versión Reina-Valera que sirven como metáforas para describir su conversión. Dice un informante: “Cada día que pasaba me iba hundiendo más y más en el lodo cenagoso del pecado” y una mujer describe su conversión “lo primero yo le doy gracias a mi Señor porque yo en Egipto … Egipto quiere decir el mundo, en Egipto mi vida era amarga, mi vida no era buena”.
Este libro de Cantón nos pone en guardia contra el peligro de una lectura fundamentalista de la Biblia, ya que muestra cómo se pueden construir lealtades políticas y discursos justificatorios con una fraseología bíblica que, si bien atiende a la letra del texto, no toma en cuenta el espíritu general de la enseñanza bíblica sobre temas como la justicia, el orden social y el mensaje profético sobre el juicio de Dios contra las injusticias. Tanto Casiodoro de Reina como Cipriano de Valera fueron traductores cuya vocación se alimentó de una comprensión cabal del sentido más profundo del texto. Fue por ella que se atrevieron a desafiar el opresivo aparato inquisitorial que servía como defensa del sistema feudal del cual formaba parte la Cristiandad predominante en la España de ese momento. Fue un esfuerzo por entregar una traducción que fuese más allá de la literalidad a la comunicación del sentido del texto. Lo ha dicho con elocuencia Guillermo Wonderley que caracteriza a Reina como “traductor antiguo con ideas modernas” y que agrega: “Al hojear la Biblia de 1569, las amplias notas marginales que la acompañan y la introducción escrita por el traductor, comenzamos a darnos cuenta de cómo fue el verdadero Casiodoro de Reina. Resulta la imagen de un hombre inquieto … por comunicar el sentido del mensaje bíblico, un traductor impaciente con las pautas literalistas de la época que habían oscurecido el sentido del mensaje en su afán por conservar características del hebreo y del griego”.
La difusión masiva de la Biblia fue perseguida y obstaculizada por la mayoría religiosa predominante en el mundo de habla hispana desde el siglo XVI. Al producirse la independencia de las colonias españolas entre 1810 y 1824, se abrió la posibilidad de una presencia protestante y libertadores como San Martín en Argentina y Bolívar en Colombia y Venezuela, invitaron a educadores como el bautista James Thomson que junto a su labor como educador trató de difundir ampliamente las Escrituras. Sin embargo, la oposición católica continuó durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX. Pese a ello la Biblia en la versión Reina-Valera se siguió difundiendo. La receptividad de los hispano hablantes al mensaje bíblico en esta versión y los efectos innegables de la difusión de ese mensaje sobre personas y comunidades fueron produciendo un despertar de actividad bíblica también en el seno del Catolicismo Romano. Con el Concilio Vaticano II que resumió corrientes católicas europeas renovadores de estudio y difusión de la Biblia, se abrió una nueva etapa.
Más de un sacerdote o misionero católico ha contado como el contacto con predicadores evangélicos le abrió el camino a un aprecio renovado de la Biblia. Así lo atestigua Jacques Monast, sacerdote francés que fue misionero en Bolivia y se destacó por su esfuerzo en comprender el mundo religioso de los aimaras, habitantes del sur peruano y noroeste boliviano. En su libro Los indios aimaraes es una magnífica etnografía religiosa por la que desfilan como protagonistas quienes él describe como “algunas bellas figuras de diáconos de la Iglesia protestante”. Cuenta de su amistad con un diácono bautista en la localidad de Corque, “a quien admiraba mucho”. Este diácono le contó un día la génesis de su conversión al protestantismo que Monast transcribe así: “Mi mujer y yo hemos sido católicos. Pero entonces no teníamos a Cristo. No lo encontrábamos en medio de todas esas Vírgenes y de todos esos Señores, con sus fiestas y sus pasantes. Por eso nos hicimos bautistas. Pues fue un pastor de esa religión quien nos hizo descubrir a Cristo en las Santas Escrituras”. Luego Monast afirma gallardamente: “Debo confesar que la amistad de ese hombre sincero, que amaba de tal modo la Sagrada Escritura, las numerosas preguntas que en mi presencia formuló acerca del catolicismo, me incitaron a lograr un conocimiento más profundo de la Palabra de Dios. Me descubro ante este diácono del campo boliviano, gran amigo de los textos sagrados, que me introdujo verdaderamente en un contacto viviente con la Palabra de Dios. Era al comienzo de mi vida sacerdotal y misionera”.
Es así como la vasta difusión de la Reina-Valera en el mundo de habla hispana ha significado que millones de hispanohablantes han llegado a conocer el mensaje de Cristo en ese texto que se forjó en un tormentoso siglo XVI en medio de persecuciones y peripecias de todo orden. Es motivo de gratitud a Dios que la obra de estos dos traductores haya sido tan poderoso y útil vehículo para la comunicación del Evangelio y que, en tantos casos, se vea el milagro de que los mudos hablan y hablan buen castellano.

Samuel Escobar Aguirre
Presidente Honorario de las Sociedades Bíblicas Unida
Catedrático de Misionología en el Seminario Teológico de Pennsylvania.

UN LECTOR CATÓLICO LEE LA BIBLIA REINA-VALERA


Contar mi personal experiencia al leer la Sagrada Escritura en la clásica versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera es en realidad algo sin importancia y carente de relieve. Al fin y al cabo son miles los cristianos, que a diario se sumergen en la Palabra de Dios con interés y devoción, teniendo entre las manos la que, ya de modo tradicional y clásico, se llama versión Reina-Valera. Sin embargo, hay dos notas que hacen diferente esta experiencia.
En primer lugar, yo soy un lector católico, que habitualmente no usa esta versión, ni en su lectura bíblica, ni en su estudio, ni en las celebraciones de la liturgia. Un lector católico, además, que es profesor de Sagrada Escritura y ha dedicado cuarenta años de su vida a estudiar el texto bíblico, su formación, la cultura en que fue naciendo, su historia, la historia larga de su interpretación, y el modo de leer la Escritura en la comunidad, abierto al Espíritu y sin abandonar la ciencia, de manera que pueda brotar el significado profundo de esa Palabra escrita, capaz de iluminar mi vida y la vida de cada miembro de la Iglesia. Con ser esto ya algo específico y concreto, existe además una circunstancia que no deja de tener también alguna importancia. Quien me hace la invitación, en amigable desafío, a exponer en voz alta lo que significa esta experiencia es un amigo protestante, dedicado al estudio y a la divulgación de la Biblia. Un amigo, con el que acabo de vivir en público el gran acontecimiento que para la historia del cristianismo de lengua española significa haber dado culmen a una versión interconfesional de la Biblia, es decir, a una Biblia a la que podemos acercarnos sin recelo todos los cristianos, con independencia de la confesión a que cada uno pueda pertenecer. ¿Qué siente un católico como yo, con todas las circunstancias indicadas, al acercarse con respeto e interés a las páginas de la vieja y clásica Biblia Reina-Valera, remozada en su lenguaje por varias revisiones, pero manteniendo el sabor de siempre, como sucede al vino acreditado de una bodega, que mantiene viva siempre la personalidad acreditada y propia de sus caldos, por más que se renueve en cada cosecha el vino?


DESCUBRIR LA BIBLIA

Mi experiencia personal con la Biblia es común a muchos católicos de mi edad. En mi casa, una casa sinceramente cristiana, donde me enseñaron a amar a Dios y a compartir la vida con los demás, practicando el cariño y el respeto a los otros, no existía ningún ejemplar de la Biblia en los años cuarenta del siglo XX. ¿Quería esto decir que yo desconocía totalmente la Sagrada Escritura? De ninguna manera. Mi conocimiento de ella derivaba de la participación en la liturgia comunitaria, de las explicaciones de la catequesis y de la apasionante lectura, siempre llena de interés, de la Historia Sagrada. Recuerdo con especial cariño aquella Historia Sagrada de la casa de mis abuelos, con ilustraciones en color, que me fascinó durante tantas tardes de invierno, y que acabó materialmente deshecha entre mis manos, de tanto darle vueltas leyéndola.
En realidad no era yo en esto una excepción. Muchos cristianos a lo largo de los siglos han conocido la Biblia, desde los mismos orígenes de la Iglesia, “por el oído” antes que mediante la lectura directa. Aunque, es verdad, las circunstancias de la Iglesia católica en España habían acentuado este modo de acceder a la Escritura, cosa que entonces yo desconocía. Mi primera Biblia la tuve entre mis manos con dieciséis años, justo el año que decidí ser sacerdote e ingresé en el Seminario de Ávila. Aún recuerdo aquel momento lleno de emoción. Me fue necesario pedir dinero para comprar “la Biblia”. No distinguía yo entonces de versiones diversas. Por otra parte, tampoco había mucho donde escoger a mediados de los años cincuenta del pasado siglo en España. Entré en mi habitación de estudiante, acariciando la encuadernación en tela gris de mi Nácar—Colunga, y fui haciendo a lo largo de los días la experiencia de leer en directo la Biblia en esa versión, la primera completa católica en castellano, hecha directamente de las lenguas originales. Su castellano castizo, la distribución en doble columna, la manejabilidad de aquellas páginas “en papel biblia” y, sobre todo, la viveza y dramatismo de los relatos del Génesis y el Éxodo, por donde empecé mi lectura, fueron mi mejor descubrimiento aquel año. Yo aún no lo sabía, pero acababa de iniciarse entre la Biblia y yo un trato familiar y cercano, que ya nunca habría de cesar.
Después, poco a poco, fui adentrándome de otro modo en el mundo inagotable de la Biblia. Descubrí la complejidad de su composición, estudié las lenguas originales, leí difíciles estudios especializados, analicé hasta el mínimo detalle pasajes concretos, aprendí el arte de la interpretación bíblica, pude construir de la mano de grandes maestros antiguos y modernos el universo de mi oración personal, la hondura y belleza de la oración comunitaria, el arte difícil de la homilía, la meditación honda de textos cuyo sentido es siempre nuevo. Con la Biblia en la mano descubrí a la vez la cercanía y grandeza de Dios, el abismo complejo del ser humano, la distancia infinita del hombre a Dios, y la inmediata cercanía insondable de Dios al hombre. Aprendí de memoria parte de los salmos y de los evangelios, en latín primero, en castellano después, al ritmo de la reforma litúrgica impulsada por el concilio Vaticano II en la Iglesia católica. Y tuve la suerte y el privilegio de vivir la recuperación normal de la Escritura Sagrada en la Iglesia católica, la recuperación de la Biblia como lectura comunitaria y personal de cada fiel cristiano, en una especie de curso acelerado de la historia.
En esos años privilegiados de la vida de la Iglesia católica, cuando de un modo pleno y verdaderamente popular la Biblia vuelve a estar en manos de todos los fieles y la Sagrada Escritura, Palabra viva de Dios, está plenamente y con facilidad a disposición de cada creyente, he tenido la fortuna, por la gracia de Dios, de vivir mi experiencia bíblica personal. Es en esos años, cuando pude hacer estudios bíblicos especializados, cuando formé parte del grupo fundador de la Asociación Bíblica Española, cuando tuve la oportunidad única de conectar con la rica tradición bíblica española. Y fue entonces, no podía ser de otra manera, cuando descubrí por primera vez y de verdad la Biblia Reina-Valera.


MI PRIMER ENCUENTRO CON LA BIBLIA REINA-VALERA

Cualquier protestante de lengua española entenderá, estoy seguro, que mi interés por la versión de la Biblia, que lleva el nombre de su traductor y primer revisor, la Biblia Reina-Valera, fuese al comienzo un interés relativo. Yo vivía ya un tiempo en el que era fácil para un católico tener una Biblia en castellano, bien traducida, con introducciones y notas al alcance de cualquier lector medio, sin atisbo alguno de polémica interconfesional. De aquí que, ante una Biblia Reina-Valera, apenas si surgía en mi interior un leve comentario, respetuoso, sí, pero distante: “Es la Biblia protestante”. Aquellas biblias con pastas negras de tela dura o flexible, de cantos en rojo, con los versículos separados uno de otro y el número de orden siempre al comienzo, sin comentarios ni notas, en un castellano que estaba lejos de resultarme familiar, no me atraía especialmente. Confieso que en mi caso prácticamente no actuó el reflejo de rechazo, característico de varias generaciones de católicos, ante lo que era, como he dicho, una Biblia protestante. Por otra parte, no era fácil en ambientes católicos encontrar una Biblia Reina-Valera, con frecuencia en la revisión de 1909, poco a poco en la más moderna de 1960.
Una de las cosas que, en mis estudios, pronto pude constatar, es que no existía en España una verdadera historia de lo que había significado la Biblia en la Iglesia y en la cultura española. Fue así como empecé a bucear en esta historia. Fue así como empecé a descubrir el verdadero significado de aquella Biblia protestante, externamente poco atractiva, con sus pastas negras y sus cantos rojos, encuadernada igual que los misales y los libros de devoción católicos hasta bien entrado el siglo XX. Entre otras obras, cayó en mis manos la “Historia de la Biblia en España”, de José Flores. Es una obra escrita desde el entusiasmo sincero por la Biblia, el afán apostólico, la necesidad de denunciar los abusos contra las confesiones cristianas no católicas en la España de su tiempo, y la precariedad de datos científicos. No aprendí mucho sobre la historia de la Biblia en España, pero descubrí que es posible leer esa historia con otras miradas, desde orillas diversas a la mía. Y le estaré siempre agradecido por ello. Por aquel entonces adquirí la edición facsímil de la “Biblia del Oso”, preciosamente hecha en España. Y leí, leí todo lo que caía en mis manos sobre aquel siglo XVI español, que tan decisivo fue para el destino de la Biblia en tierras hispanas. Estaba decidido a conocer lo mejor posible todo cuanto rodeaba aquella empresa singular, que fue la primera versión completa de la Biblia a la lengua castellana.


POR QUÉ NO PUDO HABER UNA BIBLIA DE TODOS

En ocasión solemne, como es siempre la celebración conjunta de la fiesta de Santo Tomás por las dos universidades salmantinas, tuve el privilegio de pronunciar la lección académica que acompaña el acto académico. El tema fue precisamente una exposición sintética de la historia de la Biblia en España, hecha desde la perspectiva de su lectura. Llevaba por título “La aventura de leer la Biblia en España”. Y no era un título gratuito, sino la convicción manifiesta de que, a lo largo de nuestra historia, con demasiada frecuencia, la lectura de la Biblia en lengua vulgar ha sido una verdadera aventura, desgraciadamente con no pocos tintes trágicos.
La versión de la Biblia, que llevó a cabo Casiodoro de Reina, es uno de los capítulos importantes de esa aventura. Su nacimiento tuvo lugar en medio de la polémica y la discusión acerca del lugar de la Biblia en la Iglesia, en medio de la controversia teológica sobre la reforma en la Iglesia, todo mezclado con luchas políticas por el poder. La reforma de la Iglesia, más que necesaria en aquel momento, se llevó a cabo desde diversas perspectivas. Y una de ellas, quizá inevitablemente, fue la de oponer Biblia e institución eclesiástica. Las consecuencias en el mundo católico fueron importantes: se hicieron imposibles las versiones de la Biblia a las lenguas vulgares durante mucho tiempo (en España prácticamente desde 1559 hasta 1790), se dificultó el cuidado de los estudios bíblicos (recordemos los problemas y la cárcel de varios profesores salmantinos, con fray Luis de León al frente), y se impidió una versión clásica de la Biblia para todos los españoles.
Esto último ha sido por mi parte objeto de estudio y reflexión con frecuencia. ¿Qué hubiera pasado, si en aquel tiempo, cuando llega a su maduración decisiva la bella lengua castellana y se convierte en lengua española por todo el mundo, hubiéramos tenido una Biblia en castellano para todos? Basta recordar los casos de la versión de Lutero para Alemania o de la Biblia del Rey Jaime para Gran Bretaña. En el primero, la Biblia fue ya para siempre pieza clave de su lengua, la primera obra de envergadura escrita en un alemán que, sin dejar de ser de la calle, era sin embargo bello y a la vez decisivo lenguaje literario. En el segundo caso, la Biblia se convierte en libro de referencia, lectura universal, pieza decisiva de una cultura riquísima y variada. Si todos en la España del siglo XVI hubiésemos acogido la versión de Casiodoro de Reina, o una completa de fray Luis de León, hoy la Biblia formaría parte directa de nuestro lenguaje y nuestra cultura de manera natural, como una pieza más del mosaico variado que la historia nos ha ayudado a componer, para conseguir lo que llamamos cultura española o hispana. Y nuestras plegarias habrían tenido para todos un lenguaje común, querido y de rica tradición. No pudo ser. Las vicisitudes de la historia, la miopía de los hombres, la falta de amplia visión en las Iglesias, hicieron real lo que parecía imposible: que la Biblia, Sagrada Escritura para la salvación de todos, se convirtiese en piedra de escándalo, objeto de discordia y punto de desencuentro entre los cristianos de diversas confesiones, e incluso entre los de una misma confesión.
La historia de la composición de la Biblia por Casiodoro de Reina es, quizá, el máximo ejemplo de todo ello. Nacida a la vez de un amor y respeto inmenso por la Palabra de Dios, de un deseo misionero claro y de una disensión con su Iglesia de origen, tiene problemas también para librarse de las imposiciones que sus mismos correligionarios querían obligarle a aceptar. Admira que en aquellas circunstancias un hombre solo, buscando acomodo en diversos países de Europa, tratando de consultar sus textos y traducciones necesarias para llevar a cabo la magna obra de una versión completa de la Biblia, con dificultades de dinero y de comprensión, eludiendo la larga mano del rey español que intentaba impedir su empresa, rechazando imposiciones foráneas, fuese sin embargo capaz de llevar a cabo su obra y lo hiciese con un nivel más que aceptable. Siempre me admiró el espíritu independiente de Casiodoro de Reina. Cuando contemplo la edición original de su Biblia, inevitablemente siento la emoción de quien contempla una de las obras miliares de la cultura y de la Iglesia de España. Su Biblia, organizada prácticamente como cualquier edición de la Vulgata de la época, era claramente una Biblia aceptable desde la perspectiva de Trento. Algunos dicen que lo hizo así, para superar la censura de la Iglesia española. Puede ser. Pero Casiodoro conocía las limitaciones establecidas por Trento—las sitúa al comienzo de su obra—y, probablemente, el índice de libros prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés, promulgado el año 1559, donde se prohibía toda versión a lenguas vulgares de cualquier texto bíblico. Por eso, pienso, no es imposible descartar que Casiodoro compusiese la Biblia como la había conocido siempre en su monasterio de San Isidoro del Campo, cercano a la ciudad de Sevilla, desoyendo otras sugerencias que le hicieron. En cualquier caso, aquella Biblia, que pudo haber sido la de todos, iba cada vez más a ser sólo la de unos pocos. Cipriano de Valera ajustó el orden de libros bíblicos al criterio propio de la Reforma, criterio que, por otra parte, no era tampoco ajeno a muchos manuscritos bíblicos de la Iglesia a lo largo de la historia, manuscritos que siguieron el orden de los libros del Antiguo Testamento según la Biblia hebrea, en lugar de seguir el orden de la Biblia griega, que fue el predominante en la Vulgata. Pero estas cuestiones, inevitables consecuencias de una historia larga y accidentada, se convertían en determinados momentos en muros insalvables, que separaban a unos cristianos de otros. Valera, sin embargo, no quiso prescindir de los libros Apócrifos o Deuterocanónicos, que colocó al final del Antiguo Testamento. El sabía bien que, independientemente del valor que se les diera, se trataba de una riqueza de la que no había por qué prescindir.
La Biblia de Reina con la revisión de Valera no pudo entrar en España, no pudo formar parte directa e inmediata de su cultura y de las manifestaciones de su fe hasta muy tarde. Incluso cuando en 1837 la Sociedad Bíblica de Londres, a petición de George Borrow, decidió llevar a cabo una edición del Nuevo Testamento en Madrid, la primera no católica hecha en España, se prefirió el texto de la reciente versión de Felipe Scío de San Miguel al de la Biblia Reina-Valera. También aquí se pueden dar razones de estrategia. Pero no puede obviarse que la edición de Valera quedaba lejos en el tiempo y en la lengua, menos de treinta años más tarde se llevará a cabo la primera de las sucesivas revisiones que luego se han ido haciendo, para adaptar su lengua a la de cada época, sin perder por ello las primeras características de lenguaje clásico y fresco, como propio de aquella cumbre de la lengua que fue el siglo XVI. Después, sucesivas revisiones han ido acercando la obra a cada generación de cristianos protestantes de habla española. La libertad democrática actual, el mejor estudio de la historia, la comprensión más profunda de la Biblia por parte de todos, nos han ido acercando a los cristianos españoles de diversas confesiones. Y lo que en un principio fue piedra de escándalo y objeto de división, hoy vuelve a ayudarnos a descubrir lo esencial de la fe cristiana y a leer juntos la Biblia. Su última expresión ha sido la edición de la Biblia en traducción interconfesional. Un acontecimiento que, a la luz de lo que llevamos dicho, adquiere toda su importancia cultural y cristiana.


UN CATÓLICO LEE LA BIBLIA REINA-VALERA

Pero la invitación, como dije al principio, era a leer la Biblia Reina-Valera. Vamos a ello. Abro la Biblia en una de las bellas ediciones de estudio, en que se presenta la revisión de 1995. La presentación del texto, ahora seguido, sin comenzar siempre al margen con ocasión de cada versículo, me recuerda las Biblias católicas que conozco o la bella edición interconfesional francesa, la TOB, o la BTI, que acaba de nacer en nuestras tierras de lengua española. Me siento en casa. Voy leyendo la primera página del Génesis, solemne, pausada, cadenciosa. A través de las inevitables y necesarias adaptaciones del lenguaje de Reina y de Valera, se percibe todavía la fuerza del lenguaje clásico de origen. No puedo experimentar la sensación de texto familiar, que acompaña sin duda al lector protestante que ha leído y escuchado la Biblia en esta versión durante generaciones. No puedo percibir, por tanto, ese lenguaje de familia, que refuerza el significado del texto cuando se vuelve a repasar con los ojos o a pronunciar en alto con los labios y el corazón. Pero sí puedo percibir la cadencia de un lenguaje clásico, el poso de competencia y cariño que ha acumulado cada frase en cada revisión, el remanso en que se ha convertido un texto, que ha recogido el fruto de trabajos y versiones de siglos: de la vieja latina Vulgata, de la renacentista de Santes Pagnino, de la reformada versión latina de Zurich, de la que tanto gustaba a Casiodoro de Reina, hecha por el humanista Castellion; de la venerable y literal versión de los judíos sefardíes, editada en Ferrara, del texto hebreo original, de las versiones griegas y su vieja traslación, la Vetus Latina; de las versiones del Nuevo Testamento de Francisco de Enzinas, cuyas traducciones de algunos libros del Antiguo Testamento de Reina no pudo consultar; del bello texto castellano de las cartas paulinas de Juan de Valdés. Toda esa sabiduría, esa piedad, esa fe profunda en la palabra de Dios, junto con el amor a las letras, a la palabra justa castellana del momento en que se revisa el texto, al más saber acerca del significado de las palabras hebreas y las técnicas de traducción, junto a la tradición por el ritmo sereno y sobrio de la frase, que no debe perder del todo el aire de familia que le han conferido los muchos lectores a lo largo de dos siglos; todo esto se encuentra el lector, al ir desgranando el solemne relato de la creación del mundo en seis días, y la aventura de Adán, que es la aventura y la desventura del ser humano, y la historia de Abraham y los patriarcas, y la epopeya de Moisés, y tantas páginas inolvidables del Antiguo Testamento.
¡Y cómo no repasar aquel texto de Isaías, que Casiodoro quiso hacer figurar al frente de su edición de la Biblia, referencia mantenida por Valera y convertida en santo y seña de cualquier edición de esta Biblia:

La hierba se seca y la flor se marchita,
porque el viento de Jehová sopla en ella.
¡Ciertamente como hierba es el pueblo!
La hierba se seca y se marchita la flor,
mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.
(Is 40:7–8).

La revisión más moderna ha conservado el juego poético entre los dos versos iguales: “la flor se marchita (Reina: “se cae”)”, “se marchita la flor”, que da variedad y belleza al texto, manteniendo la fuerza de la imagen y subrayando la afirmación fundamental: la palabra de Dios nunca se marchita, ni se cae; permanece para siempre. A la vez, ha conservado un elemento antiguo y característico de la versión de Casiodoro, como es el nombre divino Jehová. A un católico esta palabra hoy le suena extraña. Es verdad que nace, casi con seguridad, de una mala interpretación de la notación vocálica añadida a las cuatro consonantes del nombre de Dios en la Biblia hebrea. Pero también es cierto, que se trata de una manera de leer el nombre hebreo de Dios muy antigua, que puede rastrearse hasta el medievo, por ejemplo, en alguna de las obras de Raimundo Lulio. Para los lectores de la Biblia Reina-Valera es probablemente una seña de identidad de esta versión. Por eso se ha conservado incluso en la última revisión. Y los católicos debemos respetar esta opción, legítima, aunque filológicamente no sea la más correcta. Quizá podríamos todos acoger la petición de los judíos, para que, al menos en las celebraciones litúrgicas, por respeto a ellos, sustituyésemos el nombre sagrado de Dios con una expresión más general, como “Señor”. Eso es lo que ha pedido el papa Benedicto XVI a los católicos. Y es también un gesto de respeto a aquellos de quienes hemos heredado la primera parte de nuestra Biblia. En cualquier caso, el pasaje leído, responde plenamente al texto original, trasmite gran parte de la belleza y solemnidad de la afirmación del profeta, y a todos nos invita a escuchar la palabra de Dios más allá de los distintos y cambiantes avatares de la vida de cada día. Pocos textos se graban en la memoria del cristiano como los salmos, que se cantan en comunidad, se rezan en el silencio de la oración personal, y se convierten en sustancia misma de nuestra memoria y en palabra para expresar nuestros sentimientos religiosos y nuestra fe. Cuando leo los salmos en la versión antigua de Casiodoro o en su revisión más moderna, inevitablemente establezco una comparación entre lo que yo me sé de memoria y la versión que rezan con igual devoción mis hermanos protestantes. Pongamos uno de los salmos más breves y bellos del Salterio, el salmo 8. El arranque de la última revisión de la Biblia Reina-Valera reproduce el mismo de la versión original de Reina:

¡Jehová, Señor nuestro,
cuán grande es tu nombre en toda la tierra!

La versión litúrgica que a mí se me viene a la memoria es muy parecida y tiene el mismo ritmo:

¡Señor, Dueño nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

El verso 2 ha sido corregido levemente y de manera correcta en la versión actual, de acuerdo con el significado del texto hebreo:

¡has puesto tu gloria
sobre los cielos!

El resto, con leves variantes, puedo recitarlo casi como si recitase el texto que conozco y rezo habitualmente:

¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?
Lo has hecho poco menor que los ángeles
y lo coronaste de gloria y de honra.
Lo hiciste señorear sobre las obras de tus manos;
todo lo pusiste debajo de sus pies …
¡Jehová, Señor nuestro,
cuán grande es tu nombre en toda la tierra!

Debajo de este texto aparece, sin duda, la versión de Reina, intocada en este—como en la mayoría de los casos—por Valera. Estoy leyendo la versión antigua y, a la vez, la entiendo mejor, corre más suavemente, está más cerca de mi lenguaje actual. Se percibe el trabajo delicado, cuidadoso de tantos revisores, que han hecho su trabajo, manteniendo una constante tensión entre la modernización más plena del texto y el respeto a una versión venerable recibida por toda la comunidad protestante y, por ello mismo, digna de respeto, aunque necesitada de actualización. Como conocedor técnico de la lengua bíblica, podría, qué duda cabe, manifestar mi disconformidad con algunos detalles de la versión; como lector que trata de comprender la importancia de un texto trasmitido a lo largo de los siglos, tiendo a ser respetuoso con todas las formas literarias que no choquen con la mentalidad del hombre y la mujer, que hoy hablan y se entienden entre sí mediante una lengua que ha ido evolucionando y cambiando con el tiempo; como especialista y conocedor de la historia de la Biblia en España admiro y respeto este difícil trabajo de bolillos, que es la revisión y actualización constante de nuestra antigua y clásica versión, sin olvidar nunca sus raíces y manteniendo la referencia a ese lenguaje que ha creado a su vez un modo de hablar bíblico en el mundo protestante de habla hispano, un lenguaje que debe ser respetado, porque es el lenguaje de la oración, de la plegaria, de la espiritualidad de muchas generaciones de cristianos. Todos estos son los sentimientos que se me vienen a la cabeza, cuando leo el salmo 8 en la bella edición de la Biblia de estudio Reina-Valera 95
Así podría seguir largo tiempo. Pero es hora de cerrar este encuentro con la vieja-nueva Biblia de Reina-Valera, ahora en su revisión de 1995. Una versión que se lee agradablemente en un correcto castellano moderno, sin dejar por eso de conservarnos el sabor de la traducción primera, como ese “leudado” de Mt 13:33 que he tenido que mirar en el diccionario. Una versión que recogía ya en su primer momento de existencia mucha sabiduría y experiencia anterior. Una versión que ha sabido crecer y cambiar, actualizarse y ponerse al día de la lengua de sus lectores, sin por eso perder el sabor añejo del buen vino de siempre, en una especie de milagro lingüístico, que contradice las leyes de la física, tal como se nos exponen en el Evangelio (Mt 9:17). Porque aquí sí puede decirse que el vino añejo se ha guardado en odres nuevos, sin que estos hayan reventado, a la vez que se ha acomodado el sabor del vino antiguo a los paladares más exigentes de nuestro tiempo.

José Manuel Sánchez Caro
Catedrático de Sagrada Escritura
Universidad Pontificia de Salamanca

LA BIBLIA REINA-VALERA EN LA HISTORIA DEL PROTESTANTISMO DE HABLA CASTELLANA


PRIMERAS TRADUCCIONES DE LA BIBLIA AL CASTELLANO

Versiones judías medievales

La historia de la traducción de la Biblia a la lengua castellana no comenzó en los tiempos de la Reforma. Las primeras traducciones parciales de la Biblia se remontan al final de la Edad Media. Por ello, vamos a empezar nuestro brevísimo recorrido por la historia de las principales traducciones de la Biblia al castellano, y lo hacemos partiendo desde este período de la historia.
En España, entre los siglos XIII y XV nacen toda una serie de Biblias romanceadas, traducidas tanto del latín como del hebreo, las cuales forman un conjunto verdaderamente admirable, a pesar de las diversas prohibiciones de traducir la Biblia a las lenguas romances que se habían promulgado en España durante los reinados de Jaime I el Conquistador (siglo XIII), los Reyes Católicos (siglo XV) y Carlos V (siglo XV). Como hecho destacable hemos de señalar que un buen número de traductores judíos formaron parte de los equipos que llevaron a cabo aquellas formidables traducciones bíblicas. Muchas de aquellas antiguas traducciones en lengua romance se conservan aún en diversos manuscritos de la Biblioteca Regia del monasterio de El Escorial desde los tiempos de Felipe II, gracias al valioso trabajo de Benito Arias Montano.
De entre todas las traducciones medievales de la Biblia hemos de citar de modo sobresaliente la llamada Biblia de Ferrara. Esta Biblia judía (es decir, que solo cuenta con el Antiguo Testamento) fue publicada en 1553 y es el resultado del trabajo realizado por dos judíos sefardíes que fueron expulsados de España y Portugal por orden de la Inquisición, y que se establecieron en la ciudad italiana de Ferrara. Se trata de una traducción literal y, por tanto, está plagada de hebraísmos. Esta traducción del Antiguo Testamento hebreo al castellano fue uno de los textos bíblicos que consultó Casiodoro de Reina mientras realizaba su traducción de la Biblia.
También es necesario mencionar otras dos importantes biblias medievales: la Biblia Medieval Romanceada Judeo Cristiana, del siglo XIV, y la Biblia de Alba, del XV. Esta última fue editada en 1430, y la auspició el rey Juan II de Castilla. Se trata de una traducción del Antiguo Testamento realizada directamente de las lenguas hebrea y aramea. El lugar donde se conserva −la Biblioteca del Duque de Alba− dio nombre a la versión. También existe un Nuevo Testamento, traducido en el siglo XIII y publicado a mediados del XX.
Aunque no son propiamente traducciones, sino más bien paráfrasis bíblicas, sí me gustaría citar la Biblia Romanceada et Itinérario Biblique en prosa castellane du XII siècle, y la Biblia Alfonsina. Esta última es llamada así por quien fuera su patrocinador, Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León, y es una traducción parafrástica de toda la Vulgata latina al castellano. La Biblia Alfonsina vio la luz en el año 1280 y forma parte de la Gran e general Estoria.

Primeros traductores protestantes

En el apartado de traductores protestantes de la Biblia merece una mención especial Juan de Valdés (Cuenca, 1509+1541, Nápoles). Se tiene constancia de que llevó a cabo la traducción, desde las lenguas originales, de los textos bíblicos de Salmos, el Evangelio de Mateo y las epístolas paulinas de Romanos y 1 Corintios. Para profundizar en su vida y obra recomendamos la lectura del libro de José C. Nieto, Orígenes de la Reforma en España e Italia.
Francisco de Enzinas (Burgos, 1518+1552, Estrasburgo) es, sin duda, uno de los personajes más interesantes del humanismo y de la Reforma española y europea del siglo XVI. Especialmente, ha pasado a la historia por haber realizado la primera traducción del texto griego del Nuevo Testamento al castellano, y haberla publicado en 1543, en la ciudad de Amberes. Muy atinadamente, en un reciente homenaje que se le rindió en la ciudad de Burgos, su paisano Octavio Granado, historiador y político, dijo de él: “Francisco de Enzinas fue alguien perseguido por ponerle voz a Dios para que fuera entendido por sus contemporáneos”. Casiodoro de Reina tomó para su traducción grandes secciones, cuando no libros completos, para finalizar su Biblia.
Juan Pérez de Pineda (Montilla, Córdoba, comienzos siglo XVI–1565, París), fue uno de los grandes precursores del Evangelio en el mundo de habla castellana. Contemporáneo de Juan Gil (“Egidio”), Constantino Ponce de la Fuente, Marcos Pérez, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, entre otros célebres del protestantismo en España. Recurriendo a la acertada cita del hispanista francés, M. Bataillon, debemos recordar que “concibió el proyecto de dar a España el alimento bíblico de que la Inquisición la privaba” y, para ello, revisó y editó en Ginebra el Nuevo Testamento de Enzinas, Romanos y 1 Corintios de Valdés y su propia traducción de los Salmos. Este Nuevo Testamento publicado por Pérez de Pinada fue el texto bíblico que en el año 1557 Julián Hernández llevó a Sevilla, y entró en el monasterio de San Isidoro, calando en la vida de muchos de los monjes que allí residían.


LA BIBLIA DEL OSO

A Casiodoro de Reina (Montemolín, Badajoz, 1520–1594, Franfork, Alemania), le debemos la primera Biblia en lengua castellana que se imprimió y que había sido traducida desde las lenguas bíblicas originales, es decir: hebreo, arameo y griego. Esta Biblia, conocida como la Biblia del Oso, (por la imagen que lleva estampada en su portada: un oso comiendo miel de un panal), es una de las traducciones bíblicas más importante llevada a cabo durante el siglo XVI.
El Dr. Jorge A. González, defendió en su tesis doctoral que Reina contó con la colaboración de un equipo de traductores, entre los que estaba Francisco Zapata, Antonio del Corro y Cipriano de Valera. Éste último, paisano de Casiodoro de Reina, compañero de estudios en la Universidad Hispalense e, igualmente, fraile jerónimo en el Monasterio de San Isidoro del Campo, hizo la primera gran revisión de la Biblia del Oso, y su nombre ha permanecido inseparablemente unido a esta Biblia, de hecho, es conocida por el apellido de ambos: Reina-Valera. Además de legarnos la Biblia, tanto Reina como Valera, publicaron varios libros para edificar a los cristianos y defender el puro Evangelio de Jesucristo.
Hoy en día, podemos acercarnos a la Biblia del Oso como lo hicieron sus primeros lectores gracias a las ediciones facsímiles que existen: la primera de ellas realizada en 1969, con motivo del IV Centenario de su publicación. Para ahondar más en la biografías de Casiodoro y de Cipriano, así como de sus respectivas obras, recomendamos la lectura del artículo que en esta publicación de la Biblia del Siglo de Oro español, ofrece el prof. Ricardo Moraleja.


REVISIONES DE LA BIBLIA DEL OSO

Casiodoro de Reina reconoció las limitaciones que su traducción, como todas las traducciones de la Biblia, tienen. Por ello, dejó escrito en la “Amonestación del intérprete de los Sacros Libros al Lector y a toda la Iglesia del Señor”, su deseo de que en sucesivas ediciones se fuese revisando y actualizando su trabajo. En sus propias palabras dijo: “Ni pudimos más, ni estorbamos a quien más pudiere, ni queremos poner versión de suma autoridad a la Iglesia, ni en las faltas que hubiéremos hecho queremos ser pertinaces defensores de ellas”.
Cipriano de Valera fue el primero en responder al desafío. El trabajo de revisión de la Biblia del Oso le ocupó veinte años de su vida, alternándolo con la docencia en las Universidades de Cambridge y Londres, y otras labores como escritor, traductor y editor. De este modo nació, la que podríamos llamar, la “segunda edición” de la Biblia de Casiodoro de Reina, la cual, curiosamente, apareció publicada como obra de un único autor: Cipriano de Valera. El claro error de “paternidad literaria” mantenido durante tres siglos, consiguió “intoxicar” a muchos de los que han opinado sobre la primera traducción castellana de la Biblia. No es raro encontrar comentarios eruditos acerca de esta Biblia en los que se cita a Cipriano como auténtico artífice de la primera traducción y publicación de la Biblia a la lengua castellana, olvidándose el nombre de Casiodoro de Reina.
Por lo dicho hasta ahora, me gustaría abrir un paréntesis para compartir una breve reflexión encabezada por una pregunta: ¿Debemos seguir llamando a esta Biblia, Reina-Valera, o sería más atinado llamarla Reina-Valera-Enzinas?
El motivo que propicia esta reflexión viene dado de un aspecto ya antes mencionado: para concluir la traducción de la Biblia del Oso, con el propósito de no retrasar más su publicación, Reina utilizó el Nuevo Testamento de Francisco de Enzinas, gracias a un ejemplar de la segunda edición que había realizado Juan Pérez de Pineda. Todos los textos que Casiodoro tomó casi literalmente del Nuevo Testamento de Enzinas, desde la Epístola de Santiago hasta Apocalipsis, fueron mantenidos en la revisión de Cipriano y en el resto de revisiones que este texto ha tenido hasta el día de hoy.
¿No sería justo reconocer la gran deuda contraída con Francisco de Enzinas al haberse incluido grandes secciones bíblicas de su traducción en la Biblia del Oso? Y de hacerse así, ¿no sería necesario otorgarle el privilegio de añadir su apellido al de Reina y Valera?


REVISIONES DE LA BIBLIA REINA-VALERA

Tras la publicación de la Biblia de 1602, las ediciones inmediatas que se realizaron fueron únicamente del Nuevo Testamento. Estas ediciones se publicaron en la ciudad de Amsterdam en los años 1625 y 1708, y contenían pocas modificaciones. Realmente no encontramos un texto profundamente revisado hasta bien entrado el siglo XIX. A lo largo del siglo XX, la Biblia Reina-Valera ha pasado por el proceso de revisión en diferente ocasiones. Las ediciones revisadas más significativas son las de los años 1909, 1960 y, las más reciente, de 1995. Pero éstas no fueron las únicas ediciones publicadas a lo largo de los siglos XIX y XX pues, la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, la Sociedad Bíblica Americana, la Sociedad Bíblica Trinitaria, la Sociedad para la Promoción del Conocimiento Cristiano, la Sociedad Bíblica Internacional, la Casa Bíblica de los Ángeles, la Sociedad Bíblica Emanuel, la Sociedad Bíblica Iberoamericana y diversas editoriales como Clie, en España, o Mundo Hispano, en Estados Unidos, han ido sacando a la luz nueva ediciones de la Biblia Reina-Valera.
Aprovecho la ocasión para comentar que la traducción Reina-Valera, comenzó a publicarse en el continente americano a partir del año 1845 (Nueva York) por la Sociedad Bíblica Americana. En la actualidad, una veintena de editoriales e instituciones protestantes afincadas en diversos países latinoamericanos como: Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador o México, Imprimen miles de copias cada año. Así pues, no debe sorprendernos que haya muchos escritores hispanoamericanos que en sus creaciones literarias inserten textos de esta Biblia, o hagan mención de ella. Podemos citar algunos de Argentina, como Arturo Capdevila, Jorge luis Borges y Arnoldo Canclini; de Colombia, como Jorge Isaac, Laura Victoria y Aristómano Porras (Luis D. Salem); de Méjico, como Luis Cabrera, Amado Nerbo, José Emilio Pacheco, Adolfo Castañón y Gonzalo Baéz—Camargo (Pedro Gringote); de Perú, como Ricardo Palma; o de Venezuela, como Andrés Bello y P. N. Tablante Garrido.
La chilena, Gabriela Mistral (1889+ 1957), Premio Nóbel de Literatura, empezó a leer la Biblia Reina-Valera desde su niñez, y en el ejemplar que manejó y que se conserva en su país natal, dejó escrito: “Los sabios te parten con torpes instrumentos de lógica para negarte; yo me he sentado a amarte para siempre y apacentar con tus acentos mi corazón por todos los días que me deje mi dueño mirar su luz (…) Siempre seré demasiado niña para que me parezcas ingenua; siempre me bastarás hasta colmar mi vaso hambriento de Dios”.


ALGUNAS DE LAS DIFICULTADES PARA SU DIFUSIÓN

El Tribunal de la Inquisición

Los inquisidores de Sevilla, entre los años 1552 y 1553, secuestraron 450 biblias, impresas en el extranjero, porque sus notas, sumarios y tablas contenían interpretaciones que se consideraban tendenciosas y de sabor protestante. La primera condena inquisitorial, desde el Tribunal de la Suprema, en Madrid, se registró quince meses antes de que viera la luz la Biblia del Oso en una imprenta de Basilea (Suiza). Recordemos que, anualmente, los inquisidores leían públicamente los “Edictos de Fe” en los templos y lugares más céntricos, que hoy todavía se conocen como calles o plazas de la Cruz Verde. En estos textos estaban resumidos los “delitos” que condenaban, entre otras cosas, la posesión, difusión y lectura de las Biblias en lengua romance. Pero esta no era la única forma de obstaculizar la difusión de la Palabra de Dios. Un papel muy relevante tuvieron los Índices de Libros Prohibidos. Pensemos que los traductores de la Biblia del Siglo de Oro español, es decir, Reina y Valera, figuraron como “autores de primera clase” en dichos índices, desde 1551 a 1948. Por tanto, todos sus escritos, impresos y manuscritos, aunque no hubieran sido examinados por la Inquisición, no podían leerse.
Únicamente, las Sociedades Bíblicas se atrevieron a publicar la Biblia que estaba proscrita por la Inquisición y, por ello, fueron repetidamente condenadas por el Papado, desde 1816 a 1864.
En no pocas ediciones católicas de la Biblia, especialmente en las versiones de Scio y Amat, la Biblia Reina-Valera fue calumniada, y condenada su lectura. A pesar de todos estos impedimentos, la Biblia Reina-Valera no desapareció del todo en España y, a juzgar por algunos testimonios, influyó de modo muy positivo en la vida de muchas personas. Permítaseme citar una curiosa anécdota que confirma lo anteriormente dicho: En el último tercio del siglo XIX, unos vecinos de Iznatoraf (Jaén) mandaron una carta a Madrid para pedir a «Don Cipriano de Valera» nuevos libros como el que había transformado sus vidas. La inesperada y extraña carta, explicaba que todo había empezado con la llegada de un vendedor ambulante de Biblias y el cambio que la lectura del Evangelio de Lucas había obrado en el hombre más inmoral y sacrílego del lugar. La transformación personal era tal que se había convertido a la fe evangélica y había abierto las puertas de su casa para tener reuniones en donde se leía la Biblia y se oraba. Con el tiempo, aquellos fieles que se reunían en su casa terminaron organizando en 1890 una iglesia evangélica en el pueblo de Villanueva del Arzobispo.

Impresiones fuera de España

Por los motivos ya antes expuestos, durante los tres primeros siglos de su existencia, la Biblia Reina-Valera sólo se pudo publicar fuera de España. La situación no cambió en España hasta que se instauró la República, y con ella llegaron nuevos aires de libertad. Es entonces cuando se consigue imprimir clandestinamente en 1865 el Nuevo Testamento, en Málaga. La Biblia completa vio la luz en una imprenta madrileña en el año 1869. Así pues, tuvieron que pasar trescientos años para que en España se pudiese, por fin, publicar, no sin ciertas complicaciones, la Biblia Reina-Valera.
La nueva situación política permitió, gracias a un reducidísimo número de librerías “liberales” y al trabajo itinerante de los colportores, que esta Biblia volviera a estar en circulación. Se tiene constancia de que entre los años 1869 y 1882, se distribuyeron unos 176.000 biblias, 107.000 Nuevos Testamentos, 682.000 Evangelios sueltos y 97.000 porciones de diversos libros de la Biblia; lo que nos da un total de 1.062.000 ejemplares.
Tras el gobierno de la República y la Guerra Civil española, con la llegada del sistema dictatorial del General Francisco Franco, la Biblia Reina-Valera volvió a ser un texto perseguido.
Debemos señalar que, aunque en España, por los diversos avatares mencionados anteriormente, no fue posible publicar durante muchos años la Biblia Reina-Valera, no ocurrió lo mismo fuera de nuestras fronteras. Durante los primeros tres siglos, el trabajo principal e inicial de Casiodoro de Reina y su equipo, en el que destacó Cipriano de Valera, sólo se pudo imprimir fuera de España. En 1569, en Suiza; en 1602 y 1708, en Holanda; en Inglaterra, el Nuevo Testamento en 1858 y toda la Biblia en 1861; en Estados Unidos, el Nuevo Testamento en 1845 y toda la Biblia en 1865.
Muchos años han transcurrido desde que la Biblia del Oso viera la luz en Basilea y, a pesar de todas las dificultades que tuvo que sortear, hoy, en pleno siglo XXI, de esta Biblia se siguen publicándose más de tres millones de ejemplares al año.


ILUSTRES LECTORES DE LA BIBLIA REINA-VALERA EN ESPAÑA

Ya hemos mencionado, algunos ilustres escritores del continente americano familiarizados con la Biblia Reina-Valera. En Europa, deben ser recordados, entre otros muchos nombres, los de insignes españoles como Miguel de Unamuno, Carmen Conde, Concha Alós o Manuel Pérez Reviriego.
Me gustaría referirme especialmente a Juan Guillén Torralba, Canónigo Magistral en la Catedral de Sevilla, traductor de la Biblia y profesor de hebreo, quien en una entrevista que nos concedió, comentó que su primer contacto con la Biblia fue con la Reina-Valera. Él, en su casa, en su pueblo, tenía una Biblia protestante y la leía, en contra de las opiniones del párroco y de la gente con la que hablaba.
Aquí solo me he referido a un pequeño grupo de lectores insignes que ha tenido la Biblia Reina-Valera. Seguramente, son muchísimos más lo que hojearon sus páginas, o incluso la leyeron con delectación en algún momento de su vida. Sea como fuere, todos ellos, y todos nosotros que seguimos leyendo la Palabra de Dios a través de esta traducción de la Biblia, estamos cumpliendo los deseo expresados por los primeros traductores protestantes de la Biblia al castellano. Francisco de Enzinas, en la Dedicatoria a Carlos V que aparece en su traducción del Nuevo Testamento, escribió: “No hay ninguna nación, en cuanto yo sepa, a la cual no sea permitido leer en su lengua los libros sagrados, sino a sola la española”. Y otro insigne traductor, Casiodoro de Reina, en la extensa introducción que elaboro para su Biblia dejó escrito: “Habiendo dado Dios su Palabra a los hombres, y queriendo entendida y puesta en efecto de todos, ningún buen fin puede pretender el que la prohibiese en cualquier lengua que sea” A lo que se sumó Cipriano de Valera, con estas afirmaciones: “El mismo Dios que mandó que todos (sin hacer diferencia ninguna de sexo, ni edad, ni calidad), leyesen la Sagrada Escritura, ese mismo ordenó que ella fuese divulgada en todas las lenguas para que ninguno pretendiese ignorarla”.
Hoy, tanto Reina como Valera, y la traducción bíblica que los mantiene unidos, son cada día más reconocidos por escritores, periodistas, editores, Universidades y Ayuntamientos, ajenos al protestantismo, que nos ayudan a recuperar su historia y conocer mejor su legado literario.


A MODO DE CIERRE

Bien está que concluyamos con el final que Valera redactó para la introducción a su trabajo de revisión del Nuevo Testamento (Londres, 1596): “Cristiano lector, aprovechaos de este mi trabajo y rogad a Dios, juntamente conmigo, que haga misericordia a nuestros españoles que no solamente lean la Sagrada Escritura, sino que, creyéndola, vivan conforme a ella. Y sean salvos por medio de Aquel que es nuestro único y sólo Salvador. Al cual, con el Padre y con el Espíritu Santo, sea honra y gloria para siempre jamás. Amén”

Gabino Fernández Campos
Historiador y Director del Centro de Estudios de la Reforma



 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *