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A LOS QUE AMAN A DIOS, TODAS LAS COSAS LES AYUDAN A BIEN

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A LOS QUE AMAN A DIOS, TODAS LAS COSAS LES AYUDAN A BIEN

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.    Romanos 8:28


Si toda la Escritura es un banquete para el alma, como dijo Ambrosio, entonces Romanos 8 puede ser uno de los platos de ese banquete, y con su agradable variedad puede vigorizar y animar muchísimo los corazones del pueblo de Dios. En los versículos precedentes el Apóstol había estado vadeando las grandes doctrinas de la justificación y la adopción, unos misterios tan arduos y profundos que, sin la ayuda y la dirección del Espíritu, le habrían resultado inasequibles. En este versículo el Apóstol pulsa esa agradable cuerda de la consolación: “A LOS QUE AMAN A DIOS, TODAS LAS COSAS LES AYUDAN A BIEN”. Cada palabra es de peso; recogeremos, pues, toda limadura de este oro, para que nada se pierda.
Hay tres puntos principales en el texto:
En primer lugar, un privilegio glorioso. Todas las cosas obran para bien.
En segundo lugar, las personas implicadas en este privilegio. Se les describe de dos maneras: aman a Dios y son llamados.
En tercer lugar, el origen y la fuente de este llamamiento eficaz, expresado en estas palabras: “Conforme a su propósito”.
Tenemos, pues, en primer lugar, un privilegio glorioso. Dos cosas deben tomarse en consideración.
1. La certeza del privilegio: “Sabemos”.
2. La excelencia del privilegio: “Todas las cosas les ayudan a bien”.

Tabla de Contenidos


 La Certeza Del Privilegio

“Sabemos”. No se trata de algo inseguro o dudoso. El Apóstol no dice: “Esperamos,” o: “Conjeturamos”, sino que es como un artículo en nuestro credo: “SABEMOS que […] todas las cosas les ayudan a bien”. Observemos, pues, que las verdades del Evangelio son evidentes e infalibles. Un cristiano puede llegar a tener no una opinión indefinida, sino una certeza de lo que sostiene. Al igual que los axiomas y los aforismos son evidentes a la razón, así también las verdades de la religión son evidentes a la fe: “Sabemos”, dice el Apóstol. Si bien el cristiano no tiene un conocimiento perfecto de los misterios del Evangelio, tiene, sin embargo, un conocimiento seguro. “Ahora vemos por espejo, oscuramente” (1 Co. 13:12), no tenemos, pues, un conocimiento perfecto; sin embargo, miramos “a cara descubierta” (2 Co. 3:18), por lo que tenemos certeza. El Espíritu de Dios graba las verdades celestiales en el corazón como con la punta de un diamante. El cristiano puede saber infaliblemente que hay maldad en el pecado y hermosura en la santidad. Puede saber que se halla en un estado de gracia”. Sabemos que hemos pasado de muerte a vida” (1 Jn. 3:14).
Puede saber que irá al Cielo. “Sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2 Co. 5:1). El Señor no deja a su pueblo en la incertidumbre con respecto a la salvación. El Apóstol dice: “Sabemos”. Hemos alcanzado una santa confianza: está sellada tanto por el Espíritu de Dios como por nuestra propia experiencia.
No nos apoyemos, pues, en el escepticismo o las dudas, sino esforcémonos por tener certeza en cuanto a las cosas de la religión. Como dijo aquella mártir:

“No puedo discutir por Cristo, pero puedo obrar por Cristo”

Dios sabe si hemos de ser llamados a testificar de su verdad; por tanto, nos incumbe estar bien cimentados y consolidados en ella. Si somos cristianos dubitativos, seremos cristianos vacilantes. ¿De dónde viene la apostasía sino de la incredulidad? Los hombres cuestionan primero la Verdad, y luego se apartan de ella. ¡Oh, suplica al Espíritu de Dios que no solo te unja, sino que te selle! (2 Co. 1:22).


La excelencia del privilegio:

“Todas las cosas les ayudan a bien”. Esto es como la vara de Jacob en la mano de la fe, con la cual podemos caminar alegremente al monte de Dios. ¿Qué nos puede satisfacer o contentar sino esto? Todas las cosas obran para bien. Esta expresión “ayudan a bien” se refiere a la medicina. Varios ingredientes venenosos, habilidosamente mezclados por el farmacéutico, forman una excelente medicina y cooperan para el bien del paciente. De la misma manera, todas las acciones providenciales de Dios, al estar divinamente mezcladas y santificadas, cooperan para el máximo bien de los santos. Aquel que ama a Dios y es llamado conforme a su propósito puede tener la seguridad de que todo en el mundo será para su bien. Esto es un estimulante cristiano, que puede hacerle entrar en calor: hacerle como a Jonatán a quien, cuando hubo probado la miel en el extremo de la vara “fueron aclarados sus ojos” (1 S. 14:27). ¿Por qué debería un cristiano destruirse a sí mismo? ¿Por qué habría de angustiarse, cuando todas las cosas van a concurrir dulcemente, más aún, a colaborar para su bien? El resultado del texto es este: TODAS LAS DIVERSAS FORMAS EN QUE DIOS TRATA A SUS HIJOS SE TORNAN, MEDIANTE UNA PROVIDENCIA ESPECIAL, PARA SU BIEN. “Todas las sendas del Señor son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios” (Sal. 25:10). Si toda senda conlleva misericordia, entonces obra para bien.

Las Mejores Cosas Obran Para El Bien De Los Piadosos


Consideraremos en primer lugar qué cosas obran para el bien de los piadosos; y aquí mostraremos que tanto las mejores cosas como las peores obran para su bien. Comenzamos por las mejores cosas.


Los atributos de Dios obran para el bien de los piadosos

(1) El poder de Dios obra para bien. Es un poder glorioso (Col. 1:11), y obra para el bien de los elegidos.
El poder de Dios obra para bien sosteniéndonos en las tribulaciones. “Acá abajo los brazos eternos” (Dt. 33:27). ¿Qué sostuvo a Daniel en el foso de los leones?; ¿a Jonás en el vientre del gran pez?; ¿a los tres hebreos en el horno? ¡Solo el poder de Dios! ¿No es extraño ver crecer y florecer una caña cascada? ¿Cómo puede un cristiano débil no ya soportar la aflicción, sino regocijarse en ella? Siendo sostenido por los brazos del Todopoderoso. “Mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Co. 12:9).
El poder de Dios obra a nuestro favor supliendo nuestras necesidades. Dios crea bienestar cuando faltan los medios. Aquel que llevó alimentos al profeta Elías mediante los cuervos proveerá el sustento de su pueblo. Dios puede conservar “el aceite de la vasija” (1 R. 17:14). El Señor hizo volver la sombra diez grados en el reloj de Acaz: cuando nuestras comodidades exteriores declinan, y el Sol está casi en su ocaso, Dios produce con frecuencia un avivamiento, y hace retroceder el Sol diez grados.
El poder de Dios subyuga nuestras corrupciones. “Sepultará nuestras iniquidades” (Mi. 7:19). ¿Es fuerte tu pecado? Dios es poderoso, Él aplastará la cabeza de este leviatán. ¿Es duro tu corazón? Dios disolverá esa piedra en la sangre de Cristo. “Dios ha enervado mi corazón” (Job 23:16). Cuando, al igual que Josafat, decimos: “En nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud”. El Señor va con nosotros, y nos ayuda a pelear nuestras batallas. Él corta las cabezas a esos Goliats de nuestras concupiscencias que son demasiado fuertes para nosotros.
El poder de Dios vence a nuestros enemigos. Él destruye el orgullo y quebranta la confianza de los adversarios. “Los quebrantarás con vara de hierro” (Sal. 2:9). Hay furia en el enemigo, malicia en el diablo, pero poder en Dios. ¡Cuán fácilmente puede Él poner en fuga las fuerzas de los inicuos! “Para ti no he diferencia alguna en dar ayuda al poderoso o al que no tiene fuerzas!” (2 Cr. 14:11). El poder de Dios está del lado de su Iglesia. “Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, pueblo salvo por el Señor, escudo de tu socorro, y espada de tu triunfo?” (Dt. 33:29).
(2) La sabiduría de Dios obra para bien. La sabiduría de Dios es nuestro oráculo para instruirnos. De la misma manera en que Él es el Dios poderoso, así también es el Consejero (Is. 9:6). A menudo estamos a oscuras, y en asuntos intrincados y dudosos no sabemos qué camino tomar; ahí es donde entra Dios con la luz. “Te haré entender” (Sal. 32:8). Esto se refiere a la sabiduría de Dios. ¿Cómo es que los santos pueden ver más allá que los políticos más perspicaces? Ellos prevén el mal y se esconden; ven los sofismas de Satanás. La sabiduría de Dios es la columna de fuego que va delante y los guía.
(3) La bondad de Dios obra para el bien de los piadosos. La bondad de Dios es un medio para hacernos buenos. “Su benignidad te guía al arrepentimiento” (Ro. 2:4). La bondad de Dios es un rayo de sol espiritual que reduce el corazón a lágrimas. “Oh! —dice el alma—, ¿ha sido Dios tan bueno para conmigo? ¿Me ha librado durante tanto tiempo del Infierno, y contristaré más a su Espíritu? ¿Pecaré contra la bondad?”.
La bondad de Dios obra para bien, ya que da lugar a todas las bendiciones. Los favores que recibimos son las corrientes de plata que fluyen de la montaña de la bondad de Dios Este atributo divino de la bondad incluye dos clases de bendiciones. Por un lado, las bendiciones comunes: todos participan de estas, tanto los malos como los buenos. Este agradable rocío cae tanto sobre el espino como sobre la rosa. Por otro, las bendiciones coronarias: solo los piadosos participan de estas. “El que te corona de favores y misericordias” (Sal. 103:4). Así es como obran los atributos de Dios para el bien de los santos.


Las promesas de Dios obran para el bien de los piadosos

Las promesas son marcas de la mano de Dios; ¿no es bueno tener seguridad? Las promesas son la leche del Evangelio; ¿y no es la leche para el bien del niño? Se las llama “preciosas y grandísimas promesas” (2 P. 1:4). Son como estimulantes para el alma que está a punto de desfallecer. Las promesas están llenas de virtud
¿Nos encontramos bajo la culpa del pecado? Hay una promesa: “¡El Señor! fuerte, misericordioso y piadoso” (Ex. 34:6), en la que Dios, por así decirlo, se viste de su glorioso bordado, y extiende el cetro de oro, para animar a pobres y temblorosos pecadores a acudir a Él. “El Señor […] misericordioso”. Dios está más dispuesto a perdonar que a castigar. La misericordia se multiplica en Él más que el pecado en nosotros. La misericordia es su naturaleza. La abeja, por naturaleza, da miel; pica solamente cuando se le incita. “Pero —dice el pecador culpable— no puedo merecer misericordia”. Sin embargo, Él es benevolente; muestra misericordia no porque merezcamos misericordia, sino porque se deleita en la misericordia. ¿Pero qué tiene que ver eso conmigo? Quizá mi nombre no está incluido en el indulto. “Guarda misericordia a millares” (Éx. 34:7); el tesoro de la misericordia no se ha agotado. Dios tiene tesoros disponibles, ¿y por qué no habrías de venir tú para tomar la parte de un niño?
¿Sufrimos la contaminación del pecado? Hay una promesa obrando para bien. “Yo sanaré su rebelión” (Os. 14:4). Dios no solo concederá misericordia, sino gracia también. Y Él prometió que enviaría a su Espíritu (Is. 44:3), a quien las Escrituras, por su naturaleza santificante, comparan con el agua, que limpia la vasija; a veces con el aventador, que avienta el grano y purifica el aire; a veces con el fuego, que refina los metales. De esta manera, el Espíritu de Dios limpia y consagra el alma, y la hace partícipe de la naturaleza divina.
¿Estás muy angustiado? Hay una promesa que obra para nuestro bien: “Con él estaré yo en la angustia” (Sal. 91:15). Dios no pone a los suyos en situaciones angustiosas, y los deja ahí: Él permanece a su lado; sostendrá sus cabezas y corazones cuando se sientan desfallecer. Y hay otra promesa: “Él es su fortaleza en el tiempo de la angustia” (Sal. 37:39). “¡Oh! —dice el alma—, desfalleceré en el día de la prueba”. Pero Dios será la fortaleza de nuestros corazones; aunará con nosotros sus fuerzas. O bien aligerará su mano, o fortalecerá nuestra fe. ¿Tememos las necesidades exteriores? Tenemos una promesa: “Los que buscan al Señor no tendrán falta de ningún bien” (Sal. 34:10). Si es bueno para nosotros, lo tendremos; si no es bueno para nosotros, entonces su retención es lo bueno. “Él bendecirá tu pan y tus aguas” (Ex. 23:25). Esta bendición cae como el rocío sobre la hoja; endulza lo poco que poseemos. Quédeme yo sin el venado, si así obtengo la bendición. “Pero temo no conseguir mi subsistencia”. Considera este versículo de la Escritura: “Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” (Sal. 37:25). ¿Cómo hemos de interpretar esto? David habla de ello como su propia observación; él nunca contempló tal decadencia, nunca vio a un hombre piadoso que llegase al extremo de no tener un pedazo de pan que llevarse a la boca. David nunca vio necesitados a los justos y su descendencia. Aunque el Señor pruebe por un tiempo a padres piadosos mediante la necesidad, no lo hará, sin embargo, también con su descendencia; la descendencia de los piadosos tendrá su provisión. David nunca vio al justo mendigando pan y desamparado. Aunque llegara a verse muy apurado, no se vio desamparado; aún es un heredero del Cielo, y Dios le ama.
Pregunta. ¿Cómo obran para bien las promesas?
Respuesta. Son alimento para la fe; y aquello que fortalece la fe obra para bien. Las promesas son la leche de la fe; la fe se nutre de ellas, al igual que el niño del pecho. “Jacob tuvo gran temor, y se angustió” (Gn. 32:7). Su ánimo estaba a punto de desfallecer; ahora recurre a la promesa: “Tú has dicho: Yo te haré bien” (Gn. 32:12). Esta promesa era su alimento. Obtuvo tanta fortaleza de esta promesa que pudo luchar con el Señor toda la noche en oración, y no le quiso dejar ir hasta que le bendijese.
Las promesas son también fuente de gozo. Hay más en las promesas para consolarnos que lo que hay en el mundo para enredarnos. Ursino se consolaba con esta promesa: “Nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Jn. 10:29). Las promesas son estimulantes en un desfallecimiento. “Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido” (Sal. 119:92). Las promesas son como el corcho a la red, para impedir que el corazón se hunda en las aguas profundas de la angustia.


Las misericordias de Dios obran para el bien de los piadosos

Las misericordias de Dios nos humillan. “Y entró el rey David y se puso delante del Señor, y dijo: Señor Dios, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí?” (2 S. 7:18). “Señor, ¿por qué se me confiere el honor de ser rey?; ¿que yo, que iba detrás de las ovejas, entre y salga delante de tu pueblo?”. Así dice un corazón benigno: “Señor, ¿qué soy yo para que me vaya mejor que a otros?; ¿para que beba del fruto de la vid, cuando otros beben no solo una copa de ajenjo, sino una copa de sangre (o sufrimiento hasta la muerte)? ¿Qué soy yo para tener esas misericordias de las que otros carecen, siendo mejores que yo? Señor, ¿cómo es que, a pesar de toda mi indignidad, cada día recibo una nueva porción de misericordia?”. Las misericordias de Dios vuelven orgulloso al pecador, pero vuelven humilde al santo.
Las misericordias de Dios tienen la virtud de ablandar el alma; la derriten de amor a Dios. Los juicios de Dios nos hacen temerle, sus misericordias nos hacen amarle. ¡Qué efecto tuvo la bondad sobre Saúl! David le tenía a su merced, y podía haberle cortado no solo la orla de su manto, sino la cabeza; sin embargo, le perdonó la vida. Esta bondad derritió el corazón de Saúl. “¿No es esta la voz tuya, hijo mío David? Y alzó Saúl su voz y lloró” (1 S. 24:16). Tal virtud para ablandar tiene la misericordia de Dios; hace que los ojos se aneguen de lágrimas de amor.
Las misericordias de Dios hacen fructífero el corazón. Cuanto más se invierte en un campo, mejor cosecha se obtiene. Un alma benevolente honra al Señor con su sustancia. No hace con sus misericordias —como Israel con sus joyas y pendientes— un becerro de oro, sino que —como Salomón con el dinero que se echó al tesoro— construye un templo para el Señor. Las lluvias de oro de la misericordia producen fertilidad.
Las misericordias de Dios infunden agradecimiento al corazón. “¿Qué pagaré al Señor por todos sus beneficios para conmigo? Tomaré la copa de la salvación” (Sal. 116:12, 13). David alude al pueblo de Israel, que en sus ofrendas de paz acostumbraba a tomar una copa en sus manos, y dar gracias a Dios por las liberaciones. Cada misericordia es una limosna de la libre gracia; y esto llena el alma de gratitud. Un buen cristiano no es una tumba para enterrar las misericordias de Dios, sino un templo para cantar sus alabanzas. Si cada clase de pájaro, como dice Ambrosio, canta con gratitud a su Hacedor, mucho más lo hará un cristiano sincero, cuya vida está enriquecida y perfumada con la misericordia.
Las misericordias de Dios vivifican. Al igual que sirven de piedras de imán al amor, así sirven de piedras de afilar a la obediencia. “Andaré delante del Señor en la tierra de los vivientes” (Sal. 116:9). Aquel que repasa sus bendiciones se considera a sí mismo una persona ocupada en las cosas de Dios. Razona que la dulzura de la misericordia le lleva a la presteza del deber. Gasta y se gasta por Cristo; se consagra a Dios. Entre los romanos, cuando uno había sido redimido por otro, había de servirle desde entonces. Un alma rodeada de misericordia está celosamente activa en el servicio de Dios.
Las misericordias de Dios obran compasión hacia los demás. El cristiano es un salvador temporal. Alimenta al hambriento, viste al desnudo, y visita a la viuda y el huérfano en sus tribulaciones; siembra entre ellos la simiente de oro de su amor. “El hombre de bien tiene misericordia, y presta” (Sal. 112:5). El amor fluye de él libremente, como la mirra del árbol. De la misma manera, las misericordias de Dios obran para el bien de los piadosos; son alas para elevarle al Cielo.
Las misericordias espirituales también obran para bien.
La Palabra predicada obra para bien. Es olor de vida, es una Palabra que transforma el alma; asemeja el corazón a la imagen de Cristo; produce certidumbre. “Nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre” (1 Ts. 1:5). Es el carro de la salvación.
La oración obra para bien. La oración es el fuelle de los afectos; insufla deseos santos y fervor en el alma. La oración tiene poder con Dios. “Mandadme” (Is. 45:11). Es una llave que abre el tesoro de la misericordia de Dios. La oración tiene el corazón abierto a Dios, y cerrado al pecado; mitiga el corazón intemperante y el engrosamiento de la concupiscencia. El consejo de Lutero a un amigo, cuando percibió que comenzaba a surgir una tentación, fue que se entregara a la oración. La oración es el arma del cristiano, que dispara contra sus enemigos. La oración es la mejor medicina para el alma. La oración santifica cada misericordia (1 Ti. 4:5). Es la que dispersa la tristeza: al desahogar el dolor, alivia el corazón. Cuando Ana había orado, “se fue […] por su camino […] y no estuvo más triste” (1 S. 1:18). Y si tiene estos inusuales efectos, entonces obra para bien.
La Cena del Señor obra para bien; es un emblema de la cena de las bodas del Cordero (Ap. 19:9), y un anticipo de aquella comunión que tendremos con Cristo en la gloria. Es una gran fiesta, nos proporciona un pan del cielo tal que preserva la vida e impide la muerte. Tiene efectos gloriosos en los corazones de los piadosos. Vivifica sus afectos, fortalece sus virtudes, mortifica sus corrupciones, aviva sus esperanzas e incrementa su gozo. Lutero dice “Consolar a un alma abatida es una obra tan grande como resucitar a los muertos”; sin embargo, esto puede ocurrir, ya veces ocurre, a las almas de los piadosos en la bendita Cena.


Las virtudes del Espíritu obran para bien

La virtud es para el alma como la luz para el ojo, como la salud para el cuerpo. La virtud le da al alma lo que la esposa virtuosa a su marido: “Le da ella bien y no mal todos los días de su vida” (Pr. 31:12). ¡Cuán incomparablemente útiles son las virtudes! La fe y el temor van de la mano. La fe mantiene alegre el corazón, el temor mantiene serio el corazón. La fe guarda al corazón de hundirse en la desesperación, el temor lo guarda de enaltecerse en la presunción. Todas las virtudes muestran su propia hermosura: la esperanza es el “yelmo” (1 Ts. 5:8), la mansedumbre es el “ornato” (1 P. 3:4), el amor es el “vínculo perfecto” (Col. 3:14). Las virtudes de los santos son armas para defenderlos, alas para elevarlos, joyas para enriquecerlos, especias para perfumarlos, estrellas para adornarlos, estimulantes para refrescarlos. ¿Y no obra todo esto para bien? Las virtudes son nuestras pruebas para el Cielo. ¿No es bueno tener nuestras pruebas a la hora de la muerte?


Los ángeles obran para el bien de los santos

Los ángeles buenos están dispuestos a prestar todos los servicios de amor al pueblo de Dios. “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?” (He. 1:14). Algunos de los Padres tenían la opinión de que cada creyente tiene su ángel de la guarda. Esta cuestión no requiere un debate acalorado. Nos basta con saber que toda la jerarquía de los ángeles está empleada para el bien de los santos.
Los ángeles buenos sirven a los santos en esta vida. Un ángel confortó a la virgen María (Lc. 1:28). Los ángeles cerraron las bocas de los leones, para que no pudieran dañar a Daniel (Dn. 6:22). El cristiano tiene una guardia invisible de ángeles a su alrededor. “A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos” (Sal. 91:11). Los ángeles forman la guardia personal de los santos, aun el principal de los ángeles “¿No son todos espíritus ministradores […]?”. Los más altos ángeles cuidan de los más bajos santos.
Los ángeles buenos prestan servicio a la hora de la muerte. Los ángeles están alrededor de los lechos de enfermedad de los santos para confortarlos. Al igual que Dios conforta por su Espíritu, así lo hace por sus ángeles. Cristo fue fortalecido por un ángel en su sufrimiento (Lc. 22:43); así lo son los creyentes en el tormento de la muerte: y cuando los santos exhalan su último aliento, sus almas son llevadas al Cielo por una comitiva de ángeles (Lc. 16:22).
Los ángeles buenos también prestan servicio en el día del Juicio. Los ángeles abrirán los sepulcros de los santos, y los conducirán a la presencia de Cristo, cuando sean hechos semejantes a su cuerpo glorioso. “Enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mt. 24:31). En el día del juicio los ángeles librarán a los piadosos de todos sus enemigos. Los santos aquí están asediados por enemigos. “Me son contrarios, por seguir yo lo bueno” (Sal. 38:20). Bien, los ángeles promulgarán pronto la libertad del pueblo de Dios, y los librarán de todos sus enemigos: “El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles. De manera que como se arranca la cizaña y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerá de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 13:38–42). En el día del Juicio los ángeles de Dios tomarán a los inicuos, que son la cizaña, los recogerán y los echarán en el horno del Infierno, y entonces los piadosos no serán ya más atribulados por sus enemigos: de esta manera los ángeles buenos obran para bien. Vemos aquí la honra y dignidad del creyente. Tiene el nombre de Dios escrito sobre sí (Ap. 3:12), al Espíritu Santo que habita en él (2 Ti. 1:14), y una guardia de ángeles que le asiste.


La comunión de los santos obra para bien

“Colaboramos para vuestro gozo” (2 Co. 1:24). Un cristiano que conversa con otro es un medio para consolidarle. Al igual que las piedras en un arco se afirman mutuamente, así un cristiano, que comparte su experiencia, infunde calor y ánimo a otro. “Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (He. 10:24). ¡Cómo florece la virtud mediante una conversación santa! Un cristiano, mediante buenas palabras, derrama sobre otro ese aceite que hace que la lámpara de su fe arda más vivamente.


La intercesión de Cristo obra para bien

Cristo está en el Cielo como Aarón con su lámina de oro sobre su frente y su precioso incienso; y Él ora por todos los creyentes al igual que lo hizo por los Apóstoles. “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí” (Jn. 17:20). Cuando un cristiano es débil, y apenas puede orar por sí mismo, Jesucristo está orando por él; y Él ora por tres cosas. En primer lugar, por que los santos sean guardados del pecado (Jn. 17:15). “Ruego que […] los guardes del mal”. Vivimos en el mundo como en una casa infectada; Cristo ora por que sus santos no sean infectados con el mal contagioso de los tiempos. En segundo lugar, por el progreso de su pueblo en santidad. “Santifícalos” (Jn. 17:17). Que tengan una participación constante del Espíritu y sean ungidos con nuevo aceite. Y en tercer lugar, por su glorificación: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Jn. 17:24). Cristo no está satisfecho hasta que los santos estén en sus brazos. Esta oración, que hizo en la Tierra, es la copia y el modelo de su oración en el Cielo. ¡Qué consuelo es este!; cuando Satanás está tentando, ¡Cristo está orando! Esto obra para bien.
La oración de Cristo quita los pecados de nuestras oraciones. Al igual que un niño, dice Ambrosio, que quiere hacerle un regalo a su padre, va al jardín, y allí recoge algunas flores y malas hierbas juntamente, pero al venir a su madre, ella quita las malas hierbas y ata las flores, y así las presenta al padre; así, cuando hemos ofrecido nuestras oraciones, viene Cristo, y quita las malas hierbas, el pecado de nuestra oración, y no presenta a su Padre sino flores, que son de un olor fragante.


Las oraciones de los santos obran para el bien de los piadosos

Los santos oran por todos los miembros del cuerpo místico, y sus oraciones pueden mucho. Pueden sanar de enfermedades: “La oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará” (Stg. 5:15). Pueden dar la victoria sobre los enemigos. “Eleva, pues, oración tú por el remanente que qún ha quedado” (Is. 37:4). “Y salió el ángel del Señor y mató a ciento ochenta y cinco mil en el campamento de los asirios” (Is. 37:36). Pueden liberar de la cárcel. “La iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él. Y cuando Herodes le iba a sacar, aquella misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, y los guardas delante de la puerta custodiaban la cárcel. Y he aquí se presentó un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel; y tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Y las cadenas se le cayeron de las manos” (Hch. 12:5–7). El ángel buscó a Pedro y lo sacó de la cárcel, pero fue la oración la que buscó al ángel. Pueden conseguir el perdón de pecados. “Mi siervo Job orará por vosotros; porque de cierto a él atenderé” (Job 32:8). De esta manera las oraciones de los santos obran para el bien del cuerpo místico. Y no es un privilegio desdeñable para un hijo de Dios el que se esté dando un continuo flujo de oración por él. Cuando entra en cualquier lugar, puede decir: “Tengo alguna oración aquí, más aún, en el mundo entero tengo un almacén de oración a mi favor. Cuando me siento desanimado e indispuesto, otros que se encuentran animados y avivados están orando por mí”. De esta manera las mejores cosas obran para el bien del pueblo de Dios.

Las Peores Cosas Obran Para El Bien De Los Piadosos


No se me malentienda; no digo que por su propia naturaleza las peores cosas sean buenas, pues son fruto de la maldición; sino que, a pesar de ser malas por naturaleza, al disponerlas y santificarlas la sabia mano de Dios que todo lo controla, son moralmente buenas. Tal como sucede con los elementos que, a pesar de tener características opuestas, Dios ha ordenado de tal manera que obren armoniosamente para el bien del universo; o como con un reloj, cuyas ruedas parecen moverse en dirección opuesta, pero todas llevan a cabo el movimiento del reloj: así las cosas que parecen moverse en contra de los piadosos, sin embargo, por la maravillosa providencia de Dios obran para su bien. Entre estas cosas peores, hay cuatro tristes males que obran para el bien de los que aman a Dios.


El mal de la aflicción obra para el bien de los piadosos

En todas nuestras aflicciones es consolador pensar que Dios tiene su mano sobre ellas de forma especial: “El Todopoderoso me ha afligido” (Rut 1:21). Los instrumentos no pueden actuar sin que Dios se lo ordene, de la misma manera que el hacha no puede cortar por sí misma sin una mano. Job tenía la mirada puesta en Dios en su aflicción: por tanto, como observa Agustín, no dice: “El Señor dio, y el diablo quitó”, sino: “El Señor quitó”. Quienquiera que sea el que nos traiga una aflicción, es Dios quien la envía.
Otro pensamiento consolador es que las aflicciones obran para bien. “Como a estos higos buenos, así miraré a los transportados de Judá, a los cuales eché de este lugar a la tierra de los caldeos, para bien” (Jer. 24:5). La cautividad de Judá en Babilonia fue para su bien. “Bueno me es haber sido humillado” (Sal. 119:71). Este texto, como el árbol de Moisés echado en las aguas amargas de la aflicción, puede volverlas dulces y potables. Las aflicciones son medicinales para los piadosos. Dios puede extraer nuestra salvación de los fármacos más venenosos. Las aflicciones son tan necesarias como las ordenanzas (1 P. 1:6). Ninguna vasija puede hacerse de oro sin fuego; así también, es imposible que seamos hechos vasijas para honra, a menos que seamos fundidos y refinados en el horno de la aflicción. “Todas las sendas del Señor son misericordia y verdad” (Sal. 25:10). Al igual que el pintor entremezcla colores vivos con sombras oscuras, así el Dios sabio mezcla la misericordia con el juicio. Esas providencias aflictivas, que parecen ser perjudiciales, son beneficiosas; tomemos algunos ejemplos de la Escritura.
Los hermanos de José le arrojan en una cisterna; después le venden; luego es arrojado en la cárcel; sin embargo, todo esto obró para su bien. Su humillación abrió el camino para su exaltación, fue hecho el segundo hombre en el reino. “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien” (Gn. 50:20). Jacob luchó con el ángel, y el muslo de Jacob se descoyuntó. Esto fue penoso; pero Dios lo convirtió en bien, pues allí vio el rostro de Dios, y allí el Señor le bendijo. “Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara” (Gn. 32:30). ¿Quién no estaría dispuesto a tener un hueso descoyuntado, si así pudiera alcanzar una visión de Dios?
El rey Manasés estaba encadenado. Este era un triste espectáculo: una corona de oro cambiada por grilletes; pero ello obró para su bien, pues “luego que fue puesto en angustias, oró al Señor su Dios, humillado grandemente en la presencia del Dios de sus padres. Y habiendo orado a él, fue atendido; pues Dios oyó su oración” (2 Cr. 33:12, 13). Estaba más agradecido a su cadena de hierro que a su corona de oro; la una le volvió orgulloso, la otra le volvió humilde.
Job era un espectáculo de miseria; perdió todo lo que tenía; lo único que tenía en abundancia eran llagas y úlceras. Esto era penoso; pero obró para su bien, su virtud fue probada y mejorada; Dios dio testimonio desde el Cielo de su integridad, y compensó su pérdida dándole el doble de lo que había tenido anteriormente (Job 42:10).
Pablo se quedó ciego. Esto fue incómodo, pero resultó ser para u bien. Mediante aquella ceguera Dios abrió el camino para que la luz de la gracia brillara en su alma; fue el principio de una feliz conversión (Hch. 9:6).
Al igual que las severas heladas en el invierno conducen a las flores en la primavera, y al igual que la noche da lugar a la estrella de la mañana, así también los males de la aflicción producen mucho bien a aquellos que aman a Dios. Pero nos apresuramos a cuestionar esta verdad, y decimos, como María le dijo al ángel: “¿Cómo puede ser esto?”. Por tanto, procedo a mostrar varias maneras en que la aflicción obra para bien.
(1) Como nuestro predicador y maestro: “Prestad atención al castigo” (Miq. 6:9). Lutero dijo que jamás pudo entender correctamente algunos salmos dolorosos hasta que pasó por momentos de aflicción. La aflicción nos enseña lo que es el pecado. En la palabra predicada oímos lo terrible que es el pecado, que contamina y acarrea condenación, pero no lo tememos más que a un león pintado; por tanto, Dios abre la puerta a la aflicción, y entonces sentimos lo amargo del pecado en su fruto. Un lecho de enfermedad enseña a menudo más que un sermón. La mejor manera de ver el vil aspecto del pecado es en el espejo de la aflicción. La aflicción nos enseña a conocernos a nosotros mismos. La mayoría de las veces, en la prosperidad nos desconocemos a nosotros mismos. Dios nos hace conocer la aflicción para que nos conozcamos mejor a nosotros mismos. En el tiempo de la aflicción vemos en nuestros corazones una corrupción que no creeríamos que estuviera allí. El agua en el vaso parece clara, pero si la ponemos al fuego, la espuma hierve. En la prosperidad un hombre parece ser humilde y agradecido, el agua parece clara; pero pongamos a este hombre un poco en el fuego de la aflicción, y veremos cómo hierve la espuma: queda de manifiesto una gran dosis de impaciencia e incredulidad. “Oh —dice un cristiano— nunca pensé que tuviera un corazón tan malo como ahora veo que tengo; nunca pensé que mis corrupciones fueran tan fuertes y mis virtudes tan débiles”.
(2) Las aflicciones obran para bien, al ser el medio para hacer más íntegro el corazón. En la prosperidad el corazón es propenso a estar dividido (Os. 10:2). El corazón está en parte apegado a Dios, y en parte al mundo. Es como una aguja entre dos imanes: Dios atrae, y el mundo atrae. Ahora bien, Dios quita el mundo para que el corazón se apegue más a Él con sinceridad. El correctivo consiste en hacer recto el corazón. Al igual que a veces ponemos una barra de hierro en el fuego para enderezarla, así también Dios nos pone en el fuego de la aflicción para hacemos más rectos. ¡Oh, cuán bueno es que la aflicción enderece al alma cuando el pecado la ha torcido y apartado de Dios!
(3) Las aflicciones obran para bien, al conformamos a Cristo. La vara de Dios es un lápiz para dibujar la imagen de Cristo más vivamente en nosotros. Es bueno que haya simetría y proporción entre la Cabeza y los miembros. ¿Seremos parte del cuerpo místico de Cristo sin ser como Él? Su vida, como dice Calvino, fue una serie de sufrimientos: “Varón de dolores, y experimentado en quebranto” (Is. 53:3). Él lloró y sangró. ¿Fue su cabeza coronada de espinas, y pensamos nosotros ser coronados de rosas? Es bueno ser como Cristo, aunque sea por medio de sufrimientos. Jesucristo bebió una amarga copa; le hizo sudar gotas de sangre el pensar en ello; y, aunque es cierto que bebió veneno de la copa (la ira de Dios), aún queda ajenjo en ella que los santos deben beber: solamente aquí reside la diferencia entre los sufrimientos de Cristo y los nuestros; los suyos fueron satisfactorios, los nuestros solamente son punitivos.
(4) Las aflicciones obran para el bien de los piadosos, al ser destructivas para el pecado. El pecado es la madre, la aflicción la hija; la hija ayuda a destruir a la madre. El pecado es como el árbol que cría al gusano, y la aflicción es como el gusano que come el árbol. El mejor de los corazones atesora mucha corrupción; la aflicción la quita gradualmente, como el fuego quita la escoria del oro: “Este será todo el fruto, la remoción de su pecado” (Is. 27:9). ¡Qué importa es tener una lima más basta, si con ello tenemos menos herrumbre! Las aflicciones nada se llevan sino la escoria del pecado. Si un médico le dijera a su paciente: “Su cuerpo está indispuesto y afectado por una grave infección, que debe ser combatida, puesto que de otra forma morirá; pero le voy a prescribir una medicina que, si bien le va a hacer vomitar, curará su enfermedad y salvará su vida”; ¿no sería esto para el bien del paciente? Las aflicciones son la medicina que Dios utiliza para quitar nuestras enfermedades espirituales; curan el tumor del orgullo, la fiebre de la concupiscencia, la hidropesía de la codicia. ¿No obran, pues, para bien?
(5) Las aflicciones obran para bien, al ser el medio para desligar nuestros corazones del mundo. Cuando cavamos para quitar la tierra de la raíz de un árbol es para desligar el árbol de la tierra; de la misma manera, Dios cava para quitar nuestro bienestar terrenal, y así desligar nuestros corazones de la tierra. Un espino crece con cada flor. Dios quiere que el mundo cuelgue como un diente suelto que, al ser arrancado, ya no nos molesta. ¿No es buena esta liberación? Los más ancianos santos la necesitan. ¿Por qué rompe el Señor la acequia, sino para que vayamos a Él, en quien están “todas [nuestras] fuentes” (Sal. 87:7)?
(6) Las aflicciones obran para bien, al abrir el camino para el consuelo. “Le daré […] el valle de Acor por puerta de esperanza” (Os. 2:15). Acor significa turbación. Dios endulza el dolor exterior con paz interior. “Vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Jn. 16:20). Aquí tenemos el agua convertida en vino. Tras una pastilla amarga, Dios da azúcar. Pablo cantó en la cárcel. La vara de Dios tiene miel en su extremo. Los santos han tenido en la aflicción tales éxtasis de gozo que han creído rozar los límites de la Canaán celestial.
(7) Las aflicciones obran para bien, al ser para nuestro engrandecimiento. “¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas, y para que pongas sobre él tu corazón, y lo visites todas la mañanas?” (Job 7:17). Mediante la aflicción, Dios nos engrandece de tres maneras. (a) Condescendiendo tanto como para tenernos en cuenta. Es una honra que Dios tenga en cuenta el polvo y las cenizas. Es nuestro engrandecimiento que Dios nos considere dignos de ser golpeados. Que Dios no castigue es un desprecio: “¿Por qué querréis ser castigados aún?” (Is. 1:5). Si queréis seguir pecando, seguid vuestro camino; id al Infierno con vuestro pecado. (b) Las aflicciones también nos engrandecen, al ser enseñas de gloria, signos de filiación. “Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos” (He. 12:7). Cada estigma de la vara es una medalla de honor. (c) Las aflicciones tienden a engrandecer a los santos, al darles renombre en el mundo. Jamás han sido los soldados tan admirados por sus victorias, como lo han sido los santos por sus sufrimientos. El celo y la constancia de los mártires en sus pruebas los han hecho famosos para la posteridad. ¡Qué eminente fue Job por su paciencia! Dios dejó constancia de su nombre: “Habéis oído de la paciencia de Job” (Stg. 5:11). Job el sufriente tiene más renombre que Alejandro el conquistador.
(8) Las aflicciones obran para bien, al ser el medio para hacernos felices. “Bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga” (Job 5:17). ¿Qué político o moralista cifró jamás la felicidad en la cruz? Job lo hizo. “Bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga”.
Se puede preguntar: “¿Cómo nos hacen felices las aflicciones?”. Respondemos que, siendo santificadas, nos acercan más a Dios. La Luna llena es la que más lejos está del Sol: así, muchos están lejos de Dios en la Luna llena de la prosperidad; las aflicciones les acercan a Dios. El imán de la misericordia no nos acerca tanto a Dios como las cuerdas de la aflicción. Cuando Absalón le prendió fuego al trigo de Joab, este fue corriendo a Absalón (2 S. 14:30). Cuando Dios prende fuego a nuestro bienestar mundano, entonces corremos a Él, y nos reconciliamos con Él. Cuando el hijo pródigo se vio necesitado, entonces regresó al hogar de su padre (Lc. 15:13). Cuando la paloma no pudo encontrar descanso para la planta de su pie, entonces voló al arca. Cuando Dios nos trae un diluvio de aflicción, entonces volamos al arca de Cristo. De esta manera, la aflicción nos hace felices, al acercarnos a Dios. La fe puede utilizar las aguas de la aflicción para nadar más velozmente a Cristo.
(9) Las aflicciones obran para bien, al silenciar a los inicuos. Qué dispuestos están a difamar y calumniar a los piadosos, diciendo que sirven a Dios solamente por egoísmo. Por tanto, Dios hace que su pueblo soporte sufrimientos por su fe, para así poner un candado en los labios mentirosos de los inicuos. Cuando los ateos del mundo ven que Dios tiene un pueblo, que le sirve no por ganancia sino por amor, esto les cierra la boca. El diablo acusó a Job de hipocresía, de ser un mercenario; toda su vida religiosa estaba bordeada de oro y plata. “¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene?”. A lo que respondió Dios: “He aquí, todo lo que tiene está en tu mano” (Job 1:9, 10, 12). Tan pronto recibió el diablo su comisión, se lanzó a derribar la cerca de Job; pero aun así Job adoraba a Dios (cap. 1:20), y profesaba tener fe en Él. “Aunque él me matare, en él esperaré” (cap. 13:15). Esto silenció al diablo mismo. Cómo abate a los inicuos ver que los piadosos se mantienen cerca de Dios en un estado de sufrimiento, y que aún se mantienen firmes en su integridad cuando lo pierden todo.
(10) Las aflicciones obran para bien, al abrir el camino para la gloria (2 Co. 4:17). No es que nos hagan merecedores de la gloria, sino que preparan para la misma. Tal como arar prepara la tierra para la cosecha, así también las aflicciones nos preparan y capacitan para la gloria. El pintor pone su oro sobre colores oscuros; así también, Dios pone primero los colores oscuros de la aflicción, y después pone el color dorado de la gloria. La vasija se prepara primero antes de echar en ella el vino; las vasijas de la misericordia se preparan primero con la aflicción, y después se echa en ellas el vino de la gloria. Así vemos, pues, que las aflicciones no son perjudiciales sino beneficiosas para los santos. No debiéramos mirar al mal de la aflicción, sino al bien; no al lado oscuro de la nube, sino a la luz. Lo peor que Dios hace a sus hijos es azotarlos para llevarlos al Cielo.


El mal de la tentación es invalidado para el bien de los piadosos

El mal de la tentación obra para bien. Satanás es llamado el tentador (Mr. 4:15). Siempre está tendiendo emboscadas, continuamente está activo con un santo u otro. El diablo tiene su circuito que recorre cada día; no está completamente encarcelado aún, sino que, de la misma forma que un preso que está en libertad bajo fianza, anda alrededor para tentar a los santos. Esto es una gran perturbación para el hijo de Dios. Ahora bien, con respecto a las tentaciones de Satanás, hay tres cosas que deben tomarse en consideración. (1) Su método para tentar. (2) La magnitud de su poder. (3) Estas tentaciones son anuladas para bien.

(1) El método de Satanás para tentar. Tomemos nota aquí de dos cosas. Su violencia al tentar, puesto que es la bestia escarlata. Se esfuerza por asaltar el castillo del corazón, le arroja pensamientos blasfemos, nos tienta para que neguemos a Dios; estos son los dardos de fuego que dispara, mediante los cuales quiere inflamar las pasiones. Tomemos nota también de su sutileza al tentar, puesto que es la serpiente antigua. El diablo utiliza cinco argucias principalmente.
(a) Observa el temperamento y la constitución; pone cebos adecuados para la tentación Al igual que el agricultor, sabe qué grano es mejor para la tierra. Satanás no tienta en contra de la disposición y el temperamento naturales. Esta es su política: hace que el viento y la marea vayan juntos; el viento de la tentación sopla en la dirección en que avanza la marea natural del corazón. Aunque el diablo no puede conocer los pensamientos de los hombres, sin embargo, conoce su temperamento y, consecuentemente, pone sus cebos. Tienta al ambicioso con una corona; al sanguíneo, con la belleza.
(b) Satanás observa cuál es el mejor momento para tentar; al igual que un pescador habilidoso, echa su anzuelo cuando los peces pican mejor. El momento en que Satanás tienta es, por regla general, después de cumplir un deber. Y la razón es porque piensa que entonces nos encuentra más confiados. Cuando hemos atendido a deberes solemnes somos propensos a pensar que ya está todo hecho, nos volvemos remisos y abandonamos ese celo y ese rigor que teníamos antes; exactamente igual que en el caso de un soldado, quien se quita la armadura tras una batalla sin soñar que haya un enemigo, Satanás espera la oportunidad y, cuando menos lo sospechamos, entonces arroja una tentación.
(c) Utiliza a parientes cercanos; el diablo tienta por poder. De esta manera le envió una tentación a Job mediante su esposa. “¿Aún retienes tu integridad?” (Job 2:9). Una esposa en nuestro seno puede ser el instrumento del diablo para tentarnos a pecar.
(d) Satanás tienta al mal mediante aquellos que son buenos, dando así el veneno en una copa de oro. Tentó a Cristo a través de Pedro. Pedro intentó disuadirle del sufrimiento. “Señor, ten compasión de ti”. ¿Quién habría pensado encontrar al tentador en la boca de un apóstol?
(e) Satanás nos tienta a pecar bajo la apariencia de la religión. Ha de ser temido al máximo cuando se transforma en ángel de luz. Vino a Cristo con la Escritura en su boca: “Escrito está”. El diablo pone en su anzuelo el cebo de la religión. Tienta a muchos con la codicia y la extorsión bajo la apariencia de proveer para su familia; tienta a algunos a quitarse la vida para no vivir más pecando contra Dios; y así les arrastra al pecado bajo la apariencia de evitarlo. Estas son sus sutiles estratagemas al tentar.

(2) La magnitud de su poder; hasta dónde alcanza el poder de Satanás al tentar.
(a) Puede proponer el objeto, como puso un lingote de oro delante de Acán.
(b) Puede envenenar la imaginación, e instilar malos pensamientos en la mente. Al igual que el Espíritu Santo sugiere cosas buenas, así también el diablo sugiero cosas malas. Él puso en el corazón de Judas traicionar a Cristo (Jn. 13:2).
(c) Satanás puede estimular e incitar la corrupción interior, y obrar algún tipo de inclinación en el corazón para abrazar la tentación. Si bien es cierto que Satanás no puede forzar la voluntad para obtener nuestro consentimiento, sin embargo, al ser un pretendiente fervoroso, puede producir el mal mediante sus continuos requerimientos. Así fue como indujo a David a censar al pueblo (1 Cr. 21:1). El diablo puede utilizar sus sutiles argumentos a fin de convencernos para pecar.

(3) Estas tentaciones son invalidadas para el bien de los hijos de Dios. Un árbol sacudido por el viento está más firme y arraigado; así también, el soplo de una tentación no hace sino afirmar más al cristiano en la gracia. Las tentaciones son invalidadas para bien de ocho maneras:
(a) La tentación lleva al alma a la oración. Cuanto más furiosamente tienta Satanás, tanto más fervientemente ora el santo. El ciervo al que se dispara una flecha corre más velozmente al agua. Cuando Satanás dispara sus dardos de fuego al alma, esta corre entonces más velozmente al trono de la gracia. Cuando a Pablo se le envió un mensajero de Satanás para abofetearle, dijo: “Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí” (2 Co. 12:8). La tentación es una medicina para la seguridad. Aquello que nos hace orar más obra para bien.
(b) La tentación a pecar es un medio para guardarnos de perpetrar el pecado. Cuanto más es tentado un hijo de Dios, tanto más lucha contra la tentación. Cuanto más tienta Satanás a blasfemar, tanto más tiembla el santo ante tales pensamientos, y dice: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!”. Cuando el ama de José le tentó a cometer una necedad, cuanto más fuerte era la tentación de ella, más fuerte era la oposición de él. De la tentación que el diablo utiliza como una incitación al pecado, Dios hace un freno para retraer al cristiano del mismo.
(c) La tentación obra para bien, al reducir la hinchazón producida por el orgullo. “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un. mensajero de Satanás que me abofetee” (2 Co. 12:7). El aguijón en la carne tenía por objeto punzar la ampolla de la vanidad. La tentación que nos humilla es preferible al deber que nos enorgullece. Antes que permitir que un cristiano sea altivo, Dios le dejará caer en las manos del diablo por un tiempo, para que se cure de su absceso.
(d) La tentación obra para bien, al ser una piedra de toque para probar lo que hay en el corazón. El diablo tienta para engañar, pero Dios permite que seamos tentados para probarnos. La tentación es una prueba de nuestra sinceridad: nuestro corazón demuestra ser casto y leal a Cristo cuando podemos mirar a la tentación cara a cara, y volverle la espalda. Es también una prueba de nuestro valor. A muchos les falta el valor; no tienen valor para resistir la tentación. Tan pronto viene Satanás, se rinden; son como un cobarde que, tan pronto se acerca el ladrón, le entrega la cartera. Pero el cristiano valeroso es el que blande la espada del Espíritu contra Satanás, y está dispuesto a morir antes que rendirse. Nunca se vio tan claramente el valor de los romanos como cuando fueron asaltados por los cartagineses; nunca se ve tanto el valor y poder de un santo como en un campo de batalla, cuando está luchando contra la bestia escarlata y pone en fuga al diablo mediante el poder de la fe. La virtud que puede permanecer firme en la prueba de fuego y resistir los dardos de fuego es como oro refinado.
(e) Las tentaciones obran para bien, al capacitar Dios a quienes son tentados para que consuelen a otros en la misma tribulación. Para que un cristiano pueda decir algo al cansado debe ser abofeteado previamente por Satanás. S. Pablo conocía las tentaciones por experiencia. “No ignoramos sus maquinaciones” (2 Co. 2:11). De esta manera pudo hacer que otros se familiarizaran con las infames asechanzas de Satanás (1 Co. 10:13). Quien ha cabalgado por un lugar donde hay ciénagas y arenas movedizas es el más adecuado para guiar a otros a través de ese peligroso camino. Quien ha sentido las garras del león rugiente y ha quedado sangrando de esas heridas es el más adecuado para ocuparse de quien es tentado. Nadie puede descubrir mejor las estratagemas y planes de Satanás que quienes han pasado mucho tiempo en la escuela de esgrima de la tentación.
(f) Las tentaciones obran para bien, al despertar la compasión paternal en Dios hacia aquellos que son tentados. El niño enfermo y herido es el más cuidado. Cuando un santo yace con heridas de la tentación, Cristo ora, y Dios el Padre se apiada. Cuando Satanás hace que un alma tenga fiebre, Dios acude con un tónico; lo cual llevó a Lutero a decir que las tentaciones son abrazos de Cristo, porque es entonces cuando más dulcemente se manifiesta Él al alma.
(g) Las tentaciones obran para bien, al hacer que los santos anhelen más el Cielo. Allí estarán fuera del alcance de los disparos. El Cielo es un lugar de descanso; las balas de la tentación no entran allí. El águila que planea en las alturas y se posa en altos árboles no teme la mordedura de la serpiente; así también, al ascender al Cielo los creyentes ya no son perturbados por la serpiente antigua. En esta vida, cuando acaba una tentación, viene otra. Esto es para hacer desear a los creyentes que la muerte toque la retirada, y les llame fuera del campo surcado por las veloces balas, para recibir una corona de victoria, donde no se oiga el sonido perenne del tambor o del cañón, sino del arpa y de la viola.
(h) Las tentaciones obran para bien, al requerir la fuerza de Cristo. Cristo es nuestro Amigo, y cuando somos tentados, Él pone todo su poder a nuestra disposición. “Pues en cuanto Él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (He. 2:18). Si una pobre alma tuviera que luchar sola contra el Goliat del Infierno, sería derrotada con toda seguridad; pero Jesucristo nos proporciona sus fuerzas auxiliares, nos proporciona nuevas provisiones de gracia. “Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:37). De esta manera se invalida para bien el mal de la tentación.
Pregunta. Pero a veces Satanás vence a un hijo de Dios. ¿Cómo obra esto para bien?
Respuesta. Reconozco que, mediante la suspensión de la gracia divina y la furia de la tentación, un santo puede ser vencido; sin embargo, esta derrota mediante una tentación será invalidada para bien. Mediante esta derrota Dios abre el camino para un incremento de la gracia. Pedro fue tentado a confiar en sí mismo, presumió de su propia fuerza; y cuando necesitó permanecer firme en solitario, Cristo le dejó caer. Pero esto obró para su bien, le costó muchas lágrimas. “Saliendo fuera lloró amargamente” (Mt. 26:75). Entonces se volvió más humilde; no se atrevió a decir que amaba a Cristo más que los otros apóstoles. “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?” (Jn. 21:15). No se atrevió a afirmarlo, su caída quebrantó la cerviz de su orgullo. La derrota mediante una tentación produce más prudencia y vigilancia en un hijo de Dios. Si bien Satanás le sedujo anteriormente a pecar, sin embargo, en el futuro será más cauto. Tendrá cuidado de no adentrarse más en el radio de acción marcado por la cadena del león. Es más tímido y temeroso en cuanto a las ocasiones de pecar. Nunca sale sin la armadura espiritual, y se ciñe la armadura con oración. Sabe que anda por terreno resbaladizo; por tanto, observa cuidadosamente sus pasos. Mantiene una estrecha vigilancia en su alma, y cuando observa que viene el diablo, toma sus armas y despliega la capacidad de la fe (Ef. 6:16). Esto es todo el daño que hace el diablo. Cuando derrota a un santo mediante la tentación, le cura de su negligencia; le hace vigilar y orar más. Cuando los animales salvajes saltan la cerca y dañan el grano, el hombre refuerza su cerca; así también, cuando el diablo salta la cerca mediante la tentación, es seguro que el cristiano reparará su cerca; tendrá más temor del pecado y más cuidado del deber. De esta manera, ser vencido por la tentación obra para bien.
Objeción. Pero si ser vencido obra para bien, esto puede hacer que los cristianos se despreocupen en cuanto a si son vencidos por las tentaciones o no.
Respuesta. Hay una gran diferencia entre caer en la tentación y correr a la tentación. Caer en la tentación es lo que obra para bien, no correr a ella. Quien cae en un río es objeto de ayuda y compasión, pero quien se arroja desesperadamente a él es culpable de su propia muerte. Es una locura correr a la cueva de un león. El que corre a una tentación es como Saúl, que cayó sobre su propia espada.
Por todo lo que se ha dicho, vemos cómo Dios frustra a la serpiente antigua, haciendo que sus tentaciones se transformen en bien para su pueblo. Seguramente, si el diablo supiera cuánto beneficio le reporta a los santos mediante la tentación, desistiría de tentar. Lutero dijo una vez: “Hay tres cosas que forman al cristiano: la oración, la meditación y la tentación”. El apóstol Pablo, en su viaje a Roma, encontró un viento contrario (Hch. 27:4). Así también, el viento de la tentación es contrario al viento del Espíritu; pero Dios utiliza este viento cruzado para empujar a los santos hacia el Cielo.


El mal del abandono obra para el bien de los piadosos

El mal del abandono obra para bien. La esposa se queja del abandono del esposo. “Mi amado se había ido, había ya pasado” (Cnt. 5:6). Hay una doble retracción; puede ser con respecto a la gracia, cuando Dios suspende la influencia de su Espíritu, y retiene la vigorosa acción de la gracia. Si el Espíritu desaparece, la gracia se hiela para convertirse en frialdad e indolencia. O puede ser una retracción en cuanto al consuelo. Cuando Dios retiene las dulces manifestaciones de su favor, no tiene un aspecto tan agradable, sino que vela su rostro y parece haber desaparecido completamente del alma.
Dios es justo en todas sus retracciones. Nosotros le abandonamos a Él antes que Él nos abandone a nosotros. Abandonamos a Dios cuando abandonamos la comunión estrecha con Él, cuando abandonamos sus verdades y no nos atrevemos a comparecer a favor de Él, cuando dejamos la guía y la dirección de su Palabra y seguimos la luz engañosa do nuestros corruptos afectos y pasiones. Generalmente, somos nosotros los que abandonamos a Dios primero; por tanto, no podemos culpar a nadie sino a nosotros mismos.
El abandono es algo trágico, porque tal como cuando desaparece la luz llegan las tinieblas, así también cuando Dios se retrae las tinieblas y la tristeza de apoderan del alma. El abandono es un tormento para la conciencia. Dios suspende el alma sobre el Infierno. “Las saetas del Todopoderoso están en mí cuyo veneno bebe mi espíritu” (Job 6:4). Durante la guerra, los persas tenían por costumbre impregnar sus flechas con veneno de serpientes para hacerlas más mortíferas. Así disparó Dios a Job la flecha envenenada del abandono, bajo cuyas heridas su espíritu quedó sangrando. En tiempos de abandono los creyentes son propensos al desánimo. Se cuestionan a sí mismos y piensan que Dios los ha desechado por completo. Así, pues, prescribiré algún consuelo para el alma abandonada. Aun cuando carece de estrellas que le guíen, el marinero cuenta con la luz de su linterna, que le sirve de ayuda para ver su brújula; de igual modo, mencionaré cuatro consuelos, que son como la linterna del marinero, para arrojar alguna luz sobre la pobre alma que navega en la oscuridad del abandono, y necesita el brillante lucero de la mañana.
(1) Solamente los piadosos son susceptibles de ser abandonados. Los inicuos no saben lo que significa el amor de Dios, ni lo que es carecer de él. Saben lo que es carecer de salud, amigos, negocios, pero no lo que es carecer del favor de Dios. Temes no ser hijo de Dios porque has sido abandonado. No puede decirse que el Señor prive de su amor a los inicuos, porque estos nunca lo tuvieron. Ser abandonado evidencia que eres un hijo de Dios. ¿Cómo podrías quejarte de que Dios se ha apartado de ti, si no hubieras recibido en ocasiones sonrisas y muestras de amor por su parte?
(2) Puede existir la semilla de la gracia donde no existe la flor del gozo. La tierra puede carecer de una cosecha de trigo; sin embargo, puede tener una mina de oro en su interior. Un cristiano puede tener gracia interiormente, aunque no coma el dulce fruto del gozo. Hay barcos en el mar, cargados con abundancia de joyas y especias, que pueden estar en la oscuridad y zarandeados por la tormenta. Un alma enriquecida con los tesoros de la gracia puede, sin embargo, estar en la oscuridad del abandono, y zarandeada de tal modo que llegue a pensar que será abandonada en la tormenta. David, en un estado de desánimo, ora: “No quites de mí tu santo Espíritu” (Sal. 51:11). Él no ora, dice Agustín: “Señor, dame tu Espíritu”, sino: “No quites de mí tu Espíritu”, por lo que el Espíritu de Dios aún permanecía en él.
(3) Estos abandonos solamente son temporales. Cristo puede retraerse, y dejar el alma por un tiempo, pero volverá de nuevo. “Con un poco de ira escondí mi rastro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti” (Is. 54:8). Una vez que el agua haya bajado totalmente, la marea volverá de nuevo. “No contenderé para siempre, ni para siempre me enojaré; pues decaería ante mí el espíritu, y las almas que yo he creado” (Is. 57:16). La tierna madre aparta enojada a su hijo, pero lo tomará de nuevo en sus brazos y lo besará. Dios puede apartar el alma con enojo, pero la tomará de nuevo en sus tiernos brazos, y desplegará sobre ella el estandarte del amor.
(4) Estos abandonos obran para el bien de los piadosos. El abandono cura el alma de la pereza. Encontramos a la esposa echada en la cama de la pereza: “Yo dormía” (Cnt. 5:2). Y al momento Cristo desapareció. “Mi amado se había ido” (Cnt. 5:6). ¿Quién hablará a uno que está somnoliento?
El abandono cura el afecto desordenado por el mundo. “No améis al mundo” (1 Jn. 2:15). Podemos asir el mundo como un ramillete en nuestra mano, pero no debe permanecer demasiado cerca de nuestro corazón. Podemos utilizarlo como una posada donde tomamos una comida, pero no debe ser nuestro hogar. Quizá estas cosas seculares nos roban demasiado el corazón. Los hombres buenos están a veces enfermos de indigestión, y borrachos por las embriagadoras delicias de la prosperidad; y cuando han manchado sus plateadas alas de gracia, y desfigurado la imagen de Dios restregándolas contra la tierra, el Señor, para rescatarlos de esto, oculta su rostro en una nube. Este eclipse tiene efectos beneficiosos: oscurece toda la gloria del mundo, y la hace desaparecer.
El abandono obra para bien, al hacer que los santos aprecien más que nunca el semblante de Dios. “Mejor es tu misericordia que la vida” (Sal. 63:3). Sin embargo, la familiaridad con esta misericordia la devalúa en nuestra estimación. Cuando las perlas se hicieron corrientes en Roma, comenzaron a ser menospreciadas. Dios no tiene mejor manera de hacernos valorar su amor que retraerlo por un tiempo. Si el Sol brillara solamente una vez al año, ¡cómo sería apreciado! Cuando el alma se ha visto entenebrecida mucho tiempo por el abandono, ¡qué bienvenido es ahora el regreso del Sol de justicia!
El abandono obra para bien, al ser el medio de hacernos amargo el pecado. ¿Puede haber mayor desventura que incurrir en el desagrado de Dios? ¿En qué consiste el Infierno sino en que Dios oculte su rostro? ¿Y qué hace a Dios ocultar su rostro sino el pecado? “Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto” (Jn. 20:13). Así también, nuestros pecados se han llevado al Señor, y no sabemos dónde está. El favor de Dios es la mejor joya; puede endulzar una cárcel, y quitar a la muerte su aguijón. ¡Oh, qué odioso, pues, es el pecado que nos roba nuestra mejor joya! El pecado hizo que Dios abandonara su templo (Ez. 8:6). El pecado hace que se manifieste como un enemigo, y le reviste de una armadura. Esto hace que el alma persiga al pecado con un santo encarnizamiento, y busque ser vengada de él. El alma abandonada da a beber hiel y vinagre al pecado y, con la lanza de la mortificación, hace que se desangre.
El abandono obra para bien, al hacer llorar al alma por la pérdida de Dios. Cuando el Sol desaparece, cae el rocío; y cuando Dios desaparece, los ojos derraman lagrimas. ¡Qué turbado se vio Micaía cuando perdió a sus dioses! “Tomasteis mis dioses que yo hice y […] ¿qué más me queda?” (Jue. 18:24). Así también, cuando Dios desaparece, ¿qué más nos queda? No son el arpa y la viola los que pueden consolar cuando Dios desaparece. Si bien es triste carecer de la presencia de Dios, sin embargo, es bueno lamentar su ausencia.
El abandono hace que el alma busque a Dios. Cuando Cristo se marchó, la esposa le siguió; le buscó “por las calles” (Cnt. 3:2). Y no habiéndole encontrado, hizo sonar la alarma tras él. “¿Habéis visto al que ama mi alma?” (Cnt. 3:3). El alma abandonada lanza verdaderas andanadas de suspiros y quejidos. Llama a la puerta del Cielo mediante la oración; no puede tener descanso basta que brillen los rayos de oro del rostro de Dios.
El abandono hace que el cristiano inquiera. Inquiere por la causa de la partida de Dios. ¿Cuál es el nefasto motivo del enojo de Dios? Quizá el orgullo, quizá un empacho de los medios de gracia, quizá la mundanalidad. “Por la iniquidad de su codicia me enojé y le herí, escondí mi rostro” (Is. 57:17). Quizá hay algún pecado secreto consentido. Una piedra en la cañería obstaculiza la corriente de agua; así también, vivir en pecado obstaculiza la dulce corriente del amor de Dios. De esta manera, tras haber encontrado y dado alcance al pecado la conciencia como un sabueso, este Acán es muerto a pedradas.
El abandono obra para bien, al ofrecernos una visión de lo que Jesucristo sufrió por nosotros. Si el sorbo de la copa es amargo, ¿cuán amargo no sería lo que Cristo bebió en la Cruz? Él bebió una copa de veneno mortal, que le hizo clamar: “Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Nadie puede apreciar tanto los sufrimientos de Cristo, nadie puede sentir un amor tan fervoroso hacia Cristo, como aquellos que se han visto humillados por el abandono, y han sido expuestos a las llamas del Infierno por un tiempo.
El abandono obra para bien, al preparar a los santos para un futuro consuelo. Las cortantes heladas preparan el terreno para las flores de la primavera. El método de Dios consiste en abatir primero, para después consolar (2 Co. 7:6). Cuando nuestro Salvador había estado ayunando, entonces vinieron los ángeles y le ministraron. Cuando el Señor ha mantenido a su pueblo ayunando durante mucho tiempo, entonces envía al Consolador, y lo alimenta con el maná escondido. “Luz sembrada para el justo” (Sal. 97:11). El consuelo de los santos puede estar escondido como la semilla bajo la tierra, pero la semilla está germinando, y crecerá y florecerá hasta convertirse en una cosecha.
Estos abandonos obran para bien, al hacernos el Cielo más dulce. Aquí nuestros consuelos son como la Luna; a veces están llenos, a veces están menguantes. Dios se nos manifiesta por un tiempo, y después se retira de nosotros. ¡Cómo hará esto destacar más el Cielo, y lo hará más regocijante y arrebatador, cuando tengamos una constante manifestación de amor por parte de Dios! (1 Ts. 4:17).
Vemos, pues, que los abandonos obran para bien. El Señor nos lleva a las profundidades del abandono, para no llevamos a las profundidades de la condenación. Nos pone en un infierno aparente, para libramos de un infierno real. Dios nos está preparando para aquel tiempo en que gozaremos de sus sonrisas para siempre, cuando no habrá ni nubes en su rostro ni puestas de Sol, cuando Cristo vendrá y estará con su esposa, y la esposa nunca dirá otra vez: “Mi amado se ha ido”.


El mal del pecado obra para el bien de los piadosos

El pecado es condenable por naturaleza, pero Dios en su infinita sabiduría prevalece sobre él, y hace que surja el bien de aquello que parece lo más contrario al mismo. Ciertamente, es una maravilla que pueda manar miel de este león. Podemos entenderlo en un doble sentido.

(1) Los pecados de otros son invalidados para el bien de los piadosos. No es poca tribulación para un corazón bondadoso el vivir entre los inicuos. “¡Ay de mí, que moro en Mesec […]!” (Sal. 120:5). Sin embargo, aun esto lo vuelve el Señor en bien, pues:
(a) Los pecados de otros obran para el bien de los piadosos, al producir una santa tristeza. El pueblo de Dios llora por lo que no puede reformar. “Ríos de agua descendieron de mis ojos; porque no guardaban tu ley” (Sal. 119:136). David lamentaba los pecados de su tiempo; su corazón se había convertido en una fuente, y sus ojos en ríos. Los inicuos se divierten con el pecado. “¿Puedes gloriarte de eso?” (Jer. 11:15). Pero los piadosos son palomas sollozantes; se entristecen por los juramentos y las blasfemias del mundo. Los pecados de los demás atraviesan sus almas como lanzas. Esta tristeza por los pecados de otros es buena. Este lamento ofendido por los agravios contra nuestro Padre celestial evidencia un corazón como el de un niño. También evidencia un corazón como el de Cristo. Él se sintió “entristecido por la dureza de sus corazones” (Mr. 3:5). El Señor percibe de forma especial estas lágrimas; le complace que lloremos cuando su gloria resulta perjudicada. Demuestra más gracia entristecerse por los pecados de otros que por los nuestros. Podemos entristecernos por nuestros pecados por temor al Infierno, pero entristecerse por los pecados de otros es fruto de un principio de amor a Dios. Estas lágrimas caen como el agua de las rosas, son dulces y fragantes, y Dios las pone en su redoma.
(b) Los pecados de otros obran para el bien de los piadosos, al hacerles orar más contra el pecado. Si no hubiera tal espíritu de iniquidad por el mundo, quizá no habría tal espíritu de oración. Los pecados clamorosos dan lugar a oraciones que claman al Cielo. El pueblo de Dios ora contra la iniquidad de los tiempos, para que Dios refrene el pecado, para que ponga de manifiesto su oprobio. Si no pueden erradicar el pecado mediante sus oraciones, al menos oran contra él; y Dios valora esto bondadosamente. Se tomará nota de estas oraciones y serán recompensadas. Aunque no prevalezcamos en oración, no perderemos nuestras oraciones. “Mi oración se volvía a mi seno” (Sal. 35:13).
(c) Los pecados de otros obran para bien, al hacernos amar más la gracia. Los pecados de otros son un fondo sobre el que destaca más aún el brillo de la gracia: lo opuesto de una cosa la destaca; la deformidad hace destacar la hermosura. Los pecados de los inicuos les desfiguran mucho. La soberbia es un pecado deformante; ahora bien, ¡contemplar la soberbia de otro nos hace amar aún más la humildad! La malicia es un pecado deformante, es el retrato del diablo; cuanto más vemos de esto en otros, tanto más amamos la mansedumbre y la caridad. La embriaguez es un pecado deformante, convierte a los hombres en animales, priva del uso de la razón; cuanto más intemperantes vemos a otros, tanto más debemos amar la sobriedad. La negra cara del pecado hace destacar mucho más la hermosura de la santidad.
(d) Los pecados de otros obran para bien, al obrar en nosotros una mayor oposición al pecado. “Han invalidado tu ley. Por eso he amado tus mandamientos” (Sal. 119:126, 127). David no habría amado tanto la Ley de Dios, si los inicuos no se hubieran enfrentado a ella con tanto empeño. Cuanto más violentos son los otros contra la Verdad; tanto más valientemente están los santos a favor de ella. Los peces vivos nadan contra la corriente; cuanto más sube la marea, tanto más nadan los piadosos contra ella. Las impiedades de los tiempos provocan santas pasiones en los santos; la ira contra el pecado está libre de pecado. Los pecados de otros son como una piedra de afilar para agudizarnos; agudizan aún más nuestro celo e indignación contra el pecado.
(e) Los pecados de otros obran para bien, al hacernos más fervientes en ocupamos de nuestra salvación. Cuando vemos a los inicuos esforzándose tanto para el Infierno, esto nos hace más laboriosos para el Cielo. Los inicuos no tienen nada que les aliente, y sin embargo pecan. Se arriesgan a la vergüenza y la deshonra, se abren paso a pesar de toda la oposición. Tienen la Escritura y la conciencia en contra, tienen una espada de fuego en el camino, y sin embargo pecan. Los corazones piadosos, al ver a los inicuos así de enloquecidos por la fruta prohibida y extenuándose al servicio del diablo, se vuelven tanto más denodados y avivados en los caminos de Dios. Toman el Cielo, como si se dijera, por asalto. Los inicuos son dromedarias ligeras en el pecado (Jer. 2:23). ¿Y nos arrastraremos nosotros como caracoles en la religión? ¿Rendirán mayor servicio al diablo los pecadores impuros que nosotros a Cristo? ¿Irán ellos más apresuradamente a una cárcel que nosotros a un reino? ¿No se cansarán ellos nunca de pecar, y nos cansaremos nosotros de orar? ¿No tenemos nosotros un mejor Maestro que ellos? ¿No son agradables las sendas de la virtud? ¿No hay gozo en el camino del deber, y un cielo al final? La actividad de los hijos de Belial en el pecado es un estímulo para que los piadosos corrijan su ritmo y corran más deprisa hacia el Cielo.
(f) Los pecados de otros obran para bien, al ser espejos en los que podemos ver nuestros propios corazones. ¿Vemos a un pecador abominable e impío? Ahí tenemos un retrato de nuestros corazones. Así seríamos nosotros, si Dios nos dejara. Lo que está en la práctica de otros hombres está en nuestra naturaleza. El pecado en los inicuos es como el fuego en un faro, que fulgura y resplandece; el pecado en los piadosos es como el fuego en el rescoldo. Cristiano, aunque no prorrumpas en la llama escandalosa, no tienes motivos para enorgullecerte, pues hay mucho pecado encubierto en el rescoldo de tu naturaleza. Tienes la raíz de la amargura dentro de ti, y daría un fruto tan infernal como cualquier otra, si Dios no te doblegara por su poder, o te transformara por su gracia.
(g) Los pecados de otros obran para bien, al ser el medio para hacer al pueblo de Dios más agradecido. Cuando vemos a otro infectado con la plaga, ¡qué agradecidos estamos de que Dios nos haya preservado de ella! Volvernos más agradecidos es una buena forma de utilizar los pecados de otros. ¿Por qué no podría Dios habernos dejado en el mismo desenfreno descontrolado? Reflexiona, cristiano, ¿por qué debería Dios serte más propicio a ti que a otro? ¿Por qué debería sacarte a ti del olivo silvestre de la Naturaleza, y no a él? ¡Cómo puede esto hacerte adorar la libre gracia! Lo que el fariseo dijo con orgullo nosotros lo decimos con gratitud: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros […]” (Lc. 18:11). Así, pues, deberíamos adorar las riquezas de la gracia por no ser como otros: borrachos, maldicientes, quebrantadores del día de reposo. Cada vez que veamos a los hombres entregándose al pecado, hemos de bendecir a Dios por que no somos como los tales. Si vemos a una persona fuera de sí, bendecimos a Dios por que no nos ocurre lo mismo; mucho más, cuando vemos a otros bajo el poder de Satanás, deberíamos reconocer con gratitud que no es esa nuestra condición. No nos tomemos el pecado a la ligera.
(h) Los pecados de otros obran para bien, al ser el medio para mejorar al pueblo de Dios. Cristiano, Dios puede hacer que salgas ganando mediante el pecado de otro. Cuanto más impíos sean los demás, tanto más santo deberías ser tú. Cuanto más se entrega el inicuo al pecado, tanto más se entrega el hombre piadoso a la oración. “Mas yo oraba” (Sal. 109:4).
(i) Los pecados de otros obran para bien, al darnos una oportunidad para hacer el bien. Si no hubiera pecadores, no tendríamos tanta capacidad de servicio. Con frecuencia, los piadosos son el medio para convertir a los inicuos; su prudente consejo y piadoso ejemplo son una atracción y un cebo para atraer a los pecadores al abrazo del Evangelio. La enfermedad del paciente obra para el bien del médico; al vaciar de abscesos nocivos al paciente, el medico se enriquece; así también, al hacer volver a los pecadores del error de su camino, nuestra corona se hace mayor. “Resplandecerán […] los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Dn. 12:3). No como lámparas o velas, sino como las estrellas perpetuas. De esta manera, vemos cómo los pecados de otros son invalidados para nuestro bien.

(2) La conciencia de su propio pecado será invalidada para el bien de los piadosos. Así, nuestros propios pecados obrarán para bien. Esto debe entenderse con cuidado, cuando digo que los pecados de los piadosos obran para bien, no digo que haya el más mínimo bien en el pecado. El pecado es como veneno, que corrompe la sangre, infecta el corazón y que, sin un antídoto eficaz, acarrea la muerte. Tal es la venenosa naturaleza del pecado, es mortal y condenatoria. El pecado es peor que el Infierno, pero sin embargo, Dios, mediante su gran poder para invalidar, hace que el pecado resulte para el bien de su pueblo. De ahí esa afortunada frase de Agustín: “Dios nunca permitiría el mal, si no pudiera sacar bien del mal”. El sentimiento de pecado en los santos obra para bien de varias maneras.
(a) El pecado les hace sentir hastío de esta vida. Es triste que haya pecado en los piadosos, pero es bueno que este sea una carga. Las aflicciones de S. Pablo (perdón por la expresión) no eran para él sino un juego en comparación con su pecado. Él se regocijaba en la tribulación (2 Co. 7:4). ¡Pero cómo lloraba y se lamentaba bajo el peso de sus pecados esta ave del paraíso! “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro. 7:24). Un creyente lleva sus pecados como un preso sus cadenas; ¡oh, cómo anhela el día de la liberación! Este sentimiento de pecado es bueno.
(b) Esta corrupción interior hace que los santos aprecien más a Cristo. Aquel que siente su pecado, como un enfermo siente su enfermedad, ¡cuán bienvenido le resulta Cristo el médico! A aquel que se siente mordido por el pecado, ¡cuán preciosa le resulta la serpiente de bronce! Tras haber clamado Pablo desde un cuerpo de muerte, ¡qué agradecido estaba a Cristo! “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Ro. 7:25). La sangre de Cristo salva del pecado, ¡y es el sagrado ungüento que cura de esta infección!
(c) Este sentimiento de pecado obra para bien, al ofrecer la oportunidad de inducir al alma a realizar seis deberes especiales:
(1) Induce al alma al autoexamen. Un hijo de Dios consciente del pecado toma la vela y la lámpara de la Palabra, y examina su corazón. Desea conocer lo peor de sí mismo; al igual que un hombre con una enfermedad corporal desea conocer lo peor de su enfermedad. Si bien nuestro gozo reside en el conocimiento de nuestras virtudes, sin embargo, obtenemos algún beneficio del conocimiento de nuestras corrupciones. Por tanto, Job ora: “Hazme entender mi transgresión y mi pecado” (Job 13:23). Es bueno conocer nuestros pecados, para que no nos congratulemos, o consideremos nuestro estado como mejor de lo que es. Es bueno dar alcance a nuestros pecados, no sea que ellos nos den alcance a nosotros.
(2) La inherencia del pecado induce al hijo de Dios a la humildad. El pecado permanece en un hombre piadoso como un cáncer en el pecho, o una joroba en la espalda, para mantenerle libre de orgullo. La grava es buena para lastrar un barco y evitar que vuelque; el sentimiento de pecado ayuda a lastrar el alma para que la vanagloria no la vuelque. Leemos acerca de la mancha de los hijos de Dios (Dt. 32:5). Cuando un hombre piadoso contempla su condición en el espejo de la Escritura, y ve las manchas de la infidelidad y la hipocresía, esto hace que caigan las plumas del orgullo; son manchas humillantes. Podemos hacer un buen uso aun de nuestros pecados, cuando estos nos infunden un bajo concepto de nosotros mismos. Es mejor el pecado que nos vuelve humildes que el deber que nos vuelve orgullosos. El santo Bradford pronunció estas palabras acerca de sí mismo: “Soy un hipócrita pintado”; y Hooper dijo: “Señor, yo soy el Infierno, y tú el Cielo”.
(3) El pecado induce al hijo de Dios a la autocrítica; pronuncia una sentencia contra sí mismo. “Ciertamente más rudo soy yo que ninguno” (Pr. 30:2). Es peligroso juzgar a otros, pero es bueno juzgarnos a nosotros mismos. “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Co. 11:31). Cuando alguien se juzga a sí mismo, Satanás se queda sin trabajo. Cuando acusa de algo a un santo, este puede replicar y decir: “Es cierto, Satanás, soy culpable de estos pecados, pero ya me he juzgado a mí mismo por ellos; y habiéndome condenado a mi mismo en el tribunal ordinario de la conciencia, Dios me absolverá en el tribunal supremo del Cielo”.
(4) El pecado induce al hijo de Dios a tener un conflicto interior. El yo espiritual está en conflicto con el yo carnal. “El deseo de la carne es contra el Espíritu” (Gá. 5:17). Nuestra vida es una vida de tránsito y de lucha; hay un duelo diario entre las dos simientes. El creyente no deja que el pecado tome posesión apaciblemente. Si no puede mantener fuera el pecado, lo mantendrá bajo control; si bien no puede vencer completamente, sin embargo, es vencedor. “Al que venciere” (Ap. 2:7).
(5) El pecado induce al hijo de Dios a observarse a sí mismo. Sabe que el pecado es un traidor nato; se observa, pues, cuidadosamente a sí mismo. Un corazón sutil necesita un ojo vigilante. El corazón es como un castillo que está en peligro de ser asaltado cada hora; esto hace que el hijo de Dios sea siempre un centinela y monte guardia alrededor de su corazón. El creyente ejerce una estricta vigilancia sobre sí mismo, no sea que caiga estrepitosamente, y así abra una compuerta por la que se escape todo su consuelo.
(6) El pecado induce al alma a reformarse a sí misma. El hijo de Dios no solo detecta el pecado, sino que lo expulsa. Pone un pie sobre el cuello de sus pecados, y el otro pie lo vuelve a los testimonios de Dios (Sal. 119:59). De esta manera los pecados de los piadosos obran para bien. Dios convierte las enfermedades de los santos en sus medicinas.
Sin embargo, que nadie ABUSE de esta doctrina. No digo que el pecado obre para el bien de un impenitente. No, obra para su condenación, pero obra para el bien de los que aman a Dios; y sé que tú, que eres piadoso, NO sacarás una conclusión errónea de esto, ya sea para tomarte el pecado a la ligera, o para aventurarte en él. Si así lo hicieras, Dios te haría pagarlo caro. Recuerda a David: él se aventuró temerariamente en el pecado, ¿y qué consiguió? Perdió su paz, sintió los terrores del Omnipotente en su alma, aunque tenía todos los medios para estar alegre. Era rey; tenía dones para la música, sin embargo, nada podía proporcionarle consuelo; se lamenta de sus huesos abatidos (Sal. 51:8). Y, si bien al final salió de aquella oscura nube, algunos teólogos opinan que jamás recuperó su pleno gozo hasta el día de su muerte. Si algún hijo de Dios se mezclara con el pecado porque Dios puede convertirlo en bien, aunque el Señor no le condene, puede enviarle al infierno en esta vida. Puede someterle a unas angustias y convulsiones espirituales tan amargas que le llenen de horror y le pongan al borde de la desesperación. Sirva esto de espada encendida para impedirle acercarse al árbol prohibido.
Y de esta manera he mostrado que tanto las mejores cosas como las peores, mediante la mano del gran Dios que las invalida, cooperan para el bien de los santos.
Una vez más lo digo: NO TE TOMES A LA LIGERA EL PECADO.

La Razón De Que Todas Las Cosas Obren Para Bien


La gran razón…

de que todas las cosas obren para bien, es el gran interés que Dios tiene en su pueblo. El Señor ha hecho un pacto con ellos. “Me serán por pueblo, y yo seré a ellos por Dios” (Jer. 32:38). En virtud de este pacto, todas las cosas obran y deben obrar para el bien de ellos. “Yo soy Dios, el Dios tuyo” (Sal. 50:7). Esta frase, “el Dios tuyo”, es la frase más dulce en la Biblia, implica las mejores relaciones; y es imposible que existan estas relaciones entre Dios y su pueblo sin que todas las cosas obren para el bien de ellos. Esta expresión, “el Dios tuyo”, implica:
(1) La relación de un médico: “El Médico tuyo”. Dios es un Médico competente. Él sabe qué es lo mejor: Dios observa los diferentes temperamentos de los hombres, y sabe qué es lo que obrará más eficazmente. Algunos tienen una disposición más dulce, y son atraídos por la misericordia. Otros son más toscos y difíciles; Dios trata a estos de forma más enérgica. Algunas cosas se conservan en azúcar, otras en salmuera. Dios no trata a todos por igual; tiene pruebas para los fuertes y tónicos para los débiles. Dios es un Médico fiel y, por tanto, hace mejor uso de todo. Si Dios no te da lo que quieres, te dará lo que necesitas. Un médico no trata tanto de agradar el paladar del paciente como de curar su enfermedad. Nos quejamos de las duras pruebas que tenemos que soportar; recordemos que Dios es nuestro Médico y que, por tanto, trabaja para curarnos más que para complacemos. El proceder de Dios para con sus hijos, aunque sea doloroso, es seguro, y tiene como objeto curar; “para a la postre hacerte bien” (Dt. 8:16).
(2) Esta frase, “el Dios tuyo”, implica la relación de un Padre. Un padre ama a su hijo; por tanto, ya sea una sonrisa o un golpe, es para el bien del hijo. “Yo soy tu Dios; tu Padre; por tanto, hago todo esto para tu bien”. “Como castiga el hombre a su hijo, así el Señor tu Dios te castiga” (Dt. 8:5). El castigo de Dios no tiene el propósito de destruir, sino de reformar. Dios no puede hacer daño a sus hijos, porque es un Padre de corazón tierno: “Como el Padre se compadece de los hijos, se compadece el Señor de los que le temen” (Sal. 103:13). ¿Buscará un padre la ruina de su hijo, el hijo que procede de él, que lleva su imagen? En su hijo invierte todo su cuidado y su talento; ¿a quién le deja la herencia, sino a su hijo? Dios es el tierno “Padre de misericordia” (2 Co. 1:3). Él engendra todas las misericordias y bondades en las criaturas.
Dios es un Padre eterno (Is. 9:6). Era ya nuestro Padre desde la eternidad; antes de que fuésemos hijos, Dios era nuestro Padre, y será nuestro Padre por la eternidad. Un padre provee para su hijo mientras vive; pero el padre muere y entonces el hijo puede verse expuesto a algún perjuicio. Pero Dios nunca cesa de ser Padre. Tú, que eres creyente, tienes un Padre que nunca muere; y si Dios es tu Padre, nunca puedes verte perdido. Todas las cosas tienen que obrar para tu bien.
(3) Esta frase, “el Dios tuyo”, implica la relación de un Marido. Esta es una relación estrecha y dulce. El marido busca el bien de su esposa; sería antinatural que buscara su destrucción: “Nadie aborreció jamás a su propia carne” (Ef. 5:29). Hay una relación matrimonial entre Dios y su pueblo: “Tu marido es tu Hacedor” (Is. 54:5). Dios ama cabalmente a los suyos. Los tiene esculpidos en las palmas de sus manos (Is. 49:16). Los tiene puestos como un sello sobre su corazón (Cnt. 8:6). Dará reinos por su rescate (Is. 43:3). Esto muestra cuán cerca están de su corazón. Si Él es un Marido cuyo corazón está lleno de amor, entonces buscará el bien de su esposa. O bien la escudará de un daño, o lo tomará para lo mejor.
(4) Esta frase, “el Dios tuyo”, implica la relación de un Amigo. “Tal es mi amigo” (Cnt. 5:16). Un amigo es — como dice Agustín— la mitad de nuestro ser. Procura y desea hacer bien a su amigo de alguna manera; busca su bienestar como el suyo propio. Jonatán se aventuró a incurrir en el desagrado del rey por su amigo David (1 S. 19:4). Dios es nuestro Amigo; por tanto, hará que todas las cosas se tornen para nuestro bien. Hay falsos amigos; Cristo fue traicionado por un amigo; pero Dios es el mejor Amigo.
Él es un Amigo fiel. “Conoce, pues, que el Señor tu Dios es Dios, Dios fiel” (Dt. 7:9). Él es fiel en su amor. Nos dio su mismísimo corazón cuando dio al Hijo de su seno. Esto fue un modelo de amor sin igual. Él es fiel en sus promesas: “Dios, que no miente, prometió” (Tit. 1:2). Puede cambiar su promesa, pero no puede quebrantarla. Él es fiel en su proceder, cuando aflige es fiel. “Conforme a su fidelidad me afligiste” (Sal. 119:75). Nos está cribando y refinando como a plata (Sal. 66:10).
Dios es un Amigo inmutable. “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). A menudo, los amigos nos fallan en caso de apuro. Muchos tratan a sus amigos como las mujeres a las flores; mientras están frescas las ponen en su seno, pero cuando empiezan a marchitarse las desechan. O como hace el viajero con el reloj de Sol; si el Sol brilla sobre el reloj, el viajero se toma la molestia de mirar el reloj; pero si el Sol no brilla sobre el mismo, lo deja de lado y no le presta ninguna atención. Así también, si brilla la prosperidad sobre los hombres, entonces los amigos los toman en consideración; pero si hay una nube de adversidad sobre ellos, no se les acercan. Pero Dios es un Amigo para siempre; Él ha dicho: “No te desampararé”. Aunque David anduvo en la sombra de muerte, sabía que tenía a un Amigo a su lado. “No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Sal. 23:4). Dios nunca aparta totalmente su amor de su pueblo. “Los amó hasta el fin” (Jn. 13:1). Siendo Dios tal Amigo, hará que todas las cosas obren para nuestro bien. No hay amigo que no busque el bien de su amigo.
(5) Esta frase, “el Dios tuyo”, implica una relación aún más estrecha, la relación entre la Cabeza y los miembros. Existe una unión mística entre Cristo y los santos. A Él se le llama “cabeza de la iglesia” (Ef. 5:23). ¿No procura la cabeza el bien del cuerpo? La cabeza guía al cuerpo, lo comprende, es la fuente del ánimo, envía influencia y consuelo al cuerpo. Todas las partes de la cabeza están colocadas para el bien del cuerpo. El ojo está puesto, por así decirlo, en la atalaya, está de centinela para observar cualquier peligro que pueda venirle al cuerpo, e impedirlo. La lengua es tanto una catadora como una oradora. Si el cuerpo es un microcosmos, o un mundo en miniatura, la cabeza es el Sol de este mundo, de la cual procede la luz de la razón. La cabeza está colocada para el bien del cuerpo. Cristo y los santos forman un cuerpo místico. Nuestra Cabeza está en el Cielo y, ciertamente, no permitirá que su cuerpo sufra daño alguno, sino que procurará su seguridad, y hará que todas las cosas obren para el bien del cuerpo místico.


Inferencias de la proposición de que todas las cosas obran para el bien de los santos

(1) Si todas las cosas obran para bien, de ello aprendemos que hay una providencia. Las cosas no obran por sí mismas, sino que Dios las hace obrar para bien. Dios es el gran Dispensador de todos los acontecimientos. Él hace que funcionen todas las cosas. “Su reino domina sobre todos” (Sal. 103:19). Esto se refiere a su reino providencial. Las cosas no son gobernadas en este mundo por causas secundarias, por los planes de los hombres, por las estrellas y por los planetas, sino por la providencia divina. La providencia es la reina y gobernadora del mundo. Hay tres cosas en la providencia: la presciencia de Dios, la determinación de Dios y la dirección que tiene Dios de todas las cosas en cuanto a sus períodos y eventos. Cualesquiera que sean las cosas que funcionan en el mundo, Dios las hace funcionar. Leemos en el capítulo 1 de Ezequiel acerca de las ruedas, y los ojos en las ruedas, y el movimiento de las ruedas. Las ruedas son el universo entero; los ojos en las ruedas son la providencia de Dios; el movimiento de las ruedas es la mano de la Providencia, que hace girar todas las cosas aquí abajo. Lo que algunos llaman azar no es sino el resultado de la providencia.
Aprendamos a adorar la providencia. La providencia influye en todas las cosas aquí abajo. Es esta la que mezcla los ingredientes, y forma todo el conjunto.

(2) Observemos el feliz estado de todo hijo de Dios. Todas las cosas obran para su bien, las mejores y las peores. “Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos” (Sal. 112:4). Las providencias más oscuras y sombrías de Dios contienen luz. ¡En qué bienaventurada situación se encuentra el verdadero creyente! Cuando muere va a Dios; y mientras vive, todo le hace bien. La aflicción es para su bien. ¿Qué daño le hace el fuego al oro? Solamente lo purifica. ¿Qué daño le hace el aventador al trigo? Solo lo separa de la paja. ¿Qué daño hacen las sanguijuelas al cuerpo? Solo succionan la sangre mala. Dios nunca utiliza su vara sino para sacudir el polvo. La aflicción hace lo que la Palabra muchas veces no hace, “despierta […] el oído de ellos para la corrección” (Job 36:10). Cuando Dios hace que los hombres se tiendan sobre sus espaldas, entonces miran al Cielo. Cuando Dios golpea a su pueblo es como cuando el músico toca el violín, lo que produce un sonido melodioso. ¡Cuánto bien les viene a los santos mediante la aflicción! Cuando son molidos y quebrantados, desprenden su más dulce olor. La aflicción es una raíz amarga, pero da un fruto dulce. “Da fruto apacible de justicia” (He. 12:11). La aflicción es el camino al Cielo; aunque sea pedregoso y espinoso, es el mejor camino. La pobreza mata de hambre a nuestros pecados; la enfermedad hace que la gracia sea más beneficiosa (2 Co. 4:16). El vituperio hace que el glorioso Espíritu de Dios repose sobre nosotros (1 P. 4:14). La muerte cerrará la redoma de las lágrimas y abrirá la puerta del Paraíso. El día de la muerte del creyente es el día de su ascenso a la gloria; por lo cual, los santos han puesto sus aflicciones en el inventario de sus riquezas (He. 11:26). Temístocles, tras haber sido desterrado de su propio país, obtuvo el favor del rey de Egipto, con motivo de lo cual dijo: “Habría perecido, de no haber perecido”. Hay tantos hijos de Dios que dicen: “Si no hubiera sido afligido, habría sido destruido; si no hubiera perdido mi salud y mis posesiones, habría perdido mi alma”

(3) Vemos, pues, qué estimulo tenemos para ser piadosos. Todas las cosas obrarán para bien. ¡Oh, que esto induzca al mundo a amar la religión! ¿Puede haber mayor imán para la piedad? ¿Existe algo que favorezca más nuestra benignidad que el hecho de que todas las cosas obrarán para nuestro bien? La religión es la verdadera piedra filosofal que convierte todo en oro. Tomemos el aspecto más amargo de la religión, el aspecto del sufrimiento, y veremos que hay consuelo en él. Dios endulza el sufrimiento con el gozo; dulcifica nuestro ajenjo con azúcar. ¡Oh, qué soborno es este para que seamos piadosos! “Vuelve ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien” (Job 22:21). Nadie perdió jamás nada por su amistad con Dios. Por medio de esto te vendrá el bien, un bien abundante, las dulces destilaciones de la gracia, el maná escondido; sí, todo obrará para bien. ¡Oh!, consigue, pues, la amistad de Dios, obtén su interés.

(4) Advirtamos la desdichada condición de los inicuos. Para quienes son piadosos, las cosas malas obran para bien; para los malvados, las cosas buenas obran para su perjuicio.
(a) Las cosas temporales buenas obran para perjuicio de los inicuos. Las riquezas y la prosperidad no son beneficios sino lazos, como dice Séneca. Las cosas mundanas les son dadas a los inicuos, como Mical fue dada a David, para que les sean por lazo (1 S. 18:21). Se dice que al buitre el perfume le hace sentir enfermo; lo mismo les sucede a los inicuos con el agradable perfume de la prosperidad. Sus misericordias son como el pan envenenado que se da a los perros; sus mesas están servidas suntuosamente, pero hay un anzuelo bajo el cebo: “Sea su convite delante de ellos por lazo” (Sal. 69:22). Todos sus goces son como las codornices de Israel, que estaban sazonadas con la ira de Dios (Nm. 11:33). El orgullo y el lujo son los hermanos gemelos de la prosperidad. “Engordaste” (Dt. 32:15). Entonces abandonó a Dios. Las riquezas no solo son como la telaraña, inservibles, sino como el huevo de la serpiente, perniciosas. “Las riquezas guardadas por sus dueños para su mal” (Ec. 5:13). Las misericordias ordinarias que tienen los inicuos no son piedras de imán para atraerles a Dios, sino piedras de molino para hundirles más profundamente en el Infierno (1 Ti. 6:9). Sus deliciosos manjares son como el banquete de Amán; después de toda su fiesta señorial, la muerte pasará la cuenta, y tendrán que pagarla en el Infierno.
(b) Las cosas espirituales buenas obran para perjuicio de los inicuos. Estos liban veneno de la flor de las bendiciones celestiales.
Los ministros de Dios obran para perjuicio suyo. El mismo viento que empuja un barco hacia el puerto, empuja a otro barco hacia una roca. El mismo aliento en el ministerio que empuja a un hombre piadoso hacia el Cielo, empuja a un pecador profano al Infierno. Los que vienen con la Palabra de vida en sus bocas, son, sin embargo, para muchos olor de muerte. “Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos” (Is. 6:10). El profeta fue enviado con un mensaje triste, predicarles un sermón fúnebre. A los inicuos les va peor con la predicación. “Ellos aborrecieron al reprensor en la puerta de la ciudad” (Am. 5:10). Los pecadores se entregan más al pecado; ya puede decir Dios lo que quiera, que ellos harán lo que les plazca. “La palabra que nos has hablado en nombre del Señor, no la oiremos de ti” (Je. 44:16). La palabra predicada no es sanadora, sino endurecedora. ¡Y qué terrible es que los hombres se hundan en el Infierno por medio de sermones!
La oración obra para perjuicio suyo. “El sacrificio de los impíos es abominación al Señor” (Pr. 15:8). El inicuo está en un gran aprieto: si no ora, peca, si ora, peca. “Su oración sea para pecado” (Sal. 109:7). Sería un desventurado juicio si todo el alimento que un hombre comiese se convirtiera en abscesos, y engendrara enfermedades en el cuerpo; así es con el inicuo. La oración que debiera hacerle bien, obra para su perjuicio; ora contra el pecado, y peca contra su oración; sus deberes están manchados de ateísmo, cubiertos de hipocresía. Dios los aborrece.
La Cena del Señor obra para su perjuicio. “No podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. ¿O provocaremos a celos al Señor?” (1 Co. 10:21, 22). Algunos profesantes continuaban con sus fiestas idolátricas; sin embargo, venían a la mesa del Señor. El Apóstol está diciendo: “¿Provocáis a ira al Señor?”. Las personas profanas banquetean en pecado; sin embargo, quieren venir a banquetear a la mesa del Señor. Esto es provocar a Dios. Para el pecador hay muerte en la copa, “juicio come y bebe para si” (1 Co. 11:29). De esta manera, la Cena del Señor obra para perjuicio de los pecadores impenitentes. Después del bocado, Satanás entra.
Cristo mismo obra para perjuicio de los pecadores perdidos. Él es “piedra de tropiezo y roca que hace caer” (1 P. 2:8). Lo es por la depravación de los corazones de los hombres; pues en lugar de creer en Él, tropiezan en Él. El Sol, aunque es puro y agradable por naturaleza, es dañino para los ojos irritados. Jesucristo está puesto para caída, al igual que para levantamiento, de muchos (Lc. 2:34). Los pecadores tropiezan en un Salvador, y arrancan la muerte del árbol de la vida. Al igual que los aceites químicos hacen recuperarse a algunos pacientes, pero destruyen a otros, así también la sangre de Cristo, aunque para algunos es medicina, para otros es condenación. Esta es la sin igual desdicha de aquellos que viven y mueren en pecado. Las mejores cosas obran para perjuicio suyo; los estimulantes mismos matan.

(5) Aquí vemos la sabiduría de Dios, que puede hacer que las peores cosas imaginables se tornen para el bien de los santos. Mediante una alquimia divina, puede extraer oro de la escoria. “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!” (Ro. 11:33). Dios tiene el gran propósito de proclamar la maravilla de su sabiduría. El Señor convirtió la cárcel de José en un escalón para su ascenso. No había manera de que Jonás se salvase, sino siendo tragado. Dios permitió que los egipcios aborreciesen a Israel (Sal. 106:41), y este fue el medio de su liberación. El apóstol Pablo estaba atado con una cadena, y aquella cadena que le ataba fue el medio para extender el Evangelio (Fil. 1:12). Dios enriquece empobreciendo; hace que aumente la gracia disminuyendo las posesiones. Cuando las cosas materiales se alejan de nosotros, es para que Cristo se acerque más a nosotros. Dios obra de forma extraña; produce orden a partir de la confusión, y armonía a partir de la discordancia. Frecuentemente utiliza a hombres injustos para hacer lo que es justo. “Él es sabio de corazón” (Job 9:4). Puede cosechar su gloria del furor de los hombres (Sal. 76:10). O bien los inicuos no causan el perjuicio que se proponían, o hacen el bien que no se proponían. A menudo, Dios ayuda cuando menos esperanza hay, y salva a su pueblo de una manera que ellos consideran destructiva. Utiliza la malicia del sumo sacerdote y la traición de Judas para redimir al mundo. Por nuestras necias pasiones somos propensos a encontrar fallos en las cosas que ocurren lo cual es como si un analfabeto criticara la filosofía, o un ciego sacara defectos al cuadro de un paisaje. “El hombre vano se hará entendido” (Job 11:12). Los animales necios censurarán la Providencia, y llevarán la sabiduría de Dios al tribunal de la razón. Los caminos de Dios son “inescrutables” (Ro. 11:33); han de ser admirados en lugar de sondeados. No existe ninguna providencia de Dios que no contenga misericordia o maravilla. ¡Qué estupenda e infinita es esa sabiduría que hace que las más adversas situaciones obren para el bien de sus hijos!

(6) ¡Aprendamos, pues, qué pocos motivos tenemos para estar descontentos con nuestras pruebas y eventualidades exteriores! ¿Cómo?, ¿descontentos con aquello que nos hará bien? Todas las cosas obrarán para bien. No hay pecados a los que los creyentes sean más propensos que la incredulidad y la impaciencia. Están inclinados a desfallecer por incredulidad o a impacientarse. Cuando los hombres se enojan contra Dios por descontento e impaciencia es señal de que no creen este texto. El descontento es un pecado de ingratitud, porque tenemos más misericordias que aflicciones; y es un pecado irracional, porque las aflicciones obran para bien. El descontento es un pecado que nos acarrea más pecado. “No te excites en manera alguna a hacer lo malo” (Sal. 37:8). El que se excita está pronto a hacer lo malo; un Jonás irritado era un Jonás pecador (Jon. 4:9). El diablo sopla las brasas de la pasión y el descontento, y luego se calienta al fuego. ¡Oh, no alberguemos esta furiosa víbora en nuestro pecho! Que este texto produzca paciencia: “A los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien” (Ro. 8:28). ¿Estaremos descontentos con aquello que obra para nuestro bien? Si un amigo le arrojara una bolsa con dinero a otro, y al arrojarla le arañase la cabeza, no se preocuparía demasiado, al ver que por este medio había conseguido una bolsa con dinero. Así también, el Señor puede herimos mediante aflicciones, pero es para enriquecernos. Estas aflicciones producen en nosotros un peso de gloria, ¿y estaremos descontentos?

(7) Vemos cumplida aquí este versículo de la Escritura: “Es bueno Dios para con Israel” (Sal. 73:1). Cuando consideramos las providencias adversas, y vemos al Señor cubriendo a su pueblo de cenizas, y embriagándolo de ajenjos (Lm. 3:15), podemos sentirnos inclinados a cuestionar el amor de Dios, y decir que trata con dureza a su pueblo. Pero, ¡oh, no!, a pesar de todo, Dios es bueno para con Israel, porque hace que todas las cosas obren para bien. ¿No es Él un Dios bueno, que torna todo en bien? Él echa fuera el pecado e introduce la gracia; ¿no es esto bueno? “Somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo” (1 Co. 11:32). La profundidad de la aflicción es para salvarnos de la profundidad de la condenación. Justifiquemos siempre a Dios; cuando nuestra condición exterior sea peor que nunca, digamos: “Sin embargo, Dios es bueno”.

(8) Observemos qué motivos tienen los santos para ocuparse frecuentemente en la acción de gracias. En esto los cristianos son deficientes; aunque se aplican mucho a la súplica, se aplican poco a la acción de gracias. El Apóstol dice: “Dad gracias en todo” (1 Ts. 5:18). ¿Por qué? Porque Dios hace que todo obre para nuestro bien. Le damos las gracias al médico, aunque nos dé una medicina amarga que nos haga vomitar, porque es para ponernos bien; le damos las gracias a cualquier hombre que nos haga un buen servicio; ¿y no le daremos las gracias a Dios, que hace que todo obre para nuestro bien? Dios ama al cristiano agradecido. Job le dio las gracias a Dios cuando le quitó todo: “El Señor quitó; sea el nombre del Señor bendito” (Job 1:21). Muchos le dan las gracias a Dios cuando da; Job le dio las gracias cuando quitó, porque sabía que Dios haría que obrase para bien. Leemos acerca de los santos con arpas en las manos (Ap. 14:2), un emblema de alabanza. Vemos a muchos cristianos con lágrimas en los ojos y quejas en la boca; pero hay pocos con arpas en las manos, que alaben a Dios en la aflicción. Ser agradecido en la aflicción es una obra propia del santo. Toda ave puede cantar en la primavera, pero algunas aves cantan en el crudo invierno. Casi todos pueden estar agradecidos en la prosperidad, pero un verdadero santo puede estar agradecido en la adversidad; el buen cristiano bendice a Dios no solo en la aurora, sino también en el crepúsculo. Bien podemos, en la peor adversidad, cantar un salmo de acción de gracias, porque todas las cosas obran para bien. ¡Oh, apliquémonos a bendecir a Dios!; demos gracias a Aquel que nos brinda su amistad.

(9) Pensemos que, si las peores cosas obran para el bien del creyente, ¡qué no harán las mejores cosas: Cristo y el Cielo! ¡Cuánto más obrarán estos para bien! Si la cruz conlleva tanto bien, ¿qué no conlleva la corona? Si tan preciosos racimos se crían en el Gólgota; ¿cuán delicioso no será el fruto que se cría en Canaán? Si hay dulzura en las aguas de Mara, ¿qué no habrá en el vino del Paraíso? Si la vara de Dios tiene miel en su extremo, ¿qué no tendrá su cetro de oro? Si el pan de aflicción es tan sabroso, ¿qué no será el maná?, ¿qué no será la ambrosía celestial? Si el golpe y el azote de Dios obran para bien, ¿qué no harán la sonrisas de su rostro? Si las tentaciones y los sufrimientos son motivo de gozo, ¿qué no será la gloria? Si hay tanto bien en el mal, ¿qué no será ese bien donde no habrá ningún mal? Si las misericordias disciplinarias de Dios son tan grandes, ¿qué no serán sus misericordias supremas? Por tanto, alentémonos los unos a los otros con estas palabras.

(10) Consideremos que si Dios hace que todas las cosas se tornen para nuestro bien, ¡qué apropiado no será que nosotros hagamos que todas las cosas redunden para su gloria! “Hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31). Los ángeles glorifican a Dios, cantan himnos divinos de alabanza. ¡Cuánto, pues, debe glorificarlo el hombre, por quien Dios ha hecho más que por los ángeles! Nos ha dignificado por encima de ellos al unir nuestra naturaleza a la divinidad. Cristo murió por nosotros, y no por los ángeles. El Señor no solo nos ha dado del fondo común de su liberalidad, sino que nos ha enriquecido con las bendiciones del pacto, nos ha concedido su Espíritu. Él procura nuestro bienestar, hace que todo obre para nuestro bien; la libre gracia ha ideado un plan para nuestra salvación. Si Dios busca nuestro bien, ¿no buscaremos nosotros su gloria?
Pregunta. ¿Cómo puede decirse con propiedad que nosotros glorificamos a Dios? Él es infinito en sus perfecciones, y no puede recibir un incremento por nuestra parte.
Respuesta. Es cierto que, en un sentido estricto, no podemos proporcionar gloria a Dios, pero en un sentido evangélico podemos. Cuando hacemos lo que está de nuestra parte para ensalzar el nombre de Dios en el mundo, y hacemos que otros tengan pensamientos elevados y reverentes acerca de Dios, esto lo interpreta el Señor como una glorificación de Él; de la misma manera en que se dice que alguien deshonra a Dios cuando hace que el nombre de Dios sea vilipendiado.
Se dice que promovemos la gloria de Dios de tres maneras: (1) Cuando tenemos su gloria como meta; cuando le concedemos el primer lugar en nuestros pensamientos, y hacemos de Él nuestro objetivo final. Tal como todos los ríos corren al mar, y todas las líneas se encuentran en el centro, así también todas nuestras acciones terminan y se centran en Dios. (2) Promovemos la gloria de Dios siendo fructíferos en la gracia. “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto” (Jn. 15:8). La esterilidad refleja deshonra sobre Dios. Glorificamos a Dios cuando crecemos en hermosura como el lirio, en altura como el cedro, en fecundidad. como la vid. (3) Glorificamos a Dios cuando le damos la alabanza y la gloria de todo lo que hacemos. Fue un discurso excelente y humilde el de cierto rey de Suecia; temía que el pueblo le atribuyera a él la gloria debida a Dios, y esto le hiciera ser destronado antes de acabar su obra. Cuando el gusano de seda teje su curiosa obra, se oculta a sí mismo bajo la seda, y no se le ve. Cuando hayamos hecho lo mejor que podamos, debemos desvanecernos en nuestros pensamientos, y transferir la gloria de todo a Dios. El apóstol Pablo dijo: “He trabajado más que todos ellos” (1 Co. 15:10). Se podría pensar que estas palabras revelan orgullo; pero el Apóstol se quita la corona de su propia cabeza, y la pone sobre la cabeza de la libre gracia: “Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”. Constantino acostumbraba a escribir el nombre de Cristo sobre la puerta; así deberíamos hacer nosotros sobre nuestros deberes.
Empeñémonos en hacer que el nombre de Dios sea glorioso y renombrado. Si Dios busca nuestro bien, busquemos nosotros su gloria. Si Él hace que todas las cosas redunden para nuestra edificación, hagamos nosotros que todas las cosas redunden para su exaltación. Esto es todo cuanto cabe decir con respecto al privilegio mencionado en el texto.

Del Amor A Dios


Continúo con la segunda división general del texto: las personas incluidas en este privilegio. Son los que aman a Dios. “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”.
Los que desprecian y odian a Dios no tienen parte ni suerte en este privilegio. Es el pan de los hijos, pertenece solamente a los que aman a Dios. Debido a que el amor es el espíritu y corazón mismo de la religión, trataré esto con mayor amplitud; y para ahondar más en esta cuestión, advirtamos estas cinco cosas acerca del amor a Dios.


La naturaleza del amor a Dios

El amor es un ensanchamiento del alma, o un avivamiento de los afectos, por el cual el cristiano anhela a Dios como el bien supremo y soberano. El amor es al alma lo que las pesas al reloj: pone en movimiento al alma hacia Dios, como las alas con que volamos al ciclo. Por el amor nos apegamos a Dios, como la aguja al imán.

La base del amor a Dios; esto es, el conocimiento.

No podemos amar lo que no conocemos. Para que nuestro amor sea atraído hacia Dios, debemos conocer estas tres cosas en Él:
(1) Plenitud (Col. 1:19). Él tiene una plenitud de gracia para limpiarnos, y de gloria para coronarnos; una plenitud no solo de suficiencia, sino de sobreabundancia. Él es un mar de bondad sin fondo ni orillas.
(2) Libertad. Dios tiene una propensión innata a dispensar misericordia y gracia; gotea como el panal. “El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Ap. 22:17). Dios no requiere que llevemos dinero con nosotros, solo apetito.
(3) Propiedad o pertenencia. Debemos saber que esta plenitud en Dios es nuestra. “Este Dios es Dios nuestro” (Sal. 48:14). Esta es la base del amor: su deidad y su interés en nosotros.

3. Las clases de amor, de las que distinguiré estas tres:

(1) Hay un amor de apreciación. Cuando atribuimos un alto valor a Dios como el bien más sublime e infinito, le estimamos de tal manera como si, teniéndole a Él, no nos preocupase carecer de todo lo demás. Las estrellas se desvanecen cuando aparece el Sol. Todas las criaturas se desvanecen en nuestros pensamientos cuando el Sol de justicia brilla en todo su esplendor.
(2) Un amor de complacencia y deleite: tal como un hombre se deleita en un amigo a quien ama. El alma que ama a Dios se regocija en Él como su tesoro, y se apoya en Él como su centro. El corazón está tan consagrado a Dios que no desea nada más. “Muéstranos el Padre, y nos basta” (Jn. 14:8).
(3) Un amor de benevolencia: que consiste en desear el bien a la causa de Dios. Aquel que está unido afectivamente a su amigo le desea toda felicidad. Esto es amar a Dios, cuando deseamos el bien. Deseamos que sus intereses prevalezcan; nuestros votos y oraciones son que su nombre sea honrado; que su Evangelio, que es la vara de su poder, al igual que lavara de Aarón, florezca y dé fruto.


Las características del amor

(1) Nuestro amor a Dios debe ser total, y en lo que respecta al sujeto, debe ser con todo el corazón. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” (Mr. 12:30). En la antigua ley, el sumo sacerdote no había de casarse con una viuda ni con una ramera: no con una viuda, porque no tendría su primer amor, ni con una ramera, porque no tendría todo su amor. Dios quiere tener todo el corazón. “Está dividido su corazón” (Os. 10:2). La verdadera madre no quería que el niño fuese dividido en dos; y Dios no quiere que el corazón esté dividido. Dios no quiere ser un inquilino que ocupe solo una habitación en el corazón, mientras todas las demás habitaciones están alquiladas al pecado. Tiene que ser un amor completo.
(2) Debe ser un amor sincero. “La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo en sinceridad” (Ef. 6:24 VM). La palabra “sin-cera” hace referencia a la miel que es completamente pura. Nuestro amor a Dios es sincero cuando es puro y sin egoísmo: a esto le llaman las personas cultas un amor de amistad. Debemos amar a Cristo —como dice Agustín— por Él mismo: como amamos el vino dulce por su sabor. La hermosura y el amor de Dios deben ser los dos imanes que atraigan nuestro amor a Él. Alejandro9 tenía dos amigos, Hefestión y Cratero, de los cuales dijo: “Hefestión me ama porque soy Alejandro; Cratero me ama porque soy el rey Alejandro”. El uno amaba su persona, el otro amaba sus dones. Muchos aman a Dios porque Él les da grano y vino, y no por sus excelencias intrínsecas. Debemos amar a Dios más por lo que Él es que por lo que Él da. El verdadero amor no es mercenario: no es necesario alquilar a una madre para que ame a su hijo; un alma que ama profundamente a Dios no necesita ser alquilada con recompensas. No puede sino amarle por el hermoso resplandor que Él desprende.
(3) Debe ser un amor ferviente. La palabra hebrea que se traduce como “amor” significa afecto ardiente. Los santos deben ser serafines que ardan en santo amor. Amar a una persona fríamente equivale a no amarla. El Sol brilla con tanto calor como puede. Nuestro amor a Dios debe ser intenso y vehemente, como brasas de enebro, que son las más vivas y ardientes (Sal. 120:4). Nuestro amor a las cosas transitorias debe ser indiferente; debemos amar como si no amásemos (1 Co. 7:30). Pero nuestro amor a Dios debe fulgurar. La esposa estaba enferma de amor a Cristo (Cnt. 2:5). Nunca podremos amar a Dios como Él merece. Tal como Dios nos castiga menos de lo que merecemos (Esd. 9:13), así también nosotros le amamos menos de lo que Él merece.
(4) El amor a Dios debe ser activo. Es como fuego, que es el elemento más activo; se le llama trabajo de amor (1 Ts. 1:3). El amor no es una virtud ociosa; hace que la cabeza se esfuerce por Dios y que los pies corran en los caminos de sus mandamientos. “El amor de Cristo nos constriñe” (2 Co. 5:14). Un amor aparente no es suficiente. El verdadero amor no solo se ve en la punta de la lengua, sino en la punta de los dedos; es un trabajo de amor. Los seres vivientes, mencionados en Ezequiel 1:8, tenían alas: un emblema del buen cristiano. No solo tiene las alas de la fe para volar, sino también manos bajo sus alas: obra por amor, gasta y se gasta por Cristo.
(5) El amor es liberal. Da pruebas de ello (1 Co. 13:4). El amor es amable. El amor no solo tiene una lengua lisonjera, sino un corazón amable. El corazón de David estaba enfervorizado de amor a Dios, y no quiso ofrecerle a Dios aquello que no le costase nada (2 S. 24:24). El amor no solo está lleno de benevolencia, sino de beneficencia. El amor que ensancha el corazón nunca cierra el puño. Aquel que ama a Cristo será liberal para con sus miembros. Será ojos al ciego y pies al cojo. Las espaldas y los estómagos de los pobres serán los surcos donde siembre las semillas de oro de la liberalidad. Algunos dicen que aman a Dios, pero su amor está manco: no dan nada para buenas causas. Ciertamente, la fe tiene que ver con lo invisible, pero Dios aborrece ese amor que es invisible. El amor es como el mosto, que necesita fermentar, fermenta en buenas obras. El Apóstol tributa honra a los macedonios, que dieron a los santos pobres no solo según la medida, sino más allá de sus fuerzas (2 Co. 8:3). El amor se engendra en la corte, es una virtud noble y generosa.
(6) El amor a Dios es exclusivo. Aquel que ama a Dios le muestra un amor que no le muestra a nadie más. Tal como Dios le muestra a sus hijos un amor que no le muestra a los inicuos —un amor que elige y adopta— así también un corazón benevolente le muestra a Dios un amor especial y distintivo que nadie más puede compartir. “Os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Co. 11:2). Una esposa casada con un marido le muestra un amor que no tiene hacia nadie más; no comparte su amor conyugal con nadie excepto su marido. Así también, un santo desposado con Cristo le muestra un amor peculiar, un amor incomunicable a nadie más, es decir, un amor unido a la adoración. No solo se le da a Dios el amor, sino también el alma. “Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa mía” (Cnt. 4:12). El corazón del creyente es el huerto de Cristo. La flor que crece en Él es el amor mezclado con adoración divina, y esta flor es para el uso exclusivo de Cristo. La esposa guarda la llave del huerto, para que no entre nadie sino Cristo.
(7) El amor a Dios es permanente. Es como el fuego que las vírgenes vestales mantenían en Roma, que no se apaga. El verdadero amor hierve, pero no se vierte. El amor a Dios, al ser sincero y sin hipocresía, es constante y sin apostasía. El amor es como el pulso del cuerpo: siempre está palpitando; no es una inundación temporal, sino una fuente continua. Al igual que los inicuos son constantes en amar sus pecados, y ni la vergüenza, ni la enfermedad, ni el temor del Infierno les hacen abandonarlos; así también, nada puede impedir que el cristiano ame a Dios. Nada puede vencer al amor, ni las dificultades ni la oposición. “Fuerte es como la muerte el amor” (Cnt. 8:6). La muerte se traga a los cuerpos más fuertes; así también, el amor se traga las dificultades más fuertes. “Las muchas aguas no podrán apagar el amor” (Cnt. 8:7). ¡Ni las aguas dulces del placer, ni las aguas amargas de la persecución! El amor a Dios permanece firme hasta la muerte. “Arraigados y cimentados en amor” (Ef. 3:17). Las cosas ligeras, como la paja y las plumas, son rápidamente arrastradas por el viento pero un árbol que está arraigado resiste la tormenta; el que está arraigado en amor permanece. El verdadero amor no termina nunca, salvo con la vida.


Los grados de amor

Debemos amar a Dios por encima de todas las cosas. “Fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal. 73:25). Dios es la quintaesencia de todo lo bueno, es bueno en grado superlativo. Al ver el alma la supereminencia de Dios, y admirar en Él la constelación de todo lo excelente, es arrebatada en amor a Él en el más alto grado. La medida de nuestro amor a Dios —dice Bernardo— debe ser amarle sin medida. Dios, que es nuestra suprema felicidad, debe tener nuestro supremo afecto. La criatura puede tener la leche de nuestro amor, pero Dios debe tener la crema. El amor a Dios debe estar por encima de todo, como el aceite flota encima del agua.
Debemos amar a Dios más que a los parientes. Como en el caso de Abraham ofreciendo a Isaac; siendo Isaac el hijo de su ancianidad, es incuestionable que le amaba plenamente y estaba muy apegado a él; pero cuando Dios dijo: “Toma ahora tu lujo […] y ofrécelo” (Gn. 22:2), aunque fuese algo que le pareciera no solo opuesto a su razón, sino a su fe, pues el Mesías había de venir de Isaac, y si este fuera destruido, ¿cómo tendría el mundo un Mediador?, sin embargo, tal era la fortaleza de la fe de Abraham y el fervor de su amor a Dios, que tomó el cuchillo del sacrificio para derramar la sangre de Isaac. Nuestro bendito Salvador habla de aborrecer a padre y madre (Lc. 14:26). Cristo no quería que fuésemos antinaturales; pero si nuestros parientes más queridos obstaculizan nuestro camino, y quieren apartarnos de Cristo, entonces tenemos o bien que pasar por encima de ellos, o desconocerlos (Dt. 33:9). Si bien algunas gotas de amor pueden correr hacia nuestros parientes y amigos, el torrente en sí debe correr hacia Cristo. Podemos albergar a los parientes en nuestro seno, pero debemos albergar a Cristo en nuestro corazón.
Debemos amar a Dios más que a nuestras posesiones. “El despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo” (He. 10:34). Estaban gozosos de tener algo que perder por Cristo. Si se pone el mundo en un platillo de la balanza y a Cristo en el otro, este debe ser quien pese más. ¿Y es esto así? ¿Tiene Dios el lugar más elevado en nuestros afectos? Dice Plutarco: “Cuando surgía un dictador en Roma, toda otra autoridad quedaba momentáneamente suspendida”; así también, cuando el amor de Dios controla el corazón, todo otro amor es suspendido, y es como nada en comparación con este amor.


Aplicación. Una Dura Reprensión a Aquellos Que No Aman a Dios

Esto puede servir de dura reprensión a aquellos que no tienen un ápice de amor a Dios en sus corazones: ¿y existen tales descreídos? El que no ama a Dios es una bestia con cabeza de hombre. ¡Miserable de ti!, ¿vives de Dios cada día y, sin embargo, no le amas? Si uno tuviera un amigo que le suministrara dinero continuamente, y le proporcionara toda su renta, ¿no sería peor que un bárbaro si no respetara y honrara a ese amigo? Ese amigo es Dios; Él te da el aliento, te concede los medios de vida, ¿Y no le vas a amar? Amarías a tu príncipe si te salvara la vida, ¿y no vas a amar a Dios que te la da? ¿Qué imán más poderoso para atraer el amor que la bendita Deidad? Es ciego el que no es tentado por la belleza; es necio el que no es atraído por las cuerdas del amor. Cuando el cuerpo está frío, sin ningún calor, es señal de muerte; el que no tiene el calor del amor a Dios en su alma está muerto. ¿Cómo puede esperar amor por parte de Dios aquel que no le muestra ningún amor? ¿Dará Dios cobijo en su seno a una víbora como esa, que arroja el veneno de la malicia y la enemistad contra Él?
Esta reprensión va dirigida directamente contra los incrédulos de nuestro tiempo; están tan lejos de amar a Dios que hacen todo lo que pueden para mostrar su odio hacia Él. “Como Sodoma publican su pecado” (Is. 3:9). “Ponen su boca contra el cielo” (Sal. 73:9) de forma soberbia y blasfema, y desafían abiertamente a Dios. Estos son monstruos por naturaleza, demonios en forma de hombres. Lean estos su sentencia “El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene” (1 Co. 16:22), esto es, sea maldecido por Dios hasta que Cristo venga a juzgar. Sea heredero de una maldición mientras viva, y en el temible día del Señor, oiga la angustiosa sentencia pronunciada contra él: “Apartaos de mí, malditos” (Mt. 25:41).

Las Pruebas Del Amor a Dios


Pongámonos a prueba imparcialmente para ver si estamos entre aquellos que aman a Dios. Para decidir esto, como nuestro amor se ve mejor por sus frutos, mencionaré catorce señales, o frutos, del amor a Dios, y nos concierne investigar con cuidado si estos frutos crecen en nuestro huerto.


Centrar nuestros pensamientos en Dios

Aquel que ama dirige sus pensamientos al objeto de su amor. El que ama a Dios se extasía con la contemplación de Dios. “Despierto, y aún estoy contigo” (Sal. 139:18). Los pensamientos son como viajeros en la mente. Los pensamientos de David se mantenían en el camino celestial: “Aún estoy contigo”. Dios es el tesoro, y donde está el tesoro, allí está el corazón. Con esto podemos poner a prueba nuestro amor a Dios: ¿en qué ponemos principalmente nuestros pensamientos? ¿Podemos decir que nos extasiamos de deleite cuándo pensamos en Dios? ¿Tienen alas nuestros pensamientos? ¿Vuelan muy alto? ¿Contemplamos a Cristo y la gloria? ¡Oh, qué lejos están de amar a Dios aquellos que apenas piensan en Él! “No hay Dios en ninguno de sus pensamientos” (Sal. 10:4). El pecador no tiene lugar para Dios en sus pensamientos. Nunca piensa en Dios, a no ser con horror, como el prisionero piensa en el juez.


 Deseo de tener comunión

El amor desea la familiaridad y la relación. “Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo” (Sal. 84:2). El rey David, al ser alejado de la casa de Dios donde estaba el Tabernáculo, la muestra visible de su presencia, suspira por Dios, y con un santo y emocionado deseo, canta al Dios vivo. Los que se aman desean conversar entre sí. Si amamos a Dios apreciaremos sus mandatos, porque en ellos nos encontramos con Dios. Él nos habla en su Palabra, y nosotros le hablamos en la oración. Examinemos a la luz de esto nuestro amor a Dios. ¿Deseamos una comunión íntima con Dios? Los que se aman no pueden estar separados mucho tiempo. Los que aman a Dios sienten un santo afecto, no saben estar sin Él. Pueden soportar la falta de todo menos de la presencia de Dios. Pueden arreglárselas sin salud ni amigos, pueden sentirse felices sin una mesa repleta, pero no pueden ser felices sin Dios. “No escondas de mí tu rostro, no venga yo a ser semejante a los que descienden a la sepultura” (Sal. 143:7). Los que aman tienen sus desmayos. David estuvo a punto de desmayar y morir al no tener una visión de Dios. Los que aman a Dios no pueden contentarse con cumplir sus mandatos, a menos que gocen de Dios en ellos; eso sería lamer el vaso, y no la miel.
¿Qué diremos a aquellos que pueden pasar toda su vida sin Dios? Piensan que lo mejor es dejar a Dios aun lado; se quejan de que les falta salud y dinero, ¡pero no que les falta Dios! Los inicuos no conocen a Dios; ¿y cómo pueden amar a Aquel a quien no conocen? Lo que es peor, ni siquiera desean conocerle. “Dicen, pues, a Dios: Apártate de nosotros, porque no queremos el conocimiento de tus caminos” (Job 21:14). Los pecadores evitan conocer a Dios, consideran una carga su presencia; ¿y son estos los que aman a Dios? ¿Ama a su marido una mujer que no puede soportar estar en su presencia?


El dolor

Donde hay amor a Dios, hay dolor por nuestros pecados de aspereza contra Él. Un niño que ama a su padre no puede sino llorar por haberle ofendido. El corazón que arde de amor se deshace en lágrimas. ¡Oh, cómo podría traicionar el amor de un Salvador tan amante! ¿No sufrió mi Señor lo suficiente en la Cruz, para que yo le haga sufrir más? ¿Le daré más hiel y vinagre a beber? ¡Qué desleal y falso he sido! ¡Cómo he contristado a su Espíritu, pisoteado sus mandatos reales y despreciado su sangre! Esto crea una actitud de piadosa tristeza y hace que el corazón sangre de nuevo. “[Pedro] saliendo fuera, lloró amargamente” (Mt. 26:75). Cuando Pedro pensó cuánto le amaba Cristo, cómo había sido llevado al monte de la Transfiguración, donde Cristo le mostró la gloria del Cielo en una visión; que negara a Cristo tras haber recibido tan señalado amor por parte de Él, quebrantó su corazón de dolor, salió fuera y lloró amargamente.
Pongamos a prueba nuestro amor a Dios a la luz de esto. ¿Derramamos lágrimas de piadosa tristeza? ¿Nos dolemos por nuestra aspereza contra Dios, nuestra injusticia con la misericordia, nuestra negligencia con respecto a nuestros talentos? ¡Qué lejos están de amar a Dios aquellos que pecan diariamente sin que les remuerda la conciencia! Tienen un mar de pecado y ni una gota de tristeza. Están tan lejos de preocuparse que se divierten con sus pecados. “¿Puedes gloriarte de eso?” (Jer. 11:15). ¡Miserable de ti!, ¿sangró Cristo por el pecado, y tú te ríes de Él? Estos están lejos de amar a Dios. ¿Ama a su amigo aquel que se complace en herirle?


La magnanimidad

El amor es valiente, convierte la cobardía en valor. El amor nos hace aventurarnos en las mayores dificultades y peligros. La temerosa gallina se lanza sobre un perro o una serpiente para defender a sus polluelos. El amor infunde un espíritu de fortaleza y denuedo en el cristiano. El que ama a Dios estará firme en su causa, y actuará como su abogado. “No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch. 4:20). El que teme confesar a Cristo tiene poco amor hacia Él. Nicodemo vino secretamente a Cristo de noche (Jn. 3:2). Tenía temor de ser visto con Él a la luz del día. El amor echa fuera el temor. Tal como el Sol disipa las nieblas y las brumas, así también el amor divino disipa en gran medida el temor carnal. ¿Ama a Dios quien oye contradecir sus benditas verdades, y permanece en silencio? Quien ama a su amigo le defenderá y le vindicará cuando sea afrentado. ¿Comparece Cristo por nosotros en el Cielo, y temeremos nosotros comparecer por Él en la Tierra? El amor anima al cristiano; hace arder de celo su corazón y lo reviste de valor.


La sensibilidad

Si amamos a Dios, nuestros corazones se dolerán por las deshonras hechas a Dios por los inicuos. Al ver derrumbarse no solo los diques de la religión sino también de la moralidad, y sobrevenir una inundación de iniquidad; al ver los días de reposo de Dios profanados, sus juramentos violados, su nombre deshonrado; si hay algún amor a Dios en nosotros, sentiremos estas cosas en el corazón. Lot “afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos” (2 P. 2:7). Los pecados de Sodoma eran como otras tantas lanzas clavadas en su alma. ¡Qué lejos están de amar a Dios aquellos que no se sienten afectados en absoluto cuando Él es deshonrado! Si tienen paz y dinero, nada sienten en el corazón. A alguien que está completamente bebido no le importa ni le afecta que otro se esté desangrando a su lado; así también, muchos que están bebidos con el vino de la prosperidad, cuando la honra de Dios está herida y sus verdades sangrando, no se sienten afectados por ello. Si los hombres amaran a Dios, se dolerían al ver sufrir su gloria y convertirse en mártir la religión misma.


Odio hacia el pecado

El fuego purifica de escorias el metal; el fuego del amor purifica del pecado. “Efraín dirá: ¿Qué más tendré ya con los ídolos?” (Os. 14:8). Quien ama a Dios no querrá tener nada que ver con el pecado, a menos que sea para luchar contra él. El pecado golpea no solo la honra de Dios, sino también su ser. ¿Ama a su príncipe quien da cobijo a uno que es traidor a la corona? ¿Es amigo de Dios quien ama lo que Dios odia? El amor a Dios y el amor al pecado no pueden habitar juntos. No se puede mostrar afecto a dos contrarios al mismo tiempo. Una persona no puede amar la salud y también el veneno; igualmente, no se puede amar a Dios y también al pecado. Quien permite en su corazón cualquier pecado secreto está tan lejos de amar a Dios como lo está el cielo de la Tierra.


La crucifixión

Quien ama a Dios está muerto para el mundo. “El mundo me es crucificado a mí” (Gá. 6:14). Estoy muerto a sus honores y placeres. Quien ama a Dios no ama mucho ninguna otra cosa. El amor a Dios y un ardiente amor al mundo son inconsecuentes. “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Jn. 2:15). El amor a Dios engulle todo otro amor, como la vara de Moisés engulló las varas de los egipcios. Si alguien pudiera vivir en el Sol, qué punto tan pequeño sería la Tierra; así también, cuando el corazón de un hombre es elevado por encima del mundo en admiración y amor a Dios, ¡qué pobres y endebles resultan las cosas de abajo! Parecen como nada a sus ojos. Era una señal de que los cristianos primitivos amaban a Dios el que sus posesiones no permanecían cerca de sus corazones; por el contrario, las “ponían a los pies de los apóstoles” (Hch. 4:35).
Pon a prueba tu amor a Dios con esto. ¿Qué pensaremos de aquellos que nunca se sacian del mundo? Tienen la hidropesía de la codicia, que les produce una insaciable sed de riquezas: “Codician hasta el polvo de la tierra” (Am. 2:7 VM) “Nunca hables de tu amor a Cristo —dice Ignacio13— cuando prefieres el mundo a la Perla preciosa”; ¿y no hay muchos así, que aprecian su oro más que a Dios? Si tienen un terreno fértil, no se preocupan por el agua de la vida. Venden a Cristo y una buena conciencia por dinero. ¿Concederá Dios jamás el Cielo a aquellos que tanto le infravaloran, prefiriendo polvo reluciente a la gloriosa Deidad? ¿Qué hay en la Tierra para que pongamos nuestros corazones en ella? El diablo simplemente nos hace mirarla a través de una lupa. El mundo no tiene un valor intrínseco real, no es sino una pintura y un engaño.


El temor

En los piadosos el amor y el temor se besan. Hay un doble temor que surge del amor.
(1) Un temor a desagradar. La esposa ama a su marido; prefiere negarse a sí misma, pues, antes que desagradarle a él. Cuanto más amamos a Dios, tanto más tememos contristar a su Espíritu. “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Gn. 39:9). Cuando Eudoxia, la emperatriz, amenazó con desterrar a Crisóstomo, respondió: “Decidle que no temo a nada sino al pecado”. Es un amor bendito el que somete al cristiano a convulsiones ardientes de celo y convulsiones frías de temor, haciéndole temblar y estremecerse, sin atreverse a ofender a Dios voluntariamente.
(2) Un temor mezclado con celo: el corazón de Elí “estaba temblando por causa del arca de Dios” (1 S. 4:13). No se dice que su corazón temblara por Ofni y Finees, sus dos hijos, sino que su corazón temblaba por el arca, porque si el arca era tomada, entonces la gloria de Dios sería traspasada. Quien ama a Dios siente un gran temor de que le vaya mal a la Iglesia. Teme que la profanidad (que es la plaga de la lepra) se incremente, que el papismo avance, que Dios se aparte de su pueblo. La presencia de Dios en sus mandatos es la hermosura y la fortaleza de una nación. En tanto que la presencia de Dios esté con su pueblo, este estará a salvo; pero el alma inflamada de amor a Dios teme que las muestras visibles de la presencia de Dios sean sustraídas.
Pongamos a prueba nuestro amor a Dios mediante esta piedra de toque. Muchos temen perder la paz y el dinero, pero no perder a Dios y su Evangelio. ¿Aman estos a Dios? Quien ama a Dios teme más la pérdida de las bendiciones espirituales que las terrenales. Si el Sol de justicia desaparece de nuestro horizonte, ¿qué queda sino tinieblas? ¿Qué consuelo puede proporcionar un órgano o un himno si desaparece el Evangelio? ¿No es como el sonido de una trompeta o una salva de disparos en un funeral?


Si amamos a Dios, amaremos lo que Dios ama

(1) Amaremos la Palabra de Dios. David estimaba la Palabra, por su dulzura, más que la miel (Sal. 119:103), y por su valor, más que el oro (Sal. 119:72). Los renglones de la Escritura son más ricos que las minas de oro. Bien podemos amar la Palabra; es la estrella polar que nos dirige al Cielo; es el campo en que está escondida la Perla. Aquel que no ama la Palabra, sino que piensa que es demasiado estricta, y desearía que fuese arrancada alguna parte de la Biblia (como un adúltero lo haría con el séptimo mandamiento), no tiene la menor chispa de amor en su corazón.

(2) Amaremos el día del Señor. No solo guardaremos el día de reposo, sino que lo amaremos. “Si […] lo llamares delicia” (Is. 58:13). El día de reposo es lo que mantiene en alto el rostro de la religión entre nosotros; este día debe ser consagrado como glorioso para el Señor. La casa de Dios es el palacio del gran rey; en el día de reposo Dios se muestra a sí mismo allí a través de la celosía. Si amamos a Dios valoraremos su día por encima de los demás días. Toda la semana sería oscura si no fuera por este día; en este día tenemos doble ración de maná. Es entonces, más que nunca, cuando la puerta del Cielo se abre de par en par, y Dios desciende en una lluvia de oro. En este bendito día el Sol de justicia nace en el alma. ¡Cómo aprecia el corazón benevolente ese día que fue hecho con el propósito de gozar de Dios en él!

(3) Amaremos las leyes de Dios. El alma benevolente se goza en la Ley porque esta controla sus excesos pecaminosos. El corazón estaría dispuesto a desenfrenarse en el pecado si la ley de Dios no pusiera benditas restricciones sobre él. El que ama a Dios ama su ley: la ley del arrepentimiento, la ley de la abnegación. Muchos dicen amar a Dios, pero aborrecen sus leyes. “Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas” (Sal. 2:3). Los preceptos de Dios son comparados con cuerdas, atan a los hombres a su buena conducta; pero los inicuos piensan que estas cuerdas están demasiado apretadas; por tanto, dicen: “Rompámoslas”. Pretenden amar a Cristo como Salvador, pero le odian como Rey. Cristo nos habla de su yugo (Mt. 11:29). Los pecadores querrían que Cristo pusiera una corona sobre su cabeza, pero no un yugo sobre su cuello. Sería extraño el rey que gobernara sin leyes.

(4) Amaremos el retrato de Dios, amaremos su imagen resplandeciendo en los santos. “Todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él” (1 Jn. 5:1). Es posible amar a un santo y, sin embargo, no amarle como santo; podemos amarle por alguna otra cosa: por su ingenio, o porque es afable y generoso. Un animal ama a un hombre, pero no por ser un hombre, sino porque le alimenta. Pero amar a un santo por ser santo es señal de amar a Dios. Si amamos a un santo por su santidad, como teniendo algo de Dios en sí mismo, entonces le amaremos en estos cuatro casos.
(a) Amaremos a un santo aunque sea pobre. Aquel que ama el oro amará un pedazo de oro aunque esté en un harapo; así también, aunque un santo esté en harapos, le amaremos porque hay algo de Cristo en él.
(b) Amaremos a un santo aunque tenga muchos defectos personales. No existe la perfección aquí: en algunos prevalece una ira irreflexiva; en otros, la inconstancia; en otros, demasiado amor al mundo. Un santo en esta vida es como el oro en el yacimiento: con mucha escoria de debilidad adherida a él; sin embargo, le amamos por la gracia que hay en él. Un santo es como un rostro hermoso con una cicatriz: amamos el hermoso rostro de la santidad aunque tenga una cicatriz. La mejor esmeralda tiene imperfecciones, las más brillantes estrellas sus titilaciones, y los mejores santos sus defectos. Tú que no puedes amar a otro por causa de sus debilidades, ¿cómo pretendes que te ame Dios a ti?
(c) Amaremos a los santos aunque en algunas cosas secundarias difieran de nosotros. Quizá otro cristiano no tenga tanta luz como tú, y esto puede hacerle errar en algunas cosas; ¿le vas a descalificar de inmediato porque no tenga tu misma luz? Donde hay unión en lo fundamental, debería haber unión en los afectos.
(d) Amaremos a los santos aunque sean perseguidos. Amamos el metal precioso aunque esté en el horno. El apóstol Pablo llevaba en su cuerpo las marcas del Señor Jesús (Gá. 6:17). Aquellas marcas eran, como las cicatrices del soldado, honorables. Debemos amar a un santo tanto en cadenas como en púrpura. Si amamos a Cristo, amaremos a sus miembros perseguidos.
Si esto es amar a Dios, cuando amamos su imagen reluciendo en los santos, ¡qué pocos amantes de Dios se encuentran! ¿Aman a Dios quienes odian a los que son como Dios? ¿Aman a la persona de Cristo quienes están llenos de un espíritu de venganza contra su pueblo? ¿Cómo puede decirse que ama a su marido la mujer que rompe su retrato? Sin duda alguna, Judas y Julián no han muerto aún, su espíritu vive todavía en el mundo. ¿Quiénes son culpables sino los inocentes? ¿Qué mayor crimen que la santidad, si el diablo es miembro del jurado? Los inicuos parecen sentir gran reverencia hacia los santos que han fallecido; canonizan a los santos muertos, pero persiguen a los santos vivos. En vano se ponen en pie los hombres para recitar el Credo y decirle al mundo que creen en Dios, cuando abominan uno de los artículos del Credo, a saber, la comunión de los santos. Sin duda alguna, no hay mayor señal de que alguien está listo para el Infierno que esta: no solo carecer de la gracia, sino odiarla.


 Albergar buenos pensamientos hacia Dios

Aquel que ama a su amigo interpreta en el mejor sentido lo que este hace. La malicia lo interpreta todo en el peor sentido. El amor lo interpreta todo en el mejor sentido. Es un excelente comentarista de la providencia; no piensa mal. El que ama a Dios tiene una buena opinión de Dios; aunque Él aflija dolorosamente, el alma lo acepta todo bien. Este es el lenguaje de un espíritu benevolente: “Mi Dios ve lo duro que tengo el corazón; introduce, pues, una cuña de aflicción tras otra, para romper mi corazón. Él sabe cuán lleno estoy de malos humores, cuán enfermo de pleuresía; por tanto, me hace sangrar para salvar mi vida. Esta severa prescripción tiene por objeto mortificar alguna corrupción o ejercitar alguna virtud. ¡Cuán bueno es Dios que no me abandona en mis pecados, sino que golpea mi cuerpo para salvar mi alma!”. De esta manera, el que ama a Dios lo toma todo a bien. El amor pone un barniz de candidez sobre todas las acciones de Dios. Tú que eres propenso a murmurar contra Dios, como si Él te hubiera tratado mal, humíllate por esto; dite a ti mismo: “Si yo amara más a Dios, tendría mejores pensamientos hacia Él”. Es Satanás quien nos hace tener buenos pensamientos acerca de nosotros mismos y malos pensamientos acerca de Dios. El amor lo toma todo en el mejor sentido; no piensa mal.


La obediencia

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama” (Jn 14:21). De nada sirve decir que amamos a la persona de Cristo, si menospreciamos sus mandatos. ¿Ama a su padre el niño que rehúsa obedecerle? Si amamos a Dios, le obedeceremos en aquellas cosas que contrarían la carne y la sangre. (a) En cosas difíciles, y (b) en cosas peligrosas.
(a) En cosas difíciles. Como en mortificar el pecado. Hay algunos pecados que no solo están tan cerca de nosotros como nuestros vestidos, sino que nos son tan queridos como nuestros ojos. Si amamos a Dios, nos opondremos a ellos tanto en propósito como en la práctica. También en perdonar a nuestros enemigos; Dios nos manda perdonar so pena de muerte. “Perdonándoos unos a otros” (Ef. 4:32). Esto es duro; es ir a contracorriente. Somos propensos a olvidar las bondades y a recordar las ofensas; pero si amamos a Dios, pasaremos por alto las ofensas. Cuando consideramos seriamente cuántos pecados nos ha perdonado Dios, cuántas afrentas y agravios ha soportado por parte de nosotros, nos hace imitar su ejemplo, y procurar sepultar la ofensa en lugar de desquitarnos de ella.
(b) En cosas peligrosas. Cuando Dios nos llame a sufrir por Él, obedeceremos. El amor hizo que Cristo sufriera por nosotros, el amor es la cadena que le ataba a la Cruz; así pues, si amamos a Dios, estaremos dispuestos a sufrir por Él. El amor tiene una extraña cualidad; es la virtud menos tolerante y, sin embargo, es la virtud más tolerante. Es la virtud menos tolerante en un sentido; no tolera que un pecado conocido permanezca en el alma sin arrepentimiento, no tolera las infamias y deshonras hechas a Dios; de esta manera es la virtud menos tolerante. Sin embargo, es la virtud más tolerante; tolera oprobios, cadenas y cárceles por amor de Cristo. “Yo estoy dispuesto no solo a ser atado, más aún a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús” (Hch. 21:13). Es verdad que no todo cristiano es un mártir, pero tiene espíritu de martirio en sí mismo. Dice, como Pablo: “Yo estoy dispuesto […] a ser atado”; tiene una disposición mental para sufrir, si Dios le llama a ello. El amor eleva a los hombres por encima de su propia fuerza. Tertuliano observa cuánto sufrían los paganos por amor a su propio país. Si la naturaleza puede elevarse tanto, ciertamente la virtud ha de elevarse más. Si por amor a su país, los hombres están dispuestos a sufrir, mucho más deberían hacerlo por amor a Cristo. El amor “todo lo soporta” (1 Co. 13:7). Basilio habla de una virgen condenada al fuego, quien habiéndosele ofrecido su vida y sus posesiones si se postraba ante un ídolo, respondió: “Váyanse la vida y el dinero; bienvenido sea Cristo”. Nobles y apasionadas son estas palabras de Ignacio: “Sea yo triturado por los dientes de las fieras, si puedo ser el más puro trigo de Dios”. ¡Cómo elevó el afecto divino a los santos primitivos por encima del amor a la vida y el temor a la muerte! Esteban fue lapidado, Lucas fue colgado de un olivo, Pedro fue crucificado boca abajo en Jerusalén. Estos héroes divinos estuvieron dispuestos a sufrir, antes que hacer sufrir afrenta al nombre de Dios por su cobardía. ¡Cómo valoraba Pablo la cadena que llevaba por amor a Cristo! Se gloriaba en ella como una mujer se enorgullece de sus joyas, dice Crisóstomo. Y el santo Ignacio llevaba sus cadenas como un brazalete de diamantes. “No aceptando el rescate” (He. 11:35). Rehusaron salir de la cárcel mediante condiciones pecaminosas, prefirieron su inocencia a su libertad.
Pongamos a prueba nuestro amor a Dios mediante esto: ¿tenemos espíritu de martirio? Muchos dicen amar a Dios, ¿pero cómo se manifiesta? No están dispuestos a privarse de la más mínima comodidad, o soportar la más mínima cruz por causa de Él. Si Jesucristo nos hubiera dicho: “Os amo mucho, me sois muy queridos, pero no puedo sufrir, no puedo poner mi vida por vosotros”, habríamos cuestionado mucho su amor; ¿y no desconfiará Cristo de nosotros cuando pretendemos amarle a Él y, sin embargo, no estamos dispuestos a soportar nada por Él?


El que ama a Dios procurará hacerle parecer glorioso a los ojos de los demás

Los que se aman alaban y proclaman la afabilidad de aquellos a quienes aman. Si amamos a Dios, propagaremos sus excelencias, de forma que elevemos su fama y estimación e induzcamos a otros a amarle. El amor no puede estar silencioso; seremos como una multitud de trompetas, anunciando la liberalidad de la gracia de Dios, la trascendencia de su amor, y la gloria de su Reino. El amor es como fuego: cuando arde en el corazón, prorrumpe en los labios. Será exuberante en proclamar la alabanza de Dios: el amor debe expresarse.


Anhelar la venida de Cristo

“Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:8). El amor desea la unión; Aristóteles da la razón: el gozo fluye de la unión. Cuando nuestra unión con Cristo sea perfecta en la gloria, entonces nuestro gozo será completo. El que ama a Cristo ama su venida. La venida de Cristo será una venida feliz para los santos. Es sumamente consolador que Él se presente ahora con nosotros ante Dios como un Abogado (He. 9:24). Pero será mucho más consolador cuando venga por nosotros como nuestro Esposo. En aquel día nos concederá dos joyas. Su amor; un amor tan grande y asombroso que es mejor sentirlo que expresarlo. Y su semejanza. “Cuando él se manifieste, seremos semejantes a él” (1 Jn. 3:2). Y de estas dos cosas, amor y semejanza, fluirá un gozo infinito en el alma. No es de sorprender, pues, que quien ama a Cristo anhele su venida. “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven […] sí, ven, Señor Jesús” (Ap. 22:17, 20). Pongamos a prueba nuestro amor a Cristo mediante esto: un inicuo que se condena a sí mismo teme la venida de Cristo y desea que no venga nunca; pero quienes aman a Cristo se sienten gozosos al pensar en su venida en las nubes. Entonces serán librados de todos sus pecados y temores, serán absueltos ante los hombres y los ángeles, y serán trasladados para siempre al paraíso de Dios.


El amor nos hará rebajarnos a realizar los oficios más humildes

El amor es una virtud humilde; no se pasea rodeado de pompa; se arrastra sobre las manos; se rebaja y se somete a cualquier cosa mediante la cual pueda prestar servicio a Cristo. Esto es lo que vemos en José de Arimatea y Nicodemo, ambos personas honorables y, sin embargo, uno toma el cuerpo de Cristo con sus propias manos, y el otro lo embalsama con especias aromáticas. Pudiera parecer demasiado para personas de su rango el ser empleados en ese servicio, pero el amor los llevó a hacerlo. Si amamos a Dios, no consideraremos ningún trabajo demasiado humilde para nosotros, mediante el cual sirvamos de ayuda a los miembros de Cristo. El amor no es escrupuloso; visita a los enfermos, alivia a los pobres, lava las heridas de los santos. La madre que ama a su hijo no es retraída ni refinada; está dispuesta a hacer por su hijo lo que otras desdeñarían hacer. El que ama a Dios se humillará a realizar el más humilde cometido de amor a Cristo y sus miembros.
Estos son los frutos del amor a Dios. Felices aquellos que pueden hallar estos frutos, tan ajenos a sus naturalezas, creciendo en sus almas.

Una Exhortación a Amar a Dios


Una exhortación

Quisiera persuadir fervientemente a todos los que llevan el nombre de cristianos a ser amantes de Dios. “Amad al Señor, todos vosotros sus santos” (Sal. 31:23). Son pocos los que aman a Dios: son muchos los que le besan hipócritamente, pero son pocos los que le aman. No es tan fácil amar a Dios como la mayoría se imagina. El afecto del amor es natural, pero la virtud no lo es. Los hombres, por naturaleza, odian a Dios (Ro. 1:30). Los inicuos querrían huir de Dios; no quisieran estar bajo sus normas, ni a su alcance. Temen a Dios, pero no le aman. Toda la fuerza de los hombres o los ángeles no puede hacer que el corazón ame a Dios. Los mandatos no lo hacen de por sí, ni los juicios; es solo el poder omnipotente e invencible del Espíritu de Dios el que puede infundir amor en el alma. Al ser esta una obra tan dura, la prosecución de esta angélica virtud del amor demanda de nosotros la oración y el esfuerzo más fervientes. Para estimular e inflamar nuestros deseos hacia el mismo, prescribiré veinte motivos para amar a Dios.
(1) Sin esto, toda nuestra religión es vana. No es el deber, sino el amor al deber, lo que Dios toma en consideración. No se trata de cuánto hacemos, sino de cuánto amamos. Si un siervo no realiza su trabajo de buena gana y por amor, no es aceptable. Los deberes que no están mezclados con amor le resultan tan gravosos a Dios como a nosotros. David aconseja, pues, a su hijo Salomón que sirva a Dios con ánimo voluntario (1 Cr. 28:9). Realizar un deber sin amor no es sacrificio, sino penitencia.
(2) El amor es la virtud más noble y excelente. Es una llama pura encendida desde el Cielo; mediante ella nos asemejamos a Dios, que es amor. Creer y obedecer no nos hacen semejantes a Dios, pero mediante el amor nos asemejamos más a Él (1 Jn. 4:16). El amor es una virtud que se deleita al máximo en Dios, y es la que más le deleita a Él. Aquel discípulo que estaba más lleno de amor se recostaba en el regazo de Cristo. El amor pone verdor y brillo en todas las virtudes; las virtudes parecen eclipsadas a menos que el amor brille y destelle en ellas. La fe no es verdadera a menos que obre por el amor. Las aguas del arrepentimiento no son puras a menos que fluyan de la fuente del amor. El amor es el incienso que hace a todos nuestros servicios fragantes y aceptables a Dios.
(3) ¿Es irrazonable lo que Dios requiere? No es otra cosa que nuestro amor. ¿Si nos pidiera nuestras posesiones o el fruto de nuestros cuerpos, podríamos negárselos? Pero Él solo pide nuestro amor, solo quiere tomar esta flor. ¿Es esta una petición difícil? ¿Hubo jamás una deuda tan fácilmente pagada como esta? No nos empobrecemos lo más mínimo al pagarla. El amor no es una carga. ¿Es un trabajo para la esposa amar a su marido? El amor es placentero.
(4) Dios es el más adecuado y completo objeto de nuestro amor. Todas las excelencias que están desperdigadas en las criaturas están reunidas en Él. Él es sabiduría, hermosura, amor, sí, la esencia misma de la bondad. Nada hay en Dios que cause aversión; la criatura hastía en lugar de satisfacer, pero siempre hay nuevas bellezas resplandeciendo en Dios. Cuanto más gozamos de Él, tanto más nos extasiamos de deleite.
Nada hay en Dios que amortigüe nuestros afectos o apague nuestro amor, ninguna debilidad o deformidad como las que suelen debilitar y enfriar el amor. Hay una excelencia en Dios que no solo invita sino que demanda nuestro amor. Si hubiera más ángeles en el Cielo de los que hay, y todos aquellos gloriosos serafines tuvieran una inmensa llama de amor ardiendo en sus pechos por toda la eternidad no podrían, sin embargo, amar a Dios de forma equivalente a esa infinita perfección y trascendencia de bondad que hay en Él. Sin duda, pues, hay suficiente para inducirnos a amar a Dios; no podemos prodigar nuestro amor a un objeto mejor.
(5) El amor facilita la religión. Lubrica las ruedas de los afectos, y los vuelve más vivos y animosos en el servicio de Dios. El amor elimina el tedio del deber. Jacob consideró siete años como poca cosa por el amor que tenía a Raquel. El amor convierte el deber en placer. ¿Por qué son los ángeles tan ligeros y alados en el servicio de Dios? Es porque le aman. El amor nunca se cansa: el que ama a Dios nunca se cansa de decirlo; el que ama a Dios nunca se cansa de servirle.
(6) Dios desea nuestro amor. Hemos perdido nuestra hermosura y manchado nuestra sangre; sin embargo, el Rey del Cielo es un pretendiente nuestro. ¿Qué hay en nuestro amor para que Dios lo busque? ¿Qué beneficio le reporta a Dios nuestro amor? Él no lo necesita, es infinitamente bienaventurado en sí mismo. Si le negamos nuestro amor, Él tiene criaturas más sublimes que le rinden el alegre tributo del amor. Dios no necesita nuestro amor; sin embargo, lo busca.
(7) Dios merece nuestro amor, ¡cómo nos ha amado! Nuestros afectos debieran encenderse con el fuego del amor de Dios. Qué milagro de amor es que Dios nos ame, cuando nada amable hay en nosotros. “Cuando estabas en tus sangres te dije: ¡Vive!” (Ez. 16:6). El tiempo de nuestra aversión fue el tiempo del amor de Dios. Había algo en nosotros que producía el furor, pero nada que estimulase el amor. ¡Qué amor, que excede a todo conocimiento, fue el que nos dio a Cristo! ¡Que Cristo muriera por los pecadores! Dios ha hecho que todos los ángeles en el Cielo se maravillen de este amor. Agustín dice: “La cruz es un púlpito, y la lección que Cristo predicó en él es el amor”. ¡Oh, el amor viviente de un Salvador moribundo! ¡Creo ver a Cristo sobre la Cruz sangrando por todas partes! Creo que le oigo decimos: “Acercad vuestras manos. Metedlas en mi costado. Sentid mi corazón sangrante. Ved si es que no os amo. ¿Y no depositaréis vosotros vuestro amor en mí? ¿Amaréis al mundo más que a mí? ¿Apaciguó el mundo la ira de Dios hacia vosotros? ¿No he hecho yo todo esto? ¿Y no me amaréis a mí?”. Es natural amar cuando somos amados. Puesto que Cristo nos ha dejado un modelo de amor, y lo ha escrito con su sangre, esforcémonos por copiar ese buen modelo e imitarle en amor.
(8) El amor a Dios es el mejor amor propio. Es amor propio salvar el alma; amando a Dios promovemos nuestra propia salvación. “El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Jn. 4:16). El que tiene a Dios habitando en su corazón puede estar seguro de habitar con Dios en el Cielo. Así, pues, amar a Dios es el más auténtico amor propio; el que no ama a Dios no se ama a sí mismo.
(9) El amor a Dios evidencia sinceridad. “Con razón te aman” (Cnt. 1:4). Muchos hijos de Dios temen ser hipócritas. ¿Amas a Dios? Cuando Pedro estaba deprimido por su sentimiento de pecado, se consideró indigno de que Cristo le tomara siquiera en consideración, o siguiera empleándolo en la obra de su apostolado; pero veamos cómo Cristo busca consolarle. “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Jn. 21:16). Como si Cristo hubiera dicho: “Aunque me has negado por temor, sin embargo, si puedes decir de corazón que me amas, entonces eres sincero y recto”. Amar a Dios es mejor señal de sinceridad que temerle. Los israelitas temían la justicia de Dios. “Si los hacía morir, entonces buscaban a Dios” (Sal. 78:34). ¿Pero en qué quedaba todo esto? “Pero le lisonjeaban con su boca, y con su lengua le mentían; pues sus corazones no eran rectos con él, ni estuvieron firmes en su pacto” (vv. 36, 37). El arrepentimiento que surge solamente del temor a los juicios de Dios no es mejor que la adulación, y no conlleva amor. Amar a Dios evidencia que Dios posee el corazón; y si el corazón es suyo, esto condicionará el resto.
(10) Mediante nuestro amor a Dios podemos deducir que Dios nos ama. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Jn. 4:19). “¡Oh! —dice el alma—, si supiera que Dios me ama, podría regocijarme”. ¿Amas tú a Dios? Entonces puedes estar seguro de que Dios te ama a ti. Es como con las lentes de aumento; si la lente quema, es porque en primer lugar el Sol ha brillado sobre ella, de otra manera no podría quemar; así también, si nuestros corazones arden de amor a Dios, es porque el amor de Dios ha brillado sobre nosotros en primer lugar, de otra manera no podríamos arder de amor. Nuestro amor no es sino el reflejo del amor de Dios.
(11) Si no amas a Dios, amarás alguna otra cosa, ya sea el mundo o el pecado; ¿y son estas cosas dignas de tu amor? ¿No es mejor amar a Dios que estas cosas? Es mejor amar a Dios que al mundo, como se ve por lo siguiente.
Si depositas tu amor en cosas mundanas, estas no te satisfarán: satisfacer el alma con tierra es como vivir del aire. “En el colmo de su abundancia padecerá estrechez” (Job 20:22). La abundancia tiene su penuria. Si el globo terráqueo fuese tuyo, no llenaría tu alma. ¿Y depositarás tu amor en aquello que nunca te dará contentamiento? ¿No es mejor amar a Dios? Él te dará aquello que satisface. “Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal. 17:15). Cuando despierte del sueño de la muerte, y tenga sobre mí los rayos de la gloria de Dios, estaré satisfecho con su semejanza.
Si amas las cosas mundanas, estas no podrán quitar la angustia de tu mente. Si hay un aguijón en la conciencia, el mundo entero no puede arrancarlo. Al rey Saúl, cuando estaba angustiado, las joyas de su corona no le sirvieron de consuelo (1 S. 28:15). Pero si amamos a Dios, Él puede darnos paz cuando ninguna otra cosa puede hacerlo; Él “vuelve las tinieblas en mañana” (Am. 5:8). Él puede aplicar la sangre de Cristo para renovar tu alma; puede susurrar su amor mediante el Espíritu, y disipar todos tus temores e inquietudes con una sonrisa.
Si amas al mundo, amas lo que te excluye del Cielo. Las diversiones mundanas pueden compararse con los carruajes en un ejército; mientras los soldados han estado avituallándose en los carruajes, han perdido la batalla. “¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!” (Mr. 10:23). La prosperidad, para muchos, es como la vela para el barco, que lo hace volcar rápidamente; así, pues, al amar al mundo, amamos aquello que nos pone en peligro. Pero si amamos a Dios, no temeremos perder el Cielo. Él será una Roca para refugiarnos, pero no para dañarnos. Amándole es como llegamos a gozar de Él.
Puede que ames las cosas mundanas, pero estas no pueden amarte recíprocamente: amas el oro y la plata, pero tu oro no puede amarte recíprocamente; amas un cuadro, pero el cuadro no puede amarte recíprocamente. Puede que entregues tu amor a la criatura, y no recibas amor a cambio. Pero si amas a Dios, El te amará recíprocamente. “El que me ama […] mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn. 14:23). Dios no se queda atrás en amarnos: por nuestra gota recibimos un océano.
Cuando amamos al mundo, amamos algo que es peor que nosotros. El alma —como dice Damasceno— es una chispa de resplandor celestial; conlleva una idea y semblanza de Dios. Al amar al mundo, amamos aquello que es infinitamente inferior al valor de nuestra alma. ¿Hará alguno una valoración de la tela de saco? Cuando depositamos nuestro amor en el mundo arrojamos una perla a un cerdo, amamos aquello que es inferior a nosotros mismos. Tal como Cristo habla en otro sentido de las aves del aire: “¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mt. 6:26), así digo yo de las cosas mundanas: “¿No eres tú mucho mejor que ellas?”. Amas una buena casa, un hermoso cuadro, ¿no eres tú mucho mejor que estas cosas? Pero si amas a Dios, pones tú amor en el objeto más noble y sublime; amas aquello que es mejor que tú mismo. Dios es mejor que el alma, mejor que los ángeles, mejor que el Cielo.
Puede que ames al mundo, y recibas odio por tu amor. “Porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Jn. 15:19). ¿No le exasperaría a uno invertir un dinero en un terreno que, en lugar de producir maíz o uvas, solo produjera ortigas? Así es con las cosas terrenales: las amamos, y resultan ser ortigas que pican. No encontramos sino frustración. “Salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano” (Jue. 9:15). Al amar a la criatura, sale fuego de esta zarza para devorarnos; pero si amamos a Dios, Él no nos devolverá odio por amor. “Yo amo a los que me aman” (Pr. 8:17). Dios puede castigar, pero no puede odiar. Todo creyente es parte de Cristo, y tan imposible es que Dios odie a Cristo como que odie a un creyente.
Podemos amar excesivamente las cosas creadas. Podemos amar el vino demasiado, y amar la plata demasiado; pero no podemos amar a Dios demasiado. Si fuera posible excederse, el exceso aquí sería una virtud; pero nuestro pecado es que no podemos amar a Dios lo suficiente. “¡Cuán inconstante es tu corazón!” (Ez. 16:30). Así también, se puede decir: “¡Qué inconstante es nuestro amor a Dios!”. Es como lo último que se destila, que contiene menos alcohol. Si pudiéramos amar a Dios mucho más de lo que lo hacemos, no estaría, sin embargo, en proporción a su valía; así, pues, no hay peligro de exceso en nuestro amor a Dios.
Puede que ames las cosas mundanas, y estas mueran y te dejen. Las riquezas levantan el vuelo, los parientes desaparecen. Nada hay permanente aquí; la criatura tiene algo de miel en su boca, pero tiene alas, y pronto sale volando. Pero si amas a Dios, una “porción es Dios para siempre” (Sal. 73:26). Tal como se le denomina un Sol por su consuelo, así también una Roca por su eternidad; Él permanece para siempre. De esta manera, vemos que es mejor amar a Dios que al mundo.
Si es mejor amar a Dios que al mundo, sin duda es también mejor amar a Dios que al pecado. ¿Qué hay en el pecado para que alguien lo ame? El pecado es una deuda. “Perdónanos nuestras deudas” (Mt. 6:12). Es una deuda que nos acarrea la ira de Dios; ¿por qué amar el pecado? ¿Le gusta a alguien estar endeudado? El pecado es una enfermedad. “Toda cabeza está enferma” (Is. 1:5). ¿Y amarás el pecado? ¿Acariciará alguien una enfermedad? ¿Amará sus úlceras? El pecado es corrupción. El Apóstol lo llama “inmundicia” (Stg. 1:21). Se lo compara a la lepra y al veneno de áspides. El corazón de Dios se vuelve contra los pecadores. “Mi alma se impacientó contra ellos” (Zac. 11:8). El pecado es un monstruo deforme: la lascivia embrutece al hombre, la malicia le vuelve diabólico. ¿Qué se puede amar en el pecado? ¿Amaremos la deformidad? El pecado es un enemigo. Se le compara a una “serpiente” (Pr. 23:32). Tiene cuatro aguijones: vergüenza, culpabilidad, horror y muerte. ¿Amará alguien aquello que procura su muerte? Sin duda alguna, pues, es mejor amar a Dios que amar el pecado. Dios te salva, el pecado te condena; ¿no es de necios amar la condenación?
(12) La relación que tenemos con Dios requiere amor. Hay un parentesco cercano. “Tu marido es tu Hacedor” (Is. 54:5). ¿Y no amará una esposa a su marido? Él está lleno de ternura: su esposa es para Él como la niña de su ojo. Se regocija en ella como el novio se regocija en la novia (Is. 62:5). Ama al creyente como ama a Cristo (Jn. 17:26). El mismo amor en cuanto a calidad, aunque no en cuanto a igualdad. O bien debemos amar a Dios, o daremos pie a la sospecha de que aún no estamos unidos a Él.
(13) El amor es la virtud más permanente. El amor permanecerá con nosotros cuando ya no quede nada de otras virtudes. En el Cielo no necesitaremos arrepentimiento, porque no tendremos pecado. En el Cielo no necesitaremos paciencia, porque no habrá aflicción. En el Cielo no necesitaremos fe, porque la fe dirige su mirada a cosas invisibles (He. 11:1). Pero entonces veremos a Dios cara a cara; y donde hay visión, no hay necesidad de fe.
Pero cuando las otras virtudes hayan caducado, el amor continuará, y es en este sentido como dice el Apóstol que el amor es mayor que la fe, porque permanece más tiempo. “El amor nunca deja de ser” (1 Co. 13:8). La fe es el bastón con que caminamos por esta vida. “Por fe andamos” (2 Co. 5:7). Pero dejaremos este bastón a la puerta del Cielo, y solo el amor entrará. De esta manera, el amor se lleva la corona de todas las demás virtudes. El amor es la virtud que vive por más tiempo, es una flor de la eternidad. ¡Cómo deberíamos esforzamos en destacar en esta virtud, que es la única que vivirá con nosotros en el Cielo, y nos acompañará a la cena de las bodas del Cordero!
(14) El amor a Dios nunca permitirá al pecado florecer en el corazón. Algunas plantas no florecen cuando están juntas; el amor de Dios marchita el pecado. Aunque el viejo hombre vive, sin embargo, siendo un hombre enfermo, está débil y jadeante. La flor del amor mata la mala hierba del pecado; aunque el pecado no muere totalmente, sin embargo, muere a diario. ¡Cómo debiéramos esforzamos por esa virtud que es el único corrosivo capaz de destruir el pecado!
(15) El amor a Dios es un medio excelente para crecer en la gracia. “Antes bien, creced en la gracia” (2 P. 3:18). El crecimiento en la gracia es muy agradable a Dios. Cristo acepta la verdad de la gracia, pero encomia los grados de gracia; ¿y qué puede promover e incrementar más la gracia que el amor a Dios? El amor es como el riego de las raíces, que hace crecer el árbol. El Apóstol utiliza, pues, esta expresión en su oración: “El Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios” (2 Ts. 3:5). Sabía que esta virtud del amor alimentaría y fomentaría todas las virtudes.
(16) El gran beneficio que nos proporcionará amar a Dios. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co. 2:9). El ojo ha visto escenas inusuales, el oído ha oído buena música, ¡pero ningún ojo ha visto, ni oído ha oído, ni puede concebir el corazón de un hombre lo que Dios ha preparado para aquellos que le aman! Tales gloriosas recompensas son tan elevadas que —como dice Agustín— la fe misma no es capaz de comprenderlas. Dios ha prometido una corona de vida a los que le aman (Stg. 1:12). Esta corona encierra dentro de sí toda bendición: riquezas, gloria y deleites; y es una corona inmarcesible (1 P. 5:4). De esta manera, Dios nos quiere atraer a sí mediante recompensas.
(17) El amor a Dios es una armadura a prueba de error. Por falta de corazones llenos de amor, los hombres tienen cabezas llenas de error; las opiniones profanas se deben a la falta de afectos santos. ¿Por qué se entrega a los hombres a un poder engañoso? Porque “no recibieron el amor de la verdad” (2 Ts. 2:10, 11). Cuanto más amamos a Dios, tanto más odiamos esas opiniones heterodoxas que nos apartan de Dios y nos inducen al libertinaje.
(18) Si amamos a Dios, todos los vientos soplan a nuestro favor, todas las cosas en el mundo se confabulan para nuestro bien. No sabemos qué pruebas de fuego podemos encontrarnos, pero a los que a Dios aman todas las cosas les ayudarán a bien. Las cosas que obran contra ellos obrarán a su favor; su cruz dará lugar a una corona; todo viento los impulsará hacia el puerto celestial.
(19) La falta de amor a Dios es el fundamento de la apostasía. La semilla en la parábola que no tenía raíces representa a los que se apartan. El que no tiene el amor de Dios arraigado en su corazón se apartará en el tiempo de la tentación. El que ama a Dios se apegará a Él, como Rut a Noemí. “Dondequiera que tú fueres, iré yo […] donde tú murieres, moriré yo” (Rut 1:16, 17). Pero el que no tiene amor a Dios hará como Orfa con su suegra; la besó y se despidió de ella. El soldado que no tiene amor a su superior, cuando ve una oportunidad, le dejará, y correrá al bando enemigo. Al que no tiene amor a Dios en su corazón se le puede considerar un apóstata.
El amor es lo único en que podemos ser recíprocos con Dios. Si Dios se enoja contra nosotros, no debemos enojarnos contra Él; si nos reprende, no debemos devolverle la reprensión; pero si Dios nos ama, debemos devolverle su amor. Nada hay con que podamos corresponder a Dios, sino con amor. No debemos darle palabra por palabra, pero sí debemos darle amor por amor.
Así, pues, hemos visto veinte motivos para estimular e inflamar nuestro amor a Dios.
Pregunta. ¿Que haremos para amar a Dios?
Respuesta. Estudiemos a Dios. Si le estudiáramos más, le amaríamos más. Consideremos sus superlativas excelencias, su santidad, su bondad incomprensible. Los ángeles conocen a Dios mejor que nosotros, y contemplan claramente el esplendor de su majestad; es por eso por lo que le aman tan profundamente.
Estimulemos nuestro interés en Dios. “Dios, Dios mío eres tú” (Sal. 63:1). El pronombre posesivo “mío” es un hermoso imán para el amor, una persona ama lo que es suyo. Cuanto más creemos, tanto más amamos; la fe es la raíz, y el amor es la flor que crece sobre ella. “La fe que obra por el amor” (Gá. 5:6).
Haz que tu ferviente petición a Dios sea que Él te dé un corazón que le ame. Esta es una petición aceptable; sin duda, Dios no te la negará. Cuando el rey Salomón le pidió a Dios sabiduría: “Da, pues, a tu siervo corazón entendido” (1 R. 3:9), “agradó delante del Señor que Salomón pidiese esto” (v. 10). Así también, cuando clamamos a Dios: “Señor, dame un corazón que te ame. Es mi dolor no poder amarte más. ¡Oh, enciende este fuego del Cielo sobre el altar de mi corazón!”, esta oración, sin duda agrada al Señor, y Él derramará sobre nosotros su Espíritu, cuyo dorado aceite hará que la lámpara de nuestro amor arda con brillo.


Una exhortación a mantener tu amor a Dios

Tú que tienes amor a Dios esfuérzate en mantenerlo; no permitas que este amor muera y se apague.
Tal como quieres que el amor de Dios hacia ti continúe, haz que continúe tu amor hacia Él. El amor, como el fuego, es susceptible de apagarse. “Has dejado tu primer amor” (Ap. 2:4). Satanás se esfuerza en apagar esta llama, y mediante la negligencia en el deber la perdemos. Cuando un cuerpo delicado se despoja de ropas, es susceptible de enfriarse; as también, cuando descuidamos el deber, nos enfriamos gradualmente en nuestro amor a Dios. De todas las virtudes, el amor es la más susceptible de decadencia; necesitamos, pues, poner más cuidado en mantenerla. Si alguien tiene una joya, la guardará; si tiene una heredad, la guardará; ¡qué cuidado, pues, deberíamos poner en guardar esta virtud del amor! Es triste ver a cristianos profesantes decayendo en su amor a Dios; muchos se hallan en un estado de agotamiento espiritual, su amor está decayendo.
Hay cuatro señales por las que los cristianos pueden saber que su amor se halla en un estado de agotamiento:
(1) Cuando han perdido el sentido del gusto. El que se halla en un estado de profundo agotamiento carece del sentido del gusto; el alimento ya no le proporciona esa sensación sabrosa como hacía antes. Así también, cuando los cristianos han perdido el gusto, y no encuentran dulzura en una promesa, es señal de agotamiento espiritual. “Si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 P. 2:3). Hubo un tiempo cuando encontraban consuelo en acercarse a Dios. Su Palabra era como la miel que gotea, deliciosa al paladar de su alma; pero ahora es lo contrario. No pueden encontrar ya más dulzura en las cosas espirituales que en la “clara del huevo” (Job 6:6). Esta es una señal de que se hallan en un estado de agotamiento; perder el sentido del gusto evidencia la pérdida del primer amor.
(2) Cuando los cristianos han perdido el apetito. El que se encuentra en un estado de profundo agotamiento no se deleita en su alimento como anteriormente. Hubo un tiempo cuando estos cristianos tenían “hambre y sed de justicia” (Mt. 5:6). Tenían interés en las cosas celestiales, la gracia del Espíritu, la sangre de la Cruz, la luz del semblante de Dios. Sentían anhelo por los medios de gracia, y acudían a ellos como un hambriento a un banquete. Pero ahora la situación ha cambiado. No tienen apetito, no aprecian tanto a Cristo, no sienten un afecto tan fuerte hacia la Palabra, sus corazones no arden dentro de ellos; esto es un triste presagio, se hallan en un estado de agotamiento, su amor está decayendo. La fuerza natural de David había declinado cuando le cubrían de ropas y, sin embargo, no se calentaba (1 R. 1:1). Así también, cuando se cubre a los hombres con ropas cálidas (quiero decir los medios de gracia) y, sin embargo, no sienten el calor del afecto, sino que están fríos y rígidos, como si estuvieran a las puertas de su lecho de muerte; esta es una señal de que su primer amor ha declinado, se hallan en un estado de profundo agotamiento.
(3) Cuando los cristianos aman cada vez más al mundo, ello evidencia el decrecimiento del amor espiritual. Hubo un tiempo cuando tenían una disposición sublime y celestial, hablaban el lenguaje de Canaán; pero ahora son como el pez en el Evangelio, que tenía dinero en la boca (Mt. 17:27). No pueden pronunciar tres palabras sin que una de ellas sea acerca del dinero. Sus pensamientos y afectos, como Satanás, aún están rodeando la Tierra, una señal de que están yendo rápidamente cuesta abajo; su amor a Dios se halla en un estado de agotamiento. Podemos observar que cuando la naturaleza decae y se vuelve más débil, las personas andan más inclinadas; y ciertamente, cuando el corazón se inclina más hacia la Tierra, y está tan doblegado que apenas puede elevarse hacia un pensamiento celestial, está ahora tristemente declinando en su primer amor. Cuando la herrumbre se adhiere al metal, no solamente quita el brillo al metal, sino que lo corroe y lo consume; así también, cuando la Tierra se aferra a las almas de los hombres, no solamente empaña el brillante lustre de sus virtudes, sino que las corroe gradualmente.
(4) Cuando los cristianos tienen en poca consideración el culto a Dios. Los deberes de la religión se realizan de una forma muerta y formal; aunque no se dejen sin hacer, se hacen mal. Este es un triste síntoma de un agotamiento espiritual; la negligencia en el deber muestra un decaimiento en nuestro primer amor. Si las cuerdas de un violín están sueltas, el violinista nunca podrá hacer buena música; cuando los hombres se vuelven laxos en el deber, oran como si no orasen; esto nunca puede producir un sonido armonioso en los oídos de Dios. Cuando el movimiento espiritual es lento y pesado, y el pulso del alma palpita despacio, ello es una señal de que los cristianos han dejado su primer amor.
Prestemos atención a este agotamiento espiritual; es peligroso debilitarnos en nuestro amor. El amor es una virtud tal que no sabemos cómo valernos sin ella. Tan difícil es que un soldado pueda valerse sin sus armas, un artista sin su pincel y un músico sin su instrumento, como que un cristiano pueda estar sin amor. El cuerpo no puede carecer de su calor natural. El amor es al alma como el calor natural al cuerpo; no hay vida sin él. El amor influye en las virtudes, estimula los afectos, nos hace dolernos por el pecado, nos hace alegramos en Dios; es como el aceite para las ruedas; nos aviva en el servicio de Dios. ¡Cuánto cuidado, pues, debiéramos tener de mantener vivo nuestro amor a Dios!
Pregunta. ¿Cómo podemos impedir que nuestro amor se apague?
Respuesta. Vigilemos el corazón cada día. Observemos los primeros menoscabos en la gracia. Obsérvate a ti mismo cuando comiences a volverte insensible y descuidado, y utiliza todos lo medios para vivificarte. Dedica mucho tiempo a la oración, la meditación y la conversación santa. Cuando se está apagando el fuego, le echamos más combustible; así también, cuando la llama de nuestro amor se esté apagando, recurramos a los mandatos y las promesas del Evangelio, como combustible para mantener ardiendo el fuego de nuestro amor.


Una exhortación a aumentar tu amor a Dios

Permíteme exhortarte, cristiano, a aumentar tu amor a Dios. Haz que tu amor se eleve más alto. “Esto pido en oración, que vuestro amor abunde aún más y más” (Fil. 1:9). Nuestro amor a Dios debería ser como la luz de la mañana; primero tiene lugar la aurora, luego brilla cada vez más hasta el mediodía. Los que tienen unas pocas chispas de amor deberían soplar estas chispas divinas hasta convertirlas en una llama. Un cristiano no debería contentarse con una porción tan pequeña de gracia que le haga preguntarse si tiene gracia o no, sino que debería estar incrementando su provisión. El que tiene un poco de oro querría tener más; tú que amas a Dios un poco esfuérzate por amarle más. El hombre piadoso se contenta con poco de este mundo; sin embargo, nunca está satisfecho, sino que quisiera tener más de la influencia del Espíritu, y se esfuerza por añadir un grado de amor a otro. A fin de persuadir a los cristianos a poner más aceite en la lámpara, e incrementar la llama de su amor, permítaseme proponer estos cuatro incentivos divinos:
(1) El crecimiento del amor evidencia su veracidad. Si vemos que el almendro echa renuevos y florece, sabemos que hay vida en la raíz. La pintura no crece; un hipócrita, que no es sino una pintura, no crece. Pero donde vemos el amor a Dios aumentando y desarrollándose, como la nube de Elías, podemos deducir que es verdadero y genuino.
(2) Mediante el crecimiento en amor imitamos a los santos en la Biblia. Su amor a Dios, al igual que las aguas del santuario, se elevaba cada vez más. El amor de los discípulos hacia Cristo era débil al principio, huyeron de Cristo; pero tras la muerte de Cristo se volvió más vigoroso, e hicieron una confesión pública de Él. El amor de Pedro era al principio más débil y lánguido, negó a Cristo; ¡pero con qué denuedo le predicó después! Cuando Cristo puso a prueba su amor: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Jn. 21:16), Pedro pudo hacer esta humilde, pero confiada, apelación a Cristo: “Sí, Señor; tú sabes que te amo”. De esta manera, aquella tierna planta que antes fuera doblegada por el viento de una tentación, creció hasta convertirse en un cedro, que todos los poderes del Infierno no pudieron sacudir.
(3) El crecimiento del amor amplía la recompensa. Cuanto más ardamos en amor, tanto más brillaremos en la gloria; cuanto más elevado sea nuestro amor, tanto más brillante será nuestra corona.
(4) Cuanto más amemos a Dios, tanto más amor recibiremos de Él. ¿Queremos que Dios nos descubra los dulces secretos de su amor hacia nosotros? ¿Queremos recibir las sonrisas de su rostro? ¡Oh, entonces esforcémonos por alcanzar mayores grados de amor! S. Pablo consideraba el oro y las perlas como basura por amor de Cristo (Fil. 3:8). Sí, estaba tan inflamado de amor a Dios que podía haber deseado ser él mismo anatema, separado de Cristo, por sus hermanos los judíos (Ro. 9:3). No es que él pudiera ser anatema y separado de Cristo; sino que tal era su ferviente amor y piadoso celo por la gloria de Dios que hubiera estado dispuesto a haber sufrido aun más allá de lo que es correcto hablar, si con ello Dios hubiera tenido más honra.
Aquí había un amor elevado al más alto grado que le es posible alcanzar a un mortal; ¡y qué cerca llegó a estar del corazón de Dios! El Señor le llevó al Cielo por un tiempo y le tomó en su seno, donde tuvo una visión tan gloriosa de Dios y oyó aquellas “palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Co. 12:4). Nadie salió perdiendo jamás por amar a Dios.
Si nuestro amor a Dios no aumenta, pronto menguará. Si no se sopla el fuego, pronto se apagará. Por tanto, los cristianos deberían, por encima de todo, esforzarse a fomentar y estimular su amor a Dios. Esta exhortación estará desfasada cuando lleguemos al Cielo, pues entonces nuestra luz será clara, y nuestro amor perfecto; pero ahora es oportuno exhortar que nuestro amor a Dios abunde más y más.

El llamamiento Eficaz


La segunda calificación que se hace de las personas a quienes pertenece este privilegio en el texto es que son los llamados por Dios. Todas las cosas ayudan a bien a los que “son llamados”. Aunque la palabra llamados está colocada después de amar a Dios, sin embargo, por naturaleza va delante de ello. El amor se menciona primero, pero no tiene lugar primero; debemos ser llamados por Dios para poder amarle.
Al llamamiento se le ubica (Ro. 8:30) como el eslabón intermedio de la cadena de oro de la salvación. Se le coloca entre la predestinación y la glorificación; y si nos aferramos bien a este eslabón intermedio, podemos estar seguros de tener los otros dos extremos de la cadena. Para entender esto más claramente cabe observar seis cosas.


Una distinción acerca del llamamiento

Existe un doble llamamiento.
(1) Un llamamiento exterior, que no es otra cosa que el bendito ofrecimiento de gracia que Dios hace en el Evangelio, su mensaje a los pecadores cuando los invita a venir y aceptar su misericordia. Nuestro Salvador dice al respecto: “Muchos son llamados, mas pocos escogidos” (Mt. 20:16). Este llamamiento exterior es insuficiente para la salvación, pero suficiente para dejar a los hombres sin excusa.
(2) Un llamamiento interior, cuando Dios subyuga maravillosamente el corazón y atrae a la voluntad para que abrace a Cristo. Esto es —como dice Agustín— un llamamiento eficaz. Dios, mediante el llamamiento exterior, toca una trompeta en el oído; mediante el llamamiento interior Él abre el corazón, como hizo con el corazón de Lidia (Hch. 16:14). El llamamiento exterior puede llevar a los hombres a hacer una profesión de Cristo, el llamamiento interior los lleva a tomar posesión de Cristo. El llamamiento exterior refrena al pecador, el llamamiento interior lo transforma.


Nuestro deplorable estado antes de ser llamados

(1) Nos hallamos en un estado de vasallaje. Antes que Dios llame a un hombre, este está a disposición del diablo. Si le dice: “Ve”, él va; el pecador engañado es como el esclavo que excava en la mina, pica en la cantera o mueve los remos. Está a las órdenes de Satanás, como el asno lo está a las órdenes del arriero.
(2) Nos hallamos en un estado de tinieblas. “En otro tiempo erais tinieblas” (Ef. 5:8). Las tinieblas son desoladoras. Un hombre en la oscuridad está atemorizado, tiembla a cada paso que da. Las tinieblas son peligrosas. El que está en la oscuridad puede salirse fácilmente del camino y caer en ríos o remolinos; así también, en las tinieblas de la ignorancia, podemos caer fácilmente en la vorágine del Infierno.
(3) Nos hallamos en un estado de impotencia. “Cuando aún éramos débiles” (Ro. 5:6). Débiles para resistir una tentación o dominar una corrupción; el pecado corta la guedeja en que reside nuestra fuerza (Jue. 16:20). Más aún, no solo hay impotencia, sino obstinación: “Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo” (Hch. 7:51). Además de indisposición para hacer el bien, hay oposición.
(4) Nos hallamos en un estado de suciedad. “Te vi sucia en tus sangres” (Ez. 16:6). La fantasía produce pensamientos terrenales; el corazón es la fragua del diablo, donde vuelan las chispas de la lascivia.
(5) Nos hallamos en un estado de condenación. Hemos nacido bajo una maldición. La ira de Dios permanece sobre nosotros (Jn. 3:36). Este es nuestro estado antes que a Dios le plazca, mediante un llamamiento misericordioso, atraernos hacia sí y librarnos de la miseria en la que anteriormente estábamos enfangados.


Los medios de nuestro llamamiento eficaz

Los medios ordinarios que el Señor utiliza para llamarnos no son éxtasis y revelaciones, sino
(1) Su Palabra, que es “la vara de [su] poder” (Sal. 110:2). La voz de la Palabra es el llamamiento que Dios nos hace; se dice, pues, que Él nos habla desde el Cielo (He. 12:25); esto es, en el ministerio de la Palabra. Cuando la Palabra nos llama a apartarnos del pecado, es como si oyéramos una voz desde el Cielo.
(2) Su Espíritu. Este es el llamamiento en voz alta. La Palabra es la causa instrumental de nuestra conversión, el Espíritu es la causa eficiente. Los ministros de Dios solo son las flautas y los órganos; es el Espíritu soplando en ellos el que cambia eficazmente el corazón. “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso” (Hch. 10:44). La diligencia del agricultor en arar y sembrar no hace fructífero el terreno sin la lluvia temprana y la tardía. Así también, la semilla de la Palabra no convierte eficazmente a menos que el Espíritu ejerza su dulce influencia y caiga como la lluvia sobre el corazón. Debe implorarse, pues, la ayuda del Espíritu de Dios, para que emita su poderosa voz y nos despierte del sepulcro de la incredulidad. Si alguien llama a una puerta de bronce, no se abrirá; pero si viene con una llave en la mano, se abrirá; así también, cuando Dios, que tiene la llave de la vida en la mano (Ap. 3:7), viene, abre el corazón, aunque esté fuertemente acerrojado contra Él.


Los métodos que Dios utiliza para llamar a los pecadores

El Señor no está sujeto a una manera en particular, ni utiliza el mismo orden con todos. A veces viene en un silbo apacible y delicado. Los que han tenido padres piadosos, y se han sentado bajo el cálido Sol de la educación religiosa, frecuentemente no saben cómo o cuándo fueron llamados. El Señor infundió la gracia en sus corazones de forma secreta y gradual, al igual que las gotas de rocío caen imperceptiblemente. Mediante los efectos celestiales saben que han sido llamados, pero no saben el tiempo o la forma. La manecilla se mueve en el reloj, pero no perciben cuándo se mueve.
Así procede Dios con algunos. Otros pecadores son más reacios y difíciles, y Dios viene a ellos en un viento tempestuoso. Utiliza más escoplos de la Ley para quebrantar sus corazones; los humilla profundamente y les muestra que sin Cristo están condenados. Después, tras haber labrado el barbecho de sus corazones mediante la humillación, siembra la semilla de la consolación. Les presenta a Cristo y la misericordia, y lleva sus voluntades no solo a aceptar a Cristo, sino a desearle apasionadamente y descansar fielmente en Él. Así obró en Pablo, y le llamó de ser un perseguidor a ser un predicador. Este llamamiento, si bien es más visible que el otro, no es, sin embargo, más real. El método de Dios para llamar a los pecadores puede variar, pero el efecto es aún el mismo.


Las características de este llamamiento eficaz

(1) Es un llamamiento dulce. Dios llama de tal manera que seduce; no fuerza, sino que atrae. No quita la libertad de la voluntad, sino que vence su terquedad. “Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder” (Sal. 110:3). Tras este llamamiento no hay más disputas, el alma obedece prontamente el llamamiento de Dios; tal como cuando Cristo llamó a Zaqueo, este le recibió gozosamente en su corazón y en su casa.
(2) Es un llamamiento santo. “Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo” (2 Ti. 1:9). Este llamamiento de Dios llama a los hombres a apartarse de sus pecados; mediante el mismo son consagrados y apartados para Dios. Los utensilios del Tabernáculo se tomaban del uso común y se apartaban para una utilización santa; así también, quienes son llamados eficazmente son separados del pecado y consagrados al servicio de Dios. El Dios a quien adoramos es santo, la obra en la que estamos empleados es santa, el lugar al que esperamos llegar es santo; todo esto requiere santidad. El corazón del cristiano ha de ser la sala de audiencias de la Santísima Trinidad; ¿y no se escribirá sobre él santidad al Señor? Los creyentes son hijos de Dios el Padre, miembros de Dios el Hijo, y templos de Dios el Espíritu Santo; ¿y no habrán de ser santos? La santidad es la insignia y el uniforme del pueblo de Dios. “Tu santo pueblo” (Is. 63:18). Tal como la castidad distingue a una mujer virtuosa de una ramera, así también la santidad distingue a los piadosos de los inicuos. Es un llamamiento santo, “pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (1 Ts. 4:7). Que nadie que viva en pecado diga que ha sido llamado por Dios. ¿Te ha llamado Dios a ser un maldiciente o un borracho? Más aún, que no diga la persona meramente moral que ha sido llamada eficazmente ¿Qué es el decoro sin la santidad? No es sino un cadáver cubierto de flores. La efigie del rey grabada sobre bronce no lo convierte en oro de curso legal. El hombre meramente moral parece como si tuviera la imagen del Rey del Cielo grabada sobre sí; pero no es mejor que una moneda falsificada, que no pasa por ser de curso legal delante de Dios.
(3) Es un llamamiento irresistible. Cuando Dios llama a un hombre por su gracia, este tiene que venir. Se puede resistir el llamamiento del ministro, pero no el llamamiento del Espíritu. El dedo del bendito Espíritu puede escribir sobre un corazón de piedra de la misma forma en que una vez escribió sus leyes sobre tablas de piedra. Las palabras de Dios son palabras creadoras; cuando Él dijo: “Sea la luz”, hubo luz; y cuando Él dice: “Sea la fe”, será así. Cuando Dios llamó a Pablo, este respondió al llamamiento. “No fui rebelde a la visión celestial” (Hch. 26:19). Dios avanza victoriosamente en el carro de su Evangelio; hace ver a los ciegos, y hace sangrar los corazones de piedra. Si Dios quiere llamar a un hombre, no hay nada que pueda impedirlo; las dificultades serán resueltas, los poderes del Infierno serán dispersados. “¿Quién ha resistido a su voluntad?” (Ro. 9:19). Dios quebranta las puertas de bronce, y desmenuza los cerrojos de hierro (Sal. 107:16). Cuando el Señor toca el corazón de un hombre por su Espíritu, toda jactancia es abatida, y la fortaleza real de la voluntad se somete a Dios. Se puede citar el Salmo 114:5: “¿Qué tuviste, oh mar, que huiste? ¿Y tú, oh Jordán, que te volviste atrás?”. El hombre que antes era como un mar turbulento, que espumaba iniquidad, ahora repentinamente huye y tiembla, y se postra como el carcelero: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” (Hch. 16:30). ¿Qué tienes, oh mar? ¿Qué tiene este hombre? El Señor le ha estado llamando eficazmente. Ha estado llevando a cabo una obra de gracia, y ahora su terco corazón ha sido vencido mediante una dulce violencia.
(4) Es un llamamiento supremo. “Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios” (Fil. 3:14). Es un llamamiento supremo porque somos llamados a realizar los ejercicios supremos de la religión: morir al pecado, ser crucificados al mundo, vivir por fe, tener comunión con el Padre (1 Jn. 1:3). Esto es un llamamiento supremo; es una obra demasiado elevada como para que los hombres puedan realizarla en su estado natural. Es un llamamiento supremo porque somos llamados a alcanzar privilegios supremos: la justificación y la adopción, ser hechos coherederos con Cristo. El que es llamado eficazmente tiene una posición más elevada que los príncipes de la Tierra.
(5) Es un llamamiento benévolo. Es el fruto y el producto de la libre gracia. Que Dios llame a unos y no a otros; que unos sean tomados y otros dejados, que un hombre tosco e inculto sea llamado, y un hombre inteligente y agradable sea rechazado; en ello hay libre gracia. Que los pobres sean ricos en fe y herederos del Reino (Stg. 2:5), y los nobles y grandes del mundo sean rechazados en su mayoría: “No sois muchos […] nobles” (1 Co. 1:26); esto es gracia libre y rica. “Sí, Padre, porque así te agradó” (Mt. 11:26). Que bajo el mismo sermón uno sea afectado eficazmente, y otro no sea conmovido más que un muerto con el sonido de la música; que uno oiga la voz del Espíritu en la Palabra, y otro no la oiga; que uno sea ablandado y empapado por la influencia del Cielo, y otro, como el vellón seco de Gedeón, no tenga rocío sobre sí; ¡he aquí una virtud distintiva! La misma aflicción convierte a uno y endurece a otro. La aflicción es para uno como la majadura de las especias, que produce un olor fragante; para otro es como la machacadura de malas hierbas en un mortero, que las hace más desabridas. ¿Cuál es la causa de esto sino la libre gracia de Dios? Es un llamamiento benévolo; está todo esmaltado y entretejido con la libre gracia.
(6) Es un llamamiento glorioso. “Nos llamó a su gloria eterna” (1 P. 5:10). Somos llamados a disfrutar del Dios bendito; como si alguien fuese llamado a salir de una cárcel para sentarse en un trono. Quinto Curtio escribe acerca de uno que, mientras cavaba en su huerto, fue llamado a ser rey. De esta manera nos llama Dios a la gloria y a la virtud (2 P. 1:3). Primero a la virtud, luego a la gloria. En Atenas había dos templos, el templo de la Virtud, y el templo del Honor; y nadie podía ir al templo del Honor, sin pasar primero por el templo de la Virtud. Así también, Dios nos llama primero a la virtud, y luego a la gloria. ¿Qué es la gloria entre los hombres, que la mayoría persigue, sino una pluma soplada en el aire? ¿Qué peso de gloria tiene? ¿No hay un gran motivo para que sigamos el llamamiento de Dios? Él nos llama a una posición elevada; ¿puede haber alguna pérdida o perjuicio en esto? Dios no quiere que dejemos cosa alguna por Él, excepto aquello que nos perderá si lo guardamos. Él no tiene ningún otro plan para nosotros que el de hacemos felices. Nos llama a la salvación, nos llama a un reino. ¡Oh, cómo debiéramos nosotros, pues, junto con Bartimeo, arrojar nuestra harapienta capa de pecado, y seguir a Cristo cuando Él llama!
(7) Es un llamamiento inusual. Solo pocos son llamados para salvación. “Pocos escogidos” (Mt. 22:14). Pocos no colectivamente, sino comparativamente. La palabra “llamar” significa seleccionar a algunos de entre los demás. A muchos les llega la luz, pero pocos tienen los ojos ungidos para ver esa luz. “Tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras” (Ap. 3:4). ¡Cuántos millones están asentados en región de sombra de muerte! Y en aquellos climas en que brilla el Sol de justicia, hay muchos que reciben la luz de la verdad sin el amor de la misma. Hay muchos formalistas, pero pocos creyentes. Hay algo que se parece a la fe, pero que no lo es. El diamante chipriota —dice Plinio— brilla como un verdadero diamante, pero no es genuino, se rompe con el martillo; así también, la fe del hipócrita se rompe con el martillo de la persecución. Solo pocos son verdaderamente llamados. El número de las piedras preciosas es pequeño en comparación con el número de las piedras corrientes. La mayoría de los hombres amoldan su religión a la moda de los tiempos; están por la música y el ídolo (Dn. 3:7). Pensar en esto seriamente debería hacer que nos ocupásemos en nuestra salvación con temor, y nos esforzásemos para ser contados entre aquellos pocos a quienes Dios ha trasladado a un estado de gracia.
(8) Es un llamamiento inmutable. “Irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Ro. 11:29). Esto es —como dice un autor erudito— aquellos dones que fluyen de la elección. Cuando Dios llama a un hombre, no se arrepiente de ello. Dios no ama un día, como hacen muchos amigos, para luego odiar otro; o como los príncipes, que hacen favoritos de sus súbditos, y después los arrojan en la cárcel. Esta es la bienaventuranza de un santo; su estado no admite alteraciones. El llamamiento de Dios se fundamenta en su decreto, y su decreto es inmutable. Las leyes de la gracia no se pueden revocar. Dios borra los pecados de su pueblo, pero no sus nombres. Aunque el mundo anuncie cambios cada hora, el estado del creyente es fijo e inalterable.


La finalidad del llamamiento eficaz es la honra de Dios

“A fin de que seamos para alabanza de su gloria” (Ef. 1:12). El que se halla en un estado natural no es más apto para honrar a Dios que lo es un animal para actuar razonablemente. Antes de su conversión, un hombre trae deshonra a Dios continuamente. Tal como los negros vapores que surgen de los terrenos cenagosos y pantanosos nublan y oscurecen el Sol, así también, del corazón del hombre natural surgen negros vapores de pecado, que nublan la gloria de Dios. El pecador está versado en la traición, pero nada entiende de la lealtad al Rey del Cielo. Pero hay algunos a quienes se adjudica la porción de la libre gracia, y estos son tomados como joyas de entre la basura y llamados eficazmente para que mantengan en alto el nombre de Dios en el mundo. El Señor tiene a algunos en todas las épocas que se oponen a las corrupciones de los tiempos, dan testimonio de sus verdades, y vuelven a los pecadores del error de su camino. Él tiene sus dignatarios, como el rey David los tenía. Quienes han sido monumentos a las misericordias de Dios serán trompetas de su alabanza.
Estas consideraciones nos muestran la necesidad del llamamiento eficaz. Sin este no podemos ir al Cielo. Debemos ser hechos “aptos para participar de la herencia” (Col. 1:12). Tal como Dios hace el Cielo apto para nosotros, así también nos hace aptos a nosotros para el Cielo; ¿y qué proporciona esta aptitud sino el llamamiento eficaz? Un hombre que permanece en la basura y suciedad de la Naturaleza no es más apto para el Cielo que lo es un muerto para heredar una propiedad. El llamamiento supremo no es algo arbitrario u opcional, sino tan necesario como la salvación; desgraciadamente, sin embargo, ¡cómo es descuidada esta sola cosa necesaria! La mayoría de los hombres, como el pueblo de Israel, vagan de un lado para otro para recoger paja, pero no se preocupan por tener las pruebas de su llamamiento eficaz. ¡Observemos qué poder tan grande ejerce Dios para llamar a los pecadores! Dios llama de tal manera que atrae (Jn. 6:44). La conversión se considera como una resurrección. “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección” (Ap. 20:6). Esto es, una resurrección del pecado a la gracia. Tan imposible es que un hombre se convierta a sí mismo como que un hombre se resucite a sí mismo. Se le llama una creación (Col. 3:10). Crear está por encima del poder de la Naturaleza;
Objeción. “Pero —dicen algunos— la voluntad no está muerta sino dormida, y Dios, mediante una persuasión moral, solamente nos despierta, y entonces la voluntad puede obedecer el llamamiento de Dios y moverse por sí misma hacia su propia conversión”.
Respuesta. A esto respondo: todo hombre está atado con cadenas por causa del pecado. “En prisión de maldad veo que estás” (Hch. 8:23). Si un hombre está encadenado, ¿es suficiente que utilicemos argumentos y le persuadamos a marcharse? Hay que romper sus cadenas y libertarle para que pueda andar. Así es con todo hombre natural; está encadenado con la corrupción; ahora, pues, el Señor, mediante la gracia de la conversión, debe limar sus cadenas, más aún, debe darle también piernas para correr, pues de otra manera no puede obtener la salvación.


Aplicación. Una exhortación a que hagas firme tu llamamiento

“Procurad hacer firme vuestra vocación” (2 P. 1:10). Esta es la gran ocupación de nuestras vidas, conseguir pruebas fehacientes de nuestro llamamiento eficaz. No confíes en privilegios exteriores, no clames como los judíos: “Templo del Señor” (Jer. 7:4). No te apoyes en el bautismo; ¿de qué sirve tener el agua, si se carece del Espíritu? No te contentes con que Cristo te haya sido predicado. No te des por satisfecho con una profesión vacía; puedes tener todo esto y, sin embargo, no ser mejor que un resplandeciente cometa. Esfuérzate, por el contrario, en dar pruebas a tu alma de que has sido llamado por Dios. No seas como los atenienses, que buscaban novedades. ¿Cuál es el estado y la naturaleza de estos tiempos? ¿Qué cambios es probable que tengan lugar este año? ¿De qué sirve todo esto si no has sido llamado eficazmente? ¿De qué sirve que los tiempos sean mejores? ¿De qué sirve que habite la gloria en nuestra tierra, si la gracia no habita en nuestros corazones? ¡Oh!, hermano mío, que cuando las cosas estén oscuras fuera, estén claras dentro. Pon diligencia en hacer firme tu llamamiento, pues esto es factible y verosímil. Dios no falta a quienes le buscan. Que no quede este asunto pendiente por más tiempo. Si hubiera una controversia acerca de tus tierras, utilizarías todos los medios para clarificar tu propiedad; ¿y no es nada la salvación? ¿No clarificarás tu propiedad aquí? Considera cuán triste es tu situación si no has sido llamado eficazmente.
Eres ajeno a Dios. El hijo pródigo se fue lejos a una provincia apartada (Lc. 15:13), lo cual implica que todo pecador, antes de la conversión, está lejos de Dios. “En aquel tiempo estabais sin Cristo […] y ajenos a los pactos de 1a promesa” (Ef. 2:12). Aquellos que mueren en sus pecados tienen tanto derecho a las promesas como los extranjeros al privilegio de ser ciudadanos libres. Si eres ajeno a Dios, ¿qué lenguaje puedes esperar de Él sino este: “No te conozco”?
Si no has sido llamado eficazmente, eres un enemigo “Erais en otro tiempo extraños y enemigos” (Col. 1:21). Nada hay en la Biblia que puedas reclamar sino las amenazas. Eres heredero de todas las plagas escritas en el libro de Dios. Aunque puedas resistir los mandatos de la Ley, no puedes huir de las maldiciones de la Ley. Los que son enemigos de Dios lean su propia sentencia: “A aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y decapitadlos delante de mí” (Lc. 19:27). ¡Oh, cuánto debiera preocuparte, por tanto, hacer firme tu llamamiento! ¡Qué desgraciada y condenable será tu condición, si la muerte te llama antes que te llame el Espíritu!
Pregunta. ¿Pero hay alguna esperanza de que yo sea llamado? He sido un gran pecador.
Respuesta. Ha habido grandes pecadores que han sido llamados. Pablo era un perseguidor, y sin embargo fue llamado. Algunos de los judíos responsables de crucificar a Cristo fueron llamados. Dios se complace en mostrar su libre gracia a los pecadores. No te desanimes, pues. Puedes ver una cuerda de oro descendiendo desde el Cielo para que pobres almas temblorosas se agarren a ella.
Pregunta. ¿Pero cómo puedo saber que he sido llamado eficazmente?
Respuesta. El que es llamado para salvación es llamado fuera de sí; no solo fuera de su yo pecaminoso, sino fuera de su yo justo; desestima su obediencia y sus dones morales. “No teniendo mi propia justicia” (Fil. 3:9). Aquel cuyo corazón ha tocado Dios por su Espíritu pone el ídolo de la justicia propia a los pies de Cristo, para ser pisado por Él. Practica la moralidad y los deberes de la piedad, pero no confía en ellos. La paloma de Noé utilizaba las alas para volar, pero confiaba en el arca para su seguridad. Es excelente cuando alguien es llamado fuera de sí. Esta renuncia —como dice Agustín— es el primer paso a la fe salvadora.
En el que es llamado eficazmente se produce un cambio visible. No es un cambio de las facultades, sino de las cualidades. Es cambiado con respecto a lo que era anteriormente. Su cuerpo es el mismo, pero no su mente; tiene otro espíritu. Pablo fue transformado de tal manera después de su conversión que los demás no le reconocían (Hch. 9:21). ¡Oh, qué metamorfosis produce la gracia! “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados” (1 Co. 6:11). La gracia transforma el corazón.
En el llamamiento eficaz se produce un triple cambio:
(1) Se produce un cambio en el entendimiento. Anteriormente había ignorancia, las tinieblas estaban sobre la faz del abismo; pero ahora hay luz: “Ahora sois luz en el Señor” (Ef. 5:8). La primera obra de Dios en la creación del mundo fue la luz; así es también en la nueva creación. El que es llamado para salvación dice con aquel hombre en el Evangelio: “Habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Jn. 9:25). Ve tal maldad en el pecado y tal excelencia en los caminos de Dios como jamás había visto. En verdad, esta luz que trae el bendito Espíritu bien puede llamarse una luz admirable. “Para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 P. 2:9). Es una luz admirable en seis sentidos. (a) Porque se comunica de forma extraordinaria. No procede de las órbitas celestiales donde están los planetas, sino del Sol de justicia. (b) Es admirable en sus efectos. Esta luz hace lo que ninguna otra luz puede hacer. Hace que el hombre se dé cuenta que es ciego. (c) Es una luz admirable porque es más penetrante. Otra luz puede brillar sobre el rostro; esta luz brilla en el corazón e ilumina la conciencia (2 Co. 4:6). (d) Es una luz admirable porque hace que aquellos que la tienen se admiren. Se admiran de sí mismos, de cómo pudieron contentarse con estar tanto tiempo sin ella. Se admiran de que sus ojos fuesen abiertos, y no los de otros. Se admiran de que, a pesar de que odiaban esta luz y se oponían ella, esta brillase en el firmamento de sus almas. De esto se quedan admirados los santos por toda la eternidad. (e) Es una luz admirable porque es más vital que cualquier otra. No solo ilumina, sino que vivifica; da vida a aquellos que estaban “muertos en […] delitos y pecados” (Ef. 2:1). Por eso se la denomina “la luz de la vida” (Jn. 8:12). (f) Es admirable por ser el principio de la luz eterna. La luz de la gracia es el lucero de la mañana que anuncia la luz gloriosa del Sol.
Así, pues, lector, ¿puedes decir que esta admirable luz del Espíritu ha amanecido sobre ti? Cuando estabas envuelto en la ignorancia y no conocías a Dios ni a ti mismo, repentinamente, una luz del Cielo brilló a tu alrededor. Esto es parte de esa bendita transformación que se produce en el llamamiento eficaz.
(2) Se produce un cambio en la voluntad. “El querer el bien está en mí” (Ro. 7:18). La voluntad, que antes se oponía. a Cristo, ahora le abraza. La voluntad, que antes era un cerrojo de hierro, es ahora como cera derretida; recibe fácilmente el sello y la impresión del Espíritu Santo. La voluntad se mueve hacia el Cielo, y lleva consigo todas las órbitas de los afectos. Los regenerados responden a todo llamamiento de Dios como el eco responde a la voz. “Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hch. 9:6). La voluntad se convierte ahora en un voluntario, se alista a las órdenes del Autor de la salvación (He. 2:10). ¡Oh, que transformación tan feliz se produce aquí! Anteriormente la voluntad mantenía fuera a Cristo; ahora mantiene fuera el pecado.
(3) Se produce un cambio en la conducta. El que es llamado por Dios anda en dirección contraria a como lo hacía anteriormente. Antes andaba en envidia y malicia, ahora anda en amor; antes andaba en orgullo, ahora en humildad. La corriente va en distinta dirección. Tal como en el corazón hay un nuevo nacimiento, así también hay un nuevo comienzo en la vida. De esta manera vemos qué transformación tan grande se produce en aquellos a los que Dios llama.
¿A qué distancia están de este llamamiento eficaz aquellos que nunca han experimentado cambio alguno? Son iguales que hace 40 o 50 años, tan orgullosos y carnales como siempre. Han visto muchos cambios en su época, pero no han experimentado cambio alguno en su corazón. Que no piensen los hombres que van a saltar del regazo de la ramera (el mundo) al seno de Abraham; o bien han de experimentar un bendito cambio mientras vivan, o un maldito cambio cuando mueran.
El que es llamado por Dios estima este llamamiento como la bendición suprema. Un rey, a quien Dios ha llamado por su gracia, estima más el llamamiento a ser santo que el llamamiento a ser rey. Valora la nobleza de su llamamiento más que la nobleza de su nacimiento. Teodosio consideraba mayor honor ser cristiano que ser emperador. Tan imposible es que una persona carnal aprecie las bendiciones espirituales como que un bebé aprecie un collar de diamantes. Prefiere su grandeza mundana, su comodidad, su abundancia y sus títulos honoríficos antes que la conversión. Prefiere ser llamado duque antes que santo, lo cual es señal de que es ajeno al llamamiento eficaz. El que es iluminado por el Espíritu considera la santidad su mejor blasón, y considera su llamamiento eficaz como su exaltación. Cuando ha alcanzado este grado, es un candidato para el Cielo.
El que es llamado eficazmente es llamado fuera del mundo. Es un “llamamiento celestial” (He. 3:1). El que es llamado por Dios se interesa en las cosas celestiales; está en el mundo, pero no es del mundo. Los naturalistas dicen acerca de las piedras preciosas que, si bien están formadas por materiales terrestres, sin embargo, su resplandeciente brillo se debe a la influencia de los cielos; lo mismo puede decirse del hombre piadoso, que si bien su cuerpo procede de la Tierra, el resplandor de sus afectos procede del Cielo; su corazón ha sido elevado a las regiones superiores, tan alto como Cristo. No solo se despoja de toda obra inicua, sino de todo peso terrenal. No es un gusano, sino un águila.
Otra señal de nuestro llamamiento eficaz es la diligencia en nuestro llamamiento común. Algunos se jactan de su llamamiento supremo, pero permanecen anclados ociosamente. La religión no refrenda la ociosidad. Los cristianos no deben ser indolentes. La ociosidad es el baño del diablo; una persona indolente es presa fácil de toda tentación. La gracia, si bien cura el corazón, no vuelve paralítica la mano. El que es llamado por Dios, al igual que trabaja para el Cielo, también trabaja en su oficio.

Exhortaciones A Los Que Son llamados


Si tras investigar encuentras que has sido llamado eficazmente, tengo tres exhortaciones para ti:


Admira la libre gracia de Dios al llamarte

Que Dios pase por alto a tantos, que deje de lado a los sabios y nobles, ¡y que la porción de la libre gracia se te adjudique a ti! ¡Que te saque de un estado de vasallaje, de moler en el molino del diablo, y te sitúe por encima de los príncipes de la Tierra, y te llame a heredar el trono de la gloria! Ponte de rodillas, prorrumpe en un agradecido canto de alabanza; que tu corazón se convierta en un decacordio, para entonar el memorial de la misericordia de Dios. Nadie está tan profundamente endeudado con la libre gracia como tú, y nadie debería elevarse tan alto como tú sobre el pináculo de la acción de gracias. Di como el dulce cantor: “Te exaltaré, mi Dios, mi Rey […]. Cada día te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre” (Sal. 145:1, 2). Los que son partícipes de la misericordia deberían ser trompetas de la alabanza. Anhela estar en el Cielo, donde tus acciones de gracias serán más puras, y elevadas una nota más alta.


Apiádate de los que no son llamados

Los pecadores vestidos de púrpura no son motivo de envidia, sino de compasión; están bajo “la potestad de Satanás” (Hch. 26:18). Pisan cada día el borde del abismo; ¿y qué ocurrirá si la muerte los arroja en él? ¡Oh, apiádate de los pecadores inconversos! Si te apiadas de un buey o un asno que se descarría, ¿no te apiadarás de un alma que se descarría de Dios, que ha perdido el camino y la sabiduría y se encuentra ante el precipicio de la condenación?
Más aún, no solo te apiades de los pecadores, sino ora también por ellos. Aunque ellos maldigan, tú ora. Oramos por los dementes; los pecadores están dementes. “Volviendo en sí” (Le. 15:17). Parece como si el hijo pródigo no fuera él mismo antes de su conversión. Los inicuos caminan a su ejecución: el pecado es la soga que los ahorca, la muerte los hace caer de la escalera, y el Infierno es su quemadero; ¿y no orarás por ellos, al verlos en tal peligro?


Tú que eres llamado eficazmente anda como es digno de tu alto llamamiento

“Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados” (Ef. 4:1). Los cristianos deben guardar el decoro; deben comportarse adecuadamente. Este es un consejo oportuno cuando muchos que profesan ser llamados por Dios, por su andar descuidado e irregular, mancillan la religión, por lo que los caminos de Dios son blasfemados. Son palabras de Salviano: “¿Qué dicen los paganos cuando ven vivir escandalosamente a los cristianos?: ‘Sin duda, Cristo no los ha enseñado mejor’ ”. ¿Afrentarás a Cristo y le harás sufrir de nuevo traicionando tu llamamiento celestial? Una de las escenas más tristes es ver a un hombre elevando sus manos en oración, y oprimiendo con esas manos; oír la misma lengua alabando a Dios en una ocasión, y en otra mintiendo y calumniando; oír a un hombre profesando fe en Dios con palabras, y negándole con sus obras. ¡Oh, qué indigno es esto! Tienes un llamamiento santo, ¿y serás profano? No pienses que puedes tomarte las libertades que otros se toman. El nazareo tomaba un voto sobre sí, se apartaba a sí mismo para Dios, y prometía abstinencia; aunque otros bebieran vino, no era digno del nazareo hacerlo. Así también, aunque otros sean descuidados y vanos, esto no es digno de aquellos que son apartados para Dios mediante el llamamiento eficaz. ¿No son las flores más hermosas que las malas hierbas? Ahora perteneces a “un pueblo adquirido por Dios” (1 P. 2:9); y esto implica no solo una gran dignidad, sino una buena conducta. Aborrece las pasiones pecaminosas, porque estas desacreditarían tu alto llamamiento.
Pregunta. ¿En qué consiste andar como es digno de nuestro llamamiento celestial?
Respuesta. Es andar ordenadamente, pisar con cuidado y caminar según las reglas y los axiomas de la Palabra. Un verdadero santo practica una obediencia reglada, sigue la regla de la Escritura. “A todos los que anden conforme a esta regla” (Gá. 6:16). Cuando dejamos las invenciones de los hombres y nos adherimos a las normas de Dios; cuando seguimos la Palabra, como Israel seguía la columna de fuego; esto es andar como es digno de nuestro llamamiento celestial.
Andar como es digno de nuestro llamamiento es andar singularmente. “Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones” (Gn. 6:9). Cuando otros andaban con el diablo, Noé andaba con Dios. Se nos prohíbe seguir a los muchos para hacer mal (Éx. 23:2). Si bien no es recomendable la singularidad en los asuntos civiles, sin embargo, en la religión es bueno ser singular. Melanchton era la gloria de la época en que vivió. Atanasio25 era singularmente santo; se mantuvo firme por Dios cuando la corriente de los tiempos corría en otra dirección. Más vale ser un modelo de santidad que un cómplice de la iniquidad. Más vale ir al Cielo con unos pocos que al Infierno con una multitud. Debemos andar en dirección opuesta a la de los hombres del mundo.
Andar como es digno de nuestro llamamiento es andar alegremente. “Regocijaos en el Señor siempre” (Fil. 4:4). Un excesivo decaimiento del espíritu desacredita nuestro alto llamamiento y hace sospechar a los demás que una vida piadosa es melancólica. A Cristo le agrada vernos regocijándonos en El. Caussin, en sus jeroglíficos, habla de una paloma que, por tener las alas perfumadas con aromáticos ungüentos, atraía a las demás palomas tras de sí. La alegría es un perfume que atrae a otros a la piedad. La religión no excluye todo el gozo. Tal como hay una seriedad sin acritud, así también hay una alegre viveza sin superficialidad. Cuando el hijo pródigo se convirtió, “comenzaron a regocijarse” (Lc. 15:24). ¿Quiénes deberían estar alegres sino los hijos de Dios? Tan pronto nacen del Espíritu, son herederos de una corona. Dios es su porción, y el Cielo su mansión, ¿y no habrán de regocijarse? Andar como es digno de nuestro llamamiento es andar sabiamente. Andar sabiamente implica tres cosas.
(1) Andar cautamente. “El sabio tiene sus ojos en su cabeza” (Ec. 2:14). Los demás nos vigilan para ver si tropezamos; por tanto, necesitamos mirar cómo andamos. No solo debemos evitar los escándalos, sino de todo lo que sea impropio, no sea que de esta manera abramos la boca de otros con un nuevo clamor contra la religión. Si nuestra piedad no convierte a los hombres, nuestra prudencia puede silenciarlos.
(2) Andar amigablemente. El espíritu del Evangelio está lleno de mansedumbre y candidez. “Sed […] amigables” (1 P. 3:8). Guárdate de una conducta áspera y altanera. La religión no quita la cortesía, sino que la refina. “Abraham se levantó, y se inclinó al pueblo de aquella tierra, a los hijos de Het” (Gn. 23:7). Aunque pertenecían a una raza pagana, Abraham les mostró respeto y cortesía. El apóstol Pablo tenía un temperamento afable. “A todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos” (1 Co. 9:22). El Apóstol se sometió a otros en asuntos secundarios, para poder ganarlos mediante su actitud servicial.
(3) Andar magnánimamente. Aunque debemos ser humildes, no por eso hemos de ser serviles. Es indigno que nos prostituyamos ante las codicias de los hombres. Lo que se impone pecaminosamente debe ser rechazado celosamente. La conciencia es la diócesis de Dios, que nadie tiene derecho a visitar sino Aquel que es el Obispo de nuestras almas (1 P. 2:25). No debemos ser como el hierro candente, que puede ser golpeado para que adquiera cualquier forma. Un cristiano de espíritu valiente está dispuesto a sufrir antes que permitir que se atente contra su conciencia. Aquí tenemos unidas la serpiente y la paloma, la prudencia y la sencillez. Este andar prudente concuerda con nuestro alto llamamiento, y adorna no poco el Evangelio de Cristo.
Andar como es digno de nuestro llamamiento es andar influyentemente: hacer bien a otros y ser ricos en acciones misericordiosas (He. 13:16). Las buenas obras honran la religión. Tal como María derramó el ungüento sobre Cristo, así también, mediante buenas obras, derramamos ungüentos sobre la cabeza del Evangelio. Y le hacemos exhalar un olor fragante. Las buenas obras, si bien no son la causa de la salvación, sí que la demuestran. Cuando andamos haciendo bienes con nuestro Salvador, y esparcimos la refrescante influencia de nuestra generosidad, andamos como es digno de nuestro alto llamamiento.
Aquí hay motivo de consuelo para ti que has sido llamado eficazmente. Dios ha magnificado su rica gracia hacia ti. Has sido llamado a un gran honor: a ser copartícipe con los ángeles y coheredero con Cristo; esto debería avivarte en los peores momentos. Deja que los hombres te afrenten y difamen; contrapón el llamamiento de Dios a la difamación del hombre. Deja que los hombres te persigan a muerte; lo único que hacen es darte un pasaje y enviarte al Cielo más pronto. ¡Cómo puede esto curar el corazón tembloroso! Aunque ruja el mar, aunque se agite la tierra, aunque las estrellas sean sacudidas, no debes temer. Has sido llamado y, por tanto, tienes la seguridad de que serás coronado.

Acerca Del Propósito De Dios


El propósito de Dios es la causa de la salvación

El tercer y último punto en el texto, que consideraré brevemente, es el fundamento y el origen de nuestro llamamiento eficaz, que encontramos en estas palabras: “Conforme a su propósito” (Ef. 1:11). Anselmo lo traduce “conforme a su buena voluntad”. Pedro el Mártir lo traduce “conforme a su decreto”. Este propósito, o decreto, de Dios es la fuente de nuestras bendiciones espirituales. Es la causa impulsora de nuestra vocación, nuestra justificación y nuestra glorificación. Es el eslabón más alto en la cadena de oro de la salvación. ¿Cuál es el motivo de que un hombre sea llamado y otro no? Se debe al propósito eterno de Dios. El decreto de Dios proclama la salvación del hombre.
Atribuyamos, pues, toda la obra de la gracia al beneplácito de Dios. Dios no nos eligió porque fuéramos dignos, sino que nos hace dignos al elegirnos. Los orgullosos están inclinados a atribuirse y arrogarse demasiado en lo que a ser partícipes de Dios se refiere. Mientras que muchos claman contra el sacrilegio eclesiástico, son al mismo tiempo culpables de un sacrilegio mucho mayor, puesto que le roban a Dios su gloria al ponerse la corona de la salvación sobre su propia cabeza. Pero nosotros debemos enfocarlo todo desde el punto de vista del propósito de Dios. Las señales de la salvación están en los santos, pero la causa de la salvación está en Dios.
Si es el propósito de Dios el que salva, entonces no es el libre albedrío. Los pelagianos son acérrimos defensores del libre albedrío. Nos dicen que el hombre tiene un poder innato para efectuar su propia conversión; pero este texto lo refuta. Nuestro llamamiento es “conforme a su propósito”. La Escritura arranca de raíz el libre albedrío. “No depende del que quiere” (Ro. 9:16). Todo depende del propósito de Dios. Cuando el prisionero es sentenciado por los tribunales, no hay salvación para él, a menos que el rey tenga el propósito de salvarle. El propósito de Dios es su prerrogativa real.
Si es el propósito de Dios el que salva, entonces no hay méritos. Belarmino sostiene que las buenas obras sí expían el pecado y merecen la gloria; pero el texto dice que somos llamados conforme al propósito de Dios, y hay un texto paralelo en la Escritura. “Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia” (2 Ti. 1:9). No existe tal cosa como el mérito. Nuestras mejores obras contienen defección e infección y, por tanto, no son más que pecados relucientes; de modo que, si somos llamados y justificados, es el propósito de Dios lo que lo lleva a cabo.
Objeción. Pero los papistas alegan este versículo de la Escritura en cuanto al mérito: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Ti. 4:8). Su argumento se basa en esto: si Dios, en justicia, recompensa nuestras obras, entonces estas merecen la salvación.
Respuesta. A esto respondo que Dios concede una recompensa, como Juez justo, no a la dignidad de nuestras obras, sino a la dignidad de Cristo. Dios, como Juez justo, nos recompensa no porque lo hayamos merecido, sino porque Él lo ha prometido. Dios tiene dos tribunales: un tribunal de misericordia y un tribunal de justicia; el Señor condena en el tribunal de justicia aquellas obras que corona en el tribunal de misericordia. Lo más importante, pues, en cuanto a nuestra salvación es el propósito de Dios.
Además, si el propósito de Dios es la fuente de la felicidad, entonces no somos salvados por una fe prevista. Es absurdo pensar que cualquier cosa en nosotros pudiera tener la más mínima influencia sobre nuestra elección. Algunos dicen que Dios previó que tales personas creerían y, por tanto, las escogió; de esta manera hacen que el asunto de la salvación dependa de algo en nosotros. Mientras que Dios no nos elige POR fe, sino PARA fe. “Nos escogió […] para que fuésemos santos” (Ef. 1:4); no porque fuésemos santos, sino para que fuésemos santos. Somos elegidos para santidad, no por ella ¿Qué podía prever Dios en nosotros sino corrupción y rebelión? Si alguien es salvo, es conforme al propósito de Dios.
Pregunta. ¿Cómo sabremos que Dios tiene el propósito de salvarnos?
Respuesta. Siendo llamados eficazmente. “Procurad hacer firme vuestra vocación y elección” (2 P. 1:10). Hacemos firme nuestra elección haciendo firme nuestro llamamiento. Dios nos ha “escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación” (2 Ts. 2:13). Por la corriente llegamos finalmente a la fuente. Si vemos que la corriente de la santificación corre en nuestras almas, podemos llegar por esta a la fuente de la elección. Cuando una persona no puede mirar al firmamento, puede, sin embargo, saber que la Luna está allí al verla brillar sobre el agua; así también, aunque no podemos observar lo secreto del propósito de Dios, sin embargo, podemos saber que somos elegidos por el brillo de la gracia santificante en nuestra alma. Quienquiera que encuentre la Palabra de Dios transcrita y copiada en su corazón puede deducir innegablemente su elección.


El propósito de Dios es la base de la seguridad

Aquí tenemos un maravilloso elixir de inefable consuelo para aquellos que son llamados por Dios. Su salvación se apoya en el propósito de Dios.

“El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad toda aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Ti. 2:19).

Nuestras virtudes son imperfectas, nuestros consuelos mudables, pero el fundamento de Dios está firme. Los que edifican sobre esta roca del propósito eterno de Dios no tienen por qué temer apartarse; ni el poder del hombre ni la violencia de la tentación podrán jamás derrumbarlos.

 

 

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