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Un Matrimonio Infernal

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Un Matrimonio Infernal

Durante un retiro para parejas cristianas jóvenes tuvimos un fascinante diálogo en grupo. Les había pedido que hicieran una lista de las «armas» que se utilizan en el matrimonio y, con gran espontaneidad, surgieron las siguientes:

1.      La ira y su explosión.
2.      El silencio.
3.      Las lágrimas.
4.      Las palabras fuertes.
5.      Las actitudes despreciativas.
6.      Fingir enfermedades.
7.      La oposición permanente.
8.      El sexo.
9.      Abandono del hogar.
10.      Los privilegios.
11.      El maltrato físico.

 

 

Los he colocado más bien en el orden en el que se mencionaron, no en el de gravedad, porque todos son serios. Tal vez usted conozca otros más que no he mencionado pero, francamente, los once son casi demasiado para mí. Comentemos algunos de estos «armamentos».

La ira, seguida rápidamente por la explosión, es una de las «armas» más comunes usadas en el hogar. Las tensiones crecen a causa; de malos entendidos, deliberados o sin intención. Llega el encuentro y la calurosa discusión, a veces al rojo vivo. Se calientan los ánimos y nos olvidamos del proverbio: «La blanda respuesta quita la ira, mas la palabra áspera hace subir el furor» (Pr 15:13). Saltan las palabras y pensamientos hirientes, y en unos segundos estamos lanzando bombas de profundidad. A veces recurrimos a otras armas para agudizar el problema. En fin, estalló el conflicto, y ¿ahora qué? A veces es posible lograr la calma instantáneamente pero, por lo regular, se requiere un poco (esperamos que no mucho) de tiempo para que los dos recuperen el equilibrio y la objetividad. Lo más importante en estos casos es reconocer que los dos han tenido la culpa, que pidan y ofrezcan perdón, y que traten la chispa original con la calma de dos cristianos maduros. ¡Ojalá fuera tan fácil!

El silencio, como castigo, es uno de los más difíciles de tratar dentro del matrimonio y, probablemente, la mayoría de las parejas lo han utilizado alguna que otra vez. Algunos cónyuges se especializan en esta arma. Recuerdo un caso en que el esposo aplicó el tratamiento del silencio a su esposa durante tres meses; y durante todo el tiempo se mantuvo en el hogar, relacionándose «normalmente» con los demás miembros de la familia. Poco después supe de un hogar donde guardaron silencio ¡por dos años! ¿Por qué usamos este tipo de castigo? A veces, es porque francamente no sabemos qué decir, y es preferible no decir nada, y esta situación puede prolongar el silencio como castigo fuerte. En otros casos, es arma de pura venganza e ira. Cuando se prolonga, revela incapacidad, o falta de deseo, de solucionar el problema, de encararlo objetivamente como hombre y mujer cristianos. Se prefiere dejar a la otra persona en la condición de no saber qué hacer ni qué decir.

Las lágrimas casi siempre son un arma más usual en las esposas que en los esposos. Hay pocas armas que descontrolen tanto al marido como una catarata de lágrimas y sollozos. ¿Qué se puede hacer? Si habla, llora más; y si no dice nada, sigue llorando. Las lágrimas son una expresión emocional legítima del ser humano. Se llora por muchas razones, desde alegría hasta ira. En el matrimonio creo que más se llora por haber recibido maltrato, por sentimiento de culpa, o a causa de enfermedad o embarazo. En sí, no hay nada malo en llorar, y puede ser una buena catarsis emocional en que se descargue la tensión acumulada. Pero cuando se comienza a utilizar consciente o inconscientemente como mecanismo de defensa, entonces sí hay problemas serios. Llega a ser un escape de la realidad, una negativa a enfrentar el problema, o una manipulación muy eficaz, pero destructiva del hogar.

Las palabras fuertes tienen muchas variedades. Son una de las armas más fáciles de utilizar. No tienen que incluir vocablos vulgares o blasfemos, aunque a veces ocurren. Muchas veces las palabras revelan las propias debilidades que estallan en el momento de la ira. Se hace referencia al pasado de uno de los cónyuges o a sus familiares o, lo que es peor, a la suegra. Se mencionan muchas cosas que no se pueden controlar ni cambiar, como defectos emocionales o físicos, obesidad, incapacidad de concebir hijos, u otras parecidas. Muchas veces estas palabras fuertes van acompañadas de «nunca» y/o «siempre» en contexto negativo. ¡Qué formidable el pasaje de Efesios 4:25, 29, 31, 32!

Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.
Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros; como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

Este párrafo lo he dado como tarea para memorizar a parejas que vienen en busca de orientación para un matrimonio en crisis. Es una tremenda terapia espiritual.

Las actitudes despreciativas son sutiles y algunas personas las han llevado a un grado singular de perfección. A veces, sólo la pareja entiende lo que se le ha comunicado a través de un gesto o una mirada. Pero el observador astuto llega a «pescar» estas actitudes. A veces surgen en privado, otras en público. Unas veces vienen sin palabras, otras cambian el gesto o la mirada con palabras suaves que son como la mordedura de una silenciosa serpiente venenosa. En privado o en público, en ocasiones el arma se utiliza sin que el cónyuge «atacado» lo sepa. Si es en privado, Dios lo ve, y si es en público, a veces no sólo Dios, sino otras personas notan que el matrimonio tiene problemas.
En cierta ocasión, una pareja de amigos estaba de visita en nuestro hogar. Ese día, no recuerdo por qué motivo, le di a Ivonne una rosa amarilla. La esposa visitante le comentó: «¡Qué bonita flor!», a lo que Ivonne comentó que yo se la había dado ese día. «¿Y qué, has celebrado algo especial?» Al recibir la explicación, ella comentó en presencia de su marido: «¡Ojalá que mi esposo fuera tan sensible con su esposa!» Fue un golpe directo y penetrante; esas palabras nos dijeron mucho de esta pareja y sus problemas. También fue como un clamor desesperado por parte de la esposa hacia su esposo para que él la tomara más en cuenta en cosas pequeñas y cariñosas. Él nunca cambió, desafortunadamente, y ella siguió tirando esas «indirectas».

Fingir enfermedades casi requiere el comentario de un buen médico, psicólogo o psiquiatra cristiano. Yo no lo soy, pero reconozco que usar la excusa de una enfermedad crónica requiere ayuda profesional para establecer las causas y la terapia de solución. Esta arma indica causas muy profundas, muchas de las cuales regresan a la infancia, la niñez y la juventud del que la usa. Sin embargo, en algunos casos, cuando la persona se da cuenta de lo que está haciendo, sí hay esperanza de cambiar, enfrentar los problemas y solucionar las tensiones.

La oposición permanente casi no merece comentario. Revela a un adulto infantil, que al no poder salirse con la suya en su matrimonio, se desquita de esa forma. Cuando en el aconsejamiento matrimonial surge esta queja, trato de investigar algo del hogar en que creció el que usa esta arma, y en particular su relación con los padres y la manera en que educaron y disciplinaron, o no, a sus hijos. Pero siempre en problemas matrimoniales se requieren dos personas para causar el lío, y busco averiguar cuándo aparece esta arma de inmadurez. Muchas veces por medio del consejero cristiano, o incluso mediante la lectura de un libro que trate el tema, se puede descartar esta arma y seguir hacia la madurez cristiana.

El arma sexual es una de las más delicadas, menos compartidas, y más utilizadas en el matrimonio. Por su naturaleza privada, pocas personas van a pedir en público o privado ayuda en oración por un cónyuge que esté negándose a la relación sexual. ¿Por qué surge esta situación? Era un problema en Corinto por el concepto que algunos casados tenían del matrimonio y el sexo. San Pablo, en 1 Corintios 7, tuvo que dirigirse a una idea que venía de la filosofía griega, en la que se afirmaba que todo lo espiritual era bueno y todo lo material estaba propenso al pecado, o aun era en sí malo. ¿Y qué cosa más «material» que la relación sexual?
Por eso, en busca de «santidad», algunos cónyuges habían dejado de practicar esa relación íntima. San Pablo aconsejó a la iglesia de Corinto con palabras directas. Puede ser que hoy aparezca esta arma envuelta con la misma excusa, y el consejo paulino es igual. Pero más bien creo que aparece como castigo muy eficaz al cónyuge que ha cometido una falta, y no por razones espirituales. Si la esposa lo hace, el marido la puede forzar a tener relaciones íntimas, pero probablemente no va a querer hacerlo. Si es el esposo quien se niega, no hay nada que la esposa pueda hacer para forzarlo a cumplir con su deber conyugal. Él, simplemente, no puede por razones fisiológicas. Es un arma peligrosa porque puede llevar a la persona a la que se le niega a buscar satisfacción en otra parte, y eso sólo complicaría el problema.

El abandono del hogar surge como última arma nocturna en muchas peleas matrimoniales. A continuación de una fuerte y acalorada discusión, con sus palabras abusivas, ira, lágrimas, y actitudes despreciativas, uno de los dos abre la puerta con violencia, la cierra con un tremendo golpe, y sale furioso. Cae el silencio, pero el problema se ha agudizado. El esposo es el que puede usar esta arma más, porque le es más fácil salir de casa y buscar otro lugar donde estar, pero la esposa también la utiliza. Lo peor es cuando él se escapa a casa de su querida mamita, que lo ha mimado tanto. En muchos casos tiene resultados peligrosos para el futuro del matrimonio. Una fuga, como arma, refleja debilidad de carácter, incapacidad de enfrentar las causas del problema, y la ira que surge. Pero es síntoma de problemas más serios que se tienen que tratar a fondo.

La privación de privilegios casi siempre es utilizada por el hombre que trata de imponer su autoridad y machismo sobre la mujer —objeto que tiene en sujeción en su hogar-dominio. Es una forma de castigar a la esposa como si fuera una niña, no permitiéndole que salga de casa para ir a la tienda, a la iglesia, a pasear, u otra cosa semejante.

El maltrato físico es lo más drástico, y es de lamentar que ocurra también en hogares que se llaman cristianos. La ira descontrolada que desemboca en golpes es el extremo de un adulto sin dominio propio. En una iglesia evangélica llegó un cierto domingo al culto una joven esposa con un nuevo peinado. Alguien la felicitó por estrenar el peinado; pero después, en una conversación íntima, la señora confesó que la razón por la cual lo tenía era porque esa semana su esposo la había golpeado tanto que le arrancó manojos de cabello. Ella tuvo que recurrir a un salón de belleza para que le igualaran el pelo.
Las armas que forman el arsenal de la guerra matrimonial son amplias, devastadoras, y pueden llevar al hogar a la desintegración total. Evalúe usted su propio hogar para ver cuáles utiliza para la defensa y el ataque. Analice el porqué de su uso y, progresivamente, elimínelas de su vida a fin de poder disfrutar de un hogar genuinamente cristiano.

El corazón siempre tiene la facultad de perdonar.
—Mad. Swetchine

«Pero estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros» (Ro 15:14).

Pablo, como apóstol sabio, sabía que las relaciones humanas eran frágiles, y que se necesitaba un esfuerzo constante para mantener abiertas las líneas de comunicación. También sabía que en algunas ocasiones era necesario que una persona hablase en confianza con el cónyuge para corregir o enderezar algo en su vida. Por eso escribe este pensamiento. Pero noten las condiciones para poder amonestar al otro: estar llenos de bondad o controlados por motivos bondadosos; y estar llenos de conocimiento y controlados por la comprensión del caso. Sólo así será posible una «amonestación» positiva —vocablo y concepto más fuerte que el de «exhortación»— de cristiano a cristiano.
La aplicación al hogar es clara y aparentemente fácil, pero se requiere sabiduría para saber cómo hacerlo. Supongamos que usted como esposo o esposa ha observado algo en su cónyuge que le inquieta o molesta. Tal vez usted nota que han dejado de compartir en algunas áreas, o se da cuenta de que su cónyuge está pasando por una situación difícil en su vida. Tal vez usted desea hablar acerca de temas de gran envergadura que afectan al futuro de su hogar. O tal vez es una irritación relativamente pasajera, pero que necesita y merece un diálogo para arreglar las cosas. Las sugerencias que menciono ahora tienen el propósito de poder realizar a cabo conversaciones saludables que fortalecerán su matrimonio. En cualquier caso, usted, sea esposo o esposa, debe haber tomado la iniciativa para entablar el diálogo. Es mejor cuando los dos se ponen de acuerdo para dar estos pasos en la comunicación.
En primer lugar, pida la ayuda de Dios. Usted necesita al Señor para estar seguro de que el tema merece discutirse. Necesita al Señor para saber cómo iniciar la conversación y qué puntos enfocar y qué palabras utilizar. Usted necesita al Señor para mantener la serenidad. Ore al Señor. Al orar, tal vez se dará cuenta de que hay que esperar un buen tiempo antes de dar el segundo paso.
Segundo, busque la ocasión apropiada. Hay momentos en que en ningún sentido se debe comenzar una conversación seria de este tipo, por ejemplo, en el momento de salir de casa para ir a la iglesia el domingo por la mañana. Ese tiempo es para terminar de arreglarse a fin de poder llegar a la iglesia sin estorbo ni enojo. De por sí, el domingo por la mañana Satanás parece activar todo su ejército de demonios para neutralizar a los cristianos. Yo, como esposo, sé también que nunca debo iniciar un diálogo difícil durante la tarde, entre las 17:00 y las 19:00 horas. Ese tiempo es el más difícil para la familia. La esposa está tratando de preparar la cena, los niños están con hambre, el esposo irritado por algo que le pasó, y todos cansados por el trajín del día. Para nosotros, la hora mejor es cuando los niños ya están en cama, el trabajo de la cocina ha terminado y los dos estamos solos.
Debe ser un tiempo sin los niños, porque muchas veces el tema tendrá que ver con ellos. También el hablar en privado es básico para mantener detrás de las puertas de la alcoba la naturaleza del tema y el proceso de la conversación.
En tercer lugar, presente su tema y su punto de vista. Trabaje con lenguaje sencillo, con un argumento lógico y claro, y con serenidad. Hable pausadamente, estando seguro de que usted está comunicando fielmente sus ideas. Puede ser que el tema requiera un tiempo muy breve. Por ejemplo, si se trata de la manera en que el esposo tira sus zapatos en cualquier lugar por la noche, esto no requiere mucho tiempo. Pero si se trata del futuro de la familia y de un cambio de trabajo o residencia, o de una cosa más profunda, entonces asegúrese de que haya tiempo adecuado para expresar su punto de vista, con lugar también para respuesta:
No se enoje en el transcurso del diálogo. Esto suele suceder cuando usted nota reacciones visibles en la cara o frecuentes interrupciones. Tal vez pierda usted su lógica o su calma, y como quizás el tema sea algo delicado, está propenso a perder el control de sus emociones. Recuerdo que una vez, mientras Yvonne hablaba acerca de un problema, comencé a irritarme rápidamente, y ella me tuvo que parar diciendo: «Guillermo, no te enfades. Permíteme explicarte todo el caso y después puedes contestar». Esto me tranquilizó, y ella continuó. Fue duro de todos modos, pero por lo menos nadie se enojó en aquella ocasión.
En quinto lugar, ofrezca una oportunidad para responder. A veces es difícil que la otra persona espere para responder, pero es lo deseado. Hay que ser sensible a la respuesta, porque muchas veces nos autoengañamos y no vemos las cosas con claridad. También, en la respuesta puede venir una explicación del «porqué», la cual lleve a los dos a un mejor entendimiento y satisfacción.
Si es necesario, pida y ofrezca perdón. Esto es dificilísimo en nuestra cultura. A pesar de ser cristianos, no nos gusta pedir perdón. Pero no hay reconciliación sin perdón mutuo. Recuerdo una pareja que nunca pudo perdonarse, por lo cual el matrimonio tenía toda la garantía del fracaso. Pedir perdón es difícil porque nos obliga a reconocer que hemos errado, que somos culpables. A veces no lo queremos hacer porque no queremos reconocer dentro de nosotros mismos que hemos pecado, y mucho menos queremos que la otra persona lo sepa también. Pero hay pocas cosas más terapéuticas que perdonar y ser perdonado. Por diferentes razones, muchas veces nos es difícil perdonar. En parte porque significa hacernos vulnerables ante la otra persona, en parte porque estamos heridos personalmente y no podemos perdonar en el momento, y en parte porque cuando alguien pide perdón nosotros tenemos poder sobre la persona, y no queremos ceder nuestra posición superior. Aquí es donde la ética cristiana corta contra toda formación cultural y social que dice: «No ceda, no sea débil, no sea cobarde, no perdone ni pida perdón». En el matrimonio hay que pedir perdón y hay que perdonar… muchas veces.
Finalmente, después de toda la conversación, que tal vez ha sido difícil, entregue el problema al Señor. Él nos conoce mejor que nosotros mismos; Él entiende nuestras aspiraciones. Acudamos a Él para la restauración y la tranquilidad. Probablemente, muchos de nuestros problemas más serios menguarían en dificultad si recurriésemos más al Señor en profunda oración.

ALGUNAS SUGERENCIAS BÁSICAS PARA MANTENER VIVA LA COMUNICACIÓN

Doy por sentado que la razón por la que usted se ha casado es que desea compartir la totalidad de su vida con la otra persona, que usted la ama profundamente, y que ha tomado los votos matrimoniales en serio. El matrimonio no es fácil, ni es una empresa legal en la cual cada uno entrega el 50% para sumar el 100 %. No, cada uno comparte su 100% para sumar el total del 100 % en Cristo. Requiere sacrificio continuo, amor de entrega y sumisión mutua como características básicas del matrimonio.
Las sugerencias que siguen son el producto de mi observación de buenos matrimonios que han dado un ejemplo como familias auténticamente cristianas. Muchos de los que leen este libro podrían añadir otras ideas que les han funcionado, pero por lo menos aquí van nueve. Estas sugerencias son características de una buena amistad. Mi esposa es también mi amiga, mi amante. Lo que tenemos que cultivar son las dimensiones fundamentales de ser amigos: sinceridad, conocimiento (conocer y darse a conocer), confianza, compartimiento, aprecio y apoyo mutuo, respeto, tiempo adecuado, aceptación incondicional.
En primer lugar, compartan juntos su vida espiritual. Espero que cada esposa y esposo tenga una vida privada de oración pastoral por la familia y un estudio personal de la Biblia. Pero aquí me refiero a una vida de unidad espiritual, a una vida de oración juntos. Para nosotros fue difícil encontrar la mejor hora para orar juntos. Mi esposa es una persona que trabaja bien de noche, pero no muy bien durante la mañana. Yo de noche me canso rápidamente, pero al inicio del día tengo en operación todo mi sistema físico, emocional, y espiritual. En otras palabras, ella es un «búho» y yo soy un «gallo». ¿Cuándo iremos a orar juntos? Llegamos a un acuerdo: tendría que ser de noche, pero no muy tarde, luego de acostados los niños, por ejemplo. Entonces podríamos conversar y orar juntos. Lograr esto fue un triunfo difícil, y sólo la gracia de Dios nos ha ayudado a perseverar. También los esposos deben leer artículos y libros que les inciten a crecer espiritualmente. Nosotros, por ejemplo, casi siempre leemos un libro. Unas veces lee ella, otras yo, pero en cada caso dialogamos acerca del contenido. En esencia, buscamos estimularnos al crecimiento en Cristo.
En segundo lugar, aprenda a decir la verdad. No sólo es un principio bíblico, sino que es una tremenda base psicológica aplicable a toda la familia. Cierto, nadie afirmará que la mentira y el engaño son mejores que la verdad, pero la práctica niega la teoría. Estuve aconsejando recientemente a una pareja en crisis. Ellos aparentan felicidad cómo pareja y con sus niños, su casa propia, y su buen salario. Pero, lamentablemente, el hogar está fracturado por el engaño, engaño que comenzó antes del matrimonio y ha continuado. Ni él ni ella fueron sinceros, y la infidelidad matrimonial ha contribuido a una dolorosa desintegración. Lo triste es que casi no hay esperanzas de reconciliación. Mis amigos lectores, aprendan a decir la verdad desde los días en que son amigos, después novios, y luego cónyuges. ¡Qué fácil es decirlo, pero qué difícil hacerlo!

Perdonamos muy poco; olvidamos demasiado.
—Mad. Swetchine

Tercero, cultiven la práctica de alabarse mutuamente. No me refiere a la lisonja, que es engaño y mentira. Si la pareja se reduce a lisonjearse, el matrimonio está en grave situación. Me refiero a la habilidad de felicitarse honestamente acerca de cosas que les agradan. Por ejemplo, el esposo debe agradecer a la esposa todo el tiempo que ella pasa transformando la casa en un hogar. Esto es un trabajo a tiempo completo sin remuneración, pensión, ni jubilación. Ella merece alabanza. Felicítela por su peinado, por su vestido, por su personalidad, por su amor, por su dedicación al Señor, por aguantarlo a usted. ¿Y ella? Puede felicitar a su esposo por amarla, por proveer para ella y la familia, por ser trabajador, por la camisa nueva que le queda tan bien, por su espíritu amoroso, por su dirección y ejemplo espiritual. En fin, a cada pareja corresponde la tarea de hacer una lista de cosas que merecen alabanza. Lea Proverbios 31:10–31 a través de los lentes de un hombre casado y todavía enamorado. Sobre todo deben preservar el amor romántico, y no dejar nunca de decir «te amo» o «te quiero», o algo similar, y ¡con sentimiento!
En cuarto lugar, compartan sus vidas. Esto es algo que aprendí de mis padres. Como los dos trabajaban en el ministerio cristiano, tenían muchas actividades aparte. Pero siempre dedicaban un tiempo cada día para compartir lo que habían hecho, pensado, y leído. El esposo, al regresar a casa del trabajo, debe preguntarle a la esposa como le ha ido a ella durante el día. Es increíble cómo esta pregunta trae tranquilidad y comunicación al hogar. Él se interesa por ella. Después, él le dice cómo le fue durante el día. Hay que tener cuidado de comunicar no sólo las cosas amargas. Compartan también sus sueños, sus aspiraciones, sus pensamientos. Al mismo tiempo deben comprender que cada uno necesita su propia vida privada. Hay cosas y tiempos que son para uno solo. Esto es saludable y en ningún sentido viola la importancia de compartir. Pero requiere tacto.
Quinto, pasen por alto las limitaciones y los defectos secundarios. Bien dijo el apóstol Pedro que «ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados». Hay cosas que al principio parecen ser trascendentales, pero al pasar los años menguan en importancia. De soltero pensaba que me casaría con una mujer dedicada al deporte. Me encantaba montar a caballo y gozar de otras actividades vigorosas. Cuando me case con una mujer de gustos artísticos, pianista y amante de la música, me dije: «Dentro de poco la convenceré de que el deporte sería magnífico para ella». Nunca llegó ese día, y ahora me gozo en no haberla forzado en esta área. Ella me ha enseñado a apreciar el arte, la música, y otras cosas y, ocasionalmente, me acompaña a algún evento deportivo. Hay otras áreas en las que uno puede efectuar el cambio, como características físicas, o la respectiva naturaleza emocional. No debemos tratar de moldear al cónyuge a la imagen de nuestros sueños idealistas. Sencillamente, un buen matrimonio no funciona de esa manera.
En sexto lugar, elimine el uso de palabras tales como «nunca» o «siempre» cuando vayan acompañadas de un tono negativo. Por ejemplo: «Es que tú NUNCA has demostrado interés en…», o: «Pero tú SIEMPRE te has opuesto a mi madre, y NUNCA…» Estas dos palabras utilizadas en este contexto SIEMPRE hieren y NUNCA sirven para bien.
Séptimo, no deje que el sol se ponga sobre sus cuentas negativas pendientes. El principio lo encontramos en Efesios 4:26, 27: «No se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo». El principio de mantener «las cuentas cortas» se tiene que aprender temprano en el noviazgo y el matrimonio. Yvonne y yo nos hemos propuesto no dormirnos si no estamos en comunión básica. En ocasiones el reloj ha dado las primeras horas de la mañana cuando, al fin, se han arreglado las cuentas. La idea es que uno no debe permitir saldos acumulados de resentimientos, disgustos y enojos. Hay que tratar las cosas ya, con sabiduría y ternura.
Octavo, póngase de acuerdo acerca de los temas más importantes que atañen a su familia. Algunos de éstos son: finanzas, suegros, vida sexual, niños, actividades sociales, planes para el futuro. Claro, si ustedes como esposos tienen un matrimonio caracterizado por la buena comunicación, estos diálogos le vendrán con mayor naturalidad. Pero si no, entonces tienen que aprender ahora a tratar de temas que van más allá de lo corriente. Para mí, como pastor y consejero, ha sido tremendamente desanimador ver la cantidad de parejas que no dialogan seriamente. Esto lo he encontrado aun dentro del círculo clave del liderazgo en la obra del Señor. Bien reza el dicho: «Hablando se entiende la gente.»
Finalmente, como pareja cristiana, propóngase la meta de crecer juntos en su relación global. ¡Qué triste es observar a matrimonios que tal vez se han mantenido unidos a través de los años sólo por los hijos, pero que no han crecido juntos! Este desarrollo requiere una sensibilidad mutua entre esposos. En particular, exhorto a los maridos a no involucrarse tanto en sus propios trabajos a fin de no marginar sus responsabilidades hogareñas. El reto es enorme, pero con la gracia del Señor, podremos experimentar un hogar feliz, caracterizado por la comunicación abierta, a pesar de las dificultades normales de la vida.

PARA COMUNICARSE: ESCUCHAR MÁS, HABLAR MENOS

H. Norman Wright

En su libro Herein is love [Aquí está el amor], Reuel Howe dice: «Si existe alguna perspectiva indispensable con la cual debe comenzar su vida juntos una joven pareja, ésta consiste en que ambos deben intentar, a toda costa, mantener las líneas de comunicación entre ellos.»
Desgraciadamente, no es nada raro que las líneas de comunicación se rompan. Estas roturas son, a veces, debidas a que el marido y/o la mujer no quieren o no pueden hablar de lo que ocurre en sus vidas. Pero este mismo resultado se produce a menudo cuando los componentes del matrimonio no escuchan atentamente cuando habla el otro. No pueden existir sólidas líneas de comunicación si no se escucha con la atención debida.
Alguien ha sugerido que escuchar atentamente con la boca cerrada es una básica habilidad comunicativa necesaria en el matrimonio. Piense en su propia norma de comunicación. ¿Escucha usted? ¿Cuánto oye usted de lo que se dice? Se estima que una persona suele oír solamente el 20 por ciento de lo que se habla. ¿Qué hace falta para escuchar con eficacia?
Escuchar eficazmente significa que cuando alguien habla usted no está pensando en lo que va a decir cuando el otro termine. Por el contrario, usted debe captar todo cuanto dice su interlocutor. Como Paul Tournier manifiesta: «Qué experiencia tan hermosa, grande y liberadora representa el que la gente aprenda a escuchar a los demás. Resultaría imposible subrayar hasta qué punto necesitan los humanos que se les escuche realmente».
Escuchar es algo más que esperar cortésmente a que nos toque hablar. Es algo más que oír palabras. Escuchar de veras es recibir y aceptar el mensaje cuando nos lo envían, tratar de comprender lo que la otra persona quiere decir. Cuando esto sucede, usted no se limita a decir: «Le escucho». Usted puede decir: «Comprendo el significado de sus palabras.»
Aunque el escuchar se considera, generalmente, como una parte pasiva de la comunicación, en realidad no es así. Escuchar sensatamente es llegar hasta nuestro interlocutor, preocuparse activamente por lo que dice y por lo que quiere decir.
En su libro After You ‘ve Said I Do, Dwight Small señala que escuchar no resulta fácil ni natural para la mayoría de la gente. Nuestra preferencia innata no es escuchar. A muchas personas, lo que les gusta es hablar. Preferimos expresar nuestras ideas, pues nos sentimos más cómodos sentando nuestra postura, confirmando nuestras opiniones y sentimientos. En realidad, a muchos no les gusta tanto escuchar como hablar y ser oídos. Es debido a esto que nos concentramos más en intervenir en la conversación que en prestar plena atención a lo que dice el otro. También, y con frecuencia, pasamos las observaciones de los demás por el tamiz de nuestras propias opiniones y necesidades.
Por ejemplo, una esposa dice que está cansada de las tareas domésticas. El marido oye lo que ella dice, pero el mensaje que recibe es interpretado como que la mujer se siente desgraciada porque no tiene la ayuda de que dispone su madre. Esto no es lo que la mujer piensa, pero es lo que el marido oye. Desde que se casaron, a él le ha fastidiado el no poder proporcionarle a su esposa la ayuda que su suegro le proporciona a la suegra. Es fácil constatar cómo el mensaje ha sido falsamente interpretado. Los mensajes «filtrados» o «tamizados» raramente son exactos y se prestan a muchos malentendidos.
Cuando el marido y la mujer reconocen la importancia de escuchar objetivamente, prestándose mutua atención, están tomando grandes medidas para construir poderosas líneas de comunicación.

 

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