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Las mujeres guarden silencio en la congregación.

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Las mujeres guarden silencio en la congregación.

Teorías Relacionadas

 

I.      Esta no fue una declaración hecha por Pablo, sino un agregado posterior (ver a Gordon Fee: Nuevo comentario internacional del Nuevo Testamento: 1 Corintios, pp. 699–708); generalmente, basándose en algunos manuscritos griegos (los MSS D, F, G; un MS de la Vulgata; el Ambrosiastro, del padre Ambrosio, de la Iglesia latina, luego del 384 d.C.), que ubicó a 1 Co 14:33–34 después del v. 40.

II.      Pablo está citando la carta a la iglesia, la cual declara los falsos puntos de vista de los grupos que causaban divisiones. Pablo la menciona, pero para negarlo. Sin embargo, esta prolongada discusión (es decir, 1 Co 14:33–35 o 36) no concuerda con los «lemas» anteriores de Pablo. No es simplemente una declaración modificada por Pablo, sino una discusión continua.

III.      Pablo se refiere a un grupo problemático de mujeres, quienes perturbaban el culto de adoración, ya sea con lenguas, profecías o preguntas. El entusiasmo de su nueva libertad en Cristo estaba causando dificultades culturales en la evangelización y en la adoración.

IV.      Pablo les pone límites a las mujeres, no para que no profeticen públicamente, sino para evaluar el mensaje de otros profetas (es decir, de los profetas varones), lo cual implicaba que tenían autoridad sobre ellos (Santiago Hurley: El hombre y la mujer en la perspectiva bíblica, pp. 185–194 y Wayne Grudem: El don de profecía en 1 Corintios, pp. 239–255).

V.      Pablo se ocupa de varias situaciones en 1 Corintios 11:5 y 14:34.

A.      Una es una iglesia casera (11:5) y la otra es la iglesia reunida (14:34).

B.      Primera Corintios 11:5 está dirigido a las mujeres solteras y 14:34, a las mujeres casadas.

C.      Algunas mujeres eran muy rebeldes o demasiado francas.

La variedad y el número de interpretaciones muestra la incertidumbre de los intérpretes actuales sobre las costumbres en los cultos de Corinto (ver Bruce W. Winter: Después que Pablo salió de Corinto) y, por lo tanto, de las congregaciones cristianas del siglo I. ¿El problema era:

1.      local (es decir, exclusivo de Corinto)?

2.      de la cultura romana del siglo I?

3.      un abuso de los dones?

4.      el intento por dominar a las mujeres?

5.      la tentativa de imponer una estructura judía?

6.      un punto de vista falso de los grupos que causaban divisiones en Corinto

1Co 14:34  vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice.
1Co 14:35  Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación.



  Aunque estos dos versículos están presentes en todos los manuscritos conocidos, ya sea aquí o al final del capítulo, hay dos criterios de crítica textual—el de transcripción y el de probabilidad intrínseca—que se combinan para proyectar considerables dudas en cuanto a su autenticidad.Primero, en lo referente a la probabilidad transcripcional, debe regir el primer principio de Bengel: tiene más probabilidades de ser original aquella forma del texto que explica mejor el surgimiento de todas las otras. En este caso hay tres opciones: o bien (1) Pablo escribió estas palabras en este lugar y fueron deliberadamente traspuestas a una posición después del v. 40; o (2) a la inversa, fueron escritas originalmente después del v. 40 y alguien las anticipó a una posición después del v. 33; o (3) no formaban parte del texto original, sino que fueron una glosa marginal muy primitiva que, subsiguientemente, fue colocada en el texto en dos puntos diferentes. De estas opciones, la tercera es fácilmente la que encaja mejor en el primer principio de Bengel. Pueden darse buenas razones históricas tanto para la glosa en sí como para su doble posición en el texto; pero resulta especialmente difícil dar razón de la opción 1 ó 2 si la otra hubiera sido original.

Aunque la mayoría de los intérpretes dan por sentado que la opción original es la 1, generalmente lo hacen sin plantearse la cuestión histórica de cómo llegó a existir el texto occidental. La solución que a veces se ofrece, de que a principios del siglo II alguien «corrigió» el texto de este modo «para buscar una ubicación más apropiada»,8 parece carecer de historicidad, por dos razones: (a) los desplazamientos de este tipo no se dan en otros lugares del NT; y (b) no puede encontrarse ninguna razón adecuada para un desplazamiento así, si estas palabras hubieran estado originalmente en el texto después del v. 33. Es simplemente una invención moderna alegar que en la iglesia primitiva alguien pudo haberse preocupado por la colocación de estas palabras en el texto, ya que todos los que hacen comentarios al respecto encuentran muy lógica la disposición. Por lo tanto, es sumamente improbable que con este texto ante sus ojos, se le hubiera ocurrido a un copista dar un paso tan carente de precedentes para reordenar el argumento de Pablo, especialmente porque, en este caso, difícilmente puede demostrarse que el «desplazamiento» tenga más sentido.11 No puede simplemente eludirse el texto occidental. Toda la evidencia que nos queda indica que ésa fue la única forma en que apareció 1 Corintios en la iglesia latina durante, por lo menos, trescientos años. Aquellos que desean mantener la autenticidad de estos versículos deben, por lo menos, ofrecer una respuesta adecuada de cómo brotó esta forma de disponer el texto si es que Pablo lo escribió originalmente como nuestros vv. 34–35.

En segundo lugar, una vez que uno reconoce la improbabilidad de la autenticidad con bases transcripcionales, entonces se contestan con más facilidad varias preguntas de probabilidad intrínseca: (1) Puede explicarse mucho mejor la estructura del argumento de Pablo sin estas oraciones intrusas. Como se señaló anteriormente,13 los lineamientos equilibrados para las lenguas con interpretación y la profecía con discernimiento reciben una conclusión muy apropiada en las notas gemelas de los vv. 32–33, a saber, que «los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas» y que el culto ordenado refleja el carácter de Dios, que es lo que se halla (o se establece) en «todas las iglesias de los santos». Luego, en forma típica, la mención de «todas las iglesias» dispara a Pablo en un argumento ad hominem contra aquellos miembros de la comunidad que, en nombre de ser pneumatikos («espirituales»), están llevando a esta iglesia en otro rumbo. Así, a la luz de las «otras iglesias», él pregunta retóricamente: «¿O es que ha salido de vosotros la palabra de Dios? ¿O sólo a vosotros ha llegado?» Esta digresión retórica (vv. 36–38), que es al mismo tiempo una confrontación directa entre él y ellos en cuanto a los asuntos cruciales que los dividen, viene seguida entonces (vv. 39–40) de una recapitulación conclusiva del asunto completo de los capítulos 12–14. Esta lectura del texto da tan buena razón de todos los datos que, incluso si uno concluyera que los vv. 34–35 son auténticos, parecería que la mejor forma de entenderlos sería como una especie de reflexión posterior al argumento presente.

Además, es muy poco lo que hay en los dos versículos que encaje en el argumento presente, el cual hasta este punto sólo tiene que ver con las manifestaciones del Espíritu en la comunidad. Cualquier mención de personas en cuanto tales (p.ej., «el que habla en lenguas») está muy subordinada al interés mayor de la inteligibilidad y la edificación en la comunidad mediante la profecía y los dones conexos, cosa que, por la misma razón, descarta las lenguas sin interpretación. Estos versículos, por otra parte, tienen que ver solamente con personas—en este caso las mujeres—sin ninguna palabra correspondiente para los hombres como en 7:1–35 y 11:4–15. Es más, no hay ni una sola insinuación interna de que en modo alguno tengan que ver con dones o manifestaciones del Espíritu. Los nexos lingüísticos que existen («hablar», «silencio», «sujeción») se usan en formas tan diferentes que, de todos modos, se vuelven sospechosos. Por ejemplo, no hay un solo uso absoluto del verbo «hablar» en sus otras 21 apariciones en este capítulo, mientras que aquí se usa dos veces de ese modo; y el «silencio» que se manda en el v. 28 y 30 es para una actividad por lo demás legítima que en ciertas circunstancias se limita, mientras que aquí es absoluto el mandato de silencio. Así, estos dos versículos simplemente carecen de toda correspondencia genuina con el argumento completo de los caps. 12–14 o con el argumento inmediato de los vv. 26–40.

(2) Más difícil aún es el hecho de que estos versículos contradigan tan obviamente a 11:2–16, donde se da por entendido, sin reproche, que las mujeres oran y profetizan en la asamblea, para no mencionar que eso también se da por sentado en el reiterado «todos» de los vv. 23–24 y 31 y en el «cada uno» del v. 26. Este problema es tan manifiesto, que la mayoría de las interpretaciones que consideran auténticas estas palabras16 invierten gran parte de su energía en «dar un rodeo» a su significado evidente, con el fin de permitir que ambos pasajes coexistan lado a lado en la misma carta.

(3) Por último, como se señalará en el comentario que sigue sobre los versículos considerados individualmente, algunos usos estilísticos de estos dos versículos parecen bastante ajenos a Pablo.

Estos datos, tomados en conjunto, son razones más que suficientes para considerar que estos versículos son inauténticos. Aún así, ya que no faltan en ningún manuscrito conocido y en la mayoría de los testigos se encuentran en esta posición, ha habido varios intentos de explicarlos en este contexto, ninguno de los cuales, sin embargo, está libre de dificultades.

Históricamente, el pasaje se tomó como parte de una larga serie de instrucciones sobre el «orden» en las iglesias. Después de algunas «reglas» para las lenguas y la profecía, Pablo establecía una regla más acerca de las mujeres porque ellas también estaban, aparentemente, en desorden. El argumento de 11:2–16 generalmente se descartaba como si en realidad no permitiera a las mujeres profetizar, considerándose que más bien insistía en la sumisión a sus maridos mediante el uso de la cobertura tradicional para la cabeza, o que se refería a reuniones «privadas» por contraposición a «cultos oficiales» de la iglesia. Como ya se señaló, la dificultad extrema de conciliar estos dos pasajes ha conducido a otras opciones, las cuales se clasifican en tres tipos principales.

(1) La postura que se sostiene más comúnmente es aquella que considera que el problema consiste en alguna forma de hablar que causa interrupción. Se encuentra apoyo en el v. 35, en el sentido de que, si las mujeres quieren aprender algo, deben preguntarles a sus maridos en casa. Se proponen diversos panoramas: que el ambiente era parecido a la sinagoga judía—con los hombres sentados de un lado y las mujeres del otro—, y que las mujeres hacían preguntas en voz alta, interrumpiendo, acerca de lo que estaba diciéndose en una profecía o en un discurso en lenguas; o que les hacían preguntas a otros hombres que no eran sus maridos; o que simplemente estaban «charlando» a un volumen tal que el efecto era de interrupción.

La mayor dificultad con esa postura es que da por sentado un «culto eclesiástico» de una naturaleza más «ordenada» de lo que se presupone en el resto del argumento. Si el problema básico tiene que ver con que «todos hablan en lenguas», uno podría presuponer, sobre la base de 11:5, que eso incluía también a las mujeres; además, en tal desorden, ¿cómo puede el mero «charlar» tener un efecto de interrupción? La sugerencia de que las primitivas iglesias en casas seguían el modelo de las sinagogas es pura especulación; parece, a lo sumo, remoto.

(2) Otros consideran que el pasaje es una prohibición de alguna forma de habla inspirada diferente de la profecía. Esto ha asumido dos formas: (a) Algunos han sugerido que la prohibición va contra el «discernimiento» de profecías mencionado en el v. 29. Se presupone en este modelo que las mujeres sí profetizaban, pero que ahora se las está excluyendo de la tarea de sopesar las profecías porque eso podría colocarlas en la postura «no bíblica» de ejercer autoridad sobre sus propios maridos. Esto tiene en su contra (i) la extrema dificultad de estar tan alejado del v. 29, que uno se pregunta cómo los propios corintios pudieron haberlo entendido; (ii) el hecho de que no hay nada en el pasaje mismo que siquiera remotamente insinúe tal cosa; y (iii) la forma del v. 35, «si quieren aprender algo», que implica no el «juzgar» las profecías de sus maridos sino el quedarse sin entender en absoluto lo que está sucediendo. Además, a pesar de argumentos en contra, es menos que convincente eso de que el «discernir» el discurso profético del marido equivalga a asumir autoridad sobre él en una forma mayor que por medio de un discurso profético. Eso parece hacer que el elemento dependiente, y por lo tanto menor (el discernir las profecías) resulte ser más significativo que la profecía misma.

(b) Otros han alegado que el «hablar» que aquí se proscribe son las «lenguas» propiamente dichas, con la implicación de que eran las mujeres escatológicas quienes eran las principales responsables del desorden producido por este don en la iglesia. Según esta postura el verbo «hablar» asume aquí su función regular en este capítulo;25 y que «estar sujetas» significa, como en el v. 32, que sus «espíritus» han de ser mantenidos en sumisión. Esta postura tiene el atractivo de que trata de colocar el pasaje dentro del problema histórico mayor, y de considerar que la respuesta está dentro del contexto del presente argumento. Pero también parece enfrentar dificultades insuperables: el verbo «hablar» va acompañado invariablemente de «lenguas» cuando es eso lo que quiere decirse en el presente argumento; la prohibición asume aquí una forma más absoluta de lo que esta postura permite; y el v. 35 implica que se hacen preguntas para aprender, y no, como se alega, que se lanzan a la congregación las propias revelaciones.

(3) Debido a la propia naturaleza judía de este pasaje, otros han argumentado que no representa en absoluto el punto de vista de Pablo, sino que es más bien una cita o reenunciación de la postura de algunos corintios que estaban imponiéndola a la comunidad. Habitualmente eso se asocia con el «partido de Cefas» de 1:12. Entonces se considera que los vv. 36–38 son la propia respuesta de Pablo a esta imposición de «la Ley» sobre la iglesia. Esto es atractivo porque elimina las dificultades de las posturas anteriores, las cuales deben encontrar formas de esquivar lo que se dice si su autor es Pablo. Por otro lado, tiene también dificultades considerables: en el v. 34 no hay insinuación alguna de que Pablo se haya puesto de pronto a citarlos a ellos; no existe un precedente de una cita tan larga que esté también llena de argumentos (dos «porques» explicativos); presupone el panorama improbable de que algunos miembros de la iglesia estaban prohibiéndoles a las mujeres hablar, y especialmente que la cita provendría de aquella misma carta, escrita por los corintios, que por lo demás es sumamente partidaria de las mujeres (ver bajo 7:1–7; 11:2–16).

En general, por tanto, el alegato en contra de estos versículos es tan fuerte, y el hallar una solución viable a su significado es tan difícil, que lo mejor parece ser considerarlos una interpolación. Si es así, entonces hay que presuponer que las palabras fueron escritas por primera vez como una glosa marginal por alguien que, probablemente a la luz de 1 Timoteo 2:9–15, sintió la necesídad de matizar aún más las instrucciones de Pablo. Puesto que el fenómeno de glosas que se abrieron paso en el texto bíblico está tan bien documentado en otros puntos del NT (p.ej., Juan 5:3b–4; 1 Juan 5:7), no hay buena razón histórica para rechazar aquí esa posibilidad. El hecho de que esté presente en todos los testigos que tenemos sólo significa que la doble interpolación se había hecho antes del tiempo de nuestra actual tradición textual, y fácilmente pudo haber ocurrido antes de que acabara el siglo I. En el comentario que sigue, éste es el punto de vista que se da por entendido; pero se señalan también otras opciones.

34 Estos dos versículos juntos tienen una inquietud única: que las mujeres «permanezcan calladas» en las reuniones de la congregación, cosa que se especifica como que «no le es permitido hablar» (v. 34) porque es «indecoroso» que lo hagan (v. 35). La estructura del argumento lo pone de manifiesto. Comienza con una sentencia de «la ley», la naturaleza absoluta de la cual es muy difícil de resolver. Dos razones se dan entonces para tal proscripción, que se proponen ser dos caras de la misma realidad. Por una parte, «no les es permitido hablar»; por otra, «que estén sujetas». A esta última razón se añade una justificación más: «como también la ley lo dice». Esto va seguido de la concesión de que deben aprender en casa haciéndoles preguntas a sus propios maridos, para lo cual la razón conclusiva es que «es indecoroso que una mujer hable en la congregación». Así:

La regla:      Las mujeres deben estar calladas

en las iglesias.

Las razones:      Porque

1) No les es permitido hablar;

2) Sino que estén sujetas,

como también la ley lo dice.

La estipulación:      Si quieren aprender, que pregunten en casa a sus maridos;

La razón:      Porque

Es indecoroso que una mujer hable

en la congregación.

A pesar de las protestas en contra, la «regla» en sí está expresada en forma absoluta. Es decir, se da sin ninguna forma de matiz o modificación. Dada la naturaleza no matizada de la prohibición ulterior de que a «las mujeres» no les es permitido hablar, es muy difícil interpretar esto en un sentido que no sea la referencia a todas las formas de hablar en público. Aparentemente a alguien le inquietó señalar, mediante una glosa, que todas las instrucciones anteriores dadas por el apóstol, incluso el «cada uno» inclusivo del v. 26 y el «todos» del v. 31, no habían de entenderse como si incluyeran a las mujeres.

Son evidentes los problemas de considerar esto auténtico. Si el propio Pablo es responsable de este «correctivo», es sorprendente que lo añada aquí, mientras que en 11:5 y 13 les permite a las mujeres orar y profetizar. Lo que es también sorprendente es el viraje repentino, del problema del desorden en la congregación de Corinto, a una regla que ha de entenderse como cosa universal para todas las iglesias. El problema no es tanto con que Pablo establezca esa regla, sino con que de repente lo haga aquí, en medio del argumento presente. Algunos, que también han tomado el v. 33b como inicio de esta oración, han argumentado que «en las iglesias» quiere decir «en todas las asambleas de congregación de la iglesia corintia». Pero eso no funciona. Pablo dice invariablemente «en asamblea» cuando es a eso a lo que se refiere; tanto el plural como el artículo definido indican que el autor (ya fuera Pablo o alguien que puso la interpolación) tenía la intención de que esto fuera una regla para todas las iglesias cristianas. Ya hemos señalado arriba que esta regla de silencio sin modificaciones se halla en una categoría considerablemente diferente de las dos expresiones de «silencio» en los vv. 28 y 30.

La primera razón para esta regla viene en forma de prohibición: «No les es permitido hablar.» A qué forma de hablar se refiere, depende de la postura que uno tenga, tanto respecto a la autoría como, si es auténtica, respecto a su lugar en el presente argumento. La única sugerencia interna es la del v. 35, según el cual deben hacer preguntas en casa si desean aprender. Si el pasaje es auténtico, este uso no modificado del verbo parece ir en contra de la probabilidad de que sólo esté prohibiéndose una forma específica de hablar. En otros lugares Pablo ha dicho «hablar en lenguas» cuando es eso lo que se tiene en mente, y cuando se refiere a «discernir» dice «discernir», no «hablar». Una vez más, como con la «regla» inicial, el sentido evidente de la oración es una prohibición absoluta de toda forma de hablar en la asamblea. Esto, una vez más, tiene sentido como inquietud de un glosador, pero muy poco como inquietud de Pablo.

Más difícil aún es el reverso de la razón, a saber, «que estén sujetas, como también la ley lo dice». Algunos han argumentado que «estén sujetas» se refiere al v. 32, en el sentido de que su «espíritu de profecía» debe estar sujeto. Pero eso trastorna la gramática, la cual apunta a que las mujeres mismas estén sujetas, y no a que ejerzan control sobre su propio «espíritu profético». Lo que no queda claro es si las mujeres han de estar sujetas a sus respectivos maridos o a la iglesia entera en su culto. Más probablemente se trate de lo segundo.

Los verdaderos problemas para la autoría paulina radican en la frase «como también la ley lo dice». Primera, cuando Pablo apela a «la Ley», siempre cita el texto (p.ej., 9:8; 14:21), generalmente para apoyar un punto que él mismo establece. En ningún otro lugar apela él a la Ley en esta forma absoluta, como algo vinculante sobre la conducta cristiana. Más difícil aún es el hecho de que la Ley no dice tal cosa. A menudo se apela a Génesis 3:16, pero ese texto no dice lo que aquí se argumenta. Si tal fuera el caso, entonces habría que admitir que Pablo está apelando no a la Torá escrita en sí misma, sino a una versión oral de la Torá tal como se halla en el judaísmo rabínico. Un uso similar se refleja en Josefo, quien dice: «La mujer, dice la Ley, es en todo inferior al hombre. Por lo tanto, que sea sumisa.»34 Este uso sugiere que la procedencia del glosador era el cristianismo judío. Bajo cualquier punto de vista es difícil conciliar esto con Pablo.

El autor de este fragmento parece decidido a impedir que las mujeres se sumen al culto en voz alta en las iglesias. La regla que él desea aplicar la considera universal y apoyada en la Ley. Es difícil hacer encajar esto en cualquier clase de contexto paulino.

35 Pero el autor no está en contra de que las mujeres encuentren su «lugar adecuado», tal como él lo entiende, dentro de la comunidad cristiana. La implicación de esta estipulación es doble: primero, el autor presupone que las mujeres no entenderían lo que se dice en la comunidad, probablemente con referencia a los discursos espirituales a los que se hace referencia en el presente capítulo. Segundo, quiere que aprendan, pero deben hacerlo en casa siendo instruidas por sus propios maridos. Ciertamente es posible que, para el glosador, estuviera dándose en la iglesia cierta costumbre de hacer preguntas, y que él quisiera detenerla. Pero eso no es una derivación necesaria de lo que se dice. Es posible también que se trate simplemente de una concesión: «Si la razón por la que ellas hablan en voz alta es porque quieren aprender, entonces …»

Por otro lado, si el autor es Pablo, ésta parece ser en todo caso la mejor de las opciones: que estuviera dándose alguna forma de hablar que causaba interrupción o perturbación, lo cual matiza entonces los aparentes absolutos del v. 34. No obstante, como se señaló anteriormente, esa postura está cargada de su propio conjunto de dificultades.

La razón final que se da para que estén calladas en la asamblea es que hablar en la iglesia, aparentemente por las razones dadas en el v. 34, es «indecoroso», en el sentido de que no compagina con las normas aceptadas de modestia. Una vez más, como con la regla y la prohibición del v. 34, este enunciado se da sin matices: es indecoroso que una mujer hable en la asamblea; no es que sea indecoroso simplemente el hablar de determinada forma.

Así que, en línea con las cuestiones textuales, la exégesis del texto mismo conduce a la conclusión de que no es auténtico. Si es así, entonces ciertamente no es vinculante para los cristianos. Si no es así, entonces las considerables dudas acerca de su autenticidad deben servir de precaución contra su uso como prohibición eterna en una culture en que no sería cosa indecorosa el que las mujeres hablaran de ese modo en la asamblea. Lo que parece cuestionable, desde el punto de vista hermenéutico, es la negación de todo el asunto circundante como aplicable a la iglesia, sobre razones hermenéuticas previas, mientras que se elija este único pasaje, probablemente inauténtico, como una palabra válida para todos los tiempos y ambientes.

c. Conclusión: confrontación y resumen

Cap. 14:36–40

36 ¿Acaso ha salido de vosotros la palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado?

37 Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor.

38 Mas el que ignora, ignore.

39 Así que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar en lenguas;

40 pero hágase todo decentemente y con orden.

Ahora concluye la larga respuesta de Pablo al entusiasmo de los corintios por las lenguas. El problema básico gira en torno de lo que significa ser pneumatikos («espiritual»); y sobre este asunto hay una honda división entre Pablo y ellos. Ellos piensan que tiene que ver con hablar en lenguas, el idioma o idiomas de los ángeles, la evidencia segura de que ellos ya están viviendo la existencia pneumática del futuro. Por esto tienen gran celo por este don (cf. v. 12), celo que incluye una insistencia en su práctica en la asamblea reunida. Aparentemente, en la carta que escribieron, no sólo han defendido esta práctica, sino que por el mismo criterio han puesto en duda a Pablo por su falta de «espiritualidad». De allí brota la corriente oculta de apologética que hace Pablo en cuanto a su propio hablar en lenguas en los vv. 6, 15 y 18.

La respuesta de Pablo a todo eso ha sido doble. Primero, ellos deben ampliar su perspectiva para reconocer que el ser gente del Espíritu, por su propia naturaleza, significa una gran variedad de dones y ministerios en la iglesia (cap. 12). Segundo, la razón fundamental por la que se reúne el pueblo de Dios es la edificación, la verdadera expresión de amor por los santos. Cualquier cosa que ellos hagan en la asamblea debe ser tanto inteligible como ordenada, para que la comunidad entera sea edificada; es así como debe reflejar el caráeter de Dios, pues es así como ocurre (o debe ocurrir) en todas las iglesias de los santos (v. 33).

Pablo se dispone ahora a dar el toque final, cosa que hace en los vv. 39–40 con un resumen último del argumento, reafirmando la prioridad de la profecía sin prohibir las lenguas (vv. 1–25), pero insistiendo en que todo debe hacerse de un modo decoroso y ordenado (vv. 26–33). Pero antes de eso, la mención de cómo se hacen las cosas «en todas las iglesias de los santos» se despliega en un momento de retórica ad hominem en la cual no sólo censura a los corintios por «marchar a su propio ritmo» (v. 36) sino que también los confronta directamente en lo referente a quién es verdaderamente pneumatikos, ellos o él (v. 37), concluyendo con una sentencia profética contra todo aquel que rechace las correcciones dadas en esta respuesta (v. 38). Todo esto nos recuerda el disparo final del debate en 4:18–21 y la defensa de 9:1–23.

36 Estas dos preguntas constituyen una confrontación directa con los corintios en cuanto a su actitud para con Pablo acerca de algún problema, en las cuales él trata de darles perspectiva haciéndoles recordar su propio lugar en la historia de «la palabra de Dios» (e.d., el evangelio de Cristo). «¿Acaso se originó en ustedes

Fee, G. D. (1994). Primera Epístola a los Corintios (pp. 791–804). Grand Rapids, MI: Nueva Crecion.


 

  «Las mujeres guarden silencio en las iglesias…»

Este versículo ha llegado a ser un importante tema teológico en ciertos segmentos de la iglesia moderna. La tendencia cultural y social del Occidente moderno en favor de los derechos individuales y la igualdad ha hecho que el NT, y especialmente Pablo, pareciera prejuicioso y negativo sobre este tema. En los tiempos de Pablo su teología con respecto a las mujeres era radicalmente positiva (ver Ef 5:22–23). Es evidente que Pablo trabajó con muchas mujeres, tal como lo demuestra la lista de obreros en Romanos 16. Ver también el Tema especial: Las mujeres en la Biblia.

Incluso en este contexto Pablo pone el equilibrio, 11:5 versus 14:34. Los versículos 34–35 se relacionan de manera única a Corinto y al primer siglo. ¡Existen muchas teorías respecto a esta frase de que la mujer guarde silencio! Lo problemático es cómo esto se relaciona a nuestros días. El dogmatismo y el uso de textos de prueba son inapropiados. El testimonio bíblico no es uniforme ni monolítico en este asunto.

Pablo limita a varios grupos en el contexto de la adoración en Corinto, «guarde silencio» versículos 28, 30, 34. Había un problema en el culto público en Corinto, y las mujeres cristianas eran parte de ese problema. Su nueva libertad en Cristo (o el hecho de ser parte del movimiento de liberación femenina de la sociedad romana) ocasionaban problemas culturales, teológicos y de evangelización. En nuestros días lo opuesto podría ser cierto. Las líderes mujeres llenas de dones ayudarán a la iglesia del siglo XXI a alcanzar al mundo con el evangelio. Esto no afecta el orden de la creación dada por Dios, sino que demuestra la prioridad del evangelismo (ver 9:22). Este no es un asunto del evangelio ni es doctrinal.

LBLA

«que se sujeten»

RVR60

«estén sujetas»

NVI

«estén sumisas»

NTV

«ser sumisas»

BJL

«estén sumisas»

Este es un IMPERATIVO PRESENTE PASIVO. «Sujetarse» era un término militar que describía la cadena de mandato. Es usado para referirse a Jesús (ver Lc 2:51 con sus padres terrenales, y en 1 Co 15:28 a su Padre Celestial) y es una verdad universal para la iglesia (ver Ef 5:21)

Ver TEMA ESPECIAL: LA SUMISIÓN (hupotassō)

– «…como dice también la ley» ¿Está Pablo refiriéndose a un texto específico o a un principio? No hay ningún texto del AT que diga esto. Es posible a la luz de 11:8–9 que el referente sea Génesis 2:20–24 (ver 1 Ti 2:13). Algunos piensan que el referente es el resultado de la caída y Génesis 3:16. También es posible contextualmente que el «sujetarse» está relacionado al uso de la palabra en el versículo 32 donde se refiere a la sumisión a otros profetas (ver Pasajes difíciles de la Biblia, p. 616).

Hay cierta fluidez en los escritos de Pablo en cuanto al uso del término «ley». Por lo general se refiere a la ley mosaica, el antiguo pacto, pero a veces se refiere al concepto de la ley en general. Si esto es cierto, aquí se refiere entonces a los principios generales de esta cultura patriarcal donde los hombres siempre van primero.

Si se les hubiese permitido a las mujeres estar al mando, aun en apariencia, afectaría la causa de Cristo en el mundo grecorromano del primer siglo. Esto es similar a cómo el NT trata el tema de la esclavitud. Ver la nota en el versículo 21 para un entendimiento diferente de esta frase.

Utley, B. (2015). Las Cartas de Pablo a los Corintios: Cartas a una iglesia problemática: 1 y 2 Corintios. (P. Cabral & G. Ramos, Eds., W. E. M. Downs, Trad.) (1 Co 14.34). Marshall, TX: Lecciones Bíblicas Internacional.

 

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